Capítulo 31
Yo solo la miraba a ella.
"¡Roger! Roger, ¡para!, deja a Mark…¡Mark! suelta ese bote ahora mismo. Vamos Mark, deja eso. Me voy a enfadar… ¡Mark! Ok, ahora mismo os marcháis los dos, voy a llamar a vuestros padres. He dicho que sueltes ese bote Mark, vamos, dámelo, ¡dámelo! No…no, Roger, Roger aparta…¡aparta! Oh dios…oh dios…¡mis ojos!, ¡mis ojos!¡mis ojos!"
La oscuridad hacía volver a la más cruda realidad a Quinn. La rubia se despertaba en el sofá temblando, y con el sudor bañando su frente como cada vez que la pesadilla se apoderaba de su sueño.
Recordaba cada momento, cada escena, cada frase que pronunció cuando ocurrió todo, y aparecían en sus sueños, convertidos en pesadilla, en un temblor que recorría todo su cuerpo y la despertaba completamente bañada en sudor.
Pero aquella era la primera vez que le sucedía en el sofá.
Ni siquiera supo cómo se había quedado dormida, cuando solo estaba dejando pasar el tiempo, hasta que llegase la hora de la cena.
Rachel accedía al interior del apartamento tras una cita ineludible con la agencia de viajes.
—¿Quinn? —se acercó al ver la palidez en el rostro de la rubia.
—Hola…Hola, Rebecca —respondía completamente aturdida.
—¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
—Nada, tranquila…Solo, solo he tenido una pesadilla. Me quedé dormida y… Dios.
—Estás sudando —musitó tomando asiento a su lado, mientras apartaba un mechón de pelo que caía por su mejilla
—Estoy bien —respondía un tanto más tranquila—. Ya, ya se pasa, estoy acostumbrada a estas pesadillas.
—Ok. ¿Quieres un poco de agua? —sonó con dulzura. Quinn comenzó a sonreír tras intuir la preocupación de la morena—. ¿De qué te ries?
—No me rio, sonrío. Y no te preocupes, estoy bien.
—¿Y por qué sonríes?
—Porque eres como una madre —bromeó tras recuperar la compostura.
—Me falta dulzura para llegar a eso.
—Discrepo, eres una de las personas más dulces que he conocido.
—Ok. Entonces, ¿me ves cómo madre?
—Sin duda.
—Es agradable saberlo, sobre todo viniendo de alguien con tu experiencia.
—¿Qué? —cuestionó extrañada.
—Sí bueno, ya sabes…—se detuvo al ser consciente del error.
—¿De qué experiencia hablas? —volvía a cuestionar aún más confusa.
Evidentemente, Rachel había hecho referencia a dos puntos imprescindibles en la vida de la rubia, el nacimiento de su hija Beth y la mala relación que siempre tuvo con su propia madre. Pero aquellos detalles no debían ser conocidos por Rebecca.
—Pues…pues la experiencia que te da tener una madre —respondía nerviosa.
—No te entiendo. Tú también tienes madre, ¿no?
—Eh…sí, claro.
—¿Entonces?
—Va…Creo que me he liado un poco. Solo quería decirte que es agradable oír eso de ti. No sé, me gustó.
Quinn trataba de entender lo que había pretendido decirle, pero le resultaba imposible y menos aún, después del aturdimiento que le provocaba aquella repentina siesta que tuvo casi a la hora de la cena.
—Ok… ¿Ya solucionaste lo del viaje?
—Sí, he tenido que ir a una agencia, porque me resultaba imposible encontrar un vuelo tan rápido por internet. Ya tengo mi vuelo reservado.
—¿Cuándo es?
—El domingo, salgo el domingo por la mañana.
—Ok.
—¿Dana y Michael se fueron ya?
—Sí, hace una hora más o menos.
—Ok. ¿Has cenado? He comprado algo en HotSpud.
—Mmm suena apetecible, pero no tengo mucho apetito…Llevo toda la tarde comiendo esas galletas del Brooklyn. Creo que voy a enfermar —bromeó.
—Me voy a arrepentir de habértelas mostrado. No está bien eso de alimentarse a base de galletas.
—Podría vivir comiendo esas galletas por el resto de mi vida —volvía a sonreír.
—Vas a conseguir que si me sienta como una madre recriminándote que abuses de eso.
—Eso suena más a chef —replicó Quinn, al tiempo que se levantaba del sofá—. Oye… ¿tienes algo que hacer esta noche?
—Eh…pues no, ¿por? —preguntó un tanto temerosa.
Realmente comenzaba a sentir un poco de pavor cada vez que Quinn se aseguraba de tenerla a su disposición. Sobre todo, después de las últimas indirectas que le había regalado.
—Dana me ha dejado su portátil y me gustaría poder sacar el maldito informe médico. Y con su ordenador no sé manejarme sola. Me preguntaba si podrías ayudarme tú.
—Claro, sin problemas.
—Solo necesito que lo imprimas. Dana lo sacó de mi email y lo dejó en su disco duro.
—No te preocupes Quinn, yo te ayudo.
—Ok…Pues mientras tú cenas, voy a darme una ducha. Necesito despejarme un poco.
—Perfecto.
—Eh…Ocurre una cosa —se detenía en mitad del salón.
—¿Qué ocurre?
—Verás…Normalmente no me ducho estando a solas, de ahí que lo haga ahora…
—Ajam…
—Con los chicos tengo una pequeña norma cada vez que me ducho. Si ves que tardo más de diez minutos y no doy señales de vida, por favor, entra sin pensarlo— dijo esperando una reacción en la morena, pero esta solo guardó silencio—. Controlo el ducharme a solas, pero no me gustaría caerme, que me sucediera algo y que nadie se diese cuenta… ¿Ok?
—Ah…oh…Claro, claro. No te preocupes, estaré pendiente.
—Ok —respondía sonriente al tiempo que se acercaba a la puerta del baño, donde de nuevo se detuvo—, aunque por ser tú, si te apetece entrar antes de los diez minutos…Tienes vía libre —le dijo esbozando su sonrisa más traviesa segundos antes de adentrarse por completo en el baño, y dejar boquiabierta a Rachel.
—Si algún día se lo dices a Rachel, te vas a arrepentir —susurró asegurándose de que ya no podía oírla. Al igual que ella misma se arrepentía de no poder dar rienda suelta a su imaginación, a sus deseos, a seguir a su corazón.
La puerta del baño parecía llamarla. Quinn tarareaba algo en su interior y Rachel sentía como sus piernas se removían inquietas, completamente nerviosas por el miedo que sentía a que le sucediese algo, y por la sutileza de la rubia al invitarla a pasar si quería.
Aquel lugar había disparado su sexualidad. No solo pensaba en la dulzura, en todo lo que Quinn le hacía sentir con solo ver su sonrisa, sino que también pensaba en lo rápido que podía cruzar aquel salón, abrir la puerta de golpe y cumplir de una jodida vez todos esos deseos que ambas suplicaban.
Porque su timidez, sus dudas acerca de las relaciones sexuales con una chica, se habían quedado en Nueva York.
No tenía ni idea de cómo eran, excepto por lo que había podido ver en alguna que otra película. No sabía que se sentía, excepto por las experiencias en la soledad de su habitación, cuando sus pensamientos por Quinn dejaban a un lado la dulzura de la chica, y se basaban en sus sensuales expresiones, en como conseguía volverla loca como nunca nadie lo había conseguido. Ni siquiera Finn, que debía ser el gran amor de su vida.
Resistirse a Quinn se había convertido en una tortura, más aún cuando la escuchaba canturrear bajo la ducha, y los pensamientos se agolpaban en su mente.
—Patata —se decía a sí misma observando su cena de aquella noche—. Rachel, deja de pensar en el sexo, y céntrate en la patata.
Y así, obligándose a cenar aquella delicia que había descubierto, consiguió superar los más de diez minutos que la rubia estuvo en el interior del baño.
Casi cinco minutos más que había añadido tratando de incitarla a que acudiese en su búsqueda, pero no lo consiguió. Quinn salía del baño un tanto frustrada con un simple albornoz protegiendo su cuerpo.
—Espero que tengas una buena excusa para no haber acudido en mi ayuda después de los diez minutos —le recriminó con un toque de humor.
—Sí. La excusa es que no te he dejado de escuchar. Has estado cantando todo el tiempo, y supuse que eso es que estabas bien —respondía tratando de mirarla lo menos posible.
—Mmm, esa es buena excusa —se acercó hasta la isleta, dónde Rachel tomaba el último sorbo de su vaso de agua.
—Sí, me lo has puesto fácil.
—Cierto…No debería haber cantado. Por cierto, no te he escuchado cantar.
—Ni lo vas a hacer —respondía rápidamente.
—¿Por? Tengo curiosidad por escucharte.
—Pues lo siento, pero yo jamás canto —mintió.
—Hazlo…Vamos, quiero escucharte cantar algo.
—Ni hablar, no canto bien. Soy un horror.
—Yo tampoco lo hago, pero solo quiero que cantes un trocito. Si lo haces como intuyo, ya me doy por vencida.
—¿Por?
—Ya te he dicho que tu voz es exactamente igual que la de una chica que estuvo en mi vida. Me gustaría saber si también te pareces a ella cantando.
—No lo creo, dudo que nadie cante peor que yo.
—Déjame escucharte.
—Eh…Quinn, ¿no deberías ir a vestirte? No creo que sea adecuado estar en albornoz por la casa —masculló intencionadamente, tratando de desviar el tema de conversación.
—¿Por? Es mi casa…Estoy cómoda así.
—Ok, me rindo. No hay quien pueda debatirte nada.
—Exacto, yo tengo la última palabra…siempre —le replicó sonriente—. Y ahora, voy a ir a cambiarme. Pero solo porque yo lo creo oportuno, ¿ok? No quiero que sigas sufriendo por mi.
—Ok, ok…Solo porque tú lo crees oportuno.
—Perfecto…Te espero en mi habitación cuando termines —espetó de modo sugerente.
—Quinn…
—Para ayudarme con el portátil —interrumpió.
—Ah…ok…ok —respondía provocando una divertida sonrisa en Quinn, que, tras varios segundos, optó por entrar en su habitación.
Volvía de nuevo aquella terrible sensación de no verse capaz de resistir cualquier tentación más, y entrar en su habitación, con la casa completamente a solas, no era la mejor de las opciones para conseguir superar aquella sensación.
Espero un tiempo prudente. Casi 5 minutos después, llamaba a la puerta deseosa de ver a una Quinn vestida, preparando el dichoso ordenador. Pero no fue eso lo que encontró.
—¿Se puede?
—Sí, pasa —respondía al tiempo que terminaba de colocarse la camiseta que utilizaba como pijama, y como siempre, sin los pantalones.
—Ok, ¿hacemos eso? —preguntó de nuevo tratando de no focalizar su mirada sobre la rubia.
—Claro, ¿en tu cama o en la mía?
—¿Qué?
—Es broma —le respondió divertida—. Vamos, entra. He conseguido encender el ordenador, pero hay que conectarle la impresora. ¿Sabes hacerlo?
—Supongo…
—Solo tienes que enchufar el cable, no es complicado.
—Supongo que sí, que eso sí sé hacerlo.
—Siéntate —le dijo ofreciéndole la silla que permanecía frente a su escritorio. Rachel, tras llevar a cabo la petición y enchufar el cable, no lo dudó y tomo asiento—. Creo que Dana dejó el documento guardado en el escritorio, es un informe médico—explicaba al tiempo que se acercaba a la morena— ¿Está?
—Mmm, a ver déjame que mire bien, porque esta chica tiene miles de cosas aquí.
—Es un archivo en PDF. Según me dijo, lo guardó con el nombre de Informe de Quinn.
—Vale, aquí está…Que original con el nombre —bromeó—. ¿Lo abro?
—Sí, ábrelo. Necesito saber que es el correcto.
—Informe médico de la Ocean Pacific Clinic —leyó tras volver a llevar a cabo su petición—. Lucy Quinn Fabray, nacimiento…
—Es ese, es ese…
—Ok. Lo mando a imprimir —volvía a preguntar al tiempo que buscaba la confirmación total de la rubia, pero en ese instante, justo al girarse fue consciente de la situación que se estaba dando entre ambas.
Quinn, justo detrás de ella, permanecía apoyada sobre la silla, quedando su rostro sobre su hombro derecho,
—Sí, imprímelo —respondía al notar el movimiento de Rachel y como se quedaba en silencio tras descubrir su posición—. ¿Ocurre algo?
—Eh…no, nada —volvía a mirar a la pantalla.
—¿Te has puesto nerviosa?
—No… ¿Por qué iba a ponerme nerviosa?
—Me he acercado demasiado, ¿no es cierto? —susurró.
—Si, bueno. Estaba concentrada en la pantalla y …Pero no pasa nada —balbuceó—. Ok…ya, ya está imprimiéndose.
—Rebecca —susurró de nuevo ignorando el tartamudeo de Rachel.
—Di…dime, Quinn —respondía sabiendo que, si giraba la cabeza, no iba a ser capaz de resistir la tentación de tenerla a escasos centímetros. Pero Quinn no estaba por la labor de dejar pasar aquella oportunidad. Sus instintos, sus ganas de terminar de una vez con aquellas dudas, consiguieron hacerla avanzar, y casi por inercia, encontró el cuello de Rachel con sus propios labios—. Quinn —susurró sin siquiera moverse. Sabiendo que
Quinn volvía a atacar directamente sobre el cuello de Rachel y con sus manos, completamente aferradas a la blusa de la morena, conseguía alzarla. Rachel lo intentaba, trataba de mantener la calma y separarse, casi suplicaba que se apartara sin tener que hacerlo ella.
No quería, no podía resistirse a aquella tentación ni quería ofender a Quinn.
Era su chica. Su olor, su calor, los suspiros que comenzaron a salir de sus labios mientras los hundía sobre su cuello. Todo le envolvía, todo lo que había soñado alguna vez estaba sucediendo en ese instante en el que Quinn, la llevaba sutilmente hasta la cama, incitándola a que se acomodase sobre ella.
—Quinn… No, no deberías hacer esto —susurró al tiempo que caía sobre la cama.
—Shhh, vamos. Estás deseándolo, puedo sentirlo —respondía alzando sus rodillas alrededor de la morena, y quedando prácticamente sentada sobre ella.
—Pero, Quinn…—murmuró esquivando el primero de los besos que iba directamente hacia sus labios— ¿Estás segura de que quieres esto?
—No preguntes más, solo quiero besarte —respondió buscando de nuevo su cuello. Y de su cuello, hasta su mandíbula, donde la ristra de besos comenzó a erizar la piel de RACHEL.
Quería gritar, salir corriendo de allí y maldecir su vida por el resto de la eternidad, pero no podia. Porque sus piernas no reaccionaban, y no tenía fuerzas para detenerla, para privarse uno de sus mayores deseos. Solo un milagro, una interrupción, o algo que rompiese la escena, podría salvarla de caer entre sus brazos. Y sus suplicas fueron escuchadas, o al menos eso creyó. Una palabra, un conjunto de letras que formaban un nombre y que salió de los labios de la rubia casi con un suspiro, fue lo que la hizo reaccionar cuando ya buscaba sus labios, cuando sus manos se aferraban a la cintura y se vencía al deseo.
Rachel.
De haber estado un par de centímetros más alejada de ella, ni siquiera habría sido capaz de escucharla. Pero su nombre sonó alto y claro en aquel susurro que Quinn no pudo evitar cuando sus labios ya rozaban los de la morena. Y Rachel se descompuso al oírla. No, no era Rachel, era Rebecca quien estaba allí, la estúpida y maldita Rebecca que iba a arruinar su vida si seguía así. La misma que había tirado por los suelos todos sus valores, su honestidad.
—Basta Quinn —la detuvo sujetando las manos de la rubia que ya buscaban los botones de su blusa.
—Vamos Rebecca, lo estás deseando.
—No Quinn —se mostró severa—. No puedo.
—¿Qué? ¿Por qué? —se mostró confusa.
—Lo siento, pero no puedo —soltó obligándola a que se apartara de ella, para abandonar la cama.
—¿Qué? ¿Aun estás en esos días?
—Quinn, no puedo acostarme contigo —le dijo ignorando la estúpida excusa que ella misma había usado días antes—. Lo siento —añadió mientras Quinn se dejaba caer a un lado de la cama—. No eres tú, soy yo.
—Oh dios —se lamentó— ¿No eres tú, soy yo? ¿En serio, Rebecca? Esa es la peor excusa que se puede poner. ¿Puedes inventar algo más original?
—No es un invento, Quinn. No me puedo acostar contigo porque dudo que mañana pueda salir de esa cama, y seguir mi vida como si nada.
—¿Qué?
—Tú jamás lo entenderías, pero soy el ser más despreciable del mundo y no te merezco.
—¿Qué? ¿De qué diablos hablas?
—Recuerdas que te dije que no me iba a enamorar, pues bien, no puedo no enamorarme de ti si termino entre tus brazos. De hecho, dudo que me marche de esta casa sin enamorarme de ti.
—¿Te…te has enamorado de mí? —preguntaba completamente incrédula.
—No, pero si me meto en esa cama contigo, no dudes que lo haré. Y no puedo, Quinn no puedo permitirme el lujo de enamorarme de ti, y marcharme.
—Pero…Me dijiste que ya estabas enamorada.
—Es una larga historia.
—Suena a gran excusa.
—Ok, no me creas…Si así te sientes mejor, no me creas. Yo, yo solo quiero ser honesta contigo, y mi honestidad me prohíbe caer entre tus brazos.
—Ya…Ok, perfecto. Quinn Fabray cero, honestidad uno. Patético —respondía al tiempo que se alejaba hacia la puerta y salía de la habitación.
Rachel, tratando de mantenerse firme, no dudó en seguir sus pasos hacia el exterior, más concretamente hacia la terraza, donde ya había tomado posición de una de las hamacas, y encendía uno de sus ya tan típicos cigarrillos.
—¿Podemos hablar?
—No hay nada de lo que hablar. Puedes dormir tranquila —respondía sin moverse de su lugar.
—Si, sí que hay algo de lo que hablar —caminó hasta colocarse frente a ella, apoyándose en la baranda.
—Si te colocas ahí, no podré ver el horizonte —espetó con sarcasmo tras intuir los movimientos de la morena.
—Quinn, sé que puede resultar extraño que te rechace, nadie en su sano juicio lo haría.
—No, lo que no es normal es que me pongas excusas. ¿No puedes decirme simplemente que no quieres? ¿Que no te gusto?
—No puedo decirte eso porque no es lo que pienso. ¿Crees que no me acostaría contigo? ¿Crees que no me gustas? ¿Crees que hay alguien en esta maldita ciudad que no caería rendida a tus pies?
—A ver si lo entiendes, no me importan los demás —replicó molesta—. Solo quiero que la gente que me rodea sea sincera conmigo, y tú no lo estás siendo.
—¿Con cuántas chicas has estado? —le preguntó Rachel sorprendiéndola.
—¿Qué? ¿Qué tiene eso que ver con lo que estamos hablando?
—Quiero saberlo. ¿Cuántas chicas han dormido en tu cama, después de hacer el amor contigo?
—Ninguna —respondía con certeza—, pero si vas a poner eso como excus…
—No es una excusa —interrumpió—, pero es razón suficiente para que pienses bien las cosas.
—¿Qué?
—¿Estás dispuesta a que tu primera vez con una chica sea con una completa desconocida?
—Ok…Este discurso me suena…
—Ah, ¿no soy la primera que te lo dice?
—Pues no, no eres la única, pero te recuerdo que es mi vida, y yo hago lo que quiero con mi vida.
—¿Sabes con cuántas chicas he estado yo?
—Pues no, no lo sé. Y no es algo que yo deba o quiera saber.
—Con ninguna —respondía ignorando la respuesta de la rubia.
—¿Qué? ¿Qué dices?
—No he mantenido relaciones con ninguna chica.
—¿Cómo? —balbuceó completamente confusa— Pero si me has dicho que...
—¿Que soy lesbiana? Sí bueno, quizás no lo sea, pero si me atraen las chicas. Bueno, no me atraen las chicas, solo me atrae una chica. La única por la que me he replanteado mi orientación.
—¿Es eso cierto? ¿De verdad no has estado con ninguna chica?
—Si existiera alguna forma de demostrártelo, te juro que lo haría.
—Pero entonces... ¿Todo lo que me decías de no enamorarte y eso? ¿Es mentira?
—No, no es mentira. Yo, yo creía que podía ser capaz de hacer algo así sin sentir nada por esa persona, pero no puedo Quinn. Y no quiero que mi primera vez con una chica sea con alguien prácticamente desconocida para mí.
—Ok —se levantó—. ¿Y no era más fácil decirme eso? ¿Por qué tantas excusas, tantos rodeos? Solo tendrías que haberme dicho, Quinn, lo siento, pero no quiero relaciones de una noche. Yo, yo creía que eso era lo que querías, por eso lo he buscado.
—Lo siento. Pensé que si te decía eso te ofendía, y bueno, la verdad es que pensé que podría llegar a hacerlo. Pero me doy cuenta que estaba equivocada.
—Oh dios —se lamentó al tiempo que ella también se apoyaba en la baranda—Soy patética.
—¿Qué dices? Tú no tienes la culpa de que yo sea una estúpida que no sabe decir las cosas.
—Soy patética porque solo a mí se me ocurre querer mantener relaciones con alguien que aún es virgen.
—Bueno, tampoco es eso. Si he estado con chicos.
—Ya. Pero dicen que no es lo mismo.
—¿Dicen? O sea... ¿Me confirmas que para ti también habría sido la primera vez con una chica?
—Sí. De hecho, sé que suena desesperado, pero…No sé, me muero de ganas por descubrirlo.
—Me dijiste que estabas enamorada, ¿no te gustaría que esa primera vez fuese con esa persona?
—Si quiero tener mi primera vez con una chica, es para olvidarme de ella precisamente. Para convencerme que puedo estar con otras chicas.
—¿Y por qué quieres convencerte de eso?
—Porque todas mis dudas surgieron con ella, y desde que eso sucedió, he estado segura de que no podría estar con ninguna otra chica que no fuese ella. Y eso me frustra.
—Pero... ¿si quieres estar conmigo? —preguntó sorprendida.
—Ya te dije que habías llegado en el momento perfecto, que eras la indicada para que yo diese ese paso.
—Un momento... ¿Esa chica de la que hablas, es la misma con la que me comparas? ¿Esa tal Rachel? —Quinn enmudeció por unos segundos y dejó caer su cabeza, mostrando un gesto serio— O sea, ¿querías acostarte conmigo porque te recuerdo a ella? —cuestionó tratando de disimular una sonrisa llena de satisfacción. Lógicamente, era algo que ya sabía, sobre todo después de escucharla susurrar su nombre. Pero que pudiera confirmárselo, no hacia otra cosa mas que agrandar su orgullo, y aliviar un tanto el remordimiento de consciencia que sufría.
—No quería utilizarte, solo creo que contigo si sería capaz.
—Porque te recuerdo a ella, ¿verdad? Por eso has susurrado su nombre cuando me estabas besando.
Quinn no pudo contenerse y cubrió su rostro con las manos.
—Lo siento. Esto es una pesadilla. No, no consigo sacarme a esa chica de la cabeza, y te juro que creo que me estoy volviendo loca. Tú. tú eres ella para mí, te juro que te escucho y la escucho a ella, te beso y la beso a ella. No puedo vivir con ésta sensación el resto de mi vida, es imposible vivir así.
—¿Ella lo sabe?
—No, ni lo va a saber.
—Ok, tus razones tendrás, pero deberías plantearte vivir de verdad tu vida, olvidarte de esa chica para siempre y no cerrarte a conocer otras personas.
—Es lo que estaba intentando contigo.
—Solo porque te recuerdo a ella.
Quinn resopló completamente frustrada.
—Ayer me dijiste que tenías claro lo que ibas a hacer con esa chica, y era no hablar con ella, trata de olvidarla, trata de abrirte y buscar eso que necesitas en otras personas. Hay, hay miles de chicas, de chicos que estarían dispuestos a hacerte feliz —espetó tratando de contener las lágrimas—. Quinn, hay personas maravillosas y esa chica solo te ha traído problemas. Es hora de olvidar y empezar tu camino.
—No es tan fácil. No lo es cuando sientes que está dentro de ti.
—No puedes vivir toda tu vida de un recuerdo. La gente cambia Quinn, quizás esa chica ya no sea quien conociste, quizás ya no te merezca.
—No, ella, ella no puede cambiar. Ella siempre es y será Rachel.
—¿Te hizo ese daño queriendo?
—No, pero fue una inconsciente. Hizo lo peor que podía hacerme y yo... Y yo no puedo perdonarle eso.
—Y si no puedes perdonarle, ¿qué ganas martirizándote con ella? Cometió un error que no debía haber cometido, supongo que estará pagando las consecuencias, pero tú no puedes vivir buscando una doble de ella. No puedes pensar que solo vas a ser feliz con alguien que se parezca a ella, Quinn. Eres tú, y si ella no está a tu altura, olvídala —sentenció completamente abatida.
—Lo he intentado —respondía completamente aturdida.
—¿Lo has intentado de veras o simplemente dices, lo he intentado?
—Me alejé, no quería saber nada de ella y no volví a hablar con ella. Dejé todo, me vine de Nueva York, cambié mi vida por ella.
—¿Y no crees que es suficiente? ¿No crees que ya es hora de pasar página?
—Ella me quiere —susurró—, sé que está arrepentida.
—¿Y eso merece tu perdón?
—Ya hablé con ella y ya le dije que no tenía nada que perdonarle. Pero no puedo tratarla como una más, no puedo.
—Porque no es una más en tu vida...
—No, no lo es.
—Quinn, no soy quién para decirte lo que debes o no debes hacer, ni soy quién para meterme en tu vida, pero deberías de mirar más por ti y por lo que deseas.
—¿Me estás diciendo que tengo que hablar con ella?
—No, te estoy diciendo que, por culpa de ese orgullo, tú misma te haces daño. Estás cerrada en ti y no puedes estar toda tu vida buscando a chicas que se parezcan a ella para poder llevar a cabo tus deseos. ¿Qué pasa si hablas con ella y te das cuenta que eso que sientes no es para tanto? Quizás todo sea producto de esa tensión que habéis acumulado al discutir.
—Sé lo que siento.
—Vamos Quinn, ¿cuánto tiempo hace que no la ves? Quiero decir, que no estás con ella, cara a cara.
—Tres años.
—Eso es tiempo suficiente para crear una burbuja, y que ésta se destruya cuando vuelvas a encontrarte con ella y veas que no es esa persona tan especial.
—¿Qué dices? Conozco a Rachel, ha sido especial toda su vida y eso no va a cambiar.
—Las personas cambian, Quinn. Quizás todo lo que tienes en tu cabeza es producto de tus deseos. Quién sabe, igual estás obsesionada porque ella es la única chica en la que te has interesado, y no creo que eso sea justo. No te cierres a la vida, no cierres tu mente, tú misma me lo dijiste.
Quinn atendía a las palabras de Rebecca, y lo hacía realmente interesada. Quizás tenía razón, quizás había idealizado tanto a Rachel, que estaba metida en una burbuja de la que no iba a salir hasta que afrontase sus miedos, sus sentimientos hacia ella. Palabras sensatas que estaban realmente convenciéndola de que podría superar todo aquello. Palabras que para Rachel sonaban a despedida.
Jamás imaginó que, tras haberla rechazado, estuviese poniéndose trabas a sí misma. Estaba tratando de convencerla de que había miles de personas más interesantes que ella misma. Estaba trancando de hacerle entender que todo podía ser una ilusión de su mente, y lo hacía siendo consciente de que ella misma salía perdiendo.
Pero no le importaba.
Amaba a Quinn. Estaba completamente enamorada de ella, y sabía que eso no iba a cambiar, pero aquella aventura, aquella farsa que había creado con su vida, estaba consiguiendo que se odiase como persona. Y una persona como ella, no merecía el cariño ni el amor de Quinn.
Había jugado con sus sentimientos y no lo iba a volver a hacer más. Rebecca Green debía desaparecer por siempre, y Rachel Berry salir del corazón de la rubia. Ella merecía a alguien honesta, alguien que de verdad mereciese la pena.
—¿Crees que puedo conseguir eso? —le preguntó tras varios segundos en silencio.
—Claro. Solo tienes que enfrentarte, no huir.
—Lo tendré en cuenta. Dios, eres maravillosa.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Aun no consigo asimilar que hace 15 minutos estaba tratando de meterte en mi cama, y ahora me estás dando consejos sobre afrontar miedos.
—Ya que no puedo darte lo que me pides, al menos intento ayudarte.
—Lo haces. Me estás ayudando. Aunque me habrías ayudado más si me das unas clases de sexo salvaje con una chica —masculló procurando sonar divertida, y romper la tensión que se había creado entre las dos. Rachel, por supuesto, entendió la intención.
—Oh, espera… ¿Tenía que ser sexo salvaje? No te vale con algo dulce y tierno.
—¡No! —exclamó esbozando una sonrisa— Ya que lo voy a probar, quiero que sea épico.
—¿Épico? ¿Y pretendías que alguien como yo consiguiera algo así?
—Pensaba que tenías experiencia.
—Ya, pues lo siento, pero no. No tengo experiencia alguna, tendría que tener algunas clases teóricas antes.
—¿Clases teóricas de sexo con chicas? Suena divertido.
—No, divertido no. En realidad, es extraño.
—Cierto, mejor alguna serie de temática o algo, ¿no crees?
—O quizás María, seguro que ella puede darnos algunas pautas.
—Sin duda, ella es la profesora perfecta —respondía sonriente, justo cuando el sonido de un teléfono irrumpía en el salón.
—Ok. Ese es mi teléfono —masculló Rachel—. Voy a atender, ahora vuelvo… ¿Ok?
—Ok… Eh, Rebecca —la detuvo justo en el instante en el que pretendía abandonar la terraza—. Gracias.
Rachel se limitó a sonreír. No fue necesario expresar ninguna palabra más, porque Quinn sintió aquella sonrisa como la mejor de las respuestas.
El sonido seguía aumentando de volumen y la morena no tardó en llegar al salón y tomar su móvil, donde aparecía un número que no le resultaba familiar.
Extraño pensó.
Aquel móvil era nuevo. Solo sus amigos y Quinn lo tenían, y aquel número no era de ninguno de ellos.
—¿Sí? —respondía un tanto incomoda.
—¿Rachel? Soy Britt.
—Ah…Ho…hola —respondía más tranquila y tratando de no perder de vista a Quinn, que parecía inmersa en sus pensamientos.
—Oye, no tengo mucho tiempo, te estoy llamando desde el número de Peter, es el representante de San. Y te llamo solo para decirte que ni se te ocurra llamarme, o enviarme algún mensaje a mi móvil, ¿Ok?
—Ok. ¿Pasa algo?
—Lo tiene San. Anoche ella perdió su teléfono en el concierto que tuvimos, y bueno, ahora tenemos el mío para las dos. Así que nada de mensajes o llamadas.
—Ok, ok, lo tendré en cuenta.
—Por cierto. La semana que viene tienes que salir de ahí como sea, vamos a ir a Sacramento y escuché a San decirle a Peter que quería ver a Quinn. Así que te vas.
—No te preocupes... Eh —disimuló al ver como Quinn parecía interesarse por la conversación—. No voy a poder verte, este fin de semana me marcho a Chicago, tengo una entrevista de trabajo y voy a estar unos días allí.
—¿Qué? ¿Qué dices?
—Ya sabes. Algún día tengo que ser chef.
—Oh, espera, te vas a Chicago, pero es mentira, ¿no?
—Eh… —comenzó a desesperarse— Sí, me voy a Chicago, así que lo siento, tendremos que vernos otro día. Yo, yo te aviso cuando regrese. ¿De acuerdo?
—Mejor yo te llamo y te digo cuando puedes volver. Supongo que esa forma extraña que tienes de hablar es porque Quinn está ahí, ¿no es cierto?
—Exacto, eres muy lista.
—Ya, menos mal, pensaba que uno de los demonios te había hecho algo. Ok, pues yo me podré en contacto contigo.
—Perfecto. Gracias por llamarme.
—Ok. ¡Adiós!
—Adios… —respondía colgando la llamada y regresando hacia la terraza.
—¿Amigas? —le preguntó Quinn tras percibir su llegada.
—Eh… sí. Es curioso. Vienen de visita justo cuando yo me marcho. Es una lástima.
—Bueno, otra vez será, ¿no?
—Sí, seguro… ¿De qué estábamos hablando?
—Me estabas dando clases de sexo —bromeó.
—Mmm, lo siento, pero no caigo en la trampa.
—Ok, ok. En realidad, me estabas cantando una canción, una canción de un musical.
—¿Qué? ¿Qué dices?
—Vamos, cántame un poco. De veras, tengo curiosidad por escucharte cantar.
—Quinn, hace muy buena noche para estropearla. No quiero que llueva.
—Solo unas frases, un par de estrofas. Vamos, no me das sexo, al menos déjame escucharte.
—Ok —aceptó nerviosa—. Yo canto solo un estribillo, pero nunca más lo vuelvo a hacer, ¿de acuerdo? Me, me da mucha vergüenza.
—Bien. Solo una vez.
—¿Qué canto?
—No sé, tampoco me voy a poner a exigirte algo concreto. Me conformo con escucharte.
—Ok… A ver... —carraspeó tratando de aclararse la voz. Sin embargo, las intenciones eran bien distintas.
Estaba a punto de llevar a cabo algo que había aprendido durante aquellos duros años de interpretación en NYADA. Era ahora cuando debía demostrar lo buena actriz que era, haciendo algo que jamás había hecho, cantar mal.
Hey Jude, don't make it bad
Quinn se sorprendió. Pero no por la canción elegida sino por el altísimo tono que había elegido la morena para comenzar aquellas primeras palabras.
Take a sad song and make it better
Remember to let her into your heart
—Oh dios —susurró completamente horrorizada.
Then you can start to make it better
—Ok… Ok, es más que suficiente —la detuvo interrumpiéndola.
—¿Ya?
—Sí, ya es suficiente —le dijo procurando sonreír. Gesto que divirtió a Rachel.
—¿Y bien? ¿Qué te parece?
—Eh, bueno, no está mal. Pero me temo que lo tuyo no es la música.
—Te lo dije —respondía disimulando la sonrisa—. Te dije que soy un desastre.
—Bueno, no se puede tener todo. Guapa, simpática, honesta… Algún fallo tenías que tener.
—Ya, si solo fuera uno…
—¿Dices que no te gustan los musicales?
—Mmm, no es que no me gusten, es que no he visto ninguno.
—¿Te parece que veamos uno?
—¿Ahora? ¿Tú y yo?
—Sí. Tengo ganas de volver a West Side Story ¿Lo vemos en el salón?
—Eh, ok, si insistes, pero... ¿Tú no puedes…?
—Tranquila, no se me ha olvidado que estoy ciega. Pero me conformo con escuchar las canciones —le dijo acertando a alzar el brazo sobre los hombros de Rachel—. No te haces una idea la de veces que he podido verlo, y solo lo escuchaba.
—¿Y eso? No te entiendo.
—Mi "amiga" Rachel me obligaba a verlo, pero yo no lo veía, solo lo escuchaba.
—¿Ah no? —la miró confusa mientras se adentraban en el salón— ¿Entonces que hacías? ¿No prestabas atención y le decías que sí?
—No… Yo miraba algo mucho más interesante.
—¿El qué?
—A ella —susurró—. Yo solo la miraba a ella.
