12 El regalo
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
—¿Qué te parece este?—preguntó lady Kushina.
Se miró en el espejo volviendo la cabeza de un lado a otro para estudiar mejor el efecto del sombrero que llevaba puesto.
Hinata la miró a su vez. Era un bonete azul con una cinta bajo la barbilla y adornado con unas colas de zorro.
—Es un poco...
—Vistoso —le dijo lady Kushina levantando los brazos para quitárselo.
El sombrerero, un hombre amanerado que estaba esperando tras una mesa llena de pasamanería, se precipitó hacia sus clientes. Cogió el sombrero y lo colocó en su lugar en la vitrina. Mientras lady Kushina se lanzaba a charlar con él, Hinata simuló admirar las pamelas adornadas con flores de seda pero su mente estaba en otro sitio.
Hacía ya quince días que vivía junto a su marido unas noches locamente apasionadas. Él le había enseñado el arte y la forma de complacerle y ella se había desvelado como una excelente alumna.
A cambio él la cubría de caricias. A veces él se deslizaba en su habitación mientras ella dormía y se despertaba sintiéndole dentro de ella en medio de la noche. Entonces sus sueños eróticos se hacían realidad.
Pero él siempre volvía a irse a dormir en su propia cama, apenas se cruzaban durante el día. Él no la invitaba nunca a su habitación de la torre y ella evitaba ir para no molestarle. Varias veces le pidió que la acompañara al parque cuando paseaba a Ino o a la biblioteca a coger un libro pero él siempre se negaba educada pero categóricamente.
En sus encuentros nocturnos él solo hablaba de tonterías con tono ligero. Hinata se contentaba con tener solo un amante mientras esperaba que quizá algún día su marido la amaría.
—¿A milady le gustaría probarse ese sombrero?
Hinata parpadeó. El dueño de la tiendo señalaba el turbante de tafetán color verde pavo real con rayas azul pálido que tenía entre las manos.
—N... No —barbotó— Es para la condesa.
Lady Kushina se puso el turbante metiéndose los cobrizos rizos dentro y luego añadió un adorno de plumas de avestruz blancas con una sonrisa de satisfacción.
—Es una maravilla, gracias Hinata, tuve razón al pedirte que me acompañaras. Mi ajuar ya casi esta completo. ¿Te he dicho que el duque va a llevarme de viaje de novios al continente?
—No. ¿Ayame irá con ustedes?—se alarmó Hinata— ¿Quién alimentará a Ino si ella se va?
Una sonrisa iluminó el rostro de la condesa.
—Hablas como una verdadera madre... Puedes estar tranquila, Ayame no vendrá, no me atrevería a privar a mi nieta de su nodriza.
—Me alegro milady.
—Llámame Kushina, de lo contrario me va a dar la impresión de que en realidad tengo cien años. —Se le escapó un suspiro. —Me cuesta creer que mi hijo pronto cumplirá veintisiete años. Su cumpleaños es la semana que viene ¿lo sabías?
—No mi... Kushina.
Hinata hizo esfuerzos por recordar.
—¿El quince de junio?
—El dieciocho. Dos días antes de mi boda. No le compres un alfiler de corbata, yo le regalo uno cada año. Es una tradición.
Hinata no tenía intenciones de comprarle a su marido un alfiler de corbata, ni gemelos. Naruto le había asignado una pensión más que generosa pero un regalo tendría más valor si ella lo pagaba con su propio dinero. Dinero que ella no tenía. ¿Pero que se le podía regalar a un hombre que lo tenía todo? ¿Un libro? Si pero ¿cuál?
La idea surgió espontáneamente y era tan buena que Hinata se extrañó de no haberla tenido antes.
La tarde transcurrió en una angustiosa espera. En cuanto Naruto se fue al gimnasio Hinata se metió en su habitación, el ayuda de cámara estaba en la lavandería. Se levantó la falda y subió corriendo la escalera de caracol que llevaba a la torre.
Gracias a los gruesos muros el lugar estaba fresco. El hogar estaba recién limpiado y no tenía cenizas. Miró un instante la alfombra en la que tuvo lugar su prime encuentro con Naruto. Después de todo no lamentaba haberle engañado, al contrario.
Ella solo había estado una vez en ese lugar y fue para seducirle. En ese momento tenía otro plan: confeccionarle un regalo muy personal.
La gran mesa de caoba seguía llena de documentos. Los poemas de Naruto estaban allí. Con manos temblorosas Hinata empezó a hojear entre las hojas dispersas con el oído atento. Se acordaba perfectamente de la ira de Naruto cuando vio que ella había leído sus poesías.
La odió por eso, su obra era una parte de su alma que él escondía a los demás cuidadosamente. La parte de él a la que ella no tenía acceso.
Pero la sorpresa que estaba preparando no tendría consecuencias ya que solo él la vería, y le gustaría, de eso Hinata estaba segura.
Supuso, y con razón, que Naruto estaba trabajando en los poemas de más arriba del montón. La verdad es que hurgó por todas partes teniendo cuidado de volver a poner las cosas en su sitio, exactamente igual a como las había encontrado.
A medida que escogía entre las hojas tachadas y corregidas, el familiar olor del papel y de la tinta le hicieron experimentar una profunda nostalgia. Su padre siempre contaba con ella para arreglar la enorme cantidad de páginas que escribía.
Hiashi Hyūga afirmaba que no podía prescindir de la valiosa ayuda de su hija. A ella le hubiera gustado poder volver a pasar a limpio esas frases garabateadas.
Se fue de allí con un rollo de papeles bajo el brazo, antes de salir echó una última mirada por encima del hombro. Todo parecía estar como Naruto lo había dejado, nunca sospecharía que alguien había rebuscado entre sus cosas.
Bajó las escaleras y echó una breve ojeada al vestidor para asegurarse de que estaba vacío, luego se deslizó entre la puerta de separación y la cerró cuidadosamente. Después se puso manos a la obra.
Naruto se dirigió al vestidor de su mujer. Le recibió una joven criada con un cubo de agua vacío en las manos. Le hizo una seña para que no dijera nada, ella le miró con asombro y se marchó.
Naruto entró en la habitación, una bata de gasa beige estaba colgada de una percha. En el suelo había un par de zapatillas del mismo color. La ropa interior reposaba en una silla y un perfume de flores llenaba el aire.
Un biombo japonés negro y dorado, estaba delante de la chimenea. Oyó un chapoteo. Iba a mirar cuando se dio cuenta de que el espejo le devolvía la imagen de Hinata mientras se bañaba.
La estaba viendo de espaldas dentro de la gran bañera de cobre. Su piel enrojecida por el fuego de la chimenea y el agua caliente, brillaba por el efecto de las gotas de agua.
Unos rizos le caían por la espalda desnuda. Sintió que su cuerpo se ponía tenso por el deseo. Era increíble, ninguna mujer le había cautivado de esta forma más de dos semanas. Hinata despertaba en él una pasión insaciable.
Durante el día se sorprendía a si mismo pensando en ella, se le hacía eterna la espera hasta la noche. Esta mañana no pudo resistir la necesidad de verla y tocarla.
De puntillas rodeó el biombo. Al verle Hinata ahogó un grito y después una sonrisa iluminó su rostro.
—Buenos días Naruto.
—Te levantas pronto —notó él ella miró a su marido.
—Tu también señor conde.
—¡Que observadora!
—Supongo que no has venido a decirme que has terminado de leer la traducción de Topographia Hiberniae de mi padre.
—Es un poco pronto para leer sobre los viajes de un sacerdote a través de la Irlanda del siglo XII. Su mirada se detuvo en el cuerpo de ella.
—Por el contrario estaría muy contento de ayudarte con tu baño.
—Frótame la espalda.
Él se subió las mangas, se enjabonó las manos y empezó a frotarla con energía. Con la cabeza inclinada hacia abajo, ella emitió un suspiro satisfecho. Poco a poco las manos de Naruto se hicieron más cálidas, se deslizaban bajo las axilas de Hinata hacia sus senos, arrancándole un grito de dicha.
Las puntas de sus pechos se endurecieron con las caricias de él. Él podía sentir contra su mano izquierda los latidos desordenados del corazón de Hinata.
Descendió más hasta los rizos suaves de su entrepierna. Ella abrió las piernas y Naruto la acarició allí donde su feminidad palpitaba caliente y húmeda. Se arqueó, moviendo las caderas hasta que sus suspiros se convirtieron en gemidos.
Un orgasmo fulgurante la hizo temblar. Cogiendo la mano que le había dado tanto placer, la besó apasionadamente.
Un imperioso deseo se apoderó entonces de Naruto. Levantó a Hinata en sus brazos sacándola de la bañera. Sin hacerle daño la aplastó contra la pared mientras se desabrochaba los pantalones. Ella se estremecía de deseo. Sujetándola con las dos manos, él la penetró con un poderoso empujón.
Ella se sujetó a él mientras él la tomaba con un vaivén rápido, casi furioso. La pasión de Hinata revivió, empezó a moverse ella también y poco después Naruto la sintió temblar de placer. Entonces él dio vía libre a su pasión. La violencia de su propio orgasmo le abrumó.
La mantuvo un instante más contra él mientras recobraba el aliento. Ella le había proporcionado un intenso placer y ahora la satisfacción cedía el paso a una apacible ternura que nuca había conocido con ninguna otra mujer…
Hinata... Su esposa... Estaban hechos el uno para el otro.
Esa idea le hizo el efecto de un puñetazo. Se apartó de ella.
—Bueno —dijo ella con una risa juvenil— siempre me había preguntado si se podía hacer el amor de pie.
¿La dulce Hinata tenía pensamientos eróticos?
—¿Tienes alguna otra fantasía? —la provocó. Roja como un pimiento, ella se dio la vuelta.
—Ninguna que tenga sentido. Él la cogió por la cintura.
—Las fantasías nunca tienen sentido querida. Vamos dímela.
—Una vez leí un libro. La historia se desarrollaba en Oriente. Me pregunté lo que sentiría si fuera la esclava de un príncipe en su harén.
—¿De verdad? ¿Una esclava?
—No tiene importancia, es una tontería.
—Desde luego que no...
Él solo quería someterla sobre unos cojines de seda, plegarla a todas sus exigencias. La risa de Hinata le volvió a la realidad.
—Mírate. El buen Iruka sufriría un ataque si te viera.
En efecto estaba mojado, descamisado y le faltaba un botón a la camisa. Rompieron a reír, entonces él cogió una toalla.
—Solo me queda secarte.
La envolvió con la tela. De pronto le cogió la mano y la miró atentamente. Tenía una mancha violeta en su dedo medio cerca de la uña.
—Tinta. ¿Has escrito algo? Ella encogió los hombros.
—Cartas. Contestaciones a unas invitaciones.
—Recházalas todas, tenemos algo mejor en que ocupar los días...y las noches.
Estaba siendo sincero. De buena gana hubiera dedicado todo su tiempo a hacerle el amor a Hinata. Enrolló la toalla para deslizarla entre las piernas de ella.
—No Naruto —murmuró.
—¿No quieres? —se extrañó él.
—No es eso. Ya voy con retraso.
Recogió toda su ropa interior, él admiró su cuerpo fino y sus gestos felinos.
—¿Con retraso? ¿Dónde vas tan pronto?
Ella se puso la fina camisa y después el corsé.
—Primero voy a ver a Ino, ayer estaba un poco nerviosa. Ayame dice que no es nada pero quiero asegurarme de que está mejor.
—¿Y después?
—Salgo.
—¿Para ir donde?
—De compras —dijo ella vagamente. Él la besó en el cuello.
—Te acompaño.
—¡No! No puedes.
Su vehemencia le sorprendió y frunció el ceño.
—Por supuesto que puedo, quería repasar las cuentas pero pueden esperar.
—Odias ir de compras, te vas a aburrir. Tengo que conseguir el par de zapatos adecuado para la boda de tu madre.
—Olvídate de los zapatos.
La cogió entre sus brazos.
—Quédate conmigo.
Hinata tiró de las cintas de su corsé.
—Hoy no querido. Además lady Kushina me pidió que pasara por su sombrerería a recoger un sombrero que le encargó. Tiene demasiadas cosas que hacer, hacerle un favor es lo menos que puedo hacer.
La cara de Naruto se quedó inexpresiva, no tenía la costumbre de que le rechazaran. Pero si insistía Hinata podría exigir a su vez algunas concesiones, por ejemplo, que la dejara entrar en su refugio de la torre o leer sus poemas. Pero estos representaban la faceta más secreta de su personalidad.
La miró mientras se peleaba con los cordones del corpiño y luego mientras se ponía alrededor del cuello la cadena de oro de su medallón. Volvía a experimentar la fuerza del deseo. Después de todo el placer físico era la principal ventaja de su matrimonio.
Su ira contra Hinata ya hacía tiempo que se había aplacado, ya no le reprochaba que le hubiera privado de su libertad. Encontraba grandes satisfacciones en su unión, una amante dócil y dispuesta instalada a dos pasos de su cama. Hinata era una compañera divertida y una buena madre para Ino. ¿Qué más podía desear?
Reinaba una clama absoluta en la imprenta. El olor penetrante de la tinta flotaba en el aire al igual que otra más especiada de una tarta de cebolla mordisqueada y abandonada en una bandeja. Los hombres inclinados en unos pupitres componían unos textos con la ayuda de pequeños cubos. Una viaja prensa se levantaba, imponente, en el fondo del lugar.
Había escogido ese sitio, segura de que no corría el riesgo de encontrarse con alguien conocido. Hinata se acercó al impresor, una especie de ogro que disimulaba su tripa con un delantal manchado de tinta.
Abriendo la mano le mostró el medallón de su madre.
—Señor le ofrezco una magnifica joya, es de oro macizo y finamente tallada. Él miró la joya con ojo crítico.
—¿Quién me demuestra que es de verdad?
—Haga que lo tase el joyero más cercano. Tiene usted dos días antes de la corrección de las pruebas.
Él cogió el medallón con sus gordos dedos, el oro brilló bajo la débil luz. Una oleada de recuerdos asalto a Hinata mientras lo único que tenía de su madre desaparecía en el bolsillo del delantal lleno de manchas.
No tenía ningún otro objeto de valor entre sus pocos efectos personales, pero por nada del mundo habría utilizado el dinero de Naruto para hacerle su regalo de cumpleaños. Un regalo tenía que salir, según ella, del corazón.
Había vuelto a copiar los poemas con su mejor letra antes de devolver los originales a la habitación de la torre. Después de hacer unas discretas averiguaciones descubrió a este impresor en una de las callejuelas laterales del Strand.
Se pusieron de acuerdo con el trabajo que había que llevar a cabo, es decir, imprimir el libro y forrarlo con marroquinería.
—¿Estará listo para el miércoles? —preguntó— Se lo voy a regalar a mi marido, y es importante que este preparado a tiempo.
—Si pero eso le saldrá más caro.
—Lo entiendo. No lo olvide; imprima solo una copia. Una sola. Y no le enseñará a nadie esas hojas.
—Entendido señora Hyūga.
Desde el principio exigió el mayor secreto. Para mayor discreción se presentó a si misma con su nombre de soltera. El impresor ni siquiera sabía que su marido y el poeta eran la misma persona. El titulo era elegante y sencillo a la vez: Poemas.
Hinata se dirigió a la salida, la excitación se podía leer en el brillo de sus ojos. Dentro de pocos días se lo regalaría a Naruto. Podría entonces ver en su mirada el mismo placer que antiguamente veía en los ojos de su padre cuando se publicaban sus tratados. A todos los escritores les gustaba ver su obra impresa.
Salió de allí, una carroza la esperaba en la esquina de la calle, no había utilizado la calesa de los Rasengan pero había citado al cochero en Bond Street donde se suponía que estaba de compras.
El cochero estaba dormitando en el asiento, un olor a cuero y a caballos llenaba el ambiente. Se levantó un poco la falda y se apresuró a meterse en la carroza. No se dio cuenta del vehículo inmóvil un poco más lejos ni de los ojos que la observaban desde el interior con una ávida curiosidad.
—Hoy sonríes por todo —murmuró Naruto.
Una oleada de felicidad hizo enrojecer a Hinata mientras subían la escalera principal. El duque de Sharingan ofrecía un té en su castillo en honor de su futura esposa.
Esa misma mañana Hinata había ido a buscar las poesías a la imprenta, se sintió muy orgullosa cuando le entregaron el pequeño volumen. Durante un rato acarició la suave cubierta de piel y hojeado las páginas de pergamino recorriendo con la mirada las palabras que había escrito Naruto. Estaba deseando que se quedaran solos para poder darle el libro,
—¿Yo estaba sonriendo? Solo pensaba que hoy es el día de tu cumpleaños. Él le lanzó una mirada penetrante.
—Me da la impresión de que estás tramando algo.
—Una sorpresa que te va a encantar.
Él se inclinó para murmurarle en el oído:
—Si la sorpresa implica un revolcón estaré encantado. Hinata le dio un golpe con su abanico.
—Eso no sería una sorpresa.
—Siempre lo es. Mi sorpresa preferida.
Estaban bromeando, a Hinata le gustaban sus encuentros, los apasionados embates que a veces duraban toda la noche, pero sus conversaciones seguían siendo demasiado superficiales para su gusto.
Hasta entonces Naruto no le había dicho nunca que la amaba y ella necesitaba oírselo decir. Quizá esta noche cuando ella le diera el libro lo hiciera. Él por fin comprendería que podían prolongar la intimidad de sus cuerpos con la de sus mentes.
Lady Kushina y el duque de Sharingan recibían a los invitados delante del gran salón, formaban una encantadora pareja, ella pelirroja y delicada, él, alto y distinguido.
—Querido Naruto, querida Hinata —exclamó la condesa— ¡Que alegría veros!
—Nos has visto en el almuerzo madre —respondió secamente Naruto— ¿Lo has olvidado? Incluso me regalaste el alfiler de corbata como todos los años.
—No dejaré que me estropees el buen humor con tus cínicas observaciones. Dentro de dos días yo también seré una recién casada.
Miró a su prometido con ojos llenos de adoración.
Hinata y Naruto entraron en el inmenso salón con adornos dorados presidido por dos enormes chimeneas.
El recuerdo de su casita brotó espontáneamente en Hinata, allí tomarse el té se limitaba a sentarse frente a su tía delante del fogón y beber a pequeños sorbos el brebaje en una tazas desconchadas. Aquí sin embargo unos criados con librea hacían circular unas bandejas de plata llenas de canapés y pastas.
La tía Natsu, instalada en medio del grupo de matronas, atacaba su plato con buen apetito. Algunos rostros familiares saludaban a Hinata, la gente la separó de Naruto. Estaba recordando las últimas novedades literarias con un caballero maduro forofo de la literatura cuando una voz dijo a su espalda:
—Parece estar ocultando algo lady Rasengan.
Se le detuvo el corazón. Se dio la vuelta y vio a Yamashiro con Ebisu Duxbury a su lado, su incondicional alter ego.
Parecían una pareja de payasos. Les sonrió.
—Si es así no lo sabrán.
—Es usted dañina —gimió Yamashiro con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta verde— Pero no es necesario que nos diga nada querida, siempre conseguimos sacar la verdad a la luz ¿verdad Ebisu?
—Si. Desenterrar es la palabra.
—Desentierren todo lo que quieran amigos míos. Estoy viendo a mi marido con dos tazas de té, si me disculpan...
Se escapó bajó la mezquina mirada de los dos dandys. Cuando se reunió con Naruto cogió la taza que este le ofrecía.
—¿Qué querían esos dos? ¿Te han molestado?
—En absoluto. A su manera son divertidos.
—Mientras no hagan chistes sobre ti o sobre Ino...
—¡Por supuesto que no! Eso ya pasó a la historia.
—¿Quiere que provoquemos un nuevo escándalo milady?
De inmediato una oleada de calor subió al rostro de Hinata. Si Naruto la besaba en plena boca en medio de los invitados de su madre ella no podría resistirse a él. Ejercía sobre ella un irresistible atractivo y él lo sabía.
Él le cogió una mano y acarició la palma con el pulgar mientras miraba su expresión. Hinata palideció y movió las pestañas... Sonriendo, él bajó la mirada al escote de su esposa y su sonrisa desapareció.
—¿No llevas tu medallón?
—No...No conseguí encontrarlo esta tarde. Seguro que mañana lo encuentro.
—Pregúntale a tu doncella. Sé muy bien lo que esa joya significa para ti—añadió apretándole con amabilidad el hombro.
Él no sabía que se había deshecho de su tesoro más preciado para hacerle un regalo. Unos aplausos interrumpieron su conversación.
—Señoras y señores presten atención por favor.
Lord Yamashiro, subido sobre un taburete, era quien estaba haciendo la llamada. A su lado Duxbury exhibía una sonrisa de satisfacción. Evidentemente los dos inseparables amigos estaban a punto de hacer un brindis.
—Espero que no le estropeen la fiesta a lady Kushina —murmuró Hinata.
—No te preocupes, mi madre sabe defenderse muy bien.
Ella suspiró, estaba deseando volver a casa para entregarle su regalo pero en lugar de eso tenía que presenciar las bobadas de Yamashiro.
—Señoras y señores tengo una sorpresa para ustedes —continuó— Tenemos entre nosotros un talento excepcional, un hombre misterioso que nos ha escondido su talento hasta hoy.
Yamashiro hizo una pausa para añadir suspense mientras Duxbury asentía con la cabeza. Un murmullo llenó la sala. La geste se movía y esperaba.
—Su preámbulo es digno de un director de circo —se burló Naruto.
Hinata dio un sorbo de té esforzándose por dominar el malestar que la invadía. Había algo en la forma en que Yamashiro les miraba a Naruto y a ella que la intranquilizaba.
—¡Yamashiro!—tronó el duque—Si tiene la intención de contar algún rumor será mejor que baje de inmediato de ahí.
—Vuestra Gracia, ningún rumor saldrá de mis labios en su noble casa —respondió Yamashiro jovial— Ese hombre misterioso es un poeta cuyos escritos sobrepasan a los de lord Byron o los de Shelley. Tengo el inmenso placer de leerles un extracto de su nueva recopilación.
La taza de Hinata chocó con el plato. Crispó los dedos en la porcelana mientras Yamashiro lanzaba una divertida mirada a Naruto.
No, era imposible, el vizconde no podía saber nada del libro. Había tenido cuidado de que nadie la siguiera a la imprenta. Vio que Naruto fruncía el ceño.
Yamashiro metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un pequeño volumen. Hinata sintió que le faltaba el aire. Las tapas eran idénticas a las del libro que le iba a regalar a Naruto, sin embargo ella había metido el libro en un cajón de su cómoda.
No había ninguna posibilidad de que Yamashiro lo hubiera sacado de allí. Seguramente eran las poesías de otra persona, una mera coincidencia, se dijo con el corazón en un puño.
Yamashiro abrió el libro, se aclaró la garganta con gesto teatral y después empezó a recitar con voz melodramática:
Para aquel que duerme en Waterloo
Como un soldado vencido
Mides con tu espada
La ensangrentada tierra de la llanura
Mientras otros menos nobles
Esperan que se cumpla tu destino
En la tranquilidad de sus casas.
A medida que oía las familiares palabras, Hinata se sentía desfallecer. Una sensación de irrealidad le causaba vértigo. Era imposible, estaba soñando y despertaría pronto.
Miró a Naruto. Este miraba fijamente a Yamashiro con los ojos brillantes de rabia. Sus puños estaban cerrados con tal fuerza que los nudillos estaban blancos. De pronto giró la cabeza y su mirada se cruzó con la de ella atravesándola con su frialdad.
El rostro de Naruto expresaba incredulidad, ella cerró los ojos bajando la cabeza. Era como si estuviera contestando afirmativamente a una muda pregunta. No podía negar la verdad, ella le había dado realmente al impresor los poemas y de una forma u otra, Yamashiro se había hecho con una copia.
El vizconde dejó de leer. Un respetuoso silencio envolvía el salón, una mujer resopló y fue como una señal. Se oyeron admiradas exclamaciones desde todos los rincones.
—¡Bravo! ¡Admirable!
—¿Dónde se puede comprar ese libro?
—¿Quién es el autor? —preguntaron varias personas al mismo tiempo— Díganos el nombre del poeta.
Cuando Hinata volvió a abrir los ojos, Naruto se estaba dirigiendo hacia Yamashiro y Duxbury. El vizconde estuvo a punto de caer del escabel. Su sonrisa de triunfo cedió el paso a una mueca de arrepentimiento.
—Es decir... Quizá no esté todavía preparado para recibir los laureles de la gloria —barbotó— Puede que su querida esposa nos haga el honor de...
Naruto le arrancó el volumen de las manos.
—Quizá desprecia a las comadrejas —gruñó.
Su puño se empotró en la mandíbula de Yamashiro quien cayó se espaldas al suelo. Duxbury le cogió en brazos y los dos volvieron a caer en la alfombra.
Una mujer gritó, se elevó un clamor, todas las miradas estaban puestas en Naruto. La taza de Hinata se le escapó de las manos yendo a parar al suelo. La culpabilidad la destrozaba. Iba a tener que explicar como habían acabado esos poemas en las manos de Yamashiro.
El duque se abrió camino hasta Naruto.
—¿Qué significa este escándalo?
—Agradézcamelo. Estoy limpiando su casa de gusanos. Yamashiro se frotó la dolorida mandíbula.
—No va a colgarme solo por leer una poesía.
Duxbury se levantó con el pelo revuelto y la corbata torcida.
—Unos poemas actuales, eso es todo —añadió.
Lady Kushina con los ojos llenos de lágrimas murmuró:
—Naruto ¿Tu escribiste eso? ¿Tu?
El rostro de Naruto enrojeció pero no respondió nada.
—Lo escribiste para Deidara...para el capitán Randall, tu amigo —continuó ella suavemente— Querido es un maravilloso homenaje a...
—Se trata de algo privado —cortó él con voz lúgubre— Te agradecería mucho que no volvieras a mencionarlo.
Los invitados del duque hablaban en voz baja. Todas las miradas estaban puestas en Naruto, acababan de descubrir que el libertino más notorio de Londres era un gran poeta. A pesar de su tristeza Hinata no pudo impedir sentir un gran orgullo. Cogió a su marido del brazo y se despidió de sus anfitriones.
—Vuestra Gracia, milady, discúlpennos. Debemos irnos.
—En efecto —gruñó Naruto.
Fusiló a Hinata con la mirada y luego la arrastró a la salida.
—¡Esperen! —gritó alguien— Dígannos donde podemos comprar ese libro.
Una cínica sonrisa estiró los labios de Naruto.
—Creo que deberán conformarse con Byron y Shelley. Buenas tardes.
Sacó a Hinata del salón y bajaron las escaleras en silencio. Un lacayo les entregó sus capas y otro llamó a su carruaje. Esperaron en el porche, el cielo estaba gris y el viento era frío. Naruto no podía estarse quieto y paseaba de un lado a otro incapaz de contener su agitación. Hinata no pudo soportar más tiempo el silencio.
—Naruto te lo ruego, intenta entenderlo. Yo...
—¡Basta! —la interrumpió— Tendremos esta conversación en privado.
Ella se calló apenada. Solo le quedaba una débil esperanza: hacérselo entender cuando disminuyera su furia, mientras tanto era inútil intentar convencerlo de su buena fe.
La calesa negra apareció al final del camino. Naruto empujó a Hinata al interior y se sentó enfrente de ella.
—Ahora cuéntamelo todo —dijo.
Ella hizo un esfuerzo para sostener su mirada penetrante.
—Copié algunos de tus poemas y los llevé a una imprenta para hacer un libro. Le temblaba la voz y estaba al borde de las lágrimas.—Era mi regalo de cumpleaños para ti —terminó.
—¿También era el cumpleaños de Yamashiro?
Ella se inclinó hacia él desesperada al ver la desconfianza en los rasgos del hombre que tanto amaba.
—Yo no le di el libro, encargue solo una copia. ¡Una sola! Pero parece ser que Yamashiro y Duxbury me vieron entrar o salir del lugar. Debieron convencer al impresor para que les hiciera un segundo ejemplar.
—El dinero tiene un gran poder de persuasión.
—Naruto por favor, tienes que ser más comprensivo. El libro era para ti solamente, nadie más tenía que haberlo visto.
Él permaneció impasible.
—Sacaste los papeles sin pedirme permiso...Yo no quería que nadie leyera mis poesías pero tu no hiciste caso. No solo los leíste tú sino que además los copiaste. Gracias a ti mis divagaciones han salido a la luz pública.
—Tus poesías no son divagaciones Naruto. Les han impresionado a todos.
—Y han arruinado mi reputación de rompecorazones.
—¡No es divertido! —respondió Hinata mirándole directamente a los ojos— Para ser sincera no estoy demasiado disgustada por que Yamashiro haya leído tu poesía, ahora todo el mundo sabe que no eres solamente un libertino superficial.
Naruto miraba por la ventana, solo el ruido de los cascos de los caballos rompía el silencio. Al fin la calesa se detuvo delante de la casa de los Rasengan. Un lacayo abrió la puerta y Hinata bajó intentando en vano calmarse.
La discusión la había afectado, una fría lluvia la hizo temblar, miró la magnífica mansión que ahora era suya y sin embargo hubiera regalado cada piedra de ella a cambio de conquistar el amor de Naruto.
Entonces se dio cuenta de que él no la seguía.
Se dio la vuelta y le vio hablando con el cochero.
¿Se iba a ir antes de que ella pudiera convencerle de la honestidad de sus sentimientos? Llena de pánico quiso dar marcha atrás pero él se metió en el coche.
—¿Dónde vas? —gritó ella.
—A alguno de los lugares donde van los libertinos superficiales —contestó él sombrío— No me esperes.
El coche arrancó y Hinata retrocedió. Le temblaban las rodillas y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para subir los escalones de la entrada. Naruto no quería oír sus explicaciones, estaba convencido de que ella le había jugado una mala pasada. Para él, el regalo de amor de Hinata significaba una nueva traición.
Él volvió muy tarde, completamente borracho. Al salir de la calesa tropezó. El lacayo quiso sujetarle pero le rechazó sin contemplaciones.
—Puedo solo—dijo con voz pastosa.
La casa estaba sumida en la oscuridad y cuatro antorchas ardían a un lado y otro de la entrada. Él hubiera jurado que habitualmente solo había dos. Oyó que el coche se alejaba.
Aspiró profundamente el aire frío y empezó a andar. Un pie delante del otro. Primero el izquierdo y luego el derecho. Subió los escalones con dificultad, todo el coñac que había bebido no había conseguido ahogar su tristeza. Recordaba perfectamente todos los detalles: Hinata, las poesías, Yamashiro en el taburete...
Consiguió llegar hasta la puerta, se chocó contra una columna y se quedó un momento apoyado en la pared. Tenía el libro en el bolsillo, lo notaba pegado a él. Cuando dejó a Hinata se había puesto las gafas y lo había ojeado. Al volver a leer las palabras que había escrito experimento una extraña alegría.
Un movimiento en la oscuridad llamó su atención. Un hombre muy alto salió de las sombras antes de meterse de nuevo en el parque. Guiñando los ojos Naruto intentó ver algo a través de los árboles.
Las nubes ocultaban la luna, la oscuridad se hizo mayor y no pudo ver nada. Otro espejismo—se dijo—como la confianza que había depositado en Hinata.
Se la imaginó dormida y sintió el deseo de deslizarse a su lado, pero resistió con todas sus fuerzas. Esa mujer iba a continuar metiéndose en sus cosas sin avergonzarse... incluso querría desnudar su alma.
Le recorrió un escalofrío. Consiguió llegar a la puerta sin tropezar. Con un poco de suerte conseguiría llegar a sus habitaciones.
Mañana tendría una seria discusión con su mujer.
El sonido de unas voces ahogadas despertó a Hinata. Un pálido rayo de luz entraba por la separación de las cortinas rompiendo la penumbra. Todavía debía ser muy pronto, pensó. Le dolía la cabeza y tenía los miembros entumecidos. El sueño la había rehuido hasta el alba.
Los sucesos de la víspera le volvieron a la memoria: el libro de poemas, el fallido regalo de cumpleaños, la ira de Naruto...
Las voces resonaban en la habitación contigua. Prestó atención. Iruka y una mujer... Una mujer que lloraba... que incluso sollozaba.
¿Quién sería? ¿Una prostituta? ¿Una de las criadas? Salió de la cama asustada. En la semioscuridad de la habitación cogió la bata de seda y se la puso. No se preocupó de llamar antes de abrir la puerta de separación.
Las cortinas estaban abiertas dejando pasar la débil claridad del amanecer. Naruto se paseaba por la habitación en camisón y Iruka iba detrás de él con una camisa blanca en las manos pidiéndole que se vistiera.
Ayame, con un gorro de dormir en la cabeza, estaba de rodillas en el suelo llorando. A Hinata la invadió el miedo.
—¿Qué ha sucedido? ¿Le ha pasado algo a Ino?
Naruto la miró con expresión aterrada, la barba le oscurecía las mejillas, fue hacia ella, la cogió de un brazo y la llevó a un sillón.
—Siéntate.
Su voz carente de entonación la dejó helada. Asustada liberó su brazo.
—No me sentaré si no contestas primero a mi pregunta—declaró— ¿Está enferma Ino? ¿Has enviado a alguien a buscar al médico? Tengo que verla.
—¡Hinata! No está enferma.
Hizo una pausa y luego se pasó las manos por el pelo.
—La han secuestrado—añadió.
La Historia tiene la finalidad de Entretener.
