Viaje en el expreso

El tren comenzó a moverse. Harry observaba como las casas pasaban a toda velocidad por la ventanilla. Harry sintió una ola de excitación. No sabía lo que iba a pasar... pero sería mejor que lo que dejaba atrás.

La puerta del compartimiento se abrió y entraron un niño y una niña de su misma edad.

—¿Hay alguien sentado ahí? —preguntó el niño, señalando el asiento opuesto a Harry—. Todos los demás vagones están llenos.

Harry negó con la cabeza y el muchacho se sentó. Lanzó una mirada a Harry y luego desvió la vista rápidamente hacia la ventanilla, como si no lo hubiera estado observando. Harry notó que todavía tenía una mancha negra en la nariz.

—Oh, soy Harry, Harry Crane —se presentó Harry.

—Yo soy Blaise Zabini —murmuró Blaise—¿Eres de una familia de magos? —preguntó Blaise.

—Oh, sí, eso creo —respondió Harry—. Según parece si, tiene unos días que me entere que soy mago. ¿y tú eres de una familia de magos?

—Oh, sí, somos sangre pura —respondió Blaise.

—Entonces ya debes de saber mucho sobre magia.

Era evidente que los Zabini eran una de esas antiguas familias de magos de las que había hablado el pelirrojo muchacho del callejón Diagon.

—Entonces vives con muggles—dijo Blaise—. ¿Cómo son?

—Horribles... Bueno, no todos ellos. Mi mamá y mi papá sí lo son. Me hubiera gustado tener hermanos magos.

—Bueno, yo en realidad no tengo hermanos, soy hijo único —corrigió Blaise. Por alguna razón parecía deprimido—. Pero no me quejo, lo que si tengo es muchos amigos tú ya eres uno de ellos.

Se oyó un golpe en la puerta del compartimiento, y entró el muchacho de cara redonda que Harry había visto antes de pasar por el andén nueve y tres cuartos. Parecía muy afligido.

—Perdón —dijo—. ¿Por casualidad no habrán visto un sapo?

Cuando los dos negaron con la cabeza, gimió.

—¡La he perdido! ¡Se me escapa todo el tiempo!

—Ya aparecerá —dijo Harry.

—Sí —dijo el muchacho apesadumbrado—. Bueno, si la ven...

Se fue.

Acababan de voltearse para seguir conversando, cuando la puerta del compartimiento se abrió otra vez. Había regresado el chico del sapo, pero llevaba a una niña con él. La muchacha ya llevaba la túnica de Hogwarts.

—¿Alguien ha visto un sapo? Neville perdió uno —dijo. Tenía voz de mandona, mucho pelo color castaño y los dientes de delante bastante largos.

—Ya le hemos dicho que no —dijo Blaise, pero la niña no lo escuchaba.

—Yo soy Hermione Granger. ¿Y ustedes quiénes son? —Dijo todo aquello muy rápidamente.

Harry miró a Blaise y se calmó al ver en su rostro aturdido que él tampoco se había aprendido todos los libros de memoria.

—Yo soy Blaise Zabini —murmuró Blaise.

—Harry Crane —dijo Harry.

—¿Eres hijo de muggles? —dijo Hermione—. Lo pregunto por tu apellido, según lo que leí en Historia de la magia moderna, ese apellido no es común en el mundo de la magia por supuesto, conseguí unos pocos libros extra para prepararme más.

—Si soy hijo de muggles —dijo Harry, sintiéndose mareado.

—Dios mío, no lo sabes. Yo en tu lugar habría buscado todo lo que pudiera —dijo Hermione—. ¿Saben a qué casa van a pertenecer? Estuve preguntando por ahí y espero estar en Gryffindor, parece la mejor de todas. Oí que Dumbledore estuvo allí, pero supongo que Ravenclaw no será tan mala... De todos modos, es mejor que sigamos buscando el sapo de Neville. Y ustedes cambiarse ya, vamos a llegar pronto.

Y se marchó, llevándose al chico sin sapo.

—Cualquiera que sea la casa que me toque, espero que ella no esté —dijo Balise.

—¿En qué casa crees que quedaras? —preguntó Harry

—Slytherin —dijo Blaise. Otra vez parecía deprimido—. Mamá y papá también estuvieron allí. No sé qué van a decir si yo no estoy. No creo que Ravenclaw sea tan mala, pero imagina si me ponen en Hufflepuff.

Blaise le estaba explicando varias cosas respecto a el mundo mágico, cuando otra vez se abrió la puerta del compartimiento, pero esta vez no era Neville, el chico sin sapo, ni Hermione Granger.

Entraron tres muchachos, y Harry reconoció de inmediato al del medio: era el chico de la tienda de túnicas de Madame Malkin. Miraba a Harry con mucho más interés que el que había demostrado en el callejón Diagon.

—¿Es verdad? —preguntó—. Me entere que eres hijo de muggles.

—Sí —respondió Harry. Observó a los otros muchachos. Ambos eran corpulentos y parecían muy vulgares. Situados a ambos lados del chico pelirrojo, parecían guardaespaldas.

—Oh, éste es Crabbe y éste Goyle —dijo el muchacho pelirrojo con despreocupación, al darse cuenta de que Harry los miraba—. Y mi nombre es Weasley, Ronald Bilius Weasley.

Blaise dejó escapar una débil tos, que podía estar ocultando una risita. Weasley lo miró.

—Te parece que mi nombre es divertido, ¿no? No necesito preguntarte quién eres. Mi padre me dijo que todas las serpientes rastreras son como tu, se creen mejor que todos.

Se volvió hacia Harry.

—Muy pronto descubrirás que algunas familias de magos son mucho mejores que otras, Crane. No querrás hacerte amigo de los de la clase indebida. Yo puedo ayudarte en eso. No importa que seas hijo de muggles, lo puedo dejar pasar.

Extendió la mano, para estrechar la de Harry; pero Harry no la aceptó.

—Creo que puedo darme cuenta solo de cuáles son los indebidos, gracias —dijo con frialdad.

Ronald Bilius Weasly no se ruborizó, pero un tono rosado apareció en sus pecosas mejillas.

—Yo tendría cuidado, si fuera tú, Crane —dijo con calma—. A menos que seas un poco más amable, vas a ir por el mismo camino que muchos impuros. Ellos tampoco sabían lo que era bueno para ellos. Tú sigue con rastreros como los Zabini y ese profesor que estaba contigo en el callejón y terminarás como todos aquellos impuros.

Harry y Blaise se levantaron al mismo tiempo. El rostro de Blaise estaba tan rojo como el pelo del tal Ronald.

—Repite eso —dijo.

—Oh, van a pelear con nosotros, ¿eh? —se burló Weasley.

—Si no se van ahora mismo... —dijo Harry, con más valor que el que sentía, porque Crabbe y Goyle eran mucho más fuertes que él y Blaise.

—Muy bien nos iremos, no valen la pena chicos, tenemos mucho tiempo para desquitarnos.

Un segundo más tarde, Hermione Granger volvió a entrar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, mirando las golosinas tiradas por el suelo.

—¿Conocías ya a Weasley?

Harry le explicó el encuentro en el callejón Diagon.

—Oí hablar sobre su familia —dijo Blaise en tono lúgubre—Se volvió hacia Hermione—. ¿Podemos ayudarte en algo?

—Mejor que se apresurén y se cambien de ropa. Acabo de ir a la locomotora, le pregunté al conductor y me dijo que ya casi estamos llegando. No se estarían peleando, ¿verdad? ¡Se van a meter en líos antes de que lleguemos!

—¿Te importaría salir para que nos cambiemos? —dijo Blaise, mirándola con rostro severo

—Muy bien... Vine aquí porque fuera están haciendo chiquilladas y corriendo por los pasillos —dijo Hermione en tono despectivo—. A propósito, ¿te has dado cuenta de que tienes sucia la nariz?

Harry miró por la ventanilla. Estaba oscureciendo. Podía ver montañas y bosques, bajo un cielo de un profundo color púrpura. El tren parecía aminorar la marcha.

Él y Blaise se quitaron las camisas y se pusieron las largas túnicas negras.

Una voz retumbó en el tren.

—Llegaremos a Hogwarts dentro de cinco minutos. Por favor, dejen su equipaje en el tren, se lo llevarán por separado al colegio.

El estómago de Harry se retorcía de nervios y Blaise, podía verlo, estaba pálido. Llenaron sus bolsillos con lo que quedaba de las golosinas y se reunieron con el resto del grupo que llenaba los pasillos. El tren aminoró la marcha, hasta que finalmente se detuvo. Todos se empujaban para salir al pequeño y oscuro andén. Harry se estremeció bajo el frío aire de la noche. Entonces apareció una lámpara moviéndose sobre las cabezas de los alumnos, y Harry oyó una voz conocida:

—¡Primer año! ¡Los de primer año por aquí! ¿Todo bien por ahí, Harry?

La gran cara peluda de Hagrid rebosaba alegría sobre el mar de cabezas.

—Síganme... ¿Hay más de primer año? Miren bien dónde pisan. ¡Los de primer año, síganme!

Resbalando y a tientas, siguieron a Hagrid por lo que parecía un estrecho sendero. Estaba tan oscuro que Harry pensó que debía de haber árboles muy tupidos a ambos lados. Nadie hablaba mucho. Neville, el chico que había perdido su sapo, lloriqueaba de vez en cuando.

—En un segundo, tendrán la primera visión de Hogwarts —exclamó Hagrid por encima del hombro—, justo al doblar esta curva.

Se produjo un fuerte ¡ooooooh!

El sendero estrecho se abría súbitamente al borde de un gran lago negro. En la punta de una alta montaña, al otro lado, con sus ventanas brillando bajo el cielo estrellado, había un impresionante castillo con muchas torres y torrecillas.

—¡No más de cuatro por bote! —gritó Hagrid, señalando a una flota de botecitos alineados en el agua, al lado de la orilla. Harry y Blaise subieron a uno, seguidos por Neville y Hermione.

—¿Todos subieron? —continuó Hagrid, que tenía un bote para él solo—. ¡ADELANTE!

Y la pequeña flota de botes se movió al mismo tiempo, deslizándose por el lago, que era tan liso como el cristal. Todos estaban en silencio, contemplando el gran castillo que se elevaba sobre sus cabezas mientras se acercaban cada vez más al risco donde se erigía.

—¡Bajen las cabezas! —exclamó Hagrid, mientras los primeros botes alcanzaban el peñasco. Todos agacharon la cabeza y los botecitos los llevaron a través de una cortina de hiedra, que escondía una ancha abertura en la parte delantera del peñasco. Fueron por un túnel oscuro que parecía conducirlos justo por debajo del castillo, hasta que llegaron a una especie de muelle subterráneo, donde treparon por entre las rocas y los guijarros.

—¡Eh, tú, el de allí! ¿Es éste tu sapo? —dijo Hagrid, mientras vigilaba los botes y la gente que bajaba de ellos.

¡Trevor! —gritó Neville, muy contento, extendiendo las manos. Luego subieron por un pasadizo en la roca, detrás de la lámpara de Hagrid, saliendo finalmente a un césped suave y húmedo, a la sombra del castillo.

Subieron por unos escalones de piedra y se reunieron ante la gran puerta de roble.

—¿Están todos aquí? Tú, ¿todavía tienes tu sapo?

Hagrid levantó un gigantesco puño y llamó tres veces a la puerta del castillo.