Naruto Y Hinata en:
EL CASTILLO DE LA NIEBLA
«Capítulo 10»
Hinata se levantó al alba, como tenía por costumbre.
Pero no bajó al comedor. No le apetecía otra escena con su reciente esposo.
Había pasado una noche inquieta, rememorando una y otra vez a Naruto besándola, acariciando su pecho, su muslo… Apenas pudo dormir y estaba cansada e irritable. Desde luego, aquella mañana no era buena compañía para nadie. Asumir que Naruto le atraía derrumbaba sus defensas, porque, hasta conocerle, el deseo era sólo una palabra para ella. Ahora, no. Ahora se trataba de algo tangible, una sensación que la aturdía y a la que no quería rendirse.
No esperó a Natsu y se vistió sola, eligiendo un vestido fácil de abrochar y un chal. Salió de su cuarto y bajó a la planta inferior. Tenía un nudo en el estómago, así que se saltaría el desayuno esa mañana y aprovecharía para deambular por el castillo a solas y conocerlo un poco más.
Uzumaki House siguió pareciéndole un laberinto. Después de dar algunas vueltas sin encontrar un alma, abriendo y cerrando puertas tras las que no encontró más que habitaciones vacías y oscuras, salió al jardín. Al menos allí podía respirar y liberar parte del agobio que la oprimía muros adentro.
Paseó arrullada por el canto de los pájaros y el sonido lejano de alguna caída de aguas, tal vez una fuente, acariciando parterres de flores muy cuidadas que flanqueaban los senderos, aspirando el aroma a hierba fresca que hizo que olvidara su mal humor.
— Muy hermosa, ciertamente.
Hinata respingó.
A sus espaldas, medio recostado en el tronco de un árbol, un joven alto, fibroso, con los cabellos largos rubios, recorría a Hinata desde la cabeza hasta la punta de los escarpines. Su boca, plena, se distendía en la sonrisa burlona de un rostro atractivo.
— Buenos días — saludó ella.
— ¡Incluso habla, buen Dios! — exclamó él poniendo los ojos en blanco y llevándose teatralmente la mano al corazón— . ¡Cómo me gustaría plasmar esa belleza en un lienzo!
Un calavera, le definió de inmediato Hinata.
— ¿Quién es usted? ¿Un artista del óleo?
El muchacho abandonó su pose de dejadez y se le aproximó. Sin contestar, tendió la mano y tomó un mechon del pelo de Hinata, palpando su textura.
— Anoche no me creí lo que me aseguró ese beduino de Akimichi, pero reconozco que se quedó corto en alabanzas.
— ¿Akimichi?
— Choji Akimichi, el valet de mi hermano.
— De su…
— Deidara Uzumaki. — Se inclinó ante ella en una reverencia tan exagerada que su flequillo casi tocó el suelo— . Un amante de los grandes maestros de la pintura a sus pies, dulzura.
Tal vez fuera un libertino o un payaso pero, al menos, con su audacia, sabía cómo alegrar una mañana que ella preveía aciaga.
— Ese condenado tiene suerte — lamentó él artificialmente dolido— . ¿De verdad se ha casado contigo? ¿Por poderes?
— Si se refiere al duque, sí. Shikamaru Nara lo representó.
— Siempre mantuve que Naruto era idiota; ahora estoy completamente convencido. — Arrancó una rosa blanca y se la entregó.
Hinata aceptó el obsequio con una inclinación de cabeza y la colocó en su escote. Habiendo encontrado tan grata compañía, reanudó su paseo al que él la acompañó situándose a su lado.
— ¿Vive aquí, señor?
— Por favor, llámame Deidara, a fin de cuentas ahora somos parientes. ¿Acaso me ves cara de bobo para vivir aquí? Tengo un apartamento en Londres, cerca de Carnaby Street. Si alguna vez te apetece, estaré encantado de invitarte.
— Lo que me gustaría es desayunar — contestó de mejor humor— . De pronto, me siento famélica.
— ¡Qué poco romántico, señora!
Bromeando, entraron y acudieron al comedor. Naruto estaba terminando su desayuno y frunció el ceño cuando aparecieron juntos.
— Encontré un hada en el jardín — anunció Deidara a modo de saludo, retirando una silla para ella.
A Naruto le sacudió una oleada de celos y su saludo no pasó de una formalidad fría.
— Creía que ya te habrías marchado.
— Y lo habría hecho de no haber descubierto a esta sirena paseando por el jardín — contestó el joven, mientras servía en un plato salchichas, bacón y huevos revueltos, que colocó frente a Hinata. Después se sirvió a sí mismo y se acomodó a su lado, alejado de su hermano— . No he podido resistirme y he bajado a buscarla.
Hinata se mordió los labios y tomó un poco de revuelto procurando no mirar a su esposo. Al parecer, él tampoco se había levantado con buen pie.
— ¿Te marchas ahora?
— ¡Demonios! Realmente tienes ganas de perderme de vista.
— No he dicho…
— No necesito explicaciones. — Retiró su plato con poco tiento y se levantó— . Tú estás loco por que me vaya y yo deseando hacerlo. Sólo he venido a tu guarida para ponerte en sobre aviso. De no ser porque me creía en deuda contigo, ni me habría planteado pisar Uzumaki House.
Naruto no se mordió la lengua.
— Siéntate y calla — le ordenó— . Sueles estar más guapo cuando lo haces.
— ¡Condenado…!
— ¡Siéntate, maldita sea! — se irritó Naruto.
Hinata comenzó a encontrarse desplazada en medio de la confrontación. No comprendía lo que le pasaba a su esposo. Acostumbrada a la buena convivencia con sus hermanos, las chispas entre estos dos eran de auténtica hostilidad. Deidara le había parecido un muchacho agradable, pero reconocía que no sabía nada de él. Claro que tampoco sabía nada de su recién estrenado esposo.
Deidara no se sentó. Malhumorado dejó la servilleta sobre la mesa y se fue.
— Disculpad que no me quede, milady, pero he perdido el apetito. Ha sido un placer.
Cerró la puerta tras él con demasiada fuerza y Hinata vio que su esposo apretaba los puños. Pero instantes después la muestra de cólera contenida desapareció dando paso a su habitual indiferencia. Hacía gala de su control habitual.
— Lamento la desagradable escena, señora — se disculpó— . No suelo perder los papeles, pero ese hombre hace que lo consiga con facilidad.
— A mí me ha parecido encantador — repuso ella, sin mirarlo— . Y vos, muy grosero.
Naruto enarcó sus cejas y disimuló tras un carraspeo lo bien que encajaba su respuesta.
— Es la imagen que da — asintió— . Y la que doy yo.
— A cada cual lo suyo, milord.
Naruto no quiso entablar una guerra dialéctica con ella y se sirvió una segunda taza de café mientras ella daba buena cuenta del desayuno.
— Salgo para Londres — informó— . Es un asunto de negocios, de modo que no la invito a acompañarme.
Hinata se limpió los labios y se encogió de hombros.
— Uzumaki House es demasiado grande y creo que necesitaré algunos días para hacerme a él por entero, de manera que no debe preocuparse, no me aburriré.
— La señora Konan le presentará a la servidumbre — comentó, disimulando que su indiferencia le había herido— . Son buena gente.
¡Por amor de Dios, era un cínico!, se dijo ella. Ni siquiera debía de saber cuántas personas componían el servicio. Si hasta le había dicho que desconocía el nombre de la mayoría… Se mordió la lengua para no decir algo que luego podía lamentar. No deseaba una guerra. Además, si se marchaba… no podría cobrarse la caricia diaria, pensó con una mezcla de alivio y derrota.
— ¿Estará ausente varios días?
Naruto se echó a reír, algo que, sumado a lo que dijo a continuación, la encontró desprevenida.
— Señora, es como un libro abierto. — Su rostro atezado se suavizaba— . Puede que esté un par de días en Londres, sí. Pero eso no hace más que posponer nuestro acuerdo, mi esquiva Duquesa Perla. Porque, cuando regrese, me cobraré todo el pago de una vez.
— Ese no… — se atragantó Hinata.
— El trato fue una caricia por día, esposa mía. No se habló nada de cobrármelas juntas o por separado.
Como si la hubiera hallado en un renuncio, se sintió terriblemente mortificada, y el desayuno se convirtió en una bola en su estómago. La atacaron impulsos de lanzarle un plato a la cabeza, pero se controló. No, no conseguiría que apareciera como una niña estúpida y malcriada. Si tenía que tragarse la bilis, lo haría.
— Me encantará conocerlos, milord.
— ¿A quiénes? — preguntó él, desubicado.
— A los sirvientes, excelencia.
No le cupo duda que sabía burlarse de él, a pesar de lo cual lo embargó una oleada de calidez. Estaba muy bonita con su sencillo vestido que se ajustaba a su pecho acaparando toda su atención. ¡Cómo hubiera deseado embriagarse en él!
Echó la silla hacia atrás y se levantó. Necesitaba poner distancia entre ambos o se desquiciaría, porque estar al lado de su hermosa escocesa y permanecer impasible estaba esquilmando su cordura. Se despidió y alcanzó la puerta. Con la mano en el tirador, se quedó varado. Algo invisible tiró de él, se volvió y acortó la distancia que les separaba.
Hinata ahogó una exclamación cuando la tomó de los hombros y la instó a que se levantara. Se encontró con unos ojos que refulgían y ella no supo si era de irritación o de deseo. Sin opción a oponérsele, Naruto aprisionó su boca y la besó apasionadamente, tanto que el cuerpo de ella reaccionó sin reservas y se apretó a él.
— El cobro de hoy, señora.
Él se marchó. Hinata oyó el traquetear del carruaje que lo llevaba y el ajetreo inevitable de los criados recogiendo el servicio… Pero ella continuó allí, sin moverse, presa de una comezón que se agrandaba impulsada por los envites amorosos de su marido.
El duque, por su parte, iba pensando que aquella mañana había perdido la compostura dos veces. Demasiado. Tanto tiempo de celibato le estaba pasando factura.
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Konan Dumond era eficiente.
Y extraña.
Sâra comentó que había entrado en su puesto hacía un año. Traía buenas referencias y sustituyó a la anterior ama de llaves, fallecida en un desgraciado accidente.
A Hinata empezaban a parecerle demasiados accidentes, pero se guardó su opinión.
Iba a ser presentada a un sinfín de criados, por lo que se reunió con la señora Konan en el vestíbulo. Escrutada por unos rostros que aguardaban expectantes, hizo que echara de menos la serenidad de su esposo, pero afortunadamente Natsu ejercía de guardaespaldas, como siempre, y ésta apretó ligeramente su brazo insuflándole ánimo.
En Byakugan Tower había pocos sirvientes y ella sabía sus nombres, conocía a sus familias, a sus hijos… Calculó que en el vestíbulo debía de haber unas treinta personas y se le ralentizó el paso.
— ¡Santo Dios…! — musitó.
Todos, sin excepción, vestían de oscuro, como acólitos de un velatorio. Hasta los delantales y las cofias eran negros, excepción hecha de unas cintas blancas en las muchachas más jóvenes. Hinata sintió que crecía seriamente su aversión por el negro.
El ama de llaves se adelantó a la ordenada fila de criados y comenzó su presentación por el señor Ebisu. Hinata trató de grabar cada uno de los nombres y su cometido mientras respondía con una inclinación de cabeza a cada reverencia. Conocía ya a Denki, al mayordomo y a Sâra. Apenas retuvo algunos apellidos, aunque creía haber archivado bastantes más nombres. Ya era algo.
— ¿No son demasiados? — preguntó a la señora Konan en voz baja, una vez finalizado el protocolo.
— Uzumaki House es grande, excelencia — le contestó con su voz áspera y condescendiente. Demasiado bien lo sabía porque, aquella misma mañana, tras la partida del duque, se había extraviado dos veces.
— No sé si seré capaz de memorizar tanto nombre.
— ¿Quién te dijo que tuvieras que hacerlo, niña? — intervino Natsu, como siempre tan práctica.
Cuidadores de caballos, jardineros, mucamas, mayordomo, cocinera, pinches, cocheros, vigilantes… Hinata se desanimaba.
Expectantes, todos esperaban sus palabras. Miró al frente, cruzó las manos a la espalda para que no vieran que le temblaban, y se aclaró la garganta, especialmente reseca ahora.
— Es un placer conocerlos a todos. Iré aprendiendo sus nombres y sus quehaceres con el tiempo. Discúlpenme y no tomen a mal si les pregunto en alguna ocasión porque no será por falta de consideración. Y no duden en hacerme llegar sus preocupaciones.
Ebisu dio un paso al frente destacándose del resto.
— Esperamos que su excelencia encuentre satisfactorio nuestro servicio. Haremos todo lo que esté en nuestras manos para que su estancia en Uzumaki House sea de su complacencia.
— Se lo agradezco, señor Ebisu. Muchas gracias a todos.
— Pueden seguir con sus ocupaciones — ordenó Konan, un paso atrás.
El servicio ejecutó una reverencia conjunta y fue dispersándose ordenadamente. Hinata no fue ajena a la mirada crispada de una de las criadas, que no disimulaba su desdén. Se fijó en ella. Unos ojos azules retaron a los suyos fugazmente y luego siguió a los demás.
Hinata se preguntó por qué, pero se olvidó de ella para dirigirse a la cocinera antes de que volviera a su trabajo.
— ¿Puede concederme un instante, señora?
La mujer, una rolliza y morena matrona, asintió y cruzó las manos sobre el regazo.
— Usted dirá, milady.
— Es usted italiana, ¿verdad?
— Así es, excelencia.
— Sé que la cocina es su territorio, pero… ¿sería posible que yo pudiera entrar de vez en cuando? — Enarcó ésta unas cejas oscuras y pobladas— . Me agrada cocinar y tal vez ponga en práctica algunas recetas que conozco, pero estoy convencida de que con usted aprenderé mucho.
La cocinera mostró en su cara el placer de tales palabras y perdió la rigidez sonriendo bonachonamente. Hinata supo de inmediato que acababa de ganarse una amiga. Y Dios sabía que iba a hacerle falta en aquel gigantesco lugar.
— La cocina, como todo Uzumaki House, es suya, milady. Me sentiré muy honrada de aprender algunos de sus platos escoceses.
Hiinata expresó su agrado apretando las manos de la cocinera.
— Es usted un cielo. Gracias.
La señora cocinera se marchó, sonrojada y dichosa, y sólo entonces se dio cuenta Hinata de haber cometido una imprudencia. Pero ya era tarde para remediarlo.
— He vuelto a hacerlo — suspiró, pesarosa.
— No es habitual dispensar un trato tan cercano al servicio, milady — la regañó la señora Konan con un rictus de permanente desagrado.
— Lamento no haber acertado, señora Konan, pero es que tan sólo soy duquesa desde hace unos pocos días — repuso ella con voz templada pero sin disimular una vena de rebeldía— . Me llevará un tiempo aprender.
No modificó un ápice su gesto desabrido el ama de llaves. Incluso se acentuó.
— Es posible que no lo haga nunca, milady. Si no desea nada más…
La vio perderse por la galería sin saber muy bien si aquel agrio comentario era una recriminación o un halago, pero volvió a recorrerla un escalofrío, como cuando le fue presentada. Natsu vino a confirmar lo que ella estaba pensando:
— No me gusta esa mujer. Parece un cuervo.
— ¿Te has fijado en la última criada que ha salido? — preguntó la joven sin atender su opinión— . Creo que la señora Konan dijo que se llama Fûka.
— ¿Y?
— Entérate de cuál es su cometido. Me dio la sensación de tener algo contra mí y quiero saber qué es.
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Era un cuartucho maloliente.
Ninguna de las personas que hacían negocios con Zabuza Momochi podía suponer que despachara en un lugar tan decrépito.
Sin embargo, Zabuza, hijo de un minero y una prostituta de Leeds, se manejaba a sus anchas en la mediocridad a pesar de haber amasado una fortuna con sus sucios negocios.
Había comenzado su carrera delictiva a los quince años, robando carbón de la mina en la que su padre había trabajado, antes de enfermar y morir. Lo vendía en pequeñas cantidades y eso le proporcionaba unas monedas extra. Algún tiempo después los robos fueron a más y empleó sus ganancias en alquilar un pequeño y ruinoso local en el extrarradio de Londres, donde consiguió la colaboración de dos viejas prostitutas, compañeras de su madre, y se inició en el negocio más antiguo del mundo. Cuando ya no le servían se deshizo de las pobres desgraciadas y contrató a otras más jóvenes con las que obtenía márgenes para ampliar su actividad y alquilar otros locales.
Al cumplir los veinte era ya dueño de tres prostíbulos que le proporcionaban pingües beneficios. Era el momento de ampliar sus miras, que dirigió a los salones de juego y poco después a comerciar con mercancías, ya en el marco de la legalidad, pero sin renegar de los negocios sucios y de la usura.
Naruto lo conocía. Demasiado bien. Aunque nunca había tratado directamente con él y era la primera vez que se veían las caras, en más de una ocasión debió echar mano de los múltiples contactos del sujeto, que abarcaban todos los ámbitos sociales, a través de un intermediario. Daba igual si se buscaba un asesino o la colaboración de algún personaje de élite. Zabuza Momochi tenía cogidos por las pelotas a más de un aristócrata a los que había prestado dinero o chantajeaba con sus chicas.
Naruto detestaba tener algo que ver con aquella escoria, pero era inevitable bucear en los bajos fondos cuando la Corona lo exigía.
Zabuza sopesó detenidamente la oferta de los jóvenes y después de un largo silencio dijo:
— Setenta para mí y treinta para ustedes.
— ¡Eso es un robo, caballero! — protestó Katsugi.
— Lo toman o lo dejan.
Naruto había permanecido al margen. Él les había conseguido la entrevista, que no era fácil, y estaba interesado en cómo cerraran el negocio. Sin embargo, la escandalosa propuesta avivó en él la necesidad de bajar los humos al individuo. En realidad, siempre deseó partir la cara a un cabrón que traficaba con mujeres, robaba en las mesas de juego y tenía acogotados a unos cuantos conocidos. Pero sabía que una denuncia serviría de poco, no en vano entre sus deudores se encontraban miembros de la judicatura.
Una ráfaga de aire meció la capa de Naruto llamando la atención de Zabuza. La imponente figura vestida de oscuro le hizo removerse en la silla, repentinamente incómodo. Desde que entraran en su oficina, el sujeto en cuestión se había mantenido al margen de la conversación, en un rincón, en las sombras, y sin abrir la boca. El sombrero, un poco ladeado, y la escasa luz que proyectaba la única lámpara que iluminaba el habitáculo, apenas le permitían ver algo más que un mentón férreo y una expresión adusta. Pero algo en su actitud lejana y fría le ponía en guardia. Aun así repitió:
— Setenta y treinta, caballeros. Es mi oferta.
Katsugi se levantó visiblemente disgustado y Jabichi Kamizuru hizo otro tanto.
— Encontraremos a alguien más honrado que usted — dijo el primero.
Ya echaba mano al tirador de la puerta. Les detuvo la voz de Naruto.
— Ochenta para nosotros y veinte para usted — contraofertó éste.
Zabuza le prestó atención instantánea. El fulano no miraba a nadie, sino que parecía más interesado en el ajetreo del puerto. Apenas deslizar las cifras, al usurero le punzó en el estómago un aviso de precaución. Los galeses se quedaron inmóviles.
— Soy el hombre adecuado para colocar su mercancía, caballeros — se defendió Zabuza— . No encontrarán en todo Londres a nadie que lo haga en una semana. Y su propuesta es inaceptable, señor. Yo trabajo con mi margen.
Una risa apenas perceptible pero cruel resonó en la ruinosa habitación. Naruto se movió saliendo de las sombras y sin ruido alguno, acortó el espacio hasta que sus largas piernas rozaron el borde de la roída mesa. Al inclinarse sobre ella, Zabuza se echó instintivamente hacia atrás.
— Creo que no me has entendido bien, Zabuza — le tuteó Naruto con un tono helado que no daba opción a la discusión— . Ochenta y veinte. Ésa es mi oferta.
— No es posible… — se resistía, ya no tan seguro.
El brazo derecho de Naruto se movió con tal rapidez que no pudo eludirlo y se encontró atenazado por el cuello y frente a una mirada que rezumaba peligro.
— No es posible, ¿de verdad?
Zabuza lo reconoció entonces. El duque de Konohagakure. Nunca habían tenido tratos, pero lo que sabía de él lo alertaba al máximo. Se le dilataron los ojos y su nuez se movió en espasmos.
— E-e-excelencia…
— Ochenta y veinte — insistió machaconamente Naruto sin soltarlo— . Decídete, amigo mío, o bajaré el porcentaje aún más.
Zabuza no encontró modo de librarse de aquella mano que le ahogaba, salvo asintiendo varias veces.
Naruto lo soltó como si le repugnara y cayó desencajado entre la mesa y la pared. Le concedió un minuto escaso para recuperar el resuello y, entretanto, puso delante unas hojas en blanco y una pluma. Zabuza garabateó con prisas, repitió el texto en otro folio y firmó ambos, tendiéndoselos al duque con mano insegura.
— Si tienen la bondad de fi-firmar, caballeros…
El duque se hizo cargo de ambos documentos y los revisó. La caligrafía era horrible, algo comprensible entre las prisas y el desasosiego de quien lo había redactado, pero decía lo que quería y de eso se trataba.
— Deberías contratar una profesora — comentó, burlón— . Un hombre como tú, con tus negocios…
— He firmado el contrato, ¿no? — gritó Zabuza, poniendo toda la distancia que el pequeño cuarto le permitía— . ¡Lo he firmado, por amor de Dios! ¿Qué más quiere, Uzumaki?
Kamizuru casi se apenó del sujeto. Se veía que estaba aterrado. Pero no era para menos. Incluso él se mantenía tenso, como si el duque pudiera volverse contra ellos también. Su frialdad erizaba el vello. Firmó ambos papeles y se los cedió a su compañero para que estampara su rúbrica. Tiró uno hacia el usurero y se guardó el otro en la chaqueta.
Antes de salir del despacho, Naruto se volvió hacia Zabuza y sonrió siniestramente.
— No vuelva más por aquí, excelencia — le suplicó éste.
— Espero no tener que hacerlo. Las pocilgas, para los cerdos. Pero si alguna vez vuelvo a ver tu fea cara o te cruzas en mi camino… — Dejó en suspenso una frase que era una clarísima amenaza.
Zabuza se derrumbó en cuanto se hubieron ido. Con los nervios a flor de piel se secó el sudor de la cara, revisó el documento que acababa de suscribir y lo arrugó entre los dedos soltando una sarta de blasfemias.
— Me vengaré de ti, Uzumaki — dijo en voz alta, como para darse valor— . Juro que vas a pagar por esto.
Y en su cabeza se perfiló el rostro y el nombre de una persona. Aunque hubiera de aliarse con el mismísimo rey de los infiernos, el maldito duque pagaría.
Abrió uno de los cajones del escritorio, sacó una botella y bebió ansiosamente, recuperando poco a poco la serenidad a medida que el alcohol calentaba sus tripas. Tomó papel y, aún con mano temblorosa, comenzó a escribir.
Jibachi Kamizuru no acababa de encontrar la postura dentro del carruaje y apenas se atrevía a mirar a Naruto, pero murmuró:
— Creí que mi tutor era un duro negociador.
Naruto sonrió levemente aunque no lo reflejaban sus ojos.
— Y lo es.
— Nunca he visto a un hombre tan asustado — comentó Katsugi.
— Suele pasar cuando uno hace negocios con el Diablo, caballeros.
.
.
Continuará...
