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Capítulo 15

¿Planchita o me lo dejó al natural? He aquí el dilema.

¿Le gustaría el cabello liso a Albert? Y el vestido rojo, ¿sería demasiado atrevido o no lo sería lo suficiente?, se preguntó Candy mirándose en el espejo de su tocador.

A ella, Albert le gustaba de cualquier forma. De etiqueta, de jeans y camiseta, con la camisa manchada de helado, empapado por la lluvia...

Lo amaba. Adoraba la manera en que él la miraba, la forma en que se movía, su cadencia en el hablar, su maravilloso cuerpo y esa boca... La conocía de memoria. La había saboreado intensamente. La había visto de mil maneras.

Con los labios apretados, furioso. Con su adorable sonrisa de lado derritiéndola como un hielo al sol. Entreabierta, llena de deseo, invitándola a besarlo...

Había acariciado su lengua con la suya, había bebido su saliva, había recorrido su paladar, la había disfrutado hasta el hartazgo. Aunque nunca podría hartarse de esa boca... Siempre querría más.

El espejo le devolvió la imagen de una mujer enamorada.

Pues bien, volviendo al cabello... ¿levemente ondulado o completamente liso? Vaya trivialidad.

¿Qué pasaría esa noche? Imaginó los dedos de Albert entre sus rizos de seda, y su corazón fue quien decidió.

Sonrió. En los últimos días no había cesado de sonreír. Todo tenía otro color; la comida había vuelto a tener sabor, los sueños ya no eran pesadillas, la lluvia la llenaba de felicidad. Hasta había vuelto a bailar.

Pasó una mano por su mojado cabello con aroma a manzana, y recordó el maravilloso momento en que su vida volvió a tener sentido...

Esa tormentosa tarde, no le importó que se le mojara el pelo. Lo único que significaba algo en su vida, estaba entre sus brazos devorándole la boca.

Albert...

No dejaba de recordar todo lo que había pasado ese día. Las imágenes invadían su mente una y otra vez. Las repasaba en detalle, no quería olvidarlas.

Albert y ella, calados hasta los huesos, peleándose en la acera.

Albert y ella, calados hasta los huesos, besándose en la acera.

Albert y ella, calados hasta los huesos, arrestados en la Jefatura de Policía de Montevideo.

En realidad, el arrestado fue él, pero Candy no quiso abandonarlo. Él le pidió, más bien le rogó que fuera a casa a secarse, pero ella permaneció a su lado todo el tiempo. Recién se despegó de él cuando el Dr. Martin Donald, abogado de la empresa, pagó la fianza para que pudiese salir. Es que el Comisario Millán exigió que fuese a recogerlo alguien responsable que respondiera por "ese desquiciado", de otra forma no saldría a la calle. Candy sonrió al recordar que también lo habían llamado "un peligro para la comunidad", un irresponsable, y un sinfín de linduras más. "Deberías ir a prisión, hombre lindo, pero por haberme robado el corazón. Es tuyo, siempre lo fue, ¿ahora, qué harás con él? ¿Lo botarás de nuevo? ¿O te lo comerás a besos?"

Interrumpió sus románticos pensamientos sobre corazones robados, y regresó al recuerdo del día en que arrestaron a Albert. Fue muy gracioso. Claro, al verlo a la distancia y en retrospectiva resultaba divertido, pero entonces no lo fue tanto.

Estaban ambos en medio de la acera con las lenguas enredadas, bebiendo su amor el uno de la boca del otro, cuando alguien le tocó el hombro a Albert. Él se volvió de mala gana, y en un primer momento no vio a nadie. No veía, pero escuchaba una voz chillona que lo estaba increpando.

Miró hacia abajo y vio a una diminuta mujer policía con un impermeable amarillo y su inconfundible gorra cubierta por un nylon. Albert se mordió el labio para evitar sonreír. Estaba más que dichoso, estaba eufórico: tenía a Candy a su lado, ella lo amaba, lo había perdonado, y le estaba comiendo la boca como había deseado tanto. No había nada que pudiese opacar ese instante sublime.

Pero a la pequeñita parecía importarle un comino su felicidad, y no cesaba de reñirlo señalando el coche que la grúa se estaba llevando entre los aplausos de los conductores atascados en el tráfico.

Diablos. Ese coche era su coche. Bien, no tendrían más remedio que salir de allí en taxi. O caminando, ya que había dejado de llover, y un hermoso arco iris asomaba entre las nubes.

—No tan rápido, caballero —le advirtió "Pulgarcita" con la nariz apuntando al cielo, para poder ver a Albert a los ojos—. Está usted arrestado.

—¿Perdón? ¿Está bromeando?

—Nunca bromeo. Ha alterado el orden público y el derecho a la libre circulación, ha violado tres normas de tránsito, y además ha escandalizado con su comportamiento a todos los transeúntes. Ese chico, el de los audífonos, lo acusó de estar hostigando a esta muchachita, que quién sabe si no es menor de edad.

El chico de los audífonos intentó esconderse detrás de la señora del paraguas floreado, sin éxito. Era demasiado robusto.

Candy quiso explicar que ni era menor de edad, ni la estaba hostigando, que simplemente la estaba... amando, llenándola de felicidad.

Pero la pequeña agente la ignoró y continuó dirigiéndose a Albert que la miraba atónito.

—... así que deberé arrestarlo y llevarlo a la Jefatura. Pero antes, tendré que asegurarme de que no porta armas. Contra la pared por favor, y separe las piernas...

Albert y Candy se miraron y evidentemente pensaron lo mismo: "Oh, qué escena tan surrealista".

—Oficial, por favor... Ha sido un error, lo reconozco, dígame cómo podemos solucionarlo.

—¿Está intentando sobornarme, caballero? Una falta más para su prontuario...

Diablos. No intentaba hacerlo, sólo quería salir de ese incómodo momento.

—Oficial, ambos sabemos que no me arrestará.

—Oh sí. Le aseguro que lo haré. Allí viene mi compañero. El oficial Mendoza me ayudará si es necesario.

El oficial Mendoza era un gigante. Debía medir más de dos metros y tenía cara de pocos amigos.

No fue necesario que el compañero la ayudase. Al verlo, Albert tragó saliva y sin decir agua va, se puso contra la pared, abrió las piernas y permitió que Pulgarcita lo revisara ante el asombro de Candy.

La agente se tomó su tiempo para hacerlo. Lo recorrió con sus pequeñas manitas de arriba a abajo y luego de abajo a arriba. Albert puso los ojos en blanco y resopló, cuando ella le golpeó levemente el trasero al terminar su exploración. Y aparentemente satisfecha, lo condujo a la patrulla con Candy prácticamente adherida a él. No hizo el intento de apartar a la muchacha, pues se dio cuenta de que sería inútil.

Así que estuvieron un par de horas en la delegación.

Candy tenía la camiseta pegada al cuerpo, y Albert no dejaba de mirar sus senos. No parecía nada preocupado, más bien se lo veía excitado. Por los pechos de Candy, por su cercanía, por esa maravillosa boca...

Tenía que contenerse para no partírsela de un beso, porque el Comisario Millán, no les quitaba los ojos de encima.

Todo terminó bien en esa ocasión, y Candy se dijo que esa noche, la última del año, no habría ni Comisario Millán, ni Oficial Mendoza, ni Pulgarcita, que impidiesen que Albert y ella se besaran. Oh, cuantos deseos tenía de hacerlo. Quería lamer su cuello, acariciar su pecho, tocarlo... Tocarlo por todas partes.

"Esta noche, ¿deberé comportarme como una niña buena o seré una niña mala?", se preguntó sonriendo.

Justo a las doce, cuando el nuevo año nacía, bajo la mirada de desaprobación de Candida y la sonrisa cómplice de Tom, Albert la besó.

Fue un beso bastante pudoroso. Candy entreabrió los labios, pero de lengua, nada. Sólo un leve contacto. Demasiado decente, muy "a lo Candida".

A Tom le había costado bastante hacer que Candida aceptara a Albert nuevamente. Lo hizo por Candy, pero continuaba desconfiando de él.

Cuando brindaron, todos lo hicieron por el amor y la felicidad, menos Candida que lo hizo por "las promesas cumplidas". Albert miró para otro lado y apuró el champagne.

Candida era un hueso duro de roer.

Para ablandarla, esa tarde él le había enviado las flores más bellas que pudo encontrar. Todas color lila, morado y violeta, ya que Candy le comentó que ella adoraba las violetas, pero ella las ignoró por completo.

Se presentó a cenar con un par de botellas de un caro champagne francés, pero Candida apenas tomó nota de ello. Poco antes de la medianoche Albert. le besó la mano y luego se inclinó y musitó en su oído las palabras mágicas: "Jamás volveré a lastimarla". Y eso pareció, por fin, ser suficiente para ella. Lo tomó como la renovación de su promesa, y sonrió conforme.

De todos modos estaría muy atenta, él no la tomaría desprevenida nuevamente.

Candida estaba satisfecha, pero Candy no. Más bien estaba decepcionada. ¿Esta sería la tónica de su relación? Desde que habían salido de "la cárcel" Albert no la había besado como Dios manda. Por una cosa u otra no habían tenido ni un solo momento de pasión, de desborde, como el que protagonizaron el día del arresto. Es que Albert estaba tratando de controlarse, y la mejor manera de hacerlo era evitar encontrarse a solas con ella.

Pero esa noche, Candy tenía otros planes.

Cuando él atinó a subirse al coche ella se metió también.

Albert la miró sorprendido.

—¿Dónde vamos, Candy? —preguntó riendo. Sabía que no la llevaría a ningún sitio. No podía volver a tener un tropiezo con Candida.

—No quiero ir a ningún lado. Sólo quiero estar contigo.

A él se le encendió la señal de alarma. La última vez que habían estado en esa situación, había terminado todo mal. Y ahora la escena se presentaba de forma muy similar. Candy estaba bellísima con un vestido rojo bastante sugerente. Entre sus rizos lucía unos pendientes de diamantes que él le había enviado como regalo de Navidad tardío.

Albert tragó saliva e intentó sacarla por la tangente.

—¿Te irás de vacaciones?

—No. No este año. Siempre vamos a la costa en enero, pero esta vez tía Mary jane no está bien, y Candida quiere permanecer en Montevideo. ¿Y tú?

—Tampoco.

"Tenía pensado irme como todos los años a Punta del Este, pero por supuesto que no lo haré. Estaré donde tu estés, mi vida. Así tenga que asarme en esta abrasadora ciudad, no iré a ningún sitio sin ti", pensó. Y se sorprendió al darse cuenta de que no le importaba en absoluto quedarse.

Tenía una chacra marítima en José Ignacio, además del pent-house enfrente a La Brava que ese año no disfrutaría. Pero sí disfrutaría de algo mucho más bello; es que no había vista, no había paisaje más bonito que Candy.

La miró, y su corazón comenzó a latir de prisa. Nuevamente intentó romper esa electricidad que se iba generando entre ellos.

—Ya que no irás de vacaciones te anotaré en un curso de verano, Candy. Me has dicho que no sabes si inscribirte en la carrera de Arquitectura o de Diseño. Bien, esto es mitad curso, mitad orientación vocacional. Te ayudará a definirte.

—¿Dónde es ese curso?

—En la Universidad de Montevideo, y comienza la semana entrante.

Era una de las principales universidades privadas de la ciudad.

—Pero Albert, ¡eso es muy caro!

Él rió.

—Carísimo. Tendré que romper mi alcancía.

—Tonto.

—Candy, tómalo como una beca. Además quiero invertir en ti, porque quizás puedas darme una mano en el trabajo algún día.

Ella sonrió extasiada. La frase "algún día" significaba lo mismo que "futuro", y eso la emocionaba.

—Gracias —le dijo simplemente.

Y luego, se sentó sobre las piernas de Albert.

"Ahí vamos de nuevo, muñeca. No empieces. No lo hagas. Pero qué tonto soy, cómo he caído en esta trampa. Me ha cercado y me ha atrapado. Eres... Oh, eres maravillosa. Y aquí estás sentada sobre mí, y me besas con tu boca divina... Y yo me quiero morir, pero de amor".

Albert no la tocaba y apretaba los puños firmemente mientras ella lo besaba tomándole el rostro entre sus manos.

Él no podía evitar corresponderle, pero no la tocaba.

—Sabes a fruta —observó él saboreando su beso.

—Tú también.

Y cayeron nuevamente en esa locura de besos y lenguas, de aroma a frutas y saliva, de pasión y de deseo.

Se besaron una y otra vez.

—Albert... no sabes cuánto... te he... echado de menos... —le susurró entre jadeos.

—Dime cuánto, Princesa.

—Oh... hasta desear morirme. Te he extrañado aquí... — le dijo, señalando su cabeza.

—...y aquí —continuó, indicando su corazón.

—... y también aquí... —y se tocó el sexo, sin dejar de mirarlo a los ojos.

Eso fue demasiado para él.

Sosteniendo su mirada, lentamente introdujo su mano bajo la falda de Candy. Sabía muy bien a lo que iba. Sabía que no harían el amor esa noche en el coche, pero aun así, consciente de sus actos, comenzó a acariciarla.

Ella gimió y echó la cabeza hacia atrás. Albert lamió su cuello, y luego introdujo la lengua en su oído, sin dejar de tocarla.

Lo hacía lentamente, por encima de las bragas. Con el pulgar dibujaba círculos en el punto exacto, y luego lo frotaba.

Candy estaba perdiendo el control. Quería... no sabía lo que quería. Lo que sí sabía es que necesitaba que él continuara acariciándola allí.

—Oh, Albert... sí —murmuró entre suspiros.

Su mano se movía rápido, pero sin perder la suavidad, ni el ritmo. Frotaba el sexo de Candy, quien sin poder controlarse abría las piernas y apretaba con sus propias manos la mano de él.

Ella ya jadeaba, y arqueaba el cuerpo. Movía la pelvis hacia adelante y hacia atrás, con la mano de Albert acariciándola cada vez más rápido.

Y él bebía sediento la miel de sus labios, y continuaba tocándola, hasta que finalmente Candy estalló. Literalmente estalló. Un sinfín de fuegos artificiales explotaron en su cabeza. Gritó su nombre entre gemidos, y él le tapó la boca con la suya.

Esa sí era una forma de terminar un año y de comenzar otro como Dios manda. Con su propio espectáculo de fuegos artificiales provocados por la experta mano del dueño de su cuerpo, de su mente, de su alma...

Cuando se disipó el placer, ella no quiso quitar su rostro del cuello de Albert, que le acariciaba tiernamente el cabello con la mano libre. La otra, seguía bajo la falda, donde también continuaba tocándola dulce y lentamente.

Candy se sentía muy avergonzada. Se removió inquieta sobre las piernas de Albert y notó la tremenda erección que él estaba experimentando. Se sintió culpable, porque sólo ella había gozado.

—Albert, tú no... —era imposible ignorar el enorme bulto en los pantalones de él.

—No digas nada, Princesa. ¿Harás algo por mí?

Candy asintió inmediatamente.

—Muy bien. Primero sal de mi... De mis piernas.

Ella se bajó y volvió a su asiento.

—Ahora bésame.

Y para sorpresa de Candy, él le ofreció su mejilla. Ella la besó, obediente.

—Y ahora vete. Vete a tu casa ahora mismo, que yo tengo que resolver esto.

Ella imaginó la forma en que él resolvería eso y muy erguida y sin decir una palabra, descendió del coche y entró sonriendo a su casa.

Un minuto después de que el coche de Albert arrancara, Candy cayó en la cuenta de que quizás "resolver eso" para él, era otra cosa. No era un chico, era un hombre...

"Carajo. Si vas con otra te mataré Albert Ardley, lo juro. Descarga como quieras, pero solo, o lo sentirás. Yo hubiese estado dispuesta a ayudarte, creo. Oh, no lo sé. No sabría cómo. Pero me gustaría, me encantaría hacerlo. Tocarte nuevamente allí... No tendrías que arrancarme las bragas, yo misma te las daría, mi amor. Pero si vas con otra, no podré soportarlo".

Y esa terrible duda opacó las luces de esa inolvidable noche. Fue como si cincuenta jodidas sombras grises cayeran sobre Candy y envolvieran su corazón.

CONTINUARA