Capítulo 14
«Corre, pelirosa salvaje..., corre...»
Esa voz...
¡Tenten!
La risa de su hermana tronó en la mente de Sakura, cuando de pronto se despertó sobresaltada, sudando. A su lado dormía Iramet, y Shizune, que hacía guardia, preguntó al ver su gesto confuso:
—¿Estás bien, mi niña?
Sakura asintió. Se retiró la manta que cubría su cuerpo, e, incorporándose, se levantó y bebió agua.
Las pesadillas con sus familiares, especialmente con Tenten, no la dejaban descansar. Soñaba con ella un día sí y otro también. Su hermana parecía querer advertirle de algo, y tenía la seguridad de que se trataba de Sasori.
Pensando en ello estaba cuando Shizune se le acercó y le acarició el rostro con cariño.
—¿Otra pesadilla?
La joven asintió, y, apoyándose en el árbol que tenía a su espalda, murmuró:
—Sí.
Shizune suspiró. Sakura no lo estaba pasando bien, aunque apenas hablara de lo que le ocurría. Saber que Sasori la estaba buscando no facilitaba las cosas, y, cuando las tripas le rugieron, necesitada de transmitirle positividad, murmuró:
—Tranquila, mi pequeña. Las pesadillas desaparecerán. Ya lo verás.
Cuando murió su hija, fueron tiempos duros para ella. Durante el día pensaba en la pequeña, y por la noche su mente no aceptaba olvidarla. Aquello casi la volvió loca. Pero, por suerte, con el tiempo desapareció.
—Echo tanto de menos a Tenten que... —Sakura se interrumpió, no quería seguir hablando de ello. A continuación, tras tomar aire, declaró—: Me preocupa Neji. No sé si está vivo o...
—Ese muchacho está vivo —aseguró Shizune—. Algo me dice que así es.
Ella asintió esperanzada al oír eso, pero insistió:
—He de regresar, Shizune. Tengo que regresar a casa y terminar lo que, por desgracia, Sasori comenzó...
No pudo continuar. Y, cuando las lágrimas acudieron a sus ojos, las contuvo. Shizune meneó la cabeza. Esa muchacha necesitaba llorar, desahogarse, y musitó:
—Mi vida, no te contengas. Llora. Lo necesitas. Sé que lo necesitas.
Pero ella negó con la cabeza.
—He de regresar y honrar a mi familia.
La mujer suspiró. Si algo era aquella jovencita era cabezota, tanto como su padre, cuando la oyó proseguir:
—Estando perdida por Escocia, Neji no puede encontrarme. He de ser yo quien lo encuentre a él para hacerle saber que estoy viva, o nunca se perdonará no haber cumplido la promesa que le hizo a mi hermana.
Shizune asintió justo en el momento en el que se le nublaba la vista. Rápidamente, Sakura la sujetó. El hambre era severa, y la joven, sentándola, preguntó preocupada:
—¿Te encuentras mejor?
La mujer asintió, y aquélla, cogiendo el arco que tenían, dijo:
—Iré a cazar algo. Debes comer.
Shizune la sujetó. No quería que la muchacha se expusiera por los caminos sola. No quería que se encontrara con algún malhechor y tuviera que luchar, por lo que cuchicheó:
—Tranquila. Hay pan y queso y...
—Está rancio, Shizune.
—Mejor eso que nada, ¿no crees? —La joven suspiró, y aquélla insistió —: Deja la caza para esta noche. Será mejor dormir con las tripas llenas.
Sakura, no muy convencida y preocupada por la mujer, soltó el arco, cuando Shizune, para que dejara de pensar en aquello, indicó:
—Si consiguiéramos llegar al puerto de Aberdeen, quizá allí podríamos embarcar e ir hasta Bergen. Pero es complicado, hija. Muy complicado.
Sakura asintió. Lo sabía, como también sabía que la única manera de embarcar en una de aquellas naves era haciéndolo como esclava escocesa, para ser vendida en Noruega. Justo lo contrario de lo que había pasado. Y, mirando a la mujer, musitó cogiéndole las manos:
—Shizune, no puedo pedirte eso. No puedo.
—Allá donde vayas tú iré yo —repuso ella.
Sakura la abrazó con cariño. El vínculo que las unía era increíble. Shizune era su madre, la más buena, entregada y cariñosa que cualquiera desearía tener. Y, consciente de que, llegado el instante, no la haría pasar una vez más por aquello, afirmó:
—De momento, acompañemos a Iramet hasta su hogar y...
—Ay... Ay... Ay...
Al oír los gritos de la aludida, ambas la miraron. Aquélla estaba saltando sobre las mantas, revolviéndose el pelo, mientras gritaba:
—Tengo algo en el cabello..., algo..., no sé... ¡Ayuda!
Divertida, Sakura se le acercó y, parándola, le quitó un escarabajo que se había enredado en su largo cabello rubio. Luego se lo enseñó.
—Aquí tienes al malhechor... ¿No mueres de amor por él?
Iramet se horrorizó y gruñó:
—Muero de asco.
Sakura sonrió, cuando aquélla insistió:
—No tendré más, ¿verdad?
La pelirosa dejó el escarabajo en el suelo y, suspirando, se mofó:
—Creo que no, pero eso sólo lo sabré si te corto el pelo.
Rápidamente, aquélla dio un paso atrás y siseó con gesto huraño:
—¡Oh! Ni se te ocurra.
Shizune y Sakura rieron ante el gesto de la joven. Resultaba evidente la importancia que tenía el cabello para ella, y ya no se habló más del tema.
Tras un rato de tranquilidad, Shizune sacó del capazo el queso ya rancio y el pan duro.
—Vamos. Comamos algo antes de emprender la marcha.
El manjar que ofrecía no era atrayente, pero, aun así, las jóvenes se sentaron a comer. Observaron cómo Shizune se acercaba hasta el riachuelo a por un poco de agua. En silencio, la miraron, hasta que Iramet musitó:
—¿Sabes?, sonará descarado lo que te voy a decir, y si mi madre me oyera se escandalizaría y me encerraría en el torreón el resto de mi vida, pero, cada vez que pienso en ese guapo highlander llamado Naruto, siento que me palpita el corazón de una manera intensa.
Al oírla, Sakura sonrió. Aquel tipo de confesiones eran las que su hermana Tenten solía hacerle cuando hablaba de Neji.
—Quizá el amor ha llamado a tu corazón —comentó.
Iramet sonrió y musitó pestañeando:
—¿Tú crees?
Sakura se encogió de hombros. Ella no estaba muy puesta en esas lides.
—Eso quien ha de creerlo y de sentirlo eres tú —murmuró.
La joven rubia gesticuló.
—No sé nada del amor.
—Yo tampoco —afirmó la pelirosa sin querer pensar en su pasado.
Retirándose con gracia el cabello rubio de los ojos, Iramet insistió:
—Con cuatro hermanos varones, nunca he podido hablar al respecto.
Sakura asintió y, encantada por saber cosas de ella, preguntó:
—¿Tus cuatro hermanos siguen viviendo en Inverness?
—Sí —y, señalando el anillo que ambas llevaban, afirmó—: Gaara es quien me regaló el anillo doble, le gusta trabajar este tipo de cosas —y, suspirando, acabó —: En cuanto al amor, sólo lo vi una vez de pasada.
—Entonces sí sabes lo que es.
Iramet negó con la cabeza y, bajando la voz como si alguien pudiera oírla, musitó:
—Hotaru, la hija de Gunilda, la criada de mi madre, se enamoró de un joven panadero del pueblo. Recuerdo que no podía parar de hablar de él. Me contaba que el corazón le palpitaba cuando lo recordaba, y que, cuando lo veía, la que palpitaba era toda ella.
Sakura rio. Aquella historia le habría encantado a su hermana.
—¿Y qué ocurrió? —preguntó sin saber por qué.
—Los ayudé a escapar una noche para que se casaran. Y, aunque al principio fue un disgusto para Gunilda, porque ese muchacho no le gustaba, y mi madre me encerró dos semanas en el torreón acusándome de insubordinación, hoy por hoy está feliz al ver a Hotaru junto a Utakata y sus tres hijos.
Sakura asintió, cuando aquélla, sin querer entrar en terrenos pantanosos, indicó:
—Mi madre es estricta conmigo. Muy recta. Alaba mi cabello y mi hermosura ante los demás, pero siento que sólo le gusta eso de mí. No es cariñosa, como dicen que suele ser una madre con una hija.
Oír eso hizo que Sakura se acordara de Ameyuri, pero calló, cuando Iramet susurró:
—Padre me llama Temari. Le gusta llamarme así. Adora mi nombre. Pero madre se lo prohíbe. Se avergüenza.
—Es un nombre precioso —afirmó ella.
La joven sonrió y, tomando fuerzas, añadió:
—Madre lo odia, y fue ella quien inventó llamarme Iramet, que es Temari al revés. Siempre dice que mi padre la obligó a ponérmelo, porque era el nombre de mi abuela. Y, bueno..., en cuanto al amor, ella dice que en ocasiones surge entre dos personas una vez desposados y con el paso del tiempo.
—Tus padres no se aman, ¿verdad?
Iramet negó con la cabeza y, necesitada de hablar, susurró:
—Mi madre, al parecer, se enamoró de un gallardo y guapo escocés. Se entregó a él en cuerpo y alma y, cuando quedó embarazada de mi hermano mayor, aquél la negó. De pronto, se vio embarazada y sola, y su padre, que conocía a mi abuela Temari, urdió un plan. Uno tenía una hija que ocultaba una vergüenza, y mi abuela un hijo que no encontraba esposa por tener sangre vikinga. Eso los unió y, tras el nacimiento de mi hermano, nacimos el resto, aunque entre ellos nunca hubo amor, sino conveniencia. Pero... pero yo no quiero eso. Yo quiero un amor apasionado como el de Hotaru. Un amor que pueda elegir, que me ame, me mire a los ojos y yo sienta que está orgulloso de mí. No quiero un enlace con alguien que no me ame.
Sakura la miró. Sin duda entendía mejor que nadie lo que la joven quería explicarle, cuando aquélla continuó:
—Pero... pero no sé cómo voy a conocer el amor, si mi madre no me deja salir nunca de la fortaleza. Llevo toda mi vida encerrada en ella, a excepción de las veces que he salido con mi padre. Y, para una vez que salgo sola, sin avisar a nadie, mira dónde he acabado.
Al oír eso, Sakura abrió la boca y preguntó:
—¿Escapabas de tu hogar cuando te capturaron?
A Iramet se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Sí.
La joven, a quien la torturaba ese acto, se limpió una lágrima, esta vez verdadera.
—Madre quiere desposarme con Dotō, un amigo de su infancia —contó—. Pero él es muy mayor, me desagrada y odio cómo me mira y sonríe. Me aterra y... y siento... siento ¡que no puedo!
La repulsión que Sakura vio en la mirada de la muchacha al hablar de aquel hombre se le clavó en el corazón. Era la misma que ella había sentido ante Sasori, a pesar de que aquél fuera joven y tuviera una larga melena. Por ello, y consciente de que no quería que le ocurriera lo mismo que le había sucedido a ella, indicó tomándole las manos:
—No debes casarte con él. No puedes permitirlo.
—Lo sé..., lo sé... Pero ¿cómo negarme al deseo de mi madre?
Aquello era un gran problema.
—¿Y tu padre qué dice?
Iramet, al pensar en aquél, al que adoraba y mimaba, suspiró:
—Padre calla. Según él, con Dotō estaré protegida. Y, aunque sé que ese hombre no le agrada en exceso, no hace nada por evitarlo. Mi sangre vikinga espanta a los jóvenes casaderos escoceses. Mis padres están desesperados, hasta que yo tenga un buen matrimonio escocés, ninguno de mis hermanos lo tiene fácil tampoco para contraer matrimonio. Y sólo Dotō ha accedido a casarse conmigo, pero... pero yo... no... no quiero.
Sakura asintió. Ella misma no había podido negarse al deseo de su padre en lo referente a su boda, y, como no quería que aquélla pasara por los malos tragos que ella había tenido que aguantar, insistió:
—Buscaremos la forma de evitarlo.
Iramet se mordía los labios nerviosa, y musitó consciente de su mala suerte:
—Si regreso a mi casa, tendré que casarme. De ahí que no quiera volver. ¡No puedo hacerlo!
—Lo entiendo, Temari...
Al oír su nombre en boca de aquélla, la joven sonrió y murmuró emocionada:
—Lo pronuncias igual que mi padre y mi abuela.
Sakura sonrió. Y, consciente de la realidad de la muchacha, musitó:
—Escúchame, Temari. No eres persona de andar por los caminos. ¡Mírate! Sabes luchar, pero te falta valor. Te asusta todo y apenas sabes...
—Sí. Soy una torpe.
—Yo no he dicho eso —repuso Sakura.
Iramet asintió. Sabía de sus límites, y, esperanzada, insistió:
—Podría ir contigo y con Shizune. Prefiero unirme a vosotras que unirme a Dotō.
Sakura sonrió. Aquella pobre muchacha no sabía lo que decía.
—Es complicado... —contestó—, muy complicado.
—Cualquier cosa siempre será mejor que ser la mujer de ese hombre — sollozó ella desesperada.
Entendiendo su frustración, la pelirosa suspiró y, sin saber cómo proceder, indicó:
—Tranquilízate. Hablaremos de eso en otro momento.
—Por favor, Sakura. Te lo ruego...
Apenada por el terrible futuro que le esperaba a la muchacha si no encontraba una solución, ella farfulló:
—Tranquila. No pienso permitir que pases por lo mismo que pasé yo.
Oír eso, con la rabia con que lo había dicho, hizo que Iramet olvidara sus penas y preguntara:
—¿Por qué pasaste tú?
Sakura maldijo, no había medido sus palabras. Y, cuando negó con la cabeza, Iramet, sujetándole ahora ella las manos, insistió:
—Soy tu hermana. Me he sincerado contigo. ¿Qué te pasó a ti?
Consciente de que aquella muchacha, que le había contado su problema, se merecía una explicación, se sinceró con ella. Y, abriéndole su corazón de par en par, le contó quién era su familia, su vida y sus quehaceres en la granja, y, finalizando, indicó:
—Y, por un malentendido que mi presunta madre urdió, mi padre me obligó a casarme con un despreciable hombre llamado Sasori. Apenas fueron unos meses, pero mi vida con él fue... fue... —No pudo continuar. Recordar el pasado era desagradable. Pero, mirándola, musitó—: Me pegaba, me forzaba, me humillaba, me martirizaba... —y, tocándose la marca que tenía en la mejilla, prosiguió—: Y una noche, tras una brutal paliza en la que mató a... a Wulf...
—¿ Wulf era tu caballo?
Sin querer explicar que era un lobo, pues no sabía si ella lo entendería, Sakura afirmó y continuó:
—... y, como pude, regresé en busca de ayuda a casa de mi padre.
Los recuerdos eran terriblemente dolorosos. Tanto que, en un hilo de voz, musitó:
—Sasori no sólo mató a Wulf, sino que también asesinó a mi hermano Kimimaro cuando éste fue en su busca.
—Oh, Dios...
—Y... y, no contento con ello, el día de la boda de mi hermana Tenten, ese desgraciado envió a su hermano y a sus hombres y mataron a toda mi familia. A toda... Venían a por mí, pero los mataron a ellos. ¡A ellos!
—Sakura...
La aludida asintió. Y, al notar que los ojos se le llenaban de lágrimas, los cerró. Cuando le pareció que éstas desaparecían, los abrió de nuevo y musitó:
—Después nos raptaron a Shizune y a mí y... al final terminamos en un barco que nos trajo como esclavas a Escocia. El resto... ya lo sabes.
Horrorizada, Iramet la miraba cuando ella, tragando el nudo de emociones que pugnaba por salir de su garganta, admitió:
—Quizá por ello en mi futuro sólo veo muerte y venganza. Y, sí, soy consciente de que Sasori me busca y me reclama como su mujer, pero estoy divorciada de él. Yo no me llamo Haruka Sabaku, como él se empeñaba en decir. Yo soy Sakura Haruno y no soy su mujer ni soy de su propiedad. Y si quiero regresar a mi hogar sin importarme mi propia muerte es para vengar a mi familia matándolo con mis propias manos. Sólo cuando sienta que su corazón ha dejado de latir podré descansar en paz.
Horrorizada, Iramet se llevó la mano a la boca.
Lo que la muchacha le contaba era terrible. Vivir una experiencia como aquélla sin duda a ella la mataría, y, sin soltarle las manos, murmuró:
—Lo siento..., lo siento mucho.
—Lo sé —afirmó tomando aire mientras los recuerdos la martirizaban.
—Te ayudaré. No sé cómo, pero prometo ayudarte en todo lo que necesites. Cuenta conmigo para matar a ese tal Sasori.
Oírla decir eso último hizo sonreír a Sakura, que, con cariño, la miró a los ojos y murmuró:
—Tú dialogas, no matas.
La joven asintió, aunque replicó con seguridad:
—Pero en este caso la muerte es la única opción.
En silencio estuvieron unos minutos, hasta que la rubia, abrazándola, murmuró:
—Ahora entiendo muchas cosas de ti. Entre ellas, tu valentía, tu arrojo, tu fuerza y por qué no crees en el amor.
Sakura, necesitada de aquel abrazo, tan de su hermana Tenten, se dejó hacer, y cuando se separaron murmuró:
—No te vas a casar con ese tal Dotō. No lo voy a permitir.
Ambas sonrieron por aquello, cuando de pronto Shizune se acercó a ellas y musitó:
—No me lo puedo creer...
Las jóvenes miraron hacia el lugar donde aquélla señalaba y se quedaron boquiabiertas al ver aparecer a Naruto.
Iramet parpadeó. ¿Qué hacía allí?
Entonces, el highlander, con una espectacular sonrisa, dijo enseñándoles unos pedazos de carne asada:
—¿Alguna quiere un trozo?
Rápidamente Iramet se levantó de un salto.
Estaba pletórica de ver a aquél allí, y, sin importarle el gesto serio de Sakura, se acercó a él y afirmó cogiendo un trozo de carne asada:
—Muero de hambre.
Naruto, encantado por estar cerca de aquélla y ver que sus ganas de encontrarse eran recíprocas, preguntó:
—¿Qué te ha pasado en el cabello?
Temari, consciente de sus pelos de loca, se los atusó como pudo y murmuró:
—Una mala noche.
Él sonrió. Sin duda, aquella mujer era singular y, satisfecho por sentirla cerca, indicó:
—En el campamento tendrás toda la carne asada que quieras.
—¡¿Campamento?! —preguntó Sakura levantándose.
Naruto asintió.
—Cuando llegamos estabais durmiendo plácidamente y no quisimos perturbar vuestro sueño.
Al oír eso, Sakura miró a Shizune. Ella estaba de guardia y debería haberlos oído. Por ello, la mujer, colorada, murmuró:
—Quizá di una cabezadita o dos, hija.
Sakura resopló.
Estaba claro que o ella lo hacía todo o sería imposible. Entonces Shizune, soltando el queso rancio y el pan, se acercó a coger un trozo de carne y, tras metérselo en la boca, musitó:
—Qué maravilla..., qué rica está.
Iramet y Shizune masticaban la comida que les había llevado Naruto cuando la rubia dijo:
—Vamos, Sakura, ven a por un trozo.
La joven negó con la cabeza. No pensaba sucumbir a lo que aquél ofrecía, cuando Naruto insistió dirigiéndose a ella:
—Tendrás toda la que quieras. Sasuke ha dado su aprobación.
Al oír eso, Sakura preguntó con sorna:
—¿El señor ha dado su aprobación?
—Niña..., no empecemos —protestó Shizune.
—Sí —afirmó Naruto, que sólo tenía ojos para Iramet.
Mostrar sus necesidades ante aquellos hombres molestó a Sakura. Su deuda con Sasuke estaba saldada y no pensaba deberle nada más. Por ello, optó por no inmiscuirse, pero, consciente del hambre que sus dos compañeras podían tener, dijo cogiendo el queso rancio:
—Id vosotras.
—No —gruñó Shizune.
Sakura la miró.
Aquella mujer delgada y casi consumida necesitaba carne, comida, lo que fuera, y, sin cambiar su gesto, insistió:
—Ve y come. Yo con esto tengo bastante.
Shizune maldijo, ella y su cabezonería... Y, cuando fue a protestar, la pelirosa clavó aquella mirada suya que Shizune conocía tan bien e insistió:
—He dicho que vayas.
—Sakura..., hija...
Pero, sin dejarse convencer, sentenció:
—Ve con Tem... Iramet.
Esta última no se movió.
Tenía hambre, pero no se marcharía sin aquélla. Y, cuando iba a decir algo, Shizune resopló y, asiéndola del brazo, musitó:
—Vayamos a comer.
—Pero Sakura...
—No te preocupes. Esa cabezota estará bien. Vayamos a comer y algo le traeré de allí cuando regresaremos.
—¿Estás segura? —pregunto Iramet desconcertada.
Shizune suspiró y, mirando a Naruto, que observaba la situación en silencio, indicó:
—Muy bien, joven, llévanos a tu campamento.
Él asintió y, segundos después, los tres desaparecieron.
De inmediato, Sakura se levantó y, furiosa, tiró el queso y el pan al suelo. Estaban asquerosos.
