Este Fic es una adaptación del libro "Conspiración en la noche" de Jezz Burning la cual les comparto sin fines de lucro,
sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Troll mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Capítulo 30
Mientras Chad acababa con la vida de un soldado, Ichigo extraía la zarpa del pecho de otro.
La palpitante y resbalosa víscera se movió unos segundos más entre sus garras antes de
quedar inerte. Arrastraron los cuerpos bajo uno de los grandes setos que rodeaban los jardines
y avanzaron unos metros más silenciosamente.
La charla mantenida con el indio no animaba a Ichigo a comunicarse de ninguna forma, mucho
menos mentalmente pues con sus palabras acudiría, sin lugar a dudas, la imagen de Lena. Ya
tenía bastante con el extraño hormigueo que no abandonaba sus tripas desde que volviera a
tenerla frente a sí. Por mucho que insistiera, aclarar algo con Rukia sería considerablemente
más complejo de lo que el indio pudiera imaginar. Existían circunstancias entre ellos que
Chad desconocía y de las que no estaba dispuesto a hablar con nadie que no fuera la Pura.
Otro tema distinto sería cómo lo tomaría ella. Algo le decía que tendría que hacerlo con un tacto
especial.
Chad siguió a Ichigo hasta ocultarse tras un grupo de arbustos junto a los cuales, un par de
soldados esperaban a dos que se acercaban para relevarlos de la primera ronda de vigilancia.
Pronto empezaron a conversar. El indio imaginó que Ichigo esperaría a que alguno de ellos
comentara algo acerca de la posición de Aizen o su rehén, sin embargo el sueco no tenía
intención de perder el tiempo y supo el momento exacto en que penetraba en la mente de uno
de ellos cuando éste arrugó la frente y se llevó una mano a la cabeza como para despejarla.
Dispuesto a atacar en caso de que los descubrieran, vio cómo el tipo se recuperó con cierta
rapidez sin levantar las sospechas de sus acompañantes. Chad clavó entonces los ojos en
Ichigo buscando una confirmación acerca de sus pesquisas. Éste le respondió con un guiño y
un movimiento de cabeza para indicarle que le siguiera. Llegaron, no sin dificultades, a la parte
trasera de la pequeña iglesia cisterciense, rodeando el pequeño cementerio que la presidía. Una
vez allí Ichigo levantó una trampilla que pasaba inadvertida a cualquiera que no supiera de su
existencia.
—¿Ya sabes dónde lo tienen? —preguntó en cuanto el sueco volvió a cerrarla tras ellos.
—Aún no, esos tipos no tienen ni la más remota idea de lo que en realidad se cuece aquí dentro.
—¿Qué hacemos entonces?
—Continuar con el plan previsto. Vamos, tenemos que subir por aquí, este túnel nos llevará
directos al interior del castillo —indicó—, pronto recibiremos la visita que estaba esperando.
—¿Visita?
—Claro, indio. ¿Creías que íbamos a hacer esto solos tú y yo? Rukia y Hisagi están al caer. Su
llegada obligará a la guardia a intentar detenerlos, eso los mantendrá ocupados un rato.
—Pero dijiste a la Pura que...
—Si hay algo que la distingue es la terquedad, basta con decirle lo que no puede hacer, para
que se tire de cabeza a la piscina y demostrar que el resto del mundo estaba equivocado.
—Sabías que vendría desde el principio.
—En realidad contaba con ello. Cuando supe del asalto al Latin Kiss imaginé para qué había
servido, así que cambié los planes originales y llamé a Hisagi indicándole que se dirigiera hacia
la estación fantasma y ayudara a Yumichika en caso de asalto. Una vez llegara Rukia, Hisagi la
acompañaría hasta aquí. Sabía que vendría de todos modos, así que maté dos pájaros de un tiro
y me aseguré de que viniera acompañada.
—Si se lo hubieras pedido lo habría hecho igual, no tenías que emplear esas artes tuyas con
ella.
—Pero está acostumbrada a ser ella quien da las órdenes, puede decir lo que le plazca pero no
le agrada recibirlas. Al menos no de mí. Si ha procedido tal como creo, a estas horas Halibel y
los soldados que envió Aizen a recogerla deben de estar criando malvas, me aseguré de que
observara con atención cómo se manipulaban los mandos del tren, así que no tenemos que
preocuparnos por un ataque sorpresivo. Como ves, se obtiene mucho más de Kia cuando cree
que las ideas proceden de ella.
—Veo que la conoces mejor de lo que pensaba —sonrió Chad, aunque no quisiera
reconocerlo la Pura había calado hondo en el aguerrido sueco.
—Das por supuesto demasiadas cosas, hermano —sonrió admitiéndolo.
Hisagi dejó el coche justo tras la motocicleta de Rukia. Ésta se acercó con el casco entre las
manos y lo dejó caer en los asientos traseros.
—Vamos —dijo.
—Un momento —dijo el egipcio cerrando los ojos por un instante.
—¿Qué pasa?
—Nos vendrá bien un poco de ayuda —dijo con el tono de voz que precedía a la transformación,
sin embargo su cuerpo no cambió del todo.
Cuando Hisagi abrió los ojos, mostraban un intenso color azul que parecía desprender luz.
Rukia consiguió cerrar la boca cuando éste la miró.
—Pronto acudirán varias manadas de lobos.
—Está bien. Adelante.
Avanzaron hacia los jardines sin hablar. Hisagi no apartaba aquella mirada espeluznante del
lugar donde ya se apreciaban varias parejas de licántropos patrullando la zona. Rukia se
obligó a dejar de lanzar fugaces miradas al ceño fruncido del egipcio y a concentrarse en la
batalla que comenzaría en escasos segundos.
Apenas caminaron unos metros hasta llegar junto al monumento levantado en memoria de
Magnus Brahe, cuando se sintieron rodeados de varios soldados. Rukia adoptó de inmediato
la posición de combate, mientras Hisagi se detuvo junto a ella, pero permaneció totalmente
erguido y con la atención puesta en dios sabría qué lugar del cielo. De entre sus labios
comenzaron a emerger una serie de palabras extrañas, desconocidas para ella. El cielo pareció
estremecerse empezando a cubrirse de oscuras nubes de tormenta. La letanía del egipcio se
tornó más amenazadora, elevando el tono hasta convertirlo en una orden imposible de ignorar.
Un fuerte viento sopló, revolviéndole la raída chaqueta antes de tornarse más insistente y
violento.
—No te apartes de mí —le dijo entonces.
Uno de los soldados avanzó hacia ellos y con la advertencia de Hisagi en mente, dejó que éste se
acercara más de lo debido. Atónita vio como el egipcio levantaba su mano y el viento envolvió a
aquel tipo hasta elevarlo del suelo y lanzarlo contra el robusto tronco de uno de los cercanos
tilos. Otros siguieron al primero, reduciendo a la mitad el número de soldados iniciales. Los que
quedaron titubearon antes de dar otro paso hacia ellos, sin embargo alguien gritó «al ataque» y
éstos reaccionaron acatando la orden sin más dilación. Rukia buscó los ojos del egipcio,
necesitaba una señal que le indicara cómo proceder.
Hisagi asintió y ya no hubo nada en el mundo que impidiera a la Pura dar rienda suelta a su
venganza. Se contorsionó dolorosamente mientras dejaba que el animal tomara las riendas del
cuerpo y la mente, transformándose en la bestia que habitaba en sus entrañas desde su misma
concepción, sin restricciones, sin límites. La señal de rango apareció entonces en su pecho,
amplia y manifiesta.
Hisagi no pudo menos que admirarla, pocas veces podía contemplarse a una hembra Pura en
toda su gloria antes de la batalla. Era todo un espectáculo. La belleza de su apariencia humana
era incomparable, pero una vez ésta desaparecía bajo la piel del licántropo, la elegancia de sus
formas se transformaba en arrolladora potencia y energía destructora. Incluso el aroma que
desprendió la distinguía como un ser excepcional. Rukia era, sin duda, la elegida. La destinada
a acompañar al Hati, la única que poseía el poder de la maldición a tal nivel que podría, casi,
igualarse a él.
—¡Por todos los dioses! —masculló Chad, mientras junto a Ichigo observaban el exterior
escondidos dentro de Skokloster.
Hisagi, ya transformado en licántropo y con los elementos bajo control, repelía el ataque de los
soldados que se acercaban y, Rukia, haciendo alarde de su destreza en la batalla, terminaba
con la vida de uno tras otro como si fuera la enviada de la muerte en la tierra.
—¡Es magnífica!
—Es mía —aseveró Ichigo con una sonrisa maliciosa en los labios al tiempo que sentía la
excitación corriendo por sus venas.
El grito de alarma de algunos soldados que se ocupaban de la vigilancia del primer piso no
tardó en llegar y, a excepción de cuatro de ellos, el resto de los que acudieron se precipitó, por
la barroca entrada de techos abovedados hacia el exterior donde se desarrollaba la lucha.
—Adelante, tenemos vía libre —informó el sueco.
En cuanto abandonaron el escondite, dos de los soldados que habían quedado en la recepción
atacaron inmediatamente. La transformación fue rápida y dolorosa pero Ichigo se lanzó sobre
ellos como un obús y antes de que Chad pudiera extraer uno de sus cuchillos, había
desmembrado al primero y la sangre salpicaba de rojo la blancura de las paredes. Extraerle el
corazón al siguiente sólo le llevó un segundo más.
Dos nuevos atacantes cayeron desde la balconada interior, partiendo en dos las baldosas que
quedaron bajo sus pezuñas. Ichigo sólo tuvo que lanzar las garras, adoptando la figura de la
cruz, para penetrar en los torsos de ambos licántropos y arrancarles las vísceras.
El indio se encogió de hombros, no serían los únicos que encontraran. Acababa de hacerse esa
reflexión a sí mismo cuando un grupo más numeroso entró procedente del patio interior del
castillo, sorprendiéndolos en el pasadizo que rodeaba la zona. Chad no tardó ni un segundo
en saltar para encaramarse a una de las gruesas columnas, mientras Ichigo lanzaba mandobles
con las zarpas abiertas, desgarrando la carne que encontraban a su paso. Parecía inmerso en
una locura psicópata que le impedía hacer cualquier otra cosa que no fuera matar. El indio, en
uso de la disciplina que mejor dominaba, saltaba sobre ellos dándoles muerte uno tras otro. El
oscuro sumidero que se encontraba en el centro del patio, pensado para recoger el agua de
lluvia, únicamente recibió la sangre viscosa de los caídos en el combate. No obstante, no se
quedaron para admirar aquella obra del infierno.
Ichigo volvió sobre sus pasos para ascender los escalones trabajados en madera que llevaban
al primer piso. Sobre cada uno de ellos, quedó impresa una huella sanguinolenta.
El huracán sueco abrió las puertas de las estancias privadas parándose únicamente dos
segundos en cada una para verificar si alguien se escondía en ellas. Las pulidas planchas de
madera pulcramente barnizadas rebelaron magníficos tesoros en forma de tapices, lienzos y
artículos de plata entre la suntuosidad del refinado mobiliario. Chad pudo hacerse una idea
de la vida que había llevado Ichigo hasta el momento de su huida del castillo y supo que para
alguien acostumbrado a aquellas riquezas y comodidades no habría sido nada fácil sobrevivir.
Lo comparó con un animal criado en cautividad al que habían abierto las puertas del mundo que
había conocido hasta entonces, a otro más peligroso y difícil. No obstante la fiera que se
escondía bajo la piel del joven que fue antaño, no dejó que nada ni nadie terminara con él,
transformándolo en el más brutal enemigo de aquellos que hicieron de su vida un completo
caos.
—Vamos, por aquí —indicó sin mirarlo.
Chad siguió los pasos del sueco, atravesando estancias hasta dar con una donde se quedó
parado con el pomo aún entre las garras.
—Han estado aquí —informó husmeando el ambiente y sus ojos brillaron antes de añadir—. Ese
hijo de puta ha estado mancillando esta habitación durante todos estos años.
El indio echó un vistazo sobre el robusto hombro del licántropo. La habitación, cubiertos sus
suelos con exquisitas alfombras, guardaba en sus líneas una especial belleza. Una magnífica
chimenea con relieves dorados presidía la estancia luciendo el mismo elegante diseño del techo
del siglo XV, desde el cual un bello dragón azul de alas moradas sostenía entre sus fauces la
gran y elaborada lámpara.
Varios cuadros de incalculable valor daban vida y color a los marcos de pan de oro. En el
centro, cuatro sillas también doradas y hermosamente tapizadas rodeaban la pequeña aunque
robusta mesa de madera. Incluso el cortinaje hablaba de la nobleza y amor con el que había sido
decorado y Chad supo reconocer, en pequeños detalles, pinceladas de feminidad.
—Era de alguien querido, ¿verdad? Una mujer.
—De mi madre —dijo mientras alzaba un puño para apretarlo duramente.
Un grupo de soldados que debía de estar patrullando los alrededores, apareció surgido de entre
la maleza. Pero ninguno de sus integrantes llegó a pisar un solo centímetro del jardín. La
manada de lobos que había prometido el egipcio llegó en el momento exacto para impedirlo.
Sometidos a la voluntad de Hisagi, los animales parecían salidos del mismísimo averno. Gruñían
amenazadores antes de lanzarse a la yugular de sus víctimas, cayendo varios de ellos sobre
cada soldado. Algunos lograron quitárselos de encima, otros recurrieron a las armas de fuego
pero varios terminaron seriamente heridos y sin fuerzas para volver a presentar batalla. De
aquellos que lograban recuperarse y luchar se encargaba una violenta ráfaga de viento que los
alzaba en el aire para lanzarlos contra los cañones que apuntaban hacia las costas del lago
Mälaren.
A pocos metros de la entrada principal, Rukia continuaba su letal avance, dejando la muerte
tras sus pasos. Cuerpos destrozados, vísceras y sangre campaban por todo el terreno donde el
tierno césped comenzaba a brotar con la primavera. El idílico paisaje de paz y elegancia que
ofrecían los alrededores del castillo, se había convertido en el escenario de un matadero
dantesco.
La Pura, rechazó el ataque de tres individuos que le cayeron, casi encima, desde las ventanas
del segundo piso. Volteando hacia atrás sobre sí misma, consiguió ganar algo de terreno para
poder enfrentarlos uno a uno. Aquel trío no tenía nada que hacer contra ella en igualdad de
condiciones. Su cuerpo, libre de las limitaciones del físico humano y totalmente entregado a la
brutalidad de su transformación, era un arma perfecta e infalible. Cada movimiento estaba
pensado para matar, cada zarpazo arrancaba sangre y carne de sus enemigos, no había
posibilidad de escapar indemne de aquellas garras y las mortales fauces con las que las
acompañaban.
Quizá por ese motivo, el último de los soldados reculó al ver cómo los que le precedían
encontraban la muerte segura y corrió hacia el interior del castillo tratando de escapar. Pero la
bestia que dominaba a Rukia en aquel momento no daba cuartel y antes de que pudiera
alcanzar la escalinata de entrada, atravesó el pecho del tipo desde atrás, con una de sus zarpas.
En ese momento otro licántropo saltó sobre ella, encaramándose a su espalda. La columna de la
hembra se curvó hacia atrás describiendo un arco imposible y sus patas inferiores avanzaron
varios pasos involuntariamente al recibir el golpe. Los peligrosos colmillos de su enemigo
buscaron un lugar donde alojarse pero Rukia no estaba dispuesta a que probara su sangre.
Llenando de aire los pulmones, conjugó toda la energía de su cuerpo en las patas y saltó
dejándose caer hacia atrás violentamente, aplastando al que había osado atacarla de aquella
forma. No obstante y aunque el golpe fue devastador, el licántropo se incorporó cuando la Pura
rodó sobre sí para escapar y trató de volver a caer sobre ella. Pero lo único que recibió fue la
garra de Rukia incrustada en las costillas y apretando su corazón aún dentro del pecho. La
sangre se derramó a lo largo de la extremidad hasta llegar al suelo. Con ayuda de las patas
traseras lo lanzó lejos y volvió a ponerse en pie para seguir avanzando.
En el interior del castillo, Ichigo y Chad seguían en la incansable búsqueda de Isshin y
Aizen. De vuelta al patio interior, los ojos del sueco destilaban furioso veneno a medida que
pasaban los minutos sin dar con ellos. Hasta que una voz se coló en su mente.
—«Bienvenido, hijo del Puro.»
—Aizen —masculló con la mandíbula apretada. Los potentes músculos del cuerpo del
licántropo se tensaron y parecieron crecer. Chad no tuvo que preguntar para saber qué
ocurría—. Ten cuidado, tiene que estar cerca.
—«Haces muy bien en advertir a tu compañero indio. El nieto de Einar, si no me equivoco. Su
hallazgo fue toda una sorpresa, he de reconocer. Sobre todo después del trabajo que me costó
dar con su padre y transformarlo. Attacullakulla hubiera sido un magnífico Wendigo.»
—Maldito hijo de puta.
Chad observó atento cuanto les rodeaba buscando algún detalle que delatara la posición de
Aizen sin conseguirlo pero ajeno a las palabras que éste dirigía al sueco.
De pronto la figura de la hembra se dibujó al final del pasillo. Rukia avanzaba hacia ellos con
paso firme y determinación en la mirada. Ichigo también la vio llegar. No intercambiaron palabra
alguna, no fue necesario. Sus miradas se cruzaron por un solo segundo con total complicidad y
la hembra se detuvo antes de llegar junto a ellos para no delatar su posición.
—¡Sal de tu escondite Aizen, y sólo así quizá considere matarte sin sufrimiento! —exclamó
Ichigo.
—«¿De verdad crees que te lo voy a poner tan fácil?»
—¿De verdad crees que no acabaré contigo sea de la forma que sea?
—«Olvidas que tengo a Isshin.»
—Eso no me impedirá matarte.
—«Dudo que tu padre no signifique nada para ti después de todo lo que has hecho por
recuperarlo.»
—Estás cerca. De otro modo no podrías comunicarte conmigo. Tu poder es limitado,
Dominante. El mío, no. Puedes tener a mi padre pero no podrás matarlo si entro en ti antes de
que suceda.
—«¿Sabes? Tienes toda la razón. Debo eliminar estorbos.»
En ese momento la sombra de una túnica apareció en una de las ventanas de los torreones y un
gran bulto se precipitó desde lo alto cayendo hacia ellos.
—¡Ahora! —gritó Ichigo a la vez que entraba en la mente de la hembra para ofrecerle la visión
que él tenía de la situación.
Rukia corrió a toda velocidad hacia el exterior del patio, seguida por Ichigo para separarse al
llegar allí. La Pura ejecutó un magnífico salto y recogió el cuerpo de Isshin entre sus brazos
antes de que éste se estrellara contra el suelo. Mientras, Ichigo, ascendía por la pared clavando
las garras de puro acero en el enlucido. Al llegar a su destino, no encontró nada, tal como
esperaba. Pero, desde allí, sólo un camino podía tomarse.
Corrió con toda la potencia de la que era capaz, siguió el rastro guiándose por su olfato,
cruzando pasillos y habitaciones, como el suspiro de un alma enloquecida. Al llegar a la
biblioteca dejó de hacerlo. Aquel lugar estaba completamente impregnado del olor del
Dominante pero también fue evidente para sus sentidos que otros licántropos pululaban por el
lugar. Los pasillos que se formaban por alineación de las gruesas librerías de madera y cristal
estaban en total oscuridad. Los grandes globos terráqueos podrían ocultar tras ellos a un
enemigo. Ichigo escudriñó el interior alerta ante cualquier amenaza.
—¡Aizen! ¡Sé que estás aquí! Puedes rodearte de toda la fuerza militar que desees, lograré mi
propósito y brindaré por ello bebiendo tu sangre.
La risa pérfida del Dominante estalló en su mente antes de que varios individuos aparecieran
vestidos con las túnicas negras que siempre veía cuando intentaba visualizar la imagen de
Aizen en la mente de otros.
Fue tan desconcertante que se sintió como en el centro de una sala de espejos, era imposible
saber cuál era el verdadero.
Pero estaba tan cerca... La ira y la necesidad de venganza que había estado acumulando
durante tantos siglos volvieron a él, golpeándolo en el pecho y devolviéndole la energía que
sintió renacer en las mismísimas entrañas. Cerró las garras en puños, apretando con
vehemencia e inspiró profundamente varias veces sintiendo ardor en los pulmones.
—Has lanzado a mi padre al vacío. Todos pagaréis por ello.
La señal del Hati apareció vibrante en la frente de Ichigo, iluminando levemente su rostro con
aquel haz verdoso. Los ojos se tornaron aún más brillantes y el morro se recogió hacia atrás
mostrando las letales mandíbulas. El corazón latía con rapidez y la sangre galopaba por sus
venas exigiendo justicia, reclamando muerte.
Tomó aire y emitió un aullido ronco, semejante a un largo gruñido, con todas sus fuerzas. Lanzó
fuera de sí todo el poder que la pureza de su maldición le otorgaba, entrando en las mentes de
cuantos había en la sala. Las figuras, vestidas de negro, comenzaron a retorcerse de dolor
llevándose las manos a la cabeza. Algo se liberó dentro del sueco y ya no hubo nada real a su
alrededor. Lo material, todo lo meramente tangible quedó relegado a un segundo plano.
Únicamente existía él, su rival y aquellos que se interponían en su camino hacia el objetivo
marcado. La potencia de la energía con la que mantenía bajo control a los individuos aumentó
considerablemente y la sangre brotó abundante por los hocicos, orejas y ojos.
Así lo habían obligado a vivir, rodeado de dolor. Ahora les tocaba sufrir a ellos. Sería él quien
proporcionara los gritos y la angustia de cuanto estaba cerca. Rompió la quietud de sus
movimientos, avanzando lentamente mientras los fantoches disfrazados de Aizen caían como
moscas, reventados por dentro, con el corazón muerto por una excesiva actividad para llevar el
líquido vital hasta la cabeza. Continuó avanzando hasta que volvió a encontrarse en la puerta
que daba al exterior.
Chad y Kia estaban allí, con un débil y casi moribundo Isshin en sus brazos, Hisagi
parecía recobrarse de algún mal, pero todos contemplaron al mismísimo Dios de la muerte
emerger de sus antiguos dominios entre la torrencial tormenta que se había desatado. Pero ni
rastro de Aizen.
Un movimiento a lo lejos, al final de aquel jardín cubierto de cuerpos inertes, llamó su atención
y se lanzó hacia allí a toda velocidad. El resto de licántropos no pudieron seguirlo, imposible de
alcanzar aquella fuerza que animara sus miembros para impulsarse hacia delante. Puñados de
barro y pedazos de carne volaron hacia atrás lanzados desde las patas traseras, por el loco
avance del Hati. Un nuevo licántropo con los ropajes de Aizen no tuvo oportunidad de escapar y
terminó entre las garras del sueco que, cegado por una mortal sed de sangre, le destrozó el
pecho, primero horadándolo para después abrirlo en canal enteramente.
Sólo entonces se permitió retirar la capucha que cubría su faz. Y un profundo y espeluznante
aullido de furia nacido de su garganta rasgó el cielo nocturno.
Los labios casi inexistentes, los rasgos duros y los abiertos párpados del caído rebelaron los
ojos descoloridos de aquel que había abandonado a petición de Kia, creyéndolo ya muerto. El
traidor a los suyos: Ichimaru.
«En otra ocasión, jovencito», rezaba en una nota en blanco salpicada de sangre, prendida de los
ropajes.
Aizen había escapado.
