—He logrado solucionar el problema del vuelo —dijo Howard al día siguiente, reunido con sus dos compañeros de trabajo, Steve y Peggy.

El capitán, con el traje aun puesto,se acercó hasta el escritorio del inventor y le observó sin decir nada, esperando a que se explicara.

—¿Y bien? —inquirió Carter.

—No volará como tal, pero podrá utilizar el campo electromagnético de la tierra para crear una corriente contraria, actuar en contra de la gravedad terrestre e impulsarte en cualquier dirección —dijo Howard enseñándole la libreta con los cálculos a Steve.

Este revisó con detenimiento cada una de las ecuaciones que Howard había escrito y se sorprendió al ver cómo lo había desarrollado y cómo había dado con una solución tan brillante.

—Elegante, señor Stark —reconoció Steve muy a su pesar.

—¿Eso que oigo es un halago? —dijo Stark sorprendido con una sonrisa de burla.

—Eso parece, sí —continuó Carter guiñandole un ojo a su compañero espía.

Las mejoras no tardaron en maravillar al capitán. Era capaz de saltar con una potencia sin igual hasta entonces y podía atravesar los bloques de hormigón armado que habían colocado para comprobar la resistencia del traje. De un puñetazo podía destruirlos y tumbarlos sin problemas. Cuando el coronel Phillips observó los cambios quedó conforme y todo se dispuso para marchar hacia Inglaterra.

El viaje por mar resultó ser de lo más movido. Steve jamás había montado en barco y durante todo el tiempo se sintió mareado y febril. Por mucho suero de super soldado que corriera por sus venas, el oído interno era el oído interno y no podía dejar de funcionar como tal. De este modo, se pasó la mayoría del viaje en cubierta con el viento marino dándole en el rostro y aliviándolo de alguna forma. Desde su posición, podía ver el resto de la flota avanzar con lentitud sobre el agitado oleaje del atlántico. Todos los LTC seguían a su portaaviones, el navío principal del grupo.

Steve agarró inconscientemente el petate del cual nunca se separaba. La caja azulada tintineó dentro. Nadie habría sospechado jamás que se encontraría ahí junto con las bolsas de suero del doctor Erskine. Estaban próximos a la costa inglesa pero el viaje se le estaba haciendo eterno.

—¿Un día duro, capitán? –dijo una voz tras él.

Steve se giró rápidamente y se topó con Howard que lo observaba de lejos, sin acercarse. Parecía divertido por el hecho de que el capitán sintiera mareo debido al balanceo del barco. Rogers le echó una mirada de ira contenida, lo suficiente para hacerle ver que no era bienvenido.

—¿A qué ha venido, Stark? —dijo Steve alzando la voz ya que el ruido de las olas sobre el casco eran muy fuertes, como poderosos rugidos de león.

—Ya sé de qué me sonaba tu cara —continuó Howard acercándose al capitán y apoyándose en el borde de la cubierta—. Tú eras ese pequeño ratoncillo de los muelles. Y ahora eres el tipo que va a salvar a todos de la escoria nazi, como dice Ike. Qué vueltas da la vida.

Steve se sorprendió a sí mismo agarrando la bolsa con más fuerza de la necesaria y se detuvo antes de romper la tela. Miró a Stark fingiendo desconcierto.

—Yo, sin embargo, no me acordaba de usted para nada —dijo Steve.

—Supongo que tu cerebro quería olvidar lo que te hice —dijo el otro—. No me porté muy bien contigo en el pasado, al menos eso sí que lo recordarías.

—¿Por qué tendría que acordarme de algo doloroso? —replicó Steve arqueando la ceja.

—¿Y por qué no? El dolor da la fuerza —contradijo el inventor mirando en lontananza con aquella sonrisa que Steve odiaba tanto—. Perdí a mi mejor amigo, Zeter, y eso me dio la fuerza para salir del agujero de mierda en el que me encontraba. La droga vuelve a uno un monstruo pero, por suerte, Ike me encontró y me demostró que valía para algo más que para colocar a los demás y a mí mismo.

—Me alegro por usted —respondió Steve con sequedad y Stark se lo quedó mirando de manera indescifrable. Una fugaz sonrisa de condescendencia cruzó su rostro.

—He venido para disculparme por lo que te hice —reveló—. Era evidente que aún te afecta y por eso me evitas. Me gustaría que las cosas empezaran de cero entre nosotros y bien. ¿Qué me dices, fortachón?

Steve no dijo nada, se limitó a hacerle el vacío y evitar su intensa mirada escrutadora.

—Bueno, al menos lo he intentado. Espero que sepa que también me he disculpado con su amigo, Barnes. Y el parece haberlo aceptado mejor —dijo Howard dispuesto a marcharse.

—¿Qué pretende, señor Stark? —le espetó Steve. Sólo por haber mencionado a Bucky ya se sentía furioso y fastidiado—. ¿Cree que puede solucionarlo todo con palabras vacías?

—Mi amigo Zeter tenía un amante varón. Y según me dijeron nuestra gente común, murió por culpa de ese puto maricón —justificó Stark con una seriedad hasta entonces nunca vista—. Ni siquiera cuando le zurré me quedé a gusto...

—Es usted un matón —cortó Steve con brusquedad—. Puede que haya cambiado su situación económica y personal y ahora sea el protegido del capitán general de la flota americana, pero sigue pensando que puede hacer daño porque sí o porque algo no le cuadre. Es un hombre lleno de prejuicios que entra en pánico cuando algo se le escapa y no es capaz de controlar. Su amigo muere y lo primero que hace es condenar a otros solo por el hecho de amar de diferente forma o simplemente por aparentar que aman, actúan o piensan diferente de usted. No es distinto de la escoria que su protector trata de liquidar.

Howard reveló su naturaleza más sanguínea encarándose con el capitán y agarrándole del cuello de su chaqueta oficial. Alzó un puño.

—No te atrevas a llamarme nazi, maldito hijo de puta. Los nazis asesinan a miles cada día en campos de concentración —siseó Stark rabioso. Steve permaneció quieto, sin variar su gesto impenetrable—. Yo solo me aseguro de que no se propague el mal. Yo he convivido con la miseria...

—Y yo. ¿Y por eso maltrata a los demás? ¿No será que usted estaba enamorado de Zeter y le fastidia no habérselo dicho?

—¡Cabrón desgraciado! —exclamó Howard dispuesto a arremeter contra la perfecta cara de Rogers.

Un sombra se interpuso entre ellos y le pegó a Howard una patada en la entrepierna. A Steve le agarro de la oreja y se la retorció obligándole a arrodillarse.

—La próxima vez que decidáis mediros el tamaño de vuestras pollas lo hacéis en tierra firme y no en este barco, ¿ha quedado claro? —Era la furibunda voz de Carter.

—Sí —asintieron a la vez los dos hombres. Howard se retorció de dolor en el duelo. Un grupo de soldados curiosos se arremolinó ante aquel extraño grupo y comenzaron a burlarse del inventor.

—Así me gusta. Os espero luego en el puente de mando para tomar el té —dijo ella liberando a Steve de su doloroso agarre.

Tras disuadir al grupo de curiosos con amenazas y maldiciones dejó a los dos hombres atónitos y sin saber cómo reaccionar. Sentado en el suelo de la cubierta, Steve miró de soslayo como Howard trataba de incorporarse dolorido. Y unas palabras que, parte mentira, parte verdad, acudieron a su boca para tranquilizar los ánimos.

—Siento lo que he dicho antes —dijo el capitán con un hilo de voz.

Howard apoyó su espalda contra el borde y se quedó allí esperando a que se le pasara el dolor de sus partes.

—Yo también lo siento —dijo este con la respiración entrecortada.

—Al final, te ha pegado —comentó Steve esbozando una leve sonrisa.

—Como se lo cuentes a alguien, te destrozo esa cara de adonis que tienes.

—Lo que tú digas —suspiró Steve incorporándose y alejándose del inventor con una sonrisa de satisfacción interior.

Cuando desembarcaron en la costa británica y se instalaron en las dependencias del SHAEF, en el bombardeado y ruinoso Londres, lo primero que Steve hizo fue buscar por todas partes a Bucky. Lo encontró charlando alegremente con un grupo de soldados reían animosamente acerca de alguna anécdota que Steve no pudo oír. Cuando estuvo lo bastante próximo, todos en el grupo se cuadraron incluido su amigo que le sonrió de forma discreta mientras le dedicaba su mejor saludo marcial.

—Descansen, soldados —dijo Steve—. Sargento Barnes...

—¡Caray! ¿Conoces al Capitán América en persona? —exclamó uno de los soldados de rasgos asiáticos dirigiéndose a Bucky, el cual se retrajo, vergonzoso. El otro continuó presentándose con efusividad—. Soy Jim Morita, de las dependencias californianas.

—Su amigo estaba hablando con nosotros cuando un grupo, al parecer del West, comenzó a llamarle cosas muy feas. Así que hicimos piña y les dimos su merecido a esos imbéciles de la Costa Este —dijo uno de los soldados, el más corpulento y con la pinta más agresiva. Tenía un espeso bigote rubio que le daba cierto carácter—. Me llamo Dugan.

—Ha sido un viaje de mierda, la verdad. Malditos blancos buscabroncas—afirmó otro—. Yo soy Gabe Jones.

—Es usted una leyenda. Decían que no era más que piel y huesos y ahora puede correr más que ninguno de nosotros —continuó Jim laureando a Steve. Este se limitó a observarlo con extrañeza. Bucky acudió en su rescate en cuanto vio el apuro en el rostro de su compañero.

—Luego os veo, tengo que contarle al capitán Rogers como les zurramos a esos idiotas —dijo. Los demás vitorearon y se dispersaron por el resto de barracones del SHAEF. Después se dirigió a Steve y mirando en derredor suyo cerciorándose de que nadie los veía, agarró la mano del capitán y se la acarició con ternura, sonriéndole—. Te he echado de menos. Esos chicos han sido muy amables. De no ser por ellos cuando estaba en mi puesto...

—Me alegro de que tengas a gente que te apoya —dijo Steve ruborizandose por el contacto enternecedor de la mano de Bucky en la suya—. Yo también te he echado de menos. Ojalá pudiera haber estado contigo pero resulta que me mareo por mar...

—Ya me contaron. Las noticias vuelan en el ejército. Ya has visto a estos chicos lo mucho que saben de ti y te admiran. Eres su Capitán América —dijo Bucky riéndose.

—Es un apodo horrible —replicó Steve sonriendo.

—Eres un quejica, Rogers —se burló Bucky pellizcándole una de las mejillas.

—¡Capitán! —exclamó la voz de coronel Phillips a lo lejos. Los amantes inmediatamente se soltaron las manos y se compusieron para aparentar que mantenían una charla informal para que el hombre no viese nada una vez estuviera a su altura—. Es la hora.

—Tengo que irme, Bucky —dijo Steve. No quería marcharse y dejarlo ahí solo, de nuevo. Tenía que contarle lo del incidente con Howard y Peggy y lo mucho que había pensado en el durante su largo trayecto hasta Inglaterra—. Luego por la noche te buscaré...

—Te estaré esperando, Cap —susurró Bucky guiñandole un ojo cómplice—. He visto por el camino varias tabernas que tenían buena pinta. No está nada mal para el fin del mundo.

En la sede central, acompañado del coronel, Stark y Carter, Steve se reunió con los miembros generales del ejército aliado. Antes de entrar en la sala donde se reunirían en alto secreto, Steve le dijo a Phillips:

—He podido charlar con unos soldados de las dependencias del oeste y saben que fui transformado para la ocasión. ¿El proyecto no se suponía que debía ser secreto?

—Sí hasta que entendimos que no iba a servir de nada si le veían operar. Le hemos convertido en un símbolo, capitán —explicó Phillips, convencido de la decisión.

—Deberían habérmelo consultado —dijo Steve tenso.

—No dependía ni de usted ni de mí, Rogers. Lo siento pero ahora es el guía del ejército aliado y los soldados merecían saber quien los iba a comandar —se disculpó Phillips—. Hijo, déjeme que le dé un consejo: gánese la confianza de las tropas. No les hable como un dios le habla a sus feligreses, sino como un hombre le habla a otro.

Steve no dijo nada y se limitó a asentir. Ya dentro saludó al primer ministro británico, Winston Churchill que, con un puro en la mano, le echó un rápido de arriba abajo. De nuevo Steve se veía sometido al escrutinio receloso de los mandamases. Montgomery fue un poco más benévolo e indulgente en su presentación. Su enjuto rostro y su espeso bigote le daban un aspecto severo pero a la vez bonachón y parecía tener un carácter afable.

Steve observó que la sala estaba llena de agentes jóvenes en su mayoría y dedujo que se trataría del servicio de inteligencia británico y de la coalición de SHIELD. Stark se acercó a Eisenhower para estrecharle la mano de forma fraternal y todos los allí presentes se dispusieron a lo largo de una gigantesca mesa de madera repleta de papeles y planos acerca del plan de desembarco.

Montgomery fue el primero en hablar y presentar a los altos mandos de Ultra, el servicio de decodificación, a Shield y a explicar con todo lujo de detalles, en qué consistía la misión del capitán en Overlord. Notó en los tres generales supremos la convicción de haber hecho un gran trabajo de distracción y de engaño. Gracias a los sistemas de radio habían hecho creer a las tropas alemanas de que desembarcarían en el paso más evidente cerca de Calais.

—Sin embargo —continuó Montgomery— los alemanes sospechaban de que se produciría una maniobra de despiste, de manera que hemos tenido que ser de lo más cuidadosos haciéndoles creer que estábamos dispuestos a desembarcar en Calais y en la zona atlántica baja. Cada movimiento coordinado con la resistencia francesa y nuestro servicio de inteligencia ha sido como la maniobra de un jugador en un tablero de ajedrez. Y Hitler, de alguna manera, mordió el anzuelo haciendo un desplazamiento masivo de tropas y tanques al norte y al sur dejando el frente de Normandía sin una vigilancia demasiado exhaustiva.

—Pese a que la zona se encuentra despejada en cuanto a presencia militar, no han escatimado en reforzar los obstáculos a lo largo de las playas normandas. Las concertinas, los morteros y las minas antipersona están repartidas a lo largo y ancho de la arena —puntualizó Churchill carraspeando.

—Su trabajo consistirá en facilitar el camino a las barcazas despejando el camino todo lo que pueda e inutilizará los cañones de los armazones de hormigón desde el interior —explicó Eisenhower.

—Reforzado con vibranium de wakanda, el traje atravesará sin problemas las filas enemigas —aseguró Howard—. Nos ha sido imposible hacer que vuele pero puede crear un impulso enorme para facilitar un salto de hasta veinte metros.

Un grupo de soldados llevó hasta ellos un carro que contenía un enorme arcén en donde Howard había depositado el traje del capitán. Eisenhower contempló fascinado el trabajo de ingeniería de su protegido y le felicitó satisfecho. Había estado a la altura de la situación y había cumplido gratamente. Steve hizo una demostración poniéndose el traje hecho a medida. Las placas azuladas que cubrían su cuerpo y el resto de extremidades brillaron a la luz de la sala, como una armadura de caballero. El casco de forma aerodinámica brillaba de igual forma. Todos quedaron fascinados pues se encontraban ante algo nuevo en la historia de las fuerzas militares.

El caballero de las causas perdidas, pensó Steve con resentimiento.

Observó a todos los mandamases con un brillo de rencor ya que estaban condenando a pobres diablos a la muerte mientras ellos se quedaban en tierra firme, moviendo los hilos desde una posición segura y privilegiada que ni siquiera las bombas alemanas eran capaces de perturbar. Se sorprendió pensando aquello teniendo en cuenta que era él quien iba a desintegrar a las tropas aliadas. Su corazón no podía reblandecerse ahora por mucho que comprendiera la situación de la mayoría de soldados.

Nada más terminar la reunión, Steve se puso a repasar los planos y el nombre de cada soldado que participaba en el desembarco. Se fijó en que Bucky se encontraba en uno de los primeros pelotones que tomaría la playa de Omaha y a toda prisa habló con los cargos superiores para acordar que se le pusiera en los pelotones de refresco. Sería incapaz de soportar que muriera uno de los primeros ya que aquello sería una masacre. Y tampoco estaba dispuesto a soportar la cara de decepción que pondría Bucky si le viera dando el golpe de gracia a los estadounidenses. No sabía cual de las dos situaciones le destrozaría más.

Solo y con una sensación de vacío oprimiéndole el pecho, se refugió en una solitaria taberna a la salida de su reunión en la sede general. En ella no había nada más que dos clientes habituales, borrachos como cubas, desvanecidos sobre sus mesas. El barman ni se molestaba en echarles del local. Se limitaba a servir y a limpiar las copas con aire distraído. Steve llevaba ya diez pintas de cerveza y no había conseguido que el alcohol se le subiera a la cabeza. No iba a ser capaz de dejarse fuera de juego a sí mismo y eso le creaba todavía más frustración. A lo lejos había comenzado a sonar la canción que Bucky le había regalado para reproducir en su gramola y su corazón se llenó aún más de congoja.

I don't want to set the world on fire

I just want to start a flame in your heart

In my heart I have but one desire

And that one is you, no other will do

I've lost all ambition for worldly acclaim

I just want to be the one you love

And with your admission that you'd feel the same

I'll have reached the goal I'm dreaming of, believe me...

La puerta de la taberna se abrió de sopetón y con brusquedad, Bucky entró en el antro mal iluminado. Su rostro reflejaba una furia nunca antes vista por el capitán que dio un respingo y se incorporó de la banqueta en la que estaba sentado.

—¿Bucky?

Este no le dio tiempo a reaccionar y le asestó un fuerte golpe en la cara que por poco lo tumba, y eso que tenía el doble de fuerza que su amigo. El barman, aterrado, fue a refugiarse al almacén.

—¡Eres un maldito imbécil, Steve! —exclamó Bucky furibundo—. ¿Crees que no me iba a dar cuenta de que me habías cambiado a la tropa de reserva?

—Buck, puedo explicártelo —dijo Steve tocándose la zona dolorida.

—¿Qué hay que explicar, Rogers? ¿Es que no me ves capaz de sobrevivir al asalto? ¿Crees que puedes apartarme de esta misión sin consultarmelo siquiera? ¡Tenemos que estar juntos! —gritó Bucky dándole un empujón. Steve respondió de la misma manera, con rudeza.

—¡Bucky, eso será una carnicería! ¿Crees que me resultaría fácil verte morir? ¡Creías que no iba a hacer nada para salvarte de esa masacre?

—¡No tienes que salvarme! ¡Yo no soy tu damisela! ¡Si estoy contigo, estoy para las buenas y para las malas! —Bucky quiso volver a pegarle pero esta vez Steve reaccionó y bloqueó su puñetazo rodeandolo con sus fuertes brazos y estrechandole firmemente para tratar de calmar a su amante.

—No soportaría perderte... Bucky, ¡no lo entiendes?

—Eres tú quien no lo entiende, Steve —dijo Bucky con los ojos empañados en lágrimas y cediendo al abrazo de su compañero, correspondiendo de igual forma—. No quiero que me separes de ti.

—Bucky...

—¿Por qué tratas de apartarme de tu lado? —dijo Bucky mirando fijamente a Steve con sus ojos llenos de pena.

—... Estoy asustado —confesó el capitán—. No quiero que veas...

—Steve —se apresuró a decir Bucky tomándole el rostro con ambas manos—. Estamos juntos en esto. Si vuelas en un avión, yo viajaré contigo. Si tomas un tren hacia el infierno, te seguiré hasta el final de la línea. Y cuando hayamos terminado, volveremos a casa. Yo también tengo miedo, pero si nos separamos, caeremos.

Steve posó su cabeza sobre el hombro de su Bucky mientras la música seguía sonando como un eco lejano. Ya no había vuelta atrás. Él iba a acompañarlo y descubriría la verdad de forma dolorosa.

Tomó a Bucky de la barbilla y con lentitud lo besó dulcemente en los labios. Bucky alarmado miró a su alrededor, esperando de que alguno de esos borrachos no se hubiera percatado de aquel gesto tan temerario por parte del capitán. Sin embargo, Steve le tomó de nuevo por la barbilla y con una negación de cabeza le dijo antes de besarle otra vez:

—Nadie nos ve. Estamos solos tu y yo...

I don't want to set the world on fire

I just want to start a flame in your heart.

Steve dejó que Alec se incorporase y se acercará a la pared de la celda. Su cuerpo tembloroso cayó de nuevo sobre el suelo y sin fuerza. Las marcas en el cuello que le había hecho el capitán, le dolían sobremanera. Todo su cuerpo parecía haber sido aplastado y magullado por una fuerza demoledora. Dolorido por la violencia que Steve había ejercido sobre él al poseerlo, volvió su rostro golpeado y su labio partido manchado de sangre hacia Rogers. Este le daba la espalda y no podía ver la expresión de rabia y dolor que estaba poniendo.

—Al final lo traicionaste, ¿no? —dijo el joven agente con el gesto contraído por la ira.

Steve se giró y para sorpresa del chico, se acercó a él con una sonrisa de disculpa.

—Siento haberte pegado tan fuerte —dijo con aquella mueca que helaba la sangre.