El ambiente en el invernadero era asfixiante. La humedad, el olor a multitud de diferentes plantas, a tierra, a abono, todo contribuía a aumentar el sofoco que ya de por sí sentía cada vez que entraba allí.
Al fondo, inclinado sobre un rectángulo de tierra, vacío a simple vista, estaba el profesor de herbología. Longbottom, héroe de guerra, jefe de casa de Gryffindor. El profesor más querido en general por los estudiantes, por su bondad y su empatía. Para él, uno de los hombres más guapos del mundo. Pero chsttt, era un secreto. Porque él era Nott.
Theodore Nott hijo era un cobarde. Bueno, eso era lo que él creía que la gente pensaba, especialmente sus compañeros de Slytherin. Hijo de mortífago, había huido durante la guerra con su madre a Estados Unidos. Allí acabó sus estudios e hizo la carrera de pocionista.
Durante un tiempo, compitió en la lejanía en méritos con el único amigo que conservaba en Europa, Draco Malfoy. Cuando ambos estaban en lo mejor de su carrera de investigadores, recibieron casi a la par un mal golpe: él perdió a su madre y Draco a su esposa.
Obligado a hacerse cargo de los asuntos familiares en Inglaterra, tomó la decisión de volver. Se encontró un país aún hostil, en el que toda su reputación como pocionista solo alcanzó para conseguir el puesto de maestro en Hogwarts.
Dentro de los muros de la escuela se sentía más cómodo. Sus compañeros profesores le acogieron con calidez, la mayoría. Recibía desprecios todavía por parte de algunos padres y de alumnos mayores provenientes de familias sangrepura, pero era llevable. Podía seguir en su tiempo libre con sus investigaciones y tenía a su disposición los invernaderos y al mejor herbologista con el que había trabajado.
— Longbottom —Se obligó a saludar, para dejar de recrearse en el trastero de su colega.
Neville dio un respingo, sobresaltado. Nott tenía la habilidad de ser muy silencioso, siempre le pillaba por sorpresa y acababa, como en aquel momento, tirando lo que tenía en la mano y con la túnica llena de tierra.
— Nott —respondió, sacudiéndose la tierra de la túnica—, ¿en qué puedo ayudarte?
Neville, que había pasado de ser un niño tímido a un líder, se sentía enormemente cohibido cerca de su compañero de claustro. Nott no era muy alto, pero tenía una presencia y un aplomo que le hacían sentir desgarbado y torpe. Y sonrojarse la mayoría de las veces que hablaba con él.
— Necesito veneno de Tentácula.
El profesor de herbología alzó una ceja con gesto de curiosidad.
— ¿Lo vas a usar para clase ? No recuerdo ninguna poción…
— Es para mi investigación personal —Le interrumpió Nott—. Trabajo en un antídoto, Malfoy ha firmado una colaboración con San Mungo.
— Vaya, no sabía que trabajaseis juntos —respondió en tono seco Neville, comenzando a caminar hacia su despacho, al otro lado del invernadero—. No tengo ahora mismo ninguna Tentácula en el colegio, tuve que deshacerme de la última porque atacó a algún Weasley que andaba haciendo lo que no debía.
A Nott le sorprendió el tono malhumorado del, normalmente, afable profesor.
— De vez en cuando colaboramos, Draco tiene más trabajo del que puede abarcar ahora, quiere pasar más tiempo con su hijo.
— Comprensible —murmuró Neville, tomando un catálogo de su mesa—. Esta gente tiene un buen servicio de pedidos a través de lechuza y son de confianza, si quieres hablar con ellos.
Nott tomó el catálogo que le tendía y cruzó los brazos sobre el pecho, con el ceño fruncido.
— ¿Va todo bien? ¿Te ha molestado que te pida algo para uso personal? Basta con que me lo digas y no te pondré otra vez en ese compromiso.
Neville levantó la mirada del suelo por primera vez y le miró directamente.
— No, no, lo que esté en mi mano que pueda hacer por tí, no dudes en pedírmelo.
Y le sonrió, con esa sonrisa que le había visto dedicar en ocasiones a los asustados alumnos de primero. O a la legión de Weasley que pululaban por la escuela y en secreto lo trataban como a un tío más. Una sonrisa cálida, que iluminaba sus ojazos marrones e inocentes desde dentro con una luz que le atrajo como polilla a una vela.
Cuando quiso darse cuenta, estaba muchísimo más cerca que lo que marca el decoro, mirando alternativamente la boca de Neville y sus ojos, ahora ligeramente asustados.
— ¿Y si te pido un beso ? —Le dijo, con una sonrisa un poco nerviosa— Podrías hacerme muy feliz con eso.
Neville soltó una carcajada y se acercó más, casi rozando nariz con nariz.
— Podría ser que nos hiciéramos felices mutuamente.
El ambiente en el invernadero siguió siendo asfixiante. Ahora los recuerdos también contribuían a aumentar el sofoco que sentía cada vez que entraba allí.
