֍ CAPITULO 11 – ROY֍
Miré de reojo como Grumman estaba frunciendo el ceño en un peculiar gesto no tan habitual en él. Me emocioné al ver que el mismo trío de jazz que habíamos visto la primera vez que lo acompañé actuaba también esa noche. En más de una ocasión, había levantado la mano para secarse unas cuantas lágrimas perdidas que resbalaban por sus mejillas. Cuando le pregunté, preocupado, si se encontraba bien, se desentendió de la pregunta con un gesto impaciente.
- Estoy bien.
Sin embargo, no parecía estar bien en absoluto. Empujé la silla de ruedas para llevarla de vuelta a su habitación con la esperanza de que la sorpresa que le tenía preparada lo animara.
Elizabeth había mencionado que su abuelo llevaba un par de días que no comía bien y que parecía cansado. Esa noche, su cuidadora me dijo que apenas había tocado la cena y que solo había almorzado porque Elizabeth le había dado de comer en la boca.
Sabía que mi esposa estaba supremamente preocupada, había pensado incluso en cancelar la clase de yoga, pero la animé para que continuara, le recordé que solo le quedaban dos clases más y que después podría reunirse con nosotros los martes. Echaría de menos el tiempo que pasaba a solas con Grumman, pero las clases comenzarían de nuevo un mes después, de modo que volveríamos a estar solos.
Mi momento preferido de la noche era cuando el anciano me contaba historias de Elizabeth. Solían estar plagadas de anécdotas graciosas y bochornosas que me arrancaban una carcajada.
Me senté junto a Grumman y abrí la caja de la pizza con una sonrisa.
- ¡Voilá!
Cuando descubrí que, además de las hamburguesas con queso, las pizzas eran su perdición, empecé a llevarle también. Al personal de la residencia no le importaba y me aseguraba de que ellos también recibiesen alguna. Un día, llevé tantas pizzas que todos los residentes pudieron comer si así lo deseaban. Aquel día me convertí en un héroe local.
Ese martes, sin embargo, era solo para él.
Cogió una porción, pero no hizo ademán de comérsela. Con un suspiro, se la quité de la mano y la devolví a la caja. Le rodeé la frágil muñeca con los dedos y froté la delicada piel de su palma.
- Grumann, ¿Qué pasa? ¿Qué te preocupa?
Soltó un suspiro profundo, que pareció agotado y resignado.
- Estoy cansado.
- ¿Quieres que vaya en busca de Marco? Puede ayudarte a acostarte. – Maria Ross tenía la noche libre, pero Marco le caía bastante bien.
- No, no quiero acostarme.
- No lo entiendo.
Se zafó de mi agarre y se frotó la cara mostrando su evidente frustración.
- Estoy cansado de todo esto, Roy.
- ¿De tu habitación? – Si quería otra, se la conseguiría.
- De estar aquí… En esta… Vida, si a esto se le puede llamar así.
Nunca lo había oído hablar de esa forma.
- Grumman…
Extendió el brazo y me sujetó la mano.
- Se me olvidan las cosas. El tiempo pasa y no recuerdo si estoy en el mismo día que hace un momento. Riza viene a verme y no recuerdo si ha estado hace unas horas, hace unos días o hace un minuto. A veces, no reconozco nada y me da miedo. Sé que hay días en los que no la reconozco ni siquiera a ella. – Le temblaba la voz y tenía los ojos llenos de lágrimas. - No me conozco a mí mismo la mayoría de los días.
- Ella viene todos los días, viene a verte y aun que tú la olvides, ella te recuerda. Se queda contigo y te hace compañía.
- Soy una carga para ella.
- No. – Insistí. - No eres una carga para ella, te quiere, eres lo más importante que tiene.
- Seguro me odias, podrían estar haciendo tantas cosas juntos si no fuera por mí. – Bajó la cabeza llevando la vista hasta su regazo. – Si no tuvieras que estar atrapado aquí con este anciano.
- ¿Cómo? No, no, en absoluto. Me encanta pasar tiempo contigo. Ahora formas parte de mi familia Grumman. Te convertiste en mi familia desde el momento en que quise volver a Elizabeth mi compañera de vida. – Nada más con pronunciar esas palabras, me di cuenta de que estaba diciendo la verdad, no había fingimiento en una sola letra que abandonó mi garganta.
- Ella debería estar haciendo otras cosas, como viajar, tener hijos y hacer amigos, no cuidando de un viejo sin esperanzas.
- ¿Por qué dices estas cosas? Sabes que Elizabeth habría cualquier cosa por ti. Lo mismo que yo. – Llevé mi mano hasta su hombro y le di pequeños apretones. – Por favor, Grumman, si llega a oírte…
- Echo de menos a Lily.
- Lo sé. – Le consolé. – Estuvieron casados por mucho tiempo, claro que la hechas de menos.
- Cuarenta años. No teníamos muchas cosas, pero nos queríamos. – Esbozó una sonrisa tierna. – Me encantaba verla cocinar. Era chef… ¿Lo sabías?
- Sí, me lo has contado antes.
- Yo era profesor. Teníamos una buena vida. Cuando murió, no sabía cómo iba a poder seguir viviendo sin ella. Pero luego encontré a Riza, se convirtió en mi razón de ser.
- Te necesitaba.
- Ya no me necesita.
- Te equivocas, aun te necesita.
- ¿Cuidarás de ella?
- No… No te rindas todavía, Grumman. Elizabeth… Estaría desolada.
Cerró los ojos y dejó caer los hombros.
- Es que estoy muy cansado.
Me entró el pánico al darme cuenta de que no se estaba refiriendo a que quería acostarse. Estaba cansado de la vida, de estar atrapado en un cuerpo que ya no funcionaba bien, con una mente que lo dejaba confundido y sumido en el olvido.
Me incliné hacia él y bajé la voz.
- Cuidaré de ella, te lo prometo. No le faltará nada. – Podía prometérselo. Me aseguraría de que Elizabeth estuviera bien. – No te rindas, te necesita, de verdad.
Abrió los ojos y miró un punto a mi espalda.
- ¿Puedes darme esa fotografía?
Me volví y le di la foto que me había señalado. Después de confesar que nos habíamos casado, Elizabeth le había llevado una foto de nuestra boda y otra que Maria Ross había hecho cuando estábamos de visita. En ella, Elizabeth sujetaba la mano de Grumman, mientras él pellizcaba la nariz y reían, yo estaba sentado junto a ellos, sonriendo. Parecíamos una familia.
Recorrió nuestros rostros con los dedos.
- Se convirtió en mi vida desde que perdí a mi Lily.
- Lo sé.
- Es todo lo que sabía que sería: lista, cariñosa y fuerte.
- Es verdad, también es guapa. Más dura que el acero, tú has tenido mucho que ver en ese aspecto, Grumman.
El comentario le arrancó una sonrisa. La primera que había visto esa noche.
Extendió un brazo y me dio unas palmaditas en la mejilla.
- Eres un buen chico.
Las palabras me hicieron reír. Nadie me había dicho eso en la vida.
- Cuando te haces mayor, Roy, te das cuenta de que la vida se compone de momentos. De toda clase de momentos: Tristes, buenos, geniales y por supuesto malos también… Todos componen el tapiz de tu vida. Aférrate a todos ellos, sobre todo a los geniales. Hacen que los otros sean más llevaderos.
Le cubrí la mano con la mía.
- Quédate. – Le supliqué. – Por ella. Dale más momentos geniales, Grumman.
Con un suspiro, asintió con la cabeza.
- Quiero acostarme ya.
Volví la cara y le besé la palma de la mano.
- Voy a buscar a Marco.
Me miró a los ojos con una expresión feroz que atrapó mi mirada.
- Amor, Roy… Asegúrate de rodearla de mucho amor.
Solo fui capaz de asentir con la cabeza. Me pellizcó la nariz. Era lo mismo que le hacía a Elizabeth, su manera de decir "Te quiero". Sentí el escozor de las lágrimas mientras me dirigía al mostrador donde estaba Marco.
El móvil vibró sobre la mesa de madera, tuve que contener la sonrisa al ver el número. Me pregunté qué le estaría pidiendo Grumman a sus cuidadores esta vez. Desde la inquietante conversación que habíamos tenido hacía ya tres semanas, había pedido algo a diario y yo me aseguraba de proporcionárselo. No le había contado a Elizabeth de nuestra conversación. Ya estaba preocupadísima, era evidente que su abuelo estaba empeorando y que su mente divagaba más a menudo. Estuvo más animado la noche anterior, pero se quedó dormido en cuanto lo llevé de vuelta a su habitación. Lo dejé en las manos competentes de sus cuidadores tras despedirme. Rechacé la llamada con la idea de devolverla cuando terminase con la reunión. Me concentré de nuevo en Van Hohenheim, que estaba citando los deseos y excentricidades de un cliente para la siguiente campaña, pero el móvil empezó a vibrar de nuevo. Lo miré y vi que era del hogar para ancianos de otra vez. Se me formó un pequeño nudo en el estómago por la preocupación. Maria Ross sabía que le devolvería la llamada, ¿Por qué insistía?
Miré a Hohenheim, que había dejado de hablar.
- ¿Necesitas contestar, Roy?
- Creo que puede ser importante.
Asintió con la cabeza.
- Cinco minutos de descanso para todos.
Acepté la llamada.
- ¿Maria?
- Señor Mustang, siento interrumpirlo. – Su voz me provocó un escalofrío nervioso en la espalda. – Me temo que le tengo malas noticias. – El silencio predominó unos cuantos segundos. - El señor Grumman ha muerto hace una hora.
Cerré los ojos al sentir el repentino escozor. Aferré el móvil con más fuerza y dije con dificultad.
- ¿Mi esposa lo sabe?
- Sí, estuvo aquí esta mañana y acababa de marcharse cuando fui a ver a Grumman. La llamé para que volviese enseguida.
- ¿Está ahí ahora?
- Sí, he intentado hablar con ella sobre el funeral, pero no consigo que hable. No sabía qué hacer, así que lo he llamado.
- Tranquila, has hecho lo correcto. Voy en camino, no dejes que se vaya. Yo me encargo de los detalles.
Colgué y dejé caer el teléfono. El sonido que hizo al golpear en la mesa, un ruido sordo, se abrió paso en el ruido que oía en mi cabeza. Sentí una mano en el hombro y al levantar la cabeza, vi la expresión preocupada de Hohenheim.
- Lo siento, Roy.
- Tengo que… - Dejé la frase en el aire.
- Yo te llevo.
Me sentía raro, desequilibrado. Mi mente era un torbellino, tenía un nudo enorme en el estómago y me escocían los ojos. Una palabra cristalizó en mi mente, su nombre apareció como grabado a fuego en mi cabeza.
- Elizabeth.
- Te necesita, te llevaré con ella.
Asentí con la cabeza.
- Si, gracias.
Una vez en la residencia, no titubeé, corrí por los pasillos. Vi a Maria Ross en la puerta de la habitación de Grumman, que estaba cerrada.
- ¿Está dentro?
- Si señor.
- ¿Qué necesitas?
- Necesito saber si tenía algo pensado, qué era lo que quería hacer una vez que muriese.
- Sé que quería ser cremado. No creo que Elizabeth tuviera algo organizado de antemano. – Me froté la nuca con una mano. – No tengo experiencia en estos temas.
La voz de Hohenheim sonó a mi espalda.
- Deja que te ayude, Roy.
Me volví, sorprendido. Creía que me había dejado en la puerta y se había marchado.
Le tendió la mano a Maria Ross para presentarse. Ella sonrió a modo de saludo.
El rubio habló de nuevo. - Ve con tu esposa, un buen amigo mío tiene una cadena de funerarias. Lo llamaré y pondré en marcha las cosas… Estoy seguro de que la amable señorita puede ayudarme.
La aludida asintió, sus ojos estaban llenos de compasión y tristeza, uno pensaría que estaban acostumbrados a este tipo de acontecimientos, pero al parecer Grumman no solo había dejado una gran marca en mí.
- Por supuesto. – Puso una mano en mi brazo. – Cuando esté listo, entraré para llevarme a Black Hayate a la sala común. Se va a quedar con nosotros.
- De acuerdo.
- Ayudaré al señor Hohenheim cuanto pueda.
- Te lo agradezco… Y seguro que Riza también.
Mi superior sonrió.
- Pocas veces la llamas así. Entra… Te necesita.
Entré en la habitación y cerré la puerta a mi espalda sin hacer ruido. La estancia no estaba nada bien. No había música, Grumman no estaba sentado delante de su caballete mientras tarareaba. Incluso Hayate guardaba silencio, acurrucado en su jaula con la cabeza debajo de un ala. Las cortinas estaban corridas y la habitación estaba envuelta por la tristeza.
Elizabeth estaba encorvada en una silla junto a la cama, tomándole la mano. Me acerqué a ella y me permití un momento para mirar al hombre que me había cambiado la vida. Grumman parecía dormido y tenía una expresión plácida en el rostro. Ya no volvería a confundirse ni a inquietarse, ya no intentaría encontrar algo que no recordaba.
Ya no podría contarme más anécdotas de la mujer que en ese instante lloraba su pérdida.
Me agaché junto a mi esposa y cubrí con mi mano la que agarraba la de su querido abuelo.
- Elizabeth. – Susurré.
No se movió, permaneció paralizada con expresión vacía, sin hablar.
Rodeé sus tensos hombros con un brazo y la pegué a mí.
- Lo siento, cariño, sé cuánto lo querías.
- Me marché sin más. – Musitó. – Estaba a medio camino de casa cuando me llamaron. No debería haberme ido.
- No lo sabías.
- Dijo que estaba cansado y que quería dormir un rato. No quería pintar, me pidió que apagase la música. Debería haber sabido que algo andaba mal. – Insistió.
- No te hagas esto.
- Debería haber estado a su lado cuando…
- Pero estabas con él. Ya sabes lo que sentía al respecto, cariño. Lo decía a todas horas, cuando llegara el momento, se iría. Estabas aquí, la persona a quien más quería en el mundo entero, la última persona que quería ver al dejar este mundo y estaba listo. – Le acaricié sus rubias hebras con la mano. – Llevaba listo un tiempo, cielo. Creo que estaba esperando a asegurarse de que estarías bien.
- No me despedí de mi abuelo.
La insté a apoyar la cabeza en mi hombro.
- ¿Lo besaste?
- Sí.
- ¿Te pellizcó la nariz?
- Sí.
- En ese caso, se despidieron. Eso es lo que hacían, no hacían falta palabras, de la misma manera que no tenías que decirle que lo querías. Lo sabía, cariño. Siempre lo supo.
- No… No sé qué hacer ahora.
Todo su cuerpo se estremeció y yo que no soportaba ver como empeoraba su dolor. Me puse de pie, la tomé entre mis brazos y volví a sentarme antes de que pudiera protestar. Seguía aferrada a la mano de Grumman y yo podía sentir como el estremecimiento la recorría.
- Deja que te ayude, cariño. Van Hohenheim también está aquí, ya decidiremos que tenemos que hacer después.
Apoyó la cabeza contra mi pecho y sentí sus cálidas lágrimas mojando mi camisa. La besé en la coronilla y le abracé hasta que sentí que su cuerpo se relajaba y que soltaba la mano de Grumman, con extremo cuidado, como si fuese a romperse, hasta dejarla sobre la colcha. Nos quedamos sentados en silencio mientras le acariciaba la espalda con la mano.
Alguien llamó a la puerta y le di permiso para entrar. Hohenheim apareció y se acuclilló a nuestro lado.
- Riza, preciosa, lo siento muchísimo.
Ella contestó con un susurro apenas audible.
- Gracias.
- Ha venido Trisha, nos gustaría ayudarlos a Roy y a ti con los detalles, si te parece bien.
Ella asintió al tiempo que otro estremecimiento la sacudía.
- Creo que es mejor que la lleve a casa.
Van Hohenheim se puso de pie.
- Claro.
Agaché la cabeza.
- ¿Estás lista, cariño? ¿O quieres quedarte un poco más?
Miró a mi jefe. Le temblaban los labios.
- ¿Qué va a pasar?
- Mi amigo Breda, vendrá para llevárselo. Según me ha dicho, Roy quería ser cremado, ¿Es así?
- Sí.
- Él se encargará de todo, y ya después podemos hablar del servicio que te gustaría darle.
- Quiero celebrar su vida.
- Podemos hacerlo.
- ¿Qué pasa…? – Preguntó y tuvo que tragar saliva antes de continuar. - ¿Qué pasa con sus cosas?
- Me encargaré de que lo empaqueten todo y lo lleven al apartamento, cielo. – Le aseguré. – Maria Ross me ha dicho que Hayate se va a quedar aquí.
- A los otros residentes les gusta… Cuidarán de él. Me gustaría donar algunas cosas a aquellos que no tienen tanto como tenía él, su ropa, la silla de ruedas y otras cosas así.
- De acuerdo, me encargaré de todo. Cuando estés lista, puedes revisarlo todo y yo me aseguraré de que se haga.
Elizabeth se quedó en silencio con la vista clavada en Grumman. Luego asintió con la cabeza.
- Está bien.
Me levanté con ella en brazos. No me gustaban los espasmos que sacudían su cuerpo ni el temblor de su voz. Me sentía mejor si la llevaba en brazos y ella no protestó.
Miré a Grumman, le comuniqué mi agradecimiento y mi despedida en silencio. Al sentir el escozor de las lágrimas en los ojos, parpadeé. Tenía que ser fuerte por ella, se lo había prometido después de todo.
- Iré a buscar el auto. – Se ofreció Hohenheim, que salió de la habitación.
Busqué los ojos de Elizabeth, repletos por el dolor y la tristeza. Me asaltó una abrumadora ternura, y la necesidad de calmar su dolor me consumió por completo.
La besé en la frente y murmuré contra su piel. – Estoy aquí. Lo superaremos juntos, lo prometo.
Ella se relajó con mi caricia y esa necesidad silenciosa me conmovió.
- ¿Estás lista?
Asintió y enterró la frente en mi pecho, al tiempo que se aferraba con más fuerza a mi saco.
Salí de la habitación con la certeza de que nuestras vidas estaban a punto de cambiar. Y, una vez más, tampoco sabía cómo enfrentarme a esa situación.
El piso estaba tranquilo. Elizabeth se había acostado, después de otra noche en silencio. Ni siquiera había cenado, se había limitado a beber unos cuantos sorbos de vino y a responder a mis preguntas con murmullos o movimientos de cabeza. La oí moverse en la planta alta, estaba abriendo y cerrando cajones, supuse que seguramente estuviera ordenando o reorganizando cosas, al igual que lo había hecho las noches en las que la tormenta la inquietaba.
La preocupación me tenía de los nervios. Era un escenario con el que nunca había tenido que lidiar. No estaba acostumbrado a cuidar de otra persona. Me pregunté qué podría hacer para que se sintiera mejor, cómo podría ayudarla a hablar, porque necesitaba hablar.
El funeral había sido íntimo y especial. Trisha y Van Hohenheim habían sido los encargados de organizarlo, no era de extrañar lo emotivo de la situación. Trisha se sentó con Elizabeth y la ayudó a elegir algunas fotos, que repartieron por la estancia donde se llevó acabo. Su foto preferida de Grumman se colocó al lado de la urna gris, que estaba decorada con flores silvestres. La gente había mandado ramos de flores, pero el más grande era el nuestro. Las flores preferidas de Grumman para pintar descansaban en el jarrón colocado junto a su foto. Casi todas eran margaritas.
Casi todo el personal de Elric Inc. asistió para dar el pésame. Me mantuve al lado de mi Elizabeth, abrazándola por la cintura y manteniendo su tenso cuerpo junto al mío como muestra de apoyo silencioso. Estreché manos y acepté las condolencias, consciente de cómo su cuerpo se estremecía en ocasiones. También asistieron algunos de los trabajadores del hogar para ancianos, la rubia aceptó sus abrazos y palabras de recuerdo, aunque después siempre regresaba a mi lado, como si buscara el refugio de mis brazos. Quedaban pocos amigos del abuelo que pudieran asistir al funeral. Aquellos que lo hicieron recibieron un trato preferente por parte de Elizabeth. Se agachó frente a ellos y habló con voz baja con quienes iban en sillas de rueda, se aseguró de que los que necesitaban andadores para moverse encontraran a alguien que los acompañara rápidamente a una silla, y después de la breve ceremonia, compartió unos instantes con ellos.
No dejé de mirarla en ningún momento, preocupado por la ausencia de lágrimas y por el constante temblor de sus manos. Nunca había experimentado el dolor hasta ese día. Cuando mis padres murieron, no sentía nada salvo alivio por todo lo que me habían hecho sufrir. Me sentí mal cuando Nana se marchó, pero fue la tristeza de la infancia. El dolor que experimentaba por aquel hombre era una sensación abrasadora en el pecho. Algo crecía y se extendía de una forma muy extraña. Descubría que tenía los ojos llenos de rebeldes lágrimas cuando menos lo esperaba. Cuando llegaron las cajas con sus pertenencias, tuve que quedarme un rato en el almacén, abrumado por una emoción que no era capaz de explicar. Me descubrí recordando nuestras charlas, el brillo que aparecía en sus ojos cuando mencionaba el nombre de su amada nieta. Las graciosas y tiernas anécdotas que contaba de su vida en común. En mi calendario, los martes seguían apareciendo ocupados con el nombre de Grumman. De alguna manera, no podía quitarlo todavía. Y, por encima de todas las extrañas emociones que experimentaba, estaba la preocupación por mi esposa.
Creí que lo estaba manejando todo bien. Sabía que estaba sufriendo por la pérdida de un hombre al que había querido como un padre, pero no había perdido la compostura, la serenidad. Había llorado una vez, pero no la había visto llorara desde el día que Grumman murió. Esa mañana, se había encerrado en sí misma. Después había salido a pasear y había negado en silencio con la cabeza cuando me ofrecí a acompañarla. Al regresar, subió directamente a su dormitorio hasta que fui a buscarla para decirle que bajara a cenar.
Me sentía perdido, dada mi nula experiencia a la hora de consolar a los demás. No podía llamar a Winry ni a Hohenheim o Trisha para preguntarles qué debía hacer para poder ayudar a mi esposa. Pensaban que estábamos unidos y supondrían que yo sabía exactamente como debía lidiar con esta situación.
Cuando se marcharon del tanatorio, Winry me abrazó y dijo bajo a mi oído.
- Cuídala.
Quería hacerlo, pero no sabía cómo. No tenía experiencia con esas emociones tan intensas. Paseé de un lado para otro por el salón y la cocina, moviéndome inquieto mientras bebía vino. Sabía que podía subir al gimnasio y hacer un poco de ejercicio para liberar tensión, pero no estaba de humor para eso. De alguna manera, el gimnasio parecía estar muy lejos de Elizabeth y quería estar lo más cerca que me permitiera, por si me llegaba a necesitar.
Me senté en el sofá y el mullido cojín que vi a mi lado me arrancó una sonrisa. Otro de los toques de la rubia. Mantas de seda, cojines de plumas, colores cálidos en las parees y los cuadros que había añadido, todo hacía que el piso pareciera un hogar. Me detuve con la copa a medio camino de los labios, ¿Había llegado a decirle que me gustaba lo que había hecho?
Gemí y apuré el vino, tras lo cual dejé la copa en la mesa. Me incliné hacia delante y enterré las manos en el pelo, del que tiré hasta hacerme algo de daño. Había mejorado durante las últimas semanas, de eso estaba seguro, pero ¿Había cambiado lo suficiente? Sabía que mi lengua ya no era tan afilada. Sabía que había sido mejor persona. De todas formas, no estaba seguro de que bastara. Si Elizabeth estaba pasándolo mal, ¿Confiaría en mí lo suficiente como para permitirme consolarla? Me sorprendió darme cuenta de lo mucho que deseaba que eso sucediera. Quería ser su ancla, ser la persona de la que ella dependiera. Sabía que yo había llegado a depender de ella… Para muchas cosas.
Por un instante, me sentí raro allí plantado delante de su puerta, sin saber exactamente que hacía en aquel sitio. Hasta que lo oí, sollozos entrecortados. Sin pensarlo dos veces, entré en su dormitorio. Tenía las persianas levantadas, de manera que entraba la luz de la luna. Estaba acurrucada llorando, su cuerpo se estremecía con tanta fuerza que incluso movía el colchón. Tras apartar la manta, la rodeé con los brazos, la estreché contra mi cuerpo y la llevé a mi habitación. Sin soltarla, me metí en la cama y tiré de las mantas para arroparnos. Ella se tensó por un momento, pero la estreché con mayor fuerza.
- Desahógate, Elizabeth. Te sentirás mejor, cariño.
Se derrumbó entre mis brazos y se pegó por completo a mí. Sus manos me aferraron los hombros desnudos y sus lágrimas me quemaron la piel mientras lloraba de forma inconsolable. Le acaricié la espalda, pasé los dedos por el cabello e hice lo que esperaba fueran sonidos reconfortantes. Pese al motivo que nos tenía juntos esa noche, me gustaba tenerla cerca. Echaba de menos su suavidad contra mi dureza, su cuerpo encajaba a la perfección contra el mío.
A la postre, sus sollozos remitieron y los terribles estremecimientos cesaron. Me incliné hacia la mesilla de noche y tomé unos cuantos pañuelos de papel para ponérselo en una mano.
- Lo… Lo… Sien… Siento – Tartamudeó en voz baja.
- No tienes por qué sentirlo, bonita.
- Te he molestado.
- No, no lo has hecho. Quería ayudarte, te lo repito. Si necesitas algo, solo tienes que pedírmelo. – Titubeé. – Soy tu esposo, mi trabajo es ayudarte y apoyarte.
- Has sido muy bueno, incluso hasta podría decir que amable.
El asombro que transmitía su voz me escoció un poco. Sabía que me lo merecía, pero de todas formas no me hizo gracia.
- Estoy tratando de ser mejor persona.
Ella se movió un poco y ladeó la cabeza para mirarme a la cara.
- ¿Por qué?
- Porque te lo mereces y porque acabas de perder a tu ser más querido. Estás pasándolo mal, quiero ayudarte. Pero no sé cómo hacerlo. Todo esto es una novedad para mí, Riza. – Usé el pulgar para limpiarle con delicadeza las lágrimas que brotaban de nuevo de sus ojos.
- Me has llamado Riza.
- Supongo que se me ha pegado, Grumman te llamaba siempre así. Igual que lo hacen todos.
- Le caías bien.
Sentí un extraño nudo en la garganta mientras contemplaba su rostro a la luz de la luna que se filtraba por la ventana.
- Y a mí me caía bien él. – Repliqué en voz baja con sinceridad. – Era una persona maravillosa.
- Lo sé.
- Sé que lo echarás de menos, cariño, pero… - No quería decir las mismas frases hechas que había oído pronunciar durante los últimos días. – Grumman habría detestado ser una carga para ti.
- ¡No lo era!
- Él te lo habría discutido. Te esforzaste para que se sintiera seguro. Hiciste muchos sacrificios.
- Él hizo lo mismo por mí. Yo era su prioridad. – Se estremeció. – No… No sé dónde estaría hoy si él no me hubiera encontrado y no me hubiera acogido en su casa.
Yo tampoco quería pensarlo. Los actos de Grumman nos habían afectado a ambos… Para mejor.
- Lo hizo porque te quería.
- Yo también lo quería.
- Lo sé. – Tomé su rostro entre mis manos y miré esos ojos que rebosaban dolor. – Lo querías tanto que te casaste con un imbécil que te trataba fatal con tal de asegurarte de que lo cuidaran como se merecía.
- Dejaste de ser un imbécil hace unas semanas.
Negué en un leve y cansino movimiento.
- Nunca debí comportarme como un tarado contigo. – Para mi asombro, sentía que se me llenaban los ojos de lágrimas. – Lo siento, cariño.
- Tú también lo hechas de menos, ¿Verdad?
Incapaz de hablar, asentí en silencio.
Ella me rodeó el cuello con los brazos y me colocó la cabeza bajo su barbilla. Era incapaz de recordar la última vez que había llorado, seguramente fue cuando era un niño, pero me eché a llorar en ese instante. Lloré por la muerte de un hombre que había conocido durante un breve período, pero que había llegado a ser extremadamente importante para mí. Un hombre que con sus anécdotas y sus quebrados recuerdo le había dado vida a la mujer con la que yo me había casado. Sus palabras me mostraron la bondad y la generosidad de Riza.
Riza y él me habían enseñado que era bueno sentir, confiar y… amar.
Porque, en ese preciso momento, reconocí que estaba enamorado de mi mujer.
Estreché a Riza con fuerza entre mis brazos. Cuando dejé de llorar, levanté la cabeza y miré esos ojos bondadosos. El aire que nos rodeaba crepitó y cobró vida, una vez abandonadas la relajación y el consuelo.
El deseo y el anhelo que había estado reprimiendo estallaron. Mi cuerpo ardía por la mujer a la que abrazaba y Riza puso los ojos como platos, con los iris ámbar iluminados por el mismo deseo que me consumía a mí.
Para darle la oportunidad de negarse, incliné despacio la cabeza y me detuve antes de rozarle los temblorosos labios.
- ¿Por favor? – Susurré, sin saber muy bien qué le estaba preguntando.
Su suave gemido fue la única respuesta que necesité y mi boca devoró la suya con ansia que jamás había experimentado.
No solo eran lujuria y deseo, había anhelo y necesidad, redención y perdón. Todo ello envuelto en una mujer diminuta.
Fue como renacer en mitad de una violenta hoguera cuyas llamas me lamían la espina dorsal. Todos los nervios de mi cuerpo cobraron vida. Sentía cada centímetro del cuerpo de Riza pegado al mío. Cada curva se amoldaba a mi cuerpo como si hubiera sido creada única y exclusivamente para mí. Su lengua era como terciopelo contra la mía; su aliento, soplos de vida que llenaban mis pulmones. Necesitaba sentirla más cerca. Necesitaba besarla con más ansias. Su ridículo camisón desapareció bajo mis puños, que desgarraron la tela con burda facilidad. Tenía que tocar su piel, necesitaba sentirla entera. Usó los pies para bajarme los pantalones de pijama que usaba, liberando mi erección que quedó atrapada entre ambos. Gemimos al unísono cuando quedamos piel contra piel. La suya, suave y sedosa, contra el roce más duro de mis músculos.
Riza era como el helado: exquisita y dulce mientras me rodeaba con sus miembros. Usé las manos y la lengua para explorarla. Sus curvas y recovecos que siempre habían estado ocultos al mundo eran míos para acariciar, me di un festín de sabores. Cada descubrimiento era nuevo y exótico. Tenía unos pechos voluptuosos y prominentes, con los pezones duros y sensibles. Gimió cuando se los lamí para endurecerlos aún más, mordisqueándolos con suavidad. Se retoricó y gimió cuando descendí por su cuerpo, le lamí el abdomen, continué con el ombligo y más abajo, donde descubrí estaba húmeda y lista para mí.
- Roy. – Dijo entre jadeos, con una nota asombrada y frenética en la voz mientras la acariciaba con la lengua y con los labios, degustando su sabor. Arqueó la espalda y se estremeció mientras yo la acariciaba, mientras usaba la lengua para penetrarla y torturarla.
Me enterró las manos en el pelo y me obligó a acercarme más, alejándome una vez que encontré el ritmo adecuado. Sus gemidos y jadeos eran música para mis oídos. La penetré con un dedo y después con dos para acariciarla en profundidad.
- Dios cariño, eres tan estrecha… - susurré sin alejarme de su piel.
- Yo… Nunca he estado con un hombre.
Me detuve, levanté la cabeza y asimilé sus palabras, era virgen. Debía recordarlo, ser tierno y cuidadoso con ella para tratarla con respeto. Que me hiciera ese regalo, a mí entre todos los hombres, me provocó un torbellino de emociones que fui incapaz de identificar. Sin embargo, no debería haberme sorprendido, porque como era habitual en ella me confundió aún más.
- No pares. – Suplicó.
- Riza…
- Roy, quiero hacerlo… Contigo.
Ascendí por su cuerpo y le tomé la cabeza entre las manos. La besé con una reverencia que hasta ese momento no tenía idea que existía, no había comparación, nunca lo había sentido con nadie más que no fuera ella.
- ¿Estás segura?
Mi dulce compañera tiró de mí para que siguiera besándola.
- Sí.
Me moví sobre ella con cuidado. Quería que su primera vez fuera memorable. Quería demostrarle con el cuerpo lo que estaba experimentado con el alma.
Quería hacerla mía en todos los sentidos posibles.
La adoré con mis caricias, suaves y delicadas, deleitándome con el tacto sedoso de su cuerpo. La amé con mi boca, recorrí su cuerpo de la forma más íntima, memorizando su sabor y su textura. Avivé su pasión con la mía hasta que se derritió entre mis brazos.
Gemí y siseé cuando comenzó a moverse con más osadía, cuando empezó a acariciarme y a explorarme con los labios y con las manos. Pronuncié su nombre como si fuera una plegaria mientras me acariciaba los hombros, la espalda y cuando me la tocó. Al final, me coloqué sobre ella, la cubrí con mi cuerpo y la penetré, hundiéndome en su estrecha calidez. Me mantuve inmóvil hasta que ella me pidió que me moviera y entonces y solo entonces dejé que la pasión tomara las riendas. Me hundí en ella con todas mis fuerzas, comencé a moverme con frenesí. La besé sin mucha delicadeza mientras la hacía mía, porque necesitaba su sabor en la boca con el mismo fervor que necesitaba su cuerpo en torno al mío. Riza me abrazó con fuerza y gimió mi nombre al tiempo que me clavaba los dedos en la espalda.
- Oh Dios, Roy por favor, necesito…
- Dímelo. – Repliqué. – Dime lo que necesitas.
- A ti… Más… ¡Por favor!
- Ya me tienes, cielo. – dije entre gemidos al tiempo que le levantaba una pierna para poder hundirme en ella hasta el fondo. – Solo a mí, solo yo.
Gritó y echó la cabeza hacia atrás al tiempo que tensaba el cuerpo. Estaba preciosa en pleno orgasmo, con el cuello estirado y la piel cubierta por una capa de sudor. Yo también estaba al borde del orgasmo, de manera que enterré la cara en su cuello y me dejé arrastrar por la intensa oleada de placer. Volví la cabeza, le cogí la barbilla y acerqué sus labios a los míos para besarla mientras los espasmos sacudían mi cuerpo y se desvanecían poco a poco.
Después, giré sobre el colchón con ella pegada al pecho y la nariz enterrada en su pelo. La oí suspirar mientras se acurrucaba sobre mí.
- Gracias. – Murmuró.
- Cariño, el placer ha sido todo mío.
- Bueno, todo no.
Me eché a reír contra su cabeza y besé esa cálida piel.
- Duérmete, Riza.
- Debería irme…
La estreché con fuerza, renuente a dejarla marchar.
- No, quédate aquí conmigo.
Suspiró y su cuerpo se estremeció entero.
- ¿Espalda o pecho? – Susurré a su oído. Le gustaba dormir con la espalda pegada a mí. Me gustaba despertarme con la cara enterrada en su cálido cuello y su cuerpo unido al mío.
- Espalda.
- De acuerdo. – Aflojé los brazos para que pudiera darse la vuelta. Una vez que estuvo de espalda a mí, la abracé y la besé con suavidad. – Duérmete, mañana tenemos mucho de que hablar.
- Yo…
- Mañana, mañana veremos cuál es el siguiente paso.
- Está bien.
Cerré los ojos y aspiré su aroma. Mañana se lo contaría todo, le pediría que me dijera que le parecía. Quería expresar mis sentimientos, decirle que estaba enamorado de ella. Aclarar las cosas, y después, quería ayudarla a trasladar sus pertenencias a mi dormitorio y convertirlo a partir de ese día en nuestra habitación.
No quería vivir sin que ella estuviera a mi lado.
Me quedé dormido tras exhalar un suspiro de satisfacción, liberación y tranquilidad.
Me desperté solo, con la mano sobre las sábanas frías y vacías. No me sorprendió, Riza llevaba unas noches más inquieta de lo habitual y la noche anterior parecía incluso peor. En más de una ocasión había tenido que acercarla a mí y había sentido los sollozos que trataba de disimular. La había abrazado durante toda la noche, permitiéndole que expulsara todas las emociones.
Me pasé una mano por la cara y me senté. Me ducharía y después bajaría a buscarla a la cocina. Tenía que hablar con ella, debíamos aclarar muchas cosas. Y también debía pedirle perdón por muchas otras, para poder avanzar… Juntos.
Bajé los pies al suelo, agarré la bata y me puse en pie. Eché a andar hacia el baño, pero me detuve. La puerta del dormitorio estaba cerrada, ¿por qué estaba cerrada? ¿Riza creía que iba a molestarme? Meneé la cabeza. Era una de las personas más silenciosas que conocía, sobre todo por la mañana.
Atravesé la estancia y abrí la puerta. Al otro lado reinaba el silencio. No había música ni oía ruidos procedentes de la cocina. Eché un vistazo hacia el dormitorio de Riza, la puerta estaba entreabierta, pero tampoco se oían ruidos dentro. De repente, sentí un nudo en el estómago y fui incapaz de desterrar la sensación. Atravesé el pasillo y me asomé al dormitorio. La cama estaba hecha y todo estaba ordenado, impecable. Parecía una habitación vacía.
Fui corriendo hasta las escaleras, bajé los peldaños de dos en dos y fui directo a la cocina al tiempo que la llamaba. No respondió y la cocina estaba vacía.
Me quedé allí de pie, abrumado por el pánico. Debía de haber salido. Tal vez había ido a la tienda. Había varios motivos que justificaban que hubiera salido del apartamento. Corrí hacía la puerta de entrada. Las llaves de su carro estaban en el gancho, "Seguro que ha salido a dar un paseo", me dije.
Regresé a la cocina y me acerqué a la cafetera. Me había enseñado a usarla, así que al menos podía preparar café. Hacía un día desapacible, el cielo estaba encapotado y gris. Necesitaría una taza de café caliente cuando volviera.
Sin embargo, descubrí su celular en la encimera. A su lado estaban las llaves del apartamento. Me temblaba la mano cuando las tomé, ¿Por qué había dejado las llaves? ¿Cómo iba a entrar sin ellas?
Miré de nuevo la encimera. Todo estaba allí, las tarjetas de crédito y el talonario de cheques que le había dado. Su copia del acuerdo, lo había dejado todo porque me había dejado.
Algo reluciente me llamó la atención y me incliné para agarrar sus anillos.
La imagen de Riza pasó por mi cabeza en distintos recuerdos. Cuando le entregué la cajita y le dije que no iba a hincar la rodilla en el suelo. Su expresión cuando le puse la alianza en el dedo el día que nos casamos por las circunstancias, no por amor. Estaba preciosa, pero no se lo dije. Había muchas cosas que no le había dicho.
Muchas cosas que no tendría la oportunidad de decirle… Porque se había ido, mi esposa me había abandonado.
Contestando Reviews:
Perdón a todos, ayer tuve problemas para subir este capítulo, por eso coloqué un anuncio como prueba, pero igual no me dejo después, peeeerooo… Al fin esta arriba y espero lo disfrutaran todos.
Ly-dango: Muchísimas gracias, a mí me encantó tu foto de perfil.
Arual17: Al fin Roy dejo de ser todo un espanto, es increíble como pudo cambiar con solo darle cariño, pobre Roy chiquito. Ya él ni siquiera quiere terminar con el acuerdo… Pero se la jugaron.
Drako Lightning: Me alegro que me encontraras y sobre todo que te esté gustando la historia, ojala disfrutaras este capítulo también.
Kimbluefish: El momento que temías se hizo realidad, tocó decirle adiós a Grumman. Y comparto tu opinión los momentos bonitos Royai dan cien años de vida…. Pero el final de este cap me los quitó.
Sajonia-Weimar: ¡Listo! Actualizados hasta la próxima semana.
