Capítulo XXX.
Kohl rojo
I.
Izuku no puede dejar de mirar a Katsuki. Sus ojos enmarcados en kohl rojo, tal cual lo hacen en el sur. El cráneo del ciervo, la capa. Su mano que aferra la suya y parece temblar por momentos. Las mangas de su atuendo, bordadas con todo el amor de su madre. La pintura de Mina. Todos los detalles en ellos dos que unen al sur y al norte.
Apenas si puede escuchar las palabras del oficiante.
Pasan por encima de él, no las escucha realmente. Se pierde en los ojos de Katsuki, que lo miran también.
No ve al resto de los asistentes a la boda. El consejo de Katsuki está allí. Denki, Eijiro, Kyoka, Hanta. La partida de caza, los guerreros. Un gato color púrpura de dos colas que se lame las patas en una esquina. Alcanza también a ver a Momo. Al bardo y el caballero errante. A algunos de los habitantes de las aldeas vecinas, que acuden movidos por la curiosidad.
La ceremonia avanza.
De repente, Katsuki suelta su mano y busca algo en una pequeña bolsita amarrada a su cinturón. Saca una cinta color rojo, bordada finamente con un patrón en exceso sencillo. Se la extiende.
Es una tradición del sur.
Discutieron horas sobre ella.
Izuku alza su mano derecha, le ofrece su muñeca. Katsuki amarra allí uno de los extremos de la cinta, con un nudo firme, pero seguro.
«¿No es esa una tradición sobre pertenecerle a otro?», preguntó Katsuki, muchos días antes. «En el sur ven el amor como posesión».
«No viene de allí, Kacchan», respondió Izuku.
Katsuki le ofrece el otro extremo de la cinta y la muñeca de su mano izquierda. Izuku amarra la cinta con todo cuidado.
Hay una historia. Sobre un rey y su destino, un pequeño hilo rojo, que lo unía a su amado por uno de los dedos de sus manos y que sólo él podía ver. No es una tradición tan vieja, ya es de los tiempos de la Madre, tras el imperio que duró apenas un siglo. Pero los enamorados en todos los pueblos empezaron a adoptar aquella tradición durante sus bodas. Y de repente la realeza también lo hizo, primero para reforzar la idea de que las uniones eran cosa del destino y después retorcieron la idea hasta volverla una manera de atar al ser amado. En el sur, quizá no lo haría, se dice Izuku. Pero está en el norte y allí no hay una tradición, no hay todo ese peso. Puede disfrutar de su propio rito tal cual fue concebido en el sur, siglos atrás. Un hilo rojo en los dedos que más tarde se convirtió en una banda en las muñecas.
Cuando están atados por la cinta, Izuku busca la mano de Katsuki y la aprieta un momento.
La voz del oficiante sigue hablando. Y en algún momento se detiene y el Rey Bárbaro carraspea y es Eijiro quien se acerca para darle algo.
Izuku sólo alcanza a ver tela color verde —del color de sus ojos— que Katsuki toma con todo cuidado en sus antebrazos. Eijiro se retira de nuevo y entonces el Rey Bárbaro, de frente a Izuku, le extiende aquel regalo. Eso es una sorpresa. Porque Katsuki nunca mencionó nada parecido.
Katsuki sonríe de lado al ver su sorpresa.
—Es una tradición regalar capas en las bodas —dice, en voz no muy alta. Apenas si puede oírlo Izuku y quienes están más cerca de ellos—. No lo mencioné porque creí que merecía ser una sorpresa —se excusa, mientras la desenvuelve y se la enseña en todo su esplendor. Es una capa color verde, con el cuello de pieles, tal cual la de Katsuki, aunque no está raída de la parte de abajo, como la del Rey Bárbaro, que fue un regalo de su difunta madre; en vez de eso, está cuidadosamente cortada y tiene un pequeño patrón bordado que es obvio que alude al sur. Una perfecta mezcla—. Es un símbolo que el norte te protegerá —sigue Katsuki—, de que el amor y la magia pueden con todas las tempestades. —Da un paso a él, sin soltar la capa. Sus labios se acercan a uno de los oídos de Izuku, para que nadie más pueda oír lo que va a decir—: Y también, por supuesto, de que te amo.
Izuku tiembla ante aquella voz.
Quiere derretirse allí mismo.
Por el gesto, por la voz, por las palabras.
Katsuki lo rodea para ponerse a su espalda. Con un gesto delicado, aparta el velo de tul para cruzarlo por uno de los hombros de Izuku un momento. El otro velo, de tela más oscura, que cuelga desde su tocado, no le estorba. Izuku, con la mano que no está amarrada a Katsuki —aunque la cinta es lo suficientemente larga como para que no tenga que alzar su mano o estirarse para permitir que el Rey Bárbaro se mueva—, sujeta el velo de tul un momento. Siente el peso de la capa sobre sus hombros. Katsuki se la ajusta con un par de cintas en sus hombros. Y, cuando cae, devuelve el velo de tul a su lugar.
En un momento más están frente a frente y la ceremonia continúa.
Poco después extienden sus manos hacia el fuego sagrado y es allí cuando Izuku sabe que está a punto de terminar. Siente el calor del fuego en sus manos y luego, cuando voltea a ver a Katsuki frente a frente, el Rey Bárbaro lo aferra por la cintura y lo acerca hacia sí; lo besa sin previo aviso.
Ya está, piensa Izuku.
Ya están casados.
En el sur, las bodas suelen celebrarse durante la tarde, tras las cuales sigue una gran cena banquete. Los invitados suelen disfrutar de la fiesta y los novios de su primera noche de bodas. En el norte, los novios no pueden perderse por ningún motivo la fiesta, así que el banquete es a la hora de la comida y sigue una fiesta. En el sur, la cinta que une a los novios no se separa de sus cuerpos hasta que entran en la habitación en donde han de compartir lecho —supuestamente, por primera vez—. Pero en el norte Izuku tiene que conformarse con que llegue al final del banquete porque sería imposible bailar con los invitados si él y Katsuki tienen que ir amarrados a todas partes.
Pero la dejan en sus muñecas el primer baile.
El bardo, Hizashi Yamada, toca las primeras notas de la canción de las mariposas. Una canción del sur para una boda en el norte. También entona las primeras notas y a los pocos momentos se une la voz de Inko Midoriya a la suya y poco después Izuku distingue también la de Tsuyu y la Ochako, acompañadas de la de Mina, la de Momo y la de Kyoka —quien toca su propio ehru—. Katsuki sonríe de lado cuando jala a Izuku hacia sí y le pone una mano en la cintura, acercándolo a él.
—Creo que la tradición indica que tienes que concederme este baile —le dice.
Izuku sonríe y suelta una risa corta, nerviosa.
—Tengo que, Kacchan.
Y bailan.
Es difícil describir lo que siente entonces. Todo en su interior está a punto de explotar o ya explotó. Todo el día se ha sentido entre que muere y renace constantemente. Si no fuera porque las manos de Katsuki lo sujetan de manera firme, se desvanecería. Y quizá, por la fuerza con la que Katsuki lo mantiene cerca, también al Rey Bárbaro le ocurra algo parecido.
Tienen que separarse tras un par de piezas, cuando Denki y Eijiro los interrumpen. A propósito, por supuesto: Denki le pide un baile a Katsuki y a Izuku no le queda más remedio que marcharse con el dragón. Lo cual no es nada malo. Eijiro tiene un estilo curioso para bailar, pero sus brazos también lo anclan un poco al suelo.
Es fácil ver por qué Denki está enamorado de él.
—Una vez Denki intentó hacer apuestas sobre quien se casaría primero: él o Katsuki —dice Eijiro—. Entonces no estábamos juntos, acabábamos de conocerlo. Y fue… fue una tontería. Katsuki estaba enojado todo el tiempo entonces. Estábamos peleando una guerra. Así que Denki dijo que creía que Katsuki nunca encontraría una pareja y que él se casaría primero. Intentó apostar.
Izuku, al principio, no entiende por qué le está contando eso.
Después, cuando ve su rostro, comprende que es esa clase de discursos que la gente da en las bodas cuando son por amor —«como todas las del norte», se recuerda— y entiende un poco más.
—No me imaginé que serías una persona perfecta para Katsuki cuando llegaste —confiesa Eijiro—, pero te vi y… no sé, sólo quise ser amigable esa primera vez. Denki también. Todos entendíamos que Katsuki había ido en contra de muchos principios del norte para conseguir nuestra paz, pero no entendíamos lo que significaba para quien llegara aquí. —Eijiro suspira—. Así que no lo imaginé hasta que Mina empezó a empujarlos, poco a poco, uno contra el otro. Fue demasiado evidente entonces. Pero bueno, tampoco me imaginé que entonces Denki no tenía razón y que Katsuki, efectivamente, se iba a casar primero que él.
«Primero». Eufemismo para decir que Katsuki será el primero en casarse. Izuku sabe que el arreglo que tienen Denki y Eijiro va mucho más allá de un matrimonio y, aunque no lo impide, si lo hace doloroso. Izuku sólo puede recordar a Denki demasiado borracho preguntando un cuándo sin respuesta.
—Gracias —es lo que responde. Es lo único que le sale. Entre las palabras de Eijiro va oculta una felicitación e Izuku la agradece.
—Oh, ¡me alegro mucho! ¡En serio! —dice Eijiro—. ¡Nunca habíamos celebrado una boda como está!
Sonríe y todas las sombras se disipan de su rostro. Parece que las tempestades no ocurren siempre y el cielo claro y la tranquilidad de su amor y de sus amistades son suficientes como para mantenerlos a raya.
—¡Izuku! —llama la voz de Ochako.
Eijiro sonríe. Apenas si ha pasado una canción.
—Parece que te requieren —sonríe.
No chocan con Ochako, aunque están a punto de hacerlo. Izuku la toma por la cintura un momento.
—¿Dónde dejaste a Mina? —pregunta el príncipe.
Hay días que las dos brujas son incapaces de separarse. Quieren con demasiada intensidad. Mientras que para Tsuyu todo es más tranquilo y apacible —y es por eso que es la mediadora perfecta de aquella relación de a tres—, para ellas todo es cuestión de vida o muerte cuando se trata del amor. Por algo Ochako ha amenazado a Katsuki no menos de dos veces con que no puede hacerle daño a Izuku si no quiere morir entre terribles dolores. A eso, Katsuki sólo sonríe de lado y asiente. El Rey Bárbaro respeta a Ochako de una manera especial.
—Con Tsuyu —responde Ochako—; querían descansar un poco así que fueron a sentarse al jardín. Tranquilidad, ya sabes, para Tsuyu.
Izuku asiente.
—¿Cómo te sientes? —pregunta Ochako.
Izuku ríe. Los nervios se lo comen, pero están mezclados con una extraña tranquilidad. Algo entre «lo que tenga que pasar pasará», pero con esa sensación en el estómago que no lo deja a uno tranquilo.
—Bien —responde—. Como caminando en una nube. ¿Recuerdas cuando te conté lo que era cabalgar el viento? Así, pero como si estuviera caminando sobre algodón. —Siente el impulso de reírse, de sonreír y dar mil vueltas—. No acabo de creerme todo y aunque sé que nuestros problemas no se acaban con una boda…, eso es idealista e imposible. Pero es algo… Se siente bien —concluye.
—Me alegra tanto, Izuku…
Bailan un momento, hasta que Izuku ve a su madre, sentada sobre un banco en una de las paredes. Se separa de Ochako un momento.
—Voy con mi madre, un momento —le dice.
Y ella asiente y se dirige hasta donde están Momo y Kyoka, que llaman la atención por la manera en la que bailan. Kyoka va vestida de morado, con su capa puesta y un pedazo de armadura —bastante lujosa, por lo que puede apreciar Izuku—; Momo, por el contrario, va completa de rojo y dorado, al estilo del sur, aunque con textiles del norte —Izuku no duda que ella y Kyoka hayan confeccionado ese vestido en las últimas semanas—; su cabello negro, hacía arriba, la hace parecer mucho más alta de lo que es en realidad. Uraraka las interrumpe; Izuku solo ve la escena a lo lejos antes de caminar hasta donde está su madre.
Señala el espacio que queda en el banco.
—¿Está libre?
—Por supuesto —responde Inko Midoriya—; para ti, siempre.
—Gracias, mamá.
E Izuku se sienta; es justo en ese momento que se da cuenta de lo agotado que está. No se ha sentado prácticamente desde en la mañana y los nervios no han dejado de comérselo por dentro.
—¿Estás divirtiéndote? —pregunta Inko Midoriya. Tiene una sonrisa apacible.
—Sí. Mucho. —Izuku sonríe. En realidad, nunca ha dejado de hacerlo en todo el día. Sólo han cambiado sus sonrisas: de nerviosas a tranquilas; se han ensanchado o vuelto más discretas. Ya han pasado por muchas emociones—. Podría bailar hasta mañana.
—Ay, a tu edad… —dice Inko—. Me hubiera gustado bailar toda la tarde el día de mi boda. Lo hice antes y después, claro. Ya no puedo hacerlo como antes.
—Al menos una pieza… —propone Izuku—. Hace mucho que no bailamos juntos.
—¡Hace una eternidad!
Izuku no recuerda exactamente cuándo dejaron de hacerlo. Debe ser uno de esos que están difuminados por el dolor o el desagrado. Contiene la voz de Hizashi Midoriya diciendo «no es adecuado» y «un príncipe no debería exhibirse cómo lo haces tú».
Quizá sea momento de remediarlo. Su madre se ve muy repuesta de su enfermedad del otoño y, aunque sus pulmones no son lo que eran, definitivamente, todavía puede dar algunas vueltas.
Izuku se pone en pie y le ofrece una mano.
—¿Vamos?
—Oh, me encantaría.
El príncipe le saca una cabeza a su madre. Algún día le pareció imponente, enorme, grande como un gigante. A veces todavía se lo parece, de lejos o de cerca. Es el porte que tiene, se dice Izuku, tan tranquilo y seguro de sí mismo. En una habitación llena de gente, quizá Inko Midoriya no sea quien más resalte. Pero si alguien detiene en ella la mirada, se sorprenderá por el poder que emana de aquella mujer pequeñita.
—Vamos, mamá. Un baile es un buen regalo de bodas, ¿no crees? —Izuku sonríe un poco de lado, un gesto aprendido de Katsuki que en su rostro en vez de verse retador o temible es más bien tierno.
—¿Tú crees? —revira Inko. Sonríe también.
El príncipe y su madre bailan. El mundo se detiene para mirarlos un momento.
Es más tarde, cuando Izuku está dejando que Denki lo arrastre por el lugar, que el Rey Bárbaro vuelve a interrumpirlos.
Hace rato que el bardo y Shouta Aizawa desaparecieron de la fiesta. El gato, Hitoshi, también se fue, más temprano, harto del ruido y ahora oyen sus maullidos enojados en uno de los techos —Izuku asume que estará allí gran parte de la noche, para impedir que todos tengan un sueño reparador—. Ochako, Tsuyu y Mina están en el jardín contiguo, sentadas en la fuente, platicando. Inko Midoriya también se retiró y, con la caída del sol, la fiesta empieza a decaer.
Katsuki carraspea.
—¡Oh, Kacchan, no te había visto! —dice Denki.
Al oír Kacchan, con la «a» más larga de lo que suele pronunciarla Izuku, Katsuki se pone rojo y frunce el ceño. No agrega nada, porque es obvio que en el organismo del mago ya hay más licor del adecuado.
—Oh, Katsuki, lo siento. —Eijiro se aproxima rápido y pone sus manos en los hombros de Denki—. Lo dice cuando está así. No sabíamos lo que significaba, pero… —carraspea—. Lo recuerda, dice. De cuando Izuku te rescató.
Katsuki gruñe brevemente, pero no dice nada más. Izuku sólo alcanza a oír que Eijiro murmura algo dirigido a Denki.
—¿Quieres bailar un poco más, corazón?
Y al parecer Denki está de acuerdo con ello, porque se apartan un poco y las manos de Denki rodean el cuello de Eijiro mientras el dragón rodea su cintura. Se mueven el ritmo del ehru de Kyoka, que todavía suena.
Katsuki le extiende su mano a Izuku, ignorando el resto de las cosas que acontecen a su alrededor.
—¿Vienes, príncipe?
Izuku la toma.
«Siempre».
II.
Katsuki se detiene un momento al ver al tapiz de su madre. Una Mitsuki Bakugo dibujada con esmero y amor por Masaru Bakugo es incapaz de devolverle la mirada. Pero Katsuki mira su cabello, tan parecido al suyo y sus ojos rojos y la lanza que tiene en una mano y la espada al cinto —misma que él carga ahora—. Izuku nota esa duda, todavía aferrado a su mano.
Se detienen en la salita de los aposentos de Katsuki.
Pronto serán también los de Izuku y sus libros se mezclarán con los pocos que Katsuki mantiene allí y sus cojines estarán junto a la ventana y arreglará el alféizar —puesto que Izuku tiene mucho más interés en él que él— para darle un lugar donde descansar que sea sólo suyo. Después está la habitación de Katsuki y después de esa hay otra, desocupada, donde instalarán la cama y los baúles del príncipe.
—Te hubiera acompañado, ¿no? —pregunta el príncipe y aprieta su mano.
—Sí. —Cuando está triste, la voz de Katsuki es tranquila.
Su madre lo ha acompañado todos esos días. Su recuerdo no lo deja ni a sol ni a sombra y se lamenta todas esas veces que desdeñó los deseos de su madre sobre su boda. Siente el estómago volteado al recordarse haciéndolo y recordar la sincera aversión ante la idea. Se pregunta por qué y no hay respuesta.
«¡Yo te parí, niño malcriado! ¡Si te enamoras, yo tendré que dar mi consentimiento!»
Le resultaba tremendamente molesto, la sola idea de tener que depender del consentimiento de su madre. Pero ahora está convencido de que Mitsuki hubiera dicho que sí siempre y cuando él estuviera enamorado con ese amor que es capaz de destruirlo todo y crear vida. Como el que ella había sentido cuando se aferró a todo por formar una familia. Una vez un guerrero entrado en años le había dicho a Katsuki que su madre hubiera podido ser reina, si hubiera querido. Pero Mitsuki no renunció a nada porque nunca lo quiso tanto como quiso a Katsuki cuando lo tuvo entre sus brazos. Su padre, Masaru, lo contaba con una sonrisa y el Rey Bárbaro, entonces sólo un adolescente con sueños de gloria, bufaba, porque aquel destino le parecía demasiado pequeño.
Ahora lo entiende mejor.
«¡Yo te parí, Katsuki! ¡Yo caminaré a tu lado el día de tu boda!»
No hay destinos pequeños.
—Me hubiera gustado conocerla —dice Izuku. Katsuki voltea a verlo, tan hermoso como está y se queda clavado en su perfil.
—Oh, la vieja te hubiera adorado. Eres todo lo que mi madre siempre quiso.
Y, con cuidado, sin dejar que caiga el tocado que lleva, le revuelve el cabello. Sólo un poco, hasta que Izuku sonríe.
Cenan solos, puesto que la cena es íntima, única para ellos. Rikido les preparó por igual platos del sur combinados con recetas del norte e Izuku saborea todo y comenta cada detalle de las recetas.
Katsuki sólo puede comérselo con los ojos.
Probablemente no haya ningún momento como descubrirle el velo en ese momento, cuando todavía estaban promeditos y no casados.
Después de pasar toda la mañana siendo torturado por Denki y por Eijiro, que insistieron en dibujar sobre sus manos con pintura roja, como sus ojos —«porque resaltan», le dijo el mago— y en sus mejillas. Kyoka había arreglado su capa hasta que había quedado lustrosa y lo habían arreglado como un novio a costa de sus gruñidos y bufidos. Había tenido que resignarse a la sonrisa estúpida y boba de Denki que, al verlo, sólo había dicho: «Sabía que te verías ver como novio».
Tras eso, pudo levantar el velo de Izuku y pudo quedarse sin respiración como la primera vez: perdido en esos grandes ojos verdes. Pero, a diferencia de la primera vez —que Katsuki recuerda a la perfección— en ese momento no hubo tristeza. Los ojos de Izuku brillaron e iluminaron el mundo.
Así que, cuando terminan de cenar y quedan los apartados, Katsuki apenas si puede contenerse para besarlo.
Espera, al menos, a que se ponga en pie.
Luego Katsuki se vuelve todo manos y extremidades y lo atrae hacia si por la cintura, y lo besa. Se bebe sus labios y el «espera, Kacchan» queda olvidado. Su rostro se ajusta perfectamente a la curva del cuello de Izuku.
Los dedos de Izuku se clavan en su espalda.
—Creo que por hoy, puedo ser tuyo —murmura en su oído— y tú puedes ser mío, Kacchan.
Katsuki pone sus labios en su cuello. Un momento.
Su mano se entierra en el cabello cercano a la nuca de Izuku.
—No. Tú y yo no podemos pertenecerle a nadie —decide, finalmente—. No hay nadie que pueda encadenarnos, Izuku. Ni siquiera nosotros mismos.
Los dedos de Izuku se clavan un poco más en su espalda.
—Dice la tradición del sur que los reyes cargan a los príncipes a su lecho de bodas —dice Izuku entonces y Katsuki casi puede imaginar su sonrisa, aunque no puede verla.
—¿En serio?
—Sí, especialmente a los príncipes que renunciaron a la corona que los hizo reyes. —La voz de Izuku tiene algo de pícaro y chillón, un poco desesperado—. Por favor, Kacchan.
Y eso es lo único que necesita Katsuki para levantarlo en volandas y dejar que uno de los brazos de Izuku se aferre a su cuello y el otro pase los dedos por su mejilla, de una manera delicada, como si el Rey Bárbaro fuera de un cristal frágil, que pudiera romperse al más mínimo roce. Sonríe de lado, viendo la expresión satisfecha de Izuku.
—Si no quitas esa sonrisa, creeré que renunciaste a tu corona sólo por esto.
Izuku se ríe. Hay una nota de nerviosismo en esa risa y cuando Katsuki la nota se inclina un poco y busca sus labios.
Camina hasta la habitación y lleva a Izuku, que sólo agita las botas levemente y sonríe, satisfecho, de que Katsuki lo lleve. O quizá de hacerlo doblegarse a su más mínima voluntad en esos momentos.
El Rey Bárbaro lo deposita al borde de la cama donde Izuku se sienta y luego se arrodilla ante él, para quitarle las botitas verdes que lleva puestas. Las jala con cuidado, pero no tiene reparo en lanzarlas lejos. Todo lo que no es Izuku en ese momento se difumina. No existe la mesita a un lado de la cama, ni las cortinas, ni nada más. Existe sólo Izuku y sus ojos verdes.
—Hay una tradición en el sur. Es muy íntima —dice Izuku. Katsuki alza la mirada antes de quitarle las medias, pero una de sus manos descansa en uno de los pies del príncipe—. Se supone que la primera noche de bodas, prometes. O haces votos. Nadie más que nosotros puede oír lo que prometamos, Katsuki. Así que quiero que escuches, sólo por un momento. —Katsuki asiente, sin quitarle los ojos de encima. Sus manos, con cuidado, deslizar una de sus medias hacia abajo, hacia afuera del pie, sin que el Rey Bárbaro voltee hacia los pies del príncipe. Izuku se mueve un poco, a causa de las cosquillas, cuando los dedos de Katsuki tocan la planta de sus pies—. Te prometo fidelidad, Kacchan. Durante todos los días de nuestro matrimonio, dura lo que dura —dice el príncipe y sus ojos se llenan de lágrimas—. Te prometo lealtad, porque eres el único rey de tu calibre. Buscaré siempre la paz por la que me trajiste aquí, en contra de todos tus principios y de mi felicidad y de mí mismo destino. Dicho así, resulta casi imposible que nos hayamos enamorado. Pero te prometo ese amor, Kacchan. —El Rey Bárbaro sigue sin quitarle los ojos de encima. Jala la otra media y el pie de Izuku queda al aire—. Dices que ninguno de los dos puede ser posesión de otro, pero hay una parte dentro de mí que sí te pertenece. Ese amor, Kacchan, ese amor es tuyo. Te pertenece a ti. Te lo prometo. Hoy y mañana y todos los días de este matrimonio.
Katsuki se queda sin respiración.
Es difícil recordarle a su cuerpo que para respirar hay que inhalar y exhalar cuando tiene a Izuku así enfrente.
Cuando está de rodillas ante él.
Katsuki en ese momento sólo es capaz de buscar las manos del príncipe con las suyas y acercar los nudillos de Izuku a sus labios. Los de la izquierda están llenos de cicatrices, al igual que sus brazos.
Le toma un momento volver al mundo.
—No se me dan bien los discursos sentimentales. Lo he intentado muy pocas veces —dice. Pero es que después del de Izuku es difícil poder superarlo o acercarse si quiera. No le suelta las manos—. Pero prometo que nunca serás posesión de nadie. Especialmente mía. —Le da un beso en los nudillos e Izuku se queda muy callado, mirándolo—. Que siempre serás libre de hacer lo que te plazca en este castillo, ir a donde quieras, acompañarte de quién quieras. —La imagen del Izuku de los primeros días y las primeras noches, preguntando si todas las palabras de Katsuki eran una orden y el Rey Bárbaro, contrariado por aquello e incluso desesperado, sin entender que a Izuku lo habían arrancado de su vida sin preguntarle y que todas las palabras de Hisashi Midoriya habían sido órdenes también—. Y te prometo fidelidad, también. —Besa otro de sus nudillos—. Amor. —Besa su mano, de nuevo—. Lealtad, porque tienes la integridad que desearían todos los guerreros. —Otro beso—. Te prometo que un día seremos material de historias, tapices y cantares, seremos leyendas escritas en las estrellas, incluso. Algún día, en algún lugar, un bardo entonará la historia del Rey Bárbaro y el Príncipe del Sur. Quizá equivoquen los detalles pero nuestros nombre serán para siempre parte de la Historia. Izuku y Katsuki Bakugo. Por los siglos de los siglos. Lo prometo. —Alza sus ojos de las manos de Izuku y busca su mirada. Se clava en ella—. Alteza —murmura.
Izuku se inclina para abrazarlo. Sus dedos se le clavan, desesperados, ebrios de amor y de emoción y de la boda. El cuerpo de Izuku encaja en el suyo como la pieza de un acertijo al que el príncipe es todas las respuestas. Su corazón late contra su pecho y Katsuki lo siente desbocado.
—Kacchan —suspira.
—Eso te prometo —repite Katsuki, todavía, enterrado en el abrazo—, Alteza.
Después de las medias, lo primero que retira del cuerpo de Izuku es el tocado con los dos velos. Izuku lo ayuda, con cuidado —porque Katsuki es demasiado torpe en ese momento— a retirar los velos, que terminan en el piso. El tocado, por su parte, acaba en la mesita pequeña a un lado de la cama, a un lado del cráneo de ciervo que allí descansa.
Deja caer la nueva capa de Izuku sobre la cama y el príncipe se queda caer sobre ella, enterrando su cabeza entre las pieles. Katsuki se pone en pie y trepa a la cama para colocarse por encima de él.
Lo besa.
Con Izuku siempre da igual si un beso es el primer o no, porque siempre son diferentes. Ante la aparente delicadeza del príncipe, Katsuki creería sus besos también lo serían. Pero la delicadeza es sólo eso: apariencia, superficie. Por dentro es mucho más. Nacido en el sur, pero sus venas son del norte. Su entereza y su fuerza es algo que Katsuki asocia más con la cultura bárbara y con su gente. Los labios de Izuku pelean una guerra con los suyos y todos son ganadores. Van a su paso y se acoplan al mismo baile desesperado del que Katsuki es parte. La espalda de Izuku se arquea y sus dedos se le clavan en los hombros.
—Kacchan —murmura, al separarse de él.
—Te quiero —dice Katsuki—, Izuku Bakugo.
Ya es su nombre, después de todo.
Izuku vuelve a dejarse caer sobre la cama y extiende los brazos. Espera.
Sonríe de lado y ese, Katsuki sabe, es un gesto aprendido. Se lo ha copiado a fuerza de verlo y es por eso que el Rey Bárbaro besa las comisuras de sus labios e Izuku suelta una risa nerviosa, porque el roce tan delicado le produce cosquillas.
Después se acomoda a horcajadas sobre él, con las piernas a cada lado de sus muslos. Una de sus manos se acerca a la mejilla de Izuku; Katsuki se queda viendo al príncipe, debajo de él, con los ojos muy abiertos.
No puede creer tenerlo allí.
Izuku no dice nada, pero no le despega los ojos de encima.
Todavía está vestido y eso, a Katsuki, le parece un desperdicio. Habiendo tanta piel, tantos lugares que podría recorrer con sus dedos y sus labios y su piel. Pero Izuku no parece por la labor de desvestirse. Sólo sonríe, de lado, retando algo, esperando algo.
Y los dedos de Katsuki se dirigen hasta el cinturón de Izuku, ya sin demasiada paciencia, buscando las cintas con la que está amarrado y deshacen el nudo con el cuidado mínimo. El cinturón, como todo el resto, acaba en el suelo.
Izuku se incorpora lo justo para que pueda sacarle la chaqueta, esa que tiene la historia bordada. El príncipe se la contó durante el banquete, pero Katsuki todavía estaba demasiado incrédulo ante lo que estaba pasando para haber prestado atención. Tendrá que pedirle que se la repita una vez más. Después. Le quita también la camisa e Izuku se queda allí. No intenta cubrirse las cicatrices. Ya nunca lo intenta. Ni siquiera su quemada en el pecho, con la marca del atizador.
—Kacchan —es lo único que dice, llamando su atención. El Rey Bárbaro se detiene para mirarlo—. Nunca pensé que llegaría este día.
Y no es que hagan algo que no hayan hecho antes. No. En realidad están acostumbrados al cuerpo del otro. Pero quizá que haya habido antes una boda, una ceremonia, lo llena todo de significados nuevos.
—Que podría elegir —sigue Izuku— y que te elegiría a ti y…
Katsuki lo corta tomando su mano. El príncipe se queda callado súbitamente.
—¿Puedo besarte? —pregunta el Rey Bárbaro.
Izuku alza una ceja, pero le sigue en juego.
—Sí.
Y Katsuki besa sus nudillos y el dorso de su mano. Luego toma la otra y hace lo mismo. Después de ese gesto, Izuku las pone alrededor de su cuello y Katsuki se inclina hasta quedar muy cerca de sus labios.
—¿Puedo besarte aquí? —pregunta, apuntando con sus labios hacia las comisuras.
—Sí.
Y Katsuki repite el gesto de hace tan sólo unos momentos. Después, roza los labios de Izuku.
—¿Y aquí?
—Sí.
Vuelve a mover la cabeza y se detiene en la línea de su mandíbula.
—¿Izuku?
—Sí.
En su cuello, donde su piel es clara y tersa.
—Sí.
En el otro lado de su cuello, en sus hombros, en su pecho. Después se detiene ante la quemada de su pecho, esa cicatriz, tan cerca de su corazón y la roza con sus dedos, con cuidado. Izuku arquea la espalda un poco, ante la sorpresa de sentir los dedos de Katsuki. Su piel allí tiene una textura extraña, como hundida, restirada, no demasiado agradable a la vista, quizá. Pero de todas maneras le dedica esa caricia, porque la historia de Izuku es más que la de sus cicatrices; por las veces que fue insensible sin saberlo, como si después de tanto tiempo quisiera seguir reparando el error que casi mata a Izuku en el bosque.
—¿Puedo? —pregunta.
Esa vez, la respuesta tarda, pero llega igualmente. Se abre paso entre las nubes de la duda y la confusión y sale de los labios de Izuku igual que todas las demás.
—Sí.
Y así lo hace con cada una de sus cicatrices.
—¿Puedo?
En sus brazos, en sus dedos, en cada pedazo de su piel; la respuesta es siempre la misma.
—Sí.
Con el vientre de Izuku y su obligo y después acaba sacándole a tirones los pantalones y recorre con la punta de sus dedos los muslos de Izuku, hasta que la piel del príncipe está demasiado sensible y parece incapaz de pensar en otra cosa que no sean los toques de Katsuki, en sus dedos y en los roces sutiles que le dedica.
—¿Puedo besarte? —pregunta el Rey Bárbaro.
—Kacchan. —Y esa vez la voz de Izuku sale desesperada, a medias entre una súplica y una orden que no admite réplica—. Por favor.
Y los labios de Katsuki le recorren el cuerpo entero, desde el cabello hasta los pies. La devoción que el Rey Bárbaro no tiene límites cuando se trata del príncipe. Está a sus pies de la misma manera que Izuku se presenta ante él. Son capaces de reconocerse a los ojos, tal y como son, en las fortalezas y las debilidades. Se reconocen rivales, de pueblos tan diferentes como es el agua del fuego; grandes, capaces de tomar el mundo y voltearlo; ambiciosos, porque sus deseos son tan grandes como la pasión que desbordan; diferentes, porque no se aproximan al mismo desde los mismos lugares —Izuku lo hace siempre desde la honestidad y la generosidad infinita, buscando el saber, mientras que Katsuki se conduce por el mundo a través de la ira, movido por la ambición y una valentía que no tiene límites—, pero iguales, por la naturaleza de sus deseos.
Tiene sentido, después de todo, que la historia que empezó con ojos verdes sobre ojos rojo pase por un matrimonio. Katsuki sabe que no es el final, porque le quedan muchos días y muchas noches al lado de Izuku. Pero es un punto fijo en el tiempo en el que su piel y la de Izuku están tan cerca que se funden.
No para hasta que Izuku tiembla cada vez que lo toca; así sabe que tiene al príncipe a su merced, que esa imagen de Izuku son los labios medio abiertos y los ojos medio cerrados es solo suya. Que esa voz que le dice que lo quiere sólo pueden oírla ellos dos. Que esa piel contra piel es la promesa de que ese amor durará toda una vida y las siguientes.
En los muslos de Izuku hay unas cuantas marcas de los dientes de Katsuki y en el cuello de Katsuki quedan, sin ningún cuidado, las mordidas de Izuku y en sus hombros se marcan sus uñas y rasguños. Y no es hasta después, cuando las palabras de Izuku sólo existen entre gemidos desesperados e intentos por decir su nombre, que Katsuki muerde un poco el lóbulo de su oreja.
Piensa que quizá debería decir algo romántico, trascendental, para grabarlo para siempre en ese momento, suspendido para siempre en el tiempo. Pero sólo le sale una palabra:
—Alteza.
Notas de este capítulo:
1) Un ehru es un instrumento clásico chino. Lo pueden googlear, pero por si les nació la curiosidad de ahí lo saqué.
2) Elegí poner lo de los votos después porque Katsuki me parece lo suficientemente privado frente a una multitud como para no soltarle lo que le dice a Izuku frente a mucha gente y porque era un momento muy íntimo. Por cierto, casi no me gusta cuando los amantes se dicen «soy tuyo y tú eres mío» y es algo que he explorado muy poco —para alejarme un poco de esa idea de la posesión del amor romántico—, sólo en un fic de Kirishima y Bakugo. Aquí, como es una relación que empezó de manera desigual, lo evito y porque creo lo que dice Bakugo. Y sí, Katsuki siempre le dice «Alteza» cuando están en la cama. Jé. Also, consentimiento es sexy.
3) Lo de la cinta está inspirado en la leyenda del hilo rojo. Es una historia japonés según la cual un hilo rojo nos une a nuestro destino, o algo por el estilo. Pueden googlearla también, pero seguro que estando en fandoms otakos la conocen porque algún soulmate au con esa temática habrán leído.
Andrea Poulain
