Gracias por las lecturas!
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Los muñecos de nieve deben llevar una zanahoria como nariz, eso todo el mundo lo sabe, pero también es evidente que si no hay una zanahoria cerca, una rama es buena sustituta. Hinata arrancó los salientes y, con los dedos un poco agarrotados por el frío, la colocó en el centro de la supuesta cara.
Era bastante bueno en el asunto de los muñecos de nieve.
—Tendrás que apañarte con esto —dijo, mirando su creación. Después desvió la vista hacia un lateral de la calle, pero no había nadie. Hacía demasiado frío. Sin embargo no podía estarse quieto dentro del hostal, y la nieve acumulada junto a la puerta era una tentación demasiado grande, porque a Hinata le encantaba la nieve, aunque esa era solo la excusa que había dado ante sus compañeros.
Porque era cierto, moría por verle.
Todavía tenía el corazón acelerado por la victoria frente al Inarizaki, y sabía que Kageyama estaba igual, y quería que volviese de una vez para pedirle unos pases, y tocar la pelota que él le lanzase, y a lo mejor tocar su mano, a lo mejor podría tocar su mano y besarle otra vez.
—Dijo que necesitaba pensar —le dijo al muñeco de nieve, casi en un susurro.
Suspiró, apretando los dientes un poco enfadado consigo mismo, porque deseaba oír su voz, aunque fuese para insultarle, y moría por tenerlo delante y encontrar alguna excusa para acariciarle, aunque fuese de pasada y casi por accidente, y sabía que probablemente estaba ganándose el trofeo al chico más idiota de todo Japón, pero hacía tiempo que eso le daba igual.
Resopló, mirando los ojos artificiales del muñeco.
—Enamorarse no es bonito— dijo, en un murmullo—. Tienes suerte de ser un muñeco de nieve.
—¡Shoyo-kun! ¿Qué haces? —. Se giró y reparó en la presencia de Yachi. Llevaba un abrigo grande y una bufanda alrededor del cuello, y parecía muerta de frío— ¿Estás bien?
—Sí —contestó, ofreciéndole su mejor sonrisa—. Estaba diciéndole que tendrá que conformarse con una nariz de madera.
Yachi miró al muñeco, pensativa.
—Una nariz de madera es mejor que una de zanahoria. Al menos no se la comen los pájaros.
Hinata rió.
—Es verdad —dijo, y la miró sonriendo, pero ella estaba seria. Eso era raro, porque Yaichi siempre sonreía— ¿Pasa algo? Si necesitas cualquier cosa...
Yachi se detuvo unos segundos, como si valorase contarle algo. Finalmente se animó a hablar.
—Me llamó Takeru— dijo, sonrojada, mirando hacia el suelo, alterada—. Yo... Yo le dije que no quería meterme, que prefería que no me dijese nada, porque tú eres un compañero del Karasuno pero... Pero ella me lo pidió y es mi amiga, y estaba muy triste así que...
—Ey, Yachi-san —dijo Hinata, cogiéndole de la mano. Ella llevaba guantes, así que el tacto fue cálido y al menos consiguió que le mirase—. No te preocupes. Dime lo que sea.
Yachi estaba sonrojada, y tardó un poco en atreverse, pero lo hizo.
—Ella... Me dijo que si había algo que hizo mal... Que podías decirle lo que fuese, porque ella estaba dispuesta a arreglar lo que no te gustase. Dijo que... Me dijo que aunque no supiese mucho de estas cosas, que aprendería rápido y sería la mejor novia del mundo. También... También me dijo que estaba enamorada, y que no quería perderte.
Hinata sentía una presión horrible en el pecho, porque Takeru-san era buena e inteligente y jugaba bien al volley, y le regaló unos cordones fluorescentes para las zapatillas y nadie que regalase algo tan guay a un chico se merecía llorar, y él tenía la culpa, y eso era una mierda, porque podría seguir mil años con Takeru.
Sería sencillo. Ella le gustaba.
Podría pedirle disculpas y serían otra vez una pareja, porque sabía que a ella le gustaba ir al cine los viernes y compartir las palomitas gigantes y pedirse una de esas bebidas con nombre extraño y eso no estaba nada mal, y pasear por el parque de la mano, y le miraba como nadie le había mirado nunca, y le escribía mensajes por la noche y cuando se despertaba, y era dulce y pronunciaba su nombre como si fuese de cristal, pero...
Suspiró, soltando la mano de Yachi.
—No puedo volver con ella —murmuró.
—¿No te gusta? —preguntó Yachi, de nuevo sonrojada—. N-no tienes que contestarme si no...
—Estoy enamorado de otra persona.
Enamorado.
Era una palabra grande, pero nunca tanto como cuando se decía en voz alta, y era la primera vez que lo hacía. Yachi debió pensar algo parecido, porque sus ojos se abrieron hasta límites insospechados.
—¿Enamo...rado? ¿En plan anotar su nombre en tus cuadernos con letras bonitas?
—Más bien en plan congelarme el culo en la nieve mientras le espero— contestó, encogiéndose de hombros, y se agachó a coger nieve para formar los brazos del muñeco. La mayoría de la gente les dejaba sin brazos, pero él y Natsu siempre lo consideraron una crueldad. Miró hacia arriba y se encontró con Yaichi observándole, petrificada. Se miraron en silencio unos segundos y después ella se agachó junto a él y le ayudó con los brazos de nieve.
—Qué fuerte —susurró. Hinata la miró.
—Todavía no te he dicho quién es.
—No hace falta —respondió ella y eso le sorprendió. ¿Es que era evidente? ¿Había alguna señal en su rostro, o cómo...? Maldita sea, era un ignorante en todos esos asuntos—. ¿Se lo dijiste a Takeru?
—No. ¿Crees que debería?
Yachi armó un brazo derecho perfecto, y se tomó su tiempo para contestar.
—No sé mucho de estas cosas —contestó—. Si esto fuese un manga shoujo no le dirías nada, pero ella te descubriría con él y bueno, sería todo muy horrible y quizás te asesinase... No, eso sería en un manga de horror, o en uno muy dramático en plan seinen. En uno shoujo ella sólo te lanzaría alguna cosa o a lo mejor quemaba tus fotos mientras recordaba los momentos felices y tal. Después supongo que reflexionaría, entendería que el amor no puede forzarse y acabaría yendo a cenar contigo y con Kageyama-kun. Bueno, no sé si es él el...
—Es él —dijo Hinata, sonriendo con timidez, porque sí, era él, pero tal vez no fuese normal, tal vez todo estuviese mal en él. Entonces Yaichi le devolvió una sonrisa sincera y en ese momento fue como si la tormenta que le empañaba por dentro se despejase; ella sonreía, y eso quería decir que no era tan terrible.
No pasa nada.
No pasa nada por enamorarte de otro chico.
No pasa nada si es Kageyama.
—¿Y estáis... juntos? —preguntó ella, otra vez sonrojada. Hinata todavía tenía en el cuello la marca de su beso salvaje, y le dolía la espalda por la forma en que le aplastó contra la pared, y tenía su olor metido en las entrañas, pero también recordaba sus palabras.
—No —dijo al final, frotándose las manos. Estaba helado—. Dijo que necesitaba pensar...
—Oh.
—... pero sé que ahora, en este momento, está con otra persona.
Yachi le miró a los ojos, contrariada.
—¿Te lo dijo él?
—Les espié en Instagram —reconoció, un poco avergonzado. Pero Yaichi no pareció inmutarse.
—Eso también lo harías en un manga shoujo—. Hinata se planteó si no debería leer alguno de esos manga para dejar de guiarse por impulsos y diseñar algún tipo de estrategia ganadora, como se hacía en los partidos complicados— A lo mejor malinterpretaste la foto. Una vez vi una noticia de una chica que dejó a su novio el día antes de la boda por una foto extraña de Instagram, y luego no era nada, pero se formó un tumulto en la boda y acabaron saliendo en las noticias locales.
Hinata frunció el ceño. El amor empezaba a ser un asunto peligroso para la integridad física, y nadie le había avisado.
—¿Si te enseño la foto me darías tu opinión?
Yachi asintió, de pronto muy emocionada.
—¡Claro! A veces ayudo a mis amigas con estas cosas— explicó, encogiéndose de hombros mientras se acercaba más a él para mirar juntos el móvil—. Se me da bien. No es como si fuese una experta ni nada, pero bueno, tal vez vea algo que tú no ves.
Las chicas eran muy complejas, realmente. Hinata abrió su cuenta de Instagram. Yaichi estaba muy cerca de él, casi pegados, y se dio cuenta de una cosa.
—Yachi-san —dijo, mirándola muy serio—. ¿Usas el mismo champú que yo?
—¡Sí! —exclamó, ilusionada—. Me di cuenta cuando te conocí. ¿No es genial?
—¿Pero es un champú de chica? —preguntó Hinata, contrariado. En la etiqueta sólo salía una ranita verde. Su madre se lo compraba desde que era pequeño, y no se había planteado cambiarlo nunca, aunque Tsukishima siempre se burlase de su olor. ¿Qué malo tenía oler a manzana, si es una fruta guay?
—No lo sé —contestó, intrigada, como si intentase resolver una compleja ecuación—. Supongo que muchos chicos prefieren otros champús, ya sabes, más en plan... Hunga hunga y todo eso. Pero a mí me gusta. Es dulce. Hueles bien. ¡QUIERO DECIR! No tú, sino un chico. Uno cualquiera. U-un chico...
Hinata rió, mirando el móvil mientras entraba en la cuenta de Atsumu-kun.
—Mira. Esta es la foto.
—Pero esa es la cuenta de uno de los gemelos del Inarizaki, ¿no?
—Claro —contestó Hinata con naturalidad.
—Ah.
Yachi parecía abrumada, pero aún así siguió mirando la pantalla mientras Hinata abría la foto en concreto. Era de hacía un par de horas, y a diferencia de aquella frente al espejo, esta era una foto sin filtros, ni nada extraño. Nada salvo el hecho de que en la imagen aparecían unos fogones, y una sartén en ellos, y se estaba cocinando algo parecido a una tortilla, y los ingredientes estaban perfectamente colocados sobre la superficie de madera, y había una mano sosteniendo la sartén.
—Esta —dijo Hinata—. Toma, puedes cogerlo.
—¡No, no! Es mejor que no lo toque —dijo ella, mirándole como si le estuviese revelando un secreto de Estado—. Soy muy torpe, y sin querer puedo, ya sabes, tocar la pantalla, y si tocas la pantalla de esa forma, entonces sale un corazón y saben que has estado espiando.
—¿Eso puede pasar? —preguntó Hinata, alarmado. Había espiado mucho, y tal vez había dejado un rastro de malditos corazones, y ¿quién demonios había tenido esa idea? —. Mierda.
—¡Seguro que tú no lo hiciste! —intentó animarle ella, poniendo la mano sobre su hombro— Yo soy muy torpe, siempre toco todas las teclas si me pongo nerviosa y bueno... La miraré desde aquí.
Hinata le acercó más la pantalla y ella la observó con gesto de concrentración.
—Pero aquí no hay ninguna persona.
—La foto la hace Atsumu-kun —aclaró Hinata.
—Vale. Es la hipótesis más probable —concedió ella— ¿Pero dónde está Kageyama-kun?
—Aquí —dijo Hinata, señalando la mano casi fantasma que asomaba por una esquina de la foto—. Y aquí también está realmente.
Señaló las verduras perfectamente colocadas sobre la tabla.
—Eso son sólo verduras, ¿no?
—Kageyama siempre corta la cebolla en trozos enormes, aunque a nadie le gusta que la cebolla tenga trozos grandes porque la cebolla apesta, pero mira, mira qué grandes son esos trozos. Además no hay pimiento rojo, y Kageyama odia el pimiento rojo. El verde le gusta porque es como más amargo, y él siempre prefiere que la comida sea amarga o que pique, y tampoco tiene sentido que tenga ahí esa salsa rara occidental, porque Kageyama es muy japonés, en plan Japón a muerte y todo eso, y él nunca compra cosas extranjeras para comer, salvo que sean las gelatinas esas americanas, eso sí lo come y le encanta aunque todo el mundo sabe que no es gelatina sino un montón de azúcar con sabores —cogió aire y miró a Yaichi. Ella le observaba muy fijamente, y por un momento se puso nervioso— ¿Q-qué pasa? ¿Has visto algo más en la foto?
—Estás totalmente enamorado, Shoyo-kun —dijo, y los ojos le brillaron de emoción. Hinata se sonrojó y sacudió la mano izquierda, intentando desviar su atención.
—¡Ah, mierda, me estoy congelando!
—Si Kageyama-kun estuvo cocinando en su casa es porque tienen confianza. Pero también es posible que la foto sea de otro día. Hoy comió con nosotros, y todavía no es hora de cenar.
Hinata no había pensado en esa posibilidad.
—¿Y por qué iba Atsumu-kun a subir una fotografía de otro día?
—La gente lo hace todo el tiempo en los manga shoujo, ya sabes, para dar celos.
¿Celos?
—Pero mira lo que escribió: "Premio de consolación". Y los emojis.
Los emojis eran una cara de diablito, una sartén, un muñeco bailando y una berenjena.
—La berenjena puede significar algo —dijo Yaichi, concentrada.
—A lo mejor iban a cenarla— propuso Hinata, buscándola entre las verduras.
—O tal vez sea un código.
—¿Un código?
—Algo que se nos escapa. De todas formas lo del premio... Es muy atrevido—dijo Yaichi, tapándose la boca con la mano—. Pero igualmente puede ser que sea de otro día. Tal vez puedas preguntárselo a Kageyama-kun. Quieres... ¿Quieres que sigamos hablando dentro? Estoy congelada, y tú empiezas a tener cara de hipotermia.
—Estoy bien —dijo Hinata, cogiendo el móvil y guardándolo al tiempo que se incorporaba. Le ofreció a Yachi la mano para ayudarla, y ella se levantó—. Gracias por ayudarme. Sé que eres muy amiga de Takeru-san.
—También soy amiga tuya —contestó, sonriendo con dulzura. Hinata le devolvió la sonrisa, emocionado, y sin pensarlo le dio un abrazo con todas sus fuerzas. Ella se quedó paralizada, pero la estrujó como habría hecho con Nishinoya, mientras la escuchaba decir un montón de palabras incomprensibles.
—Gracias.
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Tokio era una ciudad fría, muy fría y tenía algo que se te metía dentro, capaz de helarte hasta los huesos. Suga-san decía que era la humedad, pero Kageyama estaba seguro de que era otra cosa más profunda, algo que se congelaba entre el hormigón, las prisas y las torres gigantes de telecomunicaciones.
Ese día había nevado, y era una rareza, porque estaban al nivel del mar. Sin embargo, entre las prisas de la ciudad nadie tenía tiempo para detenerse y tomar un puñado de nieve en la mano. Como mucho, alguna persona giraba la vista y abría un poco más los ojos, pero eso era todo.
Cuando salió del piso de Atsumu era media tarde. Sentía el cuerpo cansado, pero la mente despejada. Esa sensación le gustaba. Compró un café para llevar y caminó sin prisa todo el trayecto. Ahora ya lo recordaba; aunque era un poco torpe en cuanto a orientación, esto era algo sencillo. Veinte minutos andando en línea recta, girar dos veces a la derecha y allí estaba la pensión del Karasuno. Atsumu le anotó en el móvil las coordinadas GPS la primera vez que se perdió, pero Kageyama no era amigo de las tecnologías.
El frío era húmedo y se le metía en los huesos, y cuando dobló la última esquina ya estaba tiritando.
Le vio a lo lejos. Estaba en el pequeño jardín junto a la puerta de entrada de la pensión, tan abrigado que lo único que lo hacía reconocible era su cabello naranja enloquecido. Atardecía, y el color del cielo parecía emparejar con él. Tenía las manos enterradas en la nieve y había armado... ¿Un muñeco?
Kageyama se acercó y cuando estuvo frente a él, Hinata levantó la vista. Tenía los labios cortados y ojeras bajo los ojos, pero sonrió con sinceridad.
—Natsu siempre les pone orejeras. Dice que si no se tapan bien las orejas, les entra el frío en el cerebro y se les congelan las ideas. La mayoría de la gente cree que los muñecos de nieve no pueden tener ideas, pero yo creo que sí, porque están hechos de nieve, y la nieve es agua, y cuando en un planeta se encuentra agua se dice que hay vida— dijo, con voz suave, y después rió, apretando las que llevaba puestas. Kageyama pensó seriamente si no se habrían congelado por eso las suyas.
—¿Te has golpeado la cabeza?
—No había zanahorias, así que tuve que ponerle una rama. Si no les pones nariz no pueden oler, aunque sí respiran. Eso es porque pueden respirar por la boca, como tú cuando duermes, que siempre respiras por la boca y por eso roncas.
—¿Qué dices, idiota? Yo no ronco. ¿Es que te ha dado un ataque?
Hinata le miró a los ojos y por un momento sintió que todo lo que había pensado durante el camino, todo lo hablado con Suga, desaparecía de su mente. El corazón le empezó a latir con furia, y eso no podía ser, porque ese chico solamente le había mirado, nada más. Apretó los dientes, tratando de serenarse.
—Tienes cara de frío —dijo Hinata.
—Tú eres el que tienes cara de frío. ¿Cuánto tiempo llevas aquí haciendo el idiota?
—Pues un par de horas. Estaba esperándote.
Kageyama frunció el ceño, contrariado.
—No había quedado contigo.
—Ya lo sé, pero me moría de ganas de verte —contestó con naturalidad, poniéndose de pie y secándose las manos en el abrigo. Kageyama sintió que la saliva se le atragantaba y que el cuerpo se le cortaba de pronto. ¿Qué haces? ¿Qué estás haciendo? —¿Quieres un chocolate caliente? ¡Estoy helado! Hay un bar justo ahí que todavía está abierto. Si vamos rápido no se...
—Me gustaría darte unos pases.
Ni siquiera sabía porqué estaba diciendo eso, pero su cerebro parecía haberse congelado en esa maldita ciudad. Hinata abrió los ojos y alzó las cejas, sorprendido.
—¿Ahora?
—Sí, si quieres.
—¿Dónde?
Kageyama apretó los labios, procurando pensar.
—A la azotea.
Hinata asintió, sacando ambas manos de la nieve y acariciando la cara redonda del muñeco con un gesto terriblemente tierno.
Me voy a volver loco, joder.
—¿Tienes balón? —preguntó Hinata secándose las manos en el abrigo.
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Kageyama aclaró las posibidades de aquel lugar. No podrían practicar remates o perderían la pelota. Pero había sitio para practicar pases. Hinata falló los tres primeros, y Kageyama frunció el ceño.
—Perdona, es que tengo las manos heladas. No siento los dedos. Dame un par de minutos.
Frotó las manos otra vez con el abrigo y entre sí, mientras Kageyama le observaba.
Me estuvo esperando.
Me estuvo esperando por el beso de hoy, pero yo...
—¿Por qué no llevas guantes? —preguntó, intentando tranquilizarse mientras su mente se perdía otra vez en los pensamientos del partido. Hinata recibiendo como un maldito líbero. Hinata bloqueando con él el punto que marcó el final del partido. Hinata besándole sin ningún miedo, porque no tenía ni idea de nada, porque Hinata era un idiota que se lanzaba de cabeza como una jodida bola de demolición, contra lo que fuese, arrasándolo todo.
—No tengo —contestó, mirándose las manos—. Se los presté a Kenma el otro día y no le he visto desde entonces.
—Estás muy unido a ese colocador.
—Kenma es genial. Venga, pásamela.
Esta vez sí la devolvió, y el pase fue preciso. Estaba mejorando. Estaba mejorando muy deprisa. Kageyama siempre supo que Hinata era como un diamante en bruto, un polluelo que acababa de salir del huevo y que terminaría por volar más alto que ninguno. Probablemente, más alto que él. Y entonces se iría lejos. Y todo cambiaría. El balón fue y volvió cinco, seis, siete veces. Quizás un día el pase que le diese fuese el último del dúo raro.
La sola idea le parecía imposible.
La octava vez atrapó la bola en el aire, con el corazón encogido.
—Ese chocolate estaría bien —dijo, cogiendo aire.
Hinata alzó las cejas.
—¿No querías darme unos pases?
—Estoy helado —le cortó Kageyama, guardando la pelota en la mochila y subiéndose la cremallera hasta que la chaqueta le tapó la boca. Después metió las manos en los bolsillos; aunque llevaba guantes, las tenía más que frías— No siento las manos.
Hinata se acercó sonriendo y, en un movimiento rápido e impredecible, se puso frente a él, demasiado cerca, siempre demasiado cerca, y metió las manos en sus bolsillos, atrapando las de Kageyama. Pudo sentir su tacto cálido incluso por encima de los guantes.
—¡Hinata-sama al rescate! Las mías ya no están frías así que vengo a salvarte de la amputación —dijo, sin dejar de reír. Tenía la nariz y las mejillas rojas, y los ojos brillantes. Hinata agarró sus manos y las frotó, apretándolas y soltándolas para calentarlas. Después de un rato las retiró, y parecía sonrojado, o quizás fuese el frío—. El chocolate hará el resto, pero recuerda que me debes la vida de tus manos de genio colocador, así que en el próximo partido me la tendrás que colocar todo el tiempo.
Kageyama se quitó los guantes. Ahora tenía las manos cálidas. Sopló en ellas para calentarlas un poco más y después las puso en las mejillas de Hinata, que dio un paso atrás.
—Eso está hecho —dijo, sin pensar, mirándole a los ojos.
No podría decir cuánto tiempo le miró, porque los ojos de Hinata tenían ese efecto propio de los agujeros negros de los que siempre hablaba su tío, esa capacidad de atrapar todo lo que se acercaba a ellos, y Kageyama no quería moverse, porque si se movía estaba perdido, porque quería besarle pero no podía hacerlo, y Hinata era la bola de demolición y si le golpeaba sabía que todo se derrumbaría y debía mantener la calma, pero sus ojos estaban reflejando un millón de galaxias y eso era hacer trampa.
Destruiréis el Karasuno.
Y otra vez fue Hinata quien dio el paso. Le besó, y Kageyama jadeó ante la sorpresa, pero no se alejó. Tenía los pies pegados al cemento, y tal vez había perdido la capacidad de caminar. Los labios de Hinata estaban helados, y Kageyama los empujó para sentir la calidez de su lengua. Cuando Hinata le devolvió el beso pudo sentirse derretir como si fuese nieve en un día de verano. Era incomprensible que pudiese hacerle sentir así. No tenía sentido. Ni siquiera le había tocado.
Pero en su mente apareció un recuerdo, claro y real.
La respiración de Atsumu. Su respiración fuerte y pesada, y su voz hablándole, diciéndole cualquier cosa que ni siquiera escuchó. Ni había podido abrir los ojos mientras lo hacían, y eso le hacía sentir un asco de sí mismo que jamás había experimentado.
Capullo. Eres un capullo, se dijo, sintiendo el estómago revolvérsele.
Se separó abruptamente, quedando a unos milímetros de su boca. El vaho que ambos formaban al respirar ahora se confundía.
Tengo que parar esto.
Hinata había desayunado una naranja, y tal vez comió también uno de esos caramelos de toffe que siempre llevaba espachurrados en el fondo de la mochila. Kageyama odiaba los caramelos de toffe, pero su regusto en la boca de Hinata era delicioso. Podría besarle hasta que se hiciese de noche, y seguir después. Podría...
—Hinata.
—Cállate.
Kageyama abrió un poco los ojos, y se encontró con esa mirada intensa que a veces le taladraba en la pista.
—¿Qué?
—Que ya lo sé, idiota —susurró Hinata, besándole, abriendo su boca sobre la de él y dirigiendo el beso. Kageyama notó que todo en él se tambaleaba, sus células, sus recuerdos, su ética. Porque era un capullo, pero quería que ese beso no terminase nunca. De pronto apenas recordaba quién era ni que hacía en aquella azotea con los pies helados y el resto del cuerpo en llamas. Todo lo que existía era Shoyo y su olor a champú infantil y su beso dulce y audaz y sabía que iría con él a dar de comer a los patos, iría todos los días del año y viviría en una tienda de campaña junto al puto lago de patos, se convertiría en cuidador de patos e incluso podría...
Pero volvió a separarse, porque no podía dejarse ir así.
Destruiréis...
Lo destruiréis...
—No lo sabes, idiota —dijo, controlando su respiración.
—Vas a decirme que has vuelto a besar a Atsumu-san —susurró Hinata, con los labios pegados a los de él—. He visto la foto.
—¿Qué foto? —preguntó Kageyama, confundido, sin separarse.
—No importa —dijo Hinata, volviendo a besarle. Le atrapó otra vez, y volvió a perderse, y no se recuperó a sí mismo hasta que sintió su mano en la mejilla, acariciándola como había hecho con el muñeco de nieve. Se apartó, negando con la cabeza.
—Sí que importa, escúchame.
—No quiero escucharte, aunque le besases, no importa, estás asustado, y unos besos no van...
—He follado con él —soltó Kageyama, alejándose definitivamente—. Hace un rato. En realidad pasa a menudo desde que le conozco, por eso vuelvo tarde de noche. Hoy fui a su casa a recoger mis cosas, y volvimos a follar. En realidad no iba a hacerlo, pero pasó.
Hinata le miró a los ojos. Lo había hecho a propósito. Quería que lo entendiese con claridad. Sabía que Hinata era infantil en muchos aspectos. Le gustaba formar canciones estúpidas, llevaba camisetas de personajes de la Shonen Jump y se sonrojaba cuando Kageyama decía "cagar" en vez de "ir al baño", y ¿cómo cojones podría funcionar entre ellos?
Así se alejaría, porque se alejaría, y sería más fácil.
—¿Sigues queriendo ese chocolate?
Hizo la pregunta señalando la puerta de la azotea, el punto de regreso al mundo real.
—¿No me has oído?
—Sí —dijo Hinata, soplando en sus propias manos. Se le debían haber vuelto a helar, porque llevaba mil horas al frío. Sus labios ahora estaban colorados y también su rostro, pero también Kageyama se sentía así.
—¿Y no dices nada?
Había esperado un enfado, a lo mejor un empujón, incluso un puñetazo.
Hinata se encogió de hombros.
—Estamos en Tokio y nieva y ya sabes, es enero. El año acaba de empezar y, bueno, tenemos dieciséis años. Mira, está atardeciendo. Cuando nos besamos el sol justo se veía por detrás de ese edificio, abrí un poco los ojos para verlo, aunque abrir los ojos mientras besas es lo peor pero en realidad solo los abrí un poquito, y bueno, pensé que era un momento genial, como en esas películas que terminan en plan wooa y todo eso. Tú y yo dándonos pases en una azotea de Tokio, en nuestro primer año, en pleno campeonato nacional... Es una locura, es como si me fuese a despertar en cualquier momento. Anoche... anoche, mientras nevaba, miré mucho por la ventana. Te vi salir, como las demás noches. Ya sabía donde ibas. A mí... Bueno, me gustaría que nevase como anoche y realmente vinieses a mi cuarto y me dijeses oye Hinata idiota, duerme conmigo. Porque me gustaría mucho eso, pero no soy tonto. Yo... No sé muchas cosas. No sé sacar, ni dar pases, ni armar una jugada como colocador... Pero estoy en los nacionales con Karasuno, y contigo, y eso, uau. Tampoco sé besar ni nada y aun así nos hemos besado tres veces, aunque lo hicieses por error o por el ambiente o por el momento o lo que sea. Quiero decir, tú me has querido besar a mí, pudiendo haber besado, no sé, a cualquier persona del mundo entero. Y bueno, en realidad me encanta besarte, y querría hacerlo todo el tiempo, todo el tiempo que no juguemos al volley quiero decir. Viviría jugando y besándote, así todo el tiempo, aunque haya que ir a la escuela y eso, pero él resto del tiempo, yo... Yo haría eso, pero no es algo que pueda decidir yo solo y no pasa nada, porque bueno, no puedo quejarme, creo que tengo un montón de suerte, ¿no? Y aunque me gustaría que hubieses venido a mi cuarto esta noche a pedirme que durmiese contigo, no puedo competir con Atsumu-san. Tampoco tendría mucho sentido ¿sabes? Las cosas geniales son en plan... ¡Paam! Sin forzarlas. Si hubieses venido anoche, pues, bueno, me habría muerto de miedo y de vergüenza y también habría sido increíble. Pero no voy a cortar tus alas y menos siendo de mi parvada. Así que deja de mirarme así o tendré pesadillas. ¿Quieres ese chocolate o no, Bakayama?
Kageyama le miraba con las palabras congeladas en el pecho.
En algún momento, sin su consentimiento, sin ser casi consciente, contra toda lógica y razón, se había enamorado de ese enano idiota y pelirrojo. Atsumu tenía razón.
Estaba bien jodido.
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