Capítulo 31


Sakura esperaba junto al nevado lago Lochy hecha un manojo de nervios.

A través del hotel, Óbito había alquilado para ella un descapotable muy parecido al de la otra vez. Cuando Sakura llegó al lago, y con la ayuda de Jūgo, Deidara, su madre y Dan, empotró el coche en la nieve y el fango. Luego sacó de su neceser unas tijeras y rajó con ellas la capota. «Ya lo pagará el seguro», pensó.

A continuación, los otros cuatro le desearon buena suerte y se marcharon dejándola sola. El plan B consistía en cabrear a Sasuke y prohibirle ir al lago, con lo que se aseguraban de que iría allí de inmediato a buscar a sus vacas.

Sentada en el capó del coche, Sakura miró su alrededor. Aquel lugar era uno de los más bonitos que había visto nunca. ¿Cómo no se dio cuenta la primera vez que había estado allí?

A su memoria volvieron las palabras de su vecina Mei, la «pitonisa»: «Un viaje al pasado te cambiará la vida. Déjate querer y no temas al futuro, porque te traerá más cosas buenas de las que crees».

Sonriendo al recordar aquel día, miró el barro y hundió en él su precioso botín Gucci, hasta que notó cómo el frío la hacía estremecerse. Nunca habría imaginado que, tras la anulación de la boda con Nagato, su vida cambiaría radicalmente en menos de seis meses, y menos aún en un lugar como aquél.

En España, Tenten, Chōji y Neji disfrutaban de unas felices vacaciones de Navidad tras dejar sus puestos en RCH. Esperaban con tranquilidad que el papeleo que Sakura había iniciado para su nueva empresa se formalizara y pudieran empezar a trabajar. Neji sería su mano derecha en España mientras ella, si todo salía bien, la dirigiría desde Escocia.

Había pasado de ser una ejecutiva agresiva de ciudad, mujer de un metrosexual con más cara que dinero, a una simple mujer enamorada de un cabezota escocés con más dinero que cara y que, asombrosamente, también era conde.

En ese instante comenzó a lloviznar. Sakura suspiró mirando al cielo. Bueno, iba a llover, pero para algo estaba en Escocia. «Adiós, peinado», se dijo con resignación. Diez minutos después estaba empapada y aterida, mientras una lluvia torrencial la calaba.

No obstante, los verdaderos temblores comenzaron cuando oyó el ruido de un motor. «Sasuke», pensó, y una vez comprobó que llevaba todo cuanto necesitaba en los vaqueros, volvió a sentarse tranquilamente en el capó.

Obviamente, Sasuke había hecho oídos sordos a las indicaciones de su familia. Lo había intentado, había tratado de ir directamente al aeropuerto, pero cuando había llegado a las inmediaciones del mismo, se había desviado para buscar a sus vacas. La lluvia no le permitía ver con claridad, por lo que al vislumbrar un bulto cercano a la orilla del lago, aceleró hasta llegar a su altura y luego frenó en seco.

—¡Joder, joder...! —murmuró Sakura al notar cómo la salpicaban la nieve y el barro.

Durante unos segundos, pudo ver la expresión de incredulidad de Sasuke mientras contenía la respiración. No obstante, al oír que apagaba el motor, en cierto modo se relajó. El limpiaparabrisas del vehículo seguía en marcha, mientras él la observaba boquiabierto desde el interior del todoterreno.

Al verla allí sentada, encima del capó de un coche sin capota, empapada y con fango hasta las orejas, hizo que soltara un improperio. A continuación abrió la puerta del vehículo y bajó.

—¿Qué haces aquí? —preguntó notando que le faltaba aire.

De un salto, Sakura bajó del capó y, a pesar de que los tacones se le hundían en el barro, no se cayó. Tras retirarse el pelo mojado que le caía sobre la cara, cogió un sobre acolchado de color marrón del interior del vehículo, de donde sacó el contrato de alquiler del castillo.

«O ahora o nunca.»

—Estoy aquí para decirte que te quiero —reveló con los ojos brillantes—. He sido una idiota durante mucho tiempo pero, gracias a ti, a esta tierra y a tu gente, me he dado cuenta de lo que realmente importa en la vida.

«Ay, Dios mío. No dice nada, mala señal..., mala señal», pensó horrorizada al ver que él sólo la miraba.

—Sasuke, de nada sirve tener una cuenta bancaria abultada, ni los mejores vestidos, si no tienes al lado a alguien que te quiera de corazón. —Y, al tiempo que rompía el contrato empapado, añadió lentamente—: Me he enamorado de ti, no del conde Fugaku Sasuke Uchiha, y te juro por Versace —dijo sin conseguir que sonriera— que, si fueras un simple mecánico, o un granjero, o tuviera que vivir contigo bajo un puente, lo haría. Porque te quiero, cariño, y no puedo seguir viviendo sin ti.

Sin poder responder, Sasuke la miraba extasiado, lo que hizo que Sakura comenzara a ponerse nerviosa. Tenerlo delante de ella, sentir su masculinidad y que no la hubiera besado todavía no era buena señal, por lo que, quemando su último cartucho, dio un paso al frente y sacó del bolsillo trasero de sus vaqueros una caja empapada.

—Toma, ábrela, por favor —le pidió alargando la mano.

Llovía a cántaros, pero ninguno de los dos parecía percatarse de ello.

Sasuke la escuchaba inmóvil como una estatua, aunque su corazón latía a un ritmo acelerado. Sin decir ni una palabra, y tras mirarla intensamente durante unos segundos, estiró la mano y cogió la caja. Siguiendo sus instrucciones, la abrió y, cuando vio lo que contenía, sonrió.

«Ha sonreído, sí..., sí..., buena señal», se dijo Sakura.

En el interior de la cajita encontró dos anillas de Coca-Cola, iguales a las que ambos habían intercambiado en la fiesta de Hatake, tras el baile celta. Aquello era un sueño hecho realidad. Ella había vuelto a él para entregarle su corazón. Sin poder aguantar un segundo más, Sasuke la atrajo hasta sí y la besó como sólo él sabía besarla.

«Por fin... Gracias, Dios mío», pensó Sakura.

—Amor mío, te he echado muchísimo de menos —susurró Sasuke con la voz ronca por la emoción—. Me estaba volviendo loco pensando que ibas a casarte con otro.

—Y ¿por qué ibas a marcharte?

—Porque te quiero tanto —respondió retirándole el pelo mojado de las mejillas— que lo único que deseo y he deseado siempre es que fueras feliz.

—¿En serio crees que soy tan víbora como para casarme con otro hombre en tu castillo?

—Mira, princesita —dijo él sintiéndose el hombre más feliz del mundo—, de ti no me extrañaría nada, porque eres la mujer más desconcertante que he conocido y conoceré en mi vida.

—¿Sabes, cromañón? Me gusta que me llames así —susurró rozándole los labios.

—¿Cómo? —preguntó Sasuke hambriento de ella—. ¿Lady Dóberman? ¿Bicho? ¿Señorita? ¿Princesita?

—Como quieras, bufón —concedió ella.

Después de un rato besándose apasionadamente, Sakura declaró:

—Al verte tan callado pensé que ibas a dar media vuelta y me ibas a dejar aquí tirada.

—Nunca habría hecho eso —repuso él buscando de nuevo su boca—. Creí que me volvía loco sin ti y, ahora que te tengo aquí... ¡Dios santo, mujer! Voy a llevarte a mi castillo, a mi habitación, a mi cama, y voy a disfrutar de ti lo que no está escrito.

Y, tras cogerla en brazos, abrió la puerta del todoterreno y la sentó en el asiento del acompañante, haciéndola reír.

—¡Vaya! ¡Esto se pone interesante! —exclamó Sakura, feliz.

Cuando se disponía a cerrar la puerta, Sasuke se acordó repentinamente de algo y, tras cogerle la mano, le planteó mientras le ponía una anilla de Coca-Cola en el dedo:

—Cariño, ¿quieres casarte conmigo?

Al ver la anilla en su mano, ella contestó emocionada:

—Sí. Sí quiero, y prometo amarte y discutir contigo todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe.

Con los ojos chispeantes, Sakura cogió entonces la otra anilla.

—Y tú, Sasuke, ¿quieres casarte conmigo? —preguntó poniéndosela en el dedo a su vez.

Con una sonrisa que lo decía todo, él la miró y, tras besarla con dulzura, respondió:

—Sí. Sí quiero, y prometo amarte y retarte todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe.