CAPITULO XII

Saku estaba ese día cansada. Y eso era raro, ya que su padre siempre le decía que era un torbellino. Nunca estaba quieta. Sin embargo, después de pasar toda la noche en pie, ayudando a Naori a traer al mundo al bebé de Tenten y Neji, el día se le estaba haciendo eterno. Solo había dormido un par de horas cuando tuvo que levantarse de nuevo. Quizás hubiese sido la tensión vivida en el parto, ya que el pequeño se había resistido a salir y durante unas horas, Naori temió que se complicara y la vida de Tenten y el pequeño pudiesen peligrar. La cuestión era que aunque se había acostado nada más llegar después de la agotadora noche, se sumió en un estado de duermevela que le impidió descansar. Después de dos horas de dar vueltas en la cama, decidió levantarse y empezar con sus quehaceres diarios, a pesar de que su cuerpo exigía descanso a gritos.

Había ayudado a Inaho con la ropa y después había fregado los suelos de la cocina y el salón.

Esa tarde Uruchi se la dio libre y ella, en vez de irse a su habitación y descansar un rato, salió del castillo, cruzó las casas de los miembros del clan y se encaminó al campo que había detrás de una pequeña montaña visible desde el castillo.

El campo lleno de plantas estaba cerca del lago, y Saku pensó que podía recoger alguna de las hierbas necesarias para la realización de diversos remedios para la tos, el dolor y el mal de estómago.

Un trueno sonó a lo lejos. Saku miró al horizonte. Las nubes que se veían al fondo presagiaban lluvia, y en grandes cantidades. Debía darse prisa para que la tormenta no la cogiera por el camino.

Estaba recogiendo las últimas plantas cuando el grito de un niño le llegó, transportado por el viento. Era lejano, pero lo suficientemente claro como para escucharlo. En la voz del niño pudo percibir el pánico. Una sensación de angustia se instaló en su pecho cuando creyó reconocerlo: habría jurado que era Ian.

Soltó las plantas que llevaba recogidas hasta entonces y salió corriendo en la dirección de la que parecía provenir el grito.

Cuando llegó cerca del lago, sintió que algo se paralizaba en su interior. En mitad del lago, en aquella época del año, en la que sus aguas estaban tan frías que podías congelarte en minutos, estaba una pequeña barca que se había dado la vuelta, y a la que dos niños intentaban agarrarse a fin de no ser tragados por sus aguas.

No se dio cuenta de que ninguno de ellos era Ian hasta que vio a este cerca de la orilla.

Se dirigió a él con presteza. Cuando Ian la vio, corrió hacia ella tirándose a sus brazos.

Saku le abrazó mientras se cercioraba de que estaba bien.

—¿Qué ha pasado?—preguntó mientras se acercaba con él al borde del lago.

El niño la miró con miedo en los ojos.

—Naka y Kagen han cogido la pequeña barca de su abuelo. Yo no quería ir con ellos porque me mareo —confesó Ian con reticencia—. Cuando estaban muy lejos de la orilla, el agua empezó a entrar en la barca. Han intentado volver. Después no sé qué pasó pero la barca dio la vuelta y ellos se cogieron para no caerse.

Saku miró a los niños. La barca cada vez estaba más hundida. Estaba claro que no podía con el peso de los dos.

—Ian, ve al castillo corriendo y pide ayuda. Corre —dijo Saku mientras comenzaba a quitarse el vestido y los zapatos.

Confiaba en que Ian volviese pronto con ayuda, pero la única verdad era que los chicos no aguantarían mucho más tiempo en la situación en la que se encontraban. La barca apenas se veía.

Cuando se metió en el agua y empezó a nadar, fue como si cien cuchillos se le clavaran por el cuerpo una y otra vez. Sintió que se quedaba casi sin respiración. El agua estaba helada, y eso le hizo redoblar sus esfuerzos. Nadó con más ahínco, más rápido, sin pensar en nada más porque sabía que si no lo hacía Naka y Kagen estarían perdidos.

Tardó lo que le pareció una eternidad en llegar hasta donde ellos se encontraban. Cogió a Kagen, que era el más pequeño, y después de prometer a Naka que volvería a por él, empezó a nadar hacia la orilla. Kagen tenía los labios casi azules y Saku lo sentía temblar. No le extrañaba, porque ella misma estaba sufriendo ya serias dificultades para mantener el ritmo. Nadaba cada vez más lenta y el frío parecía haberse adueñado de sus huesos hasta dejarla prácticamente paralizada. Sin saber cómo, llegó hasta la orilla y dejó a Kagen sobe la tierra. Estaba muy pálido y con los labios morados. No paraba de temblar pero lo más importante era que estaba vivo.

Corrió de nuevo hacia la orilla y volvió a sumergirse en sus aguas, sin pensar que quizás ese viaje solo fuese de ida, sin posibilidad de retorno.

Sasuke acababa de hablar con Obito sobre el entrenamiento del día siguiente. Cuando salía de los establos con su montura, el pequeño Ian llegó hasta él con la cara descompuesta.

Sasuke se agachó hasta ponerse a su altura y lo cogió por los hombros.

—¿Qué pasa, Ian? Preguntó mirando los ojos del crío en los que se podía ver reflejado el miedo.

—Saku me dijo que corriera a pedir ayuda. Naka y Kagen están en el lago. La barca ha dado la vuelta y ...

Sasuke no esperó a escuchar más. Saltó a su montura y salió a galope. El temor de lo que podía encontrar hizo eco en su interior. Se le hicieron eternos los minutos en que tardó en llegar, y cuando lo hizo la escena que vio lo dejó helado.

Kagen estaba tirado en el suelo, mojado con los labios azulados y tiritando.

Cuando se acercó a él, el muchacho lo miró con los ojos como platos.

—¿Dónde está Naka? —preguntó con premura.

—Sigue en el lago. Saku nadó hasta la barca y me sacó a mí y luego ha vuelto a meterse en el agua para ayudar a Naka.

Esas palabras fueron como un puñetazo en el estómago. Esas aguas estaban heladas.

Miró hacia el lago y en el centro vio la pequeña barca y a Naka intentando seguir sujeta a ella. Era más que visible que las fuerzas del muchacho mermaban a cada segundo que pasaba. Y entonces vio a Saku. Nadando hacia Naka con esfuerzo. Era una distancia considerable. Se quitó las botas y saltó al agua. Sería un milagro si Saku conseguía llegar de nuevo hasta su objetivo. Ya de por si era toda una hazaña haber nadado esa distancia ya una vez, con esas temperaturas, para sacar a Kagen.

Se tiró al agua. Estaba helada y a pesar de estar él acostumbrado, sintió el helor en los huesos. Siguió nadando hasta que llegó a la barca. Saku ya estaba allí con Naka.

Maldijo por lo bajo cuando los vio a ambos. Naka estaba blanquecino y sus labios azulados. Saku no estaba mucho mejor. El alivio que vio en los ojos de Saku al verle lo conmovió.

—Vamos —dijo Sasuke cogiendo a Naka e intentando hacer lo mismo con Saku.

—No nos puedes llevar a los dos —dijo Saku cuando vio las intenciones de Sasuke.

—No discutas y cógete a mí —le contestó Sasuke duramente.

Saku le miró negando con la cabeza.

—Puedo nadar, iré detrás de vosotros y si tengo algún problema prometo decírtelo. Iremos más rápidos así, y Naka no está bien, lleva mucho en el agua —dijo Saku temblándole todo el cuerpo.

Sasuke apretó los dientes mientras miraba a aquella mujer, cabezota e increíblemente valiente.

—No te despegues de mí —le dijo Sasuke mientras ya empezaba a nadar arrastrando a Naka con él.

Saku le siguió como pudo. Le costaba más que la vida misma dar una brazada más. Los niños no habían estado sumergidos en el agua totalmente. Prácticamente habían tenido más de medio cuerpo fuera cogidos a la barca. Se podrían bien, de eso estaba segura.

La alegría que sintió al ver a Sasuke llegar la invadió por completo. No había tardado nada en llegar hasta ellos, fueron minutos, aunque a Saku se le antojaran horas.

Ahora que iba detrás de él, le veía nadar sin esfuerzo, como si el agua fuese su elemento natural, llevando a Naka con facilidad.

En ese momento, Saku sintió un dolor intenso en la pierna. Un calambre que la dejó casi inmovilizada. Vio a Sasuke mirar hacia atrás para ver si ella le seguía.

—Estoy bien —le gritó para que siguiera con Naka a toda prisa. El niño necesitaba salir del agua ya.

Saku sintió que el dolor intenso y constante la dejaba a merced de las frías aguas porque aunque quiso seguir con todas sus fuerzas, empezó a hundirse sin que pudiese hacer nada por evitarlo. Jamás pensó que su final sería aquel, y eso fue lo último que pasó por su mente antes de que la oscuridad la engullera por completo.