Capítulo 12
Jean llegó afortunadamente a casa sana y salva a eso de las 21:45. Después de cerrar con llave la espantosa puerta que emitía ese fuerte rechinido ya se sintió relajada. En el fondo sabía que estaba insegura pues Logan también tenía una copia de las llaves, ya que es el casero. Desde aquel horroroso episodio, nunca más había regresado y supuso que desde que Scott lo golpeó menos aún lo haría. Se acordó de Scott. Se siente tan a gusto conversando con él y compartiéndole anécdotas y parte de su vida, al mismo tiempo que él también le cuenta cosas. Siente que aún tiene que descubrir más de él y quiere hacerlo. A su lado el tiempo parece volar y tiene la necesidad de comprobar algo: si él es realmente su amor verdadero. La visión que tuvo eso le manifestó. Tal vez para ambos sería cuestión de dejar el miedo de lado y atreverse a decir lo que sienten el uno por el otro.
En la comisaría al día siguiente algo mantenía preocupado a Scott. Era el hecho de que se acercaba el 1 de abril y Logan iría a cobrarle la renta a Jean. No podía dejar de sospechar que ese tipo tomaría represalias. Recordó cuando la amenazó ese día. El solo hecho de pensar que podría tocarla y hacerle daño de nuevo le hacía apretar los puños.
Aquel día no se presentó ningún caso que requiriera trabajar sobre él lo que lo hacía tener tiempo libre para pensar más en el futuro de Jean. Estaba sentado en su despacho cumpliendo su turno mientras las horas pasaban y sus compañeros al igual que otros oficiales ya se habían retirado. En su despacho entró Hank.
—Scott. La mayoría ya se han ido y tú sigues aquí.
—Pero mi horario de trabajo es hasta las tres de la tarde.
—Sabes que no hay nada para hacer. ¿Por qué no te tomas el resto del día libre? Te doy mi permiso.
— ¿Y tú que harás?
—También estoy de salida. Tengo que reunirme con autoridades políticas en un acto para coordinar y firmar algunos asuntos de organización policial. Que esto quede entre nosotros—dijo murmurando—: El decreto del Gobernador ascenderá a algunos de ustedes pasado mañana. Ojalá fuesen tú y el oficial Patterson. Bueno, te dejo.
—Adiós, Hank.
—Adiós, Scott. Disfruta el resto del día.
Scott hizo caso, tomó su abrigo, su bastón y se marchó a casa. Hoy también podría sacar a pasear a Jax.
Cuando ya percibió con sus pies la vereda del frente de su casa comenzó a hurgar sus bolsillos en busca de las llaves y se dirigió a abrir la puerta. Entró, se puso ropa cómoda y puso algo de música y se sentó en su sofá. La música lo relajaba.
De pronto oyó unos golpes en la puerta. Apagó la música. ¿Quién podría ser? Él nunca tenía visitas. Se dirigió a la puerta y la abrió. Su sorpresa fue agradable al escuchar su voz.
—Hola, Scott.
—Jean, ¿qué haces aquí?—preguntó sorprendido.
—Vine a visitarte y te traje una tarta de manzanas.
— ¿En serio? Gracias. No tenías que haberte molestado. Adelante, pasa.
—Lindas pantuflas—dijo ella conteniendo la risa.
—Gracias.
—Permiso.
—Siéntete como en casa.
Jean se adentró contemplando el interior de su casa. Emocionada vio que sí tenía televisor, frente a un sofá a la izquierda y a la derecha, una sencilla cocina comedor. Se dirigió a la mesa y puso la tarta sobre esta.
— ¿No vas a venir a saludarme?
Sonrió al verlo acercarse. Se contuvo de reír ya que en pijama lucía un aspecto adorable. Iba vestido de uno de rayas azules con blancas. Lo que más gracia le daba eran sus pantuflas pues eran grises y tenían bordada una bicicleta en negro cada una. Él notó que ella se reía contra sus labios y no pudo evitar preguntar:
— ¿Qué pasa? ¿Por qué te ríes de mi saludo?
—Es que tus pantuflas son muy chistosas—dijo tentada.
—Ah, sí.
Descendió sus manos y las colocó en su cintura para hacerle cosquillas.
—No, Scott. Por favor, no—dijo riendo.
—Así que eres cosquillosa...
Él jugaba haciéndole cosquillas y ella se removía hasta que sin querer rozó su busto.
— ¡Ey! Me tocaste…
—Yo...—se sonrojó.
—Es broma. Ven, disfrutemos esta tarta.
Scott se limitó a sacar los platos y cubiertos con la colaboración de Jean.
—Esto está delicioso. Cocinas muy bien.
—Gracias.
— ¿Por qué te causan gracia mis pantuflas?
—Porque tienen una bicicleta.
—A eso. No las recordaba. Me gustaba andar en bici.
—A mí también me gustaba.
— ¿Tenías amigas o novio en tu ciudad?
—Sabes que yo tampoco tenía una mejor amiga. Solo tuve un novio pero no funcionó. Mi mejor amiga era mi hermana.
—Debes extrañarla mucho.
—No tienes idea.
Ella acercó su mano y la entrelazaron sobre la mesa.
— ¿Y tú Scott, alguna novia?
—Estuve casado.
— ¿Y qué paso?—preguntó sorprendida.
—Me dejó.
— ¿Por qué?
Se debatió en si contarle o no. Este era el momento que tanto había esperado para saber qué era él para Jean.
—Nos divorciamos porque para ella yo no era más que un ciego inútil.
— ¿Ella te pidió el divorcio por eso?
—Sí.
— ¿Cómo se llamaba?
—Emma.
—Pues déjame decirte que esa tal Emma no sabe el maravilloso hombre que perdió.
—Gracias, Jean.
—Es en serio. Lo digo en serio.
Su corazón martilleaba de felicidad al oír esas palabras. ¿Eso significaba él para Jean? No podía creerlo.
—Ven. Quiero mostrarte una cosa—pidió.
La condujo tomándola de la mano hasta un montón de portarretratos.
— ¿Me mostrarás a tu familia, Scott?
—Sí. Levanta la que quieras, descríbela y te diré quién es.
Tomó una que supuso serían sus padres.
—Supongo que estos son tus padres. Él es alto, casi como tú y ella, es muy linda. Luce un vestido amarillo.
—Sí. Eran mis padres, Christopher y Katherine Summers.
—Y este niño sostiene una pelota, ¿eres tú?
—No. Es mi hermano Alex. No recuerdo mucho de él.
—Acá hay un señor mayor también casi tan alto como tú y algo parecido. ¿Quién es?
—Es mi tío Dylan, hermano de mi papá. Él me cuidó cuando quedé sin padres y sin hermano hasta el final de sus días. Falleció hace cinco años.
—Lo siento... Y aquí está este otro niño. Está vestido con un traje de marinero. ¿Eres tú, Scott?
—Sí. Esa foto siempre me avergonzó.
—Para mí, luces adorable. ¡Qué guapo!—exclamó luego tomando la última foto del modular—. Supongo que este eras tú de adolescente.
—Sí, gracias.
—Eras realmente muy guapo—dijo observándolo para ver qué expresión ponía.
— ¿No lo soy aún?
—Sí, claro. Gracias por mostrarme a tu familia.
Entonces se percató del televisor a la derecha de las fotos.
— ¿Vemos la tele?
—No me gusta no poder ver, Jean.
—Anda, conmigo si te gustará.
—Está bien.
