Capítulo XII

¿Qué hay más allá del mar?

Cuando la nieve comenzó a caer alrededor del distrito de Trost, el martillo titánico, que había derribado a muchos titanes, se había quedado en silencio. Y cuando la nieve se derritió, el Cuerpo anunció que los titanes dentro del Muro María habían sido erradicados. Poco a poco, la población dentro viajó a los distritos abandonados del territorio recuperado, restableciéndose al transcurso de un año.

Pero no solo el comandante Erwin festejó con satisfacción el resultado de la batalla, sino que también fue tiempo suficiente para que otra personita viera la luz del sol: celebró el nacimiento de Victoire Smith, quién había llegado al mundo al finalizar la nevada.

Levi se había burlado abiertamente de los mocosos, más que todo de sus nombres extraños: incluso el comandante podía aceptar que sus hijos poseían nombres especiales, es decir, Libertá y Victoire no eran calificativos que se escuchasen en las murallas. Aun así, a toda la legión les encantaba.

Había resultado sorpresiva la sorpresa para Erwin por parte de Theresa, debido a que significaba que la concepción fue antes del retorno a Shiganshina y ninguno de los dos se había enterado hasta el regreso a casa. Para la pareja de casados causó satisfacción aquello, finalmente el destino se ponía de su lado y era algo que agradecían silenciosamente todos los días de sus vidas.

Theresa tomó asiento ante Erwin, atándose el cabello en una coleta alta debido al calor. Llevaba por lo menos treinta minutos intentando convencer al comandante de una locura, pero por más que lo intentase, él continuaba mostrándose indiferente a cada una de sus palabras.

– Eres sub-comandante de la Policía Militar, ¿cómo se te ha pasado por la cabeza pedirme algo tan descabellado? –de acuerdo, a ella se le había olvidado ese pequeño detalle–. Además, ¿quién cuidará de los niños si no estaremos aquí? Rechazo tu solicitud, por treceava vez en un día.

– ¡Oh, vamos! –bufó–. ¡Será una expedición fuera de los muros, nunca nos fue mal cuando íbamos juntos años atrás! No me encierres de nuevo en la maldita muralla aristocrática, déjame marchar contigo a conocer el mundo. Después de todo, ha sido por eso que me enlisté en la legión.

– Tessa, la respuesta continúa siendo negativa. No irás a la expedición.

– ¿Desde cuándo te volviste tan molesto? Hange cree que necesitas un descanso y definitivamente sustento el comentario, es momento de que me dejes actuar como soldado. Mis padres adoran a los niños y pueden quedarse con ellos durante el tiempo que estemos fuera, lo sabes de sobra.

– Imaginé que no te rendirías tan fácilmente. Consiento que no esperaba menos de ti, eres capaz de aparecerte en un caballo antes de dar inicio a la operación alegando que te unirás a la misma; no quiero ceder ante tu capricho, pero si no lo hago es probable que armes una revuelta en mi contra.

– Es bastante posible que haga eso. –confirmó su esposa–. ¿Me dejarás ir contigo a ver el océano?

– Si te unes a la legión durante esta expedición, significará que estás dispuesta a cumplir cada una de mis órdenes sin importar cuáles sean. Si te pido que salves tu vida, lo harás sin rechistar: nuestros hijos precisan de ti más que la propia humanidad, ¿está claro?

Cualquiera hubiera pensado que el comandante había perdido el juicio, todos excepto su esposa. Theresa no demoró en incorporarse y rodear el escritorio, todo bajo la atenta contemplación de Erwin, se posó justo detrás de él y le abrazó el cuello, descansando el mentón sobre su cabeza.

– Ni siquiera en la retoma de Shiganshina te comportaste de esta manera. –le susurró en el oído.

– Iremos más allá de los muros, no sabemos lo que nos espera.

– Gracias por dejarme ir.

No permitió que su amado respondiera, sino que lo envolvió en un nuevo abrazo y le besó los labios de forma pausada. Erwin sujetó su cintura, invitándola a tomar asiento en su regazo, su esposa no perdió tiempo en cumplir con aquello, quedando cara a cara. Smith atacó sus labios ferozmente, arrebatándole la respiración y causando que ella se separase unos pocos segundos a coger aire; luego de eso, continuaron nublando sus sentidos un instante más.

.

Victoire fue depositada en la cuna con suavidad y su pequeño cuerpo fue cubierto hasta el pecho, todo aquello mientras su hermano mayor la observaba con curiosidad, ansiando que despertara de nuevo para jugar un rato más.

– Tengan cuidado. –pidió madame Schneider, con un exhausto suspiro–. Si encuentran algo fuera de lo común, por favor regresen a las murallas. No se atrevan a dejar a estos niños solos. –solicitó.

– ¿Mami y papi se van? –la dulce voz de Libertá los interrumpió–. No quelo que se vayan… –se le humedecieron los ojos.

Theresa, la más próxima al pequeño niño, no dudó en tomarlo en brazos.

– Iremos a pelear con los malos, cariño. –le sonrió con suavidad, después revolvió sus preciosos rizos dorados, acción que causó risas en el chiquillo–. Te prometo que volveremos lo más pronto posible, mientras tanto, sé un buen niño y obedece a tus abuelos. ¿De acuerdo? –besó su mejilla.

– ¡No! –infló sus mejillas y se cruzó de brazos sobre el pecho–. ¡Quelo ir con mami y papi! –exclamó.

Fue el turno de Erwin de tomarlo en brazos, depositando un dulce beso en su moflete. Libertá, por instinto, se abrazó a su padre con demasiada fuerza, negándose a dejarlo marchar. La castaña tuvo que suprimir las risas, le parecía gracioso cómo podía llegar a ser tan posesivo con su progenitor.

– Oh, qué pena… –el comandante negó con la cabeza, dramático–. Si vienes con nosotros, ¿quién protegerá a tu hermanita de los malos? Los abuelos no pueden hacer esas piruetas tuyas, ni gritar tan fuerte como tú. ¿Dejarías sola a Victoire por venir con nosotros? ¿La dejarás sin su superhéroe favorito? –el pequeño lo pensó un momento antes de responder negando con la cabeza–. ¡Eso es! Tu misión es cuidar de tu hermanita hasta que regresemos, ¿podrás hacerlo?

– ¡Sí, papi! ¡Hermanita, hermanita! –se entusiasmó.

Tessa sonrió, fascinada por tener una familia tan perfecta.

– Incluso deberían tener otro. –se burló Mireya, tomando asiento en la mecedora–. Un tercer pequeño, me encantaría ser abuela de nuevo.

– Tal vez cuando Victoire crezca. –opinó Erwin, depositando a su hijo varón en el suelo–. Es muy pronto para tener otro bebé, ¿no crees, Tessie?

– Estoy de acuerdo.

El comandante, no pudiendo ocultar su alegría, besó los suaves labios de su esposa, fascinado.

.

A primera hora de la mañana, un día soleado y careciente de nubes, la Legión de Reconocimiento inició una misión fuera de la Muralla María, por primera vez en seis años. Erwin Smith cabalgaba a la cabeza junto a Hange Zoe, ambos atentos a cualquier movimiento que pudiese presentarse a su alrededor. Los demás les seguían en silencio, también alertas a cualquier ataque.

– Tenías razón, Hange. –habló el capitán–. La mayoría de los titanes estaban dentro del Muro María, parece que prácticamente los aniquilamos a todos en un año.

– En ese caso, nos dirigiremos al objetivo que marcamos. –respondió ella.

– Apresuremos el paso. –ordenó Erwin, mirándolos de reojo–. El objetivo está al alcance de nuestras manos, ¡adelante! –y dicho aquello, aceleró el trote del caballo con impotencia.

– ¡Recibido!

Cabalgaron unos minutos sin decir nada, tan solo observando el frente con tranquilidad, cada uno sumergido en sus propios pensamientos, expectantes por lo que encontrarían más allá de los muros. Fue desde la línea de enfrente que apareció una bengala roja, alertando a los soldados. Theresa se echó hacia adelante y se preparó para romper la formación, dispuesta a aniquilar al dichoso titán.

Escuchó las advertencias del escuadrón acerca del titán, pero ella no les prestó atención. Por favor, ya sabía cómo matar a uno de esos sin salir empapada de su sangre, once años de experiencia eran más que suficientes. Los dejó atrás y avanzó hacia los demás, dispuesta a cortar la carne del gigante.

Detuvo el paso cuando observó al titán, escéptica por lo que veía; era pequeño en comparación a los otros, de unos cinco metros y el cuerpo malformado. Tras él, se apreciaba la tierra hundida y una que otra planta creciendo de esta, lo que daba a conocer que se había arrastrado a la muralla. Se bajó del caballo y preparó las cuchillas, dispuesta a aniquilarlo.

– Tessa, no. –Erwin no bajó del caballo–. Fue uno de los convertidos y enviados al "paraíso".

– No quita que sea un titán, es nuestro deber aniquilarlos.

– ¡Estoy de acuerdo con la sub-comandante! –vociferó Floch.

– Es uno de nuestros compañeros. –alegó Eren, observándolo fijamente–. Vamos, está cerca.

Volvieron a montar sus caballos y se alejaron a paso rápido, dejándolos con el titán. Erwin les echó un último vistazo antes de retirarse también, volviendo con su formación; era una clara orden de dejar aquella criatura con vida.

– Joder, qué estúpido. –Theresa subió sobre el caballo y no demoró en seguir a los demás cadetes, frunciendo ceño–. Andando, Floch. Ya has oído al comandante.

– ¿Lo vamos a dejar aquí? ¿No lo matamos? –gritó, pero la formación ya estaba bastante alejada de él–. Maldita sea.

Transcurrieron horas desde que dejaron atrás al titán, tiempo en el que no se habían detenido ni siquiera para descansar, todo eso debido a que el objetivo estaba bastante cerca. El típico pasto acabó y dio paso a la arena, anunciando su pronta llegada al objetivo. A continuación, divisaron la frontera, el puerto marleyano donde los eldianos solían ser convertidos en titanes.

No le cabía en la cabeza cómo podían cometer semejantes atrocidades, transformar humanos en titanes con la promesa de un paraíso hacia las murallas. Rodearon el puerto tras pocos minutos y avanzaron por una subida cubierta de arena, aligerando el paso para no caer.

Ahora que se encontraba allí, a punto de alcanzar la frontera que los encarcelaba, muchos recuerdos invadieron su mente, una sensación que nubló sus pensamientos de un parpadear:

Mamá, ¿qué hay más allá de las murallas?

Mireya se sorprendió ante la pregunta y la observó con horror, como si aquella duda se tratase del mayor pecado en la humanidad. Recobró la compostura antes de contestar.

Tú misma presenciaste cómo regresa la Legión de Reconocimiento de las expediciones, herida y sin la mayoría de sus soldados. –respondió, siendo del todo sincera–. Titanes aguardan fuera de los muros para aniquilarnos, si cruzas esas murallas no encontrarás más que la muerte y devastación. Morirías tras prevalecer en una esperanza absurda, la única forma de sobrevivir a esos gigantes es permanecer en la seguridad de las murallas.

¿Y si esas murallas llegaran a caer?

No digas ese tipo de cosas, hemos vivido pacíficamente durante setenta y cinco años. Esos muros no van a caer nunca, son tan resistentes como el acero.

Nada garantiza que no haya vida detrás de esos muros. –prosiguió la pequeña–. ¿Y si una pequeña civilización logró sobrevivir y se encuentra allá fuera? Tal vez no solo haya titanes.

Una bofetada la sorprendió, haciéndole callar ante la sensación ardiente en su mejilla. Benedict Schneider, su odiado padre, fue quién le propició ese golpe en su pálida piel.

No vuelvas a decir cosas estúpidas, niña. –escupió–. Ahora vuelve a tus clases de piano, es tu deber actuar como una inocente muchachita ante la corte. Esta jodida casa es mía y se hará lo que ordene, me importa una mierda que solo tengas quince años.

La joven levantó la mirada para conectarla con la ajena, sus grisáceos ojos brillaban con intensidad y su mandíbula lucía tensa, sin duda estaba rechinando los dientes. Ese día, volvió a cerrar la boca y se marchó a continuar con su inútil educación, con esos tutores que le enseñaban cómo demonios comportarse como una dama de la nobleza.

Aunque su boca no dijese más nada, sus pensamientos no podían callarse: un día de esos, se uniría al ejército y se marcharía de esa mansión lúgubre. Esa misma noche, encerrada entre las cuatro paredes de su habitación, se prometió a sí misma viajar más allá de los altos muros para hallar esa asfixiante verdad y aliviar su curiosidad.

Volvió a la realidad cuando alcanzó la cima y una luz se encargó de cegarla, flaqueó al comandante sin caer en cuenta de ello. Erwin la observó por encima del hombro, curioso de la mirada perdida que se traía su esposa encima, frunció el ceño antes de volver la cabeza.

– ¿Todo está bien?

Sin embargo, ella ignoró su pregunta.

– ¿Qué hay más allá de las murallas, Erwin?

– No necesitas que te lo diga, obsérvalo por ti misma.

Y ella levantó la mirada hacia el horizonte.

– Esto es lo que hay fuera de las murallas.

El océano era tan azul como el cielo y tan extenso como el mismo, por donde Theresa mirara, no podía hallar el final de aquella extensión de agua. Se mantuvo en completo silencio, ¿cuánto tiempo había estado preguntándose qué había más allá de los muros? Durante su infancia, muchos la llamaron loca por querer indagar en esos temas, incluso había sido maltratada por su propia padre al tener esa curiosidad desbordante.

Ese basto océano azul representaba la libertad y salvación de la humanidad, o eso era lo que creía.

Bajaron la colina sin prisas, todavía impactados por lo que sus ojos presenciaban. Theresa tenía calor y podía sentir gotas de sudor resbalar por su frente, además de un intenso aroma a sal presente en el ambiente. La brisa impactó su rostro cuando bajó del caballo, sintiendo sus pies hundirse en la arena. Respiró profundo, inhalando aquella esencia tan natural y desconocida.

Armin fue el primero en quitarse las botas y correr al agua, sumergiendo los pies en esta. Minutos después todos se encontraban en el mar, salpicando esa agua salada por todos lados; Hange gritaba con emoción teorías sobre cómo las crestas de agua chocaban entre sí y las corrientes podían hacer caer a Connie sin mucho esfuerzo, la científica estaba en su habitad natural.

Tsk, el mocoso tenía razón. Sí existía el maldito océano.

– Qué bonita vista.

– ¡Tessie! –gritó su subordinada desde las aguas, riendo junto a los cadetes–. ¡Ven aquí, es increíble!

Sonrió y les saludó con la mano, pero no avanzó hacia ellos. No tenía ánimos de ir, tan solo quería quedarse a la sombra de las rocas y procesar todo lo que estaba ocurriendo. Al final de ese precioso océano se encontraban sus verdaderos enemigos, la misma humanidad que quería destruirlos a cualquier costo, todo por ser descendientes de demonios.

Observó a Layla correr hacia Hange, salpicándola de agua entre risas.

– ¡El mar existe, Hange! –exclamó a la científica, completamente divertida–. ¡Oh, es increíble!

Jamás podría olvidar el rostro de felicidad de su amiga, careciente de dolor y tragedia, era felicidad lo único que se reflejaba en sus facciones delicadas. Comprendió que todos esos sacrificios habían valido la pena, era gracias a los soldados fallecidos que se encontraban ante aquella playa.

Le hubiera encantado que su escuadrón estuviese allí con ella, observando el océano e inhalando ese aire puro, visualizando el resultado de tantas muertes. Una lágrima corrió por su mejilla y cerró los ojos para rememorar todos esos momentos, no había llorado a su batallón desde que perecieron.

– Tessa, no llores. Todo ha valido la pena.

Erwin la envolvió entre sus brazos y le permitió recostar la cabeza de su pecho, era una de las pocas en las que logró verla debilitada, afectada por todo lo que había sucedido hasta llegar a ese instante. Se mantuvieron en esa posición un largo rato, ignorando los chapoteos y gritos que los rodeaban; tan solo querían sentir el calor del otro para mantener la calma.

Por otro lado, Hange cogió una caracola entre sus manos y no dudó en chillar preguntándose qué era ese extraño objeto. Si alguien estaba disfrutando al máximo esa expedición, era ella.

– Te lo dije, Eren. Una extensión de agua salada que, aunque un hombre recolecte sal toda su vida, le quedaría… ¡y es todo real! –los ojos de Armin se llenaron de un brillo esperanzador–. Y más allá del mar… –se vio interrumpido por su amigo.

– Nuestra libertad… eso pensábamos mucho antes, pero más allá del mar solo hay enemigos.

– ¡Qué forma de cagar el momento! –vociferó Layla, con los brazos en jarra–. ¡Cállate y disfruta de esta vista tan maravillosa, es por eso que estamos aquí! –le sacó la lengua.

– ¡El agua está congelada! –gritó Sasha–. ¡No me salpiques el uniforme, Jean!

En medio de todos esos gritos y risas, Smith se acercó a su subordinado más leal. Levi Ackerman le observó de reojo, de pie junto a los caballos. El rubio recién había notado que el hombre no se había movido ni un poco de su posición, sonrió con burla ante la actitud que mantenía con los cadetes.

– ¿Qué? –bufó con molestia.

– Gracias. –respondió con simpleza, encogiéndose de hombros. Levi lo miró como si hubiese perdido la razón debido al calor–. Por todo lo que has hecho, te lo agradezco enormemente.

Tsk, eres el comandante de la legión, deberías agradecer a todos. Y no olvidar las vidas que se sacrificaron para que hoy viniéramos aquí ilesos, no tengo nada qué ver en esto.

– Aun así, prometiste que cuidarías de mi familia. –contestó, tan apacible como siempre–. Levi, con todo esto comprendí que se sacrifican vidas todos los días. Incluso dentro de las murallas, gente muere por falsas esperanzas y sueños. Es algo que no podemos evitar. –miró a Theresa, ella parecía ajena a la conversación que mantenían debido a la lejanía–. Fue ella quién me mantuvo con vida.

– Cualquiera que te escuchara diría que no estás contento, Erwin. Estás aquí porque es tu deber mantener viva la esperanza de la humanidad, estoy aquí porque juré seguirte y nada más. –rodó los ojos–. Deja de decir gilipolleces y anda por ahí, déjame en paz.

El comandante le sonrió y no tardó en marcharse, divertido por la situación.

– ¡Hange!

Aquella voz sobresaltó a la mujer, quién se encontraba junto a los caballos colocándose las botas del uniforme, levantó la cabeza para observar cómo la recluta corría en su dirección. Layla acarició el lomo del caballo y no tardó en sonreírle, contenta.

– Hola, ¿qué tal va todo?

– Hola, Lowell. ¿Qué puedo decirte? –le devolvió la sonrisa–. Encontré muchas cosas interesantes en la orilla, en cuánto llegue al laboratorio me encerraré para analizar cada una de ellas. Sin duda alguna, esta expedición es la mejor de todas…

– Zoe. –impidió que continuase hablando–. Hay una razón por la cual te he estado evitando en el cuartel, pero no puedo decírtelo. –se lo pensó un momento–. En realidad me da mucha vergüenza hablar contigo, eres maravillosa y temo cagarla en las conversaciones. –se sonrojó.

Hange palideció ante sus palabras y frunció el ceño, completamente confundida: ¿fue ese discurso una declaración de amor o algo por el estilo? Sus propias mejillas se tiñeron de rojo ante el ilógico pensamiento, era imposible que Layla se sintiese atraída por un bicho raro como ella.

– Bueno, estabas bastante ocupada cuando llegué, así que te dejo seguir con lo que hacías.

– Eh, Lowell. ¿Podrías quedarte un momento?

– Sí. –se detuvo–. Por ti, me quedo hasta en medio de la nada. –sonrió ligeramente.

– Siéntate a mi lado.

Layla asintió con la cabeza antes de sentarse a su lado, divertida.

– Hange Zoe… tienes un hermoso nombre, ¿lo sabías?

– Puedes llamarme Zoe, si quieres. –la mujer le observó y luego sonrió, tranquila–. Nunca me ha gustado mi nombre, pero de tus labios no suena nada mal. –sonrió.

– Puedes llamarme Vivi o Layla, como prefieras.

Hange miró el horizonte, el sol estaba comenzando a ponerse y un atardecer pintaba el cielo con colores radiantes, ni siquiera había caído en cuenta de cuántas horas transcurrieron desde su llegada al océano. Sonrió ligeramente, captando la alegría que desbordaban los cadetes sobrevivientes.

– Layla, ¿qué hay más allá del océano?

Su acompañante volvió la cabeza a ver el mar, era tan extenso que no sabía cuándo terminaba y mucho menos qué había más allá. Dejó caer los párpados y respiró el aire puro, disfrutando del inefable momento que se alzaba ante sus narices.

– No tengo ni puta idea, pero sí sé algo más que eso. –se sinceró y tomó delicadamente la mano de Hange, sin temor alguno de ser rechazada–. No tengo la respuesta a todo, ni soy atlética ni buena en el ámbito científico. Al contrario de ti, que eres tan jodidamente perfecta y valiente; eres fuerte, ves el mundo completamente diferente… lo que sea que esté más allá del océano no importa, tú no estás allá. Estás aquí conmigo, Zoe. No tienes idea de cuán feliz me siento justo ahora, en nuestro ahora.

– Vivi, ¿qué significa eso? –sus mejillas se tiñeron de un leve tono rojizo y se humedeció los labios, decir que estaba impresionada era poco–. Hablas como si…

– Cierra la boca, todavía no he terminado. –la interrumpió, pero no la manera que la castaña hubiese esperado. Acortó la distancia entre ambas y unió sus belfos en un ósculo dulce, causando efectos desconocidos en la científica. Se separó solo un poco, juntando sus frentes–. ¿Quieres saber qué significa todo eso? No lo sé, pero quiero que estés conmigo por el resto de mi vida. Te seguiré a dónde sea, Hange.

Maldita sea, deja de mirarme de esa manera tan erótica. No tienes ni la menor idea de lo que podría hacerte en este momento, besar tus labios hasta hincharlos por completo y dejar marcas en tu cuello para que comprendas que me perteneces. Te necesito justo así, a mi lado en todo momento.

Hange volvió a unir sus labios de manera desenfrenada, pasando su mano por su cuello para atraerla mucho más a su cuerpo, sin importarle el calor que comenzaba a experimentar su cuerpo. Fue por falta de aire que se distanciaron, con un hilito de saliva uniendo sus bocas.

– Cielo santo, acabo de besarte. –las mejillas de la recluta enrojecieron–. Tú has correspondido al beso, es decir que te gustó. –abrazó su delgado cuerpo con fuerza–. Estoy demasiado contenta, ¿pero cómo es que compartes los mismos sentimientos que yo? Siempre creí que eras heterosexual.

– Me gustan las personas y no los géneros, pequeña.

Layla volvió a besarla, con cariño.

.

Erwin y Theresa se tomaron de las manos, observando el atardecer detrás del océano. Se mantenían en silencio, tan solo disfrutando de la presencia del otro, porque, para ese instante, era lo que más necesitaban. Ella inspiró profundo, inundando sus pulmones de ese aroma salado que comenzaba a embriagarla. Él, que lucía indiferente ante los hechos, soltó un pequeño suspiro.

– ¿Qué dirían esos soldados de mí?

De nuevo esa duda en sus ojos, esa intranquilidad que no lo dejaba en paz. Schneider estaba harta de tener que responder a eso todos los días, aun cuando le hacía saber por medio de besos que ya no importaba, él continuaba hundiéndose en ese abismo.

– Te han perdonado, Erwin.

– Solo quiero saber si estuvo bien continuar viviendo.

Por primera vez en su larga relación, Theresa le propició una bofetada. El sonido seco fue arrastrado por el viento y Erwin volvió la cabeza, su rostro denotaba seriedad y rechazo a la acción previa. Pero a ella no le interesó en lo absoluto, sus ojos tormentosos continuaban clavados en los de él.

– No es momento para lamentarse, Erwin Smith. –dictó–. Estás aquí porque tomé una decisión, no permitiría que me abandonaras en este infierno y te marcharas sin más. Aunque no lo creas, la jodida humanidad todavía requiere de ti. –se humedeció los labios–. Tomé la decisión egoísta de traerte de vuelta porque Victoire y Libertá merecen crecer con su padre, pero también necesito de ti para poder prevalecer en esta guerra.

Los ojos de ella se humedecieron, estaba destruyéndose justo ante él.

– ¿En serio dudas en dejarnos, Erwin? –una nueva lágrima recorrió su rostro–. ¿Piensas dejarme a mí en este abismo sin compañía? –él se quedó en silencio–. ¡Contéstame, maldita sea!

Erwin se acercó lo justo a su rostro, a tal punto que sus labios se rozaron. No presionó, ni hizo ningún movimiento que pudiese unirlos en un beso, solo se quedó inmóvil durante unos segundos.

Despierta, Tessa.