Flashback: Crimson Dawn

Stella abrió los ojos tras incontables horas dando vueltas en la cama, con un terrible dolor de cabeza a causa del insomnio y un profundo desasosiego, consecuencia de lo sucedido en los últimos meses, acompañado además de un perenne mal presentimiento que la acuciaba.

Se dio la vuelta para mirar al ventanal de su habitación, donde su hermana Loretta pasaba las noches en vela últimamente, limitándose a contemplar la calle, con gesto casi ausente.

Y es que, desde hacía casi un año, no hacían otra cosa si no velar por la vida de su "niño", Richard Lecarde, hijo único de la mayor de ellas y marido de una mujer cuya cordura se había desvanecido poco a poco, sustituida por la paranoia de perder a su hijo a manos de quien se lo había brindado.

François, de apenas tres meses de vida, demasiado pequeño para tener culpa de nada, estaba en medio de todo aquello.

Las hermanas no paraban de reflexionar sobre ello, habían perdido el hambre y el sueño, y no les entraba en la cabeza que el joven Richard hubiera decidido rendirse, realmente amaba tanto a su esposa y a su hijo que había elegido no luchar de ninguna de las maneras.

Aquella noche, aquel agobiante desasosiego iba a hacerles estallar el corazón.

Al sentir a su hermana incorporarse, Loretta se dio la vuelta y cruzó sus ojos tristes con los de ella; aún maduras ambas, de rasgos finos, piel tersa y cabello castaño entrecano, seguían teniendo fuerzas para luchar un poco más.

Y en los ojos de la menor Stella pudo ver que, entre un tornado de sentimientos, la determinación aún bullía.

- ¿Y qué podemos hacer, Loretta? – preguntó con la cabeza gacha, sentándose al borde de la cama.

La hermana pequeña, vestida con un suéter de lana y unos pantalones vaqueros anchos, volvió a mirar a la ventana.

- No lo sé, hermana, pero debemos intentarlo… al menos una vez más.

La mujer abrió el ventanal, dejando entrar el invernal viento de mediados de enero, con las calles aún nevadas, brillantes a la luz de la luna.

- Nuestro niño necesita ayuda, y hemos de brindársela…

No esperó respuesta de su hermana mayor tras aquellas palabras, saltó por la ventana y, levitando, cayó suavemente sobre la colcha de nieve que cubría el suntuoso jardín y helaba la hermosa fuente.

Apática, Stella se levantó para cerrar las hojas de la ventana y contemplar cómo Loretta se alejaba.

Su hijo, su niño, su pequeño Richard… ella también sentía el deber, como madre suya que era, de ayudarle, pero… ¿Cómo?

Miró a la esquina de la habitación, donde reposaba su estoque, siempre protagonista de grandes batallas, se levantó y lo cogió, contemplando la hoja brillante, donde su rostro se reflejaba.

En ese momento sintió algo, un profundo y asfixiante dolor en el pecho, en el alma, una inminente sensación de peligro que la hizo vestirse con una falda larga, un suéter y un abrigo y salir por donde su hermana lo había hecho, a toda prisa, cargando con su fiel espada.

Echó a correr según sus pies tocaron la nieve, ni siquiera se preocupó de levitar, no quería perder el tiempo, hacía casi 30 años que no tenía una sensación similar.

Deseó con todas sus fuerzas que no fuera lo que en aquel momento temía.

Corrió durante un buen rato, el domicilio donde su hijo habitaba junto a su esposa y el retoño de ambos estaba desesperantemente lejos en aquel momento, se maldijo a sí misma por no ser más rápida, entonces, notó como algo se movía a gran velocidad sobre su cabeza, entre los dos edificios por los que pasaba.

No se lo pensó dos veces y empezó a levitar, agarrándose a alguna cornisa cuando se cansaba y subiendo lo más rápido que podía para, una vez alcanzada la azotea, perseguir aquella forma que aún se veía a lo lejos, y que sus ojos identificaban, aunque su cerebro no quisiera, como Sapphire LaForeze, la esposa de su hijo.

Corrió lo suficientemente rápido como para alcanzarla, dando zancadas más potentes y saltos más largos, demostrando su agilidad y condición de guerrera, hasta que la tuvo lo suficientemente cerca para identificarla, y la llamó con voz potente y autoritaria.

- ¡SAPPHIRE!

La fugitiva se detuvo a los pocos metros, dándose la vuelta; tenía el cabello corto rubio con reflejos verdosos, su rostro afilado contrastaba con unos labios ligeramente gruesos, ojos de color oscuro y una figura atlética. Llevaba un brazo libre, mientras que en el otro transportaba un pequeño fardo.

- ¡Stella! – Exclamó ésta, sorprendida – N-no esperaba verla… por aquí…

No hacía el más mínimo intento por huir, Stella ignoraba si por simpatía o porque sabía que, de proponérselo, podría alcanzarla de inmediato.

- Sapphire… ¿Puedo saber a dónde vas a estas horas?

La Lecarde había endulzado su voz para no alterar a la joven, ignoraba cómo reaccionaría ésta si actuaba de forma agresiva.

- Me… me voy, Stella… no puedo más… ¡No puedo más!

La voz de Sapphire sonaba entrecortada, quebrada, parecía llorar, y así y todo estaba impregnada de un ligero tinte de locura.

- ¿Que no puedes más? – Preguntó, intentando sostener una conversación - ¿Qué ha pasado, querida?

Avanzó un paso, ella estaba bajo una farola, totalmente iluminada, mientras que su nuera permanecía en la penumbra.

- ¡Richard! – Respondió ésta - ¡Richard otra vez! Me… me desperté… y estaba… estaba… ¡Estaba intentando sacar a François de la cuna!

- ¿Qué estaba intentando qué? – Aunque estaba empezando a alterarse, la Lecarde intentó mantener un tono neutral en sus palabras – Sapphire… puede que sólo quisiera arropar a vuestro hijo… esta noche hace mucho frío ¡Estamos bajo cero!

- No ¡NO! ¡No es su hijo! – Gritó la muchacha - ¡Yo sé lo que hacía! ¡Quería llevárselo! ¡QUERÍA LLEVARSE A MI NIÑO!

- Sapphire, si me escuchas…

- ¿¡Y por qué debería hacerlo!? – La señaló con su mano libre - ¡Eres su madre! ¡Tú lo proteges! ¡Intentas conseguir que me lo arrebate!

- ¡Sapphire, soy neutral! – Replicó alterada la mujer - ¡Lo único que quiero es que volváis a estar como antes! ¡Y que seáis una familia normal!

- ¡NOOOOOOOOOO! ¡FRANÇOIS ES MÍO! ¡ES MI HIJO!

Sapphire LaForeze retrocedió hasta el mismo borde de la azotea, manteniendo el equilibrio en éste y recibiendo de refilón la luz de otra farola. Stella la vio doblarse, y empezar a reírse.

- Sa-Sapphire… oye…

No sabía por donde abarcar la situación, era la primera vez que la veía así, Sapphire se estaba descontrolando.

De repente dejó de reír, acariciando el fardo.

- Pero ¿sabe qué? – articuló en voz muy baja – Ya no importa… ya no me importa en absoluto, porque Richard me ha prometido que dejará en paz a François… sí… lo va a hacer por fin…

Se irguió de nuevo y volvió a reírse, permitiendo además contemplar, a la tenue luz de la farola, su rostro desencajado y ojeroso, consumido por la locura, irreal y grotesco.

Pero, además de eso, pudo observar, a lo largo de toda la ropa de Sapphire, impregnando incluso el fardo, enormes manchas oscuras.

Aquel fardo, que no era otra cosa que un bebé, su nieto.

- ¡François! – Exclamó, incapaz de contenerse - Sapphire ¿¡A dónde vas con él!? ¡A estas horas y con este frío! ¡Los vas a matar de congelación, maldita sea!

- Me lo llevo… - se movió hacia un lado, quedando justo debajo del haz de luz de la farola - ¡Me lo llevo conmigo, lejos de todos vosotros, donde no me lo podáis arrebatar!

- ¡Vete a donde sea, pero dame al niño! – Solicitó nerviosa - ¡Debe recibir calor ense-!

En un flash, se dio cuenta de un detalle más, las manchas que cubrían la ropa de la joven no eran oscuras, si no rojizas, de un desagradable color carmesí…

Sangre.

Stella quedó atónita, esforzándose por mantener el control, articulaba palabras a duras penas…

- Sapphire… pero qué has…

La muchacha rió de nuevo, acariciando el rostro de su hijo inmóvil.

- Richard ya no nos molestará más – murmuraba al aire – Ya no intentará separarnos… no nos hará daño… lo ha prometido… lo ha prometido…

- ¿Qué has hecho…?

- Él no te hará daño… nunca más te separará de tu mamá… todo irá bien ahora… todo irá bien ahora…

- Sapphire ¿Qué has hecho…?

- Tú y yo nos iremos juntos… lejos, muy muy lejos mi vida… seremos felices… seremos felices…

- SAPPHIRE ¿¡QUÉ COÑO HA PASADO!?

- Ya no nos molestará más…

Sapphire dejó de murmurar y volvió a reír, clavando sus ojos en Stella mientras sus risotadas, cada vez más fuertes y agudas, le taladraban el cerebro.

- Los has… lo has… - inconscientemente, la Lecarde empuño su estoque, cuya empuñadura sobresalía levemente por el abrigo abierto – No puedes… a él no…

Sólo obtuvo como respuesta otra risotada, lo que la hizo estallar.

- ASESINAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

Se lanzó contra su enloquecida nuera espada en mano, pero algo la detuvo al instante, como una explosión; sintió la presencia de su hermana menor y la buscó, apareciendo ésta desde arriba, levitando y llevando en volandas un bulto similar a un hombre adulto.

Tenía el rostro constreñido por la ira, mientras lágrimas de rabia caían por sus mejillas.

El bulto sangraba, parecía destrozado y empapado en el líquido carmesí, Stella se negaba a creerlo.

- No… no…

Loretta posó sus pies en la azotea, frente a su hermana; llorando y ardiendo de ira, se agachó y dejó el cuerpo en el suelo, Stella se arrodillo a su lado.

- Mi niño… mi niño… no… no puedes ser tú… no puedes ser mi Richard…

El cuerpo estaba literalmente destrozado, acuchillado a lo largo y ancho de torso y extremidades, y la cara, aunque desfigurada, resultaba fácilmente reconocible para ellas dos.

- No… mi pequeño no… mi Richard no… - sollozaba Stella mientras acariciaba el cadáver – mi hijo no… ¿Por qué tu…? ¿Por qué mi hijo…?

Aguantó casi un minuto hasta que se echó a llorar desconsolada, arrodillada y encogida sobre el pecho del cadáver.

- ¡MI HIJO! – gritaba - ¡MI UNICO HIJO! ¡MI CARNE Y MI SANGRE! ¿POR QUÉ TU? ¿¡POR QUÉ TU!?

Mientras, Loretta se acercaba a Sapphire, que reía sin parar mientras contemplaba a Stella llorando a Richard.

- Dame a François – ordenó sin miramientos a la muchacha - ¡YA!

Ésta dejó de reír y dio un paso atrás, quedando a punto de caer al vacío, momento en el que Loretta extendió su mano izquierda, materializando a su espalda un muro helado que la sujetó.

- No creas que tu vida me importa una mierda – espetó entre dientes - ¡Pero no pienso permitir que lleves contigo a François!

Sapphire agarró con fuerza al bebé, a lo que Loretta respondió haciendo un movimiento brusco con la mano derecha, rompiendo el brazo de la muchacha con telequinesis para después, con un gesto suave, hacer levitar al bebé, al que atrajo rápidamente, para comprobar que estaba helado, al borde de la hipotermia.

Su odio hacia ella creció exponencialmente.

- ¿¡QUÉ CLASE DE MADRE SE ATREVE A SACAR A SU BEBÉ A LA CALLE A MENOS DE 4º BAJO CERO!? ¿¡QUERÍAS MATARLO A ÉL TAMBIÉN!? – la barrera de cristal a espaldas de Sapphire se hizo añicos, siendo rodeada por los diminutos pedazos - ¡TENDRAS LA MUERTE QUE MERECES!

Con un único gesto de la mano de la hechicera, las esquirlas de cristal atacaron y atravesaron una y otra vez el cuerpo de la chica, que intentaba huir sin éxito, Loretta dejó que la tortura continuase hasta que, decidida a darle el golpe de gracia, desvaneció los añicos en el aire.

Sin embargo, Sapphire reaccionó, e hizo aparecer delante de la Lecarde una pequeña criatura, similar a un hada, que emitió un intenso fulgor, instintivamente la mujer cubrió al bebé y cerró con fuerza los ojos; al abrirlos, comprobó que Sapphire LaForeze se había desvanecido.

Allí sólo quedaban ella, su hermana mayor, su nieto y el cadáver de su sobrino.

Rápidamente se dirigió a Stella, que aún lloraba inconsolable a su hijo.

- ¡Hermana! ¡Tenemos que irnos de aquí! – sugirió – ¡Debemos darle calor al niño!

La mayor negó con la cabeza, sin dejar de llorar. No quería separarse del cuerpo de su pequeño.

- Hermana, por favor ¡Aún podemos salvarlo!

Stella se negó de nuevo. Loretta lo intentó varias veces más, pero era inútil, su hermana se negaba a irse de allí.

Miró al bebé, empezó a frotarlo, pero sabía que duraría mucho, ya estaba muy frío, harta y aún furiosa, agarró a su hermana del hombro y la irguió.

- ¡STELLA! - Ésta se quedó anonadada mirándola, aún sollozando; el gesto severo de Loretta, con las lágrimas congeladas por el frío, consiguió centrar su atención - ¡REACCIONA, MALDITA SEA! ¡Lamento tanto como tú la pérdida de Richard! ¡Prácticamente es mi hijo también! ¡PERO SI NO VOLVEMOS A CASA Y CALENTAMOS A FRANÇOIS, LO PERDEREMOS TAMBIÉN A ÉL! ¿¡ES ESO LO QUE QUIERES!?

Stella negó lentamente con la cabeza.

- N-No, no… claro que no… - sollozó – ahora toca… ser fuertes… al menos François tiene que vivir… se ha quedado sin padres… nosotras lo criaremos…

Loretta sonrió conforme, y Stella le devolvió una triste sonrisa de confirmación… François crecería con ellas, lo educarían… le enseñarían todo lo que enseñaron a Richard…

François viviría, sería su pequeño, y crecería honrando al clan Lecarde.