Augurio Ominoso
Un Mes y Veintidós días desde la Última Muerte (Nueve Muertes)
Esa mañana, cuando Subaru despertó, el Sol había decidido no dejarse ver. Una densa niebla había descendido sobre toda la capital, acompañada por una copiosa llovizna, impidiendo así el paso de una gran parte de los rayos de luz. Con su rostro emblanquecido, Subaru había salido de su cama en la mansión de Anastasia, para entonces doblarse sobre sí mismo y vomitar todo el contenido de su estómago.
Un fuerte olor agrio llegó a su nariz, provocando que sufriera otra arcada. El piso ahora se encontraba cubierto por un líquido amarillento; lo poco que había cenado en casa de Leith. Las náuseas que sentía eran tan fuertes, que al intentar dar un paso hacia atrás para alejarse de su vomito, tropezó y cayó sobre sus nalgas.
Gruñendo, Subaru se había arrastrado hasta su cama. Se sentó en ésta y comenzó a hacer ejercicios de respiración para aliviar la desagradable sensación. Así como el cielo pálido, su piel tenía un tono blanquecino; enormes ojeras eran la única mancha en el lienzo en blanco que era su piel. Pasados unos minutos, Subaru había sentido que las náuseas se habían aliviado, por lo que fue al baño ubicado dentro de su habitación, tomó un trapo y regresó para limpiar el vómito…
Desde entonces habían pasado un par de horas, y Subaru aún no había salido de su habitación; ni siquiera para desayunar. Lo cierto es que ignoraba que hora era, bien podrían ser las ocho de la mañana, o las diez de la noche; aunque claro, en ese mundo el tiempo no era medido de esa manera. Con ojos enrojecidos, observó la hoja de papel que se encontraba entre su manos. En éste podía apreciarse un esbozo de lo que parecía ser un ventilador; o algo de apariencia similar.
Tras varios minutos de observarlo detenidamente, Subaru gruñó, para posteriormente doblar el papel en su puño hasta convertirlo en una esfera y lanzarlo a una esquina de su habitación. Allí, en dicha esquina, se encontraba un pequeño contenedor de basura cilíndrico; una papelera. Ésta se encontraba llena hasta el tope, y múltiples bolas de papel la rodeaban. El boceto recién desechado calló al suelo, perdiéndose entre el cumulo de bolas de papel.
Suspirando, Subaru se recostó sobre el respaldar de su silla de madera y se tomó la cabeza. Le dolía mucho el estómago, probablemente porque no había vuelto a comer nada desde que bebió el té que Leith le había ofrecido. Y definitivamente no ayudaba que apenas hubiera logrado dormir un par de horas tras regresar a su habitación.
A Subaru le habría gustado poder excusarse alegando que ello se debía al cambio de ambiente. Pero lo cierto es que para ese momento ya se había acostumbrado a su estilo de vida seminómada. Dormir poco también era algo a lo que ya se había acostumbrado. Las pesadillas cada noche eran más constantes, por lo que incluso cerrar sus ojos era suficiente para ponerlo ansioso. Aun así, esa desagradable mañana se sentía peor que cualquier otra en mucho tiempo; y él ya había identificado al causante de ello.
"Maldición, no dejo de sentir como si algo catastrófico estuviera a punto de pasar…" Murmuró con pesadez, mientras se levantaba de la silla y se alejaba del escritorio.
La ominosa sensación capaz de helar su sangre, que había estado recorriendo su cuerpo durante la noche del día anterior, aún no lo había abandonado. Todo lo contrario, había empeorado. Se sentía nervioso, ansioso, aterrado, cómo si sus instintos afilados por la exposición a la muerte le dijesen que ésta se estaba acercando de nuevo.
Apenas había pasado mes y medio desde el ciclo de muertes en Kyo, y Subaru no estaba en condiciones de volver a lidiar con algo como ello. Y no es como si de otra manera lo fuera a estar; acostumbrarse completamente a morir no era algo que creyera posible, después de todo. Sin embargo, su estado mental estaba más lejos que nunca de encontrase estable. Verse expuesto a algo como morir una vez más, podría finalmente quebrarlo por completo, y él mismo no estaba seguro de que podría pasar entonces.
Una vez se halló en pie de nuevo, Subaru arrastró su mirada por la habitación, para finalmente posarla en sus brazos. Estos estaban cubiertos por vendas blancas, en las cuales eran visibles múltiples manchas de sangre seca. El estado mental en el que se encontraba, para su suerte, tenía una pequeña ventaja, y ésta era que se encontraba considerablemente entumecido ante el dolor físico.
Por esto, Subaru había sido capaz de continuar con su rutina diaria, compuesta casi en su totalidad de trabajar en sus diseños, sin mayor problema. Aun así, como era de esperarse, la presencia de las astillas había resultado en detrimento de la integridad de sus brazos; los cuales se encontraban en estado constante de infección y, por lo tanto, inflamación. De no ser porque semanalmente hacía que se los trataran con magia de curación, lo más probable es que ya habría perdido ambos brazos.
Otra ventaja de la magia curativa… Al menos no perderé mis brazos por culpa de mi estupidez, pensó, mientras rozaba las vendas con sus dedos. Ahora que había pasado un tiempo desde lo ocurrido el día que decidió dejar las astillas bajo su piel, y había podido reconsiderar sus acciones, Subaru pudo aceptar que se había dejado llevar por el calor del momento… No obstante, ya no había vuelta atrás. Así como le había dicho al curandero; estaba aprendiendo a vivir con ello.
Liberando un pesado suspiro, Subaru abrió la puerta de su habitación y se aventuró en los corredores de la mansión secundaria de Anastasia Hoshin. Originalmente había planeado regresar a la casa de Leith, después de todo eran socios y eso habría acelerado mucho las preparaciones que tenían que hacer juntos. Pero después del ataque en Kyo, hacerlo le fue imposible.
Y no solo porque Anastasia prácticamente le ordenó quedarse en su mansión, sino que además no quería comprometer aún más a sus colegas exponiéndolos con su prolongada presencia. Alguien estaba tras él, el desconocido cliente que había contratado a las asesinas que lo atacaron en Priestella y, presuntamente, había podido influir de alguna manera para que la Zarestia impostora lo atacara; y dado que ella murió en su enfrentamiento, preguntarle al respecto sería imposible.
Cualquiera que se relacionara con él podría estar exponiéndose al peligro de que el Cliente colocara un blanco en su espalda, o tal vez peor, al peligro de verse envuelto en otro intento de asesinato hacia su persona. Por ello mantenerse junto a Anastasia, una de las personas con mejor seguridad de ese mundo, era su mejor opción; teniendo en cuenta tanto su seguridad como la de los demás.
Ahora cada vez que salía de la mansión era escoltado, aunque no siempre por alguno de los trillizos. Dentro de la mansión también era protegido, y siempre había un mercenario del Colmillo de Hierro en la habitación al lado de la suya. Aunque esa constante vigilancia había actuado en detrimento de sus salud mental, y no era raro que le dieran ataques de nervios por el simple hecho de tener que ir al comedor.
Entre ello, y la ominosa sensación de que algo terrible tomaría lugar, Subaru había perdido por completo el apetito. No obstante, no por ello su estómago había dejado de necesitar de alimento, por lo que finalmente se había visto obligado a ir por algo de comida. Arrastrando sus pies, Subaru se acercó al comedor, con el mismo mercenario al que le habían asignado el turno en la habitación de al lado siguiéndolo de cerca.
No había demasiados miembros del Colmillo de Hierro en los alrededores; o al menos no el flujo de éstos que se podría llegar a ver durante un día normal. Por su puesto, esto tenía una buena razón. Dado que Anastasia había enviado a gran parte de sus mercenarios contratados junto con las fuerzas que reunió Crusch Karsten, solo algunos miembros se habían quedado atrás para proteger tanto a la mansión como a su dueña; y de paso, a él.
Por lo mismo, el sujeto que lo estaba siguiendo era el mismo que lo había acompañado a su reunión con Leith. Tal vez por esto es por lo que él parecía estar respetando un poco más su espacio personal. ¿Acaso había notado su mal humor y había preferido darle su espacio? Era posible, pero Subaru no tenía la intensión de comprobarlo.
Una vez su cuerpo traspasó el umbral que daba paso al comedor, Subaru finalmente pudo relajarse un poco. Como indicaba el protocolo, el mercenario se quedó al lado de la puerta, por lo que Subaru finalmente pudo liberarse de la molesta escolta. Si tan solo estuviera Mimi… Pensó con pesadumbres. Solo cuando la pequeña demi-humana o Tivey eran sus escoltas, Subaru se sentía en completa comodidad.
Pero ella se encontraba acompañando a Ricardo y Julius, y Tivey estaba ejerciendo como la escolta personal de Anastasia, así que ninguno de los dos estaba disponible para acompañarlo. En el caso de Tivey, él se había quedado, por su puesto, para proteger a anastasia, pero además para ayudarla con varios asuntos relacionados con las cuentas de la empresa. Como el más inteligente de los trillizos, Tivey era quien solía ayudar a Anastasia con el papeleo de mayor importancia y confidencialidad cuando éste era demasiado para solo ella.
Así que tendría que conformarse con su escolta actual; concluyó con desgano. Subaru finalmente se sentó a la mesa, la cual no tardó en ser cubierta por platos de distintos tipos; algunos más extravagantes que otros. Entre estos había algunos que resultaban nostálgicos, lo que tenía sentido, tomando en cuenta que él mismo le había explicado al chef el cómo prepararlos. Considerando lo que tenía al frente, era obvio que se había brincado tanto el desayuno como el almuerzo, puesto que ninguno de los platillos calzaba con lo que se desayunaría en esa mansión.
Sin mencionar nada al respecto, Subaru acercó uno de los platos hacia sí mismo; era un platillo típico en Kararagi: ramen. Subaru permitió que el nostálgico aroma que emanaba de éste inundara su nariz, reprimiendo un melancólico sollozo en el proceso. En silencio, Subaru comenzó a comer. Habían pasado un par de minutos en los que solo el sonido de fideos siendo sorbidos reverberaba en la habitación, cuando Subaru escuchó el sonido de una silla siendo arrastrada. Ante esto, Subaru levantó la mirada instintivamente, encontrándose así con dos ojos de un hermoso tono verdeazulado.
"Me alegra ver que finalmente salieras de tu habitación, Natsuki-kun. Lo cierto es que cuando no te vi durante el almuerzo comencé a preocuparme un poco. ¿No crees que estás siendo un poco ingrato con tu anfitriona?" Con gestos de resentimiento falso, Anastasia le reclamó por haberse ausentado durante dos de las tres comidas del día.
"Supongo que tienes razón; lo siento… Es solo que… que…" Subaru bajó la mirada y trató excusarse, pero no se le ocurrió nada. Anastasia ya estaba al tanto de mucho de lo que lo atormentaba, pero eso no significaba que comprendiera por completo cuan afectado se encontraba él por todo ello. Y aunque a Subaru le habría gustado poder hablar más de ello, su incapacidad de encontrar las palabras correctas para expresarse, y su aversión a seguir mostrando sus múltiples debilidades, se lo impedían.
"No hace falta que te fuerces a decírmelo, Natsuki-kun. Solo bromeaba. Cada uno lidia con sus problemas a su ritmo, así que no quiero que te sientas presionado. Cuando te sientas listo para retomar tu rutina normal, me alegrará compartir la mesa contigo." Con una sonrisa extremadamente tranquilizadora, Anastasia le impidió seguir hablando.
A pesar de su estado, Subaru nunca había dejado de trabajar en sus diseños. De hecho, todo lo ocurrido solo lo había llevado a obsesionarse con dedicar todo su tiempo a trabajar en éstos. Por ello, no era raro que Anastasia y él se vieran seguido para conversar respecto a éstos y el rumbo de la Operación Reinvención. Por su puesto, después de varios meses ambos habían llegado a abrirse al otro.
Subaru no podía decir que conocía demasiado a Anastasia Hoshin; no era íntimo con ella después de todo. Pero la conocía lo suficiente como para considerarla una amiga. Pasar tiempo con ella, aunque en la mayoría de las ocasiones éste sería invertido completamente en hablar de negocios, era de las pocas cosas en las que encontraba deleite.
Después de todo, Anastasia era una mujer inteligente, que sabía muchísimo de negocios y conocía todo del sector en que se movía. Gracias a ella, había logrado decidirse en que diseños enfocarse y en que no; si no estaba seguro de sí una idea de su mundo tendría cabida en ese, iría con ella y ella le diría que tipo de artículos se venderían bien y que no. Ahora tenía casi cien diseños terminados, y ella había influido mucho en que artefactos saldrían de éstos.
Subaru sacudió la cabeza, percatándose de que se había dejado llevar por sus cavilaciones y miró de nuevo a Anastasia. La chica estaba vistiendo un vestido blanco con detalles violeta y su pelo estaba peinado en una gran trenza, que caía sobre su espalda como si de una catarata lila se tratara. "Me he estado sintiendo nervioso, eso es todo." Dijo Subaru, decidido que lo mejor era explicar el porqué de su ausencia.
"¿Hmm? ¿Nervioso? ¿Tiene algo que ver con la Operación Reinvención? ¿O con…? No, si hablar de ello te hace sentir peor, no tienes que decirme nada." Anastasia sacudió su mano, como dándole a entender que podía dejar de lado el asunto; pero no era lo que Subaru deseaba, necesitaba sacarlo de sus sistema, o era posible ello que siguiera atormentándolo indefinidamente.
"No, no tiene nada que ver con la Operación Reinvención. Aunque es cierto que su proximidad me pone un poco nervioso… No, lo que me preocupa es…" Subaru se calló. Ambos cruzaron miradas por un momento, en completo silencio, mientras que él buscaba las palabras que deseaba decir. Ella, similar a su caballero, mantuvo su semblante siempre calmo, sin mostrar intención de quedar apurarlo. "Anastasia…" Dijo él tras un rato.
"¿Hmm? ¿Pasa algo?" La chica inclinó su cabeza ligeramente, mientras lo miraba con una expresión que era objetivamente adorable.
"¿Aún no has recibido algún informe sobre lo ocurrido durante la cacería de la Ballena Blanca? Tal vez ya haya llegado un mensajero de Crusch-san… Es solo que me gustaría corroborar que todo salió bien." Logrando finalmente decir, aunque de manera parcial, lo que quería decir, Subaru esperó expectativamente a que la chica le respondiera. Ella lo miró en silencio por un momento, antes de atreverse a hablar. Sin embargo, el tono de su voz inmediatamente puso a Subaru en estado de alerta.
"No, lastimosamente se encuentran demasiado lejos. Tendremos que esperar al menos dos días para que nos lleguen noticias al respecto… Aun así, Natsuki-kun… ¿A qué te refieres?"
"¿A qué me refiero?" Preguntó él devuelta, siendo un escalofrío recorrer su espalda.
"Sí… ¿A qué te refieres con Crusch-san? No recuerdo que nadie con ese nombre formara parte del grupo de cacería…" Y con esas palabras, Subaru comprendió que su instinto, muy como el de Halibel, no había fallado.
"… ¿Qué?"
"Viejo Wil… ¿Dónde…? ¿D-Dónde es-estamos? ¿Qué… qué su… ce…dió?" Wilhelm, con un semblante ligeramente abatido, observó atentamente al chico de aspecto femenino, cuya mirada se encontraba totalmente perdida. Wilhelm escaneó su delicado cuerpo en busca de heridas, pero no encontró nada; era como el curandero del Colmillo de Hierro le había indicado.
Suspirando, Wilhelm envainó su última espada y se sentó al lado del chico demi-humano. "Estamos en una planicie ubicada entre las Mesetas Hyclara y la Ciudad de Flanders. Aunque supongo que eso no es lo que quieres escuchar." El anciano miró al chico de soslayo, esperando alguna clase de respuesta; no la obtuvo. Felix seguía mirando hacia al frente, como si en su mente él nunca se hubiera movido de allí. Wilhelm suspiró de nuevo, con aún más pesadez que antes.
"Parece que la niebla le afectó mucho más que a los demás… Es el único que no se ha recuperado." El diagnóstico provino del curandero principal del Colmillo de Hierro, un demi-humano de aspecto zorruno.
"Cuando la ballena liberó la… Niebla de Contaminación Mental, Felix no fue afectado. No creo que su estado tenga que ver con ello." Lo corrigió el guerrero avejentado, negando con la cabeza.
"¿Tal vez el efecto fue retardado, y por eso le afectó de tal manera?" Dado que el curandero había formulado su hipótesis como una pregunta, estaba claro que él mismo no estaba seguro de ésta.
"No, tampoco creo que se trate de eso. Lo cierto es que ni a él ni a mí nos afectó la niebla en primer lugar. Y aunque no me siento tan… perdido como él, lo cierto es que sí me siento como… si algo me hiciera falta. Algo aquí." Teniendo problemas para transmitir lo que sentía, Wilhelm habló pausadamente, para al final señalar su cabeza con su dedo índice.
"Hmm… Se supone que el ataque más terrible de la Ballena Blanca era el borrar a la gente de la existencia misma con gigantescos torrentes de maná contaminado, ¿no es así? Tal vez…" Pero antes de continuar, el curandero se detuvo; decir lo que estaba por decir podía llegar a considerarse insensible, o al menos así lo razonó él. Wilhelm, percatándose de esto, sacudió su cabeza.
"Yo pienso lo mismo. Sabemos que varias personas de cada escuadrón murieron a causa de la niebla, dado que simplemente desaparecieron en el aire. Es posible que una persona cercana a Felix y a mí se encuentre entre esos números. El solo pensarlo hace que quiera arder en ira, pero ahora que la mabestia está muerta, es como si no tuviera hacia dónde dirigirla…" Mostrándose extrañamente franco, Wilhelm habló de lo que sentía mientras apretaba fuertemente con una de sus manos el mango de su espada. Tras unos momentos de silencio, Wilhelm se levantó e hizo una reverencia en dirección del curandero. "Disculpe a este anciano y sus desvaríos, me imagino que se debe encontrar muy ocupado ahora que Felix no pude hacerse cargo de los heridos."
"N-No hace falta que se disculpe, Wilhelm-sama. Todo esto, toda esta situación, nos ha afectado a todos. Nosotros también estamos recogiendo los pedazos, pero siéntase en la libertad de acudir a nosotros en caso de que lo necesite." Y con una reverencia más por parte de Wilhelm, el curandero se despidió y se alejó ligeramente apenado.
Después de intentar comunicarse con Felix por un rato más, sin resultado alguno, Wilhelm se despidió del Caballero Azul y caminó por los alrededores de la planicie, ahora tumba de la Ballena Blanca. Habló con varios de los veteranos guerreros que se le habían unido a la cacería y dio condolencias a aquellos que habían perdido allegados. Después de casi una ronda completa, Wilhelm se encontró con la tienda hechiza en la que se encontraban Julius, Ricardo y Mimi…
Posteriormente a que su filo le arrebatara la vida a la ballena, y a que sus copias se desvanecieran en el aire justo como habían esperado, Wilhelm comenzó a buscar a los aliados que le habían permitido cobrar la venganza que había estado pendiente por catorce años. Encontró a Julius relativamente rápido. Éste se encontraba en el suelo, inconsciente, y su dragón de tierra lo estaba protegiendo. Poco después apareció Ricardo, cargando a una también inconsciente Mimi.
Aparentemente habían sobrevivido la caída de la ballena gracias a que su dura piel sirvió para absorber y disipar la fuerza del impacto, pero aun así no habían salido completamente ilesos. No obstante, la mayor parte del daño que habían recibido había sido causada por el uso de la poderosa técnica que derribó a la ballena.
La niña solo había salido con vida gracias a que su Protección Divina le permitía compartir su energía vital, su Odo, con sus hermanos. Y Ricardo, a pesar de contar con un cuerpo mucho mejor entrenado para soportar el daño de retroceso del ataque sónico, había terminado con su mandíbula rota y gran parte de su hocico desgarrado.
Una vez los cuatro se encontraron de nuevo juntos, fueron en busca del resto de supervivientes, a los que encontraron en un mismo lugar gracias al trabajo de los subordinados de Ricardo. Dar con ellos había resultado ser una tarea sencilla, gracias a los metias que habían sido distribuidos entre el grupo de mercenarios; estos, mientras que la última batalla tenía lugar, habían localizado a los supervivientes y armado un puesto de avanzada compuesto por diversas tiendas de tela. Entre los supervivientes se encontraba Felix, lo que había traído paz a Wilhelm; aunque el sentimiento no duró mucho.
La última vez que Wilhelm había visto al mejor curandero del reino, éste había perdido la compostura por completo. Y aparentemente su estado solo había empeorado, puesto que ahora parecía estar totalmente trastornado, ido… Julius, Mimi y Ricardo fueron llevados para ser tratados por los pocos curanderos que sobrevivieron a la batalla y Wilhelm se quedó con Felix…
Ahora que volvían a reunirse, el estado de los tres, como era de esperarse, no había cambiado demasiado. Julius seguía inconsciente, al igual que Mimi, y Ricardo ahora tenía una especie de bozal en su hocico; algo que Wilhelm intuyó que serviría para inmovilizarle la mandíbula y que así no se lastimase más. El anciano se acercó a ellos en silencio, esperando recibir solo silencio en respuesta a su llegada, sin embargo, sus expectativas fueron traicionadas por la voz de Ricardo.
"Nohotros ia, noh vamoh." Dijo con su voz siendo entorpecida por el bozal. "Patiréh juto al reto de Comiyo e Iero. Noh llevarémoh a loh máh heridoh. Y- ¡Argh!" Ricardo parecía aún tener información que transmitirle, pero su lesión de mandíbula simplemente se lo estaba haciendo imposible.
"¡Capitán! ¡Le dije que lo mejor era que no hablara, podría lastimarse más de lo que ya está!" Percatándose de lo que estaba haciendo su líder, uno de los curanderos del Colmillo de Hierro se acercó a ambos, para entonces reacomodar el bozal, que al parecer se había movido por la insistencia de Ricardo por hablar a pesar de las recomendaciones en contra de ello. "Lo que el capitán quiere decir es que nosotros ya nos vamos de aquí, pensamos usar la mitad de los carruajes que trajimos para llevarnos a los que están más heridos. Como habíamos acordado, haremos una corta parada en la Ciudad de Flanders para que allí puedan tratar mejor sus heridas y lesiones. ¿Qué piensan hacer ustedes, Wilhelm-sama?"
Con ustedes, Wilhelm supuso que el curandero se refería a él y los guerreros que se encontraban bajo su mando y el de Felix durante la duración de la cacería. "Es necesario que congelemos a la ballena para retrasar su pudrición, y que nos llevemos una parte para demostrar ante el reino que realmente acabamos con ella. Así que partan ustedes primero, nosotros lo haremos una vez nos hagamos cargo de ello. Es posible que para la tarde nos podamos reunir de nuevo."
"¡Bieh!" Gritó Ricardo, desacomodando de nuevo su bozal y provocando otra reacción exagerada por parte del curandero. Wilhelm, una vez la situación volvió a calmarse, miró entonces a Ricardo e hizo una sola petición.
"Nada más pido que se lleven a Felix, por favor. Tal vez salir de aquí cuanto antes ayude a acelerar su recuperación." Ricardo asintió energéticamente y entonces ambos grupos, mercenarios y guerreros, sin contar a aquellos cuya salud aún se encontraba cerca del umbral de la muerte, se separaron de nuevo.
Pasaron tres horas desde la partida del Colmillo de Hierro y lo más heridos, para que el grupo bajo el mando de Wilhelm Van Astrea pudiera imitarlos. Con la desfigurada cabeza de la ballena ubicada en la parte posterior de la caravana, y el resto de su cuerpo completamente congelado gracias al uso de magia, los guerreros comenzaron su viaje de regreso a la capital de Lugunica; aunque antes debían reunirse con los mercenarios en la Ciudad de Flanders, que se encontraba a un par de horas de la planicie donde había tenido lugar la batalla.
La caravana avanzó en silencio por la carretera que conectaba su primer destino con las Mesetas Hyclara; ésta se encontraba completamente desolada. Probablemente los mercantes a los que se les había impedido el paso habían regado la voz, y eso había espantado a todos aquellos con la intención de cruzar la carretera.
Por lo mismo, cuando el conductor del carruaje que lideraba la caravana gritó "¡Hay alguien parado en medio de la carretera! ¿Cómo debo proceder?", Wilhelm supo que algo no andaba bien; que la batalla aún no había terminado, solo cambiado de contrincante. Sin dudarlo, desenvainó su espada y gritó a sus hombres que se detuvieran. Su voz no sonó resonó de manera especialmente estruendosa, pero aun así bastó para que todos los conductores obedecieran al unísono.
De un salto, Wilhelm bajó del carruaje en el que se encontraba, el segundo en la formación, y avanzó a paso tranquilo hacia la parte delantera de la caravana. Una vez el carruaje frontal salió de su campo de visión, Wilhelm pudo verlo. Era un hombre de blanco… Y eso era todo, visualmente no tenía otra característica que pudiera resaltar además de esa. El hombre de blanco se veía como una persona completamente normal, si acaso del estrato medio-alto de la sociedad. Aun así, el blanco de ese hombre… no era un blanco puro, de eso estaba seguro. Lo que tenía frente a él no era del todo humano.
