Naruto Y Hinata en:
LA JOYA DE BYAKUGAN
12. Intenso
Hinata se estremeció de miedo ante las desagradables carcajadas de Reed. Levantó la cabeza en cuanto Naruto se lo permitió y observó con pánico creciente que el MacNab no estaba solo. Cuatro hombres más salieron de la espesura del bosque, rodeándolos, cercándolos con lentitud y con expresiones asesinas. Cinco contra ellos, que el cielo les ayudara.
Miró de reojo a Naruto, que se había puesto en pie y ya tenía su enorme espada en la mano. Por increíble que pareciera, no daba la impresión de estar alarmado. Hinata constató con asombro que su gesto era más bien de furia contenida, concentrada, como si un extraño poder bullera en su interior y estuviera haciendo un verdadero esfuerzo por controlarlo. Aun así, aun notando el halo de peligro que flotaba a su alrededor, Hinata no lo creía capaz de superar a cinco enemigos.
—Ponte detrás de mí, Hin —susurró.
—Puedo ayudar, dadme un arma, señor.
Naruto solo la miró un segundo, pero bastó para erizarle toda la piel del cuerpo.
—Ni se te ocurra. Son míos.
Esto último se lo dijo ya con toda la atención puesta en sus atacantes. Reed seguía riéndose entre dientes y balanceaba su espada con diversión. Los demás tenían una expresión tan malvada que Hinata se estremeció de terror. ¿Cuántas veces había deseado que Naruto Namikaze, el supuesto asesino de su hermano, sucumbiera?
Pero no así, pensó, no es justo. Ningún hombre debería ser masacrado.
Se sorprendió ante sus propios pensamientos. Se dijo que el único motivo de su preocupación era que, si el laird caía, ella estaría en manos de unos salvajes. Sin embargo, sabía que no estaba siendo sincera consigo misma. Algo había cambiado. Ella había cambiado, y el modo en que lo veía también. Por primera vez, la idea de contemplar el cuerpo de Naruto atravesado por una espada le resultó insoportable.
Los hombres cada vez se acercaban más. El único punto seguro era a su espalda, y ella tuvo la prudencia de quedarse allí para no distraer al laird. Uno de sus atacantes los apuntaba con su arco, seguramente era el que había disparado antes de que Naruto la apeara del caballo con tanta premura. Matar a un hombre a flechazos, meditó Hinata llena de cólera, no tenía nada de noble. Los MacNab no podían ser tan infames... O al menos, eso deseaba.
Por suerte, la arrogancia de Reed parecía superar a la del propio Naruto, porque dio órdenes a su soldado para que no atacara.
—Baja el arco, Gavin. El señor de los Namikaze se merece una batalla justa.
Lo dijo con mofa y Hinata deseó haber aprendido a luchar, tener más fuerza... ¡ser un auténtico soldado! Entonces le diría cuatro cosas a ese malnacido. ¿Cinco contra uno? Se sorprendió, no obstante, cuando Naruto le contestó con aparente calma.
—Me ofendes, MacNab. Si querías una batalla justa, tenías que haber traído a más hombres. Pero no me importa, ¿sabes por qué? He tenido un mal día. Uno realmente malo... Y me venís muy a mano para desquitarme.
El gesto de diversión abandonó entonces el rostro de Reed. Apretó con fuerza la mandíbula y su ceño se acentuó tanto que Hinata pensó que pretendía matar al laird solo con su mirada.
—Atacad —ordenó.
Los otros cuatro hombres se movieron al unísono y el corazón de Hinata se disparó. Aquello no podía estar ocurriendo. Dio algunos pasos hacia atrás, muy despacio, hasta que su espalda topó con su propia montura. Se giró y buscó en las alforjas hasta que encontró su daga. La aferró sintiendo cierto alivio y volvió la atención a la lucha, sorprendida cuando comprobó que el primero de los MacNab ya levantaba su espada contra Naruto.
Todo ocurrió muy deprisa. El laird detuvo el ataque, empujó con todas sus fuerzas para repeler al hombre y giró con rapidez para estampar el codo en la cara del que se abalanzaba sobre él. Las lágrimas y la sangre cegaron a su atacante, que cayó de rodillas, pero Naruto no pudo rematarlo porque el tercer individuo lanzó una estocada que estuvo a punto de alcanzarlo. Hinata se sorprendió por la rapidez y la agilidad de Naruto.
Lo había visto durante los entrenamientos y sabía que era hábil. Pero no tanto. Esquivó la espada que atacaba, al mismo tiempo se movió hacia delante y, en un parpadeo, clavó su propio acero en el pecho del otro hombre. El tiempo que tardó en recuperar su arma fue precioso porque, a pesar de su maniobra de evasión, un MacNab consiguió hacerle un corte en el brazo.
Naruto no profirió ni un solo grito. Bloqueó el siguiente ataque con su propia espada y utilizó el otro puño para desestabilizar al hombre. Dos más se acercaban a él por ambos flancos, pero el laird se movió con presteza y se echó hacia atrás en el instante justo, momento que aprovechó para agarrar las cabezas de sus atacantes y hacerlas chocar entre sí. Los hombres cayeron a sus pies, inconscientes bajo la lluvia que no dejaba de caer.
La lucha prosiguió y Hinata ya no veía tanta desigualdad. Lo cierto era que la fiereza de Naruto la dejaba sin aliento. Se revolvía como un animal salvaje, su mirada había adquirido tintes asesinos y se alegró, por una vez, de estar en su bando. No sintió lástima de los MacNab. En cambio, cuando detectó que Reed se movía esquivando la mirada de Naruto y se posicionaba en un ángulo invisible para el laird, notó que la ira se apoderaba de toda la prudencia que la había mantenido alejada del combate. ¡Aquel bastardo pensaba atacarlo por detrás!
Antes de pensar lo que hacía, corrió por el barro, apartándose las gotas de lluvia de los ojos, y saltó sobre la espalda de Reed como un gato, gritando por la furia que ardía en su interior. Demasiado tarde se dio cuenta de que su maniobra no saldría bien. El guerrero apresó su muñeca con brutalidad y apretó para que soltara la daga que blandía. Hinata notó cómo crujían sus huesos y, en su desesperación, solo se le ocurrió morder el cuello que tenía tan cerca. Reed gritó como un animal, se echó hacia delante y consiguió deshacerse de ella haciéndola volar por encima de su cabeza. Hinata cayó de espaldas con un golpe seco que le nubló la vista.
—¡Hin!
Escuchó el alarido de Naruto y el ruido de las botas chapoteando en el barro. Distinguió una sombra que se cernía sobre ella, posiblemente Reed alzando su espada para partirla en dos. Cerró los ojos y pensó en su familia; si tenía que morir, prefería llevarse su recuerdo con ella. Pero, para su absoluta consternación, la única imagen que acudió a su mente fue la de Naruto Namikaze. En su alcoba, calzándose las botas. En sus entrenamientos, poniendo el alma en cada embestida. En el lago, caminando desnudo por la orilla. En la habitación de Thonia, clavándole a ella sus ojos oscurecidos de deseo...
Hubo más gritos, ruido de espadas chocando en el aire, resuellos y sonidos de carne golpeando más carne. Abrió los ojos de nuevo al comprender que la muerte no llegaba. La sombra sobre ella se difuminó, salió de su campo de visión empujada por un torbellino furioso y lo último que escuchó fue el gorgoteo de la sangre de alguna garganta cercenada.
La de Reed MacNab, según pudo comprobar cuando se incorporó y miró en derredor.
Naruto Namikaze estaba en pie frente a su cadáver, con la espada ensangrentada en la mano. Si no era la mismísima imagen del ángel de la muerte, Hinata no sabía qué otra cosa podía ser. Allí parado bajo la lluvia, con la respiración costosa por el esfuerzo y el brillo asesino en los ojos, la joven intuyó el enorme poder que fluía por su cuerpo y que se escapaba más allá de la piel. La fuerza que irradiaba lo envolvía como un halo y se veía atraída por él como lo haría cualquier estúpido insecto ante una llama fascinante.
Así se sentía. Estúpida por desear correr a refugiarse en sus brazos y dar gracias al cielo por tenerlo de su lado. Sabía que junto a él estaría a salvo; después de lo que había presenciado, no podía pensar otra cosa. Pero era más que eso... quería tocarlo. Quería comprobar que estaba bien. Quería que le dijera que ella también estaba bien, que todo había pasado, que nadie le haría daño jamás.
Y eso era una auténtica locura porque, precisamente él, era la persona de la que más había recelado en el tiempo que llevaba con los Namikaze.
Entonces la miró. Con los labios entreabiertos, con el pecho agitado por el esfuerzo.
La forma en que la contemplaba la dejó paralizada en el sitio, de pie tiritando bajo la lluvia, sin poder apartar los ojos de su rostro. Olvidó los cadáveres esparcidos alrededor, olvidó todo el sufrimiento que ese hombre le había causado. Solo existía en el mundo la forma en que la miraba y el absurdo e improbable deseo de esconderse entre sus brazos.
Un deseo, por increíble que pareciera, que se hizo realidad.
Naruto avanzó hasta ella con la decisión de un depredador en busca de su presa. La aferró de su corta melena y la atrajo hacia su pecho para devorarle la boca con un beso abrasador. Fue salvaje. Fue puro fuego. Hinata pudo saborear en su piel los últimos vestigios de la batalla corriendo frenéticos por sus venas. Naruto estaba alterado, poseído sin duda por la fiebre del combate. La lengua del hombre buscó entre sus labios y se abrió paso hasta el interior de su boca, tocando su propia lengua, contagiando con el mismo ardor cada fibra de su cuerpo. Notó la misma tensión que había sentido en la cabaña, esa sensación dulce cargada de anhelo que bajaba por su estómago hasta un punto concreto entre sus piernas. Solo que en esta ocasión todo era mucho más intenso, más real, más desgarrado... Únicamente cuando gimió, incapaz de contener el erótico sonido en la garganta, el laird pareció recobrar la compostura.
Se apartó con brusquedad y la miró horrorizado. Como si ella fuera alguien indeseable, como si apestara. Se alejó unos pasos y se pasó la mano por la cara, aún con la expresión desesperada. Miró al cielo y dejó que la lluvia bañara su rostro, pero no se tranquilizó.
No. Lo que hizo fue dejarse caer de rodillas bajo la lluvia y gritar como si una de las espadas enemigas le hubiera atravesado el corazón. El sonido sacudió el cuerpo de Hinata, que notó las lágrimas ardientes acudir hasta sus ojos.
No entendía nada de nada.
¿Qué había ocurrido? ¿Por qué, después de ese increíble beso, Naruto se apartaba como si ella tuviera la peste?. Se abrazó su propio cuerpo para encontrar un poco de consuelo y, al notar la tirantez de la venda que cubría sus pechos para ocultarlos del mundo, cayó en la cuenta.
Abrió los ojos, igual de espantada que el propio Naruto. El laird de los Namikaze la creía un varón, y pese a todo la había besado.
El guerrero más salvaje, el jefe que se jactaba de convertir en hombres de verdad a todos aquellos soldados que entraban a formar parte de su ejército, el intolerante que no permitía la debilidad dentro de los muros de su casa, había sucumbido ante uno de los pecados más humillantes que pudiera imaginar para su virilidad.
El padre Iruka rezaría por su alma impía si llegara a saberlo. Sus sirvientes lo mirarían con recelo si llegara a sus oídos. Sus fieles guerreros lo repudiarían si se enteraran.
Hinata apenas podía creerlo, pero había sucedido. Naruto Namikaze había deseado a otro hombre.
Por fin la lluvia les había dado algo de descanso. Hinata miró hacia el cielo y agradeció esa tregua, rogando por que el sol asomara para calmar la tiritona que no era capaz de controlar. Habían continuado su camino sumidos ambos en un tirante silencio, tras abandonar los cadáveres de los MacNab a merced de los animales del bosque. Ninguno sintió lástima por ellos.
Naruto no le había dirigido la palabra desde que había montado en su semental; de hecho, no volvió a mirarla desde el beso. Y ella no sabía qué se podía decir en un momento como aquel, así que optó por guardar silencio. Estaba aturdida, no era capaz de procesar lo sucedido y se encontraba exhausta. Se concentró en su mandíbula, esforzándose al máximo para que sus dientes dejaran de castañetear.
También intentó obviar el dolor cada vez más agudo de su muñeca. Era muy probable que Reed MacNab le hubiera roto algún hueso, pero no se quejaría. No pensaba emitir ni un solo gemido delante del laird... ¡bastante bochorno sentía ya después de lo sucedido! Solo rezaba para que no tuvieran que cabalgar mucho más antes de alcanzar su destino. No era una de esas mujeres que se desmayaban a la menor oportunidad, pero presentía que le faltaba poco para perder el escaso dominio de sí misma que le quedaba y, si eso ocurría, se dejaría caer en los brazos de la inconsciencia sin oponer resistencia.
Para su sorpresa, no se detuvieron en ninguna granja más. Al parecer, Naruto había decidido que no quería ver a más familias Namikaze y alcanzar su siguiente destino se había convertido de pronto en una prioridad. Aceleró el ritmo de su cabalgada sin mirar una sola vez hacia atrás para comprobar si su sirviente lo seguía. Hinata supuso que a su laird no le hubiera importado que se perdiera por el camino...
Nada más lejos de la realidad.
Naruto se moría por volverse, por mirar de nuevo la cara de ese duende que lo había embrujado y comprobar si la agitación que notaba en el estómago era real. Pero la vergüenza lo ahogaba, lo consumía en una agonía insoportable. No solo se había dejado llevar por sus más bajos instintos, no solo había besado a un muchacho... ¡Además le había gustado!
Sí, había disfrutado aquel beso. La boca de Hin era suave y cálida, su lengua dulce, incitante... ¡por todos los demonios! ¡Era uno de los mejores besos que había compartido con alguien en toda su vida! Porque en ese sentido no se engañaba: Hin se lo había devuelto.
No, no, no.
Ya en la cabaña de Iona, Naruto había fracasado de manera lamentable al intentar hacer de él todo un hombre. Y no solo eso. Hin había conseguido endemoniar su mente para que su virilidad solo respondiera ante él, ante esa imagen de criatura fantástica que lo tenía fascinado. solo quería desahogarse y comprobar que su miembro seguía funcionando a pesar de los malvados encantamientos que Hin vertía sobre su cuerpo. pero la experiencia no le había reportado la satisfacción y los placeres habituales. Lo había dejado vacío, helado por dentro, furioso por fuera.
Su cabeza daba vueltas, reviviendo aquellos momentos una y otra vez. Para colmo, ahora aquellas imágenes se mezclaban con lo acontecido en el bosque momentos antes. Su mente ardía, desgarrada por las absurdas sensaciones que habían despertado en su interior con el ataque de los MacNab.
Primero, un terror como no había conocido nunca lo había invadido al ver a Hin a merced del enemigo. No le pasó desapercibido el extraordinario valor que había demostrado el muchacho al saltar sobre Reed para detenerlo, aunque jamás se lo reconocería. ¡El muy insensato había estado a punto de morir bajo la espada de ese sanguinario! El alivio que recorrió su cuerpo cuando todo terminó, con Hin indemne, había trastocado su cordura, sin duda.
Porque lanzarse sobre él como un ave de rapiña no podía tener otra explicación. Y ahora no podía mirarlo, no debía hacerlo. Bastante mal se sentía ya consigo mismo. La única escapatoria que su trastornado sentido común pudo elucubrar era llegar cuanto antes al hogar de su tío Minato.
Pensó en el viejo guerrero, exiliado desde hacía años por orden de su padre, el anterior laird. Sus leyes prohibían mantener contacto con un desterrado, pero Naruto había quebrantado en muchas ocasiones los mandatos de su padre para reunirse en secreto con su tío, al que siempre había respetado y querido. En esta ocasión necesitaba de sus consejos más que nunca y, olvidando el motivo inicial por el que había decidido acudir a él, apretó el paso de su montura para arribar cuanto antes a la solitaria cabaña que era ahora su refugio.
Ya era noche cerrada cuando por fin divisó el humo de la chimenea de la pequeña casa de piedra. Su cabeza no había parado de dar vueltas y vueltas en torno al tema que lo mortificaba, pensando en la mejor manera de abordarlo en cuanto estuviese frente al único hombre al que todavía consideraba su familia.
Sin embargo, cuando divisó la silueta de Minato Namikaze recortada bajo la luz de la luna, su valor flaqueó.
El guerrero los esperaba espada en mano, precavido ante la inesperada visita de unos extraños en la noche. A Naruto le resultó imponente en su hombría y su propia bajeza emponzoñó sus sentimientos. No sería capaz de confesar lo que había hecho; tenía miedo de que, al pronunciar en voz alta lo que había pasado, los ojos de su tío lo acusaran de ser indigno del apellido que ostentaba con tanto orgullo.
Por eso refrenó su caballo y esperó a que Hin le diera alcance. Sin mirarlo, le siseó en voz muy baja su amenaza.
—Si le comentas una sola palabra de lo ocurrido, te arrancaré tu pequeña verga con mis propias manos y se la daré de comer a los cerdos, ¿me has entendido?
Hinata lo escuchó muy lejos, aturdida por una neblina de cansancio y dolor que embotaba todos sus sentidos. Lo único que lamentó de esa amenaza fue que no prometiera una muerte rápida. La necesitaba. Y no dudó en pedírsela.
—Mátame ya, Namikaze. Por favor... envíame con mi hermano.
Nada más decirlo, su cuerpo dejó de pertenecerle y lo último que sintió fue que resbalaba hacia un lado...
Cuando golpeó el suelo con un ruido sordo, Naruto no tuvo más remedio que mirar. Alarmado, bajó de su caballo y corrió hacia el muchacho, temiendo lo peor. Su tío Minato también se había acercado deprisa y le puso la espada en el cuello justo cuando se inclinaba para cerciorarse de que Hin seguía con vida.
—Identifícate o eres hombre muerto.
—¿Ya no reconoces a tu propio sobrino?
—¡Naruto! Por los dioses antiguos, ¿te has vuelto loco? Pensé que erais un par de ladrones dispuestos a robarme las pocas ovejas que me quedan.
—¿Quién se atrevería a robarte a ti unas ovejas, o lo que sea? Aunque te hayas hecho viejo, todos siguen temiendo al formidable Minato Namikaze, asesino de gigantes.
El hombre apartó la espada y esbozó una sonrisa.
—¿Aún siguen murmurando esa mentira sobre mí?
—Dudo que algún día dejen de hacerlo.
A Naruto le hubiera gustado saludar a su tío como merecía, pero la preocupación por Hin absorbía toda su atención. Tocó su cuello en busca del latido de su corazón y exhaló un suspiro de alivio al comprobar que únicamente estaba desmayado.
—¿Quién es este alfeñique? —preguntó Minato, inclinándose para ver mejor al muchacho inconsciente.
—Es mi criado.
—¿Qué le ha pasado?
—Nos atacaron... Yo...
Naruto miró a su tío a los ojos, incapaz de hablar. El viejo guerrero poseía una mirada muy similar a la suya, pero infinitamente más sabia.
—¿Lo hirieron?
—No, pero yo...
No podía confesarlo. Su tío había ayudado a su padre a convertirlo en hombre; Minato Namikaze había estado siempre ahí cuando lo había necesitado, y había aprendido más con él que con el propio Duncan. Porque, a diferencia de su padre, Minato era más comedido, más justo, y estaba convencido de que también lo había querido más. Su tío le había enseñado todo lo que se necesitaba saber y tener para convertirse en un auténtico guerrero de honor, en un líder más justo. Y retozar con un jovencito no entraba dentro de sus enseñanzas, eso sin duda.
—¿Qué ocurre, Naruto? Te conozco mejor de lo que te conocía tu propio padre. Estás atormentado, dime qué ha pasado.
El laird de los Namikaze se irguió y dio un paso atrás para alejarse del muchacho inconsciente.
—Necesito que lo cuides. No lo quiero en Innis Rasengan y no tiene más familia.
—¿Qué ha hecho para merecer el exilio, al lado de un viejo gruñón como yo?
—Por favor, tío. No puedo confiar en nadie más... Te lo contaré todo, a su debido tiempo. Pero antes he de desprenderme de mis propios demonios. ¿Puedo contar contigo?
Minato le colocó una mano en el hombro y lo miró con todo el orgullo y el amor que sentía por él.
—Siempre podrás contar conmigo. Lo sabes.
Naruto Namikaze se emocionaba muy pocas veces. Pero en esos momentos, recibiendo el apoyo incondicional de su único pariente vivo, notó el nudo engorroso de los sentimientos atenazando su garganta. Se abrazó al viejo guerrero unos segundos y se separó después con brusquedad. Fue hacia su caballo sin mirar atrás.
—Naruto, no te vayas en plena noche —le dijo Minato, al ver sus intenciones—. Descansa y come algo caliente junto al fuego. Mañana podrás partir temprano si ese es tu deseo.
El joven se detuvo con las manos colocadas ya sobre la silla de montar. Le habló por encima del hombro, con la voz más derrotada que jamás le había escuchado su tío.
—No puedo quedarme. Yo... No. No puedo.
Montó en su caballo y partió al galope sin más dilación, dejando una mirada preocupada instalada en los ojos de Minato.
Cuando lo perdió en la negrura de la noche, el guerrero envainó su espada y se agachó junto al muchacho. Su vista ya no era la misma que en su juventud y le costaba enfocar los rasgos del mozuelo en aquella oscuridad. Cargó con él y tiró de las riendas de su caballo para regresar a la cabaña, meditando acerca de la extraña actitud de su sobrino. Juraría que jamás en toda su vida le había notado tan alterado. Ni siquiera cuando murió su padre, Naruto se había mostrado tan vulnerable. En los pocos minutos compartidos, había visto una enorme turbación en sus ojos. ¿Qué demonios había ocurrido para alterarlo de ese modo?
Entró en su hogar, donde otro hombre esperaba arma en mano, en actitud de alerta.
—Relájate, Sasuke, la visita no tenía nada que ver contigo —lo tranquilizó Minato—. Ayúdame con el muchacho.
El guerrero acudió presto y tomó al chico en brazos para depositarlo en un catre junto al fuego.
—¿Quién es?
Minato se pasó una mano por el pelo, pensativo, antes de contestar.
—Alguien importante para tu laird.
—Naruto dejó de ser mi laird cuando me desterró —apuntó el otro con amargura.
—¡Bah, bobadas! Siempre le serás fiel, no puedes evitarlo. Y ahora tienes una magnífica oportunidad para demostrarlo: tenemos que cuidar de este mocoso, lo ha dejado a mi cargo.
—¿Por qué?
—No tengo ni la más remota idea —contestó Minato, acercándose al catre. A la luz del fuego, el rostro del muchacho adquiría matices muy distintos—. Vaya, vaya, vaya...
—¿Qué ocurre? ¿Está herido? ¿Es grave?
Minato agarró el delicado mentón y movió su cabeza con cuidado de un lado a otro para estudiar mejor aquel rostro de rasgos delicados. Ante el contacto, el chico abrió los ojos unos segundos, semiinconsciente.
—Esto sí que no me lo esperaba —murmuró Minato, al ver el plateado intenso que brillaba por la fiebre.
—Me estás poniendo muy nervioso. ¿Qué cuernos le ocurre al muchacho? ¿Qué ha pasado con Naruto?
Minato tuvo la osadía de palpar su pecho con cuidado para cerciorarse, a pesar de que aquellos ojos inconfundibles no dejaban lugar a dudas.
—Le ocurre que no es un muchacho —anunció convencido—. Aunque lo que ha pasado con Naruto aún tenemos que averiguarlo.
Continuará...
