Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.
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Feliz Cumpleaños Princesa
24 de Abril de 1999
La lluvia caía con fuerza, golpeando sin clemencia el cristal de las ventanas. Ella estaba ahí, observando con melancolía como las gotitas se estrellaban y luego resbalaban. Sus orbes verdes seguían la trayectoria con tranquilidad, como si no hubiera nada más interesante que hacer en el mundo. Unos pasos se escucharon a la distancia, eran tacones de mujer que se acercaban a gran velocidad, seguidos por el rechinar de las puertas de la habitación al abrirse sin permiso, pero lo que finalmente rompió el silencio, fue una voz femenina.
—Querida, han venido a verte —anunció emocionada la madre de Astoria.
La chica volteó a ver a su progenitora, sin mucho interés. Hizo una mueca y se mordió la lengua antes de preguntar. Se limitó a asentir con un movimiento de cabeza y de manera casi mecánica, fue hasta el tocador para arreglarse un poco. Mientras se alistaba para recibir a quien sea que fuera su vista, bajo la suspicaz mirada celeste de su madre, la menor de la familia pensaba en las infinitas posibilidades que existían para su escape.
Después de que la guerra terminara, las cosas no habían sido para nada fáciles. Si la comunidad mágica, común y corriente, se quejaba de todo lo que ocurría, de todo el trabajo que implicaba volver a establecer el orden y retomar sus vidas normales, aquellos que habían pertenecido al bando del señor Tenebroso, estaban por mucho más lejos en peores circunstancias. La gran mayoría de ellos, sobre todos los que llevaban la marca tenebrosa en su brazo, habían sido metidos a Azkaban sin si quiera tener un juicio de por medio. Otros más afortunados, estaban bajo custodia, en espera de una sentencia. Mientras que el resto tan solo se hundía en la miseria social, al ser repudiados como si fuesen leprosos de la peor calaña. Los Greengrass no estaban del todo en la última situación, ya que nunca habían sido sociales con las personas fuera de su mundo elitista, por lo tanto, pocas personas les reconocían como puristas.
Sin embargo, los Malfoy había sido una situación muy particular. Gracias a las acciones de Narcissa, los tres miembros de la familia habían sido considerados desertores del bando oscuro y colaboradores que ayudaron en el último momento a Harry Potter a vencer a Voldemort. Los Malfoy no habían llegado a pisar Azkaban antes de ser absueltos de sus acusaciones. No obstante, Malfoy Manor estaba casi en las ruinas tras la estadía de los mortífagos y las redadas de los aurores, tomando eso y sumándole el hecho de que el prestigio de la familia de rubios estaba por debajo del suelo, Lucius había determinado que unas vacaciones fuera del país no les caerían mal. Dejar que las aguas se calmaran y que su mansión fuera reconstruida al mismo tiempo, sonaba como una buena idea. Claro que nadie consideró que Astoria no había previsto que fueran a tomarse tanto tiempo.
La comunidad mágica se estaba tomando su tiempo para devolver las cosas a la normalidad. Hogwarts había perdido un año escolar por reconstrucción y re-organización. La mayoría de los estudiantes no se quejaban por ello, después de lo ocurrido se sentían con todo el derecho a tomar unas largas vacaciones para estar con sus familias y descansar. Obviamente que tampoco faltaban los que se mortificaban con perder tanto tiempo, como la propia Hermione Granger, quien, según los propios titulares del diario El Profeta, estaba ayudando hombro a hombro a la nueva directora Minerva McGonagall para que todo estuviera listo para el primero de Septiembre de ese año. Aquellos que necesitaran repetir curso para graduarse podrían hacerlo, aquellos que no habían podido ir a Hogwarts el año anterior por culpa de su estatus de sangre, ahora podrían hacerlo, y por su puesto, los alumnos nuevos también estarían ahí. Ya casi todo se daba como un hecho, pero nada de eso parecía alentar demasiado a la menor de las hermanas Greengrass.
Para finales del año pasado, Astoria había dejado de recibir cartas de Draco y hasta donde sabía, los Malfoy no tenían muchas intenciones de regresar a Gran Bretaña pronto. La última vez que había entablado contacto con él, se había enterado que estaban en Francia, haciendo unos negocios formidables, que más que dinero, les darían credibilidad como magos. Los Malfoy estaban recuperando su estatus fuera del país y aún cuando la castaña se alegraba por ellos, en el fondo le asustaba pensar que si se posicionaban demasiado bien en el exterior, ya no iban a regresar. Todavía peor que eso, le aterraba que Draco se olvidara de ella y terminara encantado por una chica francesa.
Astoria dejó el cepillo de cabello sobre su tocador y como detalle final se colocó una gargantilla plateada con un camafeo de cisne, un regalo de Blaise por su diecisieteavo cumpleaños. Los regalos habían llegado con respectivas felicitaciones a lo largo de la semana, algunos incluso habían sido llevados en persona por parte de sus amistades más cercanas, pero con todo eso, la chica se había negado a celebrar el día. El clima incluso se había puesto de su lado con aquel repentino frente lluvioso que azotaba la zona donde vivían. Así que hasta donde ella sabía, siendo toda una bruja adulta, podía pasar el día tan deprimida como se le antojara, pero como de costumbre, alguien interfería en sus más básicos planes.
—Estoy lista, madre —anunció la menor, caminando con propiedad hasta la puerta, donde su progenitora seguía esperando a por ella.
—Vamos, Astoria, sonríe —la animó la mujer y su hija se limitó a bufar.
Por las razones mencionadas anteriormente, la castaña estaba segura de que se trataba de una visita indeseada por su parte. Sus amigos la conocían lo suficientemente bien para no molestarla cuando expresamente les había dicho que no quería celebrar su cumpleaños, así que debía de tratarse de algún conocido de sus padres que inoportunamente iba a presentar sus felicitaciones con algún interés escondido. Así como en Julio del año pasado, McLaggen había ido a felicitar a Daphne con una propuesta de matrimonio incluida. Una que había terminado muy mal, hasta donde podía recordar la menor de las hermanas. El recuerdo le robó una pequeña risa que enseguida se esfumó al entrar a la sala de recibimiento.
La sangre se le evaporó a Astoria al reconocer a la susodicha visita, dejándola tan pálida como un fantasma. La chica sentía como si el corazón se le hubiera detenido y su respiración se había cortado. Ahí, frente a ella, sentado en el sofá color crema, con las piernas elegantemente cruzadas y el saco de su traje negro abierto, estaba Draco. Su rubio cabello estaba pulcramente peinado hacia atrás, dándole una apariencia más madura de la que le correspondía por edad, y la forma en la que sutilmente curvaba las comisuras de sus labios, sin llegar a sonreír, era el toque perfecto para aquella imagen que la Greengrass hubiera querido inmortalizar en lienzo. Sin embargo, con todo y la conmoción, Astoria había tardado más en asimilar la situación que en salir corriendo hacia los brazos del joven Malfoy, sin siquiera dejarlo hablar.
—Creo que les dejaré a solas —informó la señora Greengrass, sonriendo de forma tenue al ver a su hija tan emocionada como no la veía hacía meses.
Apenas la mujer salió de la sala y cerró las puertas, la castaña le robó un beso de los labios al chico que estaba con ella. Draco no se opuso, de hecho hasta le correspondió con dulzura mientras la acomodaba en su regazo, encontrando la forma perfecta de tenerla cerca, pero sin que resultara tan comprometedor para ella, por si acaso la madre decidía regresar.
—Por una bienvenida como esa, debería de ausentarme más seguido —bromeó un poco el chico, haciendo una mueca arrogante apenas se disolvió el beso.
—No lo digas ni en broma —le reprendió la menor, haciendo un puchero, para luego suspirar y recobrar su semblante serio—. Te eché mucho de menos, ¿sabes? Pensé que ya te habías olvidado de mí.
—Lo siento —se disculpó cambiando su expresión por una más sombría.
Astoria se le quedó mirando durante varios segundos, intentando descifrar las emociones que se reflejaban en aquel rostro aristócrata, sin tener éxito alguno. ¿Quizás había una pincelada de culpa? Draco había pasado por tanto, incluyendo horrores que ella no era capaz de imaginar. Podía haber muerto, podía haber terminado en Azkaban o incluso podía haberse quedado en el exilio para no afrontar a aquella sociedad que lo odiaba por sus malas decisiones, pero estaba ahí. Ahí con ella.
Un tintineó sonó en la mente de la Greengrass en ese mismo instante que cayó en cuenta de ello. Draco estaba ahí, en su cumpleaños, como lo había prometido hacía un año atrás. Todo lo que le había prometido aquella angustiosa noche de 1998 se había vuelto realidad.
—Gracias —susurró la castaña en voz muy baja e intima.
—¿Eh? —el aludido se desconcertó y por un instante no supo como reaccionar.
—Gracias por cumplir tu promesa —explicó, sonriendo, al mismo tiempo que apoyaba su frente contra la de él, aprovechando para frotar las puntas de sus narices—. Es el mejor regalo de cumpleaños que me hayas dado nunca.
—No hacía falta que me agradecieras —aseguró el Malfoy, esbozando una sonrisa floja que, a decir verdad, era la primera en muchos meses de amargura—. Ya te quedé mal una vez y no tenía intenciones de volver a hacerlo —añadió al tiempo que cerraba los ojos y con cariño correspondía aquel frote de narices.
Era cierto, cuando eran pequeños, Draco había olvidado felicitar a Astoria por su cumpleaños cuando había entrado a Hogwarts y vaya que había pagado caro su error en aquella ocasión. Mucho le había costado volver a hacer que su princesa le mirara con buenos ojos, esas esmeraldas... El rubio abrió los ojos para mirarlas directamente. Podía con las miradas acusadoras de toda la sociedad mágica británica, pero no podía volver a ver decepción en aquellos ojos. Lo sabía, la quería demasiado como para fallarle y por eso había cumplido su promesa, pese a la oposición de su padre, quien decía que aun no era tiempo de volver a Inglaterra.
Por su lado, Astoria recordaba también a lo que su adorado chico se refería y estaba segura de que si lo hubiera vuelto a hacer, igual se lo hubiera perdonado. Lo quería tanto que no importaba cuanto se tardara, ella podía decir con seguridad que mientras él volviera a su lado, tenía una razón para seguir viviendo y sonriendo.
Así pasaron el resto de la tarde, abrazados, juntos y celebrando un cumpleaños como solo ellos sabían hacerlo, aunque nadie más lo entendiera.
