Capítulo 12
Una noche de fiesta
La tarde del sábado me la tomé con calma, comencé a prepararme unas dos horas antes. Me tomé un baño con tranquilidad y me sequé el pelo dejando que se formaran ondas naturales. Nunca lo había tenido ni rizado, ni liso, sino esa mezcla intermedia que desespera. No sé si fue casualidad, pero ese día quedó perfecto. Mi pelo lucía suave y brillante. Envuelta en un albornoz expuse sobre la cama varias prendas de ropa sin decidirme por ninguna. Finalmente quise mostrar una imagen atrevida, más que la que solía llevar en mi tierra.
Me vestí con un vestido de gasa minifalda en negro con pequeñas estrellas de diferentes tamaños en blanco, de manga francesa. Debajo me puse unos leggings finos negros y para darle un tono más informal, unas botas de media caña de cuero negro con calaveras de cristal a cada lado.
Me maquillé con cuidado, utilizando la técnica del ahumado en ambos ojos, remarcando mi mirada verde, me apliqué incluso algo de colorete y me pinté los labios de un rojo granate, casi sangre.
Como último complemento un pequeño bolso metálico en el que apretujé lo indispensable. Como abrigo me coloqué una chupa de cuero entallada.
Me miré por última vez en el espejo y lo que vi me gustó. No parecía la misma joven apocada y tímida de los primeros días. Estaba decidida a pasármelo bien, por primera vez en mucho tiempo.
Cogí el autobús, recibiendo miradas y silbidos de aprobación de los ocupantes. Yo sonreí, "es una buena señal", pensé. Recordé a Matsuri, cuando solíamos salir en Madrid.
—Hoy rompemos la noche, mi Saku.
—Yo solo me romperé la crisma, con estos tacones —solía responder yo.
Llegué al pub poco antes de que comenzara la actuación. Habían bajado la luz y el ambiente era festivo. Me acerqué a la barra para pedir una cerveza.
—¡Joder, Saku! No te había reconocido —exclamó Temari.
—Gracias —musité. Jamás había escuchado a Temari decir una palabra malsonante.
Me senté en una de las mesas del fondo, aunque probablemente acabaría en la pista del centro bailando. De momento me concentré en disfrutar de la noche y de la cerveza fría.
Observé que Naruto se acercaba a la barra y le preguntaba algo a Temari, que me señaló con un gesto de la cabeza. Yo al comprobar que Naruto me buscaba levanté la mano derecha, ya sin cabestrillo y lo saludé.
Él se quedó mirándome fijamente, con un gesto que desde aquella distancia no pude discernir muy bien, no sabía si era de enfado, sorpresa o agrado.
Se acercó despacio, calibrando cada paso.
—Estás... diferente —expresó sentándose a mi lado.
—Gracias —contesté, era obvio por su gesto, que era un piropo.
Él seguía observándome con una expresión de anhelo, sí, la reconocí porque era la misma que solía tener yo cerca de Sasuke. Acordarme de él disfrutando de la noche en Edimburgo con Samui hizo que enterrara el rostro en la cerveza, notando cómo se enrojecían mis mejillas.
—Naruto —le dije finalmente—, creo que Temari quiere que presentes al grupo.
Naruto se volvió hacia el escenario y se levantó de un salto. Hizo una pequeña presentación elogiando su música, su éxito y les dio paso.
No volvió a sentarse conmigo, se quedó en la barra, cumpliendo como un perfecto camarero.
El concierto fue estupendo, disfruté con la música celta de ese país que ya comenzaba a amar y me emocioné con el sonido de las gaitas y las baladas cantadas en la lengua de sus antepasados. El gaélico a mis oídos inexpertos sonaba dulce y melancólico. Mi corazón latió al ritmo de los bodhrams y acabamos todos bailando danzas típicas en la improvisada pista de baile. Bueno, yo en realidad hacía lo que podía, pasando de unos brazos a otros, algo mareada por las cervezas combinadas con el relajante muscular.
Acabé en los brazos de Naruto después de una vuelta en la que otro bailarín me soltó. Me reí como una tonta, algo ebria sujetándome a su cuerpo musculoso.
—Ahora nos vamos a ir con el grupo a una discoteca de Inverness. Te vienes, ¿no? —no era una pregunta, era una afirmación.
—Desde luego —contesté yo un tanto balbuciente.
—Espérame un momento, subo a cambiarme y bajo ahora mismo —desapareció por la puerta de detrás del escenario.
Me quedé un rato conversando con la vocalista, mientras Temari, que también nos acompañaba, se cambiaba en el almacén.
Cuando Naruto bajó, todas las miradas femeninas, incluidas las mía se volvieron hacia él. Estaba impresionante, se había duchado, todavía tenía el pelo rubio algo mojado, pero ya se le empezaban a rizar las puntas de esa forma desordenada tan peculiar. Se había puesto ropa de Sasuke, llevaba una camisa negra de finas líneas blancas y unos vaqueros oscuros, con una cazadora de cuero. Cuando se acercó a mí, ignorando los suspiros femeninos, noté miradas de odio y envidia hacia mi persona, pero lo que realmente hizo que mi corazón saltara con violencia fue su perfume, el mismo que llevaba Sasuke.
Apuré mi cerveza ¿cuántas llevaba ya?, ni lo recordaba, nada tenía importancia esa noche, me lo estaba pasando de miedo.
—Vamos —dijo cogiéndome suavemente del brazo—. vendrás conmigo. En ese momento llegó Temari.
—Habías dicho que venías en mi coche —replicó molesta y a la vez azorada al ver a Naruto.
—No, viene conmigo —afirmó Naruto arrastrándome hasta la puerta.
—Voy con él —contesté riéndome y dejándome arrastrar.
Me monté en su Range Rover aspirando el aroma a Sasuke. Si él se divertía, yo también podía hacerlo. Recorrimos el camino en silencio, con la única compañía de la música que sonaba por los altavoces. El CD del grupo que acababa de tocar.
Llegamos en un suspiro a la discoteca. El tiempo cuando has bebido se mide de forma completamente diferente. Me encontraba a las mil maravillas, el brazo había dejado de dolerme y notaba la agradable sensación del alcohol corriendo por mis venas, incitándome a hacer cosas que sobria ni se me hubiesen ocurrido.
Pedimos otra consumición. La música estaba demasiado alta para hablar, así que nos dirigimos a la pista y bailamos primero algo separados para acabar, no sé cómo, abrazados.
Los demás habían llegado hacía rato y estaban haciendo lo propio. Pude observar que la vocalista y el gaitero se estaban besando en una esquina.
—¡Iros a un hotel! —les grité desaforada.
Él me hizo una peineta, ella sin embargo, lo apretó más contra su cuerpo.
—Esta noche estás tan diferente... —susurró Naruto a mi oído. Pude aspirar y sentir cómo se metía en mi cuerpo el aroma de Sasuke.
—No puedo más —le dije dirigiéndome hacia la pared, contra la que me apoyé.
Todo me daba vueltas, las luces eran demasiado brillantes, el contorno de la gente era borroso, los rostros estaban desdibujados. Comenzó a sonar Just the way you are, de Bruno Mars.
Naruto se posicionó frente a mí con las piernas ligeramente separadas y los brazos apoyados en la pared a ambos lados de mi cuerpo y empezó a cantar la canción. Solo para mí, solo para mis oídos. Su voz me llegaba lejana, excitante, halagándome y seduciéndome:
when I see your face, there's not a thing that I would change, because you ́re amazing. Just the way you are. And when you smile, the whole world stops and stares for a while, because, girl, you ́re amazing. Just the way your are. Her lips, her lips, I could kiss them all day if she let me, Her laugh, her laugh, she hates but I think it ́s so sexy. She ́s so beautiful, and I tell her everyday... y no sé muy bien qué pasó a continuación.
Sus brazos se flexionaron y pasó uno por mi cintura acercándome a él, con el otro atrapó mi nuca y estiró mi pelo hacia atrás para que lo mirara a los ojos, esos ojos azules nada parecidos a... y me besó, un beso largo y apasionado. Mis piernas temblaron y me sujeté a él, la camisa se le había aflojado por un extremo y metí mi mano derecha por debajo deseando tocar su piel. Él se estremeció y arremetió con más fuerza. Yo abrí la boca y dejé que su lengua explorara, la entrelacé con la mía y me apreté más a su cuerpo sintiendo su erección contra mi vientre.
De repente la música cesó y cambió bruscamente al rapero coreano Psy. Una alarma sonó en mi cabeza: "¿Qué estoy haciendo?". Giré mi cara separando mis labios de los suyos, e intenté apartarlo con mi brazo derecho haciéndome daño al intentar empujar. Emití un gemido y encogí el brazo.
Naruto se apartó asustado.
—¿Qué sucede? —preguntó preocupado.
—Llévame a casa —contesté súbitamente despejada. El alcohol ya no fluía por mis venas haciéndome flotar. Ahora lo tenía todo concentrado y bullendo en mi estómago luchando por salir.
No recuerdo cómo salimos de la discoteca, ni siquiera si nos despedimos del grupo, pero sí recuerdo y recordaré siempre la mirada de dolor y odio que me dirigió Temari al pasar a su lado.
Vomité por primera vez antes de subirme al coche. Vomitar es algo humillante, pero lo es más aún cuando el hombre al que has estado besando un momento antes te está sujetando el pelo para que no te lo ensucies.
Tuvimos que parar una vez más durante el camino, sintiendo el frío de la noche escocesa. Comencé a tiritar y me empezaron a castañear los dientes. Naruto subió la calefacción del coche y se mantuvo en silencio. Simplemente me observaba de vez en cuando.
Cuando llegamos a casa, me ayudó a bajar del coche y quiso abrazarme. Yo lo aparté con un empujón.
—No te acerques. Nunca más —remarqué, asqueada conmigo misma.
Entré en la casa trastabillando, sin mirar atrás y corrí al servicio hundiendo mi cabeza en el inodoro. Vomité el resto de la bebida que todavía permanecía en mi estómago, junto con la bilis, la vergüenza y el asco que empezaba a sentir.
Hiruzen preocupado salió de la habitación y entro silenciosamente en el baño. No dijo nada, se limitó a sujetarme la cabeza y el torso, evitando que con las profundas arcadas me hiciera más daño. No era posible. El daño estaba hecho. Un daño que pagaría muy caro.
Comencé a llorar quedamente, a la par que reprimía los sollozos que amenazaban con ahogarme. Hiruzen me abrazó y me sostuvo en sus brazos hasta que comencé a calmarme lo suficiente como para dejar de temblar.
—¿Qué ocurre, Hiruzen? —oí que preguntaba Biwako.
—Nada mujer, duerme, a Sakura le ha sentado mal la cena —contestó él. —Deben ser las pastillas que toma, que son muy fuertes, a nuestro pequeño también le pasa cuando sale por la noche. El frío es muy malo para el estómago. Ya lo sabes —exclamó suspirando.
¿Pero es que esa mujer no se enteraba de nada?
Sofoqué otro sollozo y Hiruzen siguió acunándome unos minutos más.
—Ya estoy mejor —le dije separándome suavemente de él.
—¿Seguro?
—Sí. Será mejor que me acueste —murmuré levantándome con dificultad.
Me arrastré hasta la cama y me metí vestida y sin desmaquillar. Había bajado a los infiernos, sin parar siquiera en el purgatorio para poder expiar mis pecados.
Cuando desperté a la mañana siguiente, si a aquello se le podía llamar despertar, en lo primero que pensé fue en Matsuri; ni en Naruto, ni en Sasori, ni en Sasuke, ni en mi hija, ni en mi madre. Sin embargo, recordé a Matsuri y me sentí muy, muy mal. La cabeza me daba vueltas y veía el techo de la habitación demasiado cerca de mí. Me encontraba sofocada y mareada, las paredes de la habitación se estaban empequeñeciendo, atrapándome en un agujero del que no podía salir.
—Matsuri, ¿qué he hecho? —sollocé contra la almohada.
No obtuve respuesta, ni siquiera una simple señal de su presencia a mi lado, ni una corriente de aire, ni el sonido de su risa evocado en mi mente torturada. Me sentí completamente sola. Ni ella quería estar junto a mí.
Oí unos débiles golpes en la puerta y seguidamente Hiruzen emergió llevando una pequeña bandeja con una taza de líquido humeante y una tostada. Me hice la dormida y oí que suspiraba y dejaba la bandeja en la mesilla. Cerré con fuerza los ojos. No me atrevía a abrirlos y enfrentarme a su cara. Sentía que me juzgaba en silencio o puede que simplemente fuera mi imaginación culpable. Cuando cerró la puerta tras él, abrí los ojos y me giré en la cama, enredándome en el edredón donde un simpático Rayo McQueen me guiñaba el ojo. Volví a sentir ganas de vomitar, cada pequeño movimiento de mi cuerpo me dejaba exhausta y asustada.
Esa era la sensación que atenazaba mi cuerpo, el miedo. Un miedo aterrador a las consecuencias que podría tener lo que había hecho la noche anterior. Y culpa, la maldita culpa heredada de mi educación católica, que me hacía imaginar a la gente tirándome piedras y gritando "¡adúltera!" a mi paso.
Miré por la ventana, el sol estaba alto, arropado por una neblina que lo enturbiaba haciendo que el día fuera gris, como mi alma.
El teléfono sonó. No lo cogí. Seguía dentro del bolso tirado en el suelo de la habitación. Recordé demasiado tarde una recomendación de mi madre: "nunca dejes el bolso en el suelo trae mala suerte y aleja el dinero". Tuve ganas de reír, una risa amarga y desagradable. ¿Qué pensaría ella de lo que había hecho? Mi madre era una persona honesta y sincera, no tenía una sola arista de maldad ni falsedad en toda su persona y había intentado transmitirme esos valores. Había fracasado. Para ella el sacramento del matrimonio era sagrado. Mi padre y ella, se habían respetado y amado durante todos los años que duró su matrimonio. En su vocabulario no existía la palabra traición. En el mío al parecer sí. Sentía que la había decepcionado y eso me dolía más que nada.
¿Y Sasori? Yo siempre había sido sincera con él, en los buenos y los demasiado malos momentos, había intentado ser siempre franca y directa. No soportaría una infidelidad por su parte, no por el hecho de la infidelidad en sí misma, sino por la deslealtad a mi confianza que eso suponía. Y ahora era yo la que lo había hecho. Sentí asco de mí misma y me odié más que ninguno de los afectados pudiera hacerlo. Yo era mi juez y era mi verdugo, y no iba a tener clemencia.
El teléfono sonó otra vez, interrumpiendo mi penitencia mental. Si hubiera tenido fuerzas lo hubiera tirado contra la pared, pero no podía moverme de la cama, estaba atrapada en mi propia vergüenza y humillación.
Me incorporé en la cama y bebí un poco de agua de un botellín que tenía en la mesilla, busqué mi último relajante muscular y me lo tragué deseando que fuera una cápsula de cianuro en vez de una pastilla que me haría dormir de nuevo. Me arrastré hasta el bolso y cogí el móvil, no miré las llamadas, me limité a dejarlo junto a mí cuando me acosté de nuevo.
Desperté cuando estaba oscureciendo, con un sobresalto, como si hubiese olvidado algo muy importante, ese algo se presentó en una imagen fugaz del cuerpo de Naruto aprisionándome contra una pared, de una lengua inquisidora y de otro cuerpo, el mío, respondiendo a sus caricias y deseando más y, sin embargo, no lo deseaba carnalmente, no había excitación ni pasión, solo una necesidad de sentirme viva por dentro. Lo que había hecho que ahora desease estar muerta.
Me levanté y me quité la ropa de la noche anterior, me puse el pijama y fui al baño. Me miré por primera vez en todo el día en el espejo, mi reflejo me devolvió una mirada fría y llena de dolor, tenía el maquillaje desdibujado, grandes marcas negras rodeaban mis ojos y descendían por mis mejillas debido a las lágrimas, que volvían a brotar desconsoladamente otra vez. Me lavé con abundante agua fría hasta que dejé de notar los dedos de las manos y mi rostro se quejó, quedándose la piel tirante y expuesta. Me sequé raspando la piel con la toalla, queriendo borrar los restos físicos de mi vergüenza, pero solo conseguí dejar un rastro enrojecido y furioso.
Volví a la habitación, la bandeja con la taza y la tostada había sido sustituida por un plato con una tortilla y verduras cocidas. Sentí que las arcadas venían otra vez a mi garganta y la aparté a una esquina de la habitación.
Me senté en el borde de la cama y cogí el teléfono. Tenía cuatro llamadas perdidas de un número que no conocía. Habían dejado mensaje. Tecleé el código y escuché.
—Sakura, llámame necesito hablar contigo.
—Sakura, por favor, empiezo a estar preocupado... anoche cuando te dejé estabas... no sé, llámame o iré a buscarte.
—Por favor, Sakura, me han dicho que no te encontrabas bien, que no habías salido de la habitación. Llámame cuando oigas esto. Lo de anoche fue... fue algo increíble.
—Sakura, no sé lo que me está pasando. Me estoy volviendo loco. Tú me estás volviendo loco. Nunca me había pasado antes. No había sentido esto con nadie hasta ahora. Creo, creo... que te quiero.
Aparté el teléfono de mi oreja como si quemara y lo solté dejando que cayera en la cama. Cualquier mujer se hubiera sentido halagada, tal vez un poco asustada por su ímpetu, pero desde luego agradecida de hacer sentir algo así a un hombre como Naruto. Yo estaba horrorizada. Era bastante peor de lo que me había imaginado. Por un momento quise llamarlo y explicarle que todo había sido irreal, fruto del alcohol y del anhelo por sentirme querida. Que lo que él sufría era el síndrome de la chica nueva en la oficina, que yo no era ni con mucho la persona adecuada para él. Que estaba casada, que amaba a mi marido. Que era él a quién quería tener en mis brazos. Pero ¿era cierto? Empezaba a creer que no era a Sasori a quien quería abrazar y besar, sino a otro hombre, uno esquivo que me había dejado claro al alejarse de mí que no me amaba. Y yo en venganza había besado a su primo, a su hermano, a su mejor amigo. Quería decirle sin palabras que, aunque él no me amara, había otro hombre que sí lo hacía. El reconocimiento de que todo había sido fruto de mis celos hacía Sasuke me dejó la mente en blanco. No sentía que hubiera traicionado a mi marido, sentía que había traicionado a un maldito escocés pelinegro ajeno a todo ese lío, para el que yo no era más que su empleada.
Tecleé furiosa en el teléfono:
Naruto, lo de anoche fue un error, un gran error. No hay nada entre nosotros ni lo habrá nunca. Amo a mi marido y la traición de anoche me duele a mí mucho más de lo que pueda sentir tu orgullo herido. Espero que todo entre nosotros se resuelva y que este incidente quede en una anécdota, que espero algún día recordemos sin avergonzarnos. Crees que me quieres, pero es solo un espejismo, no me conoces, ni yo a ti. Olvida todo lo que has podido sentir por mí, por favor.
Pulsé la tecla de enviar y me quedé mirando fijamente la pantalla. Sabía que no iba a haber respuesta. Naruto, como la mayoría de los hombres que conocía y sobre todo los escoceses, esgrimían su orgullo como bandera y seguro que, aunque estuviese lamiéndose las heridas bebiendo una botella de whisky, nunca daría su brazo a torcer.
En ese momento sonó el pitido que señalaba un nuevo mensaje. ¿Me habría equivocado? Lo cogí con miedo y observé con alivio que era de Sasori.
Cielo, te echo de menos, ¿te llamo esta noche y repetimos?
El tener en ese momento sexo telefónico con mi marido hizo que la garganta se me cerrara de nuevo y se me hiciera un nudo doble en el estómago.
Tecleé una respuesta:
Lo siento, cariño. Hoy he trabajado y estoy muy cansada. Quizá mañana. Te quiero.
Otra mentira más en mi haber. Me pregunté qué penitencia me pondría un sacerdote si me confesara. Probablemente me pasara cuatro días enteros encerrada en una iglesia rezando el rosario de rodillas y flagelándome.
No recibí respuesta de Sasori. Podía entender su enfado, pero era mejor así. No estaba segura de que no acabara confesando mi pecado si hablaba con él y me había jurado que lo ocultaría siempre.
Me acosté y agotada me quedé dormida. Matsuri apareció entre mis sueños. Su gesto estaba triste y me acariciaba con su pequeña mano el rostro.
—No llores, mi Saku. Nadie dijo que el camino fuera fácil.
—Matsuri, ¿en quién me estoy convirtiendo? —no había lágrimas solo una inmensa agonía en mi voz.
—Eres tú, nadie más. Levanta la cabeza y mira bien alto. Nunca te arrepientas de lo que has hecho, sino de lo que no has podido hacer.
—Matsuri, he herido a tanta gente...
—No, solo te has herido a ti misma. Mi Saku querida, solo ha sido un beso tonto, que se convertirá en un recuerdo lejano antes de lo que esperas.
Se fue, dejándome sumida en un profundo sueño, lleno de sombras y tinieblas.
