Episodio 10: Troubled Times

Desde la oscuridad de su habitación en la casa de los Fernández, Simon miró melancólico el amanecer, ya había pasado una semana desde la fatídica noche y le habían dado el alta esa misma madrugada en el hospital, pero sus heridas aún dolían, especialmente la que le hizo aquel joven vampiro, que cruzaba su torso de parte a parte. Le costaba creer todo lo que había sucedido. Aún una semana después, tenía la sensación de haber vivido una larga e inescapable pesadilla.

En la cama de al lado Erik dormía plácidamente, tomándose un merecido descanso después de toda una semana en vela, cuidándole y vigilando constantemente su estado, mientras que en la habitación contigua sentía moverse a Luis, que tras la discusión con Esther había caído en una profunda depresión y apenas hacía nada que no fuera estar sentado con la cabeza gacha y, ocasionalmente, comer o beber un poco de lo que fuera; preocupado, el muchacho no pudo evitar preguntarse si había llegado a pegar ojo.

Súbitamente la puerta principal se abrió, y pudo escuchar los susurros de Juan y Adela, audibles pero ininteligibles, aunque por el tono podía distinguir que se trataba de algo serio; le sorprendía que hubieran resistido el golpe con tanta entereza, y no pudo evitar acordarse del comentario que le hizo Erik poco antes de salir del hospital, diciéndole que con todo lo que habían pasado era normal que fueran fuertes.

Pero él no tenía ni idea del pasado del matrimonio Fernández, lo único que sabía es que en el lado derecho de la chimenea quedaba la marca de un blasón que parecía haber sido arrancado por la fuerza, y poco más.

Se encontraba en estas cavilaciones cuando la puerta de la habitación se abrió, apareciendo Adela en el umbral con aspecto triste y cansado, pero sonriente y, sorprendentemente y al igual que Juanjo, no le culpaba de lo sucedido.

- ¡Ah! – Exclamó sorprendida - ¿Estás despierto?

Simon asintió con la cabeza.

- Sigo sin poder pegar ojo – contestó con tristeza.

- ¿Qué tal las heridas?

- Duelen, algunas más que otras, pero… - Simon suspiró - ¿Qué tal va la investigación?

- Avanza – respondió Adela – lentamente, pero se van sabiendo más cosas.

Se sucedió una incómoda pausa, Simon no sabía qué decir, se sentía fatal por lo sucedido por más que los demás intentaran quitarle hierro, finalmente, el silencio se rompió cuando su hermano despertó, miró con los ojos medio cerrados a los presentes y levantó la mano ligeramente para saludar.

- Voy a preparar café – articuló ella finalmente - ¿Queréis una taza?

El muchacho asintió, mientras que Erik respondió con un sonoro bostezo que venía a significar algo así como "sí por favor". Cuando la mujer se fue, cerrando la puerta tras de sí, los dos hermanos cruzaron sus miradas.

- ¿Tú no deberías estar durmiendo? – preguntó Erik con voz soñolienta.

- Lo mismo te digo – le contestó su hermano – llevas toda una semana sin pegar ojo, no creo que con las tres horas escasas que llevas roncando hayas podido descansar suficiente.

El pelirrojo se estiró, desperezándose.

- ¡Es que yo soy un portento, hermanito!

Simon sonrió tristemente

- Me pregunto si no será verdad que realmente soy un inútil…

Erik se levantó de un salto de la cama y empezó a vestirse, calzándose unos pantalones vaqueros azules bastante descoloridos.

- ¡Bah! No le des más vueltas – aconsejó despreocupadamente a su hermano – hiciste lo que pudiste… - en un momento se había calzado también una camiseta de tirantas negra y unas deportivas de color marrón oscuro – Venga, vamos a desayunar.

Simon se vistió con desgana y salieron de la habitación; antes de desayunar, Erik se retrasó un poco para llamar a la puerta del cuarto de Luis, decirle que dejara de "rumiar su desgracia" y de camino que saliera a desayunar. Cuando los dos hermanos llegaron al salón, el olor del café recién hecho pareció devolver un poco los ánimos al menor, segundos después apareció Luis, ojeroso y sombrío, se sentó al lado de Erik y volvió a agachar la cabeza, mirando su taza de café con leche con dos cucharadas de azúcar, como a él le gustaba; pasaron un par de minutos antes de que su compañero de armas le diera una potente palmada en el hombro.

- ¿Te vas a animar o qué? – Preguntó con una mezcla de simpatía y disgusto - ¡Pareces un alma en pena, tío!

Una tímida sonrisa afloró en el rostro del Fernández, que levantó la taza y bebió un sorbo de café, ganando un poco de luz en su expresión.

- ¿Cómo va la investigación? – Se animó a preguntar al final - ¿Os ha enviado la hermandad algún dato importante?

Juanjo, que estaba terminando de masticar un trozo de tostada, tragó y, con el semblante serio, informó en voz alta.

- Apenas tenemos nada – admitió – un aumento de la actividad vampírica en toda Europa, lugares de poder con excesiva actividad paranormal y algunas conjeturas.

- ¿Conjeturas? – volvió a preguntar Luis con el ceño fruncido.

- Si… - contestó Adela – pero por el momento no es nada importante, no os preocupéis.

Después de esto Simon pidió a los Fernández que le explicaran con detalle el tema de la actividad vampírica, con el pálpito de que podía ser un dato importante; la conversación se prolongó hasta más o menos las ocho de la mañana y, cuando ya estaban recogiendo la mesa, sonó el teléfono móvil de Luis, que corrió a la mesa donde lo dejó la noche anterior cuando llegaron y miró la pantalla.

- ¿La casa de Esther? – se preguntó en voz baja.

Al oír esto todos guardaron silencio; descolgó y se pegó el móvil a la oreja.

- ¿Sí?... sí, soy yo… si, yo también estoy encantado de oírlos… ¿Qué? ¿Que si está conmigo? Eso sería más bien un milagro… no, no la he visto desde hace una semana… ¿Qué? ¿Ustedes tampoco? No es posible… no, después de discutir salió del hospital y no he vuelto a saber nada de ella… no, ni siquiera me ha llamado… bien… siento no poder serles de ayuda… de nada… hasta luego…

Cuando colgó, todos lo miraban, expectantes.

- Luis… ¿No será lo que nos estamos imaginando? – preguntó Simon casi sin querer oír la respuesta.

Éste, con la mano en la barbilla y un evidente gesto de preocupación, seguía mirando atónito la pantalla del teléfono.

- No se sabe nada de ella desde la noche en que discutimos – comentó, blanco como el papel.

- Es broma ¿Verdad? – preguntó su madre con una sonrisa de incredulidad en la cara.

- No – respondió su hijo, negando con la cabeza – Se notaría si estuvieran mintiendo o la estuvieran tapando. Esto es serio – inmediatamente se adentró en su habitación y empezó a revolver su armario, de él sacó unos pantalones de pinza de color gris oscuro y una camisa a rayas azules verticales.

- Un momento – le detuvo su padre - ¿A dónde crees que vas?

- A buscarla – contestó Luis rotundamente mientras se abrochaba los pantalones.

- ¿Ya te has olvidado de lo de la otra noche? – le dijo Erik con gesto severo - ¡Que la jodan!

- Yo aún la amo – le contestó, más preocupado por abrocharse los botones de la camisa que de enfadarse con él – y me preocupa, Esther es una chica muy casera, y después de nuestras peleas siempre se va con sus padres, esto es muy raro…

Según Luis terminaba de hablar, sonó el timbre, Adela corrió a abrir, pero no encontró a nadie, sólo un sobre sellado con cera en el rellano; lo cogió y lo observó con detenimiento: el sello era de un color rojo amarronado y estaba compuesto de una estrella de David con una B que se cruzaba con algunas líneas.

- ¿Una carta de los Belnades? – se preguntó mientras la abría.

Juanjo, al oírla, se apresuró a colocarse a su lado y la leyeron juntos, según lo hacían iban palideciendo progresivamente y, cuando terminaron, el hombre se aproximó a su hijo y se la entregó.

- Lee – le ordenó con un hilo de voz – va dirigida a ti.

Luis, intrigado, cogió la carta y la leyó en voz alta.

- "Hola Luis Rafael Belnades.

Generalmente no escribiría a alguien indigno de nuestro apellido como eres tú, pero tengo algo que quieres. Por si no te acuerdas de mí, te diré que mi nombre es Kasa, y que nos vimos, tal día como hoy, hace 3 años, en un encuentro en el que me arrebataste algo que no podré recuperar jamás. Sé que lo que está en mi poder te interesa, y que harás lo que sea por recuperarlo, así que te espero en el antro vampírico que hay al lado del puerto. Me da igual si vienes sólo o no, de todas formas tú eres el único al que quiero ver.

PS: Por si crees que voy de farol, te adjunto algo que te convencerá de lo contrario"

Pegado con celo al papel estaba un anillo de plata con rubíes y diamantes incrustados que reconoció como el que había regalado a Esther en su primer aniversario, con una inscripción en el reverso. Cuando lo arrancó y comprobó que, en efecto, era real, empezó a temblar de furia; con el rostro desencajado por la ira, apretó el papel hasta romperlo en sus manos y su cuerpo empezó a emitir descargas eléctricas que destrozaban su ropa. "Furioso" no bastaba para definir cómo se sentía en aquel momento.

Kasa Belnades… iba a encontrarlo como fuera.

Y cuando lo hiciera, lo mataría sin ninguna contemplación.