Emma sabe que no es fuerte, que siempre ha aparentado serlo porque en verdad es débil. Es una niña asustada de piernas temblorosas que ruega por ir a los brazos de su —bastardo pero no tan bastardo— padre por refugio.

Pero prefiere tragarse el miedo cuál amarga medicina y sonreír. Retar al peligro cara a cara cuando debe exterminar a los Kishin, para que Ray —quien es su compañero y guadaña demoníaca—, pueda engullir su alma y lograr crear una Death Scythe, como su padre y superar, a la mamá de Ray, Isabella.

No obstante, ella fue penosamente débil cuando se enfrentó a Anna. Pues por descuido suyo, Ray tuvo que protegerla, haciendo de escudo.

Ganándose así, una cicatriz en diagonal que empezaba desde su hombro y terminaba en su cadera. Fue una suerte que Zack apareciera en conjunto con su padre —convertido en un revólver doble águila—, para hacerle frente a Anna, aunque luego ella fue retirada por una bruja, extremadamente peligrosa.

Luego de eso, Zack curó a Ray. Y en lo que él se recuperaba, ella se mantuvo a su lado, reteniendo las lágrimas y sintiéndose impotente; sabía que un arma demoníaca tenía el deber de proteger a su técnico, su compañero... Pero ella no quería eso.

Ella quería protegerlo. No al revés.

Desde ese día, se cargaba con la culpa de no haberlo protegido debidamente. Y era por ello, que no lograban hacer la resonancia de almas. Y Zack se lo hizo saber.

Emma debía confiar más en Ray, más. Porque... De no ser así, no llegarían muy lejos como técnico y arma.

— Si no comes, se va a enfriar la sopa y no la vas a querer comer fría — le regañó Ray, sacándola de sus pensamientos, haciéndola parpadear.

—... Lo siento — tomó la cuchara y se la metió a la boca, quemándose la lengua, dejando caer el cubierto en una mueca de dolor. Ray la miró en silencio, más serio de lo normal.

Y es que, él sabía que a Emma la estaba atormentando algo. Y tenía el presentimiento de que se trataba o estaba relacionado con su cicatriz. Con aquel enfrentamiento con Anna.

Pero no había querido presionarla y había esperado pacientemente para que ella hablara del tema. Pero ahora ya no podía dejar pasar más, esto.

Ya no.

Suspiró, frustrado, sobándose el puente de la nariz para luego mirarla, severo —. Emma, no había querido hablar sobre esto porque quería que me lo contases. Sin embargo, me veo obligado a hacerlo — ella lo miró, con miedo —. ¿Te sientes mal por lo de mi cicatriz? ¿O hay algo más? — y cuando ella pensaba restarle importancia al asunto con una sonrisa nerviosa, él frunció el ceño —. No me mientas, Emma Glorybell.

Su sonrisa murió, y la pesadumbre se apoderó de ella, lentamente, hasta hacerla bajar la mirada y apretar los bordes de su short de mezclilla.

—... Ray... ¿Te sigue doliendo tu cicatriz?

— No tanto. Ya han pasado 3 semanas desde eso... Pero todavía puedo pelear.

—... No quiero que lo hagas.

Él la miró confundido —. Tengo que hacerlo, porque soy tu arma y tu mi técnica y...

— ¡No eres sólo un arma, Ray! — golpeó la mesa, exaltada, sobresaltándolo. Emma mordió su labio inferior un segundo, sintiendo que se pondría a llorar por todo el cúmulo de emociones que sentía en ese instante —. ¡No eres solamente mi arma y yo tu técnica! ¡Somos amigos, compañeros...Confidentes! ¡Estamos juntos en esto y...Si tú te caes, yo caigo contigo!

—... Yo no siento eso, Emma — se sinceró, impactándola —. No somos amigos, ni compañeros y mucho menos, confidentes... Porque tú no confías en mí, a pesar de que yo siempre he confiado en ti, desde que empezamos a trabajar en equipo pero — rió, herido —, ni eso parecemos... Con quién más hablas son con Norman, Hayato, Vincent, Gilda y Don... Pero... Tú pareces poner cierta distancia conmigo, y no entiendo por qué. Y eso me frustra.

Me duele más de lo que quisiera admitir.

— Si continuamos así... Temo que, deberás buscar otra arma y yo... Tal vez otra técnica, para que mi madre, no esté intranquila.

—... No... Por favor no, todo menos eso — una lágrima rodó por su mejilla, seguida de otras. Ya no pudo retenerlo más —. Yo no podría tener otro compañero porque... Porque, ¿Quién querría a una cobarde como técnica? — bajó la mirada, sonriendo entristecida —. Yo en verdad no merezco un compañero tan cool como tú, Ray... Siempre lo has sido, aunque no te veas a ti mismo de esa forma.

Desde el momento en el que te conocí. Que tú lúgubre melodía me atrajo hasta ti... Supe que eras la persona más asombrosa con la que pude haberme topado.

Abrió los ojos con sorpresa, sintiéndose cohibido por su confesión —. Emma...

— ¡Lo digo en serio! — lo miró determinada —, ¡Muy en serio y no podrás cambiar mi opinión!

Él no tuvo más remedio que suspirar. Porque cuando ella se ponía así de obstinada, terca, nada podía hacerla cambiar de parecer —. Bien — aceptó con resignación, haciéndola sonreír con genuina alegría —... Pero, yo aceptaré tu cumplido, si tú aceptas lo que voy a decir.

— ¿Eh?

— Emma, tú nunca has sido débil... Y aunque siempre tengas miedo, te lo tragas y me demuestras lo fuerte y valiente que puedes llegar a ser — le sonrió, seguro de sus palabras —. Yo siempre admiré eso de ti. Cómo te enfrentas a las cosas que te aterran, con una sonrisa... En síntesis, eres la chica más cool que he conocido.

Ahora era Emma la cohibida —. Yo... ¿Cómo te diste cuenta de que siempre he tenido miedo?

— Bueno, al principio no fue una tarea fácil el leerte por lo impredecible o imprudente de tus acciones... Sin embargo, aprendí a hacerlo, a leerte. Y por ello, sé cuándo algo te pasa o cuando tienes miedo.

Se ruborizó —. ¿M-Me has estado observando?

— Sí — afirmó, pero al caer en cuenta del doble significado de sus palabras, trató inmediatamente de remediarlo —, ¡p-pero no de esa manera en la que tú crees!

Se quedaron en silencio, mirándose el uno al otro, para luego reírse. Y después, sonreírse en completa complicidad.

Sí podía y siempre podrían apoyarse y confiar en el otro. Porque era como ella había dicho: Si él caía, ella caía con él, y viceversa.

— Ray, entonces... ¿Te quedarás conmigo hasta el final? — preguntó con una sonrisa. Misma, que él correspondió.

— Hasta el final. Incluso si debo jalarte de esa antena para que no te vayas.

— ¿Ah sí? ¡Pues yo de tu fleco para que me sigas!

Y rieron felices y contentos, pues finalmente, habían enfrentado todo lo que les aquejaba.

Y si existiera otra cosa más, juntos le harían frente para así, poder avanzar. Sin miedo y con una sonrisa.

Siendo Emma y Ray. Nada más.