Enero no era un buen mes para Sara. Enero era el mes donde se cumplía el aniversario de su secuestro y de la muerte de Laurel y Quentin. Ese año se iban a cumplir dos años y ella todavía no sabía cómo sentirse con eso. Por un lado parecía mucho tiempo, y por otro parecía tan poco… Lo único que sabía era que Enero era completamente nostálgico por donde fuera que lo mire.

Por eso Sara intentó hacer todo lo posible para mantenerse ocupada, para no tener un momento para frenar y pensar. Trabajó, hizo todas sus tareas, entrenó y bailó mucho.

La segunda semana del mes se terminaron las vacaciones de invierno y regresaron a clases.

Ella estaba buscando un par de libros en su casillero, cuando Ava se acercó a ella para entablar una conversación.

— Hola. — La saludó Ava.

— Hola. — Le devolvió ella el saludo. — ¿Cómo terminaste las vacaciones? — Preguntó, terminando de guardar los libros en su mochila.

— Bien, fueron días tranquilos. — Respondió Ava, con cierto apuro. — ¿Vos? — Agregó educadamente.

— Bien, trabajando. — Contestó ella y cerró su casillero.

— ¿De dónde conoces a Grace Choi? — Pidió saber Ava repentinamente.

Eso llamó su atención. ¿Ava conocía a Grace? ¿Sabría que esa chica luchaba en Amazó? ¿Y si lo sabía habría posibilidades de que lo relacione con ella? Sara no podía arriesgarse a que sus amigos se enteraran de la lucha libre, porque si su mamá o Malcolm llegaban a saberlo… eso iba a ser malo, iba a traerle más problemas de los que ya tenía.

— Es novia de Anissa, la hermana de Jennifer. — Respondió ella, usando esa información que sabía a su favor. — ¿Por qué? ¿Vos también la conoces? — Giró la conversación hacia la otra.

— La conozco de la playa. — Asintió Ava, sonrojándose un poco.

— ¿Te gusta? ¿Es eso? — Cuestionó ella con curiosidad.

— Ella fue la primera chica con la que compartí un beso. — Admitió Ava, como si fuera un gran secreto.

Era raro ver a Ava nerviosa cuando hablaba de una chica. A Sara le resultó adorable que se sonrojara, pero a la vez sintió algo raro en su estómago. No le gustaba del todo la idea de que a Ava le guste una chica que ella conocía.

— Bueno, tienes buen gusto, Grace es sexy. — Comentó ella, mostrándose lo más relajada que pudo.

— Eeyy. — Se quejó Ava.

— Solo digo la verdad. — Se defendió ella y la otra sacudió la cabeza, como sin poder creer que estuvieran teniendo esa conversación.

— ¿Y qué hay de Amazó? ¿Conoces ese lugar? — Pidió saber Ava.

Eso la dejó helada por un momento. Ella no podía arriesgarse a contarle la verdad, pero no le gustaba mentirle. Pensó por un largo momento, que pareció interminable, hasta que recordó lo que Malcolm le había dicho que diga si alguien le preguntaba sobre ese lugar.

— El único lugar que conozco con ese nombre es un bar cerca de casa. — Informó ella.

Por suerte no hubo más tiempo para que hablen de ello porque sonó el timbre, indicando que tenían que ir a clases.

Sara se quedó pensando en Ava y Grace. ¿Cómo habrían sido ellas estando juntas? ¿Y qué pasaría si Grace no tendría novia? ¿Se darían una posibilidad entre ellas de tener una relación? ¿Era posible que estuviera celosa de esa posibilidad?

Ella no podía estar celosa. Ava era su amiga, nada más. Y con lo que les había costado llegar al punto de ser amigas, Sara no iba a arriesgarse a romper eso simplemente porque le gustaba Ava.

Ava era una persona grandiosa. Era inteligente, amable, leal, responsable… y era muy hermosa.

Pero no, Sara no podía enamorarse de ella. No podía hacerlo porque ellas eran amigas, y porque aún si lo hacía, probablemente Ava nunca iba a corresponder sus sentimientos. Además los sentimientos que Sara tenía no eran enamoramiento, eran simplemente sentimientos amistosos.

Ella quería mucho a Ava porque era una de sus mejores amigas. Si, eso tenía sentido. Aunque… lo que sentía por Ava no era lo mismo que sentía por sus otras amigas… En fin, lo mejor iba a ser no pensar en ello, ignorarlo. Ella era buena ignorando sentimientos.

— Bueno, creo que estaría bueno empezar a armar la coreografía de hip-hop. — Sugirió Ava.

— Si, ahora que sabemos los pasos básicos vendría bien. — Coincidió Amaya.

— Y lo demás lo podemos ir aprendiendo a medida que armamos la coreo. — Agregó Ray.

— Yo tengo un par de ideas para la coreo. — Les dejo saber ella.

— ¿Qué ideas? — Preguntó Nate con curiosidad.

— Ideas de pasos, estuve empezando a armar algo con la canción que habíamos elegido. — Respondió ella.

— ¿Cuándo tuviste tiempo? — Preguntó Mick sorprendido.

— En las vacaciones. — Respondió ella riendo. — ¿Me van a decir que ninguno de ustedes bailó durante las vacaciones? — Preguntó divertida.

— Las vacaciones son para descansar. — Excusó Charlie y la mayoría asintió, como si estuvieran de acuerdo con ella.

— Bien, muéstranos lo que tenes. — Indicó Ava.

Charlie puso la canción que habían elegido para la coreografía y Sara les mostró lo que tenía armado hasta ese momento. La canción duraba unos cinco minutos aproximadamente, y ella solamente había llegado a armar pasos para los primeros dos.

A sus amigos les gustaron sus ideas, así que terminaron de armar un par que estaban incompletas. Luego, continuaron con el armado de lo que continuaba.

La siguiente semana, por más que había intentado evitarlo, las fechas cayeron sobre ella con una intensidad que la hizo volver a encerrarse en su propia cabeza. Su mente se veía invadida de recuerdos de los momentos que había pasado secuestrada con su hermana, de la tortura la que habían sido sometidas…

No podía concentrarse en el presente, porque su mente estaba en el pasado. Sabía que estaba preocupando a sus amigos con sus actitudes, pero no podía evitarlo. Por más que lo intentaba, no sabía cómo lidiar con el dolor de sus recuerdos y sus pérdidas.

En las clases pasó largos ratos dibujando. Tratando de expresar su dolor allí, en las hojas. Sus dibujos eran oscuros… heridas, sangre, sogas, ambientes cerrados y tenebrosos, pozos, túneles sin salida…

Los días del aniversario de su secuestro pasaron lentamente. Hasta que de repente, hubo algo inesperado en su rutina. Dinah y Malcolm habían preparado la cena, y querían cenar todos juntos. Eso era raro, la mayoría de las veces no comían juntos, y menos cocinaban para ella. Pero Sara se sentó en la mesa, y se obligó a sí misma a comer su comida sin quejarse.

— ¿Recuerdas que estuvimos hablando de qué debías aprender a controlar tus miedos? — Preguntó Malcolm.

— Si. — Respondió ella.

— Bien, es hora de hablar de ellos entonces. — Indicó él.

— ¿Qué? — Preguntó ella confundida.

— Que es hora de hablar de tus miedos. — Repitió Dinah lo que su pareja había dicho.

— ¿Quieren que hable de mis miedos con ustedes? — Pidió saber ella y los otros asintieron. — Eso no va a pasar, yo no quiero, ni puedo hablar de ellos. — Argumentó.

Había algo irónico en que las personas que se suponían que tenían que cuidarla y nunca lo hacían, le pidan que hable de sus miedos. ¿Qué se esperaban? ¿Qué ella iba a confiar en ellos como si nada? ¿Qué les iba a contar sus dolores y sus miserias? Eso no iba a pasar. Menos cuando, en alguna parte de su ser, sentía que si lo hacía ellos lo iban a usar en su contra.

— Esto no es un debate o algo que puedas elegir, es tu obligación. — Dijo su madre seriamente.

— Cuando logremos que controles tus miedos vas a poder ganar todas las peleas. — Explicó Malcolm la teoría que ellos tenían. — Y sabemos cuales son tus miedos: la oscuridad, estar retenida físicamente y ahogarte. — Agregó.

— Es hora de enfrentar esto. — Dijo Dinah.

Su madre agarró su celular, cargó un video y lo puso para que ella pueda verlo. Era un video de su secuestro, uno de esos que Damien Darkh había grabado. ¿Cómo lo habían conseguido? Se suponía que eran pruebas confidenciales de la policía. Su corazón se detuvo por un instante al sentir el pánico invadirla. Ella no necesitaba ningún video, ni ninguna foto. Ella recordaba perfectamente su tortura y la de su hermana.

— ¡No! ¡Basta! — Exclamó ella y se tapó los ojos.

— Sara, es hora… — Insistió su madre.

— ¡No, no es hora! ¡Y menos ahora! — Explotó ella.

— Justamente ahora es el momento, porque mañana es el aniversario de la muerte de Laurel. — Justificó Dinah con seguridad.

Ese comentario la desestabilizó por completo. Su madre sabía la fecha, sabía lo difícil que había sido su semana y lo dolorosa que significaba la fecha de mañana. Sin embargo, no le importaba. En vez de querer acompañarla, contenerla, o hacer que las cosas fueran mejor; quiso y eligió empeorarlas.

— Y la muerte de papá. — Agregó ella.

Le dolía que su madre tratará la muerte de su padre como algo insignificante. Tal vez para su madre no había dolido tanto la muerte de Quentin, porque ellos hace años que no estaban juntos, no hablaban, no se veían y no se amaban. Pero aunque fuera debería tenerle respeto por el pasado que habían tenido y por sus hijas. Laurel ya no estaba… pero Sara sí estaba, y ella no solo había perdido a su hermana, sino también a su padre.

— Si, la de Quentin. — Dijo Dinah, revoleando sus ojos en forma molesta. — ¿Satisfecha? ¿Podemos volver a tus miedos? — Cuestionó.

— No voy a hablar de mis miedos, y menos con ustedes porque no entienden lo que es el dolor… — Comenzó a decir ella.

— La que no entiende de dolos sos vos! — Exclamó Malcolm, le quitó el plato y lo revoleó contra la pared.

La comida quedó desparramada por el piso y el plato roto en varios pedazos. Sara quedó en estado de shock, mirando la situación como si no podría creer que en verdad estuviera sucediendo.

De pronto, sintió que su madre estaba detrás de ella. Dinah agarró sus brazos y esposó sus manos detrás de su espalda. Finalmente eso la hizo reaccionar. ¿De dónde había sacado las esposas? ¿Y por qué las estaba usando con ella?

— ¡¿Qué haces?! ¡¿Estás loca?! — Gritó ella, tratando de liberar sus brazos sin tener éxito.

— Si no queres hablar de tus miedos, entonces los experimentarás hasta controlarlos. Llámalo terapia vivencial. — Explicó su madre.

La llevaron al sótano y la encerraron allí. La dejaron a oscuras. Sara recordó la otra vez que había sucedido eso, y por un momento le habría gustado estar en esa otra situación. Porque por lo menos esa vez las manos le habían quedado esposadas delante de su cuerpo y no detrás. Y es que de esta manera parecía peor.

Lloró un largo rato. Lloró hasta quedarse sin lágrimas, sin energías y sin voz.

Pero no durmió. No habría podido lograrlo aún si hubiera querido. Su mente se vio repleta de recuerdos que la atormentaron durante toda la noche y no la dejaron en paz.

Al otro día fue al colegio. Sin dormir y luciendo probablemente lo más parecido a lo que era un desastre. Pero cualquier cosa era mejor que estar en esa casa que se estaba convirtiendo en su maldición, así que fue al colegio.

No habló, no escuchó, no miró, no prestó atención… y seguramente preocupó a todas las Leyendas, a sus amigos.

Vamos Sara, ven a bailar. — Insistió Laurel.

No quiero. — Negó ella.

Sara estaba triste porque su madre había vuelto a olvidar su cumpleaños. No la había llamado, ni le había enviado un regalo. Nada. Era como si el hecho de que viviera en otra ciudad hiciera que hubiera dejado de existir para su madre.

Si quieres, bailar te hace feliz. — Argumentó Laurel.

Pero… — Comenzó a protestar ella.

Basta de excusas. — La interrumpió Laurel y la agarró de la mano para hacerla levantar de la mesa. — A bailar. — Exigió.

Ese recuerdo llegó a ella inesperadamente. Esa había sido la solución de su hermana para las tristezas, bailar.

Y así se le ocurrió una idea. Tal vez le vendría bien bailar en ese día tan horrible, para sacar sus tristezas para afuera. Laurel había creído en eso, así que valía la pena intentarlo.

Entonces, en vez de ir a la última clase que le quedaba del día, se fue al gimnasio. Se sacó las zapatillas y encendió la música. Pusó una lista de reproducción que Laurel le había hecho y comenzó a bailar.

Bailó con su alma, con su corazón, con su cuerpo, con su mente empapada de recuerdos. Bailó libre, como lo sentía, expresando todo lo que estaba dentro de ella y quería salir expulsado.

Y es que ella lloraba fuerte, pero bailaba aún más fuerte.