Naruto Y Hinata en:
EL SECRETO DE NARUTO
Treceavo Capítulo
Cada vez mas Lejos
Se había marchado sin despedirse.
Apenas dos días después de aquel intenso intercambio de palabras a orillas del río, Hinata descubrió que Naruto había dejado Hyuga Castle junto con sus soldados Uzumaki y algunos hombres MacHyuga. Según le informó Iroha, que se quedó encargado de la vigilancia de su señora, el nuevo laird quería conocer el feudo, sus tierras y el estado de las granjas donde criaban las ovejas.
Hinata recibió la noticia un poco confusa, pues pensó que su esposo acudiría a ella antes de hacer algo así. Siempre había acompañado a su padre cuando visitaba a sus gentes y había supuesto que Naruto requeriría también su presencia para mediar entre él y los MacHyuga. Después de todo, el nuevo laird era un Uzumaki y podrían no aceptarlo de buen grado.
Sin embargo, no había recurrido a ella. Naruto ni siquiera le comunicó sus intenciones antes de partir. Claro que, ¿podía esperar otra cosa? La comunicación entre ambos había sido inexistente en aquellos dos días. Su esposo había vuelto a ser el hombre taciturno que recordaba y no se acercaba a ella para nada. Tampoco había intentado volver a besarla o que lo aceptara en su alcoba. Simplemente, Naruto se dedicaba a las tareas propias del laird y para todo lo concerniente a su matrimonio parecía haberse dado por vencido.
Hinata lo lamentaba. Sentía profundamente haber abierto aquella brecha en su relación, porque había logrado ver una luz en el interior de Naruto que la atraía, pero que se había extinguido muy rápido. Al confesarle que en su juventud había sentido celos de Menma, la fachada que él se empeñaba en mostrar se había resquebrajado y Hinata había podido intuir lo que supondría ser amada por un hombre así. Algo que quedó confirmado en cuanto él se apoderó de su boca con aquel beso salvaje en la puerta de la cabaña de los huérfanos.
No albergaba ninguna duda al respecto: Naruto despertaba en su cuerpo emociones que ya creía perdidas para siempre.
En su ausencia, además, aquellos sentimientos se habían magnificado. Había descubierto, asombrada, que lo echaba de menos más de lo que era razonable. En el poco tiempo que llevaban juntos se había acostumbrado a verlo ir y venir, a escuchar su voz mientras hablaba con sus hombres, a observarlo cuando creía que él no se percataba porque estaba jugando con Trébol.
Había deseado con fervor volver a ver la sonrisa que le había dirigido al pequeño Duncan aquel día en el lago, porque sabía que aquel gesto escondía su verdadera naturaleza... o eso quería creer. Si Naruto podía sonreír, si podía relajarse lo suficiente como para no ofrecerle siempre su ceño más fruncido, ella se veía capaz de llegar a sentir algún día un cariño sincero por su esposo. ¿O tal vez ya lo sentía?
Desde luego, rememoraba con demasiada frecuencia los breves encuentros que habían mantenido y, en más de una ocasión, sus sirvientes o la propia Tenten la habían sorprendido distraída, con la mirada perdida, acariciándose los labios con los dedos. Naruto la había besado muy poco, eso era cierto. Pero la había besado muy bien.
Aquel día, mientras bordaba junto al fuego en el gran salón, había vuelto a abstraerse de la tarea y sus manos se habían quedado sobre el tapiz, inmóviles. Su mente se empeñaba en recrear una y otra vez las imágenes ya pasadas, y su cuerpo se estremecía al recordar la pasión arrolladora de Naruto en cada uno de los abrazos que le había dado. Estaba tan ensimismada, que se sobresaltó cuando Trébol, echada sobre sus pies, levantó la cabeza y miró hacia la puerta, con gesto de alerta.
—¿Qué ocurre? —preguntó, girando la cabeza para comprobar si había entrado alguien.
No había nadie, sin embargo. Hinata estaba sola con el animal, puesto que Tenten tenía dolor de cabeza y se había retirado ya, junto con los demás. En aquellos días, era siempre la última en irse a dormir. Sin saber por qué, estaba empezando a detestar esa hora del día. Encontraba su alcoba fría y solitaria. Cada vez que cerraba la puerta, visualizaba el cuerpo de Naruto ocupando un espacio que siempre había sido suyo, pero que ya no sentía como propio. ¿Cómo era posible que hubiera dejado esa huella si solo había estado en su dormitorio una vez? Lo había impregnado todo con su esencia. Hasta sus sueños...
Antes, soñaba con Menma cada noche, acariciando en esa otra realidad onírica una vida feliz que le insuflaba el ánimo que necesitaba al despertar. Soportaba los días vacíos y solitarios porque en las noches regresaba a él, al calor de sus brazos y a la luz de sus sonrisas.
Sin embargo, Naruto había invadido también su subconsciente y se colaba en sus sueños, desdibujando los recuerdos de Menma, interponiéndose entre los dos. A veces, incluso, confundía a ambos hombres... y se dejaba besar por quién quiera que fuese, porque el profundo sentimiento que reconfortaba su alma al sentir los labios masculinos sobre los suyos era lo único auténtico en aquella vorágine de imágenes imposibles.
Hinata suspiró y no quiso pensar en ello. Miró a Trébol, que tras unos segundos soltó un lastimero gemido y volvió a tumbarse sobre sus pies. A pesar de ser solo un animal, la joven creyó distinguir un gesto de decepción en sus ojos ambarinos.
—Tú también lo echas de menos, ¿verdad? —le dijo, agachándose para acariciar la cabeza peluda—. ¿Qué tiene ese hombre, Trébol? A ti te enamoró en una sola noche y a mí... Bueno, digamos que ya no me parece una idea tan absurda eso de estar casada con él —confesó, sin querer admitir que se moría por volverlo a ver, por hablar con él, por decirle que ya era hora de aceptar lo que había estado eludiendo con tanta testarudez.
Trébol gimió de nuevo, como si comprendiera lo que escuchaba.
La joven suspiró antes de reemprender su bordado. No llevaba más que unas cuantas puntadas cuando la loba volvió a incorporarse, alerta. Esta vez, Hinata también había escuchado un ruido. Miró hacia la puerta, con el corazón desbocado... Pero quien entró en el salón no fue la persona que ella esperaba.
Su primo Toneri caminó hacia ella con su habitual gesto insolente. Ahora que lo pensaba, la había estado observando de un modo extraño desde que Naruto había dejado Hyuga Castle. Hinata agradeció mentalmente que Trébol la acompañara esa noche; era un consuelo saber que el animal estaba a su lado mientras hacía frente a las maquinaciones de aquel joven detestable.
—¿Aún levantada, querida prima?
—Igual que tú —observó ella, antes de desviar la mirada a su tarea para fingir indiferencia.
—Me alegro de encontrarte a solas. Hace días que quería comentar contigo un asunto. —
Toneri ocupó la silla que quedaba frente a ella y se reclinó en el respaldo como si fuera el rey de un castillo.
—¿Y tiene que ser ahora? Pensaba retirarme ya.
—Oh, solo será un momento. La verdad es que siempre estás acompañada, por Tenten o por Iroha, y lo que tengo que decirte es de carácter más... privado.
Hinata se tensó al escuchar el tono arrastrado que usó para la última palabra. La aguja con la que bordaba se quedó hundida en el tapiz, pero no completó la puntada. Levantó la vista y se fijó en que los ojos claros de Toneri exhalaban pura maldad.
—Tú dirás —susurró, al ver que él parecía esperar su aprobación para abordar el tema.
—Me preocupa mucho tu matrimonio, querida prima —le soltó sin ambages.
Hinata enrojeció de indignación. Respiró hondo antes de contestar.
—Mi matrimonio no es de tu incumbencia.
—Sí lo es cuando se convierte en la comidilla de todos los MacHyuga.
La joven buscó la cabeza de Trébol para acariciarla. Necesitaba el contacto de un ser más noble para continuar con aquella conversación.
—¿De qué estás hablando?
—Hablo de que tu esposo no duerme contigo, querida. Y todos lo saben, ¿no te has dado cuenta? No es muy normal entre dos recién casados... a no ser que se trate de un matrimonio pactado. Y, si así fuera, tengo motivos para creer que el Uzumaki no ha cumplido con sus... —Toneri hizo una pausa para traspasarla con sus maliciosos ojos—, con sus deberes maritales, prima.
—¿Qué te ha contado esa ramera que tienes bajo tu protección? ―se exaltó Hinata, logrando que Trébol se levantara, alerta, al ver que su ama se ponía a la defensiva.
La mirada de Toneri se desvió hacia el animal.
—Aún no entiendo por qué te empeñas en meter aquí dentro a esa fiera. Cualquier día hará daño a alguien, no es más que un animal salvaje.
—No es más salvaje que tú —respondió ella—. Y por tu bien espero que no intentes apartarla de mi lado.
El hombre le dejó ver entonces una sonrisa taimada que le puso los pelos de punta.
—No se me ocurriría acercarme a ese monstruo, puedes creerme.
—Contéstame a lo que te he preguntado. ¿Ha sido Suiren? Ella no sabe nada de mí, ni de Naruto. No tiene derecho a murmurar contra nosotros.
Toneri se inclinó hacia delante y arqueó una de sus cejas.
—¿En serio crees que hace falta que ella, o cualquiera, murmure infamias? Todos han podido ver cómo tu esposo sale de la casa por las noches y duerme en las colinas, junto a sus hombres. Hemos sido testigos de la hostilidad que se respira entre vosotros. ¿De verdad quieres hacerme creer que todo va bien? ¿Qué pensaría el rey Indra si llegara a enterarse de que este matrimonio no tiene validez?
Hinata notó cómo perdía el color en las mejillas. Trató de mantener la compostura, pero le temblaban tanto las manos que tuvo que dejar la labor y entrelazarlas en su regazo.
—Que mi esposo prefiera dormir al aire libre en lugar de en una cama no significa nada. ¿Con qué derecho me haces estos reproches? No puedes saber lo que ocurre entre Naruto y yo.
—Vamos, prima. Hay maneras de saber que una mujer aún es virgen...
La joven se levantó de la butaca con tanto ímpetu que la volcó hacia atrás. Trébol reaccionó al enfado de su ama y se colocó a su lado, gruñendo y enseñando los dientes al hombre que la amenazaba.
—Eres un ser despreciable, Toneri. Sabía que querías el gobierno del clan, pero jamás pensé que estuvieras dispuesto a llegar tan lejos. Me alegro de no tener en mis venas la misma sangre que tú.
Su primo reaccionó con violencia ante el último comentario. Se levantó también de su asiento y dio un paso hacia ella con el gesto distorsionado por la furia. Sin embargo, el intenso gruñido de Trébol lo detuvo en seco.
—Siempre te has jactado de ser una auténtica MacHyuga mientras que yo solo lo era a medias. Me mirabas por encima del hombro cuando marchabas con tu padre para resolver asuntos del clan mientras que a mí me ignoraba.
—¡Ninguno de los dos hacíamos tales cosas! —protestó Hinata—. Nunca mostraste interés por nada de lo que, tanto él como tío Owein intentaron enseñarte. Y llegó un momento en que ambos se rindieron. No puedes culparlos de tu falta de responsabilidad, de tu completo desprecio por la disciplina y de tus pocas ganas de querer ayudar a los demás.
»Ellos vieron enseguida que tu egoísmo y tu ambición no eran cualidades deseables para un líder, y yo no pude estar más de acuerdo con su decisión de no nombrarte sucesor —Hinata comprobó cómo, con cada palabra, el rostro de Toneri se oscurecía y adquiría una tonalidad purpúrea—. ¿Acaso pretendías que te mirara como siempre he mirado al resto de los guerreros? Creo que eres uno de los pocos hombres de toda Escocia que no acudió a luchar junto a su rey cuando se te reclamó. Mi padre y tío Owein cayeron defendiendo una causa en la que creían, murieron por todos nosotros, mientras tú estabas aquí, a salvo entre los muros de Hyuga Castle, acostándote con mujerzuelas como esa tal Suiren noche tras noche.
—¡Me quedé para cuidar de ti y del resto de las mujeres de esta casa! —gritó Toneri, fuera de sí.
Su impulso de golpear a la mujer que lo increpaba quedó anulado cuando la loba avanzó hacia él interponiéndose en su camino. Hinata no se amedrentó. Hacía mucho que había perdido el miedo a ser maltratada por su primo; en concreto, desde que Trébol se convirtió en su mascota.
De pequeños, Toneri había sido cruel con ella. Más de una vez se había llevado un bofetón, o un pellizco, o un doloroso apretón en sus delgados brazos cuando el muchacho no se salía con la suya. Después, inevitablemente, llegaban las amenazas para que no lo delatara ante sus respectivos padres; y Hinata, más inocente, más joven que él, había crecido atemorizada por las maldades de su primo. Hasta que Trébol llegó y lanzó sus dentelladas contra ese chico que pretendía hacer daño a su ama. Desde entonces, Hinata no volvió a encogerse ante él. Y sabía que, aunque el animal ya no estuviera junto a ella, jamás volvería a retroceder en su presencia.
Ya se había cansado de tenerle miedo.
—Te quedaste aquí por tu propio interés, Toneri, no engañas a nadie. Incluso el rey Indra sabe que no eres digno de ocupar el puesto de laird, yo misma lo escuché de sus labios. ¿Qué crees que conseguirás si acudes a él con acusaciones contra mi esposo y contra mí?
—Algún día, Hinata MacHyuga, ocuparé el lugar que me pertenece ―siseó.
Ella levantó aún más su mentón y sus ojos brillaron al hacerle frente.
—Es lo que deseo con toda mi alma —le dijo, antes de hacerle una señal a Trébol para que la siguiera mientras abandonaba el salón.
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El aire soplaba con fuerza en las colinas mientras el grupo de hombres avanzaba, casi reptando por el suelo, y se asomaban con precaución entre las rocas. Allí, en la ladera, una de las granjas MacHyuga se hallaba sumida en el silencio, iluminada vagamente por la luz de la luna. A un lado de la construcción de piedra, un gran rebaño de ovejas descansaba sin sospechar que su paz se vería alterada en unos segundos.
Desde arriba, los guerreros que espiaban contuvieron la respiración cuando dos de sus compañeros avanzaron y se colaron entre los animales. En la lejanía, no pudieron distinguir bien si la misión encomendada se resolvía con éxito, pues tan solo acertaron a ver un tumulto entre los animales, que se movían nerviosos de un lado a otro. También escucharon algún balido de protesta y todos contuvieron el aliento a la espera de que el sonido no alertara a los ocupantes de la cabaña.
A los pocos minutos los dos enviados regresaron, rápidos y sigilosos, y se reunieron con el resto de sus compañeros en la parte más alta de la colina.
—¿Todo ha ido bien? —les preguntó Naruto a sus hombres, en un susurro.
—Sí —respondió Kiba—. Ya están marcadas.
—¿Cuántas?
—Al menos hemos conseguido poner nuestra señal en diez de ellas —contestó Lee en esta ocasión.
—Bien, retirémonos antes de que nos vean.
—Disculpa, laird —musitó entonces uno de los soldados MacHyuga que los acompañaban—, ¿no hubiera sido mejor comunicar al granjero nuestras intenciones? Conocemos al viejo Liam de toda la vida y no se hubiera opuesto.
—No. Necesito averiguar qué ocurre con las ovejas y prefiero mantener en secreto nuestra artimaña. Cuanta menos gente sepa lo que me propongo, mejor.
Los hombres asintieron y retrocedieron para abandonar la zona sin ser vistos. Se alejaron lo suficiente y buscaron un lugar apartado para pasar la noche.
Instalaron su campamento en un claro del bosque y encendieron una hoguera. Se agruparon en torno al fuego para comer algo antes de echarse sobre sus mantos para dormir. Los últimos en retirarse fueron Naruto y Kiba. Este último, aprovechó que estaban a solas para plantearle una cuestión que lo intrigaba.
—¿Cuándo vamos a regresar? Creo que ya hemos visitado suficientes granjas y las ovejas que hemos marcado bastarán para desentrañar el misterio que las rodea.
Su laird lo miró con las dos cejas levantadas, extrañado.
—¿Echas de menos un hogar en el que aún no tengo claro que seamos bienvenidos?
—Vamos, los soldados ya no te miran como si fueras un intruso y no veo que pongan muchas pegas al entrenamiento. Saben que lo necesitan, que adolecen de un líder fuerte que los guíe. ¿Por qué no iban a aceptarte? Sin embargo, para que funcione, para estar seguros de que nadie les envenena la mente contra ti, deberíamos continuar su instrucción cuanto antes. —Kiba hizo una pausa para mirarlo fijamente—. Y luego están los niños del hogar de huérfanos... Les prometimos ir a visitarlos, se estarán preguntando dónde estamos.
—Kiba Inuzuka, ¿se te está ablandando el corazón?
El guerrero ignoró la pulla de su laird y continuó hablando. Aún no había terminado.
—También me preocupa tu esposa.
El gesto burlón de Naruto desapareció de golpe ante la mención de Hinata.
—¿Qué pasa con ella?
—Bueno, es muy raro que un recién casado abandone tan pronto su hogar. Por no mencionar el feo que le haces cada noche cuando abandonas el lecho conyugal para dormir con tus soldados en las colinas. Todos los Uzumaki fuimos testigos de lo poco que te agradó el matrimonio, si me permites el atrevimiento. Pero la dama no tiene la culpa. Sé que no soy Yamato y que conmigo no te sincerarás como lo harías con él; sin embargo, aquí solo estamos Lee y yo. Ambos te escucharemos si quieres desahogarte, o si quieres algún tipo de consejo para que la relación con tu esposa...
—¡Basta! —se exasperó Naruto—. ¿Desde cuándo te has vuelto un alcahueta?
—Laird, no pretendo enfurecerte. Es solo que Lee y yo estamos preocupados.
—¡Por las barbas de Satán, Kiba! Tanta insistencia no es propia de ti. —En la mente de Naruto se encendió una pequeña llama de comprensión. Miró de nuevo a su amigo como si quisiera leer dentro de su cabeza—. Ha sido Ino, ¿verdad? Mi hermana os encomendó que velarais por mi matrimonio o algo así, ¿no es cierto?
Kiba se frotó el rostro con las manos, agobiado. Estaba claro que al guerrero no se le daban bien esas cuestiones.
—Maldito Lee... Debía ser él quien mantuviera esta conversación contigo, y no yo.
—Ninguno deberíais hablar conmigo de estas cosas, por más que a Ino le preocupe mi felicidad. Soy muy capaz de valerme por mí mismo.
—En el campo de batalla, sin duda —le rebatió Kiba—. Pero nunca te hemos visto muy hábil con las mujeres.
En ese punto, Naruto no pudo más que soltar una áspera carcajada ante su observación.
—¿Qué sabéis vosotros de mis experiencias con las mujeres?
Kiba lo miró con fijeza antes de responder.
—Sabemos que, de vosotros dos, Menma era el seductor. Todas se enamoraban de él. Tal vez por eso nunca te vimos pretender a ninguna joven, porque inconscientemente asumiste que ellas se decantarían por tu hermano. Es un rasgo común en el orgullo masculino: no exponerse si sabes de antemano que el fracaso está asegurado. —Naruto no respondió a esas palabras. Sus ojos parecían hipnotizados por el baile de las llamas de la fogata, por lo que Kiba prosiguió —. Sin embargo, esto es distinto. Hinata es tu esposa. Te guste o no, debes tratarla como merece. Nos agrada mucho nuestra nueva señora, laird, y no ha hecho falta que la joven Ino nos advirtiera al respecto (aunque sí, lo hizo, y con bastante insistencia además). Creemos que con ella podrías ser feliz, es una buena mujer. Pero, para eso, debes tratarla con más consideración de la que has demostrado estos días, porque...
—Suficiente, Kiba —le cortó Naruto con brusquedad, al tiempo que se ponía en pie—. No volveremos a hablar de este tema. Mi matrimonio es asunto mío y haré lo que estime oportuno.
El laird se alejó y buscó un lugar para tenderse a pasar la noche. Se envolvió en su manto con movimientos enérgicos, intentando calmar su malhumor. Que tratara a Hinata con más consideración, había dicho... ¿Más? Naruto bufó ante la ignorancia de sus hombres. Ellos no sabían nada, no conocían el enorme sacrificio que llevaba a cabo cada noche para alejarse de esa alcoba donde su esposa dormía.
En esos momentos, solo con imaginarla en su cama, su cuerpo reaccionaba con vida propia.
Por eso mismo había tenido que alejarse de Hyuga Castle. La contención que debía mostrar en todo momento le estaba superando, se iba a volver loco. Hinata invadía cada rincón de su mente, con su rostro pecoso, sus ojos dulces y su cuerpo suave que le resultaba más tentador según se sucedían los días de abstinencia.
La deseaba como nunca había deseado nada en su vida. Y el tormento era mayor porque sabía que, si quisiera, solo tendría que imponerse. Ella era su esposa y nadie le reprocharía jamás que tomara lo que le pertenecía.
Cerró los ojos con fuerza y trató de expulsar de su mente el recuerdo de aquellos labios deliciosos que despertaban todo tipo de fantasías en su interior. Pero imposible. Hinata lo llenaba todo, como siempre le había sucedido. ¿Qué tenía esa mujer, que lo había cautivado desde que vio sus graciosas pecas por primera vez?
Llevaba alejado de ella cinco días. Cinco eternas jornadas durante las cuales había recorrido el feudo MacHyuga, presentándose a sus gentes, observando su modo de vida y tomando nota de todo lo que había que mejorar. Cinco días en los que la había echado de menos como si en verdad hubiera algún tipo de relación entre ellos.
Naruto había podido ocultar a todo el mundo sus verdaderos sentimientos y se había creado una coraza exterior que lo protegía, como bien había dicho Kiba, y que preservaba su orgullo masculino. Pero no había logrado matar sus emociones, que se habían quedado dentro, entre su propia piel y esa coraza imaginaria. Desde allí lo azuzaban y violentaban su corazón. Desde allí se ramificaban y echaban raíces, muy a su pesar, cada vez más adentro. Él era un guerrero capaz de enfrentarse a cualquier cosa... Excepto a esa sensación de aplastante malestar cada vez que miraba a Hinata y ella no le correspondía.
Tal vez era hora de rendirse.
Naruto dejó escapar un suspiro frustrado y sintió cómo esa idea se asentaba con fuerza en el centro de su pecho, tornando su mundo más oscuro.
Lo había intentado. Se había prometido a sí mismo que resolvería aquella desesperante situación de una manera u otra, y no había sido capaz. Podía parecer que rendirse era la opción más fácil y lógica, pero no lo era en absoluto. Y no solo porque hacerlo en los términos que había pactado con Hinata iba a dejar su masculinidad por los suelos, sino porque, simplemente, le resultaba imposible alejarse de ella.
Al menos, de manera definitiva.
A pesar de que hacía mucho tiempo que se había resignado a una vida sin ella, el matrimonio, el verse atado a esa mujer por obligación, había hecho renacer en él una estúpida esperanza que soportaba los envites de su fría indiferencia una y otra vez.
Tal vez Kiba tenía razón. Tal vez debería tratarla con más consideración. ¿Pero cómo? Ya no sabía qué más hacer.
—Quizá deberías probar lo contrario —se dijo a sí mismo, enfadado—. A lo mejor así conseguirías que ella reaccionara de una vez por todas.
Aquella idea arraigó en su mente y estuvo dándole vueltas un buen rato antes de dormirse. Si llevaba a cabo lo que estaba pensando, empujaría a Hinata hasta el borde del abismo en el que él mismo se encontraba. La situación podría volverse en su contra, por supuesto, pero al menos saldrían de esa convivencia apática que ya no soportaba más.
Regresaría a Hyuga Castle a la mañana siguiente, decidió. Después de todo, su plan para resolver el misterio de las ovejas ya estaba en marcha y las visitas a los lairds de los clanes MacNab y Hõzuki podían esperar.
Él, sin embargo, ya no podía aguardar más para resolver toda esa tensión que le estaba perforando el alma.
Continuará...
