Enséñame tu Corazón


11| BUSQUEDA


Naruto yacía en la playa, todavía dentro de Hinata, mientras las olas rompían sobre sus cuerpos. Ese sueño era tan real e intenso que no quería despertarse nunca.

¿Cómo sería hacer el amor con ella de verdad?

Pero sabía la respuesta mientras se formulaba la pregunta. Una mujer como Hinata ni necesitaba ni quería a su lado a un hombre como él. Solo en sueños podía sentirse deseado. Querido. Humano.

Se apartó de ella para tumbarse a su lado y ver cómo el agua acariciaba su cuerpo desnudo. El pelo mojado se le pegaba a la piel. Parecía una nereida pelinegra que acabara de nadar hasta la orilla para disfrutar de la luz del sol y seducirlo con esas curvas y esa piel sedosa.

Mientras le recorría el torso y los brazos con las manos, alzó la cabeza y lo miró con una tierna sonrisa que le desbocó el corazón.

Hinata descansaba en silencio sobre la arena, observándolo a su vez. Naruto parecía totalmente perdido en ese momento, como si el hecho de hacer el amor lo hubiera dejado confundido. Se preguntó qué haría falta para domesticar a ese hombre, aunque fuera un poquito. Lo suficiente para que los demás pudieran ver en él lo que ella veía.

Al menos ya permitía que lo tocara sin maldecir ni alejarse de ella... Era un comienzo.

Bajó la mano a lo largo de los duros contornos de su torso hasta llegar a esos abdominales tan perfectos. El deseo brilló en los ojos de Naruto cuando su mano siguió descendiendo. Se humedeció los labios al tiempo que se preguntaba si sería capaz de mostrarse un poco más atrevida. Aún no estaba segura de la reacción que el más mínimo movimiento podría provocar.

Sus dedos se entretuvieron en la línea de vello rizado que comenzaba bajo el ombligo masculino. Su miembro comenzaba a endurecerse...

Naruto contuvo el aliento mientras la observaba. Era maravilloso sentir esas manos sobre su cuerpo, trazando círculos alrededor de su ombligo antes de seguir con la uña la línea de vello que descendía por su vientre.

La deseaba de nuevo.

En ese momento, la mano de Hinata bajó un poco más.

Naruto gimió cuando esa mano tomó sus testículos con delicadeza para cerrarse a su alrededor y apretarlos de forma exquisita. Su miembro dio un respingo y toda la sangre de su cuerpo volvió a concentrarse en esa zona, provocándole una dolorosa erección.

Un dedo de Hinata recorrió su verga desde la base hasta la punta, donde se detuvo para atormentarlo.

—Creo que te gusta que te haga eso.

Naruto le respondió con un beso.

Ella gimió ante ese despliegue de pasión. Sentía cómo su miembro palpitaba en su mano mientras sus lenguas jugueteaban, excitándola hasta un punto insoportable.

Se alejó de él con renuencia, desesperada por darle algo que jamás hubiera conocido.

Ternura.

Aceptación.

Amor.

La palabra se demoró en su mente. Sabía que no lo amaba. Apenas lo conocía, pero... Naruto había hecho que volviera a sentir. Había despertado esas emociones que había creído perdidas para siempre. Solo por eso, la deuda que tenía con él era muy grande.

Tras darle un fugaz beso en los labios, se deslizó a lo largo de su cuerpo.

Naruto frunció el ceño. No adivinó lo que Hinata planeaba hasta que se apoyó sobre su vientre. Su espalda desnuda estaba totalmente expuesta ante sus ojos mientras seguía acariciándolo con la mano.

Naruto pasó la mano por el cabello largo y húmedo que descansaba sobre la espalda femenina mientras sentía el roce de su aliento sobre la cadera. La piel de Hinata era suave y delicada. Ni una sola mancha o lunar la estropeaba.

En ese momento, su cabeza descendió... y él jadeó al sentir que sus labios rodeaban la punta de su miembro.

El placer lo dejó paralizado. Las caricias de esos labios y esa lengua no se parecían a nada que hubiera experimentado con anterioridad. Ninguna mujer salvo ella lo había tocado así. Jamás lo había permitido. Sin embargo, dudaba muchísimo que a partir de ese momento pudiera negarle algo. Lo había reclamado como ninguna mujer lo había hecho nunca.

Hinata gimió al paladear el sabor salado de Naruto. Cuando sus hermanas le hablaron de ese tipo de «caricia» le había parecido algo obsceno y asqueroso. Por aquel entonces y durante muchos siglos después fue incapaz de imaginarse haciendo algo parecido con un hombre. Sin embargo, lo estaba haciendo por Naruto. Y no había nada obsceno en los sentimientos que albergaba en ese momento. No había nada obsceno en su sabor.

Le estaba ofreciendo un momento de placer de valor incalculable y, por extraño que pareciera, ella también lo estaba disfrutando.

En ese instante él la agarró por los hombros y gimió en respuesta a cada roce de su lengua, a cada mordisco, a cada succión que le prodigaba. Su apasionada respuesta la excitó. Quería complacerlo. Quería darle todo lo que se merecía.

Naruto arqueó la espalda y la dejó hacer. El hecho de que le permitiera seguir adelante era sorprendente incluso para él. Nunca le había confiado su cuerpo a una amante. Siempre había sido él quien controlara la situación por completo.

La mujer nunca lo tocaba. Jamás. No lo acariciaba ni lo besaba. Él se inclinaba sobre su espalda, hacía lo que tenía que hacer y se largaba. Pero con Hinata era diferente. Tenía la extraña sensación de estar compartiendo su cuerpo con ella. De que ella hacía lo mismo con él.

Era una entrega mutua y maravillosa.

Hinata dio un respingo cuando sintió que los dedos de Naruto se deslizaban por su entrepierna. Separó los muslos para facilitarle el acceso al tiempo que seguía dándole placer con la boca. Él se puso de costado sin dejar de acariciarla y de explorar.

Hinata se estremeció al sentir el ardor de sus caricias y la frescura de las olas que batían sobre ellos. El calor del sol sobre su piel no era nada comparado con el efecto de esas caricias.

La hacía arder.

En ese momento él le separó las piernas un poco más.

Hinata gimió cuando sintió que la tomaba en la boca. Cuando pasó la lengua por el centro de su ser, allí donde más anhelaba sus caricias, la cabeza comenzó a darle vueltas por la intensidad del placer. Siguió lamiéndola y hundiéndose en ella. Seduciéndola. La agarró por las caderas y la acercó un poco más a su boca para seguir atormentándola con caricias mucho más licenciosas.

Naruto se estremeció al probar su sabor mientras ella hacía lo propio. Lo que estaban compartiendo era mucho más que sexo.

Hinata tenía razón, estaban haciendo el amor. Y saberlo lo conmovía hasta el fondo del alma que no poseía. Se tomaron su tiempo y no dejaron de acariciarse hasta quedar saciados. Se corrieron juntos en un estallido de exquisita emoción.

Hinata se apartó de él, pero Naruto siguió acariciándola. Tan concentrado estaba en ella que no prestó atención al mar. Hasta que una enorme ola cayó sobre ellos.

Escupió, pero no pudo evitar tragar una buena cantidad de agua. La ola retrocedió y los dejó jadeantes y medio ahogados.

Hinata soltó una carcajada. Su risa era dulce y vibrante.

—Eso sí que ha sido interesante...

Naruto ascendió por su cuerpo dejando a su paso un reguero de besos y se alzó sobre ella para sonreírle.

—De lo más irritante, en mi opinión.

Hinata extendió una mano para acariciarle la mejilla.

—El príncipe azul tiene hoyuelos.

La sonrisa se borró del rostro de Naruto, que apartó la mirada al instante.

Ella le giró la cabeza de nuevo.

—No dejes de sonreír, Naruto. Me gusta esta faceta tuya.

La ira restalló en sus ojos.

—¿Eso quiere decir que no te gusta mi otra faceta?

Hinata le contestó con un resoplido hastiado.

—Mira que eres arisco... —le dijo al tiempo que deslizaba las manos por su espalda hasta llegar a su trasero, al que propinó un buen apretón—. Después del día que hemos pasado, ¿aún no te has dado cuenta de que me gustan mucho todas tus facetas? Aunque algunas sean mucho más espinosas que otras. —Pasó una mano por su mejilla, áspera por la barba, para enfatizar el comentario.

Naruto se relajó un tanto.

—No debería estar contigo.

—Y yo no debería estar contigo. Sin embargo, aquí estamos, algo de lo que me alegro muchísimo. —Se frotó contra él y consiguió arrancarle un gemido.

Naruto la observaba como si no pudiera creer que fuera real y, en su mente, no lo era. Solo era un sueño.

A Hinata le intrigaba saber cómo reaccionaría al despertar. ¿Lo ayudaría en algo lo que habían compartido o solo conseguiría alejarlo aún más de ella? Deseaba poder borrar todos los malos recuerdos que albergaba en su memoria y darle una infancia llena de amor y ternura.

Una vida de alegría y amistad.

Naruto apoyó la cabeza entre sus senos y permaneció así, como si no hubiera nada mejor que estar recostado sobre ella mientras el sol los calentaba.

—¿Tienes algún recuerdo feliz, Naruto? Un recuerdo de algo bueno que te haya pasado en la vida.

Tardó tanto en hablar que Hinata creyó que no iba a hacerlo. Cuando por fin contestó, su voz fue tan suave que se le encogió el corazón.

—Tú.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Lo abrazó con todo su cuerpo y lo acunó con la esperanza de consolar su atormentado espíritu, aunque fuese un poco.

Fue en ese instante cuando supo que lucharía por ese hombre y una aterradora certeza se abrió paso en su cabeza: se estaba enamorando de él.

Se quedó sin respiración mientras la idea flotaba en su mente como si de un terrorífico espectro se tratara. Aunque era imposible negar no solo lo que sentía por él, sino también los extremos a los que sería capaz de llegar para verlo a salvo y feliz.

Apoyado sobre su abdomen, donde sentía los latidos de su corazón, Naruto dejaba que su aliento le acariciara un pezón. Nadie la había tocado como él y no solo en lo referente al sexo. Ese hombre lograba que se sintiera delicada y femenina. Deseable.

No la trataba como si fuera una niña y, sin embargo, hacía las cosas más dulces en su afán por cuidar de ella. Cerró los ojos para disfrutar al máximo de su peso y de las caricias del agua. Se relajó con el tacto fresco y resbaladizo de su piel.

¿Qué iba a hacer? Naruto no era el tipo de hombre que permitía que alguien lo amara. Y mucho menos si se trataba de una mujer que había sido enviada para juzgarlo. Si alguna vez descubría su verdadera identidad, la odiaría.

La idea la desgarró y se llevó la alegría que le había deparado el día. Sin embargo, llegaría el momento en que tendría que contárselo todo.

.

.

.

Shikamaru salió del Ford Bronco negro y sacó la escopeta de cañones recortados de debajo del asiento. Por si acaso.

El viento nocturno era gélido; la luz de la luna, brillante y espectral sobre la nieve. Se ajustó las gafas de sol, aunque tampoco notó mucho la diferencia... El clima de Alaska era duro para los sensibles ojos de un Cazador Oscuro.

La casa de Naruto estaba oscura y vacía, pero había una motonieve roja aparcada frente a ella. Su escudero, Udon, que lo había acompañado desde Reno, salió despacio del Bronco y observó con recelo el vehículo.

Udon acababa de cumplir los veintiuno. Medía poco más de un metro ochenta. Solo llevaba unos cuantos meses trabajando para él y era el sucesor de su padre, que se había jubilado en primavera.

Shikamaru conocía al muchacho desde el día en que nació y lo quería como si fuera su hermano pequeño. Por muy molesto que fuera.

—¿Hay otro escudero? —preguntó al tiempo que señalaba con la cabeza la motonieve.

Shikamaru hizo un gesto negativo. Los escuderos viajaban en los dos coches que acababan de llegar. Bajaron de los vehículos con el mismo estruendo que una manada de terneros nerviosos y se agruparon a su alrededor.

Había doce, aunque Shikamaru solo conocía a tres de ellos.

Zabuza Momochi era el más alto del grupo. Tenía la impresionante altura de un metro noventa y cinco, y llevaba el pelo negro azabache un tanto largo pero bien cortado, como si dedicara mucho tiempo a arreglárselo.

Solía observar a todo el mundo con una mirada furiosa y penetrante. Shikamaru tenía la impresión de que al tipo se le rompería la cara si llegaba a sonreír algún día. Una rama de su familia formaba parte de la mafia italiana, mientras que la otra conformaba uno de los linajes más antiguos de escuderos. Era un escudero de sangre azul y su abuelo había dirigido el Consejo de Escuderos en el pasado.

Haku Winstead había llegado desde Milwaukee. Con solo un metro setenta de altura, el pelinegro era el epítome de la inocencia hasta que se miraban sus ojos. En ellos no había ni pizca de inocencia. Solo ferocidad.

Y el último era Kankurõ. Otro escudero de rancio abolengo que había sido convocado desde Toronto para la persecución. Puesto que Zabuza jamás pronunciaba dos palabras seguidas, Kankurõ debía de ser el listillo de la jauría. Sin embargo, Shikamaru supo de forma instintiva que Zabuza sería capaz de superar el sarcasmo de Kankurõ cuando le apeteciera.

—Sabía que estaría aquí —dijo Kankurõ mientras observaba la motonieve con insolente socarronería.

Shikamaru lanzó una mirada hastiada en su dirección.

—No es Naruto. Te aseguro que el rojo no le va.

No obstante, sospechaba que el vehículo pertenecía a un Cazador. Ya podía notar cómo mermaban sus poderes.

—¿Cómo sabes que no es él? —le preguntó Haku.

Shikamaru se apoyó la escopeta en el hombro.

—Porque sí.

Ordenó a los escuderos que no se movieran y recorrió despacio la distancia que lo separaba de la motonieve. Utilizando los dientes, se quitó el guante de la mano izquierda y la colocó sobre el motor.

De repente, comprendió que el hecho de que estuviera frío no significaba nada con una temperatura bajo cero y se sintió como un imbécil por haberse tomado la molestia de comprobarlo. El vehículo podía llevar allí cinco minutos o cinco horas. Con semejante frío, incluso un incendio se habría apagado en cuestión de minutos.

¿De quién sería? Echó un vistazo a izquierda y a derecha, pero no vio rastro de nadie.

Hasta que escuchó un golpe seco a su izquierda. Apenas tuvo tiempo de quitarse la escopeta del hombro antes de que cuatro daimons salieran de los matorrales. Se detuvieron un instante al verlo antes de agachar las cabezas y echar a correr hacia él.

Shikamaru alcanzó a uno de ellos con un disparo en el pecho, a otro lo lanzó por los aires y a un tercero lo envió al suelo con un golpe de la culata.

En ese momento una flecha pasó rozándole la cara y se clavó en uno de los daimons mientras él remataba al que tenía a sus pies. El último se lanzó al ataque, pero apenas si fue capaz de dar un paso antes de recibir una flecha en mitad del pecho y convertirse en una nube de polvo.

—Asquerosas ratas chupasangre...

Shikamaru enarcó una ceja al escuchar la suave voz femenina que precedió la llegada de una mujer alta de figura llamativa. Llevaba el cabello rubio trenzado a la espalda. Iba ataviada con un mono de cuero negro muy ceñido.

Del bosque que se alzaba a su espalda surgió un segundo Cazador Oscuro. Sobrepasaba la altura de Shikamaru en unos buenos diez centímetros; su pelo era blanco y el aire amenazador de sus movimientos parecía decir a voz en grito: «Interponte en mi camino y eres hombre muerto». Llevaba un largo abrigo de piel y parecía estar en su salsa en el frío ártico.

La mujer se detuvo al llegar junto a Shikamaru y le ofreció la mano.

—Temari de Antikabe.

Shikamaru inclinó la cabeza a modo de saludo al tiempo que aceptaba el apretón de manos.

—Shikamaru, señora, encantado de conocerla.

—Shikamaru —lo saludó el otro Cazador cuando se reunió con ellos. Sus manos siguieron ocultas en los bolsillos—. Me han hablado mucho de ti. Estás muy lejos de casa.

Shikamaru lo observó con recelo.

—Y ¿tú eres...?

—Killer Bee.

Saludó al guerrero vikingo inclinando de nuevo la cabeza. Según se rumoreaba, Bee había formado parte de la partida vikinga que conquistó Normandía en la Edad Media.

—He oído hablar de ti —le dijo antes de dirigirse a Temari—. Sin ánimos de ofenderla, señora, a usted no la conozco.

—Claro que sí. Me llaman Yukon Jane en la web, los muy capullos.

Shikamaru esbozó una sonrisa. Yukon Jane era una guerrera amazona nacida en el siglo III o IV a. C. Según los rumores, tenía casi tan mal carácter como Naruto. Le encantaba rastrear y matar y estaba destinada en Yukon porque en una ocasión mutiló a un rey que la había molestado.

—Bueno —replicó Shikamaru muy despacio con una pícara sonrisa, al tiempo que observaba hasta el más mínimo detalle del elegante porte de la Cazadora—, lo único que puedo decir es que ninguno de esos que la insultan ha tenido el placer de disfrutar de su compañía, señorita Temari. De otro modo, la llamarían Queen Jane, porque tiene el porte de una reina.

El comentario le arrancó a la mujer una sonrisa cordial.

—Ya veo que eres educado y encantador.

La sonrisa de Shikamaru se ensanchó.

Kankurõ carraspeó.

—Bueno, lord Cortesía y lady Perfidia, si nos conceden un minuto de su tiempo, hay un psicópata al que dar caza.

Shikamaru fulminó al escudero con una mirada por encima del hombro; no obstante, antes de que pudiera replicarle, Temari volvió a disparar su ballesta.

Kankurõ salió despedido de espaldas y aterrizó en el suelo. La Cazadora se acercó a él y lo miró desde arriba.

—No me gustan mucho los escuderos y odio a muerte a los Iniciados. Así que ahórrate el mal rato y no vuelvas a dirigirme la palabra... o la próxima vez te disparo una flecha con punta.

Se agachó y recogió la flecha roma que le había disparado.

Shikamaru se echó a reír. Le gustaban las mujeres con agallas. Y con buena puntería.

—A ver —continuó Temari al tiempo que se giraba para echar un vistazo a todos los presentes—, llevo cuatro días persiguiendo a un grupo de daimons que se dirige hacia Yukigakure. Bee ha estado siguiendo a toda una tribu desde Anchorage. Eso explica el motivo de nuestra presencia en este lugar. ¿Cuáles son los vuestros? Shikamaru, ¿has seguido a algún daimon desde Reno hasta Alaska?

Zabuza se apartó del grupo de escuderos para plantarse frente a Temari.

—Hemos venido a matar a Naruto de Moesia y si te interpones en nuestro camino, mujer, también te mataremos a ti.

—¡Me cago en la puta! —exclamó Shikamaru mientras se bajaba las gafas de sol para mirar a Zabuza—. Si habla y todo... O más bien, gruñe.

—Aunque no por mucho tiempo si no cuida su lengua. —Temari lanzó una mirada letal y malévola al escudero—. Para que lo sepas, escudero, harían falta unos cuantos como tú para hacerme un simple arañazo.

Zabuza correspondió la furibunda mirada con una sonrisa arrebatadora.

—Me encantan las mujeres que arañan. Pero asegúrate de que sea en la espalda, nena. No me gustan las cicatrices. —Y, con eso, se alejó de ella.

—No soporto a los escuderos —rezongó Temari antes de sacar otra flecha roma, cargar la ballesta y disparar a Zabuza.

Con una rapidez de reflejos que casi escapaba a la vista, el escudero se dio la vuelta y atrapó la flecha sin pestañear. Se la llevó a la nariz y la olfateó con delicadeza.

—Mmm, rosas —musitó—. Mi favorito.

Shikamaru intercambió una mirada elocuente con Udon.

—Tal vez sería mejor que os dejáramos.

—Sí —acordó Kankurõ con una risotada—, esto me recuerda al dicho ese: «Dios los cría y ellos se juntan».

Zabuza le lanzó la flecha y Kankurõ gruñó cuando le golpeó en el vientre.

El rostro de Temari estaba rojo como un tomate mientras fulminaba con la mirada a Zabuza, quien, sin hacerle el menor caso, siguió andando tranquilamente hasta la cabaña.

—¿Tienes escudero, Shikamaru? —preguntó Temari mientras caminaba con Bee a su lado.

Shikamaru señaló a Udon con la cabeza.

—Lo crié desde que era un mocoso.

—¿Y te hace caso?

—Casi siempre.

—Tienes suerte. Yo disparé a los tres últimos. —Mientras se acercaban hacia la cabaña, la Cazadora añadió—: Y no con una flecha roma.

Bueno, al menos la cosa se había animado un poco con las dos últimas incorporaciones al grupo. No obstante, cuando entró en la cabaña de Naruto detrás de Bee, Temari y tres de los escuderos, perdió todo rastro de buen humor.

El resto del grupo se vio obligado a quedarse en el exterior porque no había espacio para todos en la reducida estancia. No era precisamente uno de esos casos en los que la cabaña parecía más pequeña desde el exterior. Más bien lo contrario.

El interior estaba bien atendido, pero el lugar era asfixiante y deprimente.

Los escuderos alzaron las linternas halógenas para iluminar la lúgubre estancia. Había un colchón en el suelo con una almohada vieja y ajada por el uso, unas sábanas casi transparentes y unas cuantas pieles. La televisión estaba en un estante bajo y en las paredes se alineaban un buen número de estanterías. El único mobiliario de la casa estaba compuesto por dos armarios.

—¡Santo Dios! —exclamó Kankurõ—. Vive como un animal.

—No —lo corrigió Temari al tiempo que se acerca a las estanterías para ojear los títulos de los libros—. Vive como un esclavo. Para él esto debe de ser toda una mejora.

Buscó la mirada de Shikamaru.

—¿Lo conoces?

—Sí, y tienes razón. —Shikamaru tuvo que agachar la cabeza para apartarse de las aspas del ventilador mientras inspeccionaba el lugar. Recordó en ese momento que Naruto era un poco más alto que él—. ¡Joder! —exclamó al tiempo que hacía girar las aspas y recordaba un detalle que Naruto le había confesado en una ocasión.

—¿Qué? —le preguntó Bee.

Shikamaru miró al Cazador nórdico mientras este inspeccionaba la despensa de Naruto, en la que solo había unas cuantas latas de comida y un montón de botellas de vodka sin abrir.

—¿Qué temperatura hace aquí en verano?

Bee se encogió de hombros.

—En pleno verano se pueden alcanzar los treinta grados. ¿Por qué?

Shikamaru soltó otra palabrota.

—Recuerdo una conversación que mantuve con Naruto. Le pregunté cómo le iba y me dijo que se estaba asando. —Señaló el ventilador de techo con la cabeza—. Acabo de comprender lo que quería decir. ¿Os imagináis lo que debe de ser estar atrapado en este lugar en pleno verano, sin ventanas y sin aire acondicionado?

Temari dejó escapar un silbido.

—Tenemos veinticuatro horas de sol. Con suerte se puede salir unos diez minutos al día.

—¿Dónde está el baño? —preguntó Kankurõ.

Temari señaló el pequeño orinal que había en un rincón.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —le preguntó a Shikamaru—. ¿Ochocientos o novecientos años?

Shikamaru asintió con la cabeza.

La Cazadora volvió a silbar.

—No me extraña que esté chiflado.

Kankurõ resopló.

—Con lo que le pagan, ese idiota podría haberse construido una mansión.

—No —lo corrigió Shikamaru—. No es su estilo. Confía en mí, cuando estás acostumbrado a no tener nada, no esperas otra cosa.

Temari se acercó al rincón donde se amontonaban unas figurillas talladas.

—¿Qué es esto?

Shikamaru frunció el ceño al percatarse de que las paredes de la cabaña estaban talladas de arriba abajo con un diseño semejante al de las figurillas. De repente recordó la figurilla de madera que había visto en la tienda. Las esculturas de hielo de la ciudad.

El pobre Naruto debía de haberse vuelto loco de aburrimiento en incontables ocasiones a lo largo de los meses que se veía obligado a encerrarse en ese minúsculo cobertizo.

Qué carajos, hasta su garaje era más grande que esa cabaña.

—Yo diría que es como Naruto intenta mantenerse cuerdo mientras está encerrado aquí.

Bee cogió una figurilla pintada que parecía un oso polar con sus crías.

—Son increíbles.

Temari asintió con la cabeza.

—Nunca he visto nada semejante. No me parece correcto matar a alguien que ha estado viviendo así durante siglos.

Kankurõ resopló.

—A mí no me parece correcto que lo dejaran vivir después de haber matado a todos los habitantes de la aldea que estaba bajo su protección.

Zabuza miró a su compañero de forma peculiar. De no haber sabido que era imposible, Shikamaru habría jurado que el tipo se estaba pensando mejor lo de matar a Naruto.

Su mirada se topó con la del escudero.

No, no era imposible. De hecho, sospechaba que habían enviado a Zabuza por otras razones... igual que a él.

—Bueno, chicos, ha sido un placer conoceros —dijo Bee—, pero mis poderes comienzan a mermar a causa de la presencia de Shikamaru y de Temari y todavía tengo que resolver ese asuntillo de la migración de los daimons. ¿A alguien se le ocurre qué motivo pueden tener?

Todos miraron a Temari, puesto que era la mayor de los presentes.

—¿Qué? —les preguntó ella.

—¿Alguna vez has visto u oído algo semejante?

La Cazadora negó con la cabeza.

—Sé que los daimons se agrupaban. Siglos antes de que ninguno de vosotros naciera, solían tener una élite de guerreros. Pero nadie ha visto un solo spati durante el último milenio. Esto me huele mal. Es una lástima que no podamos ponernos en contacto con Jiraya. Es muy posible que él tenga más información.

Bee salió de la cabaña. Shikamaru lo hizo en último lugar y, antes de salir, echó un vistazo a la mísera cabaña de Naruto. Joder. Sentía lástima por su amigo y por la vida que le había tocado.

No podía imaginarse allí recluido en mitad del bosque, solo y con una temperatura que oscilaba entre los treinta bajo cero del invierno y los treinta grados sobre cero del verano. No era de extrañar que Jiraya se compadeciera de Naruto.

Seis de los escuderos regresaron a los coches y descargaron varias latas de gasolina.

—¿Qué estáis haciendo? —les preguntó Shikamaru con recelo.

—Sacarlo de su escondrijo con el fuego —contestó un pelirrojo—. Si queremos atraparlo, tenemos que...

—¡Y una mierda! —exclamó Shikamaru, que acababa de quitarle al escudero la lata de gasolina de las manos para arrojarla al bosque—. Esto es lo único que tiene en el mundo. De ningún modo permitiré que se lo arrebatéis.

—Le dio una paliza a esa mujer. —La réplica de Kankurõ estaba cargada de desprecio.

Shikamaru lo miró con los ojos entrecerrados.

—Todavía tenéis que demostrármelo.

El escudero puso los ojos en blanco, como si el hecho de que defendiera a su amigo le resultara imposible de entender.

—Si Naruto no lo hizo, ¿quién fue?

—Yo.

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Continuará...