Un cowboy por navidad

Esta historia es una adaptación.

La historia original de Tess Curtis.

Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer.

Capítulo 13

El día después de Navidad

Edward se despertó y observó a Bella mientras dormía, recordando la intensa noche que habían vivido. Desde que la relación con su ex mujer se había ido a pique no había vuelto a estar con nadie. Y aun en aquella época hacía años que las cosas en la cama no habían sido lo mismo para ellos. Nada que ver con lo vivido con Bella la noche anterior. Hacía demasiado tiempo que no se sentía de aquella manera. Después de mucho, por fin, tenía una Navidad para recordar.

Bella abrió lentamente los ojos y se encontró con un Edward con un gesto más relajado que el habitual en él y una sonrisa en los labios, mirándola. Aquella era una de las intensas miradas del atractivo cowboy que le calentaban el alma. Un tipo de mirada que creía nunca le había dedicado nadie. — Buenos días —dijo él, suavemente, retirándole un mechón de pelo de la cara.

—Buenos días —respondió ella, dejándose hacer—. ¿Has dormido bien?

—Muy bien —dijo, acariciándole la mejilla.

Lo cierto era que a pesar de las horas que habían dedicado a amarse, el sueño había sido completamente reparador y, por primera vez en mucho tiempo, carente de sueños recurrentes o pesadillas, cosa que agradecía profundamente. Quizá algo había comenzado a cambiar en su vida.

Y era consciente de que ese algo se llamaba Bella.

—Me alegro. Yo también. —Sonrió ella—. Bajaré a hacer café.

—No, quédate aquí. Bajaré yo y te subiré una taza.

—Gracias.

Edward se levantó de la cama tal cual vino al mundo y Bella pudo deleitarse con la fantástica anatomía del cowboy. Tenía un trasero duro y bien formado que pudo admirar durante unos segundos. Se dirigió a los pies de la cama a buscar su bóxer entre el montón de ropa, que habían apilado la noche anterior allí, y continuó mirándolo, ahora de frente, observando lo bien dotado que estaba, aun en estado de reposo, pero que siempre era más patente en los hombres que, como él, optaban por rasurarse la zona íntima, algo que Bella tenía que reconocer que le encantaba.

—Si me continúas mirando así, es posible que no obtengas una taza de café —dijo él divertido, al ser consciente de que Bella no lo había perdido de vista ni un solo segundo. Le gustaba y excitaba a partes iguales el ser observado por ella.

—Es que… —dijo ella sonrojándose—. Me gusta lo que veo.

Edward sonrió pícaramente. Le gustaba ver cómo se sonrojaba. Y solo iría a por el café porque le gustaba su café por la mañana, pero tenía planes con ella para después. Sin duda alguna. Habían recuperado el coche de Bella después de salir de la cama, algo que les había costado demasiado hacer y que casi le hacía ruborizarse cada vez que lo recordaba. No había conocido un hombre tan apasionado, generoso y entregado en la cama como lo era Edward. Y eso era algo que la descolocaba pensando cómo era posible que alguien así no estuviera ocupado ya.

Edward había sacado el coche de Bella de la cuneta con un cable y su todoterreno. Todo parecía estar bien, pero no estaría tranquilo hasta conocer la opinión de un experto. Se había empeñado en que debía llevarlo al taller de McAllister para una breve revisión y así lo hicieron, mientras comían en el restaurante del pueblo.

Por fin los teléfonos cobraron vida al entrar en zona de cobertura. El de Bella no había dejado de sonar. Se comunicó con sus padres, que se mostraron algo preocupados, a pesar de que ella les aseguró que estaba bien, pero que estaría completamente desconectada los siguientes días.

Le contaron que el teléfono del establecimiento del lago Ennis tampoco había funcionado. Ellos siempre habían opinado que si no hay noticias, era que había buenas noticias.

—Estás muy solicitada —dijo Edward, al otro lado de la mesa de la cafetería del pueblo.

—Ya sabes, las fechas que no nos gustan ni a ti ni a mí —dijo, dejando de lado los más de cien mensajes que tenía sin leer ni contestar en su teléfono. Quería centrar la atención en él.

—Supongo —dijo, encogiéndose de hombros.

—Es agradable volver a la civilización —dijo ella, mirando a su alrededor, siendo consciente de que, aunque disimuladamente, eran el objeto de atención de los presentes. Lo consideró algo normal, al tratarse de una población pequeña como lo era aquella y ser ella una desconocida acompañando a uno de sus vecinos.

—Me suelo considerar bastante civilizado —dijo él, tratando de que sonara a reproche, aunque lo cierto era que estaba bromeando.

—No sé si lo eres todo el tiempo —le repuso ella con una mirada pícara, insinuante.

Edward se sintió endurecer a pesar de que habían pasado toda la mañana en la cama y consideraba que estaban bien servidos.

—Mira, castaña —dijo echándose hacia delante—. Ahí atrás hay unos lavabos bastante amplios, pero como soy muy civilizado no te los mostraré.

—Eso y que están los parroquianos un poquito pendiente de nosotros y se darían cuenta —dijo ella guiñándole el ojo y hablando en voz baja, inclinada también hacia delante.

Edward sonrió y fue consciente de aquello. Solo había tenido ojos para Bella y apenas se había fijado en el resto de clientes del local. Echó un vistazo, reconociendo a la mayoría de personas allí congregadas y, salvo un par de turistas más a los que nadie prestaba atención, fue consciente de las miradas de soslayo que despertaban ambos. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no le importó. Eran miradas curiosas, solo querían saber quién era aquella mujer. No eran de las que sentían lástima por él.

—Creo que hace mucho tiempo que no ven nada tan bonito como tú por el pueblo.

Comieron relajadamente, olvidándose de todos los que tenían alrededor, charlando de temas banales. A Edward ni siquiera le importó el recordatorio continuo que significaban los adornos navideños del local o las galletas de jengibre con las que al final de la comida les obsequiaron para acompañar el café.

— ¡Edward, muchacho! —se dirigió a él un hombre de unos sesenta años, acercándose a la mesa antes de salir del local, tras comprar un café para llevar.

—Zach —dijo Edward, saludándolo.

—Pensaba que estabas enclaustrado en la casa del vendedor de coches.

—Ahora es mi casa.

—Claro. Me alegra verte por el pueblo. ¿Pasarás a vernos o vuelves a Norris?

—Me temo que volveré a Norris unos días más.

— ¿No me presentas a la señorita?

Edward sabía que parte del interés de Zach en saludarlo era el saber con quién estaba.

—Bella —se adelantó ella a saludar extendiendo la mano hacia el hombre.

—Encantado, señora. Creo que ya sabe que yo soy Zach.

—Así es —dijo ella sonriendo.

— ¿Debo deducir que es Edward lo que la trae a McAllister?

—Podría ser —dijo ella, misteriosa a la vez que sonreía.

—Eso es un sí —rio Zach.

—Bella está pasando unos días en la zona —intervino Edward, antes de que Zach siguiera preguntando, aunque lo cierto era que no le importaba, solo quería que ella no se sintiera violenta con tanta pregunta.

—Eso es un no te importa, Zach —rio el hombre—. Me alegra verte de nuevo por el pueblo, muchacho, en serio. Hasta la vista, señora.

El vaquero apretó el hombro de Edward con afecto y se tocó el ala del sombrero antes de despedirse y salir por la puerta.

—Espero que no te haya resultado incómodo.

—Para nada, parece un tipo agradable. Y diría que le importas.

—Lo es. Zach lleva de capataz en el rancho de mis padres desde antes de nacer mi hermano mayor.— Entonces no se ha tragado nada de lo que hemos dicho —dijo ella riendo.

—Me temo que no.

— ¿Seguro que no quieres ir a visitar a tus padres un rato?

—Seguro que no. Mi madre insistiría para que me quedase en el rancho a pasar el fin de año, y es algo que no quiero hacer. No este año.

—Por mí no lo hagas, me puedo quedar por el pueblo dando un paseo o visitando las tiendas.

—Bell, quiero quedarme contigo —le aseguró, convencido de ello, sonriéndole.

Edward sacó la cartera del bolsillo y ella le puso la mano encima de la suya.

—No voy a permitir que pagues.

—Yo te he invitado a comer.

—Y yo llevo días gorroneando en tu casa.

—Eres mi invitada.

—Déjame invitarte, por favor.

Edward asintió con la cabeza y volvió a guardarse la cartera. Bella sacó la suya del bolso y dejó el dinero sobre la cuenta, además de una generosa propina.

Al marcharse del local había sentido todos los ojos que él conocía posados sobre ellos, incluso a través de la cristalera de la cafetería. Se detuvo unos instantes.

— ¿Qué ocurre? —preguntó Bella.

—Vamos a darles de qué hablar.

Edward alcanzó la mano de Bella y tiró de ella, haciéndola chocar levemente contra su pecho, para posar los labios sobre los de ella y degustarlos con hambre durante unos largos segundos.

— ¿Sabes que eres un provocador? —le dijo ella, posando los ojos azules en los labios de

Edward, que se curvaron en una suave sonrisa antes de separarse y cogerla de la mano para alejarse de la cafetería en dirección al taller mecánico.


¡Especial de navidad!

Espero lo disfruten y me cuenten que les parece :)

Nos vemos.