Capítulo 12
Los días en Nampara volvieron a tener algo de paz, al menos en apariencia. Joshua se había recuperado por completo y volvió a estar a la cabeza de la mina y de la propiedad, pero eso no significaba que Ross hubiera vuelto a su antigua rutina de trabajar bajo tierra como si solo fuera un minero más. Había permanecido como el segundo al mando, principalmente porque quería vigilar a su padre. La fragilidad de su edad lo había tomado por sorpresa, Joshua nunca había sido un hombre débil, ni en su juventud ni ahora, pero esos días que había pasado en cama lo habían preocupado. Y también habían preocupado a Demelza, Ross se daba cuenta. Al menos con ella en casa podía estar seguro de que su padre estaba en buenas manos, ambos se querían mucho. La muchacha lo cuidaba y por mucho que el anciano se quejara de que no era un niño pequeño para estar controlándolo todo el tiempo, siempre terminaba haciendo lo que ella decía. Con respecto a Demelza, Ross no estaba seguro de cómo estaban las cosas exactamente. Ya no estaba enojada, al menos no tan enojada como para negarse a compartir la mesa con él o evitarlo abiertamente. La había encontrado en la cocina la mañana después de que fueron a las cabañas y le agradeció por... por haberlo ayudado. Ninguno de los dos sabía dónde mirar. Ross había tenido otro sueño con ella esa noche, por supuesto, y había decidido otra vez que una visita a Margareth, a la que hacía mucho tiempo no veía, era la solución a todas esas tontas ideas que se le habían metido en la cabeza últimamente. Ella también le había agradecido, lo que le sorprendió, por ayudarla a montar el día anterior. Al final lo había disfrutado, le dijo. Y luego agregó que si todavía sentía su espalda dolorida podría volver a pasarle el aceite esa noche, a lo que él respondió con un rápido "¡No!". Una mirada de decepción apareció en su rostro y Ross pensó que podría interpretarlo como un rechazo hacia ella cuando nada estaba más lejos de la verdad. La verdad era que si ella le ponía las manos encima como lo había hecho la noche anterior, él no creía que fuera lo suficientemente fuerte como para poder controlarse. Estaba tratando con todas sus fuerzas de no pensar en ella de esa manera. "No creo que sea necesario, ya me siento mucho mejor". - "Oh, claro." Había dicho y se dio la vuelta para revisar el pan que tenía en el horno. Si le creyó o no, no estaba seguro, las cosas seguían siendo incómodas entre ellos y él no sabía qué más decir. Ross no estaba demasiado acostumbrado a lidiar con mujeres. Su madre había muerto cuando era un niño, no tenía hermanas, su prima Verity era una joven tímida criada para complacer a todos y nunca contradecir a ninguno de los hombres de la familia, y Elizabeth... bueno, Elizabeth era diferente. Era hermosa, educada y fácil de leer, siempre perfecta. Si hubiera tenido la oportunidad de tener un hogar con ella la habría hecho feliz y ella a él. Y no tendría que lidiar con las rabietas de una niña a la que no podía entender. Su padre lo ayudó un poco en la cena cuando sugirió que deberían salir a practicar montar antes de que los días se volvieran demasiado fríos. Ross aceptó rápidamente y, más allá de su vacilación, Demelza también estuvo de acuerdo. Realmente había decidido aprender a montar.
Todo lo aprendía rápido, no había duda de eso. Después de dos lecciones, ya se había acostumbrado y estaba montando sola. La primera mañana que Ross había dicho que tenía tiempo para enseñarle, había ido al establo con dos manzanas, una para cada caballo, y había hablado con Rosie, el caballo de su padre, mientras le acariciaba la crin y le pedía que por favor no la dejara caer. Ross todavía se reía cada vez que lo recordaba. Usaba a Rosie porque era la yegua de más edad y por lo tanto estaba más domesticada. Pero Ross ya no detectaba ningún miedo en la niña y parecía confiada en el caballo, o tal vez sus sobornos estaban funcionando. Le había enseñado a ensillar al animal y durante las dos primeras clases él sostuvo las riendas mientras los tres trotaban alrededor de la casa, pero Ross pensó que estaba lista para algo más de acción. ¡Estaba hablando del caballo! Entonces, esa mañana, Demelza se sorprendió al encontrar a Ross ensillando a Darkie también. "Es hora de galopar como corresponde.". Fue todo lo que le dijo. Su relación con su esposo era cualquier cosa menos normal. Ahora mantenían una forzosa cordialidad, ella ya no estaba más enojada con él, pero sabía que no debía poner demasiada expectativa en su comportamiento. Aunque admitía que, desde la enfermedad del Señor Joshua, él había asumido sus responsabilidades con más seriedad y estaba ayudando a su padre en la administración de la hacienda y de la mina, como Joshua siempre había querido. Parecía muy satisfecho con su hijo y ella estaba contenta porque el Señor Poldark estaba satisfecho. Entre Ross y ella solos, era un asunto completamente diferente. Demelza todavía no le hablaba mucho, aunque le obedecía cuando él le daba instrucciones sobre cómo montar. Y solo en esas circunstancias. Había evitado mirarlo mientras él se cambiaba de ropa por las noches, insegura de los sentimientos que le provocaba ver su cuerpo y algo cohibida pues pensaba que él no quería que lo tocara de nuevo después de que rápidamente se negara cuando se ofreció a hacerlo otra vez. ¿Por qué lo había hecho en primer lugar?
"¿A dónde vamos?" Ross se adelantó guiando a Darkie y ella los siguió con las riendas de cuero de Rosie en la mano derecha. Amaba los caballos. Una vez que les perdió el miedo, se hicieron grandes amigos. Ross se reía de ella, lo sabía, de que ella hablara con Rosie mientras cabalgaba, pero no le importaba.
"A la playa. Así si te llegas a caer, no te romperás tu dura cabeza." Demelza le sacó la lengua a su espalda y siguió hablando con Rosie camino a Hendrawna. Pronto, estuvieron en la suave arena de la playa.
Ross montó en su caballo sin esperarla. Hasta ahora la había ayudado a subirse cada vez que salían, una actividad que él disfrutaba en secreto, pero era hora de que ella lo hiciera sola. Estaba demasiado entretenida murmurando Dios sabe qué al animal. "No tengo toda la mañana, ¿vas a montar o qué?" Ella lo miró con seriedad. Nunca había conocido a nadie tan irritable como él o con un humor tan cambiante. Cuando logró subirse y lo miró desde arriba de Rosie, él estaba sonriendo. Ese era un nuevo truco. Siempre se reía a sus espaldas desde que empezaron con las lecciones de equitación. No importaba, ella también hacía cosas a sus espaldas; y pensaba muchas otras cosas también. Era una mañana fría pero el sol estaba alto y el mar brillaba frente a ellos. Nunca se cansaba del océano, podía sentarse en la playa a mirar las olas durante horas, siempre le levantaba el ánimo. Y esta vez no fue la excepción, sin importar el hombre gruñón que tenía cerca.
"Bien. ¿Estás lista? Intentemos mantener a los caballos en la arena mojada e ir un poco más rápido de lo habitual. Sujétate del fuste y recuerda tirar suavemente si quieres reducir la velocidad. Pero si sientes que vas a caer y no puedes hacer nada al respecto, suelta todo. Especialmente tu pie del estribo."
Demelza asintió y agregó "Rosie no me va a dejar caer" con una vocecita aguda y dirigiéndose al caballo. Ross puso los ojos en blanco y se dispuso a cabalgar por la playa. Rosie los siguió después de un segundo. El viento se sentía fresco contra su piel. Podía sentir el aire salado en su boca. En cinco minutos estuvo más lejos de lo que jamás se había atrevido a ir en sus paseos matutinos. Cabalgaba lado a lado con Ross, con una gran sonrisa en su rostro. No tenía miedo, le encantaba montar, se sentía... libre. Ross también estaba sonriendo. "¡Concéntrate en el camino por delante!" Le gritó y aceleró. Darkie era una yegua más joven y si bien lo disfrutaba, no se atrevía a seguirlo a esa velocidad. Él se detuvo a esperarla algunos metros más adelante. La vio acercarse, prestó atención a su postura en el caballo y cómo se sostenía, la rectitud de su espalda. Se veía natural, como si lo hubiera hecho durante toda su vida. "Tienes miedo, ¿no es así?" Le dijo cuando lo alcanzó. Quería decir "hiciste un buen trabajo", pero así era él.
Demelza no tenía nada de miedo y tenía la intención de demostrárselo. Antes de que pudiera darle más instrucciones espoleó de nuevo a Rosie y volvieron a galopar por la orilla del agua. Tan cerca que a veces las olas llegaban hasta los cascos del caballo salpicando agua a su alrededor. No podía mirar atrás, pero esperaba que Ross estuviera cerca y se mojara. Llegó al otro extremo de la playa agitada y emocionada. La adrenalina que corría por su sangre la hacía sonreír y estaba algo mareada. Quería explorar ese lugar. No podía hacerlo ahora, por supuesto, no con el Señor Gruñón cerca, pero Demelza ya estaba planeando sacar al caballo por su cuenta y regresar otro día. Ross llegó a donde estaba mientras ella desmontaba, tranquilo y luciendo tan altivo como el caballero que era. "Necesita descansar un minuto." le dijo y guió a Rosie a una roca que sobresalía de la arena en donde ella se sentó. Para su sorpresa, Ross la siguió y se sentó a su lado, ambos mirando al mar. Entonces Demelza buscó en lo profundo de la tela de su vestido y sacó una manzana que le dio a Rosie, y luego otra que le dio a Darkie. Ross movió la cabeza de lado a lado al verla, realmente era ridícula. "¿Cuántas manzanas más tienes?" preguntó, incapaz de ocultar el tono divertido de su voz.
"En realidad..." Demelza volvió a buscar entre la falda y su delantal. "Una más. ¿La quieres?" Estiró el brazo y se la ofreció. Ross miró la fruta que tenía en la mano.
"No soy un caballo."
Demelza levantó los hombros y mordió la roja manzana. Una gota de jugo dulce cayó por su barbilla y ella la limpió con el dorso de su mano. Ross apartó la mirada de sus labios, pero después de un segundo sus ojos viajaron de regreso a ella. Volvió a estirar la mano y le ofreció la manzana mordida. Él la tomó esta vez. Estaba fresca y dulce y Ross hizo un ruido apreciativo que hizo sonreír a la niña. Se la devolvió, ella le dio otro mordisco y se la dio de vuelta. "Termínala." Dijo levantándose y dando unos pasos alrededor de la roca y perdiéndose detrás de los caballos. Estuvo allí por un momento, Ross no podía ver lo que hacía. Le dio el último mordisco a la manzana cuando ella reapareció, descalza y sujetando el dobladillo de su vestido sobre las rodillas y fue corriendo al agua. No tenía el más mínimo sentido del decoro, pensó Ross. Allí, apenas sujetando su falda, se quedó mirando sus propios pies y cómo el agua del mar los bañaba una y otra vez. La peor parte fue la sonrisa en su rostro cuando se volvió para mirarlo, cómo si él hubiera tenido algo que ver con su actual estado de dicha.
Antes de que él la llamara, Demelza regresó y se sentó de nuevo a su lado. Extendió sus piernas frente a ella para que se secaran e inclinó su rostro hacia el sol, sus ojos cerrados. Ross tuvo el repentino impulso de estirar su mano y acariciar su piel y tomarla allí mismo, a plena luz del día y cuando cualquiera los podría ver. Entonces Elizabeth se cruzó por su mente...
Cuando Demelza abrió los ojos Ross ya estaba ajustando su montura. Le hubiera gustado quedarse un rato más, pero su esposo tenía que ir a la mina y ella tenía que ir a preparar el almuerzo, así que también se levantó y fue a buscar sus zapatos. No se molestó con las medias.
Ross estaba dando los primeros pasos de vuelta con Darkie cuando tuvo una idea. En lugar de sentarse de lado, cruzó sin gracia la pierna derecha sobre Rosie y se sentó como un hombre. Con ambos pies en los estribos tenía mucho más control del caballo y se sentía más segura. Podría galopar más rápido de esa manera. Ross recién la vio cuando ella lo superó a toda velocidad, una mirada desafiante cuando sus ojos se encontraron. Por un instante no reaccionó.
"¡Demelza!" La llamó y espoleó a Darkie para que acelerara el paso. "¡Demelza!" Esa niña estúpida, se iba a matar. Ella aceleró aún más e inclinándose hacia adelante miró hacia atrás, Ross la seguía de cerca. Se veía ardiente de ira. Frenaron casi juntos en el mismo lugar donde habían comenzado. Ross miró fijamente sus piernas mientras desmontaba, su falda se había volado con el viento revelando sus piernas casi hasta sus muslos. Él tiró del dobladillo de la falda al acercarse y la tomó por la cintura para bajarla, haciéndola aterrizar en la arena frente a él. "¿Qué diablos estabas haciendo? ¡Podrías haberte matado!" Gritó a escasos centímetros de su rostro, todavía sosteniéndola por los hombros.
"Solo quería intentar..."
"¿Y si alguien te ve? ¡Esa no es la forma apropiada de montar para una dama!"
"Oh, pero yo no soy una dama. ¿No es así?" Demelza le apartó los brazos. "¡Eres un aguafiestas! Siempre enojado, siempre molesto. ¡Nada de lo que yo hago está bien para ti!... ¿Qué es lo que te complace? Simplemente disfrutaba cabalgando... Nadie viene aquí a media mañana." Sus ojos brillaban, pero no como antes. Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus pestañas. "Lo siento... solo quería intentar montar como tú." - dijo y se fue, dejándolo solo con los dos caballos para llevarlos camino arriba.
"Demelza..." La llamó, pero sabía que ella no lo esperaría. La vio secarse las lágrimas con el dorso de las manos.
"¿Cómo estuvo tu clase, Demelza?" Joshua le preguntó en el almuerzo. Ella estaba jugando con la comida en su plato, empujándola de un lado a otro, pero sin comer un bocado.
Demelza forzó una sonrisa cuando miró a su suegro. "Estuvo muy bien. Fue mi última clase..."
"¿La última ya?" Joshua dijo mirando a Ross.
"Sí. Creo que ahora puedo arreglármelas sola, Ross fue un buen maestro. Es solo cuestión de práctica ahora." Ross permaneció en silencio.
"Pero un par de lecciones más, solo para estar segura..."
"No, no... aprenderé el resto de Rosie." Dijo ella y empezó a limpiar la mesa.
"¿Quién es Rosie?" Preguntó Joshua cuando ella fue a la cocina.
"Tu yegua."
Bueno, si su plan era pensar lo menos posible en la jovencita, estaba fracasando miserablemente. No había tenido la intención de hacerla llorar. Había sido su culpa que él se enojara, ¿qué habría pasado si se hubiese caído? Eso le habría enseñado una buena lección. Se había preocupado, eso fue todo. Verla cabalgar como una amazona salvaje cuando tenía un miedo mortal a los caballos hace no más de un par de semanas. Todavía podía ver su cabello pelirrojo ondeando detrás de ella, sus piernas, fuertes y tentadoras, desnudas al aire libre, su cuerpo subiendo y bajando mientras galopaba. No se había enojado, es solo que cada vez que perdía el control parecía estar enojado. Lo estaba volviendo loco. Era él quien debería estar molesto... No había tenido la intención de hacerla llorar. Esa noche su padre y él comieron solos. Antes de que pudiera preguntar, Joshua le informó que Demelza no se sentía bien y que se había excusado y se había ido temprano a su habitación. Ross puso su mejor cara de póquer, fingiendo no saber lo que la afligía.
"¿Alguna idea de por qué podría no sentirse bien?" Joshua dijo levantando una ceja esperanzada.
"Probablemente fue el sol." Respondió su hijo, ignorando el doble sentido de su padre. Luego cambió de tema a la junta de accionistas a la que iban a ir al día siguiente.
Incluso cuando era relativamente temprano, la habitación estaba a oscuras cuando entró. El candelabro en su mano solo iluminaba un pequeño círculo a su alrededor, podía ver su silueta debajo de las mantas, pero no podía decir si estaba despierta o dormida. ¿Estaría molesta con él de nuevo? Seguro que sí. Solo esperaba que no estuviese triste. No quería que ella se enojara. Le gustaría decirle eso, simplemente no sabía cómo. Lentamente, se acercó a su mesita de noche y encendió un candelabro de tres velas que le permitió verla mejor, enterrada como estaba en la cama. Se movió por la habitación sin prestar atención a no hacer ruido, mirándola de vez en cuando para ver si estaba despierta, pero ella se quedó quieta. Se quitó las botas, los calcetines, el chaleco y la camisa y se iba a quitar los pantalones cuando tuvo una idea. Algo que podría intentar preguntarle, invocando su buen carácter.
"¿Demelza?" Dijo suavemente: "¿Demelza?"
Ella se removió bajo las mantas. "¿Qué?"
"¿Te importaría ayudarme con algo? No puedo ver... ¿cómo está mi espalda? ¿Todavía tengo moretones?"
Poco a poco, Demelza levantó la cabeza por encima de las mantas. Ross estaba de pie junto a la cama, una rodilla apoyada en el colchón, su torso desnudo bañado por la luz de las velas. El familiar cosquilleo en su estómago apareció cuando lo miró. Demelza se sentó contra el respaldo de la cama y él se dio la vuelta, flexionando los músculos para que ella lo observara.
"¿Te duele de nuevo?" Preguntó en voz baja y Ross supo que había logrado su cometido, que ella le hablara.
"Un poco, cuando estaba en la mina." Se acercó un poco más para examinar su espalda a la luz de las velas, pero las contusiones se habían desvanecido. Ahora solo quedaba la piel suave y dorada.
"No, están curados. Tal vez hiciste un mal movimiento..." Ella volvió a su lado y se volvió a recostar contra la almohada.
"Sí, probablemente." Ross terminó de desvestirse, se puso la camisa de dormir y se metió en la cama, mirándola. Ella estaba con el rostro hacia el otro lado, como siempre, y pronto él también se daría vuelta. Pero ahora que sabía que estaba despierta quería decirle algo, pero no sabía exactamente qué.
Demelza se movió tratando de acomodarse de nuevo y al hacerlo, el cuello de su camisón se abrió un poco, revelándole unos centímetros de la piel de su espalda. Ross parpadeó al verla. Su piel de marfil parecía marcada por líneas que se desvanecían. Primero pensó que podría ser la marca del corsé pero, mirándolos mejor, eran demasiado irregulares para serlo. Lentamente acercó su mano y con un dedo tocó el comienzo de su espalda cerca de su cuello. Demelza se quedó helada.
"Tú también tienes marcas. ¿Cómo te hiciste esto?" Le preguntó, su dedo tirando suavemente del borde de la tela hacia abajo para poder ver mejor.
"Mi padre." Dijo ella.
"¿Te pegaba?" Demelza asintió. Ross dejó de mover su dedo, pero dejó su mano sobre su espalda, entre su cuello y su hombro.
"Con su cinturón."
Dios santo. ¿Qué tipo de hombre podría hacerle eso a una niña? ¡A su propia hija! Es verdad que era un dolor de cabeza, pero ni en un millón de años podría merecer tal trato. Era amable, generosa, inteligente y trabajadora. Seguramente hacía en su casa lo mismo que hizo en la suya. Por primera vez desde que su padre le habló de ella se alegró de que la hubiese llevado allí. Quizás esa había sido la razón, seguramente su padre lo sabía y quería ayudarla...
Ross no había hablado. Su mano aún descansaba suavemente contra ella. Demelza se volvió nuevamente hacia él. No quería su compasión, no quería que él pensara en ella de esa manera. Eso había terminado, nunca había dejado que eso la gobernara, ni siquiera cuando las heridas en su espalda le dolían o sangraban.
"¿Con qué frecuencia?" Le preguntó cuando ella apoyó la cabeza en la almohada y lo miró a los ojos.
"Cuando estaba borracho... generalmente el día de paga..."
"Demelza, yo..." comenzó. Iba a decir que nadie tenía derecho a hacerle eso, que iría a su casa y lo golpearía hasta matarlo...
"Eso ya se acabó. No importa..."
"Sí que importa. Él no debería haber... "
"Era mejor a mí que a mis hermanos."
"De cualquier manera, él nunca debería haberte puesto una mano encima."
"Lo sé. Sé lo que es, y sé que cuando el alcohol se apoderaba de él no sabía lo que hacía... "
"Eso no es excusa... ¿Y ahora? ¿Tus hermanos?"
"Están bien. Tu padre le pagó lo suficiente y él logró convencer a una viuda... a una señora para que se casara con él. Es metodista, así que no se pondrá violento con ella y ella cuidaría de mis hermanos."
"Lamento lo de hoy, Demelza. No debería haberte hablado así..."
Una tímida sonrisa apareció en su rostro. "Tienes muy mal genio... ¿y esto? ¿Cómo pasó esto?" Dijo. Demelza se atrevió a tocar la cicatriz que le atravesaba la cara con un dedo. No dijo si lo había perdonado.
"En los campos de batalla de Virginia." Sus ojos se agrandaron. Demelza recordó a una persona por primera vez en mucho tiempo.
"¿En una batalla?"
"En una escaramuza."
"Tuviste suerte. Está tan cerca de tu ojo... tanta gente no regresó." Una vez más, las lágrimas brillaron en sus ojos. Ross no sabía por qué, no podía saber por qué. Pero no quería verla llorar.
"Sí, lo sé. Ahora ya es hora de dormir." Dijo y casi se inclinó para besarle la frente, pero en lugar de eso le tocó la punta de la nariz con un dedo y se volvió para apagar las velas.
"Buenas noches, Demelza."
"Buenas noches, Ross."
Fin del Capítulo 12
N/A: ¡Muchas gracias por leer! Y les agradezco mucho por los comentarios, los leo a todos y aprecio mucho sus palabras. Que estén bien!
