Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo once
«No me beses, por favor, no lo hagas».
Tal como si Edward leyera mis pensamientos se aleja de mí poniendo una distancia prudente.
Sin soltar mi rostro, sonríe llevando algunos de los mechones de mi cabello detrás de mis orejas; acomoda de nuevo el gorro que me protege del frío.
― Te estoy desvelando, Isabella ―su tono es ronco― debes ir a dormir.
Sintiendo la realidad abofetear mi cara, parpadeo. Esto no está bien, nada bien.
Me estremezco; mas no sé si es debido al frío o por él.
Imito un bostezo.
― Tienes razón, me iré a dormir.
Sin perder tiempo, adentro en la casa de campaña. Pat está en una orilla y apenas se ve su pelo rubio por encima del saco de dormir, sus suaves ronquidos me indican que duerme profundamente.
Me hago un espacio en el otro extremo opuesto de la carpa haciéndome un ovillo me enredó entre gruesas mantas ―mis dientes castañean― está demasiado congelante el lugar.
Apenas cierro mis ojos: Edward aparece en cada pensamiento de mi cabeza.
Aprieto mis párpados esperando que el sueño me aborde para así no pensar más, no en él. Solo que mis ganas por ir al baño inician y son cada vez más exigentes; me paralizo al escuchar ruidos.
Edward acaba de tumbarse en medio de nosotros.
― Deja de moverte ―murmura―; no me dejas conciliar el sueño.
― Tengo mucho frío, también necesito ir al baño y me niego a salir de aquí.
― ¿Tienes algún problema de vejiga? Te la has pasado marcando pinos todo el día ―su tono burlón me avergüenza―. Isabella… será mejor que vayas de una vez, hay animales peligrosos en medio de la oscuridad.
Asustada, me siento de golpe.
― No, no saldré.
― Entonces duérmete. ―Es él quien me da la espalda.
Me vuelvo a meter bajo las mantas, sigo tiritando y también moviéndome de un lado a otro en busca de calor. Acerco mi espalda lo más que puedo de Edward, siento de inmediato su calor corpóreo necesario para sosegar mi temperatura, cierro mis ojos y me olvido de todo.
― Buenos días, pequeño pulpo.
A lo lejos escucho a Edward seguido de una risa sofocante, también le acompaña otra risa igual de divertida junto a él.
― Creo que está soñando que eres su oso, papá ―esa voz es de Pat.
Abro mis ojos y descubro con mucha vergüenza que estoy abrazada a Edward, incluso una de mis piernas está sobre las suyas, me aparto de inmediato.
Sentada; peino mi desordenado cabello. Mi melena debe parecer un nido de pájaros.
Edward me mira; en sus labios hay una gran sonrisa.
― Pensé que seguirías dormida lo que resta de la mañana, parecías un pequeño pulpo pegado a mí ―menciona divertido poniéndose de pie, mi rostro se siente caliente―. Debemos recoger todo, necesitamos desayunar.
Asiento avergonzada, mientras Pat lo sigue fuera: me asomo; el día está muy claro y todo sigue cubierto por nieve.
― Dime que iremos a desayunar al restaurante que está abajo ―exige saber el niño.
Momento, ¿qué restaurante? Llena de curiosidad salgo junto a ellos.
― ¿En dónde hay un restaurante? ―lanzo la pregunta.
Edward mira a su hijo le hace algunas señas que no sé interpretar; Pat vuelve adentro.
Mis manos están en las caderas en espera de una explicación.
― En el otro lado hay un resort ―revela.
Mi indignación crece. Tengo tantas ganas de abofetear ese perfecto rostro.
― Me hiciste pasar una noche terrible donde pensé que moriría congelada y resulta que hay un resort.
― ¿Acaso no sabes leer? Abajo hay un señalamiento en grande que dice: Minocqua Winter Park. Solo qué nosotros quisimos pasar una noche en la intemperie, es ilegal por cierto ―me señala con su dedo― así qué debemos irnos antes de que nos descubran.
― Estás loco.
Voy tras él. Edward empieza a desarmar la casa de campaña.
― ¿Por qué exponer a tu hijo? No entiendo, ¿No tienes miedo?
Él suspira cansino volviéndose a mí.
― La vida es un constante riesgo, debemos de estar preparados para cualquier sobresalto.
― Pero Pat es solo un niño.
― Patrick es feliz de la forma en que lo enseñé a vivir ―explica orgulloso―. Te aseguro que él disfruta cada aventura, lo hace sin miedos y lleno de emoción.
Termino sonriendo cuando lo escucho hablar. No hay duda de que Edward es un padre increíble y temerario.
― Anda ―me anima― tenemos que recoger todo.
No puedo quitar la sonrisa de mis labios cuando después de desarmar la carpa seguimos caminando cuesta abajo y lanzándonos de vez en cuando bolas de nieve. Esta vez Edward está más atento y las esquiva con facilidad.
Nuestro desayuno es caliente y lleno de calorías excesivas que nos mantendrán satisfechos por muchas horas. Quiero pensar que debido a toda la energía que gastaremos esquiando en la nieve es que hemos ingerido en demasía.
― Mira, papá ―Pat sujeta mi mano y le muestra mis pulseras a su padre―. El novio de Bella se llama Tyler. ¿A qué sí? ―me pregunta deslizando la punta de su dedo por sobre cada pulsera― también tiene un colgante.
El chico pone su mano en mí y muestra sonriente la letra "T" en color dorado que adorna mi cuello.
Edward hace una mueca disfrazada de sonrisa y sigue comiendo sin poner atención a lo que indica su hijo.
― ¿Por qué tú no usas algo con el nombre de Irina? ―sugiere Pat.
― No soy ningún adolescente ―responde seco y cortante― además, no lo hice en mi juventud menos lo haré ahora.
― Ah… ―el chico asiente sin tener idea, me mira―. ¿Tú novio también usa pulseras con tu nombre?
― Sí, también usa ―murmuro sin dejar de juguetear con las letras que forman el nombre de Tyler en mi muñeca―. Sabes, nunca me he quitado estas pulseras, solo las he reemplazado cuando ha sido necesario.
― ¿Se van a casar?
Veo el rostro de Pat. Él es un chico curioso y alegre; ahora sus mejillas están sonrojadas, quiero creer que es por el calor en la cafetería y no por su pregunta.
¿Casarnos?
Sonrío soñadora.
Hace un año atrás hubiese respondido un sí inmediato y sin titubeos. Hoy no puedo hacerlo, es decir Tyler y yo hicimos muchos planes que no supe respetar. No puedo sentir que lo nuestro ha funcionado hasta que no me sincere con él y le diga todo lo que sucedió conmigo, incluyendo la parte dónde conocí a Edward.
Sintiéndome una traidora, sacudo mi cabeza.
― No sé, no estoy segura ―respondo.
Los ojos alegres de Pat se mantienen en mí.
― Entonces, ¿por qué te vas a ir con él? Es porque te vas a casar, ¿no?
Edward carraspea captando nuestra atención; su rostro está serio y sus ojos se han vuelto fríos, muy típico en él.
― Vámonos ―nos pide de forma brusca poniéndose de pie, sale fuera de la cafetería.
Pat y yo intercambiamos miradas corriendo tras de él.
― ¿Qué sucede, papá?
― Se nos está haciendo tarde ―contesta Edward sin dejar de caminar a zancadas.
Pat voltea a verme encogiéndose de hombros y yo le regalo una sonrisa tranquilizante. Quiero decirle el cuento: "así somos los adultos, complicados". En cambio decido que no debo hablar de más, tal vez su padre sufre bipolaridad y si es así no soy quién para revelar su diagnóstico.
Después del arranque malhumorado de Edward la mañana se hizo lenta y pésima. Y esta vez la causa soy yo, ¡sí! Ellos están siendo pacientes tratando de ayudarme a esquiar en la nieve, pero simplemente mis piernas no cooperan ni un poco.
Había aterrizado de mil y un maneras sobre la nieve que estoy convencida que mis nalgas están en un rojo brillante, a parte de adoloridas.
― A ver, Isabella ―Edward exhala lento― no bajes la vista, debes mantener tu mirada al frente para saber a dónde vas. Tampoco debes juntar tus piernas porque así no lograrás encontrar el balance que tu cuerpo necesita.
― Es que no puedo.
Edward remueve sus gafas de esquí mostrando sus ojos verdes esmeralda, en su mirada hay comprensión lo suficiente para no avergonzarme.
― ¿Quieres descansar un poco?
― Quisiera descansar por el resto del día, me duele todo el cuerpo.
Él me sonríe llevando su brazo por encima de mis hombros, me guía por una vereda segura y lejos de todos los esquiadores.
― Te llevaré a un lugar con menos gentío, quizás ahí puedas sentirte mejor y disfrutar sin tantos nervios a estrellarte con las personas.
― ¿Y Pat?
― No te preocupes, él nos buscará. Mi hijo sabe dónde encontrarnos.
― Cuando quitas tu gesto gruñón, eres agradable.
Suelta una sonora carcajada que me hace elevar mi rostro y mirarlo, su risa es contagiosa.
― Realmente no sé qué me pasó ―reconoce y su semblante se ha vuelto serio―. No me gusta lo que estoy sintiendo y aún no sé cómo comportarme al respecto.
No comprendo a qué se refiere, solo puedo elevar mis cejas mientras seguimos caminando ahora entre los viejos pinos. Luego de varios metros nos detenemos en un pequeño espacio solitario y silencioso.
Edward se acuclilla poniéndome los esquí en mis botas, tira de mi mano y me hace gritar.
― Tranquila ―susurra sin soltarme―; relájate y disfruta.
Cuando suelta mi mano hago lo que me dijo: flexiono levemente las rodillas sin soltar los bastones, mis esquís se están deslizando y la sonrisa que tengo en mis labios se transforma en una mueca de terror cuando me doy cuenta que voy adquiriendo mayor velocidad cuesta abajo; mis nervios se alteran a la vez que mi corazón bombea con fuerza.
― ¡Isabella, junta tus pies! ―Escucho gritar a Edward, pero no lo veo―. ¡Hazlo! Arrastra tus bastones, ¡arrastrarlos, ahora!
― Dios, Isabella. ¡Te estrellarás!
Cierro mis ojos esperando lo inevitable.
Todo es tan rápido que no tengo tiempo de gritar; un brazo férreo se apodera de mi cintura y en segundos estoy tumbada de espalda en la nieve. El casco en mi cabeza se azota varias veces sobre la superficie, todo da vueltas.
Siento mucha presión qué no puedo respirar.
― ¿Estás bien? ―la voz susurrante de Edward me obliga a abrir los ojos. Él está sobre mí con todo su peso, con gesto de mortificación remueve mi casco y mis gafas, sus manos empiezan palmeando mi rostro con desespero―. Isabella, responde. ¿Te duele algo?
Quiero hablar, sin embargo mi voz no sale de mi garganta. Ni siquiera puedo mantener los ojos abiertos.
― ¿Qué le pasó, papá? ―ese es Pat y se escucha preocupado.
― Se estaba deslizando sin control, se iba a estrellar con los árboles. Tuve que detenerla azotando su cuerpo contra la nieve. ―Edward también se escucha mal, muy alterado.
― ¿Crees que se haya roto un hueso?
― Dios, Pat. No seas negativo.
Edward se mueve de mí y se arrodilla al lado de mi cuerpo para volver a manipular mi rostro, esta vez con mucho cuidado.
― Háblame, Isabella. Dime si te duele algo ―pide.
Abro mis ojos; su rostro está muy cerca.
― Estoy bien ―le digo tomando una bocanada profunda de aire― solo no podía respirar.
Ambos hombres suspiran.
Edward acomoda mi cabeza en su regazo mientras Pat quita el cabello de mi rostro sosteniendo mi mano entre la suya.
― Discúlpanos ―murmura Pat, su gesto es tímido―. Creo que no debimos traerte, eres una chica y las chicas siempre son delicadas.
Trago saliva, mi boca se ha vuelto seca.
― No te preocupes. Me gusta estar aquí… con ustedes.
― Bueno, pero ahora haremos cosas delicadas que suenan aburridas como un domingo haciendo barbacoa en el patio trasero. Tú pondrás la mesa.
Sonrío por las ocurrencias. Es un chico dulce.
― No. Mejor prefiero que me enseñen a ser salvaje como ustedes.
― No somos salvajes ―interviene Edward imitando una voz ofendida que me hace reír. Es tan cómodo estar entre sus brazos que no quiero moverme. Es curioso la sensación que me hace sentir, es una mezcla de ternura y protección.
― ¿Entonces quieres pertenecer a nuestra manada?
Asiento a la pregunta de Pat. Él se frota la cabeza manteniendo su enorme sonrisa. Parece que su rostro explotará de júbilo en cualquier momento.
Rio.
― Pues, bienvenida ―una de sus manos sacude con fuerza la mía―. Anda, ponte de pie. Ahora jugaremos carreras en motonieve y no te dejaremos ganar. ¿De acuerdo?
Estoy de pie y aunque tengo vértigo me siento bien. Dolorida, pero bien.
― ¿En verdad te sientes bien? ―indaga Edward sosteniendo mi cuerpo entre sus brazos; aún estoy mareada.
― Sí. No soy tan delicada como ustedes creen.
― ¿Ahora jugarás a ser ruda?
― Claro. Les daré una paliza en las motonieve, ya verás.
Edward se pone al frente mío, atajando mi camino pone sus manos en mis hombros.
― ¿Me estás retando?
― Sí, lo hago ―le doy un guiño― y vas a perder ante mí.
Rie.
― Yo nunca pierdo.
― Y yo no me rindo.
― Entonces, que empiece el juego ―pone sus gafas, sonríe y pega una vuelta siguiendo su camino por delante de mí―. ¡Ni creas que te daré ventaja, Isabella!
Corro tras él.
Estos hombres y su poca caballerosidad.
¡Hola! Otro martes de capítulo. Bella siempre se queja que no son nada caballeros con ella, ¿ustedes creen qué deban cambiar? ¿Qué les parece Edward y Pat?, ¿creen que los Cullen están cayendo rendidos ante Bella? ¿Quieren saber qué piensa Edward? El siguiente capítulo es narrado por él. Díganme sus opiniones, les leeré con gusto.
A quienes comentaron todo mi agradecimiento especial: Lily, OnlyRobPatt, LittlePieceOfMyMind, Mar91, Iza, PaolaValencia, Adyel, ALBANIDIA, Patty, Jade HSos, Vanesa, Adriu, Dulce Carolina, Flor Mcarty, Diannita Robles, Torrespera172, cocoa blizzard, Lidia, Lizdayanna, Gabs Frape, Lili Cullen-Swan, Moni, Ximena, Pameva, Marxtin, mrs puff, Pepita GY, Ana, Rocio, Antonella Masen y comentarios Guest.
¡Gracias totales por leer!
