Disclaimer: ©Shingeki no Kyojin/進撃の巨人, sus personajes y trama son propiedad de su autor, Hajime Isayama. Yo tan solo realizo este FanFic por diversión, sin ánimos de lucro.
Advertencia: Universo Alterno (AU| Omegarverse| Uso descarado delOoC| ErenxLevi| Ereri| Omega Levi| Eren Alfa| De desconocidos a enemigos a amantes| Basado en Orgullo&Prejuicio de Jane Austen.
Con todo el amor del mundo a valeskithalejandra, chibiGoreItaly, Noahackerman16, Nejiko Ka, GatitadeLuna, Kai Ackerman y Frozen Marsdess.
Una disculpa por el retraso de esta historia, pero como saben, al menos las que ya están en ese amargo camino llamado vida laboral; los cierres de año son un caos. Además de que este FanFic está tomando su propio rumbo, y nos traerá una que otra sorpresa.
Por favor lean las notas finales.
De orgullo, prejuicio & amor
—
.XIII.
Ni Levi ni Mikasa se quedaron mucho tiempo cerca de la ventana, y Levi estaba seguro que por haber sido tan breve su presencia, los caballeros afuera de ella no los habían notado. Al menos no a ellos dos. A su madre era muy probable que sí, pues aún estaba allí mientras parloteaba sobre su llegada.
—No puedo creerlo —exclamó con fastidio la señora Ackerman—. Pues sí, es él. Es ese señor Jeager, mi desconsiderado yerno, el que acompaña al señor Kirschtein. Espero que esté aquí para venir por ti, Levi —y le lanzó una mirada de reojo al mencionado —. Y no porque venga de pegajoso a perturbar el pensamiento del señor Kirschtein.
—¿Por qué le dices así? Pensé que ya estabas contentada con él —dijo Levi con el ceño fruncido.
La señora Ackerman se rio sin gracia a la vez que retrocedió finalmente de la ventana.
—Porque esperaba que se responsabilizará de ti, llevándote, o siquiera enviándote una mesada. ¡Pero no! Aquí has estado, como si no te hubieras casado, dando más de que hablar y siendo una carga aún.
—¡Mamá no digas esas cosas! —intervino Mikasa, echando a un lado su bordado y poniéndose de pie.
—Na, na, jovencita —ignorando las palabras de su hija se acercó a ella —. No te metas en esto; y no te pongas alterada, que no quiero que el señor Kirschtein vea de ti más que hermosura —dijo esto e hizo amago de pellizcarle las mejillas a Mikasa en un intento de sembrar manzanas en ellas, pero que su hija detuvo al alejarse de sus manos.
Apretando las manos en puños sobre su regazo, Levi abrió la boca para decirle algo a su madre, pero en ese justo instante una criada abrió la puerta y anunció a los caballeros. La señora Ackerman que se había sentado a la carrera adoptando una pose tranquila, se levantó ante la presencia del par de alfas, y le dedicó una sonrisa cariñosa al señor Kirschtein; no así a Jeager, al que no le dirigió ni una mirada. Tal contraste en su comportamiento avergonzó a sus dos hijos, y se mantuvieron en silencio durante los siguientes minutos.
En particular Levi, que también bajo la cabeza para evitar ver la escena que se desarrollaba. Más allá de la vergüenza lo que sentía era una profunda tristeza por lo grosera que era su madre con el hombre al que le debía la salvación de su hija predilecta de tan irremediable infamia, y por el que Levi guardaba tiernos sentimientos.
Estaba tan distraído en su sentir que cuando Jeager se cernió sobre él, a un palmo de su rostro, pegó un chillido de susto.
—Lo siento —se disculpó Jeager, y su aliento cálido acarició las mejillas de Levi, sonrojándolas y sacando una sonrisa tímida que dio brillo a los ojos de su dueño.
—No hay problema —respondió él y se revolvió un poquito en su lugar, bajando la vista nuevamente a sus manos, esforzándose en mantener la calma. Su corazón latía como un tambor dentro de su pecho por la emoción de tener cerca al alfa, y del pensamiento que el cariño y los deseos de este seguían siendo los mismos, y estaba buscando acercársele.
—Gracias —dijo Jeager, y se sentó a su lado, en una posición en la que su espalda cubría la vista del espacio entre ellos, dándoles un aire de familiaridad e intimidad. El sonrojo en el omega aumentó. Rosas rojas de primavera floreciendo en su piel de invierno.
El silencio que se prologó por varios minutos, y la emoción que había sentido Levi se fue desvaneciendo poco a poco hasta que dio paso a la inquietud. Al alzar los ojos en dirección a Jeager, se dio cuenta que este estaba tan serio como siempre, y que tenía los ojos clavados en sus zapatos.
Entendió de qué iba todo esto. La decepción inundó las venas de Levi y se clavaron cual espina dentro de él. Estaban tan cerca y a la vez había una pared entre ellos.
Este era el Jeager de Hertfordshire de un año atrás y no el de Kent que lo perseguía y buscaba sacarle plática en cada oportunidad.
Sintió ganas de llorar.
《Solo se ha sentado junto a mí para salvar las apariencias》 se decía 《No sé para qué ha venido aquí, entonces》
Su turbado estado de ánimo debió ser notado por Jeager pues, colocando su mano sobre las de Levi le susurró:
—Tranquilo, entiendo su incomodidad. No es mi intención, es solo qué... —pareció dudar en poco, pero Levi entendió lo que quería decir —. Me moveré a la ventana —completó después de un suspiro.
—No tiene que. Entiendo. Y tampoco estoy incómodo. Quédese —le susurró de regreso Levi, y alzó los ojos para que él viera la verdad en ellos.
Retirando su mano del omega, Jeager asintió—. Bien, me quedaré muy quieto para no suscitarla entonces —le respondió con suavidad, y luego guardó silencio.
Las palabras de Jeager sonaban tan gentiles y preocupadas que sembraron una esperanza en Levi.
《Es probable que él crea que mis sentimientos aún son los mismos, por eso está distante. Quizás debería demostrarle que está equivocado》 pensó, y con la decisión de hacerlo, deslizó su mano de su regazo hacia la de Jeager que posterior a alejarse de la suya, había quedado sobre el sillón. Rozó con su dedo meñique el del alfa, pero Jeager no hizo gesto de haberlo notado. "En verdad su terquedad es su defecto, señor Jeager", se dijo intentando disimular el puchero que se formó en su boca al ver su intento sorteado por este hombre que le había consumido el pensamiento durante meses, y que ahora lo ignoraba. Le daba su presencia y su silencio, que cosa tan contradictoria era ese alfa. Como siempre descolocándolo. Jeager era una combinación letal para el sentido común de Levi.
Hora de que cambiar de táctica, se animó. Por lo que carraspeando llamó la atención del alfa.
— ¿Qué tal está su hermana? — fue lo único que se le ocurrió preguntar. Jeager hizo un gesto de asentimiento y Levi entornó los ojos. Es en serio, se dijo, viendo la vehemencia del hombre a mantenerse a raya suyo.
—Sabe, creo que desde que era niño tengo dificultades de entendimiento. Así que le pido me hable.
Los labios de Jeager se curvaron en una ligera sonrisa, una que suavizó sus facciones impasibles. Absolutamente hipnotizante. La sensación de sentirse tirado a su órbita regresó y Levi contuvo el aliento un poco.
—Ella está bien, gracias — respondió finalmente Jeager, y estaba sonriendo de verdad ahora. Levi hizo otra vez el amago de alargar la mano para rozarse con la de él. Deseaba, deseaba.
Jeager sacudió ligeramente la cabeza deteniéndolo. Levi se quedó inmóvil, molesto con el alfa y consigo mismo.
—Por favor, no se sienta obligado a la cortesía. No tiene que.
Levi iba a decirle que no era eso lo que estaba haciendo, pero la risa jocosa de la señora Ackerman los sacó a ambos de la burbuja personal en la que se habían metido.
—Oh señor Kirschtein, me alegra saber que mis temores de que ya no volvería, son solo infundados. Vea, es que la gente decía que por San Miguel pensaba usted abandonar esta comarca. Que aunque la acusen de aburrida, muchas cosas pasaron desde que usted se fue; la señorita Lucas se casó, con nuestro primo, el señor Berner, y ya está establecida en Hunsford. Mi pequeña Marie también se casó. Con el señor Smith. Salió en los periódicos. En el Times y el Courier, solo que no estaba bien redactado. Decía solamente: 《El caballero Erwin Smith contrajo matrimonio con la señorita Marie Ackerman》, sin mencionar a su padre ni decir donde vivía la novia ni nada. La gacetilla debió ser obra de mi cuñado, y no comprendo cómo pudo hacer una cosa tan tonta ¿Lo vio usted?
Kirschtein respondió que sí y la felicitó.
—Bueno, al menos tuve la complacencia de que se le diera la atención debida. Ya que con mi pequeño Levi no sucedió así. Aunque supongo que es porque el señor Jeager siendo tan importante, no tiene la necesidad de eso. ¡Debió haber visto como estaba de llena la capilla! Y eso que no invitamos más que a los allegados. Lamento que usted no haya estado en ese momento.
—La familia Jeager es muy reservada con cuestiones personales —respondió Kirschtein. Parecía un poco cohibido, pero sus ojos que estaban fijos en Mikasa, denotaban alegría —. No fue culpa más que de molestos negocios el que no estuviera en ese momento, pero supe de ello oportunamente, y tal como le dije a mi amigo, estoy muy feliz por su unión.
La señora Ackerman sonrió afable.
—Es delicioso tener dos hijos bien casados —continuó diciendo —, pero al mismo tiempo, señor Kirschtein, es muy duro que se vayan tan lejos. A mi Levi aún lo tengo aquí, pero como ve, es ley de la vida que se irá con su esposo. Derbishare o Londres están más cercas, pero Newcastle, oh, está tan lejos, señor Kirschtein. Y allí se ha trasladado mi Marie con el señor Smith. Que es muy al norte, según entendí, y allí estarán no sé cuánto tiempo. El regimiento del señor Smith está destinado a ese lugar, porque como habrá oído usted decir que él ha dejado la guarnición del condado y se ha pasado a los regulares. Ayudado por unos amigos, claro está. Gracias a Dios, aún conserva quien le aprecie así, aunque quizás no sean tantos como merece.
Levi, sabiendo que esto último iba dirijo a Jeager, se tensó como un arco, completamente avergonzado, y de no haber estado sentado, se hubiese caído. Su madre había dicho tantas groserías y tonterías dirigidas a él y a Jeager, que lo único que deseó en ese momento fue que, los alfas se fueran de la casa y no volvieran a volver jamás. Pensó que años enteros de felicidad no podrían compensar a él y a Mikasa de aquellos penosos momentos.
Al ver que su madre iba a seguir con su diatriba, Levi intervino. No podía permitir más eso. Pues aunque Jeager permaneció silencioso e impermutable, sabía cuánto disgusto se estaba tragando. Haciendo un supremo esfuerzo para hablar Levi preguntó a Kirschtein si pensaba permanecer mucho tiempo en el campo. Una pregunta que también era para medir si toda esta situación tendría oportunidad de repetirse.
—Unas semanas. Para cazar —respondió el señor Kirschtein medio atragantado—. Sí, cazar.
—Cuando haya matado usted todos sus pájaros, señor Kirschtein —dijo la señora Ackerman —, venga y mate todos los que quiera en la propiedad de mi esposo. Estoy segura que tendrá mucho gusto de ello y que le reservará sus mejores nidadas.
La molestia de Levi aumentó con tanta innecesaria zalamería de su madre.
De verdad que Levi sentía tantas ganas de o ir a por su madre y sacarla arrastras del salón, o correr a los alfas a viva voz. Pero solo pudo dejar que sus ojos vagaron al resto de los presentes.
Que escena la que se estaba pintando en ese instante.
Su madre tenía esa expresión muy pagada de sí misma de estarse saliendo con la suya. Mikasa era un espejo de su turbación, silenciosa e inmóvil como una escultura de mármol, sin embargo eso no parecía impedir que Kirschtein le viese con tal admiración y cariño como si ella fuese una diosa que lo deslumbraba con su belleza.
—¿No creo que mi Mikasa se ve hermosa hoy, señor Kirschtein? —soltó de repente la señora Ackerman, y el interrogado se puso lívido, tal cual le hubiesen cachado en un fechoría.
—Si, así es —respondió más nervioso que antes, e intentando escurrirse por la pared —. Bueno, ya tenemos que irnos. Jeager —llamó a su amigo con un gesto apresurado —. Señora Ackerman, señor Jeager, señorita Ackerman, fue un gusto volverles a ver, yo...—empezó a despedirse, pero la primera en cuestión lo detuvo.
—Tiene que visitarnos de nuevo, señor Kirschtein. Cuando se fue usted a la capital el último invierno, me prometió una cena. A los menos tres platos, recuerda. Estuve muy disgustada porque no volvió usted para cumplir su compromiso. Me debe esa visita.
Kirschtein se vio desconcertado por esta reflexión pero se disculpó con toda la sinceridad, y aseguró cumplirla. Después salió casi a volandas del salón.
El señor Jeager también se despidió, con más serenidad que su amigo y de manera más adecuada. A Levi le besó la mano, a su cuñada y suegra les agradeció su atención, y dejó saludos para su suegro.
En cuanto el sonido de los cascos de los caballos se alejó, Levi tomó la mano de su hermana y la sacó al jardín a dar un paseo, dejando a su madre en medio de un monologo sobre la dichosa cena que había conseguido.
"Todo va de acuerdo al plan" fue lo último que los dos hermanos escucharon de ella al salir de la puerta.
Caminaron un rato por los setos, ambos sumergidos en sus pensamientos por los acontecimientos.
—No puedo creer lo impropia que fue mamá con todo esto. ¡Y lo que dijo con el señor Jeager allí presente! —fue Mikasa quien rompió el silencio.
—Bueno al menos no resentirá su falta cuando sepa del divorcio —dijo Levi levantando los hombros.
—Oh, Levi. Ella hará un escándalo y se pondrá mal contigo. ¿De verdad él fue el de la idea? Parecía tan atento contigo allá adentro. Concentrado en ti plenamente.
—Igualmente que el señor Kirschtein en ti —desvió él la conversación, porque no quería hablar de cuan confundido, asombrado e incluso molesto estaba por todo. Más por la conducta de Jeager. Su beso aún quemaba en la piel de su mano.
—Dios, Levi, no. Él solo estaba...estaba...
—Como el mismo tonto enamorado de hace un año. Y en el fondo sé que tú también estabas igual.
—No —respondió muy seria Mikasa —. Te equivocas. Él ya no me azora, hermano. Este primer encuentro me ha revelado que puedo estar tranquila, porque mi sentir por él ha muerto. Y me alegra que venga a comer el martes, porque así verá, y tú también, que no somos más que dos conocidos, y a lo mucho, amigos indiferentes.
—Dijiste que era tu destinado.
—Los destinados no existen. Tú tenías razón. Yo solo estaba ilusionada, nada más. Por lo que no debes preocuparte, hermano. No corro ningún peligro.
—Y yo creo que estás en uno muy grande. Porque ahora si estás equivocada. Él te ama igual que siempre, tanto como con su instinto, su razón y su corazón. Están destinados.
Mikasa le vio contrariada y negó con la cabeza, pero no lo expresó, y así continuaron caminando un rato más, en un silencio entre ellos que permaneció incluso al irse a acostar.
No volvieron a ver a Kirschtein hasta el martes, y entretanto, la señora Ackerman se entregó a todos los venturosos planes que la alegría y la dulzura del caballero habían hecho revivir en media hora de visita.
El martes llegó y toda la familia estuvo reunida para la hora de la cena. Las señoras Ackerman eran las más ansiosas de todos, que incluso estuvieron listas casi dos horas antes de la cita pactada. Cuando los caballeros entraron en el comedor, Levi los observó atentamente. Kirschtein pareció dudar al ver que las damas mayores disimuladamente no se habían sentado esperando el movimiento de los invitados. Sus ojos viajaron de lugar en lugar, cambiando de un pie a otro cada medio minuto sin poder decidir. Fue su amigo detrás de él el que acabó haciéndolo por él, al sentarse del otro lado de la mesa, y no junto a Levi como debería ser por ser su esposo. De modo que Kirschtein quedo entre los dos hermanos, y Jeager junto a la señora Ackerman.
Levi, con triunfal satisfacción, miró a Jeager. Este le sostuvo la mirada y le dio una mueca parecida a una sonrisa. Chiquita y breve, destinada solo a él. Levi habría imaginado que Kirschtein había obtenido ya permiso (y aliento) de su amigo para disfrutar de su felicidad si no hubiese sorprendido los ojos de este vueltos también hacia Jeager, con una expresión de incógnita que duró hasta que el último asintió disimulado. Entonces se volvió risueña.
Ahora sí, se dijo Levi, liberando el aire que había retenido durante ese escaso segundo de incertidumbre. Ahora solo faltamos usted y yo, pensó el omega, y apretó el bolsillo de su pelisse donde guardaba su pequeño secreto. Uno que había estado preparando en los días previos y que utilizaría al final de la visita. Su último recurso.
La conducta de Kirschtein con Mikasa durante la comida reveló la admiración que sentía por ella, y aunque era más circunspecta que antes, Levi se quedó convencido de que si solo dependiera del alfa, su dicha y la de Mikasa quedaría pronto asegurada. A pesar de que no se atrevía a confiar en el resultado, Levi se quedó muy satisfecho y estuvo todo lo contento que le permitía su humor, pues lo que del otro lado de la mesa sucedía, lo tenía tenso. Jeager sentado junto a la señora Ackerman, era la colocación menos ventajosa y grata de todos allí. Levi no estaba lo bastante cerca para oír lo que decían, pero pudo ver que casi no hablaban y los fríos y ceremoniosos que eran sus modales cuando lo hacían. La señora Ackerman parecía algo cohibida ante la presencia de Jeager, y estaba más pegada a su cuñada de lo que debería. Pero su postura intimidada parecía ser desquitada a través del cuchicheo incesante que tenía con la señora Kuchel. El omega solo podía imaginar los comentarios de las dos mujeres, y esta forma de antipatía de su madre por Jeager le hizo más penoso a Levi el recuerdo de lo que todos le debían, y cuan poco apreciado era para las más empeñadas en menospreciarlo. Lanzando una mirada a la cabecera donde estaba su padre, Levi trató de encontrar apoyo y ayuda para solucionar la situación, pero el señor Ackerman estaba metido en su comida, sin despegar los ojos del plato, silencioso y no más que una presencia gris y de relleno.
A Levi no le quedó más que esperar que la tarde le regalara un momento a solas con Jeager, y así poderle dar lo que tenía para él y hablar más de lo que el sencillo saludo de su llegada les había permitido. Estaba tan ansioso y desazogado mientras esperaba en el salón la entrada de los caballeros. De la presencia de Jeager dependía para él toda esperanza de placer en aquella tarde.
Entraron los caballeros y pareció que Jeager iba a hacer lo que Levi había estado anhelando; pero desgraciadamente mientras él se vio obligado a preparar el té y servirlo, su padre le robó su deseo. Poniéndole una mano sobre el hombro se lo llevó al otro lado de la estancia, donde lo hizo sentarse a su lado. A Levi solo le quedó envidiarle la conversación que el señor Ackerman fomentó y absorbió toda la atención de Jeager.
Levi pasó la próxima media hora refunfuñado sobre su taza y la de todo aquel que servía.
Para rematar la situación, ni su padre ni Jeager quisieron tomar té, sino que prefirieron café, y era Mikasa quien lo servía, por lo que ni acercárseles pudo.
Una vez quitado el servicio de té y puestas las mesas de juego, se levantaron todos los presentes. Levi creyó entonces que podría estar con él, pero sus esperanzas rodaron por el suelo cuando vio que su madre se apoderaba de Jeager y lo obligaba a sentarse en su mesa de whist. Levi negándose a renunciar a su ilusión, decidió que tendría que tomar el asunto en sus manos. De frente.
El que Jeager a pesar de estar confinado a dos mesas de él, volviera tan a menudo sus ojos a él, y que por dicha razón perdiera todas sus partidas, no hizo sino aumentar su resolución.
La señora Ackerman había proyectado que los dos caballeros se quedaran por más tiempo, pero estos declinaron y pidieron su coche.
Fue cuando se despidieron de la familia, agradeciendo la invitación y salieron por la puerta del salón que Levi hizo su movimiento. Levantándose de su sitio manifestó que iría a acompañarlos a la entrada. A su esposo más que a nadie.
La señora Ackerman contenta como estaba, simplemente le hizo un arreó para darle a entender que eso era cosa suya, y que no le traía caso a ella. Su esposo la vio mal por su expresión, pero ella estaba tan excitada y sumergida en sus fantasías sobre el porvenir de Mikasa con Kirschtein, y de paso para su dulce Marie (1), que ni caso le hizo a su esposo.
Levi casi corrió para alcanzar a llegar a tiempo donde los alfas, antes de que abordaran el coche.
El señor Kirschtein ya estaba subido, pero Jeager apenas estaba bajando las gradas de la entrada cuando Levi lo llamó.
—¡Señor Jeager, espere por favor! —gritó en un jadeo Levi. Jeager giró a su voz y se quedó quieto esperándolo —. Por favor, concédame unos minutos —pidió él.
—¿Sucede algo, joven Ackerman? —preguntó Jeager, sus ojos buscando en su rostro el motivo de su agitación y solicitud.
Levi se tomó un segundo y después de una larga inhalación llegó el momento de poner en práctica su decisión. Armándose de valor dijo inmediatamente:
—Señor Jeager, soy una criatura egoísta que no preocupo más que de mis propios sentimientos, sin pensar que quizá lastimaría los suyos. Pero ya no puedo pasar más tiempo sin darle a usted las gracias por su bondad para con mi pobre hermana —hizo una pequeña pausa —, y por mí. Desde que lo supe he estado ansiando manifestarle mi gratitud. Si mi familia lo supiera, ellos también lo habrían hecho. Y aunque es esto nada más una pequeña cosa sin valor, lo hice para usted, en una muestra de ello —y sacó en ese momento el presente que había guardado celosamente. Era un separador de hilos, semejante al que una vez Jeager había tomado (y luego devuelto), pero de colores más sobrios, y de acorde al destinatario.
Jeager se quedó viendo el separado entre las manos de Levi, pero no hizo amago de tomarlo. Mantuvo sus manos a cada lado de su costado.
—Siento muchísimo —replicó Jeager con un tono de amargura —que haya sido informado de una cosa que, sospecho, le ha apenado como jamás hubiera querido que sucediera. No creí que el señor Ackerman fuese tan poco reservado.
—No culpe a mi tío —le aclaró Levi —. La indiscreción de Marie fue lo primero que me descubrió la profundidad de su intervención en el asunto; y, como es natural, no descansé hasta que supe todos los detalles. Déjeme que le agradezco una y mil veces por ello, además de expresarle cuan halagado me siento por el generoso y tierno interés que le llevó a tomarse tanta molestia y a sufrir tantas mortificaciones, de las que incluso yo fui participe, para solucionar la situación.
El alfa frunció el ceño y pareció contrariado por un instante.
—Es usted demasiado generoso para burlarse de mí. Por lo que tomaré sus palabras basadas en los hechos de su natural comportamiento, y le diré que si quiere darme las gracias, hágalo solo en su nombre. Aunque tampoco tiene porque hacerlo. Pues aunque mis sentimientos por usted fueron en gran parte mi motivación; todo lo que hice, no era más que mi deber. Así que por favor, no hay necesidad de que se torture para darme las gracias. El que usted esté aquí, sano y salvo, sin la enturbación de su futuro, me basta.
Levi, sintiéndose más angustiado que nunca al ver a lo que estaban llegando las cosas, hizo un esfuerzo para hablar en seguida, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta, y solo pudo apretar entre sus manos y sobre su vientre, el presente rechazado.
—No se atormente más, joven Ackerman —repuso Jeager al ver como su rostro se contorsionaba por la angustia —. Concéntrese en el mañana, y écheme de sus pensamientos. Enterremos este dolor. Le deseo todo la felicidad y prosperidad —terminó, y dándole una reverencia se giró sobre sus talones para ir y subirse al coche.
—No se vaya, por favor. Volteé, volteé por el amor de Dios, y regrese —murmuro Levi, las lágrimas acumulándose entre sus pestañas.
Pero Jeager no volteó, y subiéndose al coche sin ni siquiera una miradilla de reojo, cerró la portezuela.
Levi se quedó viendo el coche marcharse hasta que desapareció en la oscuridad del camino. Y no quedándole más remedio, se metió a la casa otra vez.
Mikasa lo encontró en el vestíbulo y al verlo tan descompuesto intentó saber el porqué de su estado, pero solo recibió el silencio de su hermano por respuesta.
Por la noche, cuando ya las luces de la casa estaban apagadas Mikasa intentó hacerle conversación otra vez, pero Levi, acostado a su lado y dándole de espaldas apenas respondió, tenía la voz constipada del llanto que había estado reteniendo y no quería que se le notara.
—Sabes, creo que fue una fiesta muy selecta y cordial. La he disfrutado. Espero que se repita —dijo de repente Mikasa, en un camino a llegar a su hermano.
—Me alegro de escuchar eso —le respondió en un susurro Levi —. Que no te cierres y te des la oportunidad.
—Sí, él es una persona en la que pensaría como un muy querido amigo. Pues te aseguro, Levi, que ahora he aprendido a disfrutar su conversación sin dejarme guiar por falsas ilusiones creadas por mi instinto. Es un muchacho inteligente y amable, del que me encanta su proceder, sin importar en que jamás haya pensado en mí.
—Basta Mikasa —le reprendió Levi, girándose para encontrar los hombros de su hermana en la oscuridad. Se le había escapado un sollozo en sus palabras, por los que deteniéndose un segundo controló su voz —. Por favor no te hagas esto. Tú y yo sabemos que si ese alfa está aquí es por ti, porque te ama. Y si fue un tonto que se dejó llevar por dudas en aquel momento, ahora está rectificando y tú no vayas a cometer mí mismo error de dejarte llevar por el orgullo y la vanidad. Si él se acerca a ti, olvida el pasado y concéntrate en el futuro, y en lo que sé aún sientes por él.
—¿Por qué estás tan empeñado en convencerme de que siento más de lo que confieso?
—Porque quiero que tú si seas feliz.
Hubo silencio entre ellos por un par de minutos. Solo las respiraciones de ellos llenando la habitación.
—Está bien. Tomaré tus palabras, Levi —dijo finalmente Mikasa —. Pero quiero que me digas que sucedió.
Levi retrocedió, intentó deslizarse de la cama, pero Mikasa lo retuvo entre sus brazos. Acunando su cuerpo en una bolita doble. Lo sintió temblar mientras su voz que apenas era un murmullo se quebraba entre cada palabra.
—Se despidió de mí, Mika. Él me dejó ir. Ya no hay lugar para mí en su corazón. Lo perdí.
Mikasa no encontró palabras para consolarlo y solo pudo hacer lo que siempre hacia en esos casos: darle su pecho, su hombro y sus brazos para que se desahogara en ellos. Sin más preguntas, y nada más que su arrullo.
A la mañana siguiente, Kirschtein volvió a Longbourn, solo. Llegó tan temprano que ninguna de las señoras estaba vestidas. La señora Ackerman corrió al cuarto de sus hijos, en bata y a medio peinar, exclamando:
—¡Mikasa, querida, date prisa y ve abajo! ¡Ha venido el señor Kirschtein! Tienes que venir a recibirlo. ¡Oh Dios! Creo que esta por suceder así que apresúrate. ¡Venga señora Hoover! Ande en seguida a ayudar a vestirse a la señorita Mikasa. No te preocupes por Levi, de todos modos ese señor Jeager no ha venido.
Mikasa medio desperezada por la molestia que le causó las palabras de su madre exclamó:
—Bajaré hasta que mi hermano esté tan listo como yo.
—¡Mira con lo que sales! ¿Qué tiene que ver que Levi esté listo o no? Tú eres la que debes estarlo. ¿Dónde está tu corsé?
La joven omega rodó los ojos y no movió ni un dedo mientras su madre salía apresurada a buscar a la señora Hoover, ya que sus llamados no habían sido atendidos.
Los dos hermanos estuvieron listos en media hora, y bajaron juntos, recibiendo una mirada molesta de su madre cuando entraron en el salón, donde Kirschtein los esperaba.
Kirschtein excusó a su amigo, alegando que se había quedado respondiendo una misiva importante y que se uniría más tarde. A la señora Ackerman no le hizo gracia esto último, y refunfuñó con disimulo. Levi que vio la mentira en los ojos del hombre, agradeció internamente a cualquier poder divino por ello, pues no tenía la fuerza para verlo tan pronto. El alfa se quedó hasta la noche. Su soltura y su alegría contribuyeron en gran parte a la animación de la reunión. Y aguantó toda la indiscreción y las impertinencias de la madre y escuchó todas sus necias advertencias con una paciencia y una serenidad que complacieron a Mikasa.
Apenas necesitó que le invitaran para quedarse a cenar, y la señora Ackerman no pudo estar más que feliz de que le aceptará, pues significa más tiempo y oportunidad para lo que durante todo el trascurso del día había estado intentando hacer. Que era permitir que su hija se quedará a solas con el alfa.
Fue al final de la visita que logró su cometido.
La señora Ackerman había sacado a Levi y a su esposo por turnos, diciéndoles que necesitaba hablar de un asunto. Ambos cedieron, pero Levi regresó al salón justo después de que sus padres dirigieran sus pasos, uno a su cuarto y el otro a la biblioteca. Entreabriendo la puerta divisó a su hermana y a Kirschtein sentados uno junto al otro. El caballero sostenía las manos de Mikasa, y parecían abstraídos el uno por el otro en un conversación más de miradas que de palabras.
Unos diez minutos después ambos salieron, pegaditos, casi rozándose los dedos. Sus rostros lo decían todo. Levi que se había hecho como que estaba bajando de las escaleras, les sonrió, dándoles a entender su comprensión. El señor Kirschtein le devolvió la sonrisa y le preguntó dónde podía encontrar al señor Ackerman.
—En la biblioteca —le contestó él, y vio como Kirschtein se inclinaba para susurrarle algo en el oído a Mikasa antes de separarse y dirigirse a donde el padre se encontraba
Mikasa que no podía tener secretos para Levi, sobre todo, porque no podía ocultarle esta noticia, que ella estaba seguro pondría un poco de dicha en el corazón de su hermano. Estrechándolo entre sus brazos le confesó con la más viva emoción que era la mujer más dichosa del mundo.
—¡Es demasiado! —añadió —. ¡Oh! Hermano no tienes idea de cuan agradecida estoy por tus palabras de anoche.
Levi negó, diciéndole que nada había que agradecer y que era él quien le agradecía por escucharlo y que ahora estuviera tan feliz, pues lo hacía feliz a él. Su enhorabuena fue tan sincera y tan ardiente reveló tanto placer que fueron una fuente de dicha para Mikasa. Pero no pudo quedarse con Levi ni contarle la mitad de las cosas que tenía que comunicarle todavía
—Tengo que ir a contarle a mamá —dijo— No puedo ignorar que a ella le debó una parte de mi felicidad, además no puedo permitir que se entere por otra persona. Él acaba de ir a hablar con papá. ¡Oh, Levi! Siento que se me va a salir el corazón del pecho.
Se fue presurosamente escaleras arriba en busca de su madre. Levi se quedó sonriendo ante la facilidad y rapidez con que se había resuelto el asunto que había causado tantos meses de incertidumbre y de dolor.
Me preguntó cuánto de esto ha sido obra del señor Jeager, fue el pensamiento que cruzó su mente en ese momento, pero sacudiendo la cabeza lo desechó, no quería pensar en el alfa ahora, ni tampoco en el tiempo próximo. Lamería sus heridas y después lo pensaría como un recuerdo, uno agridulce. Invierno y verano en su paladar.
¡He aquí en qué ha parado la ansiosa circunspección de su amigo y toda la falsedad y las tretas de sus hermanas! No podía darse un desenlace más feliz, más prudente y más razonable, se dijo para alejar los pensamientos anteriores.
A los pocos minutos regresó Kirschtein, que había terminado su corta conferencia con el señor Ackerman. —¿Dónde está su hermana? —le dijo al instante a alcanzarlo.
—Arriba, con mamá. Creo que bajará en seguida.
Entonces Kirschtein se acercó un poquito más y le pidió su parabién, rogándole que le considerase como un hermano desde ese instante. Levi le dijo de todo corazón lo mucho que se alegraba de aquel futuro parentesco.
—Es que imagínese, Jeager será también mi hermano —y se puso reír contentísimo, luego se detuvo de repente como si se acordará de algo y se empezó a buscar entre el saco, de donde se sacó una carta —. Oh, lo siento, hermano, había olvidado que debía darle esto que, lo más seguro es una excusa y una disculpa fofa de Jeager por irse sin decirle correctamente. Yo le dije que usted se enojaría, y que bien merecido tendría el castigo que le daría —y se volvió a reír de nuevo —. Espero me deje verle como le hala de las orejas a mi tonto amigo. Aunque él dijo que usted le comprendería, yo lo animó a castigarle, porque si no Jeager jamás abandonará sus manías de trabajólico, y él ahora debe pensar por ambos.
Levi cogió la carta a la vez que le daba una sonrisa mentirosa y le prometería que le tomaría la palabra. Después y hasta que Mikasa bajó, Kirschtein se puso a hablar de la perfección de su amada y de la felicidad futura. Levi no creyó exageradas sus esperanzas de dicha, a pesar del amor que cegaba al joven, pues al buen entendimiento y al excelente corazón de Mikasa se unía la semejanza de sentimientos y gustos con su prometida.
Lo que quedó de la velada transcurrió en medio del embeleso general, y la satisfacción de Mikasa daba a su rostro una luz y una expresión tan dulce que le hacían parecer más hermosa que nunca. El señor Kirschtein se despidió con la promesa de regresar al día siguiente.
Acostados y con la luz encendida más allá de las horas acostumbradas, Mikasa seguía hablando de cuan feliz estaba y Levi sonreía al ver cómo le brillaban los ojos y sus mejillas, seguían sofocándose de sonrojos.
—¿Creerás, Levi, que al irse a la capital el pasado invierno me amaba de verás?
—¿Y cómo se justificó?
—Me creyó indiferente.
—Bueno, se equivocó un poquito, en realidad.
—Envenenado por su perniciosa, hermana.
—Bravo. Es lo más duro que te he oído decir en la vida —dijo él en medio de una carcajada.
La verdad es que también estaba alegre porque Kirschtein no hubiese traicionado a su amigo hablándole de la intromisión de éste, pues a pesar de que Mikasa poseía el corazón más generoso y propenso al perdón del mundo, esto podía haber creado algún perjuicio contra Jeager. Y Mikasa era la única que a pesar de haber estado tan en desacuerdo en el desarrollo entre ellos, no le tenía mala leche en sí al alfa.
—Soy indudablemente la criatura más afortunada de la tierra —exclamó Mikasa —. ¡Oh, hermanito, qué pena siento que tú no puedas sentir esta misma felicidad! Debería ir a por ese señor Jeager y hacerlo obligarse a ti para que te haga feliz.
—Y yo me vería obligado a correrlo, pues no quiero su compromiso, sino su amor.
—Entonces me haré bruja y lo hechizaré para ti. Amor fiel, eterno e incondicional.
—Eso suena más a un perro que a un hombre. Ya me veo bañándole y sacándole las pulgas ¡ugh no!.
Mikasa se echó a reír.
—Por Dios, Levi ¿qué voy a hacer contigo?
—Sabes, lo he estado pensando, después de que me divorcie le diré al primo Berner que me presenté un primo; y con algo de suerte, quizás se parezca a él, y el que yo haya estado casado con Jeager le deslumbre tanto que me llegue a idolatrar y me dejará a estar a mis anchas.
—Oh, hermano.
—Ya, ya, Mikasa, déjalo estar. Este es tu momento. No pienses en mí por ahora.
Su hermana le dio una sonrisa triste pero ya no dijo y más, y ambos decidieron que debían ponerse a dormir.
El señor Kirschtein llegó a la mañana siguiente tal como lo había prometido. Desayunó con ellos y al terminar, como quería estar solo con Mikasa, propuso un paseo con los dos hermanos, pero casi en un susurró le pidió a Levi que le sirviera de encubridor. Con una sonrisa Levi aceptó, pues también quería leer la carta de Jeager, que aún no se había animado por falta de valor. Uno que solo hasta al despertar reunió.
Ya alejados de la casa, Levi dejó ir a los novios en sentido contrario, y él se adentró al bosquecillo, donde se sentó en el tronco de un árbol caído y sacó la carta.
No era muy larga, pero lo que estaba escrito puso fuego y hielo dentro de sus venas. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Y no era de tristeza, sino de furia y dolor.
Guardándose la carta con apuro, se levantó y se echó a correr a la casa con un pensamiento fijo en la cabeza:
"De todas las veces que me ha lastimado, esta vez, es la peor. Y no conformaré con alguna de tus mentirosas disculpas. Te arrancaré las mismas lágrimas que yo he llorado, madre."
….
Notas finales:
(1) Marie es la hija favorita de la señora Ackerman, por lo que su verdadero interés de casar a su hija mayor con un hombre adinerado, en su mayoría siempre fue para posicionar a más joven. Ahora que se casó con un hombre sin fortuna, quiere el respaldo de otro para impulsarlo y que su hija no tenga que vivir penurias.
Eren no es muy conveniente para sus planes, pues aunque se casó con Levi, este ya le vio que no le va a soltar una moneda a Erwin.
Mañana corrijo los errores ortográficos que faltan. Estoy a un paso del desmayo.
Próximo capítulo: De revelaciones y destino
