AMOR SALVAJE
10| De Mujer a Mujer
Pasaron más de tres semanas hasta que Mylala consiguió encontrar un capitán dispuesto a correr el riesgo de ayudarnos a escapar. No sé qué habría hecho sin mi leal sirvienta. Puso en peligro a su familia y a sus amigos para ayudarme. Escuché sus consejos, porque llevaba varios años al servicio de mi marido y conocía sus costumbres.
Tuve que actuar como si nada hubiera cambiado ,sí , representé el papel de amante esposa, pero cada noche rezaba para que Hiashi muriera. Mylala me aconsejó que no me llevara ninguna posesión. Cuando me llegara el aviso, me limitaría a marcharme solo con lo puesto. Dos noches antes de que llegara el aviso del capitán, fui a ver a Hiashi en sus habitaciones.
Entré, de nuevo, por la puerta lateral, como precaución para no volver a encontrarme a a su amante con él. Hiashi estaba solo. Estaba sentado a su escritorio y sostenía un rutilante zafiro, de gran tamaño, entre las manos. Encima de la mesa había otras veinte gemas. Hiashi las acariciaba de forma muy parecida a como acariciaba a su amante. Me quedé allí, oculta entre las sombras, observándolo. Aquel loco hablaba con sus joyas. Al cabo de unos minutos, las envolvió en un paño y las volvió a colocar dentro de una caja de laca negra. Había un panel falso empotrado en la pared. Hiashi deslizó la caja en su interior.
Volví a mis habitaciones y le conté a mi doncella lo que había visto. Me dijo que había oído rumores de que el tesoro público estaba vacío. Llegamos a la conclusión de que la revolución estaba más cerca de lo que en realidad habíamos pensado. Mi esposo había convertido las monedas en joyas, porque serían mucho más fáciles de sacar del país cuando él huyera.
Me prometí que robaría aquellas joyas. Quería hacerle todo el daño que pudiera a Hiashi. Mylala me advirtió en contra de aquel plan, pero a mí ya no me importaba nada. Las joyas pertenecían al pueblo. Me prometí que un día encontraría el medio de devolvérselas.
Dios mío, era tan noble, pero tan, tan ingenua. De verdad creía que iba a salirme con la mía.
Anotación en el diario, 1 de septiembre de 1795
Las primeras horas de la mañana pertenecían a Hinata. Era un momento del día tranquilo y silencioso, porque la condesa raramente aparecía o pedía algo antes de mediodía. La tía de Hinata prefería tomar su comida de la mañana, consistente en té y galletas, en la cama, y solo rompía aquel ritual cuando no podía cambiar de hora una importante visita.
Hinata solía estar vestida y con sus tareas terminadas antes de que la plena luz del amanecer bañara la ciudad. Su tía y ella compartían una doncella, pero Beatrice tenía más que suficiente con cumplir las órdenes de la condesa. Por esa razón, Hinata se encargaba de su propia ropa y de su dormitorio. A decir verdad, le gustaba aquel acuerdo. No tenía que seguir fingiendo cuando estaba sola en su habitación. Dado que Beatrice no solía interrumpirla, Hinata no tenía que arrugar la ropa de la cama cada mañana para que pareciera que había dormido en ella.
Una vez que pasaba el cerrojo para protegerse de los intrusos, podía abandonar sus defensas. Cada noche, llevaba la manta al otro lado de la habitación para dormir en el suelo delante de las dobles ventanas. No tenía que ser fuerte cuando estaba sola. Podía llorar, siempre que no hiciera ruido. Derramar lágrimas era una debilidad, pero como no había nadie allí para verla, Hinata no sentía apenas vergüenza.
El diminuto jardín oculto detrás de las cocinas era su otro dominio privado.
Solía pasar allí la mayor parte de la mañana. Anulaba el ruido de la ciudad y el hedor de las basuras, se quitaba los zapatos y hundía los dedos de los pies en la fértil tierra. Cuando el sol había hecho desaparecer las gotitas de rocío, Hinata volvía al caos desatado del interior de la casa.
Su preciosa reunión con el sol la ayudaba a soportar el resto del día. Por lo general, también podía meditar sobre cualquier problema que la desconcertara en aquel tranquilo ambiente. No obstante, desde que conoció al marqués de Konohagakure, Hinata no había podido concentrarse mucho en nada. Todos sus pensamientos le pertenecían.
Se había sentido atraída por él desde el momento en que lo conoció. Cuando sir Shikaku se lo presento, se había despertado su interés. Luego lo miró a los ojos y su corazón quedó preso. La vulnerabilidad que vio en aquella mirada celeste la hizo querer ofrecerse a él
Era un hombre que necesitaba atención. Hinata pensó que quizá se sintiera tan solo como ella. Sin embargo, no comprendía de dónde había sacado esa impresión.
Naruto estaba rodeado de su familia, integrado en la buena sociedad, era envidiado y algo temido por ella. Sí, esa sociedad se inclinaba ante él debido a su título y a su riqueza. Eran razones superficiales, según el modo de ver las cosas de Hinata, pero Naruto se había criado de aquella manera.
Pero él era diferente. Había observado que no se doblegaba ante ninguna de sus reglas. No, Naruto parecía decidido a fijar las suyas propias. Hinata sabía que no había sido correcto pedirle que se casara con ella.
Según las reglas, le tocaba al hombre hacerle la oferta a la mujer, no al revés. Lo había meditado cuidadosamente y había llegado a la decisión de que tendría que desobedecer esa regla a fin de casarse antes de que su padre volviera a Inglaterra.
Sin embargo, quizá el momento no hubiera sido el apropiado. Sabía que lo había dejado estupefacto con su petición, tan apresuradamente presentada. La asombrada expresión de su cara le preocupaba. No podía decidir si él estaba a punto de romper a reír o de estallar de cólera.
No obstante, Hinata estaba segura de que, una vez superada su reacción inicial, él diría que sí. Ya había admitido lo mucho que ella le gustaba, lo mucho que le gustaba tocarla. La vida en aquel extraño país sería mucho más soportable con Naruto a su lado.
Y sería solo durante un tiempo corto... No tendría que cargar con ella para siempre, como le gustaba decir a la condesa. Se dijo que, además, en realidad él no tendría elección. Ella era la felina de los dakotas. Naruto solo tenía que casarse con ella.
Era su destino.
El jueves por la noche no llegó lo bastante rápido para los deseos del marqués de Konohagakure. Cuando entró en casa de sir Kazekage, estaba absolutamente furioso.
Pasaba de la furia absoluta a la decepción total cuando pensaba en la escandalosa propuesta de Hinata. Bien, ahora ya no le quedaba duda de cuál era su juego. Iba tras el matrimonio, el matrimonio y el dinero, exactamente igual que todas las demás mujeres del reino.
Por otro lado, estaba igual de furioso consigo mismo. Sus instintos debían de estar dormidos. Tendría que haberlo sabido desde el principio. La verdad es que había hecho exactamente lo mismo de que acusaba a Kiba, había caído víctima de una cara bonita y un coqueteo hábil.
Naruto estaba lo bastante rabioso como para chillar. Iba a poner a Hinata en su sitio a la primera oportunidad. No estaba dispuesto a casarse de nuevo. Una vez era suficiente. Tenía intención de conseguir a Hinata, pero bajo sus propios términos y, ciertamente, sin el beneficio del clero para enturbiar las aguas. Todas las mujeres cambiaban una vez casadas. La experiencia se lo había dejado bien claro.
Fue mala suerte que la primera persona con quien tropezó nada más entrar en el salón fuera su hermana Tamaki. Ella lo vio inmediatamente, se recogió la falda y se le acercó a la carga, para inclinarse ante él.
Por todos los diablos, iba a tener que ser cortés.
—Naruto, gracias por pedirle a sir Shikaku que me acompañara. Es un hombre muy amable. Tía Tsunade llegará el próximo lunes y ya no tendrás que molestarte con ese deber. ¿Te gusta mi nuevo vestido? —preguntó, alisando los pliegues de su falda amarilla.
—Estás muy guapa —afirmó Naruto, sin apenas mirarla.
Había tanta gente que a Naruto le costaba encontrar a Hinata. Aunque era mucho más alto que los demás invitados, seguía sin detectar la corona de rizos oscuros que buscaba.
—El verde me sienta bien, ¿no es cierto, Naruto?
—Sí.
Tamaki se echó a reír, atrayendo la atención de su hermano.
—Mi vestido es amarillo, Naruto. Sabía que no me prestabas la más mínima atención.
—No estoy de humor para juegos, Tamaki. Ve y muévete entre la muchedumbre como una buena chica.
—No está aquí, Naruto.
—¿No está? —preguntó Naruto, con aire despistado.
Las risitas de Tamaki aumentaron.
—La princesa Hinata no ha llegado todavía. Ayer pasé una tarde maravillosa con ella.
—¿Dónde la viste? —preguntó Naruto, con voz un poco más aguda de lo que le hubiera gustado.
Tamaki no se molestó.
—Vino a tomar el té. Mamá no se unió a nosotras, por descontado. Ni tú tampoco, por cierto. ¿De verdad te olvidaste de que me habías pedido que la invitara, Naruto?
Naruto negó con la cabeza.
—Decidí no entrometerme —mintió.
En realidad, lo había olvidado, pero cargó la culpa de su falta de disciplina sobre los hombros de Hinata. Desde que recibió su propuesta de matrimonio, no había sido capaz de pensar en nada más.
Tamaki le dedicó otra de sus miradas intrigadas.
—No es propio de ti olvidar nada —afirmó. Cuando él no reaccionó, dijo—: Bueno, me alegré de disponer de todo el tiempo a solas con ella. La princesa Hinata es una mujer fascinante. ¿Tú crees en el destino, Naruto?
—Cielos.
—No es necesario que gruñas —dijo Tamaki, pinchándolo.
—No creo en el destino.
—Y ahora te pones a gritar. Naruto todos nos miran inquietos. Haz un esfuerzo y sonríe. Yo creo en el destino.
—Claro que sí.
—Bueno, ¿y por qué tendría eso que desagradarte?—preguntó Tamaki y continuó antes de que su hermano pudiera darle una respuesta—. La princesa hace unas observaciones tan refrescantes sobre la gente. Además, nunca dice nada poco amable. Es una mujer delicada y refinada. Mira, me siento muy protectora hacia ella. Es tan amable, tan...
—¿Estaba la vieja lechuza con ella? —interrumpió Naruto, impaciente. No estaba de humor para escuchar la lista de las cualidades de Hinata. Seguía demasiado furioso con ella.
—¿Cómo dices? —preguntó Tamaki.
—La condesa —explicó Naruto —, ¿estuvo con vosotras?
Tamaki se esforzó por no reírse.
—No, no vino con Hinata. Yo hice un comentario poco amable sobre su tía, aunque claro yo no la llamé vieja lechuza y mi comentario fue sin querer. Hinata fue muy gentil cuando me dijo que era descortés hablar de los mayores de esa manera. Me dio una lección de humildad cuando me regañó con tanta dulzura, Naruto. Luego me encontré con que estaba contándole todo sobre mamá y cómo sigue llorando a Yahiko.
—Los asuntos de familia no deben comentarse con los extraños —dijo Naruto —. De verdad te agradecería que...
—Dice que es culpa tuya que mamá esté...
—¿Cómo?
—Por favor, déjame acabar antes de criticarme —aconsejó Tamaki —. Hinata dijo una cosa muy extraña. Sí que lo hizo.
—Por supuesto que lo hizo —replicó Naruto con un largo suspiro.
Dios, aquello era contagioso. Una única tarde con la princesa Hinata había hecho que su hermana Tamaki hablara sin ningún sentido.
—No entendí qué quería decir, pero dijo, y con mucha firmeza, además, que era todo culpa tuya y que te correspondía a ti orientar a mamá para que volviera a su familia. Esas fueron sus palabras exactas.
Tamaki vio por la cara de Naruto que estaba tan desconcertado como ella.
—¿Sabes, Naruto? Era como si estuviera repitiendo una regla de memoria. No quise que me creyera una ignorante, así que no le pregunté nada más. Pero sí que comprendí lo que me estaba diciendo. La princesa Hinata actuaba como si su consejo tuviera todo el sentido...
—Nada de lo que esa mujer dice o hace tiene ningún sentido —afirmó Naruto —. Anda, Tamaki, vuelve con sir Shikaku. Él te presentará a los demás. Yo todavía tengo que hablar con nuestro anfitrión.
—Lady Delta está aquí —murmuró Tamaki —. No puedes pasarla por alto. Va vestida de un color rojo vivo vergonzoso.
—¿Un color rojo vergonzoso? —preguntó Naruto, sonriendo ante la absurda descripción.
—Ya no tienes nada que ver con esa mujer, ¿verdad Naruto? La princesa Hinata te rechazaría si pensara que te ves con una mujer con una reputación tan manchada.
—No, no tengo nada que ver con Delta —murmuró Naruto —. ¿Cómo te has enterado de...?
—Escucho los rumores, como todo el mundo —admitió Tamaki, sonrojándose—. Te dejaré solo con tu humor gruñón, Naruto. Ya me sermonearás más tarde. — Empezó a alejarse corriendo, pero se detuvo y preguntó—: Naruto, ¿va a venir Kiba?
Él percibió el interés en su voz.
—No tendría que importarte si viene o no, Tamaki. Es demasiado viejo para ti.
—¿Viejo? Tiene exactamente tu misma edad y tú solo me llevas nueve años.
—No discutas conmigo, Tamaki.
Ella se atrevió a dedicarle una mirada ceñuda antes de ceder y seguir su consejo. Cuando por fin Tamaki lo dejó solo, Naruto se apoyó en la baranda del vestíbulo, esperando a Hinata.
Su anfitrión lo encontró y lo arrastró al otro lado del salón para que participara en un acalorado debate sobre asuntos del gobierno. Naruto escuchó con paciencia, aunque mirando continuamente hacia la entrada.
Hinata llegó finalmente. Entraba en el salón, flanqueada por su anfitriona y la condesa, justo en el momento en que lady Delta tocaba el brazo de Naruto.
—Cariño, es estupendo volver a verte.
Naruto sintió deseos de rugir. Se volvió lentamente para saludar a su antigua amante. ¿Pero qué, en nombre de Dios, qué podía haber visto en aquella mujer? La diferencia entre Delta y Hinata era devastadora. Naruto sintió la tentación de dar un paso atrás.
Delta era alta, un tanto imponente y terriblemente vulgar. Llevaba el pelo, rubio, recogido en un gran moño en lo alto de la cabeza. Las mejillas estaban teñidas de maquillaje rosa, igual que sus labios, llenos y amohinados.
Hinata nunca hacía mohines. Tampoco fingía comedimiento. Su repulsión hacia Delta le dejaba un sabor agrio en la boca. Ella estaba tratando de ser provocativa. Deliberadamente, bajó las pestañas hasta medio mástil.
—Te he enviado notas pidiendo que vinieras a verme, Naruto —murmuró mientras aumentaba la presión sobre su brazo—. Ha sido un tiempo insoportablemente largo desde que compartimos una noche juntos. Te he echado en falta.
Naruto daba gracias a que los hombres con quienes estaba hablando se hubieran marchado. Lentamente, apartó la mano de Delta.
—Ya hemos hablado de esto antes, Delta. Se ha acabado. Acéptalo y busca a otro.
Delta no hizo caso de la acritud del tono de Naruto.
—No te creo, Naruto. Lo pasamos muy bien. Solo te estás mostrando terco.
Naruto borró a Delta de su mente. No quería malgastar su enfado con ella. Se dijo que lo guardaba todo para la princesa Hinata. Se volvió para buscar a la mujer que quería rechazar y la distinguió inmediatamente. La vio junto a su anfitrión, sonriéndole con dulzura. Estaba rotundamente demasiado bonita esa noche. Llevaba un vestido del color del hielo azul. El escote era muy profundo, dejando ver una generosa porción de su pecho, lleno y con aspecto cremoso. El traje no era de un estilo tan indecente como el de Delta, pero a Naruto no le gustó. Kazekage contemplaba el pecho de Hinata con miradas lujuriosas. Naruto pensó que le gustaría matarlo.
Además, había demasiados dandis en la fiesta. Naruto miró alrededor fulminando a todos los hombres que deseaban abiertamente a su Hinata. Sabía que todo aquello no tenía sentido. No iba a casarse con Hinata, pero no estaba dispuesto a dejar que nadie más la tuviera. No, no tenía ningún sentido. Por supuesto, todo era culpa de Hinata. Aquella mujer lo volvía loco.
Delta permanecía junto a él, observándolo. No tardó mucho en comprender que estaba hipnotizado por la princesa, lo cual la irritó mucho. No estaba dispuesta a dejar que nadie compitiera con ella por las atenciones de Naruto. Nadie iba a interferirse en sus planes de casarse con él. Naruto era un hombre obstinado, pero Delta estaba lo bastante segura de sus considerables encantos para creer que, finalmente, se saldría con la suya. Nunca dejaba de hacerlo. Sí, Naruto se convencería, siempre que no lo presionara demasiado.
Por la forma en que Naruto mantenía la vista fija en aquella bella mujer, Delta supo que tenía que actuar rápidamente. La princesita podía causarle problemas. Decidió que hablaría con aquella mocosa lo antes posible. Tuvo que esperar una buena hora antes de conseguir que las presentaran.
Durante ese tiempo oyó varios comentarios sobre el interés de Naruto por la mujer. Incluso se especulaba sobre si Naruto le iba a pedir que se casara con él. Delta pasó de la irritación a la ira. Evidentemente, era mucho más grave de lo que había pensado.
Esperó su oportunidad. Cuando, por fin, Hinata se quedó sola, Delta le tocó el brazo y le rogó que tuvieran una entrevista a solas, en la biblioteca de su anfitrión, para hablar de un tema de gran importancia.
La inocente princesa pareció confusa ante aquella petición. Delta sonrió con toda la dulzura de que fue capaz. Sintió que podía regocijarse. En unos pocos minutos, tendría a aquella estúpida lo bastante aterrorizada como para hacer cualquier cosa que le pidiera.
La librería estaba en la parte trasera del piso principal. Entraron en ella desde el pasillo. Había tres sillas de respaldo alto dispuestas en ángulo frente a un largo escritorio. Hinata se sentó, cruzó las manos sobre las rodillas y sonrió, expectante.
Delta no se sentó. Quería contar con la ventaja de la altura sobre su adversaria.
—¿Qué deseaba decirme? —preguntó Hinata, en voz queda.
—El marqués de Konohagakure —anunció Delta. y no había ni rastro de dulzura en su voz —. Naruto me pertenece, princesa. Déjelo en paz.
Naruto acababa de abrir la puerta lateral de la biblioteca a tiempo de oír las exigencias de Delta. No había oído la conversación por casualidad ni tampoco era una coincidencia que hubiera decidido entrar en la biblioteca por la puerta que conectaba las cocinas con el estudio. Naruto recordaba, de anteriores reuniones con lord Kazekage, que había dos puertas que llevaban a la biblioteca. Y no le había quitado los ojos de encima a Hinata desde que esta entró en la casa. Cuando Delta la cogió por el brazo y la guió por el pasillo, Naruto fue tras ellas.
Ni Hinata ni Delta se dieron cuenta. Naruto sabía que no era de buena educación escuchar una conversación privada, pero estaba convencido de que sus motivos eran puros. Sabía de lo que era capaz Delta. Podía convertir en chuletas a un inocente y dulce corderillo. La dulce Hinata no podía manejar a alguien tan astuto y tan malvado como Delta. Naruto solo quería proteger a la princesa.
Aquella hermosa mujer era demasiado ingenua para su propio bien.
—Entonces, ¿Naruto le ha propuesto matrimonio? —preguntó de repente Hinata.
—No —le espetó Delta —. No me mire con esos ojos inocentes, princesa. Ya sabe que no me lo ha propuesto todavía. Pero lo hará —añadió con sorna—. Somos amigos íntimos. ¿Sabe qué significa eso? Acude a mi cama casi cada noche. ¿Me entiende? —preguntó con una voz llena de malicia.
—Oh, sí —respondió Hinata —. Es usted su querida.
Delta dio un grito ahogado. Cruzó las manos sobre el pecho y fulminó con la mirada a su presa. —Voy a casarme con él.
—No, no creo que lo haga, lady Delta —respondió Hinata —. ¿Eso es todo lo que quería decirme? Además, no tiene por qué alzar la voz. Oigo muy bien.
—Sigue sin comprenderlo, ¿verdad? O es estúpida o es una auténtica bruja, ¿lo sabía? Si se mete en mi camino, voy a destruirla —anunció Delta.
Naruto estaba desconcertado. Había pensado en intervenir en cuanto Delta empezó con sus insultos, pero la expresión de la cara de Hinata le impidió moverse.
Hinata no parecía estar nada afectada por la discusión. En realidad, le sonrió a Delta y le preguntó:—¿Y cómo exactamente podría destruirme?
—Haré circular historias sobre usted. No importa que sean verdad o mentira. Sí —siguió Delta rápidamente —, le diré a todo el mundo que se ha acostado con muchos hombres. Su reputación quedará hecha trizas cuando acabe con usted.
—Olvide a Naruto, Hinata. De cualquier modo, él se cansará de usted. Su belleza no es nada comparada con la mía. Naruto siempre volverá conmigo. Mi belleza lo cautiva. Usted le hará saber, de forma inmediata, que no está interesada en él. Y luego no le hará ningún caso, absolutamente ninguno. De lo contrario...
—Diga lo que quiera —afirmó Hinata —. No me importa lo que la gente piense de mí.
Delta estaba furiosa por el tono divertido de la voz de Hinata.
—Es una estúpida —gritó.
—Por favor, no se enfade tanto, lady Delta. Se le está estropeando el cutis. Fíjese, tiene la cara llena de manchas.
—Usted... usted... —Delta se detuvo para respirar hondo y calmarse —. Está mintiendo. Tiene que importarle lo que piensen los demás. Y a su tía seguro que le importa, eso se lo puedo prometer. No puede ser tan ignorante como usted. Ah, ya veo que por fin he conseguido que me preste atención. Sí, la condesa quedará destrozada por el escándalo que voy a urdir.
Hinata se irguió en la silla. Miró a Delta desde abajo, con el ceño fruncido.
—¿Está diciendo que sus historias inventadas disgustarán a mi tía?
—Dios, es usted tonta de verdad. Pues claro que le disgustarán. Cuando yo acabe, no se atreverá a mostrar la cara en público. Espere y verá.
Delta podía oler la victoria. Volvió la espalda a Hinata para girar en torno a la silla, mientras iba detallando las vilezas que iba a difundir.
Naruto había oído lo suficiente. Se volvió para abrir la puerta de par en par, decidido a entrar en la biblioteca y poner fin a las tácticas de terror de Delta, al instante. Era hora de que protegiera a su ángel de aquella serpiente.
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Continuará...
