"La sagrada locura, atentando con mentes cuerdas. Después del suplicio del encierro trae para ustedes su tercer proyecto"

Y el escritor dijo: Hágase el computador.

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Me es una fortuna tener el tiempo para escribir algo que me gusta. Teniendo solo dos capítulos por delante puedo decir que estoy más que emocionada por darle el final adecuado que merece esta historia, desde el cariño base que tiene esta pareja hasta todo el que sumé cada día que escribía un capítulo nuevo.

¡Muchísimas gracias por el apoyo y disfruten!

¿Hotel?

¡Zhivago!


Incluso llena de lágrimas provocadas por él, con el dolor palpable en sus ojos empapados y su boca que a duras penas detenía los sonidos propios de alguien lastimado; le seguía pareciendo la mujer más hermosa que había visto durante su vida. ¿Cómo podía pensar en vivir sin ella? Si la mera existencia de la palabra vivir y la alusión a lo esperanzadora que resultaba recientemente eran producto de la persona que lloraba.

Incluso llena de lágrimas provocadas por él, con el dolor palpable en sus ojos empapados y su boca que a duras penas detenía los sonidos propios de alguien lastimado; le seguía pareciendo la mujer más hermosa que había visto durante su vida. ¿Cómo podía pensar en vivir sin ella? Si la mera existencia de la palabra vivir y la alusión a lo esperanzadora que resultaba recientemente eran producto de la persona que lloraba.

-No merezco tus lágrimas, Gelda -soltó con pesar, sin embargo, sintió su tono tosco ofensivo. Su época de verdugo le pasaba factura en momentos de ser "sensible". Aun así se forzó a continuar, no era justo para ella- es todo lo contrario. A pesar de las decisiones tomadas, soy yo quien te debe todo.

Sabía que su boca era una fina línea de recelo, que sus ojos debían estar entrecerrados por el gesto de fruncir el ceño; todo él como un perro rabioso amenazante y, ¡Por todo el amor que le profesaba, se trataba de todo lo contrario! Estaba tan asustado que apenas podía controlarse y, por tanto, su máscara de "hombre frío" había salido a flote como un mecanismo de defensa a su inseguridad. Aterrado de verla rechazarlo, a pesar de considerarlo la mejor opción, ella resulto lastimada por su culpa, física y psicológicamente.

Quería que lo despreciara tanto como volviera a sus brazos.

-¡No digas eso! -chilló molesta incorporándose violentamente del sitio en el que se encontraba, el sonido de su voz junto al del movimiento brusco de la silla resonó en el comedor- ¡Mi vida no tenía un objetivo antes de conocerte! Tu cambiaste mi mundo y… ¡Y, si quiero llorar porque te extrañaba…!

-Te lastimé -gruñó Zeldris inmediatamente como respuesta a su declaración- deberías despreciarme.

Encontró la mirada furiosa de ella mientras caminaba a él, sintiendo por mero instinto el encogimiento de su propio cuerpo, no porque le intimidase sino porque en el fondo verla echar furia no le agradaba. No la detuvo de acercarse a pesar del martilleo doloroso de su corazón, desafío su inseguridad quedándose en el sitio incluso cuando su cuerpo se vio rodeado por el de ella, Gelda lo abrazó entre llanto incontenible apoyando su cabeza en su hombro.

-Debería golpearte por decirme esas cosas, ¿Por qué te haces esto y me lo haces a mí? -Gelda le suplica consiguiendo que muerda su boca en un gesto de rabia interna- ambos cometimos errores y ambos debemos perdonarnos por ellos… pero Zeldris, estoy mucho más aterrada de que te trae ante mi ¿Acaso… quieres despedirte definitivamente?

La manos femeninas se apoyaron a cada lado de su rostro sobre sus mejillas, lo observó asustada de lo que podría ser una afirmación si él deseaba confirmar sus sospechas. Desarmo su tensión facial, reduciendo sus toscos gestos a una desolada mirada, ¿Por qué quería que permaneciera con él a pesar de todo eso? ¡Pero que hipócrita era con los sentimientos de Gelda! Se dijo mentalmente, ella lo amaba, por eso seguía abrazando sus pecados como propios, anclándolo a un libertad que creyó inexistente y gozaba solo por sus acciones, las que le costaron esas heridas que la ropa elegante que vestía ese día ocultaba. Él también la amaba, con la profundidad que le nublaba el juicio tanto como para ignorar sus anteriores pensamientos llevando su mano a la mejilla húmeda de Gelda.

-Mientras tú lo desees, estaré a tu lado -admitió franco, las palabras que antes tenía atoradas fluyeron en el momento que la vio sonreír aliviada- perdóname, me precipité en mi rechazo por Meliodas ignorando tu actuar libre de malas intenciones.

-Te disculpo solo si tú lo haces por no comentarte nada al respecto, no debí inmiscuirme en tu relación familiar.

En ese silencio posterior a sus arrepentimientos calmó el palpitar de sus corazones angustiados. Mientras ella permaneció inclinada en su dirección él limpió cada lágrima que le había provocado jurando internamente que intentaría, con la misma determinación que poseía en impedir que le arrebataran lo que había ganado, protegerla de las tristezas o ser su apoyo si inevitablemente llegaban a volver a colmarla. Defendería ese futuro que Gelda le permitía pensar a su lado.

-¿Has cenado, pido algo para ti? -consultó ella aligerando el ambiente, sonriendo con la calma que solo una persona que podía poseer todo cuanto desease tendría.

-Cené en el trabajo.

Sin esperarlo, Zeldris sintió nuevamente el contacto de la mano femenina en su rostro. A diferencia de la bruma anterior que nublaba su inexperiencia ante lo afectiva que resultaba ser ella, sus mejillas adquirieron un ligero tono rosa, uno que se intensificó después de escucharla.

-¿Te quedarás esta noche?

Mecánicamente desvió la mirada completamente avergonzado, no esperaba confesarle de la pequeña maleta de ropa que tenía en su auto. En realidad ni siquiera había pensado en que diría al respecto. Solo actuó impulsivamente y eso le pasaría la factura.

-Necesitas a alguien que te cuide -sonó casi como una imposición, pero se trató de un arranque de nervios que le produjo soltar esas palabras sin una pizca de suavidad.

-No quiero que te quedes por eso -replicó ella, lo menos que deseaba era que se sintiese responsable por el resultado de sus acciones y tuviese que servirle en sus actividades diarias- no es tu obligación ayudarme.

-No es solo… por eso a lo que vine -Zeldris comentó después de unos segundos dando inmediatamente media vuelta en dirección a la salida para buscar su ropa. Gelda alcanzó a ver sus orejas calientes y comprendió que él estaba plenamente consciente de lo que implicaba su deseo.

Quería todo el tiempo que había perdido de vuelta justo en el punto donde su amor la acurrucaba felizmente en una esfera de seguridad y dicha. Se sintió tan afortunada de sentir que sus conflictos se habían disuelto más fácil de lo que, supuso, sería combatir con la terquedad de él.

No tuvo que esperarlo por mucho tiempo, una vez de vuelta pudo observar la maleta que se dejaba conducir con las pequeñas ruedas. Admitía a lo interno que se encontraba un poco sorprendida, después de todo, ya se imaginaba intentando persuadirlo para quedarse unos días. A pesar de lo feliz que se encontraba con la idea, la hizo pensar en que no había confirmado que fuese más de un día su resolución y, si lo era, eso significaba que tendría trabajo por hacer. Le preocupaba que viajara diariamente desgastándose, Zeldris era una persona responsable, su compromiso como presidente no debía verse afectado por el capricho de querer acapararlo.

-¿Te quedarás más de esta noche? -ella se atrevió a preguntar con ligeros tintes rosas en sus mejillas pálidas. Ciertamente no había confirmado esa cuestión.

Su cabello negro casi rebelde, casi ordenado se movió cuando asintió.

-Permíteme ayudarte con tu trabajo -se aventuró a hablar nuevamente, Gelda quería dejarle en claro que estaría para apoyarlo desde ese momento en adelante.

Para su sorpresa él la miró antes de responderle. Su rostro apuesto reflejó un cierto brillo de diversión. Cuando habló no dejó de demostrar su seguridad, como si de una travesura adelantada se tratase.

-Eso ya lo resolví -sus ojos adquirieron satisfacción, una que a ella terminó por robarle el aliento- sabía que ignorarías tu condición y correrías a ayudarme.

-¡Pero es demasiado para una sola persona! -manifestó preocupada, en su cabeza los engranajes del pensamiento le decían que él se había esforzado de más.

Zeldris negó con ligereza perdiendo su jovialidad anterior- es lo menos que puedo hacer por ti.

-Al contario, lo menos que puede hacer es no volver a desgastarte -le indicó en un tono sutil de regaño, había pausado su marcha para rozar su rostro con su mano- prométemelo.

Él suspiro, pero después de unos segundos asintió. Para alguien del linaje del señor Demonio, incluso tratándose de Estarossa, quedarse una o dos noches despiertos era común, ya sea por insomnio producto de los estragos mentales o conjeturas de motivos para seguir. Quedarse por estar al lado de la mujer que en ese momento lo observaba preocupada, suponía la mayor satisfacción que Zeldris pudo encontrar en las noches de trabajo. Reemplazó miedos y angustias por anhelo.

Reanudaron su caminata, o por lo menos fue así hasta llegar a la habitación de Gelda, en cuanto dio indicios de adentrarse, él retrocedió algunos pasos por mero respeto. El cabello de Gelda cubrió su sonrisa, pero no silenció su comentario.

-Pensé que dormirías aquí.

En su inocencia Zeldris preguntó- ¿Pero esta habitación no es más cómoda para ti?

-Pensé que dormirías aquí -repitió ella- conmigo.

-Ah… ¡¿Ah?! -la voz exaltada de él produjo en Gelda una risa que no pudo controlar, tapó su boca con su mano intentando controlarse, pero era difícil considerando los veinte tonos ascendentes de rojo que experimento el rostro del pelinegro.

-¿No es así? -preguntó después de calmarse- suelo… pensar en los pocos días de residencia en el departamento de Estarossa. Pude dormir bien gracias a ti.

-Estás convaleciente.

-No estoy al borde de la muerte -replicó ella elocuente- no vas a incomodarme.

Hubo un intercambio de miradas, pero después de ese momento Zeldris se quedó sin objeciones. No es que compartir su habitación y dormir con ella en el sentido real de la palabra suponían un esfuerzo sobrehumano para él, era todo lo contrario, pero su inexperiencia lo llevaba al nerviosismo. A pesar de haberlo hecho con anterioridad, después de su separación sería difícil concebir el sueño pensando en lo perfecto que le parecía su rostro bañado en luz de luna o lo cómoda que resultaba, abrigarse a su lado con las sábanas y tener el calor de ella en él. Todo eso llenaba su mente en el momento que puso un pie en la habitación.

A pesar de no tener la presencia de Izraf, la habitación no poseía una fachada renovada que eliminara su aspecto de confinamiento. Desde las largas y gruesas cortinas oscuras hasta las paredes de revestimiento. Zeldris no se consideraba una persona indiscreta, por lo que no miró más de lo necesario.

Gelda lo condujo hasta el baño interno de la habitación indicándole todos los implementos que esta tenía a su disposición, sin embargo él se negó a usarlo alegando que ella lo necesitaría, así que después del intercambio de opiniones llamaron a las sirvientas para ayudarla con su baño mientras él tomaba el suyo en otra habitación. El agua cálida abrazó su cuerpo apoyado en la pared, lo adormeció recordándole el cansancio que momentos antes había sido motivo de orgullo. No deseaba salir tan pronto, pero era consciente que, de permanecer en el lugar, terminaría dormido.

Cambiarse le fue mucho más rápido, escogió vestir un suéter azul oscuro manga larga con un pantalón negro de bolsillos que llegaba a la altura de sus tobillos. Regresó a la habitación descubriendo que no se encontraban las sirvientas, Gelda se encontraba sentada en la cama con la sábana cubriéndole las piernas, su pulgar derecho se deslizaba por la pantalla de su teléfono mientras reía de alguna ocurrencia que veía en él.

-bajaré a tomar agua, ¿Necesitas que te traiga algo? – consultó Zeldris para captar su atención.

-No, gracias -ella sonrió antes de seguir revisando lo que sea que la tenía entretenida.

Después de beber el líquido que lo hizo conducirse a la cocina donde sintió algunos ojos curiosos, pero no lo suficientemente discretos como para ocultarse, volvió encontrando a Gelda acostada; el teléfono estaba depositado en la mesita de noche. Al verlo de pie en el umbral de la puerta ella palmeó el espacio a su lado con una sonrisa.

Si Zeldris pudiese describir la sensación que lo embargó al apagar las luces y ver la silueta femenina esperándolo seguramente se traduciría como dicha, no por un logro personal, no por obtener algo material deseado; ese sentimiento trascendía un plano distinto, lo llenaba de una forma que no podría ser completada si no fuese por medio de Gelda. Como el niño carente de afecto que alguna vez fue, intentó por todos los medios no estremecerse cuando llegó hasta el lateral de la cama y la mano femenina lo arrastró al calor dentro de las sábanas.

Se encontró sedado, aturdido entre las caricias calmadas y reconfortantes que ella le dio al estar acostado. Le costó recordar que era Gelda la que necesitaba descansar cómodamente y no él, porque en esos momento de letargo se sintió afortunado, amado, tranquilo; en una extraña sensación de paz que solo lograba experimentar siempre que estuviese ella de por medio. En lo poco que duró antes de atrapar sus manos y dejar que se acomodase a su gusto, olvidó el pasado y pensó genuinamente ilusionado en el futuro. A Zeldris le hizo gracia lo cambiado que estaba si empezaba a contar desde que se conocieron, cuando el recelo gobernaba sus pensamientos y cada paso que daba ya estaba planeado con antelación.

La mujer que logró su abismal "metamorfosis" no demoró en quedarse dormida, antes parecía agotada por lo que dedujo que la posición que encontró le resultó cómoda. Él también se sintió vencido, sin embargo, antes de que los días sin dormir pasaran factura acercó su boca despacio a la frente de Gelda, depositando un beso involuntario, pero cargado de sentimientos. No fue una acción pensada, pero después de cometerla solo pudo convencerse más de lo irreconocible que estaba y, por sobre todas las cosas, lo cómodo que se sentía al respecto. Quería ser el hombre enamorado de una mujer que correspondía sus sentimientos, solo eso.

El sueño lo abrazó.

Su reloj biológico acostumbrado a levantarlo temprano no le falló a pesar de haber encontrado refugio en el calor de Gelda. A penas aparecieron los primeros vestigios de la luz solar abrió los ojos, le costó ubicarse, pero después de observar a la mujer que dormía sin ninguna pizca de estar afectada por sus movimientos recordó los sucesos del día anterior. Involuntariamente sus labios se estiraron en una sonrisa tranquila, sus manos picaban por rozar la piel suave de su mejilla y por unos segundos dudó en levantarse.

Cuando se incorporó revisó su teléfono, en la bandeja se alcanzaba a ver algunas notificaciones del equipo de "Los Mandamientos", noticias en general del movimiento de otras empresas y, por supuesto, mensajes de su hermano. Estarossa le había escrito alrededor de las 2 de la mañana para mencionarle que finalizó las asignaciones propias del cargo que ostentaba, obviamente preguntó entre líneas el estado de Gelda y no dudó en burlarse sutilmente del "romance enternecedor" que tenían. Le respondió los mensajes laborales haciéndose el desentendido con el resto de sus palabras.

Apagó la pantalla del teléfono observando su reflejo levemente iluminado. No había notado que el tiempo había transcurrido en lo que leía los mensajes y, en vez de tintes azulado, el cielo estaba teñido de líneas amarillas. Movió un poco más las cortinas para dejarse embelesar por la belleza natural del amanecer, muy pocas veces se sentía tan tranquilo como para admirarla. No se quedó el tiempo suficiente para considerarlo un retraso, solo un par de minutos antes de tomar sus pertenencias para tomar un baño en la habitación más cercana ya que, el sonido de la ducha podría despertar a Gelda.

El baño demoró lo justo, logró desperezarlo y darle esa sensación agradable de frescura que le gustaba experimentar. Su ropa no llevaba un patrón distinto a lo que estaba acostumbrado, un suéter rojo manga larga y un pantalón a la altura del tobillo; le gustaba estar cómodo si no requería mostrarse ante más público.

Ingresó a eso de las siete a la habitación para dejar su maleta nuevamente en el sitio que ocupó en la noche. Con el mínimo de ruido posible, el sueño profundo de Gelda era una señal positiva de su descanso. Buscó en la mesita de noche la prescripción de los medicamentos en caso de que algunas de las medicinas concordaran con la hora, pero para fortuna del sueño reparador de ella no tendría que iniciar su control hasta pasada las nueve. Sin embargo, le pareció prudente consultar su horario de comidas, si ella estaba acostumbrada a desayunar temprano tendría que levantarla aunque no le gustase la idea.

A pesar de tener todo un cuerpo de sirvientas para tales labores, quería ser él quien la viera abrir los ojos.

Cerró la puerta con el mayor cuidado posible notando al girarse que la servidumbre ya estaba rondando los pasillos limpiando las minúsculas motas de polvo que él no apreciaba, las más jóvenes del servicio a penas y le dirigieron una mirada nerviosas, seguramente debían tener conocimiento de su fama y lo peligroso que resultaba hacerlo irritar. Después de un corto saludo protocolar regresaban a su labor.

-¿Buenos días, desea desayunar? -consultó una de las sirvientas de la planta baja al verlo, se encontraba al pie de la escalera.

-Aún no, quería saber el horario de las comidas de Gelda.

La joven asintió- su desayuno regularmente es a las siete y media, el almuerzo se toma alrededor de las doce y la cena a las cinco con diez.

-Bien, ¿Toma el desayuno en el comedor?

-En la última semana es llevado a su habitación.

-Dénmelo cuando esté listo -puntualizó, su tono de voz grave casi sonaba advertencia. No era propio de él ser más "amable".

La sirvienta lo miró dubitativa, pero terminó por aceptar en cuanto Zeldris fijó sus ojos en ella. Al verlo salir no pudo evitar compararlo con Estarossa, el menor de los hijos del sr. Demonio le hacía honor al linaje familiar, por el contrario de su hermano coqueto haciendo gala de su comportamiento sociable para encantarles a todas ellas y que le permitiesen más libertades. Inevitablemente sus pensamientos surcaron la línea peligrosa que ningún trabajador debía pasar, ¿Por qué le gustaba alguien como él a la señorita Gelda? La noche anterior toda la servidumbre fue capaz de comprobar que la dueña de la casa no solo había mejorado en estado de ánimo, sino que le permitió dormir en su habitación. Tal vez fue el hecho de estar desde un ángulo donde no se alcanzó a ver los gestos de él.

Quizás Gelda conocía su lado bueno, uno que, pudo comprobar de primera mano, no le mostraría a nadie más.

Notificó a los cocineros por el desayuno de ambos y se quedó para ayudar a acomodarlo en la bandeja. Tostadas de queso fundido, frutas picadas, mermelada de melocotón y jugo. Solo cuando estaba en perfecta presentación le permitieron a Zeldris tomarlo, quien agradeció con su tono usual conduciéndose fuera de la estancia.

Caminar con la comida no fue un reto para él, después de todo ya estaba acostumbrado a cargar peso sobre sus manos constantemente, moviéndose del trabajo a la casa con numerosos documentos. Balanceó la bandeja para abrir la puerta con la mano cuidando el contenido recelosamente, la habitación seguía tal como él la había dejado.

Dejó el contenido sobre la cama dado que tenía suficiente espacio sin llegar siquiera a la silueta de Gelda, quien permanecía descansando dentro de las sábanas que resguardaban su calor; decir que se le hizo cómodo levantarla luciendo tan a gusto sería una mentira. Contempló por un largo tiempo su rostro apoyado en la almohada, parcialmente oculto por su hermoso cabello lacio.

Sintió el paso de su saliva cuando tragó nervioso, involuntariamente miró su boca por más tiempo del que deseó en su rango de prudencia.

-Es tiempo de levantarte -murmuró incómodo, despertar a las personas delicadamente no era lo suyo. Con Estarossa el recurso del vaso de agua fría era suficiente.

Como había predicho ella no mostró signos de despertar.

-Gelda, debes desayunar -levantó un poco más la voz, pero eso tampoco funcionó.

Suspiró llevando su mano a su cabello en un claro signo de exasperación.

-Gelda, levántate -aunado a su tono contundente se le sumó que la moviera balanceando su cuerpo con el agarre en su hombro.

Ella se removió algo adormilada, sin embargo, seguía sin abrir los ojos.

-El desayuno se enfriará -siguió agitándola, consiguiendo finalmente que despertara.

-¿Q-qué sucede? -murmuró a penas consiente, sus ojos buscaron adaptarse a la luz parpadeando repetidas veces. Después de conseguir ver sin molestias enfocó su vista en Zeldris, parecía incómodo.

Gelda le sonrió con dulzura fascinada de verlo como primera imagen clara en su despertar. El gesto que no pasó desapercibido consiguió que él se dejara impregnar se su humor secundando su sonrisa con mayor prudencia, a penas un pequeño estiramiento de sus labios.

-Tienes que desayunar -consiguió comentar Zeldris rompiendo con la extraña magia envolvente del momento.

-Buenos días para ti también -respondió con broma Gelda. Una vez incorporada se dirigió al baño donde remojó su rostro y cepilló sus dientes.

Al regresar encontró los alimentos acomodados de modo que podría tomarlos si deseaba quedarse al borde de la cama. Sonrió con genuina alegría, se sentía dichosa de tener el privilegio de compartir el momento con la persona que sus ojos veían rebosantes de amor, la misma que le devolvió la mirada después de sentirse observado.

-¿Qué sucede? -consultó él pensando que sucedía algo malo.

-Nada en realidad -comentó ella en respuesta- solo pensaba en lo afortunada que me considero de poder levantarme y verte.

Zeldris no le mantuvo la vista después de escucharla, desvió su mirada a cualquier otro punto que lo distrajera lo suficiente para olvidar el calor que amenazaba con quemarle el rostro. Gelda no dijo nada más, dejó que sus pasos la llevaran de vuelta a la comodidad de su espaciosa cama, sentándose al lado de Zeldris. Ambos tomaron tostadas sin ceremonia disfrutando del primer bocado que parecía derretirse al contacto con la lengua.

-No dejan de parecerme deliciosas a pesar de comerlas en numerosas ocasiones -aseguró ella- ¿Te gustan?

-No están mal.

-Una respuesta parcial -musitó ella agregándole un toque divertido en la forma de pronunciar las palabras- vas a decepcionar a mis cocineros.

Zeldris torció su boca en una sonrisa engreída- puedes no decirles, te ahorrarías su sufrimiento.

Escuchó la encantadora risa femenina ante su elocuente comentario. Se encontró seducido por el sonido e involuntariamente emitió una pequeña risa que detuvo la de ella.

-Me alegra encontrarte de buen ánimo -manifestó Gelda- me he enamorado de tu risa, ahora tendré que provocar más momentos como este si quiero volver a escucharla.

-Buena suerte con ello -respondió Zeldris sin mirarla, pero plenamente convencido que nunca llegaría a adquirir la misma franqueza que poseía su acompañante- todo un reto.

-No debe ser de otro modo, las victorias ante los retos son más gratificante que una que no posea obstáculos -puntualizó convencida.

A diferencia de la ocasión anterior, él le sostuvo la mirada sonriendo sin una pizca de malicia, solo era una extensión de su honestidad. Emitió un firme "lo sé" que dio por sentado su comprensión, después de todo, su relación siempre sería su primer ejemplo. Llegar hasta ese momento, desayunando a su lado, supuso el sacrificio de más de lo que estuvo dispuesto por cualquier otra meta personal.

Gelda se sonrojó presa de los sentimientos de felicidad que la abordaron al verlo hablar con tanta determinación, sus ojos nerviosos viajaron desde su oscuro cabello hasta su boca. Abrumada intentó serenarse, apresurar algo que él no desease solo haría retroceder lo que había vuelto a construir. Sin embargo, contra sus pensamientos negativos, Zeldris apoyó su mano en su mejilla permitiendo que le mensaje se transmitiera a través de su gesto y mirada igual de ansiosa que la que ella, seguramente, tenía.

El beso llegó como caricia suave de reconocimiento.