13

—¿Esto es el mostrador de préstamos?

—Sí —respondió Bella y alzó la vista de la pila de solicitudes.

Era un día de mucho trabajo, los viernes siempre lo eran. Era el último día de la semana de horario normal en la biblioteca y, además, Bella suponía que la mayoría de la gente no deseaba trabajar durante el fin de semana.

La joven que tenía delante llevaba la cabeza rapada, piercings por toda la oreja izquierda y un brazo cubierto de tatuajes. También le vio una bolsa de mensajera cruzada sobre el pecho y una funda para ropa en el brazo.

—Tengo un paquete para... —sacó un papel arrugado del bolsillo, llevaba guantes de piel sin dedos—... Bella Swan.

—Soy yo —confirmó ella.

Para entonces, Jacob ya se había fijado en la mensajera y merodeaba cerca, claramente intentando entrar en la conversación.

La chica le entregó la funda para ropa. Bella sintió que se ponía colorada. Era la ropa que se había quitado la noche anterior.

—Oh, gracias... —masculló y metió rápidamente la funda detrás del escritorio.

—Un segundo, hay más —le advirtió la chica, haciendo un globo con el chicle. Rebuscó en la bolsa y le entregó un sobre dorado cerrado—. Firma aquí —le indicó, tendiéndole una tablilla portapapeles y un bolígrafo.

Bella firmó.

La mensajera se guardó la tablilla en la bolsa y se marchó.

—Estaba muy bien —protestó Jacob—. ¿Por qué no la has entretenido un poco?

—¿Entretenerla para qué?

—Estaba preparándome para entrarle —respondió él. Bella puso los ojos en blanco.

—La próxima vez, sé más rápido.

—¿Qué es eso? —inquirió.

Una anciana se acercó al mostrador y le entregó a Bella un montón de solicitudes. Ella se las pasó a Jacob, deshaciéndose de él con eficacia.

Esperó a que la mujer regresara a su mesa y a que Jacob desapareciera en busca de los libros antes de abrir la cremallera de la funda. En efecto, dentro vio la ropa que había dejado en el Four Seasons. Justo cuando la noche pasada empezaba a parecerle algo que había imaginado, la falda, la blusa y la chaqueta que se había quitado como si se tratara de una vieja piel reaparecían como el zapato de cristal de Cenicienta, para demostrar que todo había sucedido de verdad.

Lo metió todo debajo de la mesa y abrió el sobre dorado. Dentro había una tarjeta negra con letras doradas.

La esperamos en la recepción inaugural de la exposición, Beginnings, con fotografías de Luc Carle, Joanna Lunde y Edward Cullen.

Galería Manning-Deere, C/ Greene 42, a las 18.00 horas.

La invitación era para aquella misma noche. Lo único que pudo pensar fue que Edward deseaba volver a verla.

La idea de ir la ponía nerviosa, pero sabía que si no se obligaba a salir de su zona de confort, se pasaría el resto de su vida escondiéndose en su diminuta habitación mientras todos los demás tenían una vida.

—Bella, ¿por qué no respondes al teléfono? Llevo cinco minutos llamándote.

Levantó la vista y se encontró con Rosalie inclinándose hacia ella sobre el mostrador.

—Lo siento. No lo he oído.

—¿Qué es eso? —preguntó su jefa, mirando la invitación que tenía en la mano.

—Es... no sé. La he encontrado sobre mi mesa.

Rosalie se la cogió de las manos y esbozó una leve sonrisa.

—Debe de haberse extraviado —comentó; se la puso debajo del brazo y miró a Bella como si la viera por primera vez.

Bella entró en el apartamento con una pila de libros que aún tenía que leer para el premio de ficción. Cerró la puerta con el pie y se sorprendió al oír unos extraños sonidos que procedían del dormitorio de Alice.

«Genial —pensó—. Lo último que necesito es oír a Alice practicando sexo durante toda la noche.» Pero cuando entró en la cocina se dio cuenta de que, por una vez, lo que oía no eran gemidos y gruñidos de pasión, Alice estaba llorando. Dejó las bolsas en su dormitorio y atravesó el salón como un rayo para dirigirse a la puerta de la habitación de su compañera. Llamó tímidamente.

—¿Alice? ¿Estás bien?

No hubo respuesta, aparte de los crecientes sollozos.

—Alice, ¿puedo entrar?

Esperó unos segundos, luego oyó movimiento. La chica le abrió la puerta. Tenía el rostro hinchado, colorado y surcado de lágrimas.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —le preguntó Bella.

—Jasper ha roto conmigo —le explicó Alice y eso provocó una nueva oleada de sollozos.

—¿Quién es Jasper? —inquirió ella.

Parecía una pregunta inocua pero, de algún modo, hizo que la joven llorara con más intensidad.

—Mi novio —respondió.

—¿Y James?

—¿James? James era sólo, ya sabes, un sustituto hasta que Jasper estuviera preparado para comprometerse. De verdad no pensarías que iba en serio con James, ¿verdad?

«Desde luego sonaba que ibas en serio todas las veces que me habéis despertado en medio de la noche», pensó ella.

—Te lo juro, Bella, el dolor es casi físico. Me siento como si me fuera a morir—se lamentó con dramatismo—. Estoy enamorada de él. Enamorada. ¿Has estado enamorada alguna vez?

Ella negó con la cabeza.

—Bueno, pues tienes suerte. No le desearía este infierno ni a mi peor enemigo.

Y entonces, para su total asombro, Alice se le lanzó a los brazos y su delgado cuerpo se sacudió entre sollozos.

—Todo se arreglará —la consoló Bella, mientras le daba unas palmaditas en la cabeza.

Y entonces recordó la invitación para la exposición de fotografía. Se sintió egoísta al pensar en eso cuando su compañera estaba tan disgustada, pero no lo pudo evitar. No sabía qué pensar de la invitación y de la insistencia de Rosalie en que se habría extraviado. Se había pasado todo el día esperando impaciente poder hablarlo con Alice, pero tendría que olvidarlo por el momento. Su drama imaginario era menos importante que el corazón roto tan real de la chica.

Y entonces, Alice le dijo:

—No estropees lo de Edward. Bella la miró sorprendida.

—¿Por qué dices eso? —preguntó.

—Porque yo la he cagado y estoy intentando impedir que te sientas como me siento ahora. ¿Te ha llamado?

—No.

—Hum. Eso de nada de sexo no es atractivo, Bella. Probablemente deberías ponerte a ello.

Ella ignoró el comentario y le dijo:

—Me ha invitado a una de sus exposiciones de fotografía. Alice se irguió.

—¿Cuándo?

—Esta noche. Pero no estoy del todo segura de que quisiera invitarme a mí. Le contó el comentario de Rosalie y Alice puso los ojos en blanco.

—Ésa es una bruja. ¿A quién le importa que la invitación se entregara en el lugar equivocado? Ahora juegas en primera división, Bella. Lánzate. ¿Cómo es la expresión? Es mejor pedir perdón que pedir permiso.

Bella no estaba convencida. Aunque hubiera querido invitarla a ella, era consciente de que se arriesgaba a hacer el ridículo. Se estaba ilusionando como una colegiala con un hombre al que no le llegaba ni a la suela del zapato. Quizá la encontrara divertida, puede que tuviese un hueco en su calendario social y se entretuviera convirtiendo a la última chica que acababa de llegar del pueblo en su proyecto de mascota. Ése era el único modo de explicar las locuras que le había dicho sobre verla ataviada únicamente con unos zapatos de tacón o su deseo de fotografiarla. El motivo de que nada de aquello tuviese sentido era que no era real. Lo mejor sería olvidarlo todo y olvidarlo a él.

—No lo sé. No voy a ir —decidió Bella.

—Ya lo creo que vas a ir. No hay razón para que las dos nos quedemos aquí sentadas, hundidas en la miseria. —Se sonó la nariz—. Por otro lado, ayudarte a vestirte me dará algo útil que hacer.

—No necesito ayuda para vestirme.

—Bella, ahora sí que has sonado como una loca. Anda, abre mi armario.

Bella lo vio en cuanto entró en la galería de paredes blancas y tan bien iluminada de la calle Greene.

Edward estaba rodeado de gente en el centro de la sala. Iba vestido con su descuidada elegancia. Llevaba el cuello de la camisa abierto, mantenía los amplios hombros rectos y su resplandeciente y oscura cabeza superaba en unos cuantos centímetros a todas las demás de su alrededor. Alzó la vista y sus ojos oscuros se clavaron en los de ella. Bella sintió una sacudida y apenas pudo mantener la compostura. No quería interrumpirlo y decidió dar una vuelta para ver las fotografías. Pero Edward ya estaba alejándose del grupo y acercándose. Cuando la miró, también lo hicieron la mayor parte de los presentes en la sala.

—Me alegro de que hayas podido venir —le dijo Edward sonriente.

Así que la invitación sí era para ella, después de todo. El descubrimiento hizo que se sintiera un poco mareada. Sabía que debería decir algo despreocupado, como: «No quería perdérmelo», o indiferente como: «Estaba por el barrio». Pero lo único que pudo hacer fue esbozar una tímida sonrisa y él pareció contentarse con eso.

Entonces, Bella se dio cuenta de qué era lo único que debía decir, algo que pensaba sinceramente.

—Felicidades. No entiendo mucho de fotografía, pero estoy segura de que esto es algo grande.

Edward se rió, aunque no burlándose.

—Diría que es algo más bien pequeño o mediano. Pero se podría considerar como que me estoy abriendo camino hacia el estrellato.

Entonces, una familiar rubia se deslizó entre la multitud como el mercurio y apareció de repente a su lado. Rosalie llevaba recogida la melena rubia platino en una coleta baja, una falda de tubo negra y un top sin mangas, lo que le permitía lucir sus brazos bien tonificados y bronceados.

—Qué sorpresa verte aquí, Bella —exclamó. Su tono fue cordial, pero cualquiera que viera la mirada que le lanzó habría comprendido que la joven se estremeciera. Por suerte, Rosalie desvió en seguida la atención hacia Edward—. Así que al fin has conseguido la exposición que deseabas.

La afirmación indicaba una familiaridad entre ellos que sorprendió a Bella. Su jefa alzó su copa de champán en un discreto brindis.

—No es exactamente lo que quería, pero es un paso más en la dirección correcta

—contestó Edward. Su tono fue más educado que amistoso—. ¿Nos disculpas un momento?

Y eso fue más una orden que una petición. Aunque si Rosalie se sintió desairada, lo disimuló.

—Por supuesto, estás trabajando. Ve... a relacionarte. Yo estudiaré a la competencia —le dijo con un guiño.

Edward guió a Bella a través de la gente que los rodeaba por todas partes. Ella se resistió al impulso de volverse hacia Rosalie, consciente de que, de algún modo, le haría pagar el desaire de Edward.

Se sentía fuera de lugar y deseó que Alice hubiera accedido a acompañarla.

Lo siguió hasta el fondo de la sala y se fijó en que en una de las paredes estaba escrito su nombre con grandes letras negras.

—¿Es éste tu trabajo? —preguntó, deteniéndose.

—Sí —respondió él.

—Quiero verlo —dijo, mientras se acercaba a las fotografías. Edward parecía impaciente y eso la sorprendió—: ¿No es para esto para lo que me has invitado? ¿Para qué vea tus fotografías?

—Te he invitado porque quería verte.

No supo qué responder a eso, así que se volvió hacia la pared. Todas las fotos eran en blanco y negro y se dio cuenta de que todas eran de la misma mujer, un rostro tan famoso que incluso Bella la reconoció: la modelo holandesa Tanya Denali.

—Son increíbles —afirmó—. ¿Para qué revista las hiciste?

—Son fotos personales mías —contestó él—. Nunca se publicaron.

Bella sintió un desagradable fogonazo de celos... e inseguridad. ¿Había salido con Tanya Denali? Y si era así, ¿cómo podía estar interesado ahora en ella?

—Son realmente… hermosas. ¿Son tus favoritas? —inquirió. Edward soltó una risita.

—No, ¿por qué?

—Bueno, las has escogido para la exposición.

—Yo no las he escogido, es lo que la galería me pidió. Las hice cuando estaba empezando. En parte por eso las he expuesto aquí. Esta exposición es sobre los inicios de la carrera de los tres fotógrafos. ¿Conoces el trabajo de Luc Carle? Si es así, te sorprenderá la temática de sus primeras fotos.

Bella no sabía nada de Luc Carle. En lo referente a fotografía, era una completa ignorante. La única razón por la que había reconocido a Tanya Denali era porque su cara estuvo omnipresente durante la juventud de Bella.

—¡Edward, bravo! —exclamó una mujer de pelo blanco y corto, con unas grandes gafas de montura redonda negra—. Qué serie tan magnífica. ¿Sabes?, hace mucho tiempo que oía hablar de tus fotografías de Tanya, pero creía que era sólo un mito... como el de Big Foot. —La mujer rió.

—Gracias por venir —le dijo él, pero no se molestó en ocultar que estaba distraído.

Con la mano apoyada en su espalda, guió a Bella hasta un discreto rincón bajo una escalera.

Ella se dio cuenta de que Rosalie los miraba, aunque fingía no hacerlo.

—¿Por qué no llevas los zapatos que te regalé? —preguntó Edward. Ella lo miró sorprendida.

—¿Estás en tu exposición de fotografía y te preocupas por qué zapatos llevo?

—Es evidente que soy una persona visual, Bella. Te dije que ese tipo de cosas eran importantes para mí. ¿Al menos llevas la lencería?

—Oh, sí —mintió.

Él la miró fijamente y ella se rió nerviosa.

—Sígueme.

Empezó a subir la estrecha escalera negra y Bella fue tras él. El segundo piso estaba más oscuro y con las paredes desnudas. Había mesas y sillas amontonadas a un lado de la estancia y unas grandes cajas de cartón plegadas apoyadas en una pared.

Estaban totalmente solos.

—Creo que no deberíamos estar aquí arriba —susurró Bella.

—Yo estoy seguro de que no —repuso con una devastadora sonrisa—. Ahora enséñame tu ropa interior.

—¡No voy a hacer eso!

—Sabía que mentías. —A ella le ardía la cara.

—Vale, te he mentido. Pero aunque no lo hubiera hecho, no te enseñaría la ropa interior. Por favor, debes de estar bromeando.

—No podría hablar más en serio —afirmó Edward.

Y su modo de mirarla hizo que el corazón se le parara un segundo.

Se acercó más a ella, hasta que apenas un par de centímetros separaron su cuerpo del suyo. Al principio, la puso nerviosa que pudiera tocarla. Luego, cuando no lo hizo, se sintió decepcionada. Pasó un minuto y Bella miró al suelo. Notó los ojos de Edward sobre ella y se sintió cohibida.

—La próxima vez, haz lo que te diga —susurró.

Y, a continuación, pasó a su lado y bajó la escalera.