Capítulo 31

Pero no era un fantasma, era Lady Ayame, quien la miraba con esos ojos rojos de tanto llorar, su cabello enmarañado y su pesadilla se había convertido en realidad. Ella avanzaba paso lento con sus pies descalzos.

En sus sueños ella llevaba una daga y no una pistola.

—Ayame…— dijo ella en voz queda.

Pero ella no respondió y avanzó hacia ella. Sus manos temblaban y la pistola se movía de un lado a otro.

—La bella durmiente usurpando mi lugar – decía con profundo rencor — ¿No lo entiendes? Él me amaba a mí, tú sólo eres un estorbo en su vida, en nuestras vidas y tarde o temprano te va a dejar para regresar a mi lado.

—Ayame, baja eso – ordenó con calma para no alterarla.

Con cada paso que daba Ayame, era un paso que daba hacia atrás Kagome. De vez en cuando observaba en dirección hacia la puerta para ver si Inuyasha se aprecia, o salir corriendo en busca de ayuda.

—¿Qué se siente princesita? – Preguntó la pelirroja – ¿Sabías que Inuyasha y yo pasamos los mejores momentos de nuestras vidas, aquí, en esta habitación?

Kagome trató de controlarse, Inuyasha le había explicado que ninguna mujer había pisado la intimidad de ese dormitorio así que estaba libre de su libertinaje. No podía creerle, había confesado su amor a su marido y ambos acordaron iniciar una nueva vida junta.

Su corazón latía con fuerza, pero lo que en realidad sentía era lastima. Como una mujer tan bella había pasado a convertirse en ese aspecto. Era sin duda alguna el efecto Inuyasha.

¿Alguna vez a ella le pasara?... No, eso nunca le pasara a ella.

—Todo era felicidad entre nosotros, hacíamos el amor cada noche, en cualquier jardín de algún evento social, en el despacho de mi difunto marido. Todo era delicia y pasión, hasta que tú debiste aparecer en ese partido de polo – sus ojos estaban cada vez más rojos – Yo lo tenía controlado, él me deseaba y me prefería a mí.

—Lo que tú le dabas era únicamente eso, pasión. ¿Nunca pensaste en el amor?

—No seas cursi – se burló ella —¿Desde cuando hablas de amor? Si hace siete años que te abandonó para estar a mi lado.

Kagome cerró los ojos, ese era un golpe duro, recordaba que al día siguiente él la había dejado ahí, en una habitación desnuda y una despedida fría.

– Por cierto ¿Sabías donde estuvo después de tu noche de bodas?— al ver que ella no respondía, Ayame prosiguió — Regresó a mi lado – dijo ella, restregándoselo en la cara – Me deseaba tanto como para poder estar lejos de mí.

—Tú sólo lo deseaba, no lo amabas.

—Ja! ¿Y desde cuando lo amas? No me digas que después de aquel evento en donde tu reputación estuvo casi arruinada de no haber sido por su caballerosidad. ¿Nos estuviste espiando? De todas formas, esta noche, he decidido desaparecerte de nuestras vidas para siempre. Una vez que ya no estés aquí, él será totalmente mío. Como debió ser desde un principio.

Inuyasha escuchaba murmullos desde el pasillo y el corazón se le fue a los pies al escuchar la voz de Ayame. Fue corriendo hasta la habitación y encontró a la pelirroja con un arma y apuntando a su esposa.

La noche se le estaba comenzando a ser eterna, no salían de una, cuando ya estaban en otra.

—Ayame…

Ella se volteó y miró aquel hombre.

—¿Qué haces? Baja eso por favor.

Kagome suspiró al ver entrar a Inuyasha.

La pelirroja ladeó la cabeza y esbozó una media sonrisa — ¿Y si no quiero, corazón? – Volvió a mirar a Kagome – Ella ha sido la causante de mi desdicha. La causante de nuestra ruptura. Debe morir – su mirada iba de Kagome a Inuyasha – Así los dos podremos estar juntos ¿No lo comprendes? – Derramó una lagrima al verlo y volteó a verla – Es la única solución. ¿Qué opinas, Inuyasha? Puedo liberarte de ella como siempre lo has deseado – le dedicó a Inuyasha la más tierna de las sonrisas — Vamos a ver quién es más rápido, si la bala o tú cariño.

Pero antes de que pudiera disparar Inuyasha se había abalanzado sobre Ayame y ambos forcejeaban el uno al otro.

—Suéltala Ayame – dijo Inuyasha, tratando de quitársela.

—No— ella lo miró – Primero muerta.

El ojidorado intentaba quitarle el arma y la pelirroja luchaba porque no lo hiciera.

Entonces se escuchó un disparo.

Kagome se sobresaltó al escucharlo, se llevó las manos a la boca, esperando que no fuera él quien había recibido el impacto.

Ambos cuerpos no se movían, hasta que Ayame cayó de rodillas junto a Inuyasha. El ojidorado hizo a un lado la pistola y vio la herida en el vientre de la mujer con la que alguna vez había pasado momentos alegres.

Una lágrima resbaló por el rostro pálido de la joven.

—¿Por…qué…la tuviste….que elegir? – Su respiración era agitada y le comenzaba a salir sangre por la boca – Debí…ser…yo…con la…que te…casaras…porque…yo…si…te amo…ella no…

Él ojidorado negó para sí mismo, ella nunca lo había amado sólo era una obsesión que sentía ella hacia él.

—Tranquila, vas a estar bien.

A Kagome se le escapó una lagrima involuntariamente, ver en ese estado a una mujer que había sido hermosa en el pasado y que ahora con cada aliento que daba, se le iba la vida.

Ayame miró a Inuyasha— ¿Me…besas…por…ultima…vez?

Antes de hacerlo, Inuyasha volteó a ver Kagome para pedirle su aprobación. Ella estaba conmocionada, seguramente si estaba en las mismas condiciones que ella le pediría un último beso. Así que no tenía que negarle nada, eran sus últimos momentos de vida y asintió.

Giró sobre sus talones para darles la espalda y no ver el momento del beso.

Pero Inuyasha en lugar de besarla en los labios la besó en la frente y los ojos verdes de Ayame comenzaron a cerrarse lentamente…

Meses después.

—¿En serio va a jugar? – preguntó Kikyo sorprendida preguntándole a su marido.

—Así es amor – respondió Koga abrazándola.

Hacía más de cuatro meses que ellos dos se habían unido en matrimonio y ahora esperaban a su primogénito.

Aquel día era cálido e Inuyasha y Kagome estaban en Londres de visita, ya que habían dedicado irse a Hampshire.

—¿Pero cómo? ¿Inuyasha está de acuerdo? –volvió a preguntar Kikyo, con una sonrisa en los labios.

—Por supuesto…

Kikyo y Koga voltearon al mismo tiempo y se encontraron con Inuyasha.

—Me amenazó con que si no la dejaba me lo haría pagar por el resto de mi vida – miró a Koga – Gracias a ti, a ella le gusta el Polo.

—¿Estás listo?

Kagome apareció vestida como Derek Claymore.

—Señor Claymore – dijo Koga – No lo había vuelto a ver después de mucho tiempo – bromeó Koga con una sonrisa —¿Qué le trae por aquí?

—Asuntos de negocio – ella guiñó un ojo y miró a su marido.

—Por cierto, Sesshomaru le manda saludos – dijo Koga – En especial a Lady Higurashi, dice que gracias a ella, él ahora es feliz a lado de su esposa Rin y su pequeño.

Ella sonrió, había recibido una nota de su amigo, expresando su gratitud por ayudarlo a vencer los temores y las dudas del pasado, lo que sabía era que él y su familia se habían ido a vivir a España y que ahora eran muy felices y esperaban un hijo.

—Me alegro por él, se merece ser feliz— entonces miró a su esposo y regresó con el tema del juego —¿Esta listo, Lord Inalcanzable? No me gustaría que perdiera contra mí.

—Créame señor Claymore, nadie puede ganarme. Soy un experto jugando polo.

—Creo que hace tiempo le gané.

—Ah, pero esa fue sólo una vez. En esta ocasión no me vencerá tan fácilmente.

—Eso lo veremos.

Ambos subieron a sus respectivos caballos, tomaron un palo con el que usarían para golpear la bola. Kagome lo hizo girar en el aire y contempló a su esposa, que la miraba atentamente.

Conocía esa mirada picara y algo se tramaba, lo conocía bien.

—¿Cuánto quiere apostar a que yo gano, Lord Clayomre?

Kagome esbozó una sonrisa, miró a su alrededor, aquella tarde se habían reunido en Hyde Park para presenciar una partida de polo, y ella no se podría perder ese deporte extremo al cual le había tomado interés. Nadie les prestaba atención, así que ella se acercó a su marido y le susurró al odio.

—Apostar es una manera de sentirse inseguro de uno mismo, milord – le guiñó un ojos – Le volveré a ganar.

—No esta vez.

—Eso está por verse.

Se alejó de él y así el partido daba inició.

Y si, le ganó a su marido una vez más, demostrando que era mejor que él en ese deporte.

Ella se acercó a él aun montada sobre su caballero, con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Qué le pareció, milord? Este es mi día de suerte.

Él esbozó una media sonrisa, bajó del caballo y sin previo aviso, tomó a su esposa de la cintura, sorprendiendo a su esposa y a extraños.

La atrajo hacia sí y le quitó el bigote pósitos.

—Milord, acaba de ocasionar un escándalo – susurró ella.

—Si – asintió él sin importarle que los estuvieran viendo – Toda mi vida ha sido un escándalo.

Se miraron uno al otro, él se fue acercando poco a poco a los labios de su esposa. Kagome cerró los ojos para recibirlo, pero sintió un leve viento en su rostro y cuando volvió abrirlos, se encontró con esa mirada dorada y una sonrisa.

—Pero tienes razón, no es correcto dar un espectáculo. –y de pronto le susurró en su oído – Prefiero esperar a que estemos en la intimidad de nuestro hogar y así pueda hacerte mía.

Al principio habían llegado al acuerdo no tener hijos, pues primero deseaban forzar los lazos de su amor y disfrutar del uno al otro. Habían viajado a Francia e Italia, deleitándose de la compañía del uno al otro.

Después de lo ocurrido con Lady Ayame, Inuyasha vendió la mansión y compró una nueva y esta vez, Kagome la decoró a su gusto, formando un nuevo hogar para los dos, una cosa donde comenzarían a escribir una historia nueva.

Estando en la intimidad de su habitación, Inuyasha pasó sus labios por la cuerva de su cuello, ella aún no se había quitado esa ropa masculina, si acaso la película y el bigote.

—¿Sabes que estoy pensando? – le susurró al oído y ella negó – Que sería placentero quitarle los pantalones a mi esposa.

Kagome al escuchar ese comentario se echó a reír.

Giró sobre su cuerpo y enredó sus brazos en el cuello de Inuyasha.

—¿Cuántos pantalones has quitado?

—¡Ninguno! – Exclamó – Sólo haré una excepción con los de "Derek Claymore" –quitándole los pantalones y arrojarlos a un rincón de la habitación.

Inuyasha la volvió a besar, quería sentirla una vez más, se sentía agradecido por la oportunidad de volver estar con ella, de iniciar una nueva vida.

Cuando el beso terminó, Kagome tembló bajo los ojos dorados de su marido.

—Esta noche… – le susurró al oído — Haremos el amor y te haré un hijo…

—Si… —susurró ella

Epilogo.

Acunaba a su pequeño entre sus brazos, esbozó una sonrisa al verlo dormir plácidamente. El pequeño tenía sujeto un mechón de su cabello negro azabache. Le dio un beso en la frente y lo acorrucó en la cuna, cubriéndolo con sábanas blancas.

Después fue al tocador para contemplar su reflejo en el espejo, se cepilló unos cuantos cabellos rebeldes, acomodó o más bien dicho desacomodó unos cuantos listones del camisón blanco que llevaba puesto y por ultimo de un cajón sacó una peluca color rojiza.

La sostuvo entre sus manos y esbozó una sonrisa.

Inuyasha observaba unas hojas que tenía sobre su escritorio, de vez en cuando se pasaba las manos por el cabello, estaba tan inmerso en los asuntos de negocios cuando no escuchó la puerta abrirse y mucho menos los pasos delicados de su esposa.

Una mano cremosa de posó sobre los papeles, obstruyéndole la vista.

Esbozó media sonrisa al saber de quien se trataba. La sostuvo entre sus manos y se las llevó a los labios, donde depositó un tierno beso. Pero cuando alzó la mirada para verla, abrió los ojos de par en par.

Libró la mano de su mujer y se recargó en el respaldo de la silla negra de cuero.

Estaba deliciosamente tentadora con ese corto camisón de color blanco que le llegaba a la mitad de los mulos y que además era demasiado transparente. Los listones de su camisón dejaban ver el nacimiento de sus abultados senos y esa peluca roja, cayéndole en cascada por los hombros, era ver la reencarnación de Afrodita.

La recorrió con la mirada, de arriba abajo, bebiéndosela en todo momento.

—¿Qué significa esto, Lady Taisho? – preguntó, cruzándose de brazos.

Ella negó y esbozó una media sonrisa y rodeó el escritorio lentamente, seduciéndole con sus movimientos.

Cuando llegó hacia su esposo se sentó sobre sus piernas y le cubrió la boca con un dedo.

—Me está confundiendo Lord Taisho – dijo de manera seductora, pasando un brazo alrededor de su cuello – Me llamo Safira.

—Safira – pronunció el nombre que su esposa había usado en el pasado para atrapar a un salteador de caminos – Señorita, si mi esposa se entera que está usted aquí, me… — hizo una pausa y esbozó una sonrisa – Nos matara a ambos – corrigió él, siguiéndole el juego a su encantadora esposa.

—No se preocupe por ella Lord Inalcanzable— respondió ella, desabrochado uno de los botones de su camisa gris de lino — La he encerrado en los establos y dudo mucho que pueda salir de ahí, así que tenemos la noche para nosotros dos. ¿Desea una aventura con una cortesana?

—Eres encantadora Safira – comentó él, recorriendo el cuerpo de su esposa con un dedo, pasando por sus mulos – Aparte de seductora – curvas – Provocativa – se detuvo en sus senos –Sin dudar que eres hermosa— y por último se detuvo en la peluca que llevaba puesta esa mujer que tanto amaba– Pero yo quiero una aventura con mi esposa.

Dicho esto le quitó la película, arrojándola a un rincón del despacho y atrajo sus labios a los de ella. Los largos mechones de su cabello los cubrieron a los dos. Kagome lo rodeó con las dos manos, mientras el deseo comenzaba recorrer por su cuerpo.

Interrumpieron el beso y se quedaron unos segundos recuperando el aire.

Se miraron uno al otro y Kagome esbozó una sonrisa.

—Hola – dijo ella suavemente.

—Hola – asintió él —Lady Taisho, siempre es un gusto verla. –Comentó, dándole un pequeño beso en su nariz – ¿Qué hacía con la peluca de Safira?

– Intentaba seducir a mi esposo – respondió de manera tímida.

Inuyasha suspiró y la atrajo más hacia él, casi pegándosela al pecho.

—Pero me seduces en todo momento – comentó él – Cuando caminas, cuando sonríes, esa forma tuya de mover las pestañas y coquetearme de manera descarada. ¡Mue vuelve loco! Y sólo puedo pensar en que llegue la noche para hacerte mía.

—Es de noche – explicó ella, alzando los brazos al aire para invitarlo a quitarle el camisón – Y te deseo.

—¿Y los criados? ¿Y el niño? – preguntó él.

—No hay criados, les di la noche libre y nuestro pequeño hijo duerme como angelito – bajo sus brazos y volvió a desabrochar uno de los botones de su camisa – Además ¿Desde cuándo le ha importado eso al Lord Inalcanzable?

—Desde que se ha reformado.

—Uy que aburrido – Kagome hizo un puchero – El Lord Inalcanzable ha perdido sus facultades en el arte de seducción para complacer a una sola dama. A su esposa.

Inuyasha frunció el cejo y Kagome rio ya que sabía muy bien que el reto que le había lanzado no podía dejarlo pasar por alto.

—Te enseñaré amor mío, que aún queda mucho de ese legendario Lord Inalcanzable en mí.

—Muchas palabras y poca demostración, esposo.

Entonces, ella se sobresaltó al sentir como su esposo se levantaba de su asiento con ella en brazos. Kagome enredó sus piernas en las caderas de Inuyasha y gimió de deseo cuando su miembro duro y rígido rosaba su parte intima.

Sostuvo a su esposa con un brazo, mientras que con el otro hacia a un lado los papeles que hace rato estaba leyendo y que carecían en estos momentos de importancia y después la dejó encima de éste.

El pecho de Kagome latía con fuerza y más cuando lo vio deshacerse de esa camisa negra de lino, sus ojos chocolates recorrieron el vientre plano de su marido.

—Usted elige señora Taisho – le susurró tentadoramente en el oído — ¿Seducción rápida…— sus manos de deslizaron por el dobladillo de su camisón, mientras lo deslizaba hacia arriba deleitándose con el rose de sus curvas —… O seducción lenta? – y se lo quitó por encima de la cabeza.

—Seducción…— susurró su nombre al sentir como besaba la curva de su cuello —…Rápida.— respondió, quería que su seducción fuese rápida, pues lo deseaba demasiado.

Él contempló las curvas de su esposa. Hacía un mes y medio que había dado a luz a su primogénito y en ese tiempo había recuperado su figura, pero lo que más le fascinaban eran esos señor abultados demasiado tentadores y excitados de anhelo hacia él.

—Oh no – negó él. Sus dedos jugaban con la punta de uno de sus pezones hinchados tanto por la leche materna como de excitación – Respuesta incorrecta cariño. Al Lord Inalcanzable siempre le ha apetecido seducir de manera lenta. Mírame.

La orden fue clara y miraba esos ojos dorados con tanto amor que casi le dolía el corazón. Amaba demasiado a su esposo.

—¿No tienes idea de lo que voy hacerte está noche, amor?

Kagome tembló de deseo al escuchar su voz, negó con la cabeza incapaz de pronunciar una sola palabra.

En cambio, Inuyasha esbozó una sonrisa de satisfacción al ver a su esposa en donde él deseaba, ella había iniciado con el jugo de seducción, bien, veamos cuanto tiempo iba a soportar una seducción como la que él estaba pensando en darle.

Al ver que no respondía y que sólo tenía la mirada perdida en él, Inuyasha se acercó a su esposa y le dio un delicado beso en los labios y al sentirlos tan suaves y dulces por poco hacía que perdiera la fuerza y se tumbara encima de ella para hacerle el amor.

—Te haré el amor – dijo él y Kagome cerró los ojos al sentir el calor de sus palabras sobre su oreja – Haré que esta noche grites mi nombre y se escuche en todos los rincones de la casa. El placer que recorra tu cuerpo sea el mío…

Decía mientras sus manos recorrían su cuerpo, sus hábiles dedos se movían por cada cuerva de su cuerpo, una se detuvo en sus senos, masajeando un pezón y la otra exploraba su feminidad. Al sentir la humedad de la joven, introdujo en dedo delicadamente en su interior y comenzó a moverlo en forma de círculos, arrebatando suspiros y gemidos de placer.

—Dejaré mi marca en ti y así todo el mundo entero sabrá que eres mía – dijo al fin, dándole un beso en la curva de sus labios.

—Inu…yasha – suplicó ella, moviéndose instintivamente de arriba hacia abajo al compás de sus dedos. –Por favor…

No…— negó él – Te prometí una seducción lenta.

Ella lo atrajo más hacia él y capturó sus labios, besándolos con frenesí y el deseo arrebatador que sentía.

—Al diablo con la seducción. Tú ganas, aun tienes facultades para seducir a más de una mujer – dijo ella – Pero por favor, hazme el amor de una vez. Te deseo tanto.

—Noto tu deseo – respondió él divertido – Pero esta es una guerra de seducción que usted inicio mi señora – dijo sin dejar de mover sus dedos en el interior de su esposa –Además, no quiero seducir a alguien más, quiero seducirte a ti.

Retiró los dedos de su interior, llevándose su aroma y su sabor a su boca.

—Túmbate.

Volvió a ordenar y sin decir ni una sola palabra, Kagome boca arriba del escritorio, pudo escuchar cómo se quitaba los zapatos, medias y los pantalones. Ella suspiro de alivio por fin le iban hacer el amor.

Él se inclinó sobre ella y la besó apasionadamente, Kagome arqueaba su pelvis él al sentir la dureza de su esposo, buscando en cada momento que entrara en ella.

—Aun no…— le susurró en los labios.

—¿Cuándo…será? – su voz era entre cortada – Me estoy muriendo de deseo y no lo notas.

Inuyasha esbozó una sonrisa, contempló sus ojos chocolates – Créeme que lo noto mi vida. Pero quiero que esta noche sea inolvidable para los dos.

El ojidorado se quedó maravillado al ver el fuego de la chimenea que hacia contraste con la hermosa piel cremosa de su esposa. La deseaba y él tampoco podía soportar tanto seduciéndola, en el pasado sus seducciones duraban cierto tiempo, pero Kagome, su amada esposa lo hacía perder la razón y volverlo loco de deseo.

—Eres hermosa – dijo él, dándole un beso en el hombro – Y eres sólo mía.

—Sí, sólo tuya – Kagome asintió – Hazme el amor de una vez – tembló bajo su cuerpo y era de deseo.

—¿Por qué tiemblas? – preguntó Inuyasha, cerca de su oído.

—¿No lo ves? Me estas volviendo loca. Te deseo mucho.

—No más que yo.

Sin hacer caso a las peticiones de su mujer, fue descendiendo lentamente por su cuerpo, deteniéndose en sus pezones erectos y dispuestos a recibirlos con gusto. Capturó uno con su boca, su lengua maestra se movía en forma de círculos sobre él, succionando se vez en cuando hasta sacar pequeñas gotitas de leche, éste la lambió, saboreándola en su boca y con su otra mano libre, estimulaba al otro.

—¿Sabías que tengo dos?

Lo escuchó reírse sobre su pezón y atendiendo las demandas de su esposa, prosiguió con él otro. Y en cada uno de sus asaltos, escuchaba los gemidos de su esposa, incluso el latido de su corazón.

Fue bajando más abajo, con su lengua dejaba un camino ardiente hasta su obligo y de su ombligo hasta…

—Ahh…

Le había separado las piernas un poco, se inclinó sobre ella y saboreó el dulce néctar de su interior. Kagome gimió y se arqueó ante él, apoyó sus piernas en sus hombros y alargó sus manos hacia la cabeza de su marido para acariciar su cabello sedoso, moviéndose al compás de la lengua deliciosa de su marido.

Era la mujer más deliciosa que había conocido en su vida, la amaba y era su esposa, pero ya no podía continuar seduciéndola, necesitaba hundirse en ella, tocar las paredes su interior y llevarla con él al cielo.

Retiró su boca y la arrastró hacia él, el corazón de Kagome daba grandes palpitaciones, por fin iba a entrar en ella.

De la misma manera que sus dedos habían penetrado su interior, así lo hizo con su miembro, de una forma dulce y tierna. Inuyasha cerró los ojos de placer, al sentir que su miembro rozaba las paredes de su húmeda cavidad. Escuchó el leve gemido de su esposa mientras la penetraba y esbozó una sonrisa.

Podía ver sus ojos perdidos de deseo, estaba desnuda y encima de su escritorio mientras estaba por hacerle el amor. Estaba seguro que iba a recordar ese momento por toda la vida. Ella había llegado a él con la intención de seducirlo, pero la seducida había sido otra.

Se movió de arriba abajo y ella se arqueaba ante él.

Estaba seguro que nunca más se aburriría de esa mujer, la amaba y ella había perdonado cada uno de sus errores. Como el hecho de haberla abandonado hace siete años, pero eso era ya parte del pasado, ahora ambos gozaban del amor, de la llegada de su hijo y de la pasión que emanaba de sus cuerpos.

Kagome lo rodeó con sus largas piernas las caderas de Inuyasha y lo atrajo más hacia ella. El placer que comenzaba a recorrer su cuerpo, como pequeñas descargas eléctricas que iban dejando rastro y acumularse en su parte intima, donde todo su deseo estaba por explotar en mil fragmentos.

Ella se dejaba llevar, tenía que haber pasado mucho tiempo para que los dos estuviesen gozando de una dicha y una felicidad sin igual. Amanecer en los brazos de su marido siempre era la experiencia más hermosa y hacer el amor la más deliciosa.

Lo cierto era que lo amaba, no podía cambiar su pasado, pero estaba el presente, el presente que estaba viviendo.

—Inuyasha…—se arqueó ante él al sentir que su liberación estaba cerca y a la vez lejos.

—Vamos cariño. Dámelo.

—No…no puedo.

—Sí puedes.

Tras estas palabras estalló en un grito de deseo que se escuchó por todos los rincones del despacho de su marido y segundos después él había llegado al clímax, derramando su amor en el interior de su esposa.

No se tumbó a su lado, sino que la tomó en brazos y ambos se recostaron en un sofá, junto al fuego, ella arriba de él.

Ninguno de los dos había pronunciado una sola palabra. Inuyasha acariciaba los mechones de su cabello, ella, con su cabella apoyada en el pecho de su marido contemplaba el fuego de la chimenea.

—¿En qué piensas? – Interrumpió él los pensamientos de su esposa — ¿Lord Inalcanzable no ha perdido sus facultades aun?

Ella esbozó una sonrisa y alzó la cabeza para encontrarse con los ojos dorados de su esposo.

—Sigue siendo el mismo libertino con el que me casé, Lord Inalcanzable – comentó ella en forma de burla.

—Pero soy tu único libertino.

Se inclinó sobre el sofá y ella se sentó a horcajadas sobre él.

—Tu único libertino – repitió una vez más.

—El Lord Inalcanzable, que ironía. Desde ahora se le conocerá como el Lord Alcanzable – y dicho esto se echó a reír.

—Si – asintió él – Pero alcanzable para una sola mujer. Tú.

El ánimo de la joven desapareció y comenzó a jugar con los bellos de su esposo y una tristeza atravesó sus hermosos ojos.

Ella tenía miedo que las mujeres del pasado de su esposo volvieran y que él, al sentirse aburrido con una sola mujer, buscara diversión en una de ellas.

—¿Por qué triste, amor? Acabamos de hacer el amor.

—¿Qué va a pasar cuando te aburras de mí?— no pudo evitar preguntarlo.

—Nada – Inuyasha se encogió de hombros – Porque jamás pasará eso. Prometí que iba a estar contigo hasta el último día de mi vida. Me vuelves loco de amor así como de deseo— cada palabra que decía era de amor y sinceridad y al escucharlo, Kagome esbozó una sonrisa –Eso es lo que más me encanta de ti, tu sonrisa, ya que con ella iluminas mis noches. Cuando estamos separados, sólo pienso en llegar a ti, para estrecharte entre mis brazos y decirte lo mucho que te amo.

—Yo también te amo Inuyasha. Más de lo que te imaginas.

—Entonces deja de pensar en eso. Nunca me aburriría de ti. Eres mi mujer y la madre de mi hijo. Hemos dejado el pasado atrás y comenzamos una nueva vida juntos. Sé que el pasado no sé puede borrar, pero tenemos nuestro presente y un futuro que queda por venir. Sólo falta ver si estás dispuesta a caminar conmigo ese camino largo.

A Kagome se le encogió el corazón, aparte de ser seductor, decía cosas que la hacían enamorarse más de él y si, estaba dispuesta a dejar esos perjuicios y miedos a un lado y para siempre.

—Si – susurró contra sus labios –Estoy dispuesta a caminar a tu lado.

Él esbozó una sonrisa y esta vez la besó con amor.

—Vamos a dormir. Nuestro hijo debe reclamando tus atenciones.

Kagome se echó a reír y así, desnudos salieron del despacho, subieron las escaleras hasta llegar a su habitación, pero el pequeño angelito aun dormía plácidamente, siendo ajeno de lo habían estado haciendo sus padres minutos antes.

Se acostaron en la cama e Inuyasha la atrajo hacia su cuerpo, estrechándola contra sus brazos.

—Siempre te amaré, mi dulce Kagome.

—Y mi corazón siempre te pertenecerá.

Ambos se contemplaron el uno al otro y se fundieron en un beso. Siendo este la promesa de un amor eterno y verdadero, en donde ya no había más dudas, demostrándose que nunca era tarde para decir un "te amo".

Fin.

Gracias por leer esta historia. Seguiremos con más!