11. Torre del Homenaje


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


La puerta estaba en el extremo de un estrecho corredor de piedra cortado en forma de arco. Fabricado de roble, el portal era como si diera paso al misterio y a la superstición, a las leyendas de Buscadores de novias, maldiciones familiares y extraños secretos que Hinata estaba empezando a temer que acecharan detrás de la barrera.

Los rayos brillaban intermitentemente a través de las ventanas mojadas por la lluvia, iluminando el mural pintado encima de la puerta, un dragón con alas extendidas de color bermellón, garras abiertas, montado sobre la lámpara del conocimiento. Al igual que un llameante centinela, el animal mítico parecía contemplar a Hinata con sus ojos dorados, amenazándola con abrasarla si se atrevía a acercarse demasiado.

Hinata dio un salto sobresaltada cuando escuchó el retumbar de otro trueno, casi como si fuera una advertencia. Advertencia para que abandonara el oscuro zaguán y volviera al ala principal de la casa antes de que hiciera algo de lo que pudiera arrepentirse.

Pero a la joven le había costado todo el día reunir el valor suficiente y encontrar la llave que abría la torre del homenaje, la torre que Naruto le había prohibido visitar. Meció la pesada llave de hierro fundido en la palma de la mano húmeda, sabiendo que debía darse prisa. Su marido había salido a cabalgar o a dar otro de sus paseos erráticos inexplicables, dejándola sola la mayor parte del día y nadie sabía cuándo iba a volver.

Dirigió una mirada nerviosa por encima del hombro, el corredor en arco de piedra brillaba a la luz tenebrosa de la tarde, la lluvia azotaba los cristales emplomados de las ventanas del ala vieja de la casa. Hinata estaba completamente sola y, sin embargo, todavía titubeó cuando fue a introducir la llave en la cerradura, aunque en ese momento no sabía por qué razón.

¿Por qué se sentía culpable por no hacer caso de la prohibición arbitraria de Naruto? Era como si, en cierto sentido, lo estuviera traicionando. Pero no se habría visto obligada a tal subterfugio si él no hubiera sido tan poco razonable.

Desde el encuentro en el jardín, la tirantez entre ellos no había desaparecido. Por la noche Hinata se echó sobre la almohada con la esperanza de que él irrumpiera en su habitación y se disculpara, que le diera alguna explicación por su extraño comportamiento. Con la esperanza, se dijo con tristeza, de que hubiera algo más. Pero la puerta que comunicaba sus habitaciones permaneció cerrada y en silencio.

Naruto podía haberle entregado su espada de cristal en aquella ceremonia tan peculiar, pero estaba claro que su alma y su corazón seguían apartados de ella, pensó ella con amargura. No comprendía mejor a su marido que el día de su llegada al castillo.

¡Decirle que no le permitiría entrar en la torre del homenaje del castillo hasta que hubiera transcurrido un año y un día! ¿Qué sentido tenía? ¿Y qué hacía allí que no quería que ella lo viera?

¿Esqueletos de hombres estrangulados en uno de sus momentos de humor sombrío ¿Tesoros robados? ¿Criados enloquecidos encadenados a las paredes de la mazmorra? ¿O algo peor?

Hinata se recriminó por entretenerse en esas espeluznantes imaginaciones. Probablemente no encontraría nada más de lo que le había dicho. Una torre del homenaje húmeda y vieja llena de

arañas. Y su prohibición de entrar allí sería otra de esas... de esas cosas de los St. Namikaze, la creencia en alguna especie de maldición familiar, como la creencia de Naruto de que su madre había muerto joven porque no era una novia elegida.

Sin embargo, Hinata nunca permitió que las supersticiones dominaran su vida, y no iba a empezar ahora. La razón y la lógica le proporcionarían respuestas a todo, incluido el enigma que era su marido.

Mientras se aproximaba a la puerta prohibida, sintió en la espalda un inexplicable escalofrío. De pronto el aire pareció enfriarse, una caricia helada en su piel. Pensó que algo se movía detrás de la pesada barrera de madera. ¿El crujido de unos pasos?

Hinata tembló y luchó contra el impulso de levantarse las faldas y echar a correr. Se reprochó ser tan necia y permitir que los nervios la dominaran. Contuvo el temblor de los dedos e introdujo la llave en la cerradura.

— ¡Hinata!

La voz de Naruto sonó en su interior como el retumbar de un trueno. Se quedó boquiabierta, asustada, y estuvo a punto de dejar caer la llave. Tuvo la sensación de que el corazón le estallaba y dominándose, fingió que no estaba alterada y se volvió lentamente.

Naruto estaba donde antes sólo había sombras, el fantasma de un hombre cuya presencia llenaba el estrecho corredor. Los relámpagos estallaban en la espectral blancura de su camisa y en el duro contorno de su mandíbula.

— Naruto, ya... ya estás en casa — dijo, con la esperanza de que su voz no delatara el desmayo que sentía. Tuvo el suficiente dominio de sí misma para sacar la llave de la cerradura y esconderla entre los pliegues de la falda.

— ¿Qué estás haciendo aquí? — preguntó él con expresión tranquila. Demasiado tranquila, como la calma que presagia una violenta tormenta. Cuando él avanzó, Hinata se echó hacia atrás. Pero no había espacio para escapar porque la barrera de la puerta se apretaba contra su espalda.

— Bueno, yo... yo... — tartamudeó y luego su comportamiento la disgustó. Se estaba comportando como la alumna que actúa servilmente cuando la han cogido en una travesura.

Hinata se enderezó y se alejó de la puerta.

— Estoy segura de que sabes perfectamente lo que estaba haciendo. Él no dijo nada, se limitó a alargar la mano.

Tras un momento de titubeo, Hinata suspiró y dejó la llave en la palma extendida y se quedó mirando fijamente la punta de las botas llenas de barro, más desconcertada de lo que estaba dispuesta a admitir. Se sentía como el ratón que le estira los bigotes a un poderoso león y luego espera, temeroso, su rugido.

Naruto le puso los dedos debajo de la barbilla y la obligó a mirarlo. Ella se preparó, pero no encontró en él la ira que esperaba. Los ásperos rasgos de su rostro estaban destrozados y sus ojos tristes y melancólicos. Nunca le había parecido tan solemne y eso la hizo sentirse aún más inquieta. Por alguna razón hubiera preferido el rugido.

— ¿Has leído la mitología griega? — le preguntó.

— ¿Q... qué? — titubeó Hinata.

— Los mitos griegos, como el de Psique y Eros. ¿Estás familiarizada con ellos?

Hinata parpadeó sorprendida. ¿Su señor de la guerra la había cogido desobedeciéndole y quería hablar de mitología?

— S...sí — contestó con cautela— . Eros y Psique... es ese mito en el que la princesa Psique se casa con un misterioso extranjero que le promete concederle todos sus deseos. Sólo impone una condición. Que ella nunca le mire el rostro, pero... — Hinata se interrumpió inquieta, porque de pronto comprendió qué era lo que Naruto quería decir.

— Pero una noche — siguió Naruto por ella— , la curiosidad y el miedo de Psique pudieron con ella. Temiendo que pudiera haberse casado con un monstruo, se armó con un puñal y entró en el dormitorio de su marido. Una vez allí, encendió una vela y lo contempló mientras dormía.

Hinata volvió la barbilla con un gesto de desafío.

— Y se quedó tan sorprendida que dejó caer el puñal cuando descubrió que su marido no era otro que Eros, el más bello de todos los inmortales griegos.

— Pero como había roto el pacto, lo perdió.

— Sin embargo, a la larga lo recuperó y ella se convirtió también en diosa — dijo Hinata con una sonrisa de triunfo— . Así es que la historia tuvo un final feliz.

— Con todo, podría haberse evitado mucho sufrimiento si Psique hubiera obedecido y confiado en su marido.

— Pero ¿cómo podía confiar en ti...? Quiero decir, cómo podría confiar en él cuando estás siendo tan reservado. Quiero decir, que él era... — se interrumpió, frustrada. De algún modo ella y Naruto estaban agarrándose desesperadamente a ese mito. Pero a diferencia de Eros y Psique, Hinata no estaba tan segura de que tendrían un final feliz.

— Sólo se trata de una historia ridícula — murmuró.

— Así lo creía yo también cuando Senju me la contó. Pero ahora ya no estoy tan seguro. — Su voz mostraba gravedad y a ella le llamó más la atención que si hubiera soltado un rugido.

— Ayer por la tarde hice mal, dándote la orden de que te mantuvieras alejada de esta parte de la casa. Y es que, hay algunas cosas que todavía no te puedo explicar. Todo lo que puedo decirte es que espero que confíes en mí, que me creas cuando te digo que no haría nada que pudiera perjudicarte.

Apoyó las manos en los hombros de la joven y la hizo girar hasta ponerla de cara a la puerta.

— ¿Has visto ese mural que hay encima del dintel?

— ¿Cómo habría podido pasarlo por alto? — el dragón infernal parecía mirarla con un brillo diabólico en los ojos.

— Es una copia del que se encuentra en las armas de los St. Namikaze. ¿Has leído las palabras que están pintadas en la base de la lámpara?

— No — Hinata se puso de puntillas para verlas mejor. La luz en la pared era muy débil, pero consiguió leer la frase que estaba escrita en latín. La tradujo titubeando— . «Quien tiene un gran poder debe... debe utilizarlo sabiamente.»

— Es el lema de nuestra familia. Y ahora también el tuyo.

— Pero yo no tengo ningún poder.

— Claro que lo tienes, señora. Y mucho más de lo que podrías nunca lmaginar. Hinata se volvió a mirarlo.

— La decisión es tuya. Está claro que no puedo vigilarte todos los momentos del día, ni tampoco deseo hacerlo. Sólo te pido que me des tu palabra de honor de que te mantendrás alejada de aquí.

Hinata se sintió más convencida que nunca de que su marido tenía algún terrible secreto que no deseaba compartir con ella. Aquella puerta, y lo que había detrás de ella, parecía de lo más intrigante e invitadora. Igual que los ojos de Naruto mientras la miraban, expectantes. Como si todo su destino estuviera en sus manos.

— Está... está bien — dijo Hinata al fin— . Aunque espero no tener que jurarlo sobre sangre. Naruto torció los labios en una sonrisita.

— No, tu mano bastará.

Hinata deslizó los dedos en la mano callosa de él.

— Muy bien, lo prometo. Me mantendré alejada de la torre del homenaje del castillo tanto tiempo como desees.

— Gracias. — Naruto se inclinó con presteza y se llevó su mano a los labios, rozando la delicada piel de la muñeca de Hinata. La joven sintió que se le aceleraba el pulso ante el inesperado contacto, el calor de su boca pareció inundarle las venas.

Luego Naruto levantó la cabeza, con la dorada mata de pelo echada hacia atrás. El oscuro fuego de sus ojos hizo que Hinata lo olvidara todo. Castillos prohibidos, puertas cerradas, terribles secretos. Naruto deslizó los brazos alrededor de su cintura.

No la besaba desde la noche de bodas y Hinata deseó que lo hiciera. Y él le rozó la frente, las mejillas, la punta de la nariz con los labios y, finalmente, saboreó sus labios con suavidad.

Olía a lluvia de primavera. A salvajes galopadas a través de los páramos, a la furia poderosa del mar. Era un aroma masculino. Un temblor de excitación la recorrió y deseó no haberle enseñado tantas suavidades.

Lo deseaba... sólo sabía que así era. Deseaba que la apretara en sus brazos y combinara aquella ternura con el fuego y la furia del primer beso que le había dado, aquel que había estado a punto de hacerle doblar las rodillas. Hinata, sorprendida por esos deseos tan confusos, alzó la vista y lo miró.

— ¿Todavía crees que soy un espécimen alarmante? — preguntó él.

— No — repuso ella, pasando los dedos por los húmedos cabellos de Naruto, acariciando con los nudillos las rugosas mandíbulas, sombreadas por la barba crecida de un día.

— Aunque podrías estar un poco más domesticado — dijo ella con una sonrisa— . Con unas tijeras y una navaja de afeitar quedarías muy bien.

— Pero no podría hacer nada con esto — dijo Naruto, pasándose los dedos por la cicatriz que le formaba una línea en la frente. Hinata le apartó la mano y pasó un dedo suavemente por la antigua cicatriz.

— Te viene bien una cicatriz de guerrero. Ganada en algún duelo a espadas, sin duda. — Hinata se echó a temblar— . Debió de ser una herida terrible. Un poco más abajo y te habrías quedado ciego.

— Sucedió hace tanto tiempo que apenas lo recuerdo — repuso Naruto, mientras le cogía la mano, le besaba la punta de los dedos y evitaba su mirada.

Una herida de guerrero... Si su dama supiera cómo se la había hecho. Si conociera los otros terribles secretos.

Se había acercado tanto que a punto había estado de descubrirlos. Si hubiera llegado cinco minutos más tarde a casa... si no se le hubiera ocurrido ir al estudio y no hubiera descubierto que faltaba la llave.

El alivio de Naruto fue atemperado por la aprensión. A pesar de la promesa que ella le había hecho, ¿por cuánto tiempo podía seguir engañándola de esa manera?

¿Sería suficiente para conseguir lo que deseaba más que otra cosa en el mundo? Es decir, obtener ese amor eterno que todas las esposas St. Namikaze sentían por sus esposos en épocas pasadas.

No tenía muchas esperanzas. No resultaba fácil imaginar que un hombre como él pudiera ganar el corazón de Hinata. Un hombre cuyo conocimiento de las mujeres se reducía a cómo quitarles el vestido y desahogarse con ellas. Esta clase de experiencia no le iba a servir con Hinata. Su deseo había ido aumentando desde el momento en que había conocido su tacto y su sabor y se había sumergido en ella.

Jamás había pedido consejo a nadie y ahora deseaba que hubiera alguien, un consejero al que pudiera consultar sobre el arte necesario para encantar a una dama.

Este pensamiento acababa de ocurrírsele cuando sintió una ráfaga helada que se deslizaba a su lado. Miró por encima de los rizos oscuros de Hinata y se quedó aterrado cuando observó que se movía el pomo de la puerta. Sintió la presencia de Jiraiya al otro lado de la barrera de madera, casi pudo ver la mueca malvada del espectro.

— Manténte apartado, viejo diablo — dijo Naruto entre dientes— . No necesito tu ayuda.

— ¿Qué? — Hinata lo miró desconcertada, con los ojos muy abiertos— . ¿Qué has dicho?

— ¡Nada! Sólo que... que en este viejo corredor hay un dibujo del diablo. Deberíamos volver al ala principal donde se está a salvo... quiero decir, donde la temperatura es más cálida. Naruto tomó a Hinata de la cintura y la alejó de allí antes de que a Jiraiya se le ocurriera hacer algo peor.

Cuando salieron del corredor, Naruto rogó que fuera el solo quien oyó el débil sonido de una carcajada.

Continuó con paso apresurado hasta que estuvieron de vuelta en el ala nueva. El suelo de mármol pulido, la reluciente baranda de madera en el vestíbulo principal parecía tan sólida, tan normal.

Hinata se detuvo al pie de la escalera y con una mano le rozó tímidamente la camisa.

— No es extraño que tuvieras frío allí. Tienes que quitarte estas ropas mojadas. Todavía estás húmedo porque has salido en plena tormenta.

Naruto contuvo la respiración. Su roce, la sugerencia de que se quitara la ropa era tan inocente como la lluvia de primavera, pero el efecto en él fue como un trueno. En su cabeza aparecieron visiones de la joven desnuda, que moldeaba sus formas flexibles a las suyas en un abrazo cálido y él la tumbaba encima de las frías sábanas de lino y...

iY no! Estaba resuelto a ser la clase de hombre que Hinata podría amar, un poco más dócil, más civilizado. Y eso no incluía violarla en medio de la noche.

Estaba seguro de que ahora sabía en lo que se había equivocado durante la noche de bodas. Había sido demasiado rudo, demasiado vehemente en sus demandas físicas. Ella necesitaba más tiempo para responder con pasión a sus caricias. Algo que ninguna novia St. Namikaze había necesitado antes.

Pero él no era Jiraiya, pensó Naruto con tristeza. Ni siquiera poseía el encanto del abuelo. Todavía tenía que aprender mucho. Apartó con delicadeza la mano que Hinata tenía apoyada en su pecho.

— He cabalgado y me he alejado más de lo que creía — dijo, dirigiendo la conversación hacia caminos más seguros— . Luego he ido a la rectoría... a tomar el té con Senju.

Otra mentira. ¿Sería capaz, alguna vez, de ofrecerle a Hinata otra cosa que medias verdades y falsedades? Desde que tenía uso de razón, había tomado en su vida una taza de té. Lo que había hecho era ir a informar a Senju de su completo fracaso en encontrar algún rastro de la misteriosa visitante del cementerio de la iglesia.

Sin embargo, su explicación satisfizo a Hinata.

— Oh, sí — dijo— . El señor Senju y yo tomamos muchos tés juntos en Londres, discutiendo nuestras discrepancias en la traducción de Virgilio y la opinión que nos merecen los nuevos filósofos franceses.

— Me temo que Senju y yo debatimos menos y discutimos más.

— ¿Discutes con el señor Senju? — le preguntó Hinata con expresión preocupada.

— Sin ninguna consecuencia — se apresuró a asegurarle Naruto. Era imposible discutir con el hombrecillo santo, pero Naruto había tratado con él de otras cosas, aparte de los suaves consejos que le había dado el Buscador de novias acerca de Hinata.

Senju meneó la cabeza después de escuchar de boca de Naruto el reciente encuentro con Deidara, incluida la molesta curiosidad de su primo acerca de la esposa de Naruto.

— Oh, milord, ahora puede comprobar los riesgos que entraña ser tan reservado. ¿Y si Hinata conoce a Deidara en el pueblo o por los alrededores? ¿O a cualquier otro St. Namikaze que ni siquiera sabe de su existencia?

— Existen muy pocas posibilidades de que esto suceda. No si la mantengo encerrada en casa.

— Mi querido muchacho, no puede mantener a su esposa encerrada en una torre de marfil.

— Puedo intentarlo — replicó Naruto con terquedad. El anciano le dirigió una mirada de suave reproche.

— Una mujer, en general, necesita participar en la sociedad más que un criado o que una jauría de sabuesos. Hará que Hinata se sienta desgraciada si la mantiene apartada del resto del mundo.

La infelicidad de Hinata era lo último que deseaba Naruto.

— ¿Y qué quiere que haga? ¿Organizar un maldito baile en su honor?

— Simplemente puede empezar presentándola al resto de los St. Namikaze.

— ¡No! — Naruto se puso en pie y empezó a caminar por la minúscula sala de Senju.

— ¿De qué tiene miedo? — preguntó Senju— . ¿De que si accede a la presentación alguno de su familia le diga cosas que no desea que ella sepa?

Naruto deseó poder decir que sí, porque era exactamente lo que temía, pero tan sólo en parte. Quizá no pudiera controlar a Jiraiya, pero confiaba plenamente que como cabeza de la familia podía ordenar silencio a todos los St. Namikaze vivos.

Su temor real era mucho más profundo y mucho más irracional. Era el temor de que si compartía a Hinata con otros, podría perderla.

No podía explicárselo a Senju. Había irrumpido en la vicaría para discutir y se marchaba más atormentado todavía, ante la mirada de expresión triste del anciano. Como era habitual, la irritación de Naruto contra el vicario se debía a que sabía que este tenía razón...

— ¿Naruto? — el tirón de manga que le dio Hinata lo devolvió al presente. Lo estaba mirando con expresión interrogante y él se avergonzó al pensar que debía de haberse quedado allí, como un bloque de piedra, mientras recordaba su conversación con Senju. Murmuró una excusa acerca de que se iba a cambiar de ropa y salió huyendo al piso superior.

Sin embargo, la conversación con Senju no lo dejaba en paz. Sólo había recorrido la mitad del camino cuando titubeó y volvió atrás.

— ¡Hinata!

La joven, que estaba atravesando el vestíbulo en dirección a la biblioteca, se volvió al pie de la escalera y apoyó una de sus esbeltas manos en la barandilla.

— ¿Sí? — miró hacia arriba con esa dulce sonrisa expectante que le provocaba tanta desazón y lo llenaba de indescriptibles anhelos.

«Sólo conseguirá hacer desgraciada a Hinata si la mantiene apartada del resto del mundo.»

Naruto se mantuvo en silencio unos instantes, antes de responder.

— Senju y yo hemos hablado hoy de algo importante. Cree que quizás... esto es, yo me preguntaba... — apretó la mandíbula y luego consiguió que le salieran las palabras— . Me preguntaba si querrías que te presentara a mi familia.

— ¿Tu familia? — preguntó Hinata con sonrisa vacilante— . Pero... pero creía que todos estaban en , bajo el suelo de la iglesia.

— Al menos hay uno que debería estarlo — murmuró Naruto, recordando la desagradable imagen de Deidara— . Pero tengo uno o dos tíos y varios primos vivos.

— Oh — dijo Hinata débilmente. Debía de haberse sentido contenta al enterarse de que Naruto tenía familia, de que no era la figura solitaria que se había imaginado. ¿Por qué, entonces, sintió tanta desazón cuando se enteró de que había más St. Namikazes en Konoha?

— Nunca he estado muy cerca de mi familia — dijo Naruto— . Pero supongo que te los debo presentar.

— Oh, claro. Es muy natural que tu familia desee conocer a tu esposa.

Pero no había nada natural en ello, pensó Hinata. Cualquiera habría pensado que todos esos St. Namikaze asistirían a su boda. Pero Naruto ni siquiera los había mencionado. La cuestión era ¿por qué? Hinata procuró alejar esos pensamientos perturbadores. Lo importante era lo que Naruto acababa de decirle. Era el primer indicio de que quizás él deseaba compartir con ella alguna parte más de su vida y no sólo la cama y se aferró a ello con las mismas ansias que un gorrión hambriento picotea unas migas de pan.

— Entonces deberíamos invitar a tu familia al castillo Namikaze — dijo— . Podríamos organizar una cena... una reunión informal.

— ¿Una cena? — Naruto parecía tan receloso como si le acabara de sugerir un ritual extravagante— .¿Sabes cómo se organizan esas cosas?

— Claro. Siempre era yo la que organizaba las cenas de mi madre y sus fiestas. — y no añadió que después de haberse ocupado de todos los detalles, a menudo su madre le pedía que no asistiera. No era que culpara a su madre, pensó Hinata con tristeza. Siempre había sido un desastre para las relaciones sociales, con una propensión a decir lo equivocado en el momento equivocado y a la persona equivocada. Pero por una noche, seguramente conseguiría dominar la lengua.

— Muy bien — concedió Naruto— . Yo me ocuparé de que mi familia sea convocada al castillo Namikaze.

— Invitada, milord — corrigió Hinata con suavidad.

— ¿Qué? Oh, er... sí.

Pero en cuanto Hinata empezó a hacer los planes, todas las dudas de Naruto volvieron con toda su fuerza. ¿Acaso había perdido la cabeza por completo?

Hacía ya muchos años, nadie de su familia había atravesado el umbral de su casa, sólo lo había hecho Senju. La última vez que los St. Namikaze se habían reunido bajo su techo fue durante el

velatorio de su padre. Y ese día fue una para él una pesadilla sangrienta porque a punto estuvo de matar a Deidara mientras bramaba que se fueran todos al diablo y lo dejaran solo con su dolor.

Tenía el vago recuerdo de unos rostros sinceros, ojos afables y unas manos que se le habrían alargado con simpatía si él no las hubiera rechazado. Sin embargo, Naruto buscó el consuelo donde siempre lo había encontrado, envuelto en el manto de la soledad. Durante el transcurso de los años, mantuvo las distancias, excepto unos cuantos encuentros casuales cabalgando por los páramos, en la playa o en la taberna de la aldea. Convocados o invitados, quizá esta vez su parentela lo mandaría al diablo. Y si sucedía así, ¿qué explicación le daría a Hinata?

Maldito Senju y sus malditas intromisiones. El desasosiego de Naruto se intensificó a medida que subía por la escalera. Se estaba acercando a la puerta de su habitación cuando su sentido extraordinario descubrió otra presencia, una que no era familiar bajo su techo.

Frunció el entrecejo y se la quedó mirando. Una mujer joven, una de aquellas que Hinata acababa de contratar. La muchacha se detuvo en el vestíbulo, en el rellano sombrío al pie de la escalera.

A Naruto no le gustaba en absoluto que lo espiaran ni los sirvientes que se acobardaban en su presencia. Se volvió en aquella dirección y ordenó:

— ¡Ven aquí! Y sal de ahí, muchacha.

Escuchó una respiración y luego apareció la joven. Al principio no vio más que un delantal limpio atado encima de un vestido raído de color gris. Pero cuando ella se aproximó, su rostro emergió de las sombras. Guedejas de cabellos de color morado sobresalían de debajo del gorro blanco que enmarcaba un semblante demasiado duro y de expresión amargada para una persona tan joven.

Naruto se quedó pasmado cuando contempló aquellos finos y afilados rasgos que vio por última vez junto a la tumba de Matsuko Kakei, la muchacha de ojos enrojecidos por el dolor.

«Usted la mató. Maldijo a mi madre con su contacto demoníaco, diciéndole que iba a morir.»

Naruto se quedó quieto, con la cabeza inclinada, sin defenderse, lleno de irracionales sentimientos de culpa e insuperables remordimientos. Hubo un momento que hasta no sabía si era o no la muchacha la que había hablado.

Luego dio un paso hacia atrás como si Sumire Kakei continuara gritándole sus acusaciones.

— ¿Qué estás haciendo aquí, muchacha? — preguntó con voz bronca.

— Iba a recoger ropa para zurcir de la señora, señor.

— No, te he preguntado ¿qué estás haciendo en el castillo?

— Me dijeron que me presentara aquí porque estaban buscando doncellas, señor. Y su esposa ha tenido la bondad de darme el puesto. A menos... — Sumire le dirigió una mirada de soslayo que parecía estar llena de temor y de desafío, a partes iguales— . A menos que el señor no desee que trabaje aquí.

Claro que no deseaba que trabajara allí. La presencia de Sumire sólo sería un constante reproche, un doloroso recuerdo de la oscura y extraña capacidad de introducirse en la vida de otras personas. Sin embargo, no podía despedirla.

— La selección del servicio femenino compete a mi esposa — repuso con un encogimiento de hombros— . Pero en el futuro, muchacha, déjate ver y no te ocultes en las escaleras.

— Sí, señor. — Sumire hizo una reverencia bastante respetuosa. ¿Fueron imaginaciones suyas o en sus ojos de un violeta claro ardió también una mirada de puro odio?

Naruto la contempló inmóvil mientras desaparecía de su vista, un fantasma gris claro que se deslizaba hacia la escalera de servicio. Todos los instintos que poseía le advirtieron que aquella muchacha sería un problema y él ya tenía suficientes en su vida. Debía devolverla a la aldea a toda prisa.

Y si hubiera podido comportarse con ella con benevolencia, lo habría hecho él mismo. Estaba claro que Senju la había enviado a la casa. El anciano lo había hecho pensando que resultaría bien.

A lo mejor Sumire había perdonado a Naruto la parte que creía que había tenido en la muerte de su madre. Pero ¿Y si no lo había hecho? Importaba poco, pensó Naruto con un cansado suspiro.

Estaba acostumbrado a que lo persiguieran en su propia casa.


La Historia tiene el propósito de Entretener.