Capítulo 10
Lo primero que vio Sakura a la mañana siguiente al bajar fue el tapiz hecho trizas. El bolso tampoco estaba intacto: el culpable estaba muy atareado masticando una de las tiras de arpillera y ya se había comido la otra.
Aoda sabía que había hecho una travesura. Cuando Sakura gritó su nombre y avanzó hacia él, trató de esconderse bajo una de las sillas, que cayó al suelo con estrépito. Aoda comenzó a aullar y Hana vino corriendo desde la despensa.
El perro parecía un demonio suelto, y sus aullidos eran tan fuertes que sacudían las maderas. Hana se aterró y, aunque el animal no le prestaba la menor atención, se inclinó con suma cautela a levantar el tapiz.
Shisui y Itachi oyeron el barullo y entraron corriendo. Se detuvieron en seco en el primer escalón y Sasuke, que estaba detrás de ellos, los apartó del paso y bajó los escalones.
Sakura tironeaba de la cinta con Aoda, pero el perro le ganaba. Trataba de quitarle la cinta de la boca pues la preocupaba que pudiera ahogarse al intentar tragarla.
—¡Por Dios, Hana! ¿qué le hiciste al tapiz de la señora? —preguntó Shisui cuando vio lo que la muchacha tenía en las manos y la miró ceñudo, moviendo la cabeza.
Sin dejar de prestar atención al perro, Sakura le gritó a Shisui:
—¿Acaso cree usted que Hana se comió esto?
Itachi comenzó a reír. Sakura perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, pero Sasuke la sujetó. La levantó, la apartó y se volvió hacia el perro. Sakura corrió y se puso delante del esposo.
—Sasuke, no te atrevas a pegarle —gritó, para hacerse oír sobre las carcajadas de Itachi.
Sasuke pareció querer gritarle.
—No tengo intenciones de pegarle. Mujer, sal del paso y deja de retorcerte las manos. No lo lastimaré. Aoda, maldito seas, deja de aullar.
Sakura no se movió. Sasuke la alzó y la quitó del paso, se arrodilló junto al perro y lo obligó a abrir la boca para que soltase la tela. Aoda no quería soltarla y gimió hasta que, al fin, se dio por vencido.
Sasuke no dejó que Sakura consolara al perro. Se levantó, la tomó de los hombros y le exigió que le diera un beso de despedida.
—¿Delante de los hombres? —murmuró la joven.
Sasuke asintió y Sakura se ruborizó. Atrapó la boca de Sakura en un beso prolongado y perezoso.
Sakura suspiró, y cuando el esposo se apartó, estaba un tanto aturdida.
—Esposa, pareces cansada. Deberías descansar —dijo Sasuke, camino de la puerta.
Sakura lo siguió.
—Milord, no hablarás en serio.
—Siempre hablo en serio, milady.
—Pero acabo de levantarme. No esperarás que haga una siesta ahora...
—Espero que descanses —respondió Sasuke sobre el hombro— . Y cámbiate el manto, Sakura. El que tienes no es el que corresponde.
—Es viernes, milady —le recordó Itachi.
Sakura exhaló un suspiro muy poco femenino. Hana aguardó a que los hombres salieran y se acercó corriendo a la señora.
—Entre y siéntese, lady Sakura. No quiero que se fatigue.
Sakura sintió deseos de gritar, pero se contuvo.
—¡Por el amor de...! Hana, ¿te parezco enferma?
La joven Ōtsutsuki la examinó con atención y movió la cabeza.
—En verdad, me parece usted muy sana.
—¿Tú te sentarás a descansar? —preguntó Sakura.
—Tengo cosas que hacer —respondió Hana—. No tengo tiempo de sentarme.
—Yo tampoco —murmuró Sakura—. Ya es hora de que me interese en la administración de la casa. Estuve demasiado concentrada en mí misma. Pero todo va a cambiar desde ahora.
Hana nunca había visto a la señora tan decidida.
—Pero, milady, su esposo le ordenó que descansara.
Sakura movió la cabeza. Recitó la lista de tareas que quería completar antes del anochecer, dio permiso para que Hana eligiera a dos criadas más que la ayudaran y anunció que iría a hablar con la cocinera respecto de la cena.
—Por favor, ve a buscar mi arco y mis flechas a la habitación —pidió Sakura. Se encaminó hacia la parte trasera del castillo—. Si la cocinera está de buen ánimo, tendremos estofado de conejo para cenar. Pienso que podré convencer a Kagami de que me acompañe a cazar. Estaré de regreso al mediodía, Hana.
—No puede ir a cazar, milady. Su esposo le prohibió que saliera.
—No, no lo prohibió —replicó Sakura—. Sólo sugirió que descansara. No mencionó la caza, ¿no es cierto?
—Pero quiso decir que...
—No te atrevas a interpretar lo que quiso decir el laird. Y deja de preocuparte. Prometo que estaré devuelta antes de que me echéis de menos.
Hana movió la cabeza.
—Antes de que dé diez pasos, Shisui la verá... ¿o acaso es a Itachi al que hoy le toca vigilarla?
—Ruego que los dos piensen que la tarea le toca al otro.
Salió corriendo por la puerta trasera, torció hacia la izquierda y cruzó el patio hacia el edificio donde estaba la cocina. Se presentó a la cocinera y se disculpó por haber demorado tanto en hacerlo. La cocinera se llamaba Uruchi. Era una mujer mayor, con hebras grises en el cabello negro. Llevaba el manto de los Uchiha. Pareció complacida por el interés de Sakura en sus propias tareas y la llevó a visitar la despensa.
—Si tengo suerte y cazo unos conejos, ¿querrá usted prepararlos para la cena de esta noche?
Uruchi asintió.
—Hago un excelente estofado de conejo —se jactó la mujer—. Pero necesitaría unos diez, a menos que sean gordos. En ese caso, bastará con nueve.
—Entonces, deséeme buena caza —exclamó Sakura.
Volvió a prisa al salón, tomó el arco y las flechas que le tendía Hana y salió otra vez por la puerta trasera.
Tomó el camino más largo para ir a los establos. Sean no quería ensillar el caballo pero Sakura lo convenció con una sonrisa y con la promesa de no salir del prado. Insinuó que tenía permiso de Sasuke. No era una mentira total sino una pequeña distorsión, y aun así se sintió algo culpable.
Hizo que prepararan otra yegua para Kagami. Pensó que se adelantaba al dar por descontado que el anciano la acompañaría, pero no quería perder tiempo. Si Kagami aceptaba acompañarla, Sakura no quería tener que volver al establo pues, si lo hacía, sin duda Shisui o Itachi la detendrían.
Kagami estaba en medio del prado, midiendo un tiro cuando Sakura lo interrumpió.
—No estoy de ánimo para ir a cazar conejos —afirmó el anciano.
—Esperaba que fuese más complaciente —replicó Sakura—. Y pensé que tal vez, mientras buscábamos conejos, usted podría mostrarme dónde está la cueva. Ayer no pude encontrarla.
Kagami meneó la cabeza.
—Te acompañaré sólo hasta la loma, muchacha, y te señalaré otra vez la dirección, pero no quiero quitarle más tiempo al juego.
Kagami montó el caballo, tomó las riendas de manos de Sakura y abrió la marcha.
—Quisiera que me dé permiso para contarle a mi esposo lo de la existencia de los barriles de oro líquido —dijo la joven.
—Chica, eso no es un secreto.
—¿Está dispuesto a compartir el brebaje con el laird? Sasuke podría usarlo para cambiarlo por otros productos.
—La bebida pertenece al laird. Le debo la vida a Uchiha, pero no deberías saberlo. Casi todos los Uchiha le juraron lealtad por motivos bien fundados: el laird les devolvió el orgullo. Yo no sería capaz de negarle nada, y menos aún el brebaje de los Highlands. ¡Hasta dejaría el juego si me lo pidiese! —agregó con un gesto dramático.
Kagami se detuvo en la cima de la loma y le señaló la fila de árboles que formaban un ángulo hacia el lado norte. Le indicó que contara a partir de la fila de árboles que comenzaba en la base de la colina con el pino torcido y que subiera desde allí. Kagami la detuvo cuando Sakura contó hasta doce.
—Ahí, entre esos árboles, está el claro que buscas —le indicó—. Cuando buscaste, tomaste el sendero más ancho hacia arriba, ¿no es así, chica?
—Así es —respondió Sakura—. ¿No cambiaría de opinión y vendría conmigo?
Kagami declinó la invitación por segunda vez.
—Deja que te sigan los soldados más jóvenes, Sakura. Y no les cuentes a los Ōtsutsuki lo del oro líquido. Que nuestro laird decida qué hacer con ese tesoro.
—Pero Kagami, ahora los Ōtsutsuki forman parte de nuestro clan —arguyó la muchacha.
El anciano guerrero Uchiha resopló.
—Nos miran por encima del hombro —dijo—. Se creen muy superiores y poderosos. Ninguno de ellos es un descastado, ¿sabes?
—No entiendo —replicó Sakura—. Me dijeron que le rogaron a mi esposo que los ayudara a pelear contra los ingleses, y...
—Eso es verdad —la interrumpió Kagami—. El padre de Sasuke era el laird de los Ōtsutsuki pero, por supuesto, no reconoció al hijo bastardo ni aun en su lecho de muerte. Por conveniencia, los Ōtsutsuki olvidaron que Uchiha es un bastardo, aunque creo que saben que lleva sangre de los Ōtsutsuki. Pero el resto de nosotros no les importamos.
Sakura cabeceó.
—Apostaría que los soldados Uchiha pelearon junto al jefe durante la batalla para salvar a los Ōtsutsuki.
—Ganarías una buena suma, porque así fue: peleamos junto a nuestro laird.
—¿Acaso los Ōtsutsuki lo olvidaron?
Comenzaba a encolerizarse por la actitud de los Ōtsutsuki aunque trató de disimularlo. Kagami sonrió.
—Muchacha, estás furiosa por los Uchiha, ¿verdad? Esto te convierte en una de nosotros.
El brillo de los hermosos ojos de Kagami hizo sonreír a la joven. El elogio del anciano era muy importante para ella. En el corto tiempo en que lo conocía había llegado a valorar su amistad y su guía. Kagami se tomaba tiempo para escucharla y, a decir verdad, era el único que lo hacía. "Tampoco me dice nunca que descanse", pensó Sakura.
—¿Qué es lo que te hace enfurruñar?
Sakura movió la cabeza.
—Estaba pensando en mis circunstancias.
—¿Otra vez? Si sigues reflexionando sobre tus circunstancias te dará dolor de cabeza. Buena caza, Sakura —agregó con un gesto afirmativo. Hizo girar al caballo y se volvió hacia el prado.
Sakura cabalgó en dirección opuesta. Casi había llegado al sendero que Kagami le había señalado cuando divisó un conejo blanco que aparecía corriendo en el claro. Se metió las riendas bajo la rodilla izquierda, tomó una flecha, la colocó en el arco y disparó. El conejo cayó en el mismo momento en que otro aparecía saltando en su camino.
Algo debió de haber hecho salir a los animalitos de las madrigueras pues en menos de veinte minutos Sakura había juntado ocho conejos rollizos y uno más flaco. Se detuvo junto al arroyo, lavó las flechas y las guardó en el carcaj. Ató los conejos con un cordel y los sujetó a la parte trasera de la montura.
En el preciso momento en que se encaminaba de regreso a la casa, se topó con tres soldados Ōtsutsuki. Eran jóvenes y pensó que todavía debían de estar entrenándose, pues ninguno de ellos tenía cicatrices en el rostro ni en los brazos. Dos de ellos eran pelinegros y el tercero tenía cabello castaño y claros ojos verdes.
—Milady, si nuestro laird se entera de que salió a cabalgar sola, se disgustará —dijo el soldado de cabello castaño.
Sakura fingió no haberlo oído. Desató el cordel de la montura y le entregó los conejos.
—¿Puede llevarle esto a la cocinera, por favor? Está esperándolo.
—Seguro, milady.
—¿Cómo se llama usted, señor?
—Niall —respondió el joven. Señaló al otro joven pelinegro y dijo—: Él es Inabi, y el que está detrás de mí es Tekka.
—Es un placer conocerlos —afirmó Sakura—. Ahora, discúlpenme. Estoy siguiendo esta pista.
—¿Por qué? —preguntó Tekka.
—Estoy buscando algo —dijo Sakura, evasiva—. No tardaré mucho.
—¿Sabe nuestro laird lo que hace? —preguntó Tekka.
—No recuerdo si le comenté mi plan o no —mintió Sakura con descaro.
Niall se volvió hacia los compañeros.
—Quedaos con la señora mientras yo llevo esto al castillo.
Sakura se alegró de hallar acompañantes. Se concentró otra vez en la búsqueda y abrió la marcha hacia el bosque. El sendero se estrechaba y más adelante sólo consistía en pequeños tramos cubiertos de arbustos. El sol se filtraba entre las ramas que se arqueaban sobre ella como un entoldado frondoso. Los jóvenes soldados sonrieron al oírla murmurar alabanzas a la belleza que la rodeaba.
—Milady, no estamos en la iglesia —gritó Tekka—. No hay ninguna necesidad de bajar la voz.
—¿Qué es lo que está buscando? —preguntó Inabi.
—Una cueva —respondió Sakura.
El camino se dividía en dos direcciones. Sakura giró el caballo hacia la izquierda y ordenó a los soldados que tomaran la otra dirección, pero ninguno de ellos se apartó de su lado.
—Entonces, por favor marquen este lugar, para que al volver sepamos qué camino no recorrimos aún.
Desató la cinta con la que sujetaba la trenza, y se la dio a Tekka. Mientras el joven estaba atando la cinta azul a una rama baja, la yegua de Sakura comenzó a dar muestras de inquietud. Katsuyu bajó las orejas y lanzó un relincho fuerte al tiempo que hacía corvetas al costado del sendero. Sakura sujetó las riendas con fuerza y le ordenó al animal que se calmara.
—Algo la asusta —afirmó. Miró por encima del hombro para ver qué era lo que asustaba al animal.
El caballo de Tekka se contagió del nerviosismo de Katsuyu y retrocedió.
—Será mejor que regresemos al claro —propuso Inabi, tratando de controlar a su propio caballo.
Sakura aceptó la propuesta y acicateó a Katsuyu con las rodillas para hacerla volverse.
De súbito, Katsuyu saltó y Sakura apenas tuvo tiempo de agachar la cabeza, cuando el animal salió galopando entre los arbustos. La yegua no se había calmado y Sakura tenía que controlar al animal y apartar las ramas al mismo tiempo.
No supo qué era lo que había causado ese súbito alboroto. Uno de los soldados le gritó, pero no entendió qué le decía. Katsuyu se desvió a la izquierda y prosiguió a galope tendido. Sakura oyó otro grito y se volvió pero ya no vio a los soldados. Giró otra vez y levantó la mano para protegerse el rostro de otra rama pero no pudo apartarla. Fue literalmente arrancada de la montura. Salió volando de costado y cayó bajo un arbusto frondoso. Se quedó sin aliento. Dejó escapar un gemido y se sentó. Una parte del arbusto se soltó de la pierna de Sakura y le golpeó la cara. Sakura soltó un juramento muy poco femenino y se levantó, frotándose el trasero dolorido.
Esperó que Inabi y Tekka acudieran en su ayuda. No veía a la yegua por ningún lado. El silencio del bosque era sobrenatural, y la joven pensó que los soldados debían de haber ido en otra dirección. Tal vez estuviesen persiguiendo al caballo. Tendría que aguardar a que hallaran a Katsuyu y descubrieran que ella no estaba. Cuando lo hicieran, sin duda desandarían el camino y la buscarían.
Sakura recogió el arco y las flechas y se sentó sobre un peñasco a esperar a los soldados. El aire olía a pino y a turba. Sakura esperó largo rato y luego comprendió que tendría que caminar de regreso al claro. No sabía muy bien cuál era la dirección que tenía que tomar, pues la yegua había dado varias vueltas durante la carrera.
—Es probable que camine en círculos todo el día —murmuró Sakura.
Sasuke se pondría furioso con ella y tendría razón. No era seguro vagar por el bosque, en especial sabiendo que había animales salvajes merodeando por allí.
Por precaución, colocó una flecha en el arco y comenzó a caminar. Unos quince minutos después, pensó que estaba otra vez donde había empezado pero luego comprendió que no. El peñasco que tenía frente a sí era mucho más grande que aquél en que se había sentado. Creyó que, a fin de cuentas, iba en la dirección correcta y siguió caminando.
Casi por accidente, descubrió la cueva. Se había detenido frente a otro enorme peñasco que le obstruía el paso y trataba de decidir si ir hacia la izquierda o la derecha cuando vio, a su izquierda, la entrada de la cueva que tenía la misma altura que ella. A ambos lados, estaba flanqueada por árboles altos y esbeltos.
Sakura se entusiasmó tanto con el hallazgo que olvidó toda precaución y entró corriendo en la cueva. El pasaje estaba iluminado por el sol que se filtraba por las grietas del techo. Cuando llegó al final, vio que la cueva se abría hacia un recinto del tamaño del salón del castillo. A la izquierda de Sakura había estrechos anaqueles de piedra que sobresalían del muro y que parecían escalones rotos. A la derecha estaban los barriles. Había cuando menos veinte de esos cascos redondos. Los caudillos que los habían almacenado los colocaron de costado con los fondos contra la roca formando una pirámide que casi tocaba el techo de la caverna.
La madera no estaba podrida por el paso del tiempo. En realidad, dentro de la cueva estaba bastante seco. Sakura estaba embelesada con el hallazgo. Quería correr por el camino de vuelta y pedirle a Sasuke que viniera a ver el tesoro.
Pero recordó que tendría que aguardar a que el esposo volviera de cazar y lanzó un suspiro.
—Sasuke llama a las cosas por su nombre —musitó. No estaba cazando: estaba robando. Sí, era un día de latrocinio, pero sería el último pues, pasara lo que pasase, Sakura estaba decidida a enseñarle las bellas artes del comercio. Sí, salvaría el alma atribulada del esposo, lo quisiera él o no.
Sakura salió de la cueva a esperar que los soldados fuesen a buscarla. Caminó hasta el peñasco y trepó a él. Se apoyó contra el tronco de un árbol gigantesco, cruzó los brazos sobre el abdomen y esperó.
Era indudable que los soldados se tomaban su tiempo. Pasó una hora, y Sakura comenzó a impacientarse, pensando que tendría que hallar sola el camino de regreso.
Sakura se apartó del árbol, se puso el arco al hombro e iba a saltar de la roca cuando oyó unos gruñidos que provenían de los arbustos que tenía delante. Se paralizó. El ruido se hizo más intenso. Era parecido a los gruñidos de Aoda, pero Sakura supo que no se trataba de la mascota de Sasuke. El perro estaba en el castillo. Debía de ser un lobo.
Entonces vio que un par de ojos la contemplaban. Eran amarillos. Sakura no gritó. ¡Y Dios era testigo de que deseaba hacerlo! También quiso correr, pero no se atrevió.
Desde el otro extremo del pequeño claro llegó otro sonido crujiente... y apareció otro par de siniestros ojos amarillos. Los gruñidos vibraron alrededor de Sakura. Oyó un movimiento detrás y supo que estaba rodeada.
Ignoraba cuántos lobos había ahí, listos para hacerla su presa. Pero no se dejó llevar por el pánico: no era momento de aflojar.
Hizo un asombroso descubrimiento: podía volar. A decir verdad, estaba segura de que había volado hasta alcanzar las ramas más altas del árbol y, por cierto, no recordaba haber trepado. Casi voló para salvarse cuando uno de los lobos apresó el borde del manto y tironeó frenético. Las mandíbulas apretadas sobre la tela, sacudía con energía la cabeza hacia adelante y hacia atrás.
Sakura estaba colgada de una rama, sosteniendo el carcaj para que no se le cayeran las flechas y sujetándose al árbol con la otra mano en posición bastante precaria. Sus pies estaban a pocos centímetros de los dientes del lobo.
No tuvo valor para mirar abajo. Se aferró a la rama con las piernas y trató de desatarse el cinturón para que no pudiesen atraparla por el manto. Le llevó varios minutos y al fin dejó caer la prenda sobre los lobos.
Por fin estaba libre. Siguió trepando, gimiendo, y cuando llegó lo bastante alto para convencerse de que estaba a salvo, se acomodó en el ángulo entre el tronco y una rama gruesa.
Por fin, se animó a mirar abajo. Sintió como si el corazón se le cayera al fondo del estómago. ¡Por Dios, había al menos seis de esas criaturas salvajes! Rondaban el árbol gruñendo y lanzándose mordiscos entre sí y uno de ellos, el que parecía el jefe de la manada, hacía que, por comparación, Aoda pareciese un cachorrito. Sakura movió la cabeza, sin poder creer lo que veía.
¡Era imposible que existiesen lobos tan grandes...!
Y no podían trepar a los árboles... ¿o sí? El más grande comenzó a golpear el tronco con la cabeza y Sakura pensó que era algo muy tonto. Otros dos animales estaban desgarrando el manto. También parecían frenéticos.
Al parecer, no tenían intenciones de dejarla en paz. Sakura pensó largo rato en su propia situación. Cuando al fin se convenció de que estaba a salvo, comenzó a preocuparse por Tekka y Inabi. No quería que se toparan con una manada de lobos y no sabía si los animales se irían cuando oyeran aproximarse a los caballos. Sí, parecían unos monstruos y no creía que fueran capaces de huir de nada ni de nadie.
Un movimiento a su izquierda atrajo la atención de Sakura. Uno de los lobos había trepado a la roca que había a la entrada de la cueva. El animal parecía presto a saltar hacia la joven y Sakura no sabía si podría cubrir la distancia o no. Sacó el arco del hombro, tomó una flecha, cambió un poco de posición y apuntó.
Atravesó al lobo en mitad del salto: la flecha se le clavó en un ojo. La bestia se precipitó al suelo y aterrizó a pocos centímetros de los otros. Al instante, los supervivientes se arrojaron sobre el animal muerto.
En los siguientes veinte minutos, Sakura mató a otros tres. Había oído decir que los lobos eran animales inteligentes. Pues estos no lo eran. Mientras se mantuviesen debajo de ella, estaban a salvo pues las ramas le obstruían la visión, pero uno tras otro treparon a la roca e intentaron saltar hacia ella. Cuando el cuarto animal siguió el mismo camino, Sakura pensó que eran lentos de entendederas.
Le dolían los dedos de sostener la flecha contra la cuerda del arco. Quería tener a la vista al más grande pues estaba segura de que era el que había herido a Aoda. No sabía por qué había llegado a esa conclusión. Tal vez por la sangre seca y ennegrecida que vio cuando el animal le mostraba los colmillos. Parecía más un demonio que un animal y los ojos del lobo jamás se apartaban de Sakura. Mientras lo observaba, Sakura tembló de miedo y de asco.
—Tú eres el que llaman Mascota, ¿no es así?
Claro que no esperaba ninguna respuesta. Comenzó a pensar que quizá lo peligroso de la situación le había nublado la razón: imaginaba demonios. Considerando su propio comportamiento, suspiró.
¿Por qué el lobo no se marchaba?
¿Y dónde estarían Tekka y Inabi? ¡Debían de haberse olvidado de ella!
Sakura creyó que el día ya no podría empeorar.
Estaba equivocada: no había contado con la lluvia. Concentrada en los lobos, no advirtió que la luz del sol había desaparecido, y Dios sabía que no había tenido tiempo de mirar hacia el cielo y ver las nubes que anunciaban la lluvia. Tan ocupada en defenderse de los lobos, no se había fijado en ninguna otra cosa. Aunque no tenía importancia: si lo hubiese sabido antes de todos modos no habría podido hacer nada. De todos modos se empaparía.
Se oyó el restallar del trueno entre los árboles y luego cayó una lluvia torrencial. Las ramas se tornaron resbaladizas como si hubieran sido engrasadas. Sakura no podía rodear todo el tronco con el brazo y temía cambiar de posición y resbalarse.
El monstruo seguía aguardando al pie del árbol. Las manos de Sakura que sostenían el arco y la flecha le temblaron y se le entumecieron los dedos.
Oyó que alguien gritaba su nombre. Elevó una plegaria de agradecimiento al Hacedor antes de responder con otro grito. ¡Qué extraño!: le pareció escuchar la voz del marido. Pero eso era imposible pues Sasuke estaba cazando.
Por fin, el sonido de los cascos de los caballos que se acercaban hizo moverse al lobo. Sakura se preparó. En cuanto se disipó la luz del relámpago, disparó la flecha y falló. Había apuntado al vientre de la bestia, pero la flecha se le clavó en el lomo. El lobo soltó un aullido y giró otra vez hacia Sakura. La joven se apresuró a rematar al animal. Tomó otra flecha del carcaj, la colocó en el arco y apuntó otra vez.
No le gustaba mucho matar. Aunque el lobo tuviese la apariencia de un demonio, era una de las criaturas de Dios. Servía a un propósito más elevado que el de la misma Sakura: al menos eso le habían dicho, y aunque no tuviese idea de cuál podía ser ese propósito, de todos modos se sentía culpable.
Los soldados Uchiha aparecieron galopando por una curva del camino en el mismo instante en que la flecha de Sakura cortaba el aire y mataba al lobo. El animal fue levantado hacia arriba y hacia atrás por el impacto y luego cayó al suelo ante los caballos de los guerreros.
Sakura se apoyó en el tronco y dejó caer el arco. Abrió y cerró las manos para desentumecerse los dedos. De golpe, sintió náuseas. Hizo una honda aspiración y miró hacia abajo para ver a los soldados.
En cuanto recuperara las fuerzas, les haría un escándalo por haberla hecho esperar tanto. Y cuando se disculparan, le haría prometer que no contarían a su esposo el vergonzoso incidente. ¡Por Dios, los obligaría a todos a prometerlo!
—¿Está usted bien, milady?
No podía ver los rostros de los soldados pero reconoció la voz de Itachi.
—Sí, Itachi —exclamó—. Estoy muy bien.
—No me parece que esté bien —dijo Shisui. Casi a gritos, añadió—: Usted mató a nuestra mascota.
El tono del soldado Ōtsutsuki era de perplejidad y Sakura sintió que le debía una explicación. No quería que ninguno de ellos creyese que había tenido cierto tipo de cruel satisfacción o placer matando a los animales.
—No es lo que parece —gritó hacia abajo.
—¿No los mató usted?
—Parecen las flechas de ella —señaló Shisui.
—No me dejaban en paz, señor: tuve que matarlos. Por favor, no se lo digan a nadie, y menos a nuestro laird. Está demasiado ocupado para que lo molesten con esta insignificancia.
—Pero, milady...
—Itachi, no me discuta. No estoy de ánimo para ser cortés. Tuve una mañana terrible. Limítese a darme su palabra de que guardará el secreto.
La falda de Sakura quedó atrapada en una rama. Mientras tironeaba para soltarla, esperaba que los soldados le hicieran la promesa y no pensaba bajar hasta que lo hicieran.
Sasuke se pondría furioso. De sólo pensarlo, se le ponía la carne de gallina.
Seguían sin prometerle nada.
—No es mucho pedir —murmuró Sakura para sí.
Itachi comenzó a reírse y muy pronto Sakura descubrió la razón.
Sasuke ya lo sabía.
—Baja ya de ahí.
La furia que vibraba en la voz del marido casi hizo caer a Sakura del árbol y la joven hizo una mueca. Se acomodó otra vez en la horqueta, esperando ocultarse de Sasuke... y de su cólera. Pronto advirtió lo que hacía, lanzó un juramento propio de un hombre y se inclinó hacia adelante. Apartó una rama, miró hacia abajo y deseó no haberlo hecho. De inmediato vio a Sasuke, que la observaba. Con las manos apoyadas sobre el pomo de la montura, no parecía demasiado irritado.
Pero Sakura sabía que esas sólo eran apariencias por el tono colérico y duro con que le dio la orden.
El caballo de Sasuke estaba entre el de Shisui y el de Itachi. Sakura soltó la rama y volvió a apoyarse contra el tronco. Sintió que la cara le ardía de vergüenza: sin duda, Sasuke estaba ahí desde que ella les exigió a los soldados que guardaran el secreto.
"Por cierto, le debo alguna explicación —pensó Sakura—, y si me da tiempo encontraré alguna plausible. No me moveré hasta no hallarla".
Sasuke tuvo que apelar a todo su esfuerzo para controlar la ira. Bajó la mirada y contó otra vez los lobos muertos para asegurarse de que los ojos no lo engañaban. Entonces volvió la vista hacia Sakura.
Sakura no se movió. A decir verdad, no podía. El peligro de los lobos no había terminado: aún había uno allá abajo esperando para saltar sobre ella.
—Sakura, baja de ahí.
No le agradó el tono de voz del marido y se lo hubiese señalado, pero no creía que le hiciera mella en ese momento. "Será mejor que intente obedecerle", pensó.
Pero, por desgracia, las piernas de Sakura se negaron a obedecerla. Había estado demasiado tiempo aferrada a la rama y cuando quiso bajar por el tronco las sintió como si fuesen de jalea.
Por último, Sasuke tuvo que ir a rescatarla. Tuvo que arrancarle las manos de la rama porque Sakura no podía soltarlas.
Sasuke colocó las manos de Sakura en torno de su propio cuello y la apretó contra él. Con un brazo la sujetó por la cintura y con el otro se aferró a la rama para evitar que ambos cayesen.
Dejó pasar un minuto antes de moverse. Sakura no había percibido lo helada que estaba hasta que el cuerpo de Sasuke comenzó a templarla. En ese instante, se puso a temblar.
Percibió que Sasuke también temblaba.
¿Tan furioso estaría?
—Sasuke.
El tono temeroso de Sakura hizo explotar a Sasuke.
—¡Maldita sea, dejarás de temerme! —le dijo en un murmullo furioso—. ¡Dios es testigo de que desearía estrangularte, mujer, a ver si recobras el sentido común! Pero no te haré el menor daño.
El regaño le dolió. Sakura no había hecho nada para disgustarlo tanto... salvo ignorar la absurda orden de descansar. "Es cierto —pensó Sakura—, no tuve en cuenta la sugerencia."
—¡Maldición, ya no te tengo miedo! —musitó Sakura, con la boca apoyada contra el cuello del marido, y dejó escapar un suspiro. Sasuke prefería la sinceridad y Sakura imaginó que lo enfadaría más aún si no le decía toda la verdad.
Y en efecto, en ese instante parecía dispuesto a estrangularla.
—La mayor parte del tiempo no te temo —dijo Sakura—. ¿Por qué estás tan enfadado conmigo?
El hombre no respondió: no podía. Aún sentía deseos de gritarle. Primero intentaría serenarse y luego le diría que el susto le había quitado veinte años de vida.
Sasuke la estrechó con más fuerza. Era evidente que la pregunta de Sakura lo había perturbado, y la joven no entendía por qué. ¿Acaso era capaz de leer la mente? Pensó en decírselo, pero luego desistió. No le convenía provocar la furia de Sasuke. Era la esposa y tenía que intentar aplacarlo.
Decidió cambiar de tema. Para complacerlo, comenzaría con un elogio:
—Tenías razón, esposo: el bosque está infestado de fieras.
No fue un acierto: lo supo al sentir que Sasuke la estrechaba más y dejaba escapar un suspiro tembloroso.
—Te estoy mojando todo, milord —exclamó Sakura, en un intento de distraerlo de la desdichada mención de los lobos.
—Tú estás empapada —le espetó Sasuke—. Pescarás un enfriamiento y morirás en una semana.
—No, no me sucederá nada de eso —afirmó la joven—. Me pondré ropa seca y estaré perfectamente bien. Esposo mío, me aprietas tanto que no puedo respirar. Suéltame un poco.
Sasuke no le hizo caso. Soltó una maldición y comenzó a moverse. Sakura se sujetó con más fuerza del cuello del esposo y cerró los ojos. Dejaría que Sasuke se ocupara de apartar las ramas mientras bajaban.
No la dejó caminar. La cargó hasta su propio caballo, la alzó y la dejó caer sobre la montura sin demasiada gentileza.
Sakura trató de acomodarse las enaguas pero la tela se le pegaba a la piel. Comprendió que en ese momento no tenía el aspecto de una dama decente, y lanzó una exclamación de horror al notar que tenía la ropa desgarrada sobre el pecho. De inmediato, tomó el cabello entre los dedos y lo echó hacia adelante para cubrirse.
Por fortuna, los soldados no le prestaban la menor atención. Sasuke, de espaldas a ella, ordenó que se llevaran a los lobos. Itachi y Shisui saltaron de sus caballos y ataron cuerdas en los cuellos de los animales muertos.
—Arrastradlos hasta la loma y quemadlos —ordenó Sasuke. Arrojó las riendas del caballo de Sakura a Inabi y le indicó que volviera con los demás hombres al castillo. Quería quedarse un momento a solas con la esposa.
Antes de marcharse, Itachi lanzó a Sakura una mirada de simpatía: estaba seguro de que recibiría un severo regaño. Por la expresión torva de Shisui, sin duda pensaba lo mismo.
Sakura mantuvo la cabeza alta, juntó las manos y fingió estar serena.
Sasuke esperó a que los soldados se marcharan y luego se volvió hacia Sakura. Le puso una mano sobre el muslo para llamarle la atención.
—Esposa, ¿no tienes nada que decirme?
Sakura asintió, y Sasuke esperó.
—¿Y bien? —preguntó al fin.
—Quisiera que no estés enfadado.
—Eso no es lo que quiero escuchar.
Sakura apoyó la mano sobre la de Sasuke.
—Esperas una disculpa, ¿verdad? Muy bien: lamento haber desoído tu sugerencia de descansar.
—¿Sugerencia?
—No es necesario que me grites, marido. Es una grosería.
—¿Una grosería?
"¿Tendrá que repetir todo lo que digo?", se preguntó Sakura.
Sasuke, por su parte, se asombraba de que no estuviese histérica después del encuentro con los lobos. ¿Acaso no comprendía lo que podría haber pasado? ¡Por Dios, la idea no se apartaba de su mente! ¡Las bestias salvajes podrían haberla hecho pedazos!
—Sakura, quiero que me prometas que no volverás a salir del castillo sin la compañía adecuada.
La voz de Sasuke sonó ronca y Sakura pensó que debía de ser por el esfuerzo que hacía para no gritarle. Si la deducción era acertada, eso significaba que tenía en cuenta los sentimientos de Sakura.
—Milord, no quiero convertirme en una prisionera en tu hogar —dijo—. Ya tuve que recurrir al engaño para salir a cazar. Tendría que poder entrar y salir a mi antojo.
—No.
—¿Y con escolta?
—¡Maldición, mujer, eso es lo que acabo de...!
—¿Sugerir?
—No lo sugerí: te exigí que lo prometieras.
La mujer le palmeó la mano pero no logró calmarlo. Sasuke señaló el manto desgarrado de Sakura, que estaba tirado sobre el suelo, al pie del árbol.
—¿No comprendes que podrías haber quedado tan desgarrada como ese manto?
Sakura tardó en comprender la verdad y abrió los ojos, sorprendida. Sasuke pensó que por fin comenzaba a entender el riesgo que había corrido.
—Sí, esposa, podrías haber muerto.
Sakura sonrió: ésa no era la reacción que Sasuke esperaba. ¿Cómo lograría enseñarle a ser cautelosa si no tenía noción de los peligros?
Frustrado, Sasuke frunció el entrecejo.
—Sakura, he intentado adaptarme a tener una esposa, pero tú me lo haces muy difícil. ¡En nombre de Dios! ¿Por qué sonríes?
—Acabo de comprender que tu enfado se debe a que estuve a punto de morir. Yo creí que estabas furioso porque había ignorado tu sugerencia de descansar. Ahora entiendo —agregó con un gesto afirmativo—. Por cierto, comienzas a sentir cariño por mí. Tu corazón se ablandó, ¿verdad, esposo?
Sasuke no estaba dispuesto a permitirle que sacara semejante conclusión y movió la cabeza.
—Eres mi esposa, y siempre te protegeré, Sakura: es mi deber. Pero ante todo soy un guerrero. ¿Acaso lo olvidaste?
Sakura no comprendió de qué hablaba.
—¿Qué tiene que ver que seas un guerrero con tu actitud hacia mí?
—No me interesan los asuntos del corazón —explicó el hombre.
Sakura enderezó los hombros.
—A mí tampoco —replicó, para que Sasuke no creyera que la había herido—. Y yo también quisiera adaptarme a convivir contigo.
Por la expresión de Sakura, Sasuke comprendió que había herido sus sentimientos. Se acercó, le puso la mano en la nuca, la atrajo hacia él y le dio un beso ardiente y prolongado. Sakura le rodeó el cuello con los brazos y respondió al beso. Cuando el hombre se apartó, Sakura casi se cayó del caballo y Sasuke la sujetó por la cintura.
—Prométemelo antes de que nos vayamos.
—Lo prometo.
Ante la inmediata aceptación de Sakura, Sasuke se animó. Pero eso no duró mucho. ¡Esa mujer lo provocaba...!
—Milord, ¿qué es lo que te prometí?
—¡Prometiste no salir del castillo sin una escolta apropiada!
Sasuke se había propuesto no gritar, pero esta mujer lo enloquecía.
¿De qué estuvieron hablando en los últimos minutos?
Sakura acarició el cuello de su esposo pues lo vio ceñudo y quiso serenarlo. Y agregó una alabanza a ese gesto cariñoso:
—A decir verdad, cuando me besas me olvido de todo. Por eso me olvidé de lo que te había prometido, milord.
Sasuke no podía reprocharle por admitir la verdad. En ocasiones, a él también lo afectaban los besos. "Pero no tan a menudo como a ella", se dijo.
Sakura pasó la pierna sobre la montura e intentó bajarse del caballo pero Sasuke la sujetó con fuerza de la cintura y le impidió moverse.
—Quisiera mostrarte algo —dijo Sakura—. Pensaba esperar hasta mañana pues entonces habrías olvidado el incidente de hoy, pero cambié de idea, Sasuke. Quiero mostrártelo ahora. Sin duda, mi sorpresa te alegrará. Déjame bajar.
—Nunca olvidaré el incidente de hoy —murmuró el hombre, sin abandonar la expresión sombría. La ayudó a apearse y la sujetó de la mano cuando Sakura intentó alejarse.
Sasuke se estiró para tomar el arco de Sakura de la parte trasera de la montura y luego la siguió al interior de la cueva. Le costó pasar por la entrada: tuvo que encogerse y bajar la cabeza, pero en cuanto entró y vio los barriles dejó de refunfuñar acerca de las molestias que la esposa lo obligaba a soportar.
El entusiasmo de Sakura por el hallazgo alegró más a Sasuke que el tesoro en sí mismo.
—Ahora tienes algo con qué negociar —afirmó la joven—. Ya no tendrás que robar. ¿Qué me dices, milord?
—¡Ah, Sakura, me quitas las satisfacciones de la caza! —replicó.
Eso no le agradó a Sakura.
—Esposo mío, es mi deber salvar tu alma, y por Dios que lo intentaré con o sin tu cooperación.
Sasuke rió y su risa resonó en toda la caverna, rebotando de piedra en piedra.
Sasuke conservó el buen humor hasta que advirtió que su esposa había entrado a la cueva sola.
—¡Podrías haberte topado con la madriguera de los lobos! —bramó de pronto.
El abrupto cambio de humor tomó por sorpresa a Sakura y la hizo retroceder. Al instante, Sasuke suavizó el tono.
—¿Qué habrías hecho si los lobos te hubiesen seguido hasta aquí?
Sakura supo que Sasuke trataba de contenerse: en verdad, era un hombre de buen corazón. Como sabía que a ella no le gustaba que le gritaran, se esforzaba por complacerla.
Por la expresión del esposo comprendió que el esfuerzo era terrible.
No se atrevió a sonreír: Sasuke pensaría que no lo tomaba en serio.
—Es cierto, milord, no pensé en esa posibilidad. Estaba tan entusiasmada cuando encontré la cueva que olvidé toda precaución. —Sin embargo se apresuró a añadir al ver que iba a interrumpirla—: Creo que me las hubiera arreglado muy bien. Sí, sin duda —agregó con gesto afirmativo—. Les habría arrojado los barriles. En verdad, trepé al árbol para escapar de esas bestias horrorosas. Uno de ellos alcanzó el borde del manto y...
Al ver la expresión espantada de su marido comprendió que no debía haberle dado tantos detalles pues Sasuke comenzó a enfurecerse otra vez.
Supo entonces que en verdad el esposo empezaba a quererla. El corazón de Sasuke comenzaba a ablandarse, aunque él no quisiera admitirlo. Si Sakura no le importara no se habría inquietado así...
Sakura se sintió complacida con esa prueba de afecto hasta que comprendió lo mucho que le importaba y entonces comenzó a preocuparse.
¿Qué le importaba que él la quisiera? ¿Acaso también su corazón se ablandaba? "¡Buen Dios! — pensó—, ¿estaré enamorándome de este bárbaro?"
Esa perspectiva la perturbó y sacudió la cabeza. No tenía intenciones de colocarse en una situación tan vulnerable.
Al ver que fruncía el entrecejo y palidecía, Sasuke se sintió aliviado e hizo un gesto de satisfacción: por fin la mujer comprendía lo que podría haberle sucedido.
—Empezaba a creer que carecías por completo de sentido común —murmuró.
—Tengo sentido común —alardeó Sakura.
Sasuke no estaba dispuesto a discutir y la arrastró fuera de la cueva. Sakura esperó mientras el hombre tapaba con piedras la entrada para que los animales no pudiesen entrar.
En la cabalgata de regreso al castillo Sakura fue sentada sobre el regazo del marido. Cuando llegaron a la loma, el sol brillaba otra vez.
Sakura se esforzó por dejar de lado las preocupaciones. A fin de cuentas, podía controlar sus propias emociones y, si no quería amar a Sasuke, pues no lo amaría.
—Esposa mía, estás tensa como la cuerda de tu arco y, desde luego, puedo comprenderlo. Por fin entendiste lo cerca que estuviste de la muerte. Apóyate contra mí y cierra los ojos. Tienes que descansar.
Sakura hizo lo que le sugería, pero de todos modos quiso tener la última palabra.
—Milord, en ningún momento creí que moriría. Sabía que tú o los soldados me hallarían. Arriba del árbol estaba a salvo.
—Aun así, estabas inquieta.
—Claro que lo estaba: debajo de mí había lobos salvajes rondando.
Se puso tensa otra vez, y Sasuke la estrechó.
—También estabas afligida pues pensaste que me habías decepcionado —señaló.
Sakura puso los ojos en blanco: por cierto que este hombre era egocéntrico.
—¿Imaginas que creí haberte decepcionado?
Al detectar el tono divertido de su voz, Sasuke frunció el entrecejo.
—Claro que sí —respondió.
—¿Por qué?
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué creería haberte desilusionado?
Sasuke exhaló un prolongado suspiro.
—Porque comprendiste que me habías causado una preocupación innecesaria.
—¿Admites que estabas afligido por mí?
—¡Maldición, mujer, acabo de admitirlo!
La joven sonrió: otra vez el tono de Sasuke era áspero y, sin volverse a mirarlo, Sakura supo que estaba ceñudo. Le palmeó el brazo tratando de calmarlo.
—Me alegra que te preocuparas por mí, aunque no de haberte molestado.
—En efecto, así fue.
Sakura no hizo caso de la ironía.
—Aun así, tendrías que confiar en mí, milord. Sé cuidarme.
—Sakura, no estoy de humor para tus bromas.
—No es una broma.
—Sí, lo es.
Sakura desistió de seguir discutiendo. Tras reflexionar unos minutos, comprendió que en verdad no podía culparlo por creer que ella era incapaz de cuidarse. Cuando se conocieron, se había comportado como una timorata y desde entonces siempre manifestó timidez. No, no podía culparlo por creer que Sakura necesitaba constante vigilancia. Pero esperaba hacerlo cambiar de opinión. No quería que su esposo siguiera pensando que era una debilucha.
—Sakura, no quiero que le cuentes a nadie lo de los barriles.
—Como desees, marido. ¿Sabes qué harás con ellos?
—Hablaremos de eso más tarde, después de la cena —prometió.
Sakura asintió y cambió de tema.
—¿Cómo me encontraste? Pensé que estarías de caza todo el día.
—Hubo un cambio de planes —explicó—. Sorprendimos al laird Amagiri y a diez de sus soldados cruzando la frontera.
—¿Crees que se dirigen a tu casa?
—Sí.
—¿Qué querrán?
—Lo sabré cuando lleguen —respondió Sasuke.
—¿Y cuándo llegarán?
—A última hora de la tarde.
—¿Se quedarán a cenar?
—No.
—Sería una descortesía no invitarlos a comer contigo.
Sasuke se encogió de hombros pero a Sakura no la detuvo su falta de interés. Como esposa, se sentía en la obligación de enseñarle ciertos modales.
—Daré órdenes a los criados de que preparen lugares en la mesa para tus invitados —afirmó Sakura.
Esperaba que Sasuke le discutiera y se sintió gratamente sorprendida al comprobar lo contrario.
Sakura se concentró en pensar el menú. De pronto, se le ocurrió algo y lanzó una exclamación:
—¡Buen Dios! Sasuke, no les habrás robado a los Amagiri, ¿verdad?
—No —respondió Sasuke, sonriendo al percibir el horror en la voz de la esposa.
Sakura volvió a relajarse.
—Entonces no hay que preocuparse de que venían a pelear.
—¿Pelear con diez soldados? No, no hay que preocuparse de eso —dijo Sasuke marcando las palabras.
El tono divertido de Sasuke hizo sonreír a Sakura: su esposo estaba otra vez de buen humor. Quizá porque tendría compañía.
Sakura se aseguraría de que la velada fuese agradable. El estofado de conejo sería insuficiente, a menos que fuese a cazar otra vez, pero desechó la idea. Los animalitos tendrían que cocerse largo rato pues de lo contrario estarían duros y ya no había tiempo. Sakura resolvió que se cambiaría de ropa y luego iría a comentar el problema con la cocinera. Uruchi sabría cómo estirar la comida y, por cierto, Sakura le ofrecería ayuda.
Deseó poder librarse de los Ōtsutsuki por esa noche: eran demasiado ruidosos, alborotadores y groseros. ¡El modo en que competían para ver quién soltaba el eructo más estrepitoso era muy desagradable!
Sin embargo, no quería herirlos: eran parte del clan de Sasuke y no podía dejarlos aparte.
Llegaron al patio del castillo. Sasuke desmontó primero y se volvió para ayudar a Sakura. La sostuvo más tiempo del necesario y ella sonrió mientras esperaba que la soltara.
—Sakura, no te meterás en más problemas. Quiero que entres y...
—Déjame adivinar, milord —lo interrumpió—. Quieres que descanse, ¿no es cierto?
Sasuke sonrió. ¡Dios, cuando se enfadaba, era encantadora!
—Sí, quiero que descanses.
Se inclinó, la besó y luego se volvió para llevar el caballo al establo.
Pensando en las órdenes absurdas del esposo, Sakura sacudió la cabeza.
¿Cómo iba a descansar si esperaban visitas para la cena?
Corrió adentro, tiró el arco y el carcaj al pie de la escalera y subió al dormitorio. En poco tiempo, se puso ropa seca y, como todavía tenía el cabello demasiado húmedo para trenzarlo, lo sujetó con una cinta en la nuca y corrió otra vez escaleras abajo.
Hana estaba junto a la puerta, mirando hacia fuera.
—Hana, ¿qué estás haciendo?
—Han llegado los soldados de Amagiri.
—¿Tan pronto? —preguntó Sakura acercándose adonde estaba Hana—. ¿No tendríamos que abrir las puertas y darles la bienvenida?
Hana negó con la cabeza. Se apartó para que la señora pudiese mirar fuera y murmuró:
—Hay algo que no está bien, señora. Fíjese qué expresiones sombrías traen. Pero han traído un obsequio para nuestro laird. ¿Ve ese bulto envuelto en arpillera sobre las piernas del laird Amagiri?
—Dejadme mirar —dijo el padre Mitokado a espaldas de las dos mujeres.
Al volverse, Sakura chocó con el sacerdote. Le pidió disculpas por su torpeza y le explicó por qué estaba observando a los visitantes.
—Se comportan de manera muy contradictoria —dijo—. Tienen expresiones hostiles pero, al parecer, trajeron un regalo para el laird. Quizás esas expresiones sean pura jactancia.
—No, no creo —replicó el padre Mitokado—. Muchacha, los highlanders no son como los ingleses.
—¿Qué quiere decir, padre? Se vistan como se vistan, los hombres siempre son hombres.
Antes de contestarle, el clérigo cerró la puerta.
—En mi experiencia con los ingleses noté una característica muy particular: siempre parecen tener una intención oculta.
—¿Y los highlanders? —preguntó Sakura.
El padre Mitokado sonrió.
—Somos personas sencillas, tal como nos ves. ¿Entiendes? No tenemos tiempo de abrigar intenciones ocultas.
—Los Amagiri tienen esa expresión porque están enfadados por algo —intervino Hana—. No son lo bastante inteligentes para disimulos.
El sacerdote asintió.
—No nos gustan los subterfugios. El laird Amagiri parece tan furioso como una avispa a la que acaban de sacudir. No cabe duda de que está rabioso.
—Haré lo mejor que pueda para calmarlo. Después de todo, es un visitante —razonó Sakura—. Hana, por favor, ve a decirle a la cocinera que tendremos once personas más para cenar. No te olvides de ofrecerle nuestra ayuda para preparar la comida. Yo iré en un minuto.
Hana corrió a cumplir el encargo del ama.
—A la cocinera no le molestará —dijo por encima del hombro mientras recorría el pasillo que conducía a la puerta trasera—. A fin de cuentas, es una Uchiha. Sabe que no debe quejarse.
Al escuchar una afirmación tan peregrina, Sakura frunció el entrecejo. ¿Qué importancia tenía si la cocinera era Uchiha o Ōtsutsuki? Hana ya había desaparecido y Sakura decidió dejar para más tarde las explicaciones.
Luego, el sacerdote atrajo la atención de Sakura al abrir la puerta.
Sakura se colocó detrás del padre.
—¿Quién de ellos es el laird? —preguntó en un susurro.
—El anciano de ojos saltones que está sobre el caballo manchado —respondió el padre Mitokado—. Muchacha, es preferible que te quedes aquí hasta que tu esposo decida si los dejará entrar o no. Yo saldré y hablaré con ellos.
Sakura hizo un gesto afirmativo. Se quedó tras la puerta pero espió al sacerdote. El padre bajó los escalones y saludó en voz alta.
Los soldados Amagiri lo ignoraron. Los semblantes de los recién llegados parecían de piedra. A Sakura le pareció que se comportaban de un modo incorrecto: ninguno de ellos había desmontado siquiera. ¿Acaso no sabían lo ofensiva que resultaba esa conducta?
Sakura prestó atención al laird. Pensó que el padre Mitokado tenía razón: tenía los ojos saltones. Era un anciano de piel arrugada y cejas espesas. Tenía la vista fija en Sasuke. Sakura divisó a su esposo, que estaba cruzando el claro y se detuvo a pocos pasos de los soldados Amagiri.
El laird dijo algo que enfureció a Sasuke y la expresión de su esposo se tornó sombría y helada. Sakura nunca lo había visto así y se estremeció. Sasuke tenía el aspecto de un hombre dispuesto a presentar batalla.
Los guerreros Uchiha se colocaron detrás del laird y los Ōtsutsuki se les unieron.
El laird de los Amagiri hizo una seña a uno de sus hombres. El soldado desmontó rápidamente y trotó hasta acercarse al jefe. Era parecido y Sakura pensó que debía de ser el hijo. Vio que alzaba el gran envoltorio del regazo del padre. Acomodó el peso en los brazos, giró y caminó hasta quedar frente al caballo manchado. Se detuvo a unos pasos de Sasuke, alzó el paquete y lo arrojó al suelo.
El envoltorio se abrió. El polvo flotó en el aire y cuando se disipó Sakura vio en qué consistía el obsequio del laird: una mujer, tan ensangrentada y magullada que casi no se la reconocía, cayó del bulto y rodó hasta quedar de costado. Estaba desnuda y no tenía un lugar en el cuerpo que no estuviese lastimado.
Sakura se tambaleó, apartándose de la puerta y lanzó un gemido. Creyó que iba a vomitar. La imagen de la mujer herida la perturbó de tal modo que quiso llorar de vergüenza... y gritar de furia.
No hizo ninguna de las dos cosas sino que tomó el arco y las flechas.
