Disclaimer: los personajes de Twilight le pertenecen a Stephenie Meyer. La autora de esta historia es LyricalKris, yo solo traduzco con su permiso.


Capítulo 14

En la suave luz de la mañana, Edward simplemente observaba. Estaba acostado de lado, sus ojos recorriendo la espalda de Bella que se encontraba sobre su estómago a su lado. Qué diferente a la mujer que había estado en su cama hace unos días—tímida y nerviosa. Por mucho que le hacía doler el corazón ver su dolor, el miedo al rechazo, había sido nuevo verla aterrada de algo. Pero con el pasar de los días, no le llevó mucho tiempo encontrar el ritmo.

Ella estaba llena de fuego, pasión, vida. Él no sabía cómo lo hacía—vivir cada día de su vida en el momento, robando felicidad donde podía encontrarla a pesar de lo que sea que estuviera pasando. Anoche, ella había tenido una discusión con Liam, quién había interrumpido su conversación con su hija cuando el tema había cambiado a uno que a él no le gustó. Ella estuvo tan frustrada y furiosa, y aún así tres horas después, estaban jugando el juego de los amantes en su cama. Estaban luchando, y ella lo había acorralado, ubicándose sobre su regazo con un grito triunfal. Ella era una diosa—sus firmes pezones en busca de atención, sus mejillas rojas, una gran y hermosa sonrisa, cabello salvaje, sus ojos tan brillantes.

Edward rememoró el momento en su cabeza ahora que veía el subir y bajar de sus hombros. Recordó la forma en que sus ojos habían brillado en la luz tenue, cómo su gran sonrisa se había vuelto cariñosa mientras pasaba sus manos por las mejillas de él. Y al mirarlo, había algo en su expresión que lo dejó sin aliento. Su corazón, tan frío y muerto durante mucho tiempo ya, había comenzado a latir al triple de velocidad. Su cuerpo se había arqueado con la fuerza de lo que acababa de sentir. Se ahogó en ello.

Él le había hecho el amor esa noche. No hubo nada más en el mundo que ellos. Habían hecho el amor el uno al otro. Duro y suave, lento y profundo, hasta que ambos se encontraron jadeantes y exhaustos.

Su esposa. Sintió esa conexión a ella dentro de sus huesos. Resonó en su alma, vibraba dentro de él. Fue como despertarse.

Despertarse siempre era desorientador.

Rozó sus nudillos a lo largo de su pequeña espalda. Él la había besado allí, pasado sus dientes a lo largo de su piel, emocionado por el pequeño jadeo que había provocado. Escucharla emitir esos sonidos, verla volver a la vida bajo sus caricias y disfrutar de la mirada llena de ternura y adoración en sus ojos, un solo pensamiento había pasado por su cabeza.

Estoy contento de no haberme perdido esto.

Su garganta se cerró con ese pensamiento, y algo en lo profundo de su corazón se retorció, convirtiendo en calor lo que él había sentido de hielo. Sus pulmones se contrajeron, como si su caja torácica hubiera comenzado a encogerse, machacando todo en su pecho y colocando una piedra sobre sus hombros.

¿Qué le hacía a esta mujer?

Bella estaba enamorada de él. No necesitaba que se lo contara. Se veía en sus ojos y la forma en que lo tocaba. Era la intimidad que compartían—sus cabezas cerca, suspirando y provocando. Estaba escrito en la forma en que ella se quitaba sus capas y le mostraba sus partes más vulnerables.

Hubo una vez, cuando era un joven tonto, en que había pensado que el amor era suficiente. Que él estaba enamorado de ella era obvio. No entendía como alguien no podía estarlo. Y eso era todo lo que tendría que haber bastado para hacer su historia hermosa.

Pero había una fealdad dentro de él. Como una bilis negra, se esparcía por él, infestando su sangre mientras bombeaba su corazón, envenenando sus pensamientos hacia ella con un susurro despreciable.

Mentiroso, mentiroso, canturreaba.

Ella pensaba que él era una entidad benevolente, una fantasía.

«Siento que eres una persona que imaginé. Todo lo que necesitaba en mi vida», ella había dicho. Él no le había dicho que era todo lo contrario. Él era el que había inventado todo. Hecho, había tenido las mejores intenciones, pero ahora...

Tomando aire profundo estremecedoramente, Edward se dio vuelta, dándole la espalda a ella. Hubo un dolor terrible en su pecho, y tuvo que cerrar los ojos para combatirlo. Era una sensación extraña, como si estuviera por asfixiarse incluso mientras respiraba.

A su lado, Bella se movió. Soltó un pequeño sonido dormido—mitad bostezo, mitad suspiro. La cama crujió y las mantas se apartaron mientras giraba, y segundos después, él sintió su cálido frente contra su espalda. Ella posó un brazo alrededor de él, su mano acariciando una, dos veces perezosamente justo por debajo de su ombligo. Su corazón dolió ante sus caricias. Se retorció aún más mientras ella presionaba besos tiernos por detrás de su cabeza.

—Me gusta esto —dijo ella con voz ronca, medio dormida, cerca de su oído—. Eres la única persona con la que he sido yo misma.

Ella suspiró, acariciando su cuello con la nariz, y su respiración volvió a nivelarse. Él no creía que ella estuvo del todo despierta. A pesar de la fatiga que lo aplastaba como una manta sobre todo su cuerpo, Edward no durmió. Se quedó despierto, observando la pared.

~0~

Marcus era un bastardo fastidioso. Él le había enviado un mensaje a Edward indicando que se había olvidado de responder una pregunta. Él había pedido que detallara cualquier problema de salud mental que haya sufrido él o si la familia tenía algún historial de ello.

Edward rozó su dedo por la pantalla, cubriendo las palabras que había leído una y otra vez, pero que no quiso ver:

¿Tú o algún miembro de tu familia inmediata ha intentado suicidarse? ¿Han sido tratados por pensamientos suicidas? Si es así, ¿saben quién querrá hablar sobre ello?

Él podía, pensó, responder honestamente que jamás había intentado suicidarse. Alice y Emmett sabían que él lo había planeado, pero ellos no le dirían al abogado de Liam si, por alguna razón, saliera a flote. No había razón por la que esta información podría ayudar a Marcus con su caso.

La pregunta se incluía en Salud Mental. Él fue honesto al decir que había buscado ayuda psicológica después de la muerte de su esposa e hijo, y que había tomado drogas prescriptas para mitigar la depresión. También fue honesto al decir que ya no tomaba esas drogas.

Él sabía que los papeles lo respaldarían. Él era un adulto funcional. Él vivía solo —o lo había hecho hasta que se casó con Bella— manejaba un negocio, pagaba sus cuentas. Toda la evidencia firme estaba de su lado.

Después de enviar su respuesta, afirmando que nunca había intentado suicidarse, y que tampoco era un problema en su familia, Edward se apoyó sobre sus codos en su escritorio. Agachó la cabeza, enterrando sus palmas en sus ojos.

Hace solo unos días, él había existido en un estado mayormente entumecido. Si alguien le hubiera preguntado por qué —por qué había hecho la lista en primer lugar, por qué metódicamente había elaborado una lista de pros y contras— la mejor respuesta que se le ocurría era que simplemente estaba cansado. Él no veía el punto de su existencia. Podía haber hablado del letargo—cómo moverse era un esfuerzo, las pequeñas cosas como cepillarse los dientes o incluso levantar su cabeza. Él podría haber hablado sobre la muerte que sentía, como si su interior estuviera pudriéndose, infestando todo. Él era como una computadora en modo suspensión—agotando recursos, reducido a un pequeño zumbido en un rincón olvidado del cuarto.

Él le había dicho a Alice que no era miserable. No estaba sufriendo. No estaba agonizando.

No siempre había sido el caso. Perder a Charlotte fue una agonía. No tanto su muerte en realidad, sino el camino que transitaron para llegar allí. Mientras Edward estaba sentado en su escritorio, frotando, frotando, frotando sus ojos, los recuerdos pasaban en su mente, mezclando y fundiendo el viejo dolor con el conflicto que crecía en él. Sus pensamientos daban vueltas en su cabeza.

Mentiroso, mentiroso, mentiroso.

Él le mentía a su esposa. Una mentira por omisión. Una enorme.

Cuéntenos sobre el futuro que ve para usted y su familia.

Su futuro. Su futuro seguía estando en blanco—un vacío sin fin que lo dejaba exhausto de solo contemplar. Pero ya no era si mismo. De alguna forma, él y Bella se habían convertido en una verdadera unidad, y ahora su esposa vivía la mentira que era su existencia.

Pero él nunca le prometió un futuro. Su matrimonio era de conveniencia. Estaba su vida y la vida de ella. Él simplemente estaba ayudando a corregir una equivocación. Que ella lo amara...

Ella amaba una mentira, y merecía saberlo.

¿Por qué lo amaba? ¿Cómo podía? Él le había dicho. Le había dicho sobre cómo le mintió a su primer esposa, cómo había mantenido su silencio. Le había contado cómo algo peligrosamente cercano al odio y furia hacia Charlotte había sembrado raíces en él, cómo había crecido.

Cómo su furia era lo suficientemente grande que había sostenido en sus manos a la forma sin vida de su hijo y no había sentido nada.

Él la amaba.

Él quería...

Edward golpeó su puño en el escritorio. Se enderezó, llevando su cabeza hacia atrás. Inhaló profundo. Había un puño invisible alrededor de su garganta. Arañó su pecho como si pudiera quitar esta cosa que se había instalado en él. ¿Qué era esto? Volvió a encorvarse sobre su escritorio, apoyando los codos, aferrando su cabeza entre sus manos.

Su teléfono sonó. Su mente casi no conectaba el sonido con lo que significaba. Sacó la cosa de su bolsillo, posándolo en su escritorio, observando el rostro de su hermano sonreírle. Todo se sentía lejano y borroso.

Aceptó la llamada y levantó el teléfono hacia su oído. Se sintió como plomo en su mano.

—¿Hola? —dijo más como memoria muscular.

—Oye. Llamaba para recordarte de la cena de esta noche. ¿Traes a Bella?

Edward parpadeó. Todas las palabras estaban en español, pero le llevó varios segundos encontrarle sentido. Cena. Bella. Emmett le había dicho a Edward que bajo ninguna excusa se cancelaba este acuerdo sobre la cena o almuerzo una o dos veces por semana. Por lo que Bella sabía, ellos eran simplemente una familia que se reunía seguido porque disfrutaban la compañía del otro. Él no sentía resentimiento, sabiendo que Bella necesitaba más que él. Ella estaba dolorosamente sola.

Así que, él le dejó creer otra mentira.

Exhaló profundo.

—Cena. Sí. Estaremos allí.

~0~

Ellos habían hecho una comida a la canasta para esa noche. El tema era comida casera. Edward había vuelto temprano a casa de trabajar, y de alguna forma se encontró haciendo algo que no había hecho en mucho tiempo—su propia pasta. Era un proceso meticuloso, y quizás eso era lo que le atraía en el momento. Sus pensamientos eran muy ruidosos.

Se estaba sintiendo más calmado para cuando Bella volvió del trabajo. Tanto que estaba relajado cuando ella deslizó sus brazos alrededor de él por detrás.

—Mmm. ¿Qué haces aquí? Huele muy bien. —Ella apartó una mano, buscando una cuchara que sobresalía de una de las ollas que él tenía en la cocina.

Él atrapó su mano y la devolvió a su cintura.

—Nada de probar.

Ella soltó un sonido de disgusto contra su hombro.

—¿En serio? ¿Qué es esto? Pensé que ibas a cocinar algo carbo-delicioso.

—Hice pasta. —Asintió hacia la pila de pequeñas formas circulares—. Esto es el relleno.

—¿Hiciste tu propia pasta? ¿Por qué estás presumiendo? Vienen en pequeñas cajas por una razón.

—Se supone que hacemos todo a mano.

—No. Una persona normal entiende que haces el relleno a mano. La pasta la descongelas o la hierves, lo que sea que hagas. Sigue contando como hecha a mano.

—Nop. —La miró por encima de su hombro y guiño un ojo—. Eso es hacer trampa.

Ella le sonrió y le lamió la punta de su nariz juguetonamente.

—Presumido. —Ella miró a la cocina—. Entonces, ¿qué será?

—Raviolis de setas.

Ella apoyó su cabeza en su hombro y gruñó.

—Si no me dejas comer un poco ahora, voy a tener que comerte. —Mordisqueó su hombro y luego su cuello.

Se apartó de ella, riéndose.

—¿No tienes algo que cocinar?

—Nop. ¿No estabas escuchando? Tengo algo para comer. —Pasó por su costado, tomando la cuchara—. ¡Nooo! —chilló mientras él la tomaba de la cintura, apartándola de la cocina. Ella se fue con la cuchara en mano, y la llevó a su boca antes que él pudiera quitársela.

—Oh. Oh, mierda. Oh, diablos. Esto es muy bueno. —Gimió, y los ojos de Edward casi rodaron hacia atrás en su cabeza. Con un gruñido feroz, la tomó de la cintura y la subió sobre la encimera, atacando su boca con la suya.

Se apartó solo después de lamer los restos de salsa de sus labios.

—Vamos. Llegaremos tarde si no nos ponemos en marcha.

~0~

Bella había dicho más de una vez mientras cocinaban juntos que era algo peligroso lo que estaban haciendo—confiar en el otro para preparar una comida que no fuera todos postres. El resultado terminó siendo bastante aceptable.

Alice se encargó de los bocados en una muestra artística de queso, carne, fruta y pan. Rosalie se encargó de las bebidas, aportando una selección de cócteles sofisticados junto con una ensalada sabrosa de manzana y peras. Jasper hizo sus famosas tiras de puerco acompañadas con pan de maíz. Bella había hecho dos guarniciones—judías verdes en algún tipo de salsa de alcaparras de limón y calabacín relleno de ricota. El único postre era el de Emmett. Él había hecho el pastel de chocolate fundido más suculento, rico y divino que Edward alguna vez haya llevado a su boca.

—No. No, no, no. —Jasper agitó un tenedor cubierto de chocolate hacia él—. Digo patrañas. Absolutamente patrañas. No hiciste esto.

—¿Qué, hijo de puta? Yo horneo.

—Nop. No. Segundo eso —dijo Edward con un risa.

Las cabezas de Emmett y Alice giraron hacia él, asombrados. Las respuestas de Jasper y Rosalie fueron más sutiles, pero él podía ver que también estaban sorprendidos. Bella frunció el ceño. Ella obviamente no entendía el cambio en el aire; ella no sabría que su familia no había escuchado realmente su risa en quién sabe cuánto tiempo.

Edward agachó la cabeza, aclarándose la garganta.

—Esto sabe sospechosamente al pastel de chocolate fundido del restaurante preferido de papá —dijo Edward, manteniendo su tono ligero y fingiendo que sonreír no era un esfuerzo.

Emmett lo observó por otro segundo antes de esbozar una sonrisa.

—Hago magdalenas deliciosas. —Dio un golpecito en el hombro de su esposa—. Diles, cariño. Cuéntales todo sobre las magdalenas.

Ella arqueó una ceja.

—Vertiste 7Up en la premezcla para pastel. Estuvo delicioso, pero no era lo que todos llamarían casero.

—¡Cariño! —Emmett llevó una mano hacia su corazón—. Se supone que somos un equipo.

Cuando la mesa estuvo limpia, jugaron una partida de Cartas contra la Humanidad—un juego de cartas incómodo simplemente malo. La persona era "eso" cuando era el turno de leer una pregunta o llenar los espacios en blanco de una carta blanca. Otros jugadores elegían la carta negra con la respuesta que creían que la persona "eso" seguramente elegiría. Así que, para Emmett, la estrategia era volverse cada vez más atrevido. Para Jasper, era la respuesta posiblemente con peor moral, etc.

Una hora después, estaban riendo como locos. Era el turno de Edward. Su carta decía, "Próximamente en Dr. Phil: Cómo hablar con tu hijo sobre, espacio en blanco."

—Oh, dios. No... oh, no. —Edward golpeó su cabeza contra la mesa antes de leer la última en voz alta—. Próximamente en Dr. Phil: Cómo hablar con tu hijo sobre... —Suspiró—. El sexo primitivo que tus padres están teniendo ahora mismo.

—¡No! —Alice y Emmett se unieron a su queja.

—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué alguien pondría eso en mi cabeza? Es muy cruel. —Emmett llevó sus manos hacia sus ojos, sacudiendo la cabeza de un lado al otro.

—Ah. Creo que esa gana por el daño hecho por sí sola. —Edward sacudió su cabeza.

Bella sonrió mientras se estiraba para tomar la carta blanca ganadora.

—Oh, digo que es inválido —dijo Alice—. No puedes tomar la carta de tu esposa cada vez que sea tu turno.

Edward colocó su brazo alrededor de Bella, pasando una mano por el cabello de ella mientras le sonreía. Él había tomado su carta cuatro de las últimas cinco veces que había sido su turno, pero no a propósito.

—No es mi culpa que ella sea brillante, Ali. Supéralo.

Mientras se giraba para mirar a su hermana, vio que sus ojos se encontraban en el brazo de él, no en su rostro. Edward se percató demasiado tarde que el movimiento era íntimo. La sonrisa de su hermana era cegadora.

En efecto, mientras la noche llegaba a su fin, Alice lo tomó de la mano, deteniéndolo antes de entrar al coche.

—¿Las cosas son diferentes ahora? ¿Con Bella? —preguntó. Sus palabras se arrastraban un poco. Ellos habían estado bebiendo, aunque Bella se detuvo horas atrás así se encontraba lo suficientemente sobria para llevarlos a casa.

Edward suspiró.

—Alice.

Ella sacudió su cabeza, su sonrisa enorme y sus ojos brillosos.

—Está bien. No me cuentes. —Rio; una sonrisa llena de felicidad; y lo abrazó fuertemente—. Estás bien. Estás mejor. Esa es la parte más importante.

Mejor.

En las pocas horas antes del amanecer, Edward seguía despierto. Estaba medio borracho cuando llegaron a casa y, mientras la noche sumía al mundo en silencio, se emborrachó aún más. Él no había tenido un trago en horas ahora, pero no importaba. Había estado solo con sus pensamientos, sus recuerdos, su culpa.

Él había sabido, por supuesto, que su plan lastimaría a su familia, pero ese conocimiento había parecido estar muy lejos de lo que él sentía en ese momento. Ver la alegría de Alice ante la idea de que estuviera mejor —mentiroso, mentiroso, mentiroso— finalmente comprendió lo profundo que su muerte hubiera afectado a su familia.

Él no estaba mejor. Él seguía mal. Apagado. Él estaba lleno de furia y dolor y culpa. Todo era ruidoso entre sus orejas.

Estaba enamorado de Bella.

La estaba lastimando. O iba a lastimarla. Ella no tuvo toda la información que necesitaba para decidir si podría amarlo. ¿Qué asunto tenía para acercarse a ella?

Él estaba contento de estar vivo.

No sabía por qué estaba vivo. ¿Cuál era el punto?

Estaba cansado. Muy cansado. Pero no podía dormir.

Había demasiado...

Había demasiado...

Estaba ahogándose. No podía respirar. Estaba hiperventilando. Los sonidos que emitía, entre jadeos, eran roncos y crudos. Las voces en su cabeza gritaban. Los recuerdos —recuerdos horribles— lo invadían.

En alguna parte de allí, mientras se retorcía, pasando y jalando sus manos por su cabello, se tropezó. Cayó, chocando el costado de su brazo contra el borde de la mesa ratona.

Dolor, dolor físico, se abrió paso. Edward jadeó, inhalando profundamente por primera vez en mucho tiempo. Su mente se aclaró—no lo suficiente. Solo un poco. Giró su brazo y observó el corte lleno de sangre en su piel.

Sangre.

Una herida que marcaba su suave piel. Chorros de sangre corrían por su brazo.

Había ayudado—el dolor.

Pero seguía sin poder pensar con claridad. Las voces eran muy altas. Seguía siendo difícil respirar.

Llevando una mano hacia su brazo, se dirigió hacia su baño. Buscando en su cajón, encontró lo que necesitaba y lo que ayudaría.

Una rasuradora.


Sí, acá comienza la parte más oscura de Edward. No, no afectará al caso de Bella. Sí, tiene final feliz :)

¡Gracias por comentar y nos leemos en el próximo!