Antes que nada, si habéis llegado hasta aquí, quiero agradecer el interés mostrado.
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11. FAMILIA
Envolvieron la copa de cristal con un pañuelo blanco de lino y lo pusieron en el suelo, cerca de su pie derecho. Shoshana lo cogió del brazo y lo miró esperanzada con una alegría infinita que la hacía resplandecer. Félix le correspondió la mirada, pero en sus ojos verdes no había tanta alegría como en los de ella. Lo que había era preocupación y un poco de angustia.
¿Estaría haciendo lo correcto? ¿Podría vivir sin recordar a Marinette? ¿Amaría a Brid alguna vez? ¿Podría romper la copa al primer pisotón? Si Shoshana, o mejor dicho Brid, no lo hubiera cogido del brazo, lo más probable es que hubiera salido corriendo de ahí. También era seguro que lo hubieran detenido al instante, porque recordó que estaba flanqueado detrás y a los lados, por toda la familia de su mujer y por toda la comunidad de joyeros. Así que, sabiéndose sin salida y sin pensarlo más, parpadeó, respiró profundo y usando todas sus fuerzas, levantó el pie y de un impulso lo dejó caer, haciendo la copa trizas, astillas infinitas de cristal.
Un beso, un susurro y un rugido se vivieron en ese momento.
El beso intenso de Brid en su mejilla, el susurro del viento trayendo su nombre: Marinette, y el rugido de todos gritando Mazel tov.
Cuando Félix rompió la copa, supo que también se le rompía el corazón.
Lo poquito que aún quedaba de él, claro.
Félix ya no podía huir. Trató de sonreír, nervioso, de devolver el beso a su esposa. Trató de ser feliz tanto como ella. Buscó a su madre, para intentar ganar tiempo. Su suegro y todos los hombres de la familia, le sujetaron de la mano que tenía libre y lo atrajeron hacia ellos, bajándolo de la jupá y separándolo de su mujer. Su fiesta fue un acontecimiento del que se habló por muchos años. La gente mencionaba los felices que parecían ese día, lo bien que él se portó para no ser judío ni belga, y también comentaban el lujo mostrado y el amor que se tenían. Luego, un tiempo después, cuando los hijos llegaron, felicitaban a la familia perfecta: una buena mujer, un hombre correcto y niños sanos.
Y para Félix todo eso significaba, soledad y resignación. Estabilidad a base de rendición. Y melancolía. Es cierto que nunca tuvo mucho tiempo para abandonarse a ese sentimiento. Siempre había algo que hacer en el trabajo: mandar, ordenar, planificar, impulsar, exportar. En casa igual, siempre le estaban naciendo niños, y había que llevarlos al médico, al rabí, a sus controles, al colegio, a los cursos de idiomas, o deportes, o música.
Y también salir de viaje: Londres - Amberes, Amberes - resto del mundo. Pagar hipotecas y cuentas. Vivía en un remolino de actividades, en una sucesión frenética de responsabilidades: Amar a Brid poniendo esfuerzo en ello, ser el padre que él no tuvo, mantener a esa familia con su esfuerzo y su trabajo y no con el de su familia política.
Así pasaban los años, los meses, los días.
De los Agreste, no supo nunca nada más. Amelie Graham cavó una tumba en su corazón y sepultó en ella, todos y cada uno de los recuerdos asociados a ellos, no quedó ni uno. Cortó lazos y negocios. No más Adrien, ni Gabriel...ni Marinette...
La vida con Brid no supuso un gran sacrificio. Ella poseía muchas de las cualidades que admiraba en una persona. Si no hubiera existido Marinette, lo más probable es que Brid hubiese sido una gran amiga. Era tan dotada para los negocios como él mismo, por lo que sus conversaciones giraban en gran medida a ese tema. Juntos, eran una máquina indestructible de hacer negocios. Y así como él, donde Brid ponía el ojo, ponía la bala. Cuando se jubiló su padre, Brid asumió la presidencia del DiamantClub, volviéndose aún más poderosa de lo que era. Sin embargo, de puertas para dentro, con su familia, Brid era otra mujer, amante, entregada y devota. Siempre escuchaba primero, antes de hablar, y casi nunca la vio perder la paciencia. Organizada, ordenada, sencilla y siempre pendiente de él.
Sí, no fue difícil vivir con ella.
Pero Félix, por las noches, mientras acunaba a algún niño para que se quedara dormido, se preguntaba qué sería de ella, de Marinette. Si es que sería feliz; o cuando miraba a sus pequeños dormir, él se preguntaba si acaso ella hubiera querido tantos hijos; o si también ella les hubiera contado un cuento antes de irse a la cama.
O si quizá, alguno de sus niños hubiera heredado su color de ojos.
O si tal vez, ellos dos hubieran sido realmente felices.
Cuando pasaba sus dedos por el largo cabello negro de Brid, se consolaba pensando que era el de Marinette. Suave, brillante, esponjoso como el algodón más fino. Con delicadeza, después del amor, Félix le cerraba los párpados a su mujer, para no ver que sus ojos eran negros en vez de azules. Y Brid reía de su supuesta caricia, y luego ella volvía a abrir los ojos y le decía lo mucho que lo amaba.
Con el tiempo, Félix fue dejando esa horrible costumbre.
Con el tiempo, él también aprendió a contestar: yo también te quiero, Brid.
Y cuando peleaban, siempre era él quien pedía perdón, porque su conciencia le decía que él era el pecador, el deudor.
El que no amaba, o al menos, el que amaba mucho menos que ella.
En su corazón, la resignación implicaba la pérdida del amor antiguo, ese que murió antes de nacer, ese que nunca fue. Cada día que pasaba con Brid, era un día más que celebraba la muerte de Marinette, emocionalmente hablando. Y aunque siempre la recordaba, había días en los que la tristeza desaparecía por completo, dejando paso a una felicidad pasajera: ver a sus hijos nacer, enseñarles a caminar, llorar y sufrir ante el pediatra, estudiar con ellos en el colegio, domarlos en su adolescencia, observar a Brid por las mañanas mientras se duchaba, verla cepillar su pelo lustroso, esperarla para almorzar, llevarla a pasear al puente donde se conocieron... Pequeños destellos de felicidad que le obligaban a olvidar, a seguir adelante, sin pensar en Marinette.
- ¿Me amas, Félix?- le preguntó un día Brid, ya cuando el tercero de sus hijos se fue a la Universidad, en Bruselas.
- Claro que sí, cariño. Siempre.- le contestó, y se acercó a ella para darle un beso tierno en la frente.
Ella le observó con compasión y dolor. Los ojos se le anegaron de lágrimas, el cuerpo le tembló.
- Fé...- murmuró la gran joyera de Amberes, titubeando por primera vez en su vida. -Fé, me estoy muriendo y el médico dice que no hay nada qué hacer.-
Shoshana Pluczenik-Schnitzer se fue un sábado al amanecer, rodeada de sus seis hijos, todos varones y con su marido sosteniéndole la mano. Le dieron seis meses de vida junto con el diagnostico, pero no llegó ni a los cinco.
- Félix, te he amado desde el instante en el que te ví- susurraba Brid en su última madrugada.
El mintió como siempre, ya no tenía sentido decir la verdad.
- Yo también Brid, yo también.- contestó Félix, tratando de no llorar.
- Rogaré pasar la eternidad a tu lado.- continuó musitando, mientras le apretaba la mano.
Él asintió, como hizo todos los días de su matrimonio. No podía creer que la vida aún tuviera algún golpe más para darle. Al final, después de veinticuatro años de matrimonio, la soledad y la melancolía volvían a destrozarlo, porque se quiera o no, esa mujer había sido su compañera, su amiga, su escudera y su cómplice. Ya no vería nuevamente su alta figura, ni escucharía su voz amable pero fuerte cuando era necesario, no olería su aroma nunca más, ni la vería ponerse esos pendientes que tanto le gustaba. Realmente, Félix lloró de pena y dolor ante su tumba, y se prometió, que la vida que le quedaba, sería sólo para los hijos que tenía, que estaban tan rotos como él.
Sus hijos.
Una tarde de primavera, justo cuando debía cerrar el balance de medio año antes de salir de vacaciones, su hijo mayor se sentó en su despacho frente a él. Félix siguió haciendo cuentas y ordenando los informes, sabía bien que sus hijos hablarían los mirase o no.
- Padre, sé que mamá falleció hace sólo dos años, pero...hay algo que tengo que contarte.-
La cosa huele raro, pensó inmediatamente. Félix se retiró las gafas de presbicia, irguió la cabeza, hizo a un lado la pluma y el papel, y recostó la espalda en el sillón de piel donde estaba sentado. Su hijo mayor le devolvió la mirada. Eran muy parecidos físicamente, rubios de pelo, cejas y pestañas incluidos, ojos verdes que brillaban cada vez que sonreía, labios gruesos y carnosos. Alto, bien hecho. De su madre, había heredado el venerable optimismo y el carácter tranquilo, su asertividad y su inteligencia.
- Falleció hace dos años, cuatro meses y seis días. ¿Qué es lo que quieres contarme?-
Su primogénito cogió aire, se pasó la mano por la cabeza y también apoyó la espalda en la silla, parecía agobiado e indeciso.
- Vamos, dime.- apremió Félix.
- Padre... voy a casarme...Ella ha dicho que sí... Sé que es muy pronto, que debemos estar de luto, o que quizá deba quedarme más tiempo a tu lado, pero es que yo...-
Félix levantó la mano para callar a su dubitativo hijo.
- No sabía que tuvieras novia. ¿La amas? ¿Con todo tu corazón?- preguntó con el rostro serio y adusto.
- Claro que sí, papá. Muchísimo.- contestó su hijo, visiblemente emocionado. Sonriendo hasta que los labios no pudieron estirarse más. Félix vio cómo reía en silencio, cómo se le iluminaba la mirada.
- ¿Y ella te ama a ti?- preguntó nuevamente.
Su hijo asintió mientras un risa brotó de sus labios, en tono bajito. Oh, el amor. Del amor nadie se escapa, del amor no se puede huir, pensó. Él había intentado escapar del amor, resignarse y en cambio, el destino le había mandado a Brid, y a cada uno de sus hijos. Nunca pensó que no volvería a Londres, nunca pensó que su hogar sería Amberes. Jamás se imaginó que ese amor inmenso que sentía por Marinette, hubiera ido desapareciendo con el paso del tiempo. Ahora ella era un recuerdo, un recuerdo de todos los días, por supuesto. La viudez le había dado tiempo para pensar, para recordar. Y recordaba su risa y sus labios, sus ojos azules y su voz. La suavidad de su piel, la ligereza de su cuerpo. Su calma, su indecisión.
Si esa mañana en Amberes, ella le hubiera dicho que lo amaba, que lo podían intentar, Félix hubiera sido capaz de ir a París y matar a un Agreste o dos, o a todo el mundo si hubiera sido necesario. Él hubiera hecho todo por ella. Pero ella, no estaba dispuesta a hacer algo por él.
"Esto no puede ser amor". Se convenció Félix hace muchísimos años, después de divagar un buen tiempo.
"El amor no es así. Yo no debí besarla en mi fiesta de graduación, no debí forzar el engaño. Y no debí dejar de hablarle. Renuncié muy tajantemente a todo, y cuando la volví a ver, ya el amor estaba perdido. El amor, mi amor, perdido. Y cuando la ví en Amberes, no debí volver a caer, otro error. Parece que siempre me hubiera tropezado con una piedra llamada Marinette. ¿Será feliz? ¿Me habrá olvidado? Claro que sí, ella ya me había olvidado, yo nunca fui una opción. Amor voluble, amor manchado. Manchado con M de Marinette".
En cambio, lo de su hijo tenía toda la pinta que era un amor de verdad.
"Nunca pensé, Marinette, que te pudiera amar tanto y que al final, no fuerámos nada".
Amberes, después de Marinette.
Amberes, después de Brid.
Amberes, después de todo.
En esa ciudad fue increíblemente feliz por una noche; terriblemente triste y desolado, por unos meses y regularmente en paz y calmado, por años. Amberes, la ciudad donde había aprendido a domesticar a su corazón, arrancándose la esperanza del pecho.
- ¡Entonces, cásate de una vez, no esperes más! Mañana mismo si así lo quieren.- le ordenó a su hijo.
Rápidamente, su hijo volvió a sonreír, se puso de pie y le dijo vehementemente, que había que volar a París, porque ella, su novia, pasaba los veranos en esa ciudad, y que deberían ir a conocer a la familia de ella lo más pronto posible, para planificar la celebración.
Félix se levantó, abrazó a su hijo, y le dijo lo orgulloso que estaba por su decisión. Oh, el amor. ¡Que bello es cuando es recíproco!
Si tan solo él hubiese tenido esa suerte.
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Durante mucho tiempo en su vida, Marinette había vivido en un mundo gobernado por un hombre, Adrien, el cual disponía y elegía por ella. Por años, ella pensó que eso estaba bien, después de todo, Adrien era su sueño hecho realidad, guapo, listo, perfecto, no alzaba la voz, no corregía sus errores. Sus padres le decían que había tenido mucha suerte de haber encontrado un hombre así.
Un hombre así.
Durante mucho tiempo en su vida, Marinette no se enteró que los sueños se degradan en pesadillas, o en prisiones, en cadenas en vez de libertad. Ella pensó, producto de esa larga relación, que vivir así, sometida y sin voluntad, era lo normal, era lo mejor. Después de todo, estaba con Adrien, su primer amor.
Por eso, cuando lo conoció a él, no pudo reconocer que esa sensación cálida en su pecho, era amor. Que Félix era amor. Los ojos no pueden soportar la luz después de tanto tiempo hundido en la oscuridad. Y Marinette parpadeaba para no verla.
Adrien le había borrado durante años, su libertad de elegir, su independencia, y su voluntad. Por eso, ella también concluyó que él, al final, la había manipulado, tal vez de manera inconsciente o tal vez, no. Pero Adrien había aprovechado su letargo para hacer y deshacer todo en su vida.
¡Qué complicado fue para ella convencerse de su martirio, de su prisión!
¿Acaso amar podía ser así de difícil? ¿O ella se había equivocado mucho? ¿o quizá Adrien? Los años al lado de su primer novio habían borrado la frontera de lo bueno y de lo malo, de la dependencia y de la independencia, de la esclavitud y de la libertad.
Félix, a diferencia de Adrien, era un torbellino de sinceridad, y de poca paciencia, alguien imposible de ser hipócrita, porque no podía quedarse callado. No sonreía vanamente, y no se guardaba su opinión. No podía contenerse. Mucho tiempo después, ya cuando la adultez la pilló por completo, Marinette entendió por qué Félix no se podía controlar con ella, expresando abiertamente sus sentimientos. Y eso era porque su amor por ella había sido muchísimo. Muchísimo.
Cuando estaba con él, cuando se encontraban en Londres, en Paris, o por teléfono, a Marinette se le revolvían las tripas y quería que todo el mundo desapareciera, que los dejaran solos. Estar a su lado, era una alegría inmensa, era placer y felicidad. Cuando conversaba con él, todo los problemas se iban y ella volvía a ser Marinette, la verdadera Marinette.
Y ya al final, ella no pudo olvidar, ni pudo perdonar, la obsesión última del Agreste, la de mantener su matrimonio a pesar de todo. Eso había sido el infierno. Madame Agreste, le decían. Y ella corregía, Mademoiselle Dupain-Cheng. Madame Agreste, porfiaban. El matrimonio le pareció un eterno sepelio, porque era convivir con un cadáver, con el cadáver de un relación dolorosa, marchita y seca.
No, Adrien no había sido un sueño. Adrien había sido lo peor que le había pasado. Un lobo disfrazado de oveja, un príncipe vuelto un verdugo. Y ella, víctima de él y de sí misma, de su propia indecisión.
Madame Agreste por fin había entendido lo que le había pasado, lo que estaba pasando.
Descubrió entonces, que su corazón, el corazón de Marinette, se quedó anclado en una cama, en una habitación de hotel, en una ciudad ajena, en otro país. Y cuando lo perdió, cuando todo acabó, lanzó su corazón al río Sena, y ahí se ahogó. Su cuerpo no, su cuerpo se quedó viviendo arriba del puente, sin mojarse.
Mademoiselle Dupain-Cheng había amado y no se había enterado, había sido prisionera y no se había percatado. ¡Debía arreglarlo de alguna manera!
Junto con el inmenso dolor, aprendió a comprenderse a sí misma, a analizar las cosas para no repetirlas. Cada día trataba de hacer lo opuesto, quería decidir, quería hablar, quería opinar.
Por eso, cuando Luka Couffaine, luego de algunos meses de estar saliendo juntos, preguntó emocionado si ella aceptaba casarse con él, Marinette le miró a los ojos, le cogió de las manos y sin dudarlo ni por un segundo, y sin pensarlo, le dijo que sí.
- Sí, por supuesto.- fue lo que dijo exactamente.
Con Adrien, nunca había contestado realmente a esa pregunta.
Con Félix, jamás pudieron llegar a ese tema.
Con Luka, decidió que ya estaba bien de todo y que a la mierda lo demás.
Marinette Dupain-Cheng por fin podía decidir sobre sí misma, aunque decidiera mal.
Y fue una boda pequeñita y sencilla, en el Ayuntamiento. Con dos testigos y un par de invitados. Sus padres no asistieron, los de él sí. Ella no tuvo tiempo de diseñar su propio vestido, así que fue a un centro comercial y aprovechando las rebajas, compró un vestido a mitad de precio y lo tuneó con algunas cosillas. A pesar de todo y las prisas, ella estaba tranquila y calmada. Fue inevitable que comparara esta boda con la primera.
En la primera, había habido centenares de invitados, políticos, famosos, millonarios. Entendió porqué Gabriel Agreste la obligó a ir. Pero no se lo perdonó; a mitad de la fiesta, Marinette tropezó "accidentalmente" con la mesa donde estaba su pastel de bodas, haciéndolo rodar por el suelo; luego, logró sujetar mal una copa de champán, empapando a Adrien con su bebida. Más tarde, fue hasta la orquesta de música y de una patada que nadie vio, logró estropear los parlantes y la central de sonido. Con el revuelo que había causado, salió por la puerta de servicio, escabulléndose de aquella hermosa casa de campo donde se desarrollaba su celebración, y se subió en el primer taxi que encontró. Subió a su habitación en la casa de sus padres, y se encerró durante días, antes de que la pudieran sacar de ahí.
Por otra parte, la segunda, había sido sencilla y minúscula, pero cálida. Luka de verdad le preguntó si quería una fiesta. Ella dijo que con una cena en un restaurante junto a sus invitados, bastaba. Y así fue. Esta vez no tiró la tarta, ni el champán, y la noche la pasó en un suite matrimonial de un hotel cinco estrellas.
Nunca le dijo a Luka, el por qué se sentó en la barandilla del puente Mirabeau, él tampoco preguntó. No volvió a dar una seña de depresión o inestabilidad. Siendo Madame Couffaine, vivía en una burbuja de felicidad creada por ella misma, donde no había Agreste que la destruyera y donde los recuerdos con Félix no la volvían loca de amor.
Sin embargo, las pesadillas o los sueños, ocupaban sus noches.
Finales alternos en Amberes, en New York, en Londres y en Paris. Algunas veces, ella soñaba que tenía diecisiete años y que volvía en tren a Waterloo Station donde se encontraba con Félix y le decía que ahora sí, que por fin, estarían juntos.
Otras veces, se veía en New York después de su primera pasarela, abalanzándose a su cuello y besándolo largamente, y él la tomaba de la cintura y giraban, dando vueltas los dos.
Pero los sueños de Amberes eran los más dolorosos; en ellos, ella le gritaba a Adrien que no se iría del restaurante, que jamás se movería de ahí. Otras veces, le gritaba a Félix que no fuera al río, que se quedara con ella, que se fueran juntos. En otros, cuando cogía la llamada de Adrien, luego de su noche de pasión junto a Félix, ella le decía que tendrían que hablar y cancelar la boda, porque ella no sentía lo mismo, ya no. Y en cada uno de sus sueños, o de sus pesadillas, en absolutamente todos, siempre su final feliz era con Félix. Pero cuando abría los ojos y miraba a su lado, no era él quien estaba, sino Luka, el hombre al que le debía seguir con vida. Y eran tan diferentes.
En esas noches, ella se tragaba las lágrimas, y aunque no quisiera, volvía a pensar en el Sena. No, no, se decía una y otra vez. No. Luka no se merecía eso. Luka se merecía amor, y dedicación y un beso al despertar. Luka era un paliativo a su dolencia, un parche para su herida. Pero no era la cura. Casi al instante de casarse, supo que no había actuado correctamente. Otro error. ¡Cómo encadenaba errores, uno tras otro!
Y luego, inesperadamente, sólo otro par de meses después de su pequeña boda, una alegría la sorprendió. Emma Couffaine nació el día de Navidad más frío que se recordaba en treinta años, pero para toda su familia, ese día fue un día lleno de luz y calor. Su llanto fuerte y claro, junto con su buena salud auguraban una espléndida vida. Tenía el pelo oscuro pero brillante, y ojos azul cobalto, piel nívea y perfecta.
Emma, su Emma, su nuevo amor.
La pequeña bebé había sido el reseteo anhelado en su mente atribulada. Su chispazo. El empuje para seguir bregando en el mundo cruel.
Marinette se juró a sí misma, que esa niña sería libre y decidida, dueña de su destino y de su propio corazón. Nada le impediría vivir, ni nadie le impediría amar.
Emma, criada para ser feliz.
Emma, criada con puro amor.
Emma, criada para ser comandante y capitán de su propio barco.
Lamentablemente, cuando Emma aún no caminaba, Luka tuvo que marchar a New York, porque lo contrataron como compositor para varios artistas. Era una oportunidad demasiado buena, además que se había esforzado mucho para ello. Iba y venía, cada mes, desde América a Europa, para ver a su familia por días u horas.
Poco a poco, Marinette encontró paz en su soledad, en su maternidad. Emma era una niña buena, que le dejaba dormir por las noches, que no enfermaba, que aprendía rápido. Era cierto que hacía travesuras y rabietas, pero nada fuera de lo normal.
Y le enseñaba cosas además.
Emma le enseñó a ser valiente y decidida, a no dudar, a ser fuerte ante los problemas, a discernir cuándo debía pelear y cuándo retirarse, y le enseñó a explicarse, a dejarse entender.
Marinette ya no callaba si algo no le gustaba, y decía su opinión aún cuando no le preguntaran.
Marinette se hizo autónoma, en la vida real y en su corazón.
Una noche de otoño, Luka Couffaine vino sorpresivamente a París, cenó con ellas, preparó a Emma para dormir, y una vez le hubo arrullado con su hermosa voz, decidió que debía hablar con su mujer.
La luna y las estrellas brillaban en lo alto cuando ambos se reunieron en el jardín interior de su casona.
- Marinette, ya no volveré tan seguido a París. En todo caso, sólo vendré para ver a Emma.-
Luka Couffaine, epítome del hombre tranquilo y amable. Luka Couffaine, el ejemplo de hombre paciente, el de risa tranquila y mirada arrolladora, el que se sentaba a su lado para cantarle tiernas canciones de amor. Un hombre excepcional. Ese día, ese hombre se acercó a ella y le tomó de la mano.
- Marinette, yo...he conocido a alguien...-
Alguien.
Otra.
¿Qué podía hacer ella? ¿Restringir su libertad como lo hizo Adrien? ¿Negar la existencia de esa otra mujer así como intentó desaparecer el amor de Félix? ¿Gritar, exasperarse, llorar? ¿Reclamarle la infidelidad? ¿A él? ¿A Luka Couffaine? ¡Era el hombre que la retuvo en el mundo, era el padre de Emma!
Y a pesar de todo, a Marinette le dolió sentirse nuevamente despreciada, nuevamente abandonada, nuevamente sin amor.
Dos bodas, dos divorcios.
Marinette reunió todo lo aprendido en su vida, todo lo que le enseñaron Emma y Félix, y Adrien, demonios, también él le había enseñado algo. Así que cubrió sus manos con las suyas, le miró a sus ojos y sin rastro de pena o dolor, le dijo que lo comprendía, que estaba bien, que ella no era nadie para retenerlo.
- ¿Y la amas? ¿de verdad?- inquirió Marinette.
Luka afirmó con la cabeza, observándola con sus ojos azules apagados de la preocupación.
- Marinette, amo a Emma. Pero si tú quieres, si me lo pides, yo podría volv...-
- ¡No!. - Estaba muy segura de lo que iba a decir. - No, Luka, al amor no se le puede callar, ni amordazar, ni meterlo en un cajón, fingiendo que no existe. Es imposible. Te lo digo porque lo sé. Porque yo también...-
Ella no pudo continuar, no podía decirle de Félix, su tesoro más preciado, su recuerdo más hermoso. Nunca le había latido tanto el corazón como cuando estaba a su lado.
París, después de Adrien.
París, después de Luka.
París, después de Félix.
París, después de todo.
Y París le regaló un noche estrellada en la cual el aroma del naranjo de su jardín se le coló por la nariz mientras su segundo marido le agradecía la comprensión y le pedía perdón por ya no amarla más.
- ¿Estarás bien, Marinette?-
- No te preocupes, Luka, ahora tengo a Emma, ella me mantiene pegada a la tierra, si es que es ésa tu preocupación.-
- Aléjate del Sena, promételo.- le rogó él, casi en un susurro.
Ella le besó dulcemente la mejilla, y entró a la casona para ayudarle a hacer las maletas. Empacó con cariño algunas ropas de Emma, sus primeras botitas y un mechón de su pelo. De ella, de su ahora ex-mujer, no le dio nada. Ningún recuerdo. A Luka Couffaine ya no le servían sus recuerdos.
Cuando él se despidió al tomar el taxi, Marinette no pudo hacer más que admirarlo.
Sí, lo admiraba.
Admiraba su capacidad de darlo todo por un amor nuevo y quizá verdadero, dejarla a ella, a su hija, a París. ¿Acaso no tenía miedo? ¿Acaso no sabía que le podían romper el corazón? Y aún sabiéndolo, él estaba decidido a arriesgarse. ¡Maldición, Luka Couffaine era un kamikaze en el amor, alguien dispuesto a lanzarse al abismo tan solo confiando en sus sentimientos!
Oh, era tan valiente, tan amable. Tan tranquilo. El poco tiempo en el que se conocieron había sido un bálsamo para su autoestima. Por fin, alguien la miraba cuando hablaba. Alguien la abrazaba fuerte sin razón ni motivo. Y le daba su espacio, y le pedía su opinión. Un gran amigo, Luka Couffaine. Tal vez eso era después de todo, después de Emma, un gran amigo.
Si tan sólo lo hubiese amado.
Si tan sólo ella hubiera tenido una pizca de su valentía, de su temeridad.
Esa noche estrellada en París dejó morir a Madame Couffaine, y dejó nacer otra vez a Mademoiselle Dupain-Cheng, diseñadora, mujer libre, soltera, madre de Emma y amiga incondicional de todo aquel que le ofreciese su amistad sincera. Pero al amor, al amor le cerró la puerta, cansada de sufrir por su culpa una y otra vez.
Definitivamente, el amor era una guerra y ella sólo acumulaba derrota tras derrota.
En el último segundo antes de irse, ella le preguntó:
- Luka, ¿Cómo se llama la mujer que amas?-
El la miró, se sonrojó y sonrió ampliamente, lleno de felicidad de sólo recordar su nombre.
- Es la hija de Audrey Bourgeois, Chloe, Chloe Bourgeois.-
La carcajada de Mademoiselle Dupain-Cheng se pudo haber escuchado hasta la espacio exterior, incluso. No había otra conclusión, Marinette era un completo desastre en el amor.
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Emma Couffaine era una mujer de otra pasta, cuando sabía lo que quería, iba en serio y a por todas. Fue así que decidió que sus últimos años de Universidad, se iría a Bruselas, dejando a su madre sola en Paris. Debía aprender idiomas, muchos, y ese tiempo ahí, tendría que ejercitar su inglés, perfeccionar su alemán, reforzar su chino, y si pudiese, aprender neerlandés. Y para eso la contactaron con el coordinador de Negocios Internacionales para alumnos extranjeros, políglota, amable y muy amigable.
Emma Couffaine fue presentada ante un hombre rubio, alto, de ojos verdes y porte regio. Tenía un nombre extraño y muy largo, pero eso a ella no le importó, como tampoco le importó que fuera judío ni que estuviera demasiado apegado a su familia en Amberes. Él le explicó que era porque su padre era viudo, y su madre, se había ido de este mundo de una manera horrible y cruel, un año antes. Y porque además, eran seis hermanos, con quienes siempre se reunía en la mesa los viernes, y con quienes siempre habían vivido en el amor.
Y ella también quiso lo mismo, quiso una familia, lo quiso a él. A sus veintiún años, Emma Couffaine había decidido con quien pasar su existencia. No dudó, no titubeó, dio un paso hacia adelante, dos. Y luego un beso intenso, o dos. Y varias noches. En menos de tres meses ya vivían juntos. Antes del año, ya estaban comprometidos.
Así que Emma viajó nuevamente a Paris, a avisarle a su madre que se casaba y que lo haría pronto, que lo haría ya. Las prisas del amor.
- Imposible, cariño, eres demasiado joven, no lo conoces, no sabes nada de él. Emma, por favor.- suplicó Marinette.
Pero su hija no daría su brazo a torcer. No, no y no. Ella no tenía duda que lo suyo era amor. La electricidad la recorría de pies a cabeza tan solo con verlo, y su cuerpo rogaba por su calidez, su corazón deseaba oír su voz y acariciar su cabello, su mente quería su conversación. Eso solo podía ser amor. ¿Qué sabía su madre sobre ello? Ella, que se había divorciado dos veces, ¿Qué podía saber?. Pero Emma no dijo nada hiriente a su madre, solo suspiró y le rogó que abriera la puerta de la casona cuando la familia de su novio llegara el viernes siguiente para la hora de la comida.
Mademoiselle Dupain-Cheng cerró los ojos, respiró hondo y deseó que Emma Couffaine tuviera más suerte en el amor que ella misma.
- Y la comida tendrá que ser kósher, mamá- añadió Emma, alegremente.
Faltaba más, pensó Marinette.
Así que ese viernes de verano, ella se despertó temprano, arregló el comedor, el salón principal, ordenó el recibidor y supervisó que su cocinera haya hecho la comida correctamente. Instruyó a su ama de llaves sobre cómo debía recibirlos, quería dar una buena impresión, quería sorprender tal vez. Luka, como siempre, no había podido apear sus responsabilidades y no podía viajar con tan poco tiempo de antelación.
Faltaba eso también, pensó Marinette.
Escogió un vestido ligero, de medio vuelo color amarillo pastel, con encaje en las mangas y en los hombros, acompañado con un cinturón y unos zapatos oscuros. Encontró unos pendientes largos de plata y una gargantilla a juego. Había ido a la peluquería a que le retocaran su melena azabache con mechones plateados, y recogió suavemente su largo pelo en un moño flojo, bastante elegante. Aparentaba tranquilidad, aunque estaba algo nerviosa. Se preguntaba si su hija estaría haciendo lo correcto. Se preguntaba si se equivocaría como ella se equivocó.
- Por favor, no, que no sea como yo- se dijo a sí misma.
Emma, en cambio, llevaba un vestido azul, azul cobalto como sus ojos sin mangas, con zapatos rosados a juego con sus pendientes y sus pulseras. El pelo negro suelto y su flequillo revoloteando al viento. Marinette le vio un pequeño tatuaje en su tobillo.
- ¿Y eso, Emma?-
- Oh, mamá, a él le gusta mucho.-
Faltaba también esto otro, pensó Marinette.
Era un día fresco, a pesar del verano. Había sol, pero corría un viento suave y ligero que se colaba por las ventanas abiertas del recibidor. Sus flores en su jardín emanaban un aroma dulzón, ambientando correctamente la casa, y los pájaros trinaban alegremente afuera. Dio un vistazo rápido a su alrededor, todo estaba en orden, todo estaba listo. Su ama de llaves apareció rauda y solícita, apenas escuchó el timbre de la puerta. Marinette se puso recta, se arregló la falda del vestido, cogió aire y ordenó que dejaran pasar al novio de su hija.
Apenas abrieron la puerta, Emma salió disparada a colgarse del cuello de su novio y fue allí, cuando Marinette sintió que el corazón le daba un vuelco, latiendo salvajemente, tratando de escapar de su pecho.
¡Félix!, quiso gritar, pero la voz no salió.
El hombre alto, rubio, y de ojos verdes, correspondió instantáneamente al abrazo de Emma, y le dio un beso en la frente. Casi de inmediato, se dio cuenta que no estaban solos, así que él también se puso derecho soltando a su hija, le sonrió ampliamente y le dijo:
- Buenos días, madame Couffaine, mi nombre es...- pero antes que pudiera presentarse, su enorme familia entró por la puerta, llenando el recibidor en un santiamén.
Y ahí, enfrente suyo, una eternidad después, millones de lágrimas después, lo volvió a ver.
Seguía tan alto como lo recordaba, su mirada verde aún era preciosa, y sus pestañas a pesar de su edad, aún se trasparentaban cuando el sol pasaba entre ellas. Tenía arrugas debajo de los ojos y algo de tristeza en su rostro. Su cabello antes rubio, ahora era mayoritariamente blanco. Por lo demás, no había cambiado.
Era él, era él, era él.
Como antaño, ella dejó de escuchar lo que pasaba a su alrededor, y súbitamente dejó de percibir la luz del sol, dejó de ver los colores en las paredes y sólo lo observaba a él en medio de un escenario negro, sin sonido. Con todo el mundo detenido para ella. Apretó sus manos, y pisó fuerte el suelo, anclándose para no saltar sobre su cuello.
- Mírame, mírame, por favor.- murmuró en silencio.
Y como si fuera una orden, él se retiró lentamente el sombrero que llevaba, se colgó la chaqueta del traje sobre su brazo y alzó la mirada, encontrándose con esos ojos azules que tanto había extrañado. Marinette tenía la ventaja del primer segundo, así que lo pilló desprevenido, con la guardia baja. Vio que Félix abría ampliamente los ojos, mientras separaba los labios. ¡Sorpresa! ¡Asombro!.
Fue su voz, la que calló todo el bullicio de los demás; fue su voz, la que devolvió el color a su visión y las personas volvieron a moverse, y el viento comenzó a soplar.
- ¡Marinette!-
Y ella sólo le sonrió, y sin quererlo, empezó a reír mientras su cuerpo no dejaba de temblar.
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¡Todavía esto no acaba!
Ja. Os lo dije, yo doy felinette sí o sí.
DESCARGO: absolutamente todas las historias o relaciones que he contado, están basadas en parejas reales (la relación de Marinette-Adrien, la relación Marinette-Felix, Felix-Brid, Marinette-Luka, Adrien - Kagami y también, Emma-hijodeFelix), todas, las he visto en vivo, no todas juntas como en este fic, pero las he visto al menos, por separado. Y hasta el final, el final que todos esperamos, también lo he visto.
Quizá me quedo corta explicando por qué cada uno se desenvuelve como lo hace. Pero en general, me alegra mucho dejar en claro, que aquí Marinette no es perfecta sino que se equivoca, como todos, ya sea por su educación, por sus vivencias o por las mierdas que le ha tocado vivir. Es cierto que no he desarrollado lo suficiente a mi patológico Adrien, perdonadme, pero no quería ahondar tanto en él. Con respecto a Felix, tampoco es que lo hubiera hecho fenomenal, sólo ha tenido suerte que la mujer que le tocó fuera de buen carácter y bastante similar a él, con objetivos claros y con una buena personalidad. Todos se han equivocado, todos lo han hecho mal.
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AGRADECIMIENTOS: en orden de aparición y por estar siempre ahí,
- Primero, Manu, gracias por estar ahí, si no comentas, es que algo he hecho mal, quisiera conversar de los temas que propones, pero lamentablemente aquí no hay chat (como lo puede tener wattpad, x ejemplo).
- También NoirO, no siempre puedo contestarte ni responder a tus deseos, la vida no me da, en serio, y gracias por comentar.
- Y alexiel1086, gracias por gustarte el inframundo felinettiano tanto como a mí.
- Rebeca-sz, te sigo agradeciendo tus palabras de aliento ( en serio, gracias),
- Emely-nya (gracias por leer un felinette, espero verte de nuevo),
- CaseyLu2016 (gracias por leer y me alegro muchísimo saber que no estoy sola en esta secta)
- stephanie-mal (gracias, gracias, por darle una oportunidad a un felinette tiernito y triste como este fic),
- peste21 (si, verdaderamente estoy de acuerdo contigo, adrien huele a abusador, pero entrar en detalles, fijo me clavaba 10 caps más, por cierto, me encanta tu fic ¿ya lo dije? ¿sí? estoy enganchadísima!),
- Sakura K. (gracias por leerme, la verdad es que desde el inicio no puedo spoilearme así que no podía decir cómo iba a desenvolver a Adrien ni a los demás),
- esmebebe (gracias. te acercas muchísimo a lo que va a pasar en cada historia, me das miedo, ves más allá de lo evidente, jajá, gracias),
- MaferFg (si, mi idea era hacer las parejas y situaciones lo más verídicas posibles, joder porque es cierto, es un fic, pero os juro que todo lo que he contado ha sucedido!)
- y Dessirenya : ha sido una gran alegría verte por aquí, te tengo en muy buena estima, estaré pendiente de tus historias, gracias por leerme y por comentar, era una visita que no esperaba y gracias por eso.
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PREGUNTAS A LA AUTORA Y A LAS QUE NADIE INTERESA:
- Pregunta: Lordthunder, ¿no te aburres de escribir felinette?. Respuesta: No.
- P: ¿alguna vez pensaste darle un puñetero final feliz a esta historia desde el inicio?
R: No, hay que sufrir para gozar.
- P: ¿nos darás felinette?
R: Sí, y esto vale para todas mis historias hasta ahora.
- P: ¿Y Lila, y Kagami y Luka? R: Lila se quedó de furcia por ahí pero...en realidad, esta es el segundo final de LQMDEV, el primero era más sencillo y corto, simplemente Lila se le contaba todo a Adrien en su afán de sacar del juego a Marinette, con resultado contraproducente para ella, pero me pareció un poco soso y nada emocionante, así que lo deseché. Me hubiera encantado hablar más de Lila ...De Kagami, no tengo nada que decir, me cae bien la chavala, sólo que Astruc la usa como contraparte de Marinette (y yo también). Y Luka, vaya, pido perdón por no haberlo desarrollado tanto como quisiera. Luka es un puto ángel que no nos merecemos. Luka es...ah...oh...ah...¿Se merece un fic? Se merece un fic.
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CONFESIONES:
- ¿Os suena Persuasión de Jane Austen, o el amor en los tiempos del cólera?. ¿Sí?
- No tengo sentido del humor. Incapaz de escribir una broma. Cuando la gente cuenta chistes, no los entiendo y cuando los hago, no soy graciosa. F por la autora. Eso sí, hago llorar mogollón ¿a que sí?
- Mi adicción al felinette puede llegar a limites insospechados, desde seguir cuentas de twitter en japonés y coreano sólo por el simple hecho que hacen fanarts hermoshos de Felix Canon y Pv. Alguna vez también le he escrito a Astruc, reclamándole que mató a felix Pv para dar paso a un muchachillo blandito y con muchos problemas psicológicos llamado Adrien (He tenido suerte y no me ha bloqueado). Acoso también en wattpad (bastante menos ya) y en ao3.
- Nadie en mi casa sabe que hago esto, es un secreto, digamos que no está bien visto (ni comprendido).
- "Madame Couffaine" es, en realidad, el primer fic que escribí (está en mi ordenador), no está publicado ni editado, pero me gusta como suena.
Y eso es todo, ya no se cómo decir lo feliz que me hace no estar sola aquí.
Un fuerte abrazo
Lordthunder1000.
