Victoria sin Sabor

Un Mes y Tres semanas desde la Última Muerte (Nueve Muertes)

"¿Me estás diciendo que esa de arriba es la verdadera Ballena Blanca y que las otras dos son solo copias?" Preguntó Ricardo, con su mirada fijada en la silueta más lejana, aquella que nadaba en el dosel de la niebla.

"Sí, y creo que Mimi y tú son los únicos capaces de obligarla a descender, de derribarla."

"¿El capitán y Mimi?" Cuestionó la niña, intercambiando su mirada entre el caballero y su capitán…

Después de conversar respecto a cómo debían lidiar con la Ballena Blanca, ambos espadachines descendieron del lomo de la ballena malherida, la cual estaba comenzando a salir del aturdimiento en el que la había dejado el poderoso ataque del anciano. Juntos se montaron sobre el dragón del caballero y se reunieron con los dos mercenarios, que, acorde a lo que les había dicho Julius, se encontraban esperando a una distancia segura de las ballenas.

No obstante, antes de poder discutir respecto a que harían con la ballena y sus copias, los cuatro se alejaron más de éstas, puesto que la copia más cercana al suelo no tardó en comenzar a buscarlos, acompañada prontamente por la segunda. Ahora que las dos ballenas se encontraban al tanto del aumento en el número de enemigos, ellos no contaban con demasiado tiempo para discutir sus planes; por lo mismo, Julius decidió ir al grano.

"Sí. Estoy seguro de que, si ambos atacan al mismo tiempo con sus gritos, podrían alcanzar el poder de ataque necesario para derribarla." Ante la respuesta segura y firme de Julius, Ricardo observó a Mimi de soslayo.

"Ella no puede utilizar tanto poder si no está con su hermanos. Y como recordarás, uno se encuentra en rehabilitación y el otro se quedó al lado de la señorita. La Onda de Resonancia pone una gran carga sobre el cuerpo de quien la usa, y hace poco Mimi casi se llevó a sí misma a su límite para proteger al chico… a Subaru. No creo que sea seguro para ella que-"

"¡Capitán, deje a Mimi hacerlo!" Lo interrumpió la niña, golpeando el suelo con su bastón. "¡Gracias a que Onii-san fue ingenioso y le pidió a Mimi lo necesario para vencer a la Oni que lo atacó, Mimi no tuvo que esforzarse demasiado! ¡Aunque no estén Tivey y Hetaro, Mimi está lista para dar todo de sí misma y liberar el grito más poderoso que jamás haya dado! ¡Uno que cuente por los tres!"

"Desearía no tener que interrumpirlos, pero las ballenas ya nos detectaron. Si no nos movemos rápido, no tendremos otra oportunidad."

Ante el aviso de Wilhelm, Mimi observó a Ricardo con llamas de determinación ardiendo en su mirada. "¡Subaru Nii-san pudo derrotar a la mujer que lo atacó, aunque no tiene ningún tipo de poder físico! ¡Mimi quiere seguir su ejemplo y hacer lo que se creía imposible! ¡Capitán, usemos las Ondas de Resonancia, juntos crearemos un grito tan poderoso que sin duda hará caer a la ballena!"

"¡Maldición!" Vociferó Ricardo, rascándose la cabeza en señal de frustración. "Ese chico ha resultado ser una mala influencia para ti, pequeña." Con una sonrisa complicada, el hombre bestia palmeó la cabeza de la pequeña chica, para posteriormente mirar a Julius y Wilhelm. "¡Bien, lo haremos a tu manera! ¡Julius, déjanos a nosotros la tarea de derribar a la ballena! Necesitamos que nos ganes tiempo para poder reunir el maná necesario. Cuando estemos listos, nosotros nos uniremos al combate y atacaremos a la ballena que se encuentra más alto con todo lo que tengamos. ¡Tú y el señor Demonio de la Espada asegúrense de que la maldita esa no pueda regresar al cielo!"

"¡Eso haremos, Ricardo! ¡Suerte a los dos!" Y con esas escazas palabras de partida, Julius jaló las riendas de su dragón con fuerza, haciéndolo disminuir de velocidad y voltearse hacia el enemigo que los acechaba desde la densa masa de nubes de maná.

Conforme la distancia entre ellos se hacía cada vez mayor, Wilhelm observó fijamente desde espaldas de Julius a los dos demi-humanos. No hubo palabras de apoyo ni gritos de batalla, simplemente miradas que transmitían un enorme coraje. Pasado un pequeñísimo instante, el anciano asintió, ante lo que Ricardo levantó su pulgar regresando el asentimiento y Mimi se limitó a sonreír emocionada.

Sin necesidad de palabras, los tres declararon que no existía rencor residual alguno causado por la retirada del Colmillo de Hierro. Ambos habían regresado para participar en la batalla final, y Wilhelm estaba agradecido por ello; eso es todo lo que importaba para él. Con ese asunto zanjado, los tres guerreros se prepararon para afrontar el combate del que dependería el que pudieran observar otro amanecer.

Mientras que Mimi y Ricardo comenzaban a preparar sus Odos, bocas y gargantas para la gigantesca expulsión de energía mágica que estaban por llevar a cabo, Wilhelm regresó su afilada mirada a los cielos. Ninguna de las tres ballenas era del todo visible, pero sus gigantescas siluetas navegando entre la niebla daban fe de que no habían dejado de perseguirlos.

Sin embargo, solo dos siluetas realmente se les estaban acercando. La tercera, la que era menos visible de todas, seguía manteniendo su posición en las alturas, a decenas de metros sobre sus cabezas. Por ahora, el trabajo de Julius y Wilhelm consistiría en ganar tiempo, para que así los demi-humanos pudieran preparar un ataque sónico lo suficientemente poderoso como para alcanzar y derribar a la, presunta, ballena original.

Con ello en mente, el anciano guerrero desenvainó dos de sus múltiples espadas y se puso de pie sobre el lomo del dragón de tierra. Aprovechando la velocidad del dragón, con un ágil y veloz salto, Wilhelm dio una voltereta en el aire y cayó parado sobre el masivo cuerpo de la primera ballena que los alcanzó. Moliendo sus muelas y dejando salir otra enorme dosis de ira reprimida, el anciano clavó sus espadas en la gruesa piel de la copia de sus némesis y comenzó a realizar profundos, largos tajos.

Julius despidió al anciano con una última mirada de soslayo y se aproximó raudamente a la segunda ballena. Ésta se encontraba a pocos metros de él, y ambos estaba por colisionar frente a frente; algo que Julius aprovecharía a su favor. Sin demorarse un segundo, el caballero levantó su espada y conjuró uno de sus hechizos insignia.

"¡El Clausel!" La punta de la espada brilló como una estrella en medio de la noche y entonces Julius realizó un arco con ésta. La luz entonces rebanó la parte inferior del hocico de la mabestia, sacándole así un iracundo grito de agonía. La fuerza del ataque de luz bastó para desviar a la ballena de su curso, cosa que Julius aprovechó para saltar de su dragón y montarse sobre el lomo de la mabestia.

Ambos guerreros se encontraban ahora sobre la espalda de las dos ballenas que habían vagado dentro de la niebla, masacrando a los guerreros bajo el mando del anciano y el caballero de aspecto femenino. Wilhelm ahora tenían aún más razones personales para despreciar con todo su ser a la Ballena Blanca; la mabestia que le arrebató a su esposa, lo evadió por catorce años y lo humilló en combate engulléndolo, casi acabando con su vida. La ira ardía en su interior como nunca antes lo había hecho, y él no se quedaría sin ventilarla toda sobre su odiado enemigo; aunque se tratara de una simple copia.

Como si de lenguas de fuego se trataran, gritos de batalla surgieron de la boca de Wilhelm Van Astrea. Como si de ríos se trataran, chorros de sangren fluyeron de la dura piel de la ballena. Como si de viento se tratara, la hojas de las espadas recorrieron todo el cuerpo de la creatura, dejando profundos cortes allí por donde sus brillantes filos cruzaban. Como si de llamas se tratara, el espíritu del anciano consumió todo a su alrededor.

Escalofríos recorrieron la espalda de un perplejo Julius, cuyos oídos captaron los aguerridos gritos del anciano, capaces de helar la sangre de hasta sus aliados. Tras un momento de contemplación casi fanática, el caballero meneó su cabeza y miró el lomo llena de cortes de su adversario; los cuales eran difíciles determinar si habían sido provocados por él mismo o por el anciano guerrero.

"Yo tampoco puedo quedarme atrás. Nos estamos jugando el futuro del reino, lo que pase conmigo es de poca importancia para este punto." Diciendo tales palabras mientras acomodaba su flequillo, Julius enfocó su mirada en las zonas sin señales de cortes y prosiguió su trabajo con aún más determinación que antes; resultado de la energía beligerante que le habían transmitido los enardecidos gritos de Wilhelm.

Sus ataques se volvieron cada vez más frenéticos, y ante cada corte de su espada una explosión de energía mágica procedía. Usando en perfecta sincronía sus artes espirituales y manejo de la espada, Julius usó perfectamente la esgrima mágica que le dio el título de Caballero Espiritual. Sin embargo, el uso prolongado de ese estilo de lucha tenía un coste, y ese era el rápido agotamiento de su energía vital.

El extenso control que Julius tenía sobre las artes espirituales era el que le permitía llevar a cabo tan perfectamente la esgrima mágica. Más de diez años conociendo a sus amadas compañeras servían como experiencia para fundamentar la exquisita técnica de aquel conocido como el Caballero Amable. Y por ello, nadie estaba al tanto de sus propias limitaciones como él mismo; y luchar de la forma en la que lo estaba haciendo prometía que pronto no podría seguir moviéndose.

Aun así, una sonrisa calma como un manantial subterráneo yacía en su imperturbable rostro. Julius confiaba en sus compañeros… Compañeros, él jamás consideró que llamaría de esa forma a mercenarios de Kararagi, personas con un código moral muy diferente al suyo, pero que inevitablemente compartían muchos rasgos de personalidad con él.

Tal vez, de no ser por su señora, jamás habría tenido la oportunidad de forjar lazos de camaradería con ellos; de hecho, era muy probable que así fuera. No obstante, en ese momento, en ese lugar, su vida dependía de mercenarios extranjeros y no podía encontrarse más satisfecho con ello. Sí, los subordinados de Anastasia Hoshin no pueden ser personas incompetentes, tal vez por ello, él mismo había logrado relacionarse tan bien con ellos. Después de todo, los tres eran guerreros competentes que harían todo para cumplir con su deber y satisfacer los deseos de su señora.

"¡Clarista!" Conjuró. "¡El Clausel!" Gritó. "¡Fell Goa!" Vociferó. Con su espada brillando como si se encontrara al rojo vivo, Julius se esforzó por debilitar lo más posiblemente a su adversario; uno que no era apto para combatir sin compañía.

La Ballena Blanca era un ser temible, sus cuatrocientos años sembrando el terror sin ser detenida eran prueba de ello. Por lo mismo, no era de extrañarse que sus mejores ataques apenas hubieran bastado para entretener a una de sus copias. Su vitalidad se encontraba en números rojos y cada vez le era más difícil seguir encadenando ataques mágicos. Sus amigas, los espíritus que le asistían en combate, también estaban llegando a su límite.

Se encontraba agotado, pero eso no le impedía seguir luchando como un dragón embravecido. Además, todavía tenía su as bajo la manga, pero no podía simplemente desperdiciarlo. Cuando fuera el momento, el sabría que debería usarlo; hacerlo antes de ello sería arriesgarse a ser acorralado. Con su vigor imperturbado, el caballero siguió dañando a la ballena, así como igualmente lo hacía el guerrero anciano.

Las copias, por su parte, se retorcieron, chillaron, cantaron melodías de muerte y lanzaron múltiples chorros de niebla condensada. Su desesperación por deshacerse de las molestas alimañas crecía segundo a segundo. Como si de una jarra se tratara, la última gota cayó, resquebrajando su superficie. La primera ballena en actuar fue aquella que estaba siendo atacada por Wilhelm.

Liberando un canto enloquecedor, la ballena se elevó en los cielos, obligando al experimentado espadachín a usar sus dos espadas como soporte. Sin embargo, eso no es todo lo que la ballena tenía pensado hacer. Demostrando un nivel de inteligencia superior al de los animales ordinarios, la ballena se acercó a su hermana, a la silueta similar en todo aspecto, y se colocó sobre ella paralelamente, con su abdomen apuntando al cielo.

Wilhelm, que estaba luchando por aferrarse a sus espadas clavadas en la gruesa piel, se percató de que algo era diferente a las últimas veces que la ballena intentó quitárselo de encima. Ambas ballenas quedaron con sus espaldas casi pegadas y fue entonces que sus cantos asesinos se sincronizaron.

"¡Julius, salta!" Sin dudarlo, el anciano gritó al caballero antes de abandonar sus dos espadas y lanzarse al suelo.

Julius, habiendo escuchado la orden del respetable hombre, detuvo su seguidilla de ataques y corrió hacia el borde del masivo cuerpo de la bestia. Allí, en el suelo, estaba su dragón esperándolo, con Wilhelm a sus espaldas. Su querido Shaknar era un dragón fino muy bien entrenado, por lo que no era extraño que hubiera reaccionado tan rápidamente en pro de la seguridad de Wilhelm. Julius entonces saltó, pero antes de poder ser atrapado por su dragón, que ya había saltado del suelo, una masa de viento y niebla lo empujó lejos de su curso.

Como si de un proyectil se tratara, el caballero fue impulsado lejos de la ballena, hacia el suelo. La copia a la que había estado atacando era la que se encontraba más cerca de la superficie, y aun así la caída fue extremadamente fuerte. Al ser empujado por la fuerza de la niebla, Julius había perdido su capacidad de discernir arriba de abajo, por lo que le fue imposible suavizar su caída. El increíble dolor que recorrió su pierna era prueba de que no había salido ileso del evento.

No obstante, su atención no fue depositada en ello, sino en la escena ante sus ojos. La ballena atacada por Wilhelm se había colocado sobre la que él había estado atacando, y mediante cantos, ambas se pusieron de acuerdo para liberar sus ataques de niebla sobre la otra; como si se trataran de animales deshaciéndose de los parásitos entre sí. Y de no haber sido por la advertencia de Wilhelm, su existencia misma habría sido eliminada de la faz del mundo.

Después de un momento viendo atónito como la copia de arriba se colocaba al lado de la copia de abajo, Julius reaccionó y procedió a analizar su propio estado físico. Lo primero en lo que se fijó fue su pierna, y rápidamente notó que el panorama no era bueno; prueba de ello era la protuberancia blanquecina que sobresalía de una rotura en su pantalón. Su pierna se había partido y uno de sus huesos estaba sobresaliendo, junto a chorros de sangre que no dejaban de brotar.

"Maldita sea…" Murmuró el caballero, no tanto con su salud en mente, sino el futuro de la operación. En su estado actual no podría seguir luchando.

"¡Julius! ¿Cómo te encuentras?" Había comenzado a usar un pedazo de pantalón que arrancó para presionar su herida, cuando escuchó la voz de Wilhelm y el sonido de pisadas. Julius entonces volteó su cabeza, para así recibir al anciano con una mirada de decepción.

"Estoy bien, pero me temo que no podré seguir siendo de demasiada ayuda." Ante tal afirmación, los ojos del anciano se movieron instintivamente a las manos de Julius, en las que se encontraba el pedazo de tela ensangrentada y el aún visible el pedazo de hueso.

"Ya veo." Respondió éste tras un momento, con su tez imperturbable. Ambos hombres, firmes y disciplinados, se miraron por unos segundos. "No te preocupes, yo me haré cargo de la situación. Creo que hemos ganado importantes minutos, así que no debería faltar demasiado para que Ricardo-san y la pequeña Mimi-san puedan llevar a cabo su parte del trabajo. Por ahora deberías cubrir la herida y subirte en el-"

Pero antes de que Wilhelm pudiera terminar de hablar, fue interrumpido por el estruendoso canto de las dos ballenas. Haberse deshecho de los parásitos que las estaban molestando no era suficiente. No descansarían hasta haberlos eliminado, eso estaba completamente claro. Wilhelm, comprendiendo esto, desenvainó su última espada y se preparó reanudar la lucha a muerte con las ballenas. Pero antes de que lo hiciera, la voz de Julius lo detuvo momentáneamente.

"No pienso quedarme de brazos cruzados mientas se enfrenta a las dos copias solo. Aun me queda un último as bajo la manga, y no pienso irme sin haberlo utilizado." Habiendo usado su dragón como soporte, Julius se puso en pie colocando la mayoría de su peso en su pierna sana. En la mirada del joven caballero ardía una poderosa determinación, una que Wilhelm no tardó en reconocer.

"¡Bien! ¡En ese caso sigamos luchando lado a lado contra estas bestias, Julius!"

"¡Será un honor, Wilhelm-san!" Y de esa forma, ambos guerreros de gran temple se prepararon para dejar hasta su piel en el combate.

Los filos se elevaron en el aire, así como lo hicieron sus templados espíritus de acero. Ambos hombres estaban dispuestos a poner su vida en el filo del abismo con tal de seguir luchando, pues la palabra "rendirse" no se encontraba en su vocabulario. Así, como si de dos vigas de hierro se trataran, los dos recibieron las embestidas de las ballenas.

"¡Arrrggghhh!" Liberado un rugido gutural que no iba acorde con su imagen elegante y señoril, el anciano rebanó violentamente el hocico de la ballena, aprovechando el impulso para regresar a su lomo de piel gruesa.

"¡El Clausel!" Julius, por su parte, agitó su espada, en cuya punta ahora rotaban sus seis espíritus en formación circular. De la punta de la espada surgió una luz cegadora, que no solo desorientó a la ballena, sino que además la cortó en múltiples partes de su cara, provocando que ésta liberara un canto de agonía. Sin embargo. "No fue suficiente…"

Con expresión de frustración, el siempre imperturbable caballero observó como la ballena se sacudía el deslumbramiento y volvía a enfocar su único ojo enrojecido en él. Comenzando a sentirse abatido, Julius tocó instintivamente si pie herido. El combate contra los dos clones se suponía que sería el preámbulo, por lo que era menester que saliera ileso de éste para así poder enfrentar a la ballena original sin problemas; había fallado en ese aspecto.

En su estado actual, le era casi imposible seguir en pie, y su tiempo en el campo de batalla estaba por agotarse. Maldición… Pensó el caballero, apretando con fuerza su pierna. Todavía le quedaba su as bajo la manga; todo ese tiempo había esperado usarlo contra la ballena original, pero se estaba volviendo cada vez más claro que eso sería imposible. Y sus pensamientos, en efecto, fueron respaldados a continuación.

"¡Julius!" Entonces pudo escuchar la voz de Wilhelm llamándolo desde las alturas, ante lo que levantó su mirada. Allí, a unos cinco metros de altura, se encontraba Wilhelm Van Astrea, montando de nuevo a la copia de la ballena. "No podemos seguir gastando tanta energía en las copias, deberíamos…" Sin embargo, Julius no pudo escuchar lo que prosiguió a esas palabras.

Como si se tratara de la voz de la mismísima Bruja de los Celos, el canto de la ballena nulificó cualquier otro sonido que no fuera su propia expresión de rabia. Se trataba de la copia que Julius había estado enfrentando, que no dispuesta seguir perdiendo tiempo con él, se preparó para lanzar su poderoso ataque de niebla. Julius, percatándose de esto, levantó su espada en alto.

"¡Mis camaradas, cuento con ustedes!" Y como si fueran capaces de entenderlo, los espíritus que lo acompañaban comenzaron a emitir una cantidad de luz exuberante, que fue capaz de vencer a la densa niebla que los rodeaba. Tras esto, la espada comenzó a absorber la luz, comenzando a emitir un tono brillante que transmitía la sensación de que estaba por fundirse. No contaba con demasiado tiempo como para que el filo de su espada absorbiera toda la energía necesaria como para rebanar a la ballena, así que tendría que arriesgarse con lo poco que contaba. "¡Al Claris-!"

"¡Mantenlo ahí un poco más! ¡Guárdalo para el momento de la verdad!" Pero antes de que pudiera terminar de conjurar el hechizo, la voz de Ricardo lo detuvo.

Sorprendido, Julius miró en la dirección en la que provino la voz, y pudo ver a Ricardo galopando sobre su liger, con Mimi subida en su hombro. Los dos estaban sonriendo, aunque señales de tensión eran visibles por todo su cuerpo; eso era prueba de que estaban listos. Ambos demi-humanos pasaron a su lado y se acercaron a la ballena que estaba por atacar con su terrible chorro de niebla.

"¡Necesito que mantengas ese hocico cerrado, tu aliento apesta!" Y con esas palabras, Ricardo saltó de su liger con su espadón empuñado en su mano derecha. Como si de un proyectil se tratara, el capitán del Colmillo de Hierro aterrizó sobre la cara de la ballena, usando su arma como herramienta de escalamiento. El filo de su enorme espadón atravesó sin problemas el único ojo restante de la ballena, provocando que ésta se sacudiera y errara en impactar a Julius con su niebla.

El chorro de maná en forma de vapor golpeó el suelo de la planicie, dejando un enorme cráter en éste y elevando toneladas de material por el aire. Entonces, la ballena pareció olvidar a Julius y posó toda su atención sobre las nuevas alimañas que se habían subido sobre ella. Incapaz de verlos, utilizó sus otros sentidos para ubicarlos; estaban acercándose a su cola. Habiéndolos ubicado, la ballena se dispuso a elevarse por los aires para así quitárselos de encima; y así lo hizo.

"¡Yuuupppii! ¡Arriba! ¡Allá vamos!" Julius, desde su posición en el suelo, pudo escuchar los gritos extasiados de Mimi. Estaba claro que era lo que Ricardo estaba intentando. Entre más cerca de la ballena original, más difícil sería fallar el ataque. Y eso era justamente lo que tenía en mente Ricardo. "¿¡Ahora, capitán?!"

"Espera un momento…" La ballena se elevó unos veinte metros en el aire, y entonces movió su cuerpo para comenzar un brusco descenso; así las alimañas no podrían mantenerse sobre su cuerpo. Ricardo, percatándose de que habían alcanzado el clímax, miró hacia la ballena original. "¡LISTO! ¡WAAAAAAAHHHHHHHHHHHHH!"

"¡WWWWAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHH!"

Dos estelas de luz surgieron de la zona cercana a la cola de la ballena. Con un tono azulado fantasmal, las dos estelas se elevaron en el aire a la velocidad de un rayo, sin que nada, ni siquiera la fricción del viento y la niebla o la gravedad, pudieran detenerlas. Ambas estelas entonces comenzaron a entrelazarse, formando una forma que recordaba a la doble hélice del ADN, hasta que se fusionaron, transformándose en una enorme estela de luz que surcó los cielos ominosamente, hasta que impactó exitosamente en su blanco.

¡Boooom! La onda expansiva fue tan poderosa, que de no ser porque Julius se encontraba apoyado sobre su querido dragón de tierra, habría salido despedido por los aires. La nube de niebla fue dispersada, dejando el cielo completamente descubierto, y pedazos enteros de hierba, cerca de la zona cero, fueron arrancados de raíz.

La fuerza del boom sónico fue tan poderosa, que el impulso empujó a la ballena sobre la que Ricardo y Mimi se encontraban, haciendo que chocara con el suelo violentamente. Julius por un momento consideró ir a comprobar el estado de sus aliados, pero se abstuvo de hacerlo cuando notó lo que estaba descendiendo rápidamente hacia la planicie.

El ataque mágico de los líderes del Colmillo de Hierro había dado de lleno al abdomen de la ballena, arrancando un gran pedazo de éste, dejando un hueco por el que comenzaban a sobresalir sus entrañas. Por su puesto, esto provocó que, poco después de la onda expansiva, una copiosa lluvia de sangre empapara el campo de batalla. Como habían esperado, el ataque bastó para derribar a la ballena, pero por el movimiento errático de su cola y aletas, estaba claro que aún seguía con vida; prueba de su gigantesca resistencia, tanto física como mágica. Todavía no era suficiente…

"Ia… Kua… Aro… Ik… In… Nes… ¡Cuento con ustedes!" Ese era el momento que había estado esperando, y no desperdiciaría la oportunidad que Ricardo y Mimi le otorgaron. "¡AL CLARISTA!" Usando todo el aire de sus pulmones, Julius finalmente conjuró su hechizo definitivo.

Toda la luz que su espada había absorbido fue expulsada en forma de un pilar de luz que se elevó hacia los ahora despejados cielos. A diferencia de la estela producida por los ataques de Mimi y Ricardo, éste poseía un brillo abrumador, enceguecedor; un brillo total. El filo de luz se elevó para así recibir a la ballena que estaba por estrellarse contra el suelo, rebanando gran parte de su abdomen ya abierto y liberando por fin todo su contenido.

Con un estallido, la ballena cayó al suelo. Sangre, heces, fluidos de todo tipo… se elevaron por el aire, bañando por completo el campo de batalla. Un hedor insoportable tomó lugar en lo que antes era una planicie cubierta por niebla, haciendo evidente que la Ballena Blanca finalmente había caído.

Julius, con sus ojos casi cerrados, observó desde el suelo la escena. La fuerza de Al Clarista había bastado para empujarlos a él y a su dragón, y ahora ambos yacían sobre la ensangrentada hierba. Su energía vital había sido casi completamente consumida, era cuestión de segundos para que su consciencia se desvaneciera; aun así, Julius no podía permitirse tal lujo. Necesitaba cerciorarse. Cerciorarse de la muerte de la ballena y el bienestar de sus aliados.

"Uhhhhhhhhhh…" No obstante, un canto obstinado y agonizante llegó a sus oídos. Era la ballena, aún seguía con vida; cierto, se encontraba al borde de la muerte, pero si ella no moría entonces…

"¡Aaaaauuggghhhhhh!"

"¡Aaaaauuggghhhhhh!"

Dos cantos más pudieron ser escuchados, lo que corroboró los temores de Julius. Las copias seguían con vida. ¿O es que acaso el estado de la original no estaba enlazado con el de sus copias? ¿Acaso se habían equivocado y la que eliminaron no era la ballena original? Las dudas comenzaron a inundar la mente de Julius, y cuando parecía a punto de ahogarse en éstas, otro grito llegó para rescatarlo.

"¡Tu hora ha llegado, bestia! ¡Me aseguraré de cobrarme todo lo que me quitaste!" Con sus últimos segundos de consciencia, Julius pudo vislumbrar como Wilhelm Van Astrea, el guerrero con catorce años de añorada venganza a sus espaldas, levantaba su espada y asestaba el golpe final a la ballena tras haber rebanado todos sus órganos. Aun necesitaba conocer el estado de Ricardo y Mimi, pero su mente fue incapaz de mantenerse encendida…

Wilhelm había observado todo desde el lomo de la copia. De no ser por sus rápidos reflejos, la onda expansiva del ataque sónico habría bastado para lanzarlo disparado contra el suelo. Por ello, fue capaz de atestiguar como la segunda copia caía al suelo, impulsada por la fuerza del ataque, y con ella los dos demi-humanos. Después observó como Julius asestaba el golpe final a la ballena; o así había parecido, pero la desgraciada aún seguía liberando cantos de agonía.

Wilhelm realmente había deseado que un escenario así se desenvolviera. Habría sido capaz de abstenerse de actuar si su presencia no era necesaria, incluso si no le llegaba la oportunidad de dar el golpe final. Pero ese desarrollo, en el que él podría acabar con la vida de la Ballena Blanca fue con el que soñó por años. Por eso ni siquiera prestó atención a la copia de la ballena que parecía dispuesta a reanudar el combate contra él, empuñó su espada y se lanzó hacia la herida Ballena Blanca.

Sin pensárselo dos veces, entró en el hueco dejado atrás por los ataques de Julius, Ricardo y Mimi, ignorando la incómoda sensación de déjà vu, y como si de un torbellino se tratara, rebanó todo su interior. Arterias, corazón, intestino, estómago. Cortó todo a su paso, dejando solo el cerebro intacto. Tras ello, y completamente cubierto de sangre, se subió sobre la moribunda ballena; genuinamente sorprendido de que aún permaneciera con vida.

Entonces la miró directamente a su único ojo y pudo percibir miedo. Ni un poco de lástima se formó en su pecho; en éste solo había espacio para el ardiente deseo de venganza. Con los recuerdos de su esposa recorriendo su mente y calientes lágrimas de ira empapando su rostro, Wilhelm Trias dio la estocada final, atravesando el cerebro de la ballena con su espada.

Un fuerte deseo tomó forma en su corazón, quería decir las palabras que su terquedad le impidieron decir por décadas: "¡Te amo, Teresia!". Sin embargo, no se sintió digno de hacerlo. No después de todo lo ocurrido, no después de una victoria tan carente de sabor. Diría esas palabras, pero no sentía que ese fuera el momento… Algo hacía falta. ¿Tal vez la confianza? ¿Tal vez unas palabras de apoyo? En ese presente que había tenido lugar, la respuesta nunca llegaría…

Al final, cuando la niebla se disipó por completo y los pocos supervivientes pudieron ver los primeros rayos del Sol, no hubo gritos exhilarantes de victoria, ni abrazos de genuina emoción, ni sonrisas de desbordante calma. No, lo único que hubo fue silencio, un silencio sepulcral que precedió a un combate que había llevado a ambos bandos al borde de la exterminación, con solo uno de ellos cruzando totalmente el umbral hacia la completa aniquilación. La Ballena Blanca había sido asesinada, pero… ¿a qué precio?