Día 31. Réquiem
Número de palabras: 1721
Sinopsis: Réquiem: "... Por antonomasia, se asocia casi exclusivamente a cualquier forma de dar una despedida a los difuntos o de recordarlos por cualquier medio, sea material o simbólicamente."
Ellos que un día creyeron en el amor. Creyeron en ese sentimiento como quien cree en un buque insignia, una bandera que se iza a pesar de la tormenta. Creyeron que cambiaba el mundo, que lo hacía puro y lo hacía eterno. Tuvieron la esperanza, la certidumbre, de que el amor salvaba vidas, curaba heridas y devolvía el color al mundo que se tornaba más gris día a día.
Lamentablemente la felicidad no llega eternamente y menos para aquellas que el Réquiem ha empezado a tocas sus notas suaves para al oído, y en algunos casos es demasiado tarde para alguien condenado a las musas de la muerte, ahora las voces del final cantan melódicamente en su lugar de eterno reposo, presagiando lo inevitable.
La caída del arcángel Raphael fue solamente la consecuencia esperada para un ser que nunca encajó realmente en el cielo. Un rebelde, un bicho raro, alguien que sucumbió sin más a las dulces mieles del amor. Pero de del amor que todo arcángel debe sentir por las creaciones de Dios, sino de un amor más intenso, lleno de adoración, afecto, pasión y lujuria. Sentimientos que un arcángel como él no debería sentir.
Pero, ¿Qué podía hacer él cuando sus ojos se encontraban con la mirada de aquel ángel? O, ¿Qué debía sentir cuando la cantarina risa del principado le trasmitía más paz de la que había llegado a sentir en el cielo? ¿Debía, acaso, ignorar todo lo que sentía y convertirse en el arcángel incapaz de sentir o amar a alguien?
¡Jamás! Era inhumano, nada natural ser incapaz de amar y en un momento de abstracción afirmó aquella sentencia, sin saber que sería el inicio de todos sus males. Prefería morir antes de no amar, de no amar al principado Aziraphale.
Pues que así sea, dijo Dios. Y con aquellas simples tres palabras, marcó el inicio del fin del arcángel Raphael.
Raphael se inclinó hacia adelante muy despacio, acortando la distancia entre sus rostros y, de la manera más delicada que pudo, posó sus labios sobre los del principado de ojos azules. Casi no fue un beso, sólo llegó a ser un poco más que un roce de labios, pero lo suficientemente íntimo como para lograr que la respiración de ambos se detuviera por unos segundos.
Una vez que se separó de su calidez, observó compungido las lágrimas derramadas en el rostro del rubio, y se sorprendió al notar que él no era el único con los ojos humedecidos. Una única lágrima se le había desprendido y corría libremente por su mejilla.
— Lo lamento tanto, Aziraphale. Te amo demasiado y siempre lo haré. Lamento que esto tenga que terminar así.
Y acarició con sus labios los del principado por segunda vez. Aziraphale pudo sentir la humedad de los labios de Raphael deslizarse por los suyos, convidándole el dulce sabor que poseían y disfrutando del delicado movimiento de esa caricia suave y lenta, tierna y sutil. Deliciosamente torturadora.
Cuando la presión de los labios del arcángel abandonó a Aziraphale, este abrió sus ojos lentamente.
— Yo también te… —dijo Aziraphale, aunque de repente calló. La mirada que le dirigió Raphael lo hizo tragarse todas sus palabras. No es porque el pelirrojo no quisiera oír salir esas palabras de los labios de Aziraphale, pero pronunciar esa frase seria causa de una caída para cualquier ángel. Raphael prefería evitarle ese destino funesto a Aziraphale antes de someterse a sus propios deseos egoístas. —Por favor, no te vayas, no me abandones. —le terminó por susurrar Aziraphale, tratando de aferrarse a él
— No tengo opción, Aziraphale. Te juro que daría lo que fuese por quedarme aquí contigo, pero no así..., no ahora. Nuestro momento vendrá pronto, de eso estoy seguro. Incluso si para ello tenga que esperar una eternidad, nos encontraremos de nuevo. Nunca dejaré de buscarte, no importa lo que pase… —el arcángel bajó su mirada para ver al rubio por última vez. — Es tiempo de que sigas adelante, Aziraphale.
Con esas palabras terminó el tiempo del arcángel Raphael en el cielo.
Las blancas y majestuosas alas del arcángel pelirrojo se ardieron hasta desaparecer, para volver a renacer como un par de alas negras, un recordatorio de su nueva naturaleza; los ojos de tal dorado que causaban envidias se convirtieron en ojos de serpiente y el polvo de estrellas impregnado en su piel ardió y se volvió manchas oscuras, pecas, cicatrices que servían como recordatorio de su condena.
Pero el mayor castigo que cayó sobre el arcángel Raphael fue cómo, con sus recuerdos celestiales intactos, tuvo que ver al cielo olvidar todo lo relacionado a él, el arcángel más amado por todos. Sobre todo por Aziraphale.
Sus recuerdos sólo serían momentos guardados como si se trataran fotografías desgastadas y envejecidas, lágrimas en su rostro, que van a morir antes de que salgan de sus ojos. Será solamente letras en un árbol genealógico, sonrisas de nostalgia o muecas de tristeza. Y algún día, nadie se acordará de los hoyuelos que formaban sus sonrisas, de sus espaldas especialmente anchas, de sus ojos dorados como el oro, resplandecientes como el sol o las estrellas. Nadie recordará esos pequeños gestos de antes, las sonrisas que le dedicaba especialmente al ángel Aziraphale o la manera en que reía cuando estaba junto a él. De él no quedará rastro de nada que demuestre que ahí vivió, rió, y amó.
Sólo quedará el vacío. Vacío en los ojos que les vieron caer al abismo de la muerte, que vieron sus vidas, como ríos, desembocar en la mar, que es el fin. Vacío en las sonrisas que evocan momentos de placer que se han tornado dolorosos. Y vacío de los nombres que no aparecen en los dichos de algún historiador, ni en las ilustraciones de algún volumen que coge polvo en una estantería.
Y así fue cómo comenzó la era del demonio Crawley en el infierno.
Aziraphale despierta de golpe. Siente una punzada en su corazón y como reflejo lleva su mano hacia su pecho y siente como su corazón tamborilea peligrosamente contra su pecho. Una sensación de escalofríos recorrió su cuerpo. Él ya había lidiado con las pesadillas; Crowley, cuyo estatus de caído traía consigo varias congojas nocturnas, había despertado varias noches tras un mal sueño, especialmente tras el fallido Armagedón. Pero Aziraphale nunca había tenido una pesadilla, hasta ahora.
— ¿Aziraphale?
El llamado de esa voz lo hizo callar abruptamente, y quitando las manos de su rostro, observó con ojos desorbitados el dormitorio a oscuras, la cama, y la expresión sobresaltada del pelirrojo que dormía a su lado.
— Está bien, todo está bien. —el demonio se acercó con cautela hacia el rubio. —Sólo fue una pesadilla. —calmó Crowley a Aziraphale sin realmente saber qué hacer. Usualmente era a él a quien tenían que consolar tras una mala noche, nunca había sido al revés.
Aziraphale no encontró fuerza para recuperar la compostura. Tomó a su marido en sus brazos, y sollozó en su hombro.
— Ángel. —Crowley tomo el rostro del rubio con ambas manos, forzándolo a mirarlo. — Aquí estoy. Solo fue un mal sueño y ya pasó.
El silencio cayó entre ellos un momento, mientras Crowley secaba algunas lágrimas que seguían apareciendo.
Entonces Aziraphale lo empujó contra la almohada y lo besó. Necesitaba saberlo, necesitaba estar seguro de que estaban allí, que este no era el sueño y la destrucción su realidad, necesitaba comprobar que su marido estaba allí, parte por parte. Y así de minucioso exploró su piel con manos y boca. Sin encontrar ninguna resistencia cuando abrió la camisa del pijama: Crowley sabía acerca del dolor y las pesadillas también.
Su aliento envió estremecimientos a la columna vertebral del hombre bajo él, mientras sus manos se enganchaban en el elástico del pantalón y lo jalaban hacia abajo.
Durante horas lo besó, lo mordió y lo acarició, intentando abarcar cada centímetro de su cuerpo, sin omitir un solo dedo, una sola arruga, una sola cicatriz. Un dios sentiría envidia del modo en que esa noche Aziraphale veneró a su amado, y de cómo Crowley se entregó a él sin reserva alguna. Cuando lo penetró, todo el dolor de su cuerpo y de su alma se detuvo por los gloriosos minutos que les llevó llegar al éxtasis. Y se derramó dentro de él, sintiendo que dejaba ir también el sufrimiento que acompañaba a la raza humana desde el desgraciado momento en que fue consciente del amor.
Más tarde, abrigado en sus brazos, Aziraphale acarició el rostro del pelirrojo —manos temblorosas y ojos llorosos más decididos que Ulises en su Odisea—.
— No me dejes. —pidió el rubio a Crowley en un momento de debilidad.
En otro momento, Crowley pudo haber respondido con su habitual y aguda ironía, pero en ese momento no le apetecía tener que levantar su usual mascara de un demonio hosco y sarcástico. En vez de eso, Crowley se pegó más a su cuerpo queriendo detener con ese gesto cualquier cosa que quisiera separarlos—maldiciones, demonios, ángeles, la muerte…—y se aseguró de no olvidar jamás lo hermoso y fuerte que era Aziraphale. Más hermoso que Afrodita, más fuerte que la fuerza gravitatoria.
— Porque yo siempre te encontraré. —recitó y las chispas de las palabras que salieron de su boca recompusieron oraciones en los oídos de Aziraphale.
Porque Raphael pudo desaparecer, desvaneciéndose en el aire como la arena, como el polvo que en realidad somos. Pero sus sentimientos siguen vivos, persisten a pesar de los huracanes o terremotos, de todas las circunstancias geológicas o físicas, y nos observan acumularnos sobre algún tomo que no nos menciona ni nos lleva de portada.
Entendiendo la frase en toda su complejidad y aceptándola. Aceptándola porque es cierta, verdadera y firme como el pulso de Aziraphale.
— Y yo a ti… —susurró el ángel y el rostro de Crowley desbordó alegría igual a una flor abriendo sus pétalos.
Sus labios se buscaron suavemente, como en un baile, y se susurraron reencuentros antes de tocarse—sentimientos arremolinándose en sus alientos mezclados—. Un cálido impulso les llenó a los dos y en sus párpados cerrados se dibujaron estrellas tornasol que tiñeron todo cuanto tocaron con la fuerza de un gigante. Sus labios cosquillearon y sus corazones latieron como uno solo, trenzados por vínculos inmateriales que parecieron llevar allí toda la vida, desde el principio…
Es algo curioso que suele hacer el amor verdadero.
