La Locura del Lord
11| VEO EL SOL
Hinata estudió al joven con interés. Aparentaba unos treinta años, poseía una voz bien modulada y unas manos elegantes con las uñas bien cuidadas.
—Encantado de verte de nuevo —dijo el hombre que continuaba tendiendo la mano a Naruto con una amplia sonrisa.
Naruto vaciló, luego estrechó la mano como si dudara de que ésa fuera la respuesta apropiada.
Un hombre más moreno surgió amenazadoramente detrás del primero y miró a Naruto con una cierta aversión.
—¿Quién es, Atsui?
El hombre más delgado se rio.
—Se trata de lord Naruto MacUzumaki. Pórtate bien con él, hombre, me salvó la vida en una ocasión. —El otro individuo no cambió de expresión. Atsui soltó la mano de Naruto y le dio una ruidosa palmada en el brazo—. Tienes muy buen aspecto, MacUzumaki. ¿Qué tal te ha ido durante estos siete años?
—Han sido siete años y dos meses —corrigió Naruto.
Atsui estalló en carcajadas.
—Tú siempre tan meticuloso. Siempre tan preciso. Al final también me soltaron. Mi padre falleció unos años después de que abandonaras aquella feliz morada y mi hermano le siguió poco después. Se emborrachó y se ahogó en la bañera, gracias a Dios. No culparía a su esposa si le hubiera mantenido la cabeza debajo del agua.
Hinata contuvo una exclamación, pero Naruto asintió con la cabeza.
—Me alegro.
—Supongo que no tanto como yo. Resulta que al final heredé la fortuna de mi padre. El buen doctor Edwards se frotaba las manos con avaricia, pero mi hermana, bendita sea, removió cielo y tierra para que la comisión volviera a evaluarme. Huí con ella del clima frío de Inglaterra y ahora vivimos en una casita en la campiña francesa. Mi amigo Graves, aquí presente, vive con nosotros.
El moreno, Graves, asintió con la cabeza de mala manera. Atsui se rio entre dientes.
—Siente celos de todo el que me mira, no te preocupes por él. ¿Es tu mujer?
—Es la señora Õtsutsuki —corrigió Naruto.
—Una amiga —añadió Hinata con rapidez, tendiéndole la mano.
Atsui pareció tan impresionado como si le hubieran presentado a la reina.
—Encantado, señora Õtsutsuki. Lord Naruto es un buen hombre, nunca podré agradecerle como se merece lo que hizo por mí. Jamás lo olvidaré. —Sus palabras fueron desenfadadas, pero la emoción hacía brillar sus ojos. Miró a su ceñudo amigo y se rio—. Tranquilo, Graves. Soy todo tuyo, ¿vamos?
Graves se giró de inmediato, pero Atsui se entretuvo un instante más.
—Me alegro de haberte visto, MacUzumaki. Si alguna vez pasas cerca de Fontainebleau, ven a visitarnos. —Hizo un gesto con la mano, esbozó una última sonrisa y se dio la vuelta—. Sí, sí, ya voy, Graves. Espera un momento, ¿de acuerdo?
Naruto les observó alejarse con la mirada vacía.
—Los juegos con cartas son mucho más lucrativos —le dijo a Hinata—. Te enseñaré a jugar.
—Naruto MacUzumaki —Hinata clavó los talones en el suelo cuando Naruto intentó conducirla a otro lugar—, ¿qué ha querido decir con que le salvaste la vida? Tienes que contarme esa historia.
—No le salvé la vida.
—Naruto…
Ella se dirigió a una estancia vacía en la que habían dispuesto unas sillas para los jugadores cansados. Se dejó caer en una y cruzó los brazos.
—Me niego a moverme de aquí hasta que me lo cuentes. —Naruto se sentó a su lado con una mirada zafiro e ilegible.
—Atsui estaba en el sanatorio conmigo.
—Eso ya lo he deducido yo sola. No me ha parecido que esté loco. En la cara de Naruto apareció una expresión de repugnancia.
—Fue su padre quien le ingresó, quería que los doctores le curaran su desviación de la manera que fuera.
Hinata miró de soslayo hacia donde Atsui hablaba con su amigo, en la mesa de los dados. Tenían las cabezas juntas y la nariz de Atsui casi rozaba la mejilla de Graves, que le sujetaba por el codo con una mano enguantada. Entonces vio que le soltaba y que le pasaba la palma por la espalda.
—El señor Atsui prefiere la compañía masculina —concluyó Hinata.
—Sí, es un sodomita*.
Hinata estudió a ambos con interés. En los barrios bajos había conocido a jóvenes que se vendían a tipos que tenían inclinación por ciertas perversiones, pero jamás había visto a ningún hombre enamorado de otro. Al menos, se corrigió a sí misma, a ninguno que lo admitiera. Ese tipo de cosas no duraban demasiado en las salvajes comunidades del East End.
—Así que su padre le envió a un manicomio —dijo ella—. ¡Qué horror!
—Atsui no hubiera debido estar allí. Fue muy duro para él.
—Está convencido de que le salvaste la vida.
—Lo dice porque sufrí un castigo en su lugar. Hinata alejó la atención de Atsui y Graves.
—¿Un castigo?
—Le pillaron con un libro de dibujos lascivos. De hombres manteniendo relaciones entre sí. Recuerdo que él estaba muy asustado. Dije que era mío.
Hinata se quedó boquiabierta.
—Eso fue muy valiente por tu parte. ¿Por qué te creyeron?
—Yahiko solía pasarme de contrabando libros eróticos. Les dije que había llegado en la última remesa que me envió.
—Eso es pensar rápido. —Hinata entrecerró los ojos—. Espera un momento, me dijiste que no sabías mentir.
Naruto le acarició distraídamente con el pulgar el dorso de la mano.
—Tengo problemas para decir cosas que no son verdad. Permití que me hicieran preguntas y me limité a asentir con la cabeza, conseguí que creyeran lo que quería.
Hinata no pudo evitar sonreír.
—Qué astuto…
—Mandaron marchar a Atsui y me obligaron a recibir el tratamiento. La sonrisa desapareció.
—¿Qué clase de tratamiento?
—Primero un baño helado; según dijeron con eso se enfriarían las perversiones. Luego fueron las corrientes eléctricas. —Se pasó la punta del dedo por la sien—. Muchas corrientes.
Hinata tuvo una repentina visión de Naruto, todo piernas largas, sentado en el agua helada con los ojos cerrados, los labios azules y temblorosos. Luego lo vio tumbado en una cama unido por cables a una máquina infernal que ella había visto una vez en un grabado de una publicación, llena de bobinas y alambres.
«Las maravillas de la medicina moderna», se titulaba el artículo. Al parecer los pacientes respondían a nuevos y mejorados métodos en los que se suministraban corrientes eléctricas.
Le habrían hecho padecer las sacudidas mientras él intentaba no gritar. Quizá ésa fuera la explicación de las dolorosas migrañas que le hacían frotarse las sienes.
Hinata apretó las manos de Naruto entre las suyas con los ojos llenos de lágrimas.
—Oh, Naruto, no puedo soportar pensar en lo que te hicieron.
—Fue hace mucho tiempo.
Hinata miró a Atsui otra vez, ahora enfadada.
—Menudo cobarde, ¿por qué permitió que te castigaran en su lugar?
—Atsui era muy frágil. El tratamiento podría haberle matado. Yo era lo suficientemente fuerte como para soportarlo.
Ella le apretó la mano con más fuerza.
—Aún así no estuvo bien que te hicieran eso. Es horrible.
Naruto le acarició los dedos.
—No importa. Estaba acostumbrado.
Hinata casi escuchó resonar los gritos de Naruto en su cabeza y, con el corazón en un puño, se presionó las sienes con las palmas masculinas. Él tenía las manos grandes y duras bajo los inocentes guantes de piel. Sí, era fuerte. En los jardines de las Tullerías fue necesaria la intervención conjunta de Menma y Shino para conseguir que soltara a Fellows.
Eso no quería decir que no fuera posible doblegar esa fuerza, intentar derrotarle. Los médicos de aquel horrible sanatorio lo habían intentado y ahora lo intentaba Fellows.
«Me estoy enamorando de ti —quiso decir, encerrada entre sus manos—. ¿Te importa?»
Naruto se mantuvo en silencio, pero Hinata notó cuándo dejó de enfocar la atención en ella. Se puso tenso y giró la cabeza. Ella levantó la mirada. Naruto tenía los ojos clavados en la puerta por donde habían entrado. Le vio ponerse en pie lentamente, como un animal oliendo el peligro.
La hoja se abrió de golpe y la estancia se llenó de gritos.
—¡Maldición! —gritó Naruto.
La obligó a levantarse y la arrastró hacia el fondo del local. Hinata estiró el cuello y observó que se dirigían a la trastienda del casino. La gente corría sin rumbo y las crupieres se inclinaban para coger el dinero y guardarlo en sus escotes.
—Espera. —Hinata le tiró de la manga con firmeza—. No podemos dejar aquí a Sumire.
—Menma anda por ahí. Él la protegerá.
Hinata escudriñó la estancia y vio la alta figura de Menma moviéndose a contracorriente. La violeta cabellera de Sumire se quedó inmóvil cuando su marido la agarró del brazo.
—¿Por qué no le has dicho que Menma iba a venir?
—Él me hizo prometer que no lo hiciera.
—Menma se preocupa por ella, ¿verdad? —Sus esperanzas aumentaron—. Ha venido a protegerla.
—Sí. Este lugar es peligroso.
—Eso es lo que has dicho antes. Se trata de una batida de la policía, ¿verdad? Ya es casualidad que hayan elegido precisamente esta noche.
—No es casualidad. Es cosa de Fellows.
—Sí, lo suponía.
Hinata esperó mientras él apartaba una cortina negra y abría bruscamente una puerta que se confundía con los paneles de madera. Luego la hizo pasar a una estrecha escalera que apestaba a humo de tabaco. El pasaje conducía a un vestíbulo sucio con una puerta desvencijada que desembocaba en un pequeño patio. Éste estaba muy sucio y, cuando lo pisaron, les tragó una lluvia torrencial.
—Es una pena, nuestras capas han quedado ahí dentro —dijo Hinata, estremeciéndose—. ¿La policía será lo suficientemente educada para devolvérnoslas? Naruto no respondió. La hizo atravesar un portón abierto y la llevó a un callejón, rodeándole firmemente la cintura con el brazo.
Un relámpago resplandeció en el cielo e iluminó por un instante la calleja mojada, llena de basura y con paredes sucias a ambos lados. Hinata vio movimiento en la salida del callejón pero Naruto la condujo a otro pasaje aún más oscuro.
—La salida estaba allí. —Le castañeaban los dientes.
—Fellows y los gendarmes la habrán bloqueado.
—Espero que sepas adónde vamos.
—Lo sé.
Hinata permaneció en silencio una vez más. Nadie, salvo Naruto, podría conocer el laberinto de callejuelas que formaba Montmartre. Se preguntó si las habría recorrido en alguna ocasión o si se habría limitado a memorizar un mapa.
—Fellows es realmente una chinche, ¿verdad? —dijo Hinata por encima del ruido de la lluvia—. ¡Qué pesadez de hombre! Por su culpa se está estropeando mi mejor vestido.
El estrecho callejón terminaba en otra calle, pero Hinata no sabía dónde estaban. Las tortuosas callejuelas de Montmartre no seguían un trazado ordenado. Naruto la mantuvo a su lado mientras corrían por los adoquines, empapándose bajo la lluvia. Un trueno retumbó entre los edificios, justo a continuación del relámpago.
Naruto sabía que estaban yendo en dirección contraria al estudio de Menma. De todas maneras, aquél sería el primer lugar en el que Fellows les buscaría. Hinata temblaba, se había calado de pies a cabeza. Tenía que encontrar un lugar donde resguardarse.
Cuando pasaron corriendo ante una casa, un letrero que ponía «Pensión» llamó su atención. Giró el picaporte de una polvorienta puerta de cristal y la abrió.
—Monsieur. —Un hombre delgado de pelo negro les miró de arriba abajo, observó su ropa de buena calidad y enderezó los hombros. Con un torrente de palabras en francés, les ofreció la mejor habitación de la pensión, que según él era magnífica.
Naruto depositó un montón de monedas de oro en la mano del individuo y exigió que le diera el cuarto y que prepararan un baño caliente para la dama. Un trueno estremeció la casa mientras subían las escaleras.
La pensión no tenía iluminación a gas y una doncella les alumbró el recorrido hasta un pequeño dormitorio, donde flotaban pequeños puntos de luz en medio de la penumbra. Hinata se detuvo ante una diminuta estufa, frotándose los brazos.
Naruto pensó en lo frágil que parecía. Le recordó lacónicamente a la criada que prepararan el baño y, al poco rato, entraron dos hombres portando una enorme bañera con humeante agua caliente.
Cuando todos se hubieron ido, Naruto hizo que Hinata se diera la vuelta y comenzó a desabrocharle el empapado vestido. Ella se pasó una toalla por la cara mientras él le quitaba el corpiño y le aflojaba las faldas.
Desvestirla suponía un placer incluso cuando lo que más le preocupaba era su bienestar. Ella procuró ayudarle quitándose las enaguas, y luego intentó deshacerse del corsé y la camisola, pero le temblaban demasiado los dedos.
Naruto se arrodilló ante ella para desatarle el lazo de los calzones y se los deslizó por las piernas. Las medias también acabaron en el suelo, en el empapado montón de prendas desechadas.
Naruto le deslizó las manos por las piernas frías, por las caderas, por los costados. Cuando se puso de pie, le acarició los pechos con las palmas. Luego inclinó la cabeza y la besó. Le introdujo la lengua en la boca mientras le pasaba los pulgares por los pezones, jugueteando con ellos hasta que se convirtieron en duros guijarros.
La lluvia golpeaba la ventana, haciendo que corrieran regatos de agua por el cristal. Un relámpago brilló intermitente en el exterior, seguido por el rugido de un trueno.
Naruto la alzó en brazos sin dejar de besarla y la introdujo en la bañera de agua caliente. Hinata cerró los ojos de placer cuando el líquido la cubrió. Él se quitó el chaleco y el cuello rígido, después se despojó de la camisa y dejó caer todas las prendas en el montón.
Hinata abrió los párpados cuando se estaba quitando las botas y los pantalones. Se frotó la piel desnuda con unas de las toallas que había dejado la criada y se acercó al extremo de la bañera para meter los pies en el agua, junto a los de ella.
El líquido caliente le cubrió las pantorrillas aliviando el frío. A él no le gustaba el agua caliente. De niño gritaba que le quemaba incluso cuando sólo estaba tibia. Su padre nunca le había creído y ordenaba a los lacayos que le zambulleran por completo.
—No cabremos los dos a la vez. —Hinata le dirigió una perezosa sonrisa con los ojos perlas entrecerrados.
—Sólo quiero calentarme los pies.
Naruto se secó el pelo mojado con la toalla mientras ella se recostaba en el borde de la bañera de cobre para observarle. Tenía que avisar a Shino para que les llevara ropa limpia, pero no ahora. No haría salir a ninguno de los sirvientes de esa casa en medio de la tormenta.
—Esta pensión es bastante sórdida, ¿no crees? —murmuró Hinata, moviendo las manos dentro del agua y observando cómo se ampliaban las ondas—. No es el tipo de lugar en el que se alojarían damas y caballeros respetables.
—¿Importa? —Aquella habitación no era muy diferente de cualquier otra para él.
—Lo cierto es que no. No deja de ser otra decadencia más en una noche llena de
decadencias. Jamás hubiera pensado que este tipo de cuestiones me gustara tanto, Naruto. Gracias por mostrármelas.
Observó cómo Hinata deslizaba la mirada por su cuerpo para detenerla, finalmente, en la sólida erección. El miembro apuntaba rígido hacia ella; ¿cómo iba a ser de otra manera?
Hinata era muy hermosa. Sus extremidades eran blancas contra el fondo de cobre de la bañera, sus pezones estaban rígidos por el frío y el deseo. Los mechones de pelo oscuro flotaban alrededor de los hombros y el vello entre los muslos, todavía más oscuro, se transparentaba a través del agua.
Tenía la cara ruborizada por el calor y los labios, exuberantes y rojos, curvados en una sonrisa; los ojos muy brillantes plateados. La vio lamerse perezosamente una gotita del labio inferior.
La tormenta caía furiosa sobre Montmartre y los truenos resonaban como salvas de cañón. Nadie, ni siquiera Shino, sabía dónde estaban. Esa noche, Hinata le pertenecía. La vida de Naruto siempre había estado dictada por otras personas, las conversaciones y los acontecimientos le sobrepasaban antes de que pudiera seguirlos. Eran otros los que decidían si vivía en un sanatorio o fuera de él, si debía acudir a Roma o esperar en Londres. Las situaciones fluían sobre él y, salvo que interfirieran en sus intereses, como obtener elusivas piezas de porcelana Ming, dejaba que ocurrieran sin más.
Ahora Hinata había aterrizado en la veloz corriente de su vida y se había plantado allí firme como una roca. Todo lo demás se arremolinaba a su alrededor, pero ella permanecía inmóvil; era su ancla.
Y él necesitaba que se quedara allí para siempre.
Naruto se inclinó sobre ella e hizo que se pusiera de pie. Su cuerpo estaba resbaladizo y se amoldaba al suyo a la perfección.
—Todavía estás frío —dijo ella.
—Tú me calentarás.
Cogió otra toalla del montón y la envolvió en ella antes de que empezara a temblar de nuevo. El calor de Hinata era mejor que el fuego, mejor que toda el agua caliente del mundo.
La tomó en sus brazos y salió con cuidado de la bañera para llevarla hasta la estrecha cama, cerca de la estufa. La doncella había colocado ladrillos calientes envueltos en tela bajo las sábanas, que se veían gastadas pero limpias.
La dejó sobre el colchón caliente. Ella le observó; no pareció preocuparse cuando él dejó caer la toalla y se tumbó a su lado. Tiró de las sábanas y les cubrió con ellas formando un cálido capullo. El calor de los ladrillos y del cuerpo femenino le envolvió, ahuyentando el frío.
Hinata le rodeó con los brazos cuando se giró hacia ella.
—¿Qué decadencia vas a enseñarme ahora? —preguntó sonriente. Hinata todavía no lo entendía.
—Esta noche no vamos a jugar.
—Oh… —sonó decepcionada.
Naruto le apartó el pelo mojado de la cara y se apoyó en el codo de tal manera que gravitó sobre ella. El aliento de Hinata alcanzó sus labios, dulce y fragante.
—Prométemelo —pidió él.
—¿Qué quieres que te prometa?
—Quiero que me prometas que me detendrás. Ella le lanzó una mirada traviesa.
—Todo depende de lo que hagas.
Hinata todavía pensaba que él estaba jugando.
—Prométemelo. —«No permitas que te haga daño».
—De acuerdo —cedió ella, todavía sonriendo.
Naruto le acarició los ojos cerrados, le cubrió de besos la nariz y los labios. Ella sacó la lengua, intentando atrapar la de él, pero Naruto se alejó, elusivo.
—Te deseo —susurró ella con las mejillas sonrojadas—. Pero hace demasiado tiempo. Quizá no pueda…
Naruto le tocó entre las piernas y hundió los dedos en la resbaladiza humedad.
—Sí, podrás.
—¿Cómo lo sabes?
Ella fingía tener mucha experiencia, pero compartir la cama con un marido amoroso y hacerlo con un amante excitado e intenso eran cosas muy distintas. Una era deber, la otra… desenfreno. Quizá su marido había conseguido que el deber le resultara agradable, pero Naruto no quería en su cama a una esposa obediente abriéndose de piernas para su marido.
Quería enseñarle a Hinata cada matiz del placer, quería mostrarse increíblemente suave, pero también alocado y brusco. Quería que después yacieran desmadejados entre las sábanas, saciados. Quería experimentar todo con ella y no tener que contenerse.
—Déjame a mí —susurró Naruto contra su boca mientras deslizaba los dedos en su interior.
Hinata contuvo el aliento y arqueó las caderas. La acarició por dentro con dos dedos y luego trazó círculos sobre el oscuro vello púbico. Hinata estaba mojada, ardiente, dispuesta.
Él llevaba semanas preparado. Deslizó una rodilla entre las de ella y colocó la punta de su miembro contra su entrada.
Hinata gimió ahogadamente.
—Por favor, Naruto.
—Por favor, ¿detente? —murmuró él, lleno de excitación.
—No.
Él sonrió sobre sus labios.
—¿Por favor qué, Hinata? ¿Qué quieres que haga?
—Ya lo sabes.
—No sé adivinar. Tienes que decírmelo sin tapujos.
—Eres tú quien está jugando ahora. Naruto le lamió los labios.
—A ti te gustan los juegos. Te gusta perderte conmigo en salas privadas y subirte las faldas cuando te lo pido.
—¿Es a eso a lo que llamas jugar?
—Te gustan las felaciones y los cunnilingus.
—Es cierto, no lo puedo negar. Pero jamás lo había hecho antes.
—¿De veras? —murmuró él—. Y yo que te creía una mujer de mundo.
—De hecho, me considero bastante torpe en esto.
—Lo hiciste muy bien. Lo haces muy bien ahora. —Ella le mordió el labio, ruborizada y seductora. Su vergonzosa Hinata, sonrojándose mientras él yacía desnudo encima de ella. Siempre haciéndole reír.
—Por favor, Naruto —susurró—. Quiero tenerte dentro.
Naruto se tensó de pies a cabeza.
—Sí.
Él era demasiado grande. Habían pasado nueve años desde que un hombre la penetró por última vez y estaba muy cerrada. No podría albergarle.
Naruto gimió suavemente mientras empujaba contra ella. Respiró hondo presionando el pecho contra el de ella. No la miraba, tenía la cabeza un poco girada, de tal manera que Hinata veía su pómulo con las marcas de bigotes y el pelo mojado por la lluvia pegado a su cabeza.
—¿Te hago daño? —preguntó.
—No.
—Bien. —Empujó otra vez—. Bien.
Hinata apretó los ojos cerrados cuando él embistió de nuevo. El miembro se introdujo tan adentro que pensó que la haría trizas.
Y le gustó.
—Naruto —gimió—. Soy una mujer decadente. Una decadente impenitente y quiero que no te detengas nunca.
Naruto no respondió. Siguió penetrándola lentamente, grueso y duro.
«Más profundo, más rápido. Por favor».
Ella arqueó las caderas cuando él embistió. Naruto se sostuvo con una mano mientras le acariciaba el pelo con la otra. Le hizo cosquillas con las puntas de los mechones en los pechos, y sus pezones, ultrasensibles, se erizaron dolorosamente.
Se inclinó sobre ella y lamió la areola, sorbiendo la cima con los labios. Ella observó cómo la mordisqueaba, cómo torcía la lengua sobre el pezón, cómo desaparecía la piel rosada en el interior de su boca. Le vio cerrar los ojos como si estuviera saboreando algún manjar delicioso y las pestañas cubrieron de sombras sus mejillas.
Hinata sentía dolor en el punto donde se unían. La fricción hacía que le ardieran los pliegues que tanto tiempo hacía que nadie tocaba, quería separar más las piernas y lo hizo. Apoyó los pies en las sábanas y arqueó las caderas todo lo que pudo.
—¿Tú también lo sientes? —preguntó Naruto.
A Hinata se le pasaron una docena de frases por la cabeza, pero no tenía aliento para hablar.
—Sí.
—Tu sexo se ciñe a mi alrededor, mi Hinata. Me aprietas con tanta fuerza… —dijo con áspera pasión mientras sonreía.
Ningún hombre le había dicho nunca tales obscenidades. Las chicas del asilo le habían hablado sobre ello, pero jamás había soñado que alguien le susurraría al oído cosas tan ardientes, y menos un hombre tan excepcional.
—Apriétame todavía con más fuerza, cariño —murmuró él—. Es condenadamente maravilloso.
—Sí, maravilloso —repitió ella. Contrajo los músculos internos y él gimió de placer.
Sentirle dentro era bueno. Estaba sumergido por completo en su interior. Ella intentó decir algo, hablar tan atrevidamente como él, pero no logró pronunciar las palabras.
—Te deseé en el Covent Garden —confesó Naruto—. Quise tumbarte en la oscuridad y perderme dentro de tu cuerpo.
—¿En el teatro?
—Allí mismo, en el maldito palco, con la ópera resonando a nuestro alrededor mientras te tomaba. Mientras te hacía mía. —Le puso la mano en el cuello; en el lugar donde le había dado el mordisco de amor—. Te marqué.
Hinata sonrió.
—Yo también —le tocó a su vez el cuello—, yo también te marqué.
Él entrelazó sus dedos con los suyos y le presionó la mano contra la cama.
—Me perteneces.
—No voy a discutírtelo de momento.
—Siempre mía. Siempre, Hinata. —Sus empujes marcaron el énfasis de cada palabra.
«Siempre».
Hinata comenzó a moverse a contrapunto con él e hicieron rechinar la cama. Era una armadura sólida, de caoba, hecha para que hombres tan grandes como Naruto amaran a sus mujeres.
Era su amante. Hinata se rio con deleite. Estar con Naruto era definitivamente decadente y se sintió más libre que nunca en su vida. Bajo él, ella podía alzar el vuelo. Se rio otra vez. Ya sabía adonde se dirigía. Naruto tenía los ojos cerrados y los rasgos contraídos de placer. Las acometidas se aceleraron, él movía las caderas como si no pudiera parar.
La clavó al colchón, la cubrió con su cuerpo; el sudor le bañaba la piel. La lluvia golpeaba las ventanas y un ensordecedor trueno se tragó el repentino grito de Hinata al alcanzar el clímax.
Él también gritó, sin que hubiera sonado el siguiente trueno. Un relámpago iluminó la estancia con una luz blanca que dibujó el cuerpo de Naruto, su cara afilada, su ardiente pelo rubio. Justo en ese momento, Naruto abrió los ojos y Hinata creyó ver el sol cuando él mantuvo su mirada clavada en ella.
Continuará...
