CAPITULO 12

Si Candy pensaba que las cosas después de aquello iban a ser más sencillas, se equivocó totalmente, sobre todo cuando al día siguiente, al bajar con Annie, vio a una nueva invitada. Hacía cuatro años que no la veía, cuatro años en los que había tenido tiempo de pensar en el porqué de su traición, en por qué su propia sangre la odiaba hasta tal extremo de partirle la vida en dos.

Su hermana Elisa McWhite hablaba con familiaridad con Susana Davidson. Estaba claro que se conocían de antes, y aquello no hacía sino incrementar su agonía. Susana Davidson era una mujer muy bella y casi todos los Highlanders allí reunidos habían mostrado algún tipo de interés. Sin embargo, Candy desconfiaba de ella. La había visto lanzar algún que otro comentario velado e hiriente a otras de las invitadas más tímidas o menos agraciadas y se había ganado su antipatía. Si Candy había algo que no soportaba era a las personas que pensaban que podían dañar a otras por el simple placer de poder hacerlo, las que se sentían superiores y querían demostrarlo a base de avasallar y dañar a otros.

La injusticia hacía sacar lo peor de Candy y Susana Davidson estaba haciendo méritos para que ella estallara. Eso, unido al constante interés de Susana en Albert, hacía que quisiera estrangular a la dama en cuestión. Aunque eso lo tenía superado, se dijo interiormente. Lo que no tenía superado era ver a Elisa después de todo lo que había pasado.

Su expresión tuvo que cambiar porque Annie la tomó por el brazo parándola de golpe.

—Quizás no haya sido buena idea que bajaras, te has puesto blanca de nuevo. ¿Estás mareada? ¿Voy a buscar a Patty? —le preguntó su prima con cara de preocupación.

Candy la miró con tranquilidad y esbozó una pequeña sonrisa.

—No es por lo que crees. Acabo de ver a una nueva invitada y es Elisa.

Annie la miraba con cara de no entender nada.

—¿Elisa? ¿Qué Elisa? —Entonces los ojos de su prima se abrieron como platos—. ¿Tu hermana Elisa? ¿La que no me has contado qué te hizo exactamente, pero que te traicionó de la peor de las maneras y a la que odiamos por ello? ¿A la que pienso estrangular en cuanto le ponga las manos encima? ¿Esa Elisa?

Candy no pudo menos que volver a sonreír cuando Annie hizo su fervoroso discurso.

—Esa misma, pero tendrás que ponerte a la cola. Primero la estrangulo yo. Y encima está hablando con Susana Davidson. Creo que se conocen.

Annie hizo un bufido poco femenino.

—No me extraña, las alimañas se reconocen entre ellas.

Candy hizo una mueca y Annie soltó una risilla.

—Vale, ahora vamos a cruzarnos con ellas. En algún momento hay que hacerlo y no vamos a postergarlo. Lo que quiero es que pongas tu mejor sonrisa y seas toda amabilidad.

Annie negó con la cabeza antes de hablar.

—Todavía tienes fiebre si crees que soy capaz de hacer eso.

Annie la miró alzando las cejas cuando Candy la miró reprendiendo esa actitud.

—¡Qué! Esas dos juntas son peor que las siete plagas de Egipto —Annie supo que tenía que explicarse cuando vio la expresión de Candy—. El padre Ezequiel es muy estricto en cuanto al conocimiento de las sagradas escrituras.

—Te lo voy a decir de otra manera. Si vas ahí y ven tu malestar, Susana disfrutará y mi hermana sabrá que todavía tiene poder sobre mí para hacerme daño, así que si yo puedo, tú puedes.

Annie la miró con admiración y reconoció a su pesar que tenía que hacerlo. Negarle a su prima lo que le pedía, no beneficiaría a Candy y sería egoísta.

—Sabes que te quiero mucho ¿verdad? Estoy orgullosa de que seas mi hermana mayor, porque esa bruja perdió su derecho y ahora lo tengo yo. Así que haré lo que me pides, no puedo negarme. Si hace falta me morderé la lengua y pondré mi mejor sonrisa.

Candy la miró con todo el cariño que le profesaba. Ella pensaba lo mismo y sentía igual, que Annie era su hermana, esa hermana que creyó tener una vez, pero que resultó ser una mentira.

Candy y Annie se dirigieron hacia la entrada. Antes de llegar a su altura, la voz de su hermana, apenas audible en un susurro de sorpresa, estrangulado y casi irreconocible, hizo que ambas miraran en su dirección.

—¿Candy? —preguntó Elisa sorprendida y conmocionada de verla allí.

—¿Os conocéis? —preguntó también sorprendida Susana.

Candy se acercó con Annie a su lado, y cuando llegó junto a su hermana inclinó la cabeza en señal de saludo. Sintió a Elisa tensarse cuando estuvo a escasos metros de ella, como si el mero hecho de que estuviera cerca le diese asco. Sí, era posible que sintiese eso por ella, porque su odio quedó claro en el pergamino que le mandó hacía más de tres años. No le bastó traicionarla, sino que después tuvo que contarle la magnitud de su traición y de lo mucho que lo había disfrutado, como si su venganza no fuese completa hasta que ella lo supiera y fuera consciente de su éxito. Y así había sido. Candy no hubiese sabido nunca cómo era en realidad su hermana, todo lo que había hecho para dañarla si no hubiese sido por aquellas líneas escritas.

—Hace mucho tiempo, Elisa —dijo Candy con frialdad.

Esa frialdad, esa falta de reacción le dolía a pesar de todo lo que había pasado porque una pequeña parte de ella quería reconocer en aquella mujer que tenía delante a su hermana, a la niña que había crecido con ella y a la que había querido y protegido. Elisa era dos años menor que ella y, aunque la diferencia era poca, Candy siempre la defendió del mal humor de su padre, de su violencia y de la indiferencia de la madre de ambas. Intentando siempre protegerla de todo aquello, que dolía y mucho, y que siempre disimuló y disfrazó por Elisa.

Sin embargo, no podía perdonarla. Lo había intentado, pero después de lo que hizo, después de provocar casi su muerte y la de lo más preciado para ella, después de conseguir que Albert desapareciera de su vida, de ponerla a merced de la furia y la violencia de su padre, del destierro, del dolor. No, no podía olvidarlo. Ella mató muchas cosas en la vida de Candy. Entre ellas, el amor por su familia y su hermana.

—Somos hermanas —dijo Candy mirando a Susana.

Vio la confusión de esta a la vez que miraba a Elisa y a ella alternativamente, como si todavía no lo creyera. Sabía que las diferencias entre ambas eran grandes. No se parecían en nada. Candy era rubia, con los ojos verdes, alta y esbelta. Elisa tenía el pelo rojizo y sus ojos eran de color marrón claro. Mucho más baja que Candy y con más curvas.

—No sabía que ibas a venir —dijo por fin Elisa, que hasta ese momento parecía incapaz de articular una palabra, recelosa por la reacción de Candy al verla. Vio el miedo en sus ojos al observarla como si estuviese esperando el estallido por parte de su hermana, la condena por todo lo que le había hecho.

—Ni yo tampoco que ibas a venir tú —contestó Candy.

Y entonces Annie no pudo morderse la lengua.

—A veces vivir en la ignorancia es una bendición.

La cara de Elisa y Susana era todo un poema.

Candy miró a Annie y, esta cuando vio la reprimenda en su mirada, esbozó rápidamente la sonrisa más forzada que jamás se hubiese visto.

Candy se quedó mirándola fijamente, con claro gesto de «¿en serio?» antes de continuar con la pequeña farsa.

—Elisa, te presento a nuestra prima Annie, hija de nuestra tía Mary.

Annie enarcó una ceja en dirección a Candy cuando escuchó su presentación diciendo claramente «¿en serio tú también?».

—Encantada de conocerte —dijo Elisa, a lo que Annie respondió con un gesto con la cabeza y el gruñido de un perro rabioso con afonía.

Ni muerta le decía a esa que también se alegraba de conocerla, se dijo Annie, que no dejó la sonrisa en ningún momento. Estaba haciendo un gran esfuerzo. Candy no podía exigirle nada más, ¿verdad? Suficiente que no le había arrancado la cabeza a esa sanguijuela de Elisa McWhite.

Candy vio la mirada especulativa de Susana evaluando y sacando la acertada conclusión de que entre las hermanas no había una buena relación. El silencio se hizo tenso hasta que pareció quebrarse y volverse incómodo.

—Nos veremos más tarde, sin duda. Annie y yo vamos a dar un paseo. Si nos disculpan —dijo Candy despidiéndose de ellas y encaminándose con Annie hacia la puerta principal del castillo.

—¿Vamos a dar un paseo? Creía que íbamos a sentarnos un rato. Todavía no estás bien.

Candy aceleró el paso.

—Créeme, estoy bien y necesito salir, necesito sentir el aire fresco. Aquí no puedo respirar.

—Está bien, está bien, vamos fuera —se apresuró a contestar Annie cuando vio la cara de su prima—, pero espérame un momento. Subiré por algo para abrigarnos. Hace un poco de frío.

—Te esperaré en los establos —contestó Candy, que no quería seguir allí dentro ni un momento más—. Hace dos días que no veo a Radge.

Annie la miró viendo en los ojos de Candy cierta preocupación.

—Radge está bien. Sabes que Tom no dejaría que le pasase nada.

...

Tom, uno de los hombres de confianza de su cuñado Thane, se había quedado con ellas, y aunque había respetado la intimidad de ambas para que pudieran integrarse bien entre todos los asistentes a la reunión, siempre estaba pendiente. Sino encontrándose en la misma sala, merodeando por los alrededores, hasta que Candy habló con él. No había ningún peligro allí y el hecho de que estuviese tan cerca de ellas mandaba el mensaje de que no confiaban en Archie McLaren para la salvaguarda de sus invitados.

—Efectivamente, no confío. No lo conozco de nada —le había dicho a Candy con cara de no admitir réplica alguna.

—Tom, no queremos iniciar una guerra, más bien, salir ilesos de estos días y volver a casa así que, por favor, yo prometo no ir a ningún lado sin decírtelo y tú prometes alejarte un poco para que podamos respirar, ¿vale?

Tom había asentido porque sabía que Candy no le ofrecería nada mejor, y aquella mujer era de armas tomar, así que, aunque estaba cerca, cuando ellas no salían del castillo iba a ayudar a los hombres del pueblo con la reconstrucción de algunas casas que habían sufrido daños por las lluvias semanas atrás. Se había ofrecido cuando vio en uno de sus paseos los estragos hechos por las tormentas recientes y, aunque reticentes, los hombres aceptaron su ayuda cuando vieron dos pares de brazos fuertes. Era más que evidente que las gentes del clan MacLaren, a pesar de su buena disposición, no estaban felices de tener a todos aquellos foráneos allí. No todos eran iguales, pero algunos de los Highlanders, incluso de las damas no habían tratado con la consideración adecuada a los MacLaren. Archie había dejado claro que no iba a permitir ninguna trasgresión, ninguna falta de respeto hacia su gente, hacia su clan, pero había formas veladas para quebrantar la buena educación sin llegar a ser insultante y unos cuantos de los que estaban allí eran verdaderos artistas en ello.

Candy dejó de pensar en Tom y en lo que le había dicho Annie en cuanto entró en el establo después de cruzar el patio. El día estaba nublado y unas nubes hacían presagiar lluvia, sin embargo el ambiente no era tan frío como había imaginado, y el sentir el aire limpio después de dos días de encierro había inundado sus sentidos con apabullante necesidad.

Miró al fondo, donde estaba Radge. Parecía algo nervioso. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, este se movió rápido, inclinando el cuello y buscando el contacto de su mano.

—Hola, corazón, ¿Cómo estás? Nervioso, ¿eh? No te preocupes, mañana tú y yo saldremos a dar un paseo.

Radge parecía entender a Candy, que al decir las últimas palabras recibió en compensación un cariñoso achuchón extra del mismo.

—Yo también te quiero, grandullón.

—Es un caballo precioso.

Candy se volvió rápido cuando la voz suave y aniñada resonó a sus espaldas. Había creído estar sola, pero cuando se volvió, un par de ojos enormes la miraban tímidamente.

—Sí que lo es, pero yo no soy objetiva. No puedo, me tiene ganado el corazón.

El dueño de esos ojos, un niño que no alcanzaría los diez años, esbozó una verdadera sonrisa.

—No me extraña, señora. Es uno de los caballos más bonitos que he visto nunca.

Radge lanzó un relincho.

—Radge te da las gracias.

El pequeño soltó una carcajada.

—Pero no nos han presentado. ¿A quién tengo el honor de conocer? —preguntó Candy.

El niño se ruborizó de pronto, evidenciando su timidez. Candy decidió presentarse ella primero para hacer que el pequeño dejara de sentirse tan cohibido.

—Candy MacLeod —continuó, esperando que el niño se animara a decirle su nombre.

Las mejillas del pequeño se colorearon aún más, mientras sus pies parecían no poder permanecer quietos.

—Jimmy Daroch

Candy sonrió.

—Encantada, Jimmy Daroch. Imagino que te gustan los caballos por lo que acabas de decirme y que sabes mucho de ellos —continuó Candy.

—No, señora. No sé mucho, pero sí que me gustan y soy el que me encargo de limpiarlos y estar pendiente de ellos. El Laird Daroch me ha traído para eso.

Candy pensó en el jefe del clan Daroch. Ese hombre no le gustaba. Su furia incontrolable y su falta de respeto eran sus cualidades más destacables, por lo menos las que ella había podido observar desde su llegada.

—Bueno Jimmy, ese es un trabajo de responsabilidad. Está claro que confían mucho en ti.

Candy vio cómo el chico volvía a ponerse rojo y se le hinchaba el pecho de orgullo por las palabras que había escuchado de labios de ella.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó convencida de que era muy joven.

—Siete, señora.

Ahí estaba, tenía razón, pero para sus siete años el chico era muy espabilado y un cielo.

—¿Le echarás un vistazo a Radge de mi parte cuando no pueda estar con él?

—Por supuesto, señora. Será un honor.

—Muchas gracias, Jimmy. Es muy amable por tu parte.

El chico asintió antes de volverse y marcharse a toda prisa. Candy no pudo evitar sonreír. Le caía muy bien Jimmy.

Cuando se giró para salir, otro caballo le dio un suave golpe en el hombro con la quijada.

Candy se volvió y una triste sonrisa acudió a sus labios.

—Hola, Bribón —saludó mientras le tocaba entre las orejas y le acariciaba lentamente—. Pensé que ya no te acordarías de mí, hace mucho tiempo —continuó Candy mientras le miraba a los ojos. El pelaje negro con una mancha blanca entre ellos le hacía inconfundible—. Te he echado de menos.

—Él también. Siempre tuvo debilidad por ti.

Candy dio un salto cuando la voz de Albert resonó fuerte detrás de ella.

...

Dios! El final de este capitulo! Y el siguiente, esta buenísimo. Prometo como siempre subir como mínimo 2 cap por día, aunque creo que voy a poder mas. Gracias por leerme y darle una oportunidad a la historia chicas. De verdad espero que la estén disfrutando tanto como yo. Abrazos.