Pt 2: Pérdida.
Cuando Naraku partió del mundo de los vivos, Miroku creyó que volvería a ser feliz. La lucha había acabado, no tenía más la maldición y en medio de tantos viajes había encontrado una mujer que lo hacía feliz, lo llenaba como nunca antes y la amaba como nunca creyó que podría llegar a hacerlo.Así que se sentó, el ¿Ahora qué? resplandeciendo altivo en su mente, pensó que aunque no era el más bueno en la liga, tampoco era un bastardo. Era un monje simple, un ser humano.
Casi podía verse a sí mismo, vestido con una yucata desprovista de lo innecesario en una hogareña cabaña rodeado de sus propios niños y olvidándose de todo, después de todo, aún era un ente sagrado, podía proveer a su familia con facilidad ahora que todo estaba seguro. Incluso viajar un poco más si a Sango le apetecía.
Pero la realidad no fue así nunca, luego de que Naraku muriera y la Señorita Kagome se quedará en esta época, la simpleza se había transformado en un nuevo cúmulo de dilemas pequeños y consecuentes, no del todo importantes, pero problemas a solventar. Así era la vida mortal, no te mereces nada ni aunque lo tengas y cuando lo tienes lo desprecias por tus otros problemas.
La aldea había necesitado ayuda honesta, la vieja Kaede estaba dando tanto como podía pero la insistencia fue tanta que llegó un momento en que la edad no le ayudaba y finalmente enfermó y poco después se aisló. Decidió tomar sus cosas y abandonar el lugar, irse sin importar.
La anciana hablaba de males, de dolores y premoniciones que habían atormentado uno de sus sueños y decía que ya no era su tarea dar, así que buscó su propia paz. La ausencia de una sacerdotisa casi fue un golpe potencial para todos, todos éramos dependientes, Kagome no estaba lista y a pesar de que era una chica increíblemente inteligente y el fervor de la batalla había pulido algunas de sus habilidades, los enemigos asomaban en cada esquina y era bastante presión.
Miroku por su parte, intentó ayudar, tomó su báculo con todas sus fuerzas entre sus manos y trató de luchar, repeler el mal y exorcizar, pero el poder que alguna vez había estado ahí había desaparecido al igual que al agujero maldito en su mano. Así que había alzado el rostro al cielo en una ardua temporada de asedios y preguntado que había hecho mal, rogado a Kami que le escuchara y que quitara de él el don de ver si no podía ayudar.
Pero sus plegarias pronto fueron ignoradas, siguió viendo, del otro mundo le llegaban susurros y palpaba presencias pero no podía intervenir, era como un observador reticente dedicado a contar los hechos después de una vida de júbilo y desastrosa voluntad.
Se sintió timado, rechazado por los cielos, por todo lo que creía hasta que finalmente luego de un tiempo lo aceptó, la vena de su agudeza intelectual podía más que sus ganas de condenar y entendió que tal vez era el destino. Despistarse un poco de todo le ayudó, Sango le ayudó.
Ella le había dicho y enseñado que no era necesario tener poderes y ser un ser del todo espiritual para combatir el mal una vez que había deseado volver a alzar su báculo iluminado. Incluso deseó volver a tener la maldición otra vez, por Kami. Pues en momentos de debilidad, principalmente en las noches en que daba cabida a sus pensamientos, Miroku se sentía inútil, incapaz de proteger a los suyos: inservible.
Por lo que en su primer intentó de ayudar y proporcionar su propia influencia en el mundo, se apoyó en Kagome, quién al contrario de él tenía más chispa espiritual que nunca, su energía tras la muerte de Kikyô era el doble de poderosa y su talento indudablemente el de una sacerdotisa extraordinaria. Ya no tenía ningún sello, y el alma de la vieja guardiana había regresado a dónde debía, incluyendo la parte que había sido tomada de la joven Kagome.
Fue así como él le había enseñado en ausencia de Kaede, se había dedicado minucioso a enseñarle tanto como podía, incluso más que cuando sus vidas peligraban en medio de los viajes. Él le había mostrado la técnica de sus antepasados y ella había escuchado, pronto era oficialmente la sacerdotisa del Pueblo y había llenado la ausencia de Kaede con eficacia y practicidad. Incluso Miroku en medio de sus meditaciones se había propuesto, desde una perspectiva levemente pragmática, si esa no era la razón de la rápida y misteriosa empresa de Kaede en busca de propia su paz.
Sí acaso Kaede sospechaba que si le enseñaba a Kagome él en su ausencia partiendo desde su propio cultivo en la niña, los sobrepasaría a ambos y velaría en parte su propia habilidad y poder, dejando atrás su deber con las personas y consigo misma. Pero, por supuesto, eso era tan solo una teoría y a techo cerrado la única que tal vez tenía idea de sus pequeñas conspiraciones era su perspicaz compañera, que había notado el hilo de los acontecimientos desde un comienzo.
Sango había puesto un ojo vigilante y en alerta permanente todo el tiempo, notando como muchos se habían acercado demasiado pronto e incluso apresuradamente a Kagome y a él: enfermos, dolientes de otros lugares, maldecidos, atormentados. Todos y cada uno venían a la joven sacerdotisa que vivía en la aldea cerca del bosque del malvado Inuyâsha, tanto de este mismo asentamiento como de otros lugares y ella les había ofrecido todo lo que podía de si misma, su trabajo y poder. Incluso llevaba consigo el aprecio, favor y consideración de varios terratenientes poderosos, pero su hombre a ciencia cierta aún era velado por sus compañías y la propia humildad de la joven.
Permaneciendo así hasta que los susurros de dicha sacerdotisa sin nombre, habían llegado hasta el rígido Círculo Sagrado y ellos la habían visto junto a Inuyâsha liberado. Haciendo de cuenta como que nunca los hubieran visto marchando en sus innumerables viajes juntos y sus hazañas en contra del mal tan solo eran polvo e historia.
Consecuentemente, a él lo había amenazado, criticado y despojado de su báculo, a Kagome la habían tildado de corrupta con tanta ferocidad que incluso su carácter había sido tentado, a Sango la habían tratado como una muchacha confundida por las propias conquistas de el mismo sobre su persona y habían tratado de acabar con Shippô e Inuyâsha.
Lo habían intentado hasta que Kagome había enfurecido y les había hecho frente, tanto que incluso había logrado lo imposible, su fuego espiritual había logrado quemar a un sagrado, a un humano.
Los monjes habían corrido despavoridos, temientes y humillados con el único triunfo de haberlo despojado de su báculo. Miroku sabía ciertamente que todo no había quedado allí, era franco al advertir que ellos volverían y su inutilidad pesó más que nunca.
Tal vez si aún tuviera sus poderes habría podido viajar en nombre de la misma Kagome y hacer que sus aparentemente enemigos entrarán en razón y salieran de sus propios prejuicios. Lamentablemente cada mensaje que había enviado había sido devuelto, el templo de su abuelo había sido cerrado y la única vez en que dichos personajes importantes del Círculo sagrado al que había escrito habían respondido era para hacerle saber que debía guardar distancia y respeto, que no se dirigiera a tales ilustres figuras nunca más, aún mas sin gozar del privilegio de ser monje.
Ayudó en la aldea, en otros pueblos, trabajó tanto como pudo y ganó su propio sustento, pensó, reflexionó y meditó pero no podía engañarse, él no era capaz de protegerlos, él ya no era un monje.
Amaba a Sango, la amaba como a nadie y probablemente nunca volvería a hacerlo si se permitía perderla. Así que en ello se centró.
¿Cómo no amarla si ella era tan buena y hermosa? Se preguntaba continuamente. Cuando ella era tan suya, tan excepcional, Aún en sus defectos, era inverosímilmente excepcional. Así que lo envolvía el temor nuevamente ¿Cómo el era suficiente? No podía ofrecerle nada a sus hijos, ni podía protegerlos y temía siempre, temía todo el tiempo que un día ella se levantara y se diera cuenta de la ausencia en él en madrugada, de sus carencias, que se levantara y ya no lo amara. Incluso, temía que Kagome desdeñara su intelecto y se diera cuenta de que sus habilidades ya no existían, que cada quien —cada uno de sus compuestos compañeros— lo apartara como polvo de su vida. Por lo que se esforzaba, se medía como ningún otro.
Aún cuando a veces, cuándo le dedicaba un momento al pequeño cofre oscuro en su interno, se diera cuenta de todas sus desgracias y miedos, aquellas que incluso paralizan su construido y meditabundo mundo interno.
Miroku cada día que pasaba se mostraba aterrorizado ante cualquier señal, creía que vendría el mal del que tanto le había hablado Kaede por lo que se mostraba imperturbable y componía todo tanto en su cabeza como para todos de raíz.
Lastimosamente, todos también tenían un mundo interno que no estaba sujeto a él, todos tenían un libre albeldrio y voluntad y sus hilos escapaban de todo con facilidad, así que tal y como lo predijo aquel mal, aquellas desatinadas elecciones, estaban llegando, lo había notado con nula resignación desde el principio.
Las piezas en la pequeña rueda llamada destino se estaban moviendo y Sesshômaru era una ficha triunfal e Inuyâsha y Kagome también lo eran: ¿Qué serían él y Sango? ¿Qué caminos hallarían, Shippô y Rin al final?
