CAPITULO TRECE

ISABELA

Cocinar sin duda es más fácil con un dragón alrededor, decido esa noche. Bostezo cuando giro el pedazo sobrante de carne de vaca sobre mi zona de fogata. Estoy quemando algunos viejos papeles que encontré en la oficina y Edward hace que resulte fácil hacer un fuego. No es un gran fuego porque no tengo un combustible real, pero es un fuego.

Arrojo otro manual técnico sobre el fuego y las llamas parpadean bajo, así que le indico a Edward que lo arregle. De inmediato cambia a su forma de dragón, baja la cabeza y sopla una llamarada, luego vuelve a cambiar a su forma humana y pone sus brazos alrededor de mi cintura, jalándome a su regazo. Estamos mejorando en cocinar como equipo, creo.

Edward está aprendiendo a no quemar mi comida mientras está escapando (¡bonus!) y yo estoy aprendiendo a no volverme loca con sus métodos de cacería. Hoy más temprano, escuchó cuando le dije que no hiciera un lío al matar a la vaca y me dejó cortar mi trozo antes de comerse su porción. Progreso. Pequeño, pero progreso.

Me acurruco en sus brazos mientras mi carne se cocina, acaricia mi cabello y pasa sus garras arriba y abajo por mi brazo, soltando un murmullo contento en su pecho. ¿Esto? Esto no es tan malo. De hecho, es del tipo delicioso; tengo a un tipo ardiente, mucha comida y un impresionante cuarto nuevo. No tengo que preocuparme por dónde duermo, si hay suficiente comida para durar durante la semana, o si alguien va a irrumpir e intentar robarse nuestras cosas.

Mi mayor preocupación es si puedo o no lograr que alguna vez Edward use pantalones y si alguna vez deseo que lo haga, porque es cálido y cómodo con toda esta piel caliente y desnuda contra mí. Me estoy acostumbrando a su desnudez, igual que me estoy acostumbrando a su naturaleza posesiva y primitiva. Estoy... feliz. Por el momento. Sé que no durará. Sé que nada de esto puede durar. Todavía me preocupo por Ángela y Sasha y el futuro.

Existe la mordedura y el sexo. Está el Fuerte Dallas y qué hacer si nunca me dejan regresar. Hay un millón de cosas que me preocupan. Pero por esta noche, simplemente voy a disfrutar del aroma de mi comida asándose, acurrucarme en el regazo de mi chico y después voy a dormir en mi increíble cama nueva. Cuando mi estómago está lleno de comida asada, me recuesto contra el grande y amplio pecho de Edward y lamo mis dedos.

-Vamos a tener que encontrar un especiero— le digo —y quizás un jardín en alguna parte.-

-Lo que sea que desees- frota su nariz a lo largo de la concha de mi oreja.

-Sabía que dirías eso.-

-Porque sabes que haría lo que sea por ti- sonrío, porque es verdad. Es raro sentirme tan extrañamente... Feliz luego de ser exiliada del Fuerte Dallas y la única vida que conozco.

Me siento un poco culpable por tener el estómago lleno, mis entornos son lujosos (comparado al viejo autobús escolar en el que he vivido por los últimos cinco años) y he tenido unos orgasmos realmente estupendos varias veces esta tarde. Se está haciendo más difícil encontrar defectos en ser la compañera de Edward. Todo lo que he sabido me ha enseñado que los dragones son el enemigo. Asesinan y destruyen. Millones, no, billones han muerto por ataques de dragones. Pero el que me está sosteniendo entre sus brazos en este momento está mordisqueando mi oreja juguetonamente y me cuida mejor de lo que pude haber imaginado.

Es alguien dulce con quien estar y me gusta su sentido del humor. Sigo intentando prepararme mentalmente para lo que va a suceder cuando la vida regrese a la normalidad. Cuando regrese a mi hermana y él regrese a los cielos. Porque esto no puede funcionar. Un dragón y humana no pueden ser felices juntos, igual que un tiburón y una foca. Uno es un depredador y el otro el bocadillo del primero.

Algo sucederá y este castillo de naipes se derrumbará. Sin embargo, cada vez que pienso en eso, el dolor en mi pecho se hace un poco más punzante. No puedo estar enamorándome de un dragón. Simplemente no puedo.

Estoy de pie en una celda oscura, la misma celda en la que había estado cautiva por más de una semana, todo por tomar algunas cosas de las Tierras para Hurgar y ser atrapada. Es una sentencia de mierda, que es más mierda por el hecho de que soy la única en la cárcel. Me siento, esperando, pero nadie viene a por mí. Mi irritación crece y paseo de un lado a otro en mi celda.

En alguna parte distante, Ángela está sollozando como si su corazón se rompiera. El sonido me vuelve loca, y sigo caminando de un lado a otro, esperando que me dejen salir. Pero nadie viene. Nadie viene jamás. Mientras tanto, el llanto de Ángela se intensifica, hasta que no puedo escuchar otra cosa que no sea la miseria de mi hermana. Me acerco a la puerta de metal y la golpeo.

-¡Déjenme salir!- grito -¡Esto es un error!-

-No es un error- me responde alguien.

-¡Pero mi hermana! ¡Está llorando!- vuelvo a golpear la puerta.

-No te preocupes más por ella- dice el guardia desde la distancia -ella es nuestra. La abandonaste.-

-¡No! ¡La quiero!-

-Entonces debiste haber pensado en eso antes de follarte al dragón- la voz es dura, cruel. Familiar. ¿El capitán de la milicia? Intento mirar por la puerta de la celda, pero la pequeña ventana está empañada. No puedo ver más que la vaga silueta de un hombre.

-No pueden retenerme aquí. ¡Mi hermana me necesita!-

-No te necesita. Escogiste con quién quieres estar y no es con los humanos- la voz está llena de desdén.

-¡Él no es como los otros!-

-¿No lo es! ¿No es exactamente igual que los otros?- no puedo negarlo, porque lo es. Solo porque sea mi dragón no significa que no sea un asesino.

-No tuve opción.-

-Siempre hay una opción, traidora- me dice -pudiste elegir ayudar a tu gente y en cambio, huiste con un dragón.-

-No- le digo, pasando las manos sobre las paredes de mi celda -no amo al dragón- miento -estoy con los humanos. Déjame ver a mi hermana.-

-Estás mintiendo.-

-¡Estoy aquí!- grito más fuerte -estoy aquí con ustedes en el Fuerte y quiero ver a mi hermana.-

-No, no lo estás- dice el hombre y su voz parece cambiar, volverse más profunda. Viene de todas partes a mi alrededor y las paredes de mi celda se suavizan.

Caigo hacia atrás, solo para darme cuenta de que las paredes se han vueltos doradas. Y cálidas. Y se están moviendo. Ya no estoy en la celda. Estoy en el vientre del dragón. Mi dragón. Él me dejará salir. Golpeo la pared con la palma.

-¡Edward! ¡Déjame salir!-

-Dijiste que no me amabas- ruge el dragón a mi alrededor -que no tienes

opción. Que no te importo.-

-Eso no es verdad- le digo -te amo. Pero también amo a mi hermana. Por favor, por favor, déjame rescatarla.-

-Tienes que elegir.-

-¿Elegir?-

-Elígeme, o elige a Ángela. No puedes tenernos a ambos- los sollozos de Ángela se hacen más fuertes, incluso a través de las paredes del estómago del dragón. No puedo elegir. No sé cómo llegar hasta mi hermana. No sé cómo salir del estómago del dragón.

-¡No puedo elegir! ¿Por qué me estás obligando a hacerlo?-

-Soy un asesino, como dijiste. He matado a miles de tu gente e incendié todo el Viejo Dallas. No puedo vivir con gente. Debes elegirlos, o debes elegirme.-

-No sé si pueda.-

-Entonces me perderás.-

-¡No quiero eso! ¿No puedo tenerte y a mi hermana?- Pero los sollozos de Ángela se están alejando más y más.

-Elige- me dice Edward.

Las paredes comienzan a cerrarse, incluso mientras los sollozos de Ángela se desvanecen. Sacudo frenéticamente la cabeza, pero siguen cerrándose más y más a mi alrededor.

-¡Elige!-

-¡No puedo elegir! ¡No puedo!- entonces estoy en los brazos de Kael y estamos en lo alto, por encima de la ciudad.

Edward me deja caer, soltándome de sus garras. Doy volteretas a través del aire, cayendo, cayendo, cayendo...

-Entonces lo pierdes todo…-

Despierto con un jadeo, incorporándome en la cama. Mi cuerpo está cubierto de sudor y no queda aire en mis pulmones. Respiro hondo varias veces, intentando calmarme. Un brazo pesado está apoyado a través de mi cadera y se aprieta, acercándome.

Es Edward en su forma humana, está acostado a mi lado en la cama, sus ojos cerrados, intentando acercarme y hacer que regrese a dormir.

-Estoy aquí. Duerme. Estás a salvo- pero el sueño no deja de dar vueltas en mi mente, destellando una y otra vez.

Salgo de su agarre y me deslizo por el costado de la enorme cama. La luz de la luna se filtra a través de los agujeros en el techo del edificio en ruinas, agregándole una luz fantasmal. Pensar que me había reído de esos agujeros antes, llamándolos tragaluces. Ahora las veo y me pregunto qué dragón se abrió paso a través del techo con sus garras. ¿Estaba intentando llegar a la gente atrapada dentro?

¿Fue Edward el que destruyó este edificio y asesinó a todo el mundo dentro? Me abrazo el pecho. Esto está mal. Muy mal. Pensar que antes había estado tan contenta porque había podido darme un baño, conseguido arrumacos y algunos muebles. A qué bajo precio me vendo y a mis lealtades. Ni siquiera he intentado rescatar a Ángela; diablos, pasé la mayor parte de la primera hora de la mañana intentando pensar cómo conseguir que Edward hirviera agua para la preciosa bolsa de granos de café que encontré.

Estoy intercambiando la libertad de mi hermana por unos cuantos orgasmos y granos de café. Ángela está atrapada. Está siendo miserable en una prisión. La pobre Sasha está completamente sola, y es una manera horrible de estar para una mujer en el Fuerte Dallas. Ninguna de ellas está a salvo. Cierro los ojos y en mi mente, todavía puedo escuchar los sollozos miserables de Ángela.

Dios, ¿qué estoy haciendo aquí? ¿Acomodándome en una casa con un dragón? Los dragones son el enemigo. Son los que causaron todos los problemas que tenemos. Y no puedo ir a casa, porque Edward ha decidido que le pertenezco. Por un momento, estoy resentida con todos. Con Edward, por ponerme en esta posición. Con Sasha, por no ser lo bastante fuerte como para cuidar de sí misma. Con Ángela, porque si no tuviera que preocuparme por ella, podría ser feliz aquí con un dragón. ¿Cuándo hago lo que yo deseo hacer?

Un cuerpo grande y abrasadoramente caliente se presiona contra mí, asustándome. El calor de Edward se mueve de inmediato sobre mi piel. No es exagerada e incómodamente caliente como antes, pero extrañamente estimulante. Confortante, supongo, porque no me había mordido para poder reclamarme cada vez. Y eso me hace sentir resentida de nuevo.

Intenta jalarme contra él. Lo aparto.

-No me toques- puedo sentir la sorpresa en sus pensamientos.

-¿Isabela? ¿Qué sucede?- El corazón me duele, pero tengo que pensar en Ángela.

-No quiero que me toques más.-

-Eres mi pareja- me dice, y la posesividad regresa a sus pensamientos, casi negros con la intensidad -te tocaré.-

-No quiero ser la pareja de un dragón- intento apartarme, pero sus brazos solo se aferran más a mi alrededor -nunca me preguntaste lo que deseaba.-

-Disfrutaste cuando puse mi boca sobre ti, Isabela- sus ojos están oscuros y brillando negros con la emoción -gritaste para que te tocara más temprano. Empujaste mi rostro entre tus piernas y exigiste que te lamiera. ¿Imaginé eso?- de acuerdo, quizás había hecho eso unas cuantas veces en la segunda vuelta. O la tercera. Como sea. Empujo su pecho.

-Eres un imbécil por mencionar eso. Déjame ir- pero me recoge en sus brazos y regresa a la cama, ignorando mi lucha.

-¿Dices que no deseas ser mi pareja? Te mostraré que sí quieres- temor y deseo, me recorren, emociones duales. Mi mano se dobla en un puño y lo golpeo en el hombro mientras me lleva a la cama.

-!Quiero que me bajes!- poco después, soy aventada a la cama, sobre mi espalda. Edward se cierne sobre mí, ojos brillando en la oscuridad del pequeño cuarto que hemos convertido en habitación.

-¿Debería probarte cuánto deseas mi boca en tu carne? ¿Mi lengua recorriendo ese pequeño nudo de carne con el que disfrutas tanto? ¿Saborearte toda?-

-¡No!- pero una pequeña parte de mí está gritando sí, está excitada por este acto de fuerza. En el fondo, amo que no pueda empujarlo. Que nunca estoy a cargo.

A veces estoy tan cansada de estar a cargo. Estar con él casi es liberador; excepto que eso interfiere con Ángela y Sasha. Grandes manos tiran de mis rodillas cerradas con fuerza, separando mis piernas y exponiendo mi coño a él. Odio tanto y a la vez amo que de inmediato me ponga húmeda cuando me mira. Y cuando sus fosas nasales se ensanchan y me da una mirada conocedora, me siento avergonzada por ser tan obvia. Soy una gran hipócrita. Sé que lo soy.

Pero no puedo apartar la mirada cuando se lame los labios y se inclina sobre mi coño, como preparándose para darse un banquete. Me sacudo contra su mano cuando abre mis pliegues con dedos cuidadosos y se inclina. Su lengua áspera y abrasadora pasa sobre mí clítoris, y suelta un murmullo bajo de placer en su garganta.

-Tu sabor me dice que disfrutas mi tacto, pareja. Haré a tus piernas temblar con tanto placer que no serás capaz de apartarme. Me rogarás por más- y me lame con fuerza de nuevo.

Estremecimientos recorren mi cuerpo, estremecimientos de placer mezclados con una intensa culpa. Un sollozo se abre paso por mi garganta y presiono una mano sobre mis ojos cuando comienzo a llorar. Lo odio, pero tiene razón. Amo la sensación de su boca contra mí, el peligroso poder dentro en él... y saber que puede ser tan gentil conmigo, todo su ser centrado en darme placer.

Y eso solo hace que todo sea peor, porque no sé qué hacer. Con respecto a nada. Estoy jodida si lo amo y estoy rota si no. Sigo sollozando, inconsolable. Edward acaricia mi mejilla con el dorso de sus nudillos, siempre muy suavemente.

-¿Lloras?- pregunta, y puedo sentir su confusión, enojo e impotencia -¿Esto es un "no"?-

-Esto es un no- concuerdo, no confiando en mi voz -no me importa lo que mi cuerpo diga. Mi mente dice que no.-

-Yo... te he hecho llorar- la culpa late a través de su mente, tan densa que impregna mis propios pensamientos -mi Isabela. Perdóname- para mi sorpresa, me saca de la cama y me toma en sus brazos, estrechándome en un abrazo fuerte y extrañamente consolador. No sé cómo supo que necesitaba un abrazo, pero ayuda. Entierro mi rostro contra su pecho y dejo que las lágrimas fluyan.

A la mañana siguiente, no hablamos de las cosas. Edward está de mal humor, aunque se ha despertado lo bastante temprano como para agarrar el desayuno para mí y me despertó con un trozo asado de... algo. No pregunté lo que era o cómo murió. No quiero saber. Mi propio humor no es precisamente estelar. Estoy cansada luego de nuestra pelea de anoche y preocupada por la pobre Ángela.

Tengo que hacer algo por mi hermana, pronto. No puedo dejar a Ángela allí, y no puedo regresar tampoco. Me doy cuenta de eso ahora. No es que me esté muriendo por regresar a una vida de rogar por el siguiente bocado que comer y dormir en el fondo de un autobús escolar demasiado caluroso, rodeada por una ciudad llena de carroñeros inescrupulosos y miserables que intentan tomar todo lo que tienes, incluyendo tu cuerpo. Pero... el Fuerte Dallas es el diablo que conozco.

Es familiar, es seguro (en su mayoría) y no hay sorpresas excepto por el ataque de dragón ocasional que se sale del patrón. Y desde que he "domado" a Edward, supongo que he solucionado algo de eso. De nada, Fuerte Dallas. También estoy preocupada por Sasha. Ella hace lo que tiene que hacer con el fin de sobrevivir y espero que no se haya puesto en peligro. No me gusta pensar en mi amiga dejando a alguien herirla voluntariamente solo por unos bocados de comida.

Y Ángela. Pobre y frágil Ángela. Me imagino a mi hermana, su pálido cabello rubio, ojos grandes y la pierna mala que hace que con cada paso dé un lento cojeo. No será capaz de sobrevivir sin mí. Es demasiado tímida, le teme demasiado al mundo. Es un lugar escalofriante y brutal en el Después y Ángela no tiene la personalidad para lograrlo. Es demasiado confiada.

Tengo que hacer algo. Pienso en eso cuando como mi desayuno. Estoy intentando comerlo, ya que Edward fue lo bastante atento para traerlo y la carne nunca debería desperdiciarse, pero no tengo apetito. Estoy muy preocupada.

Una sombra pasa sobre nuestras cabezas y alzo la mirada, esperando ver un ala dorada. Excepto que... Edward está en el cuarto conmigo. Un rápido movimiento de una cola roja visto a través de uno de los agujeros del techo me pone tensa.

Rojo. Una hembra. Están completamente perdidas en la locura. Me pongo rígida con temor. Es momento de un ataque de dragón. He perdido la noción de los patrones y este me toma por sorpresa. Muy débilmente, en la distancia, escucho el alarido de las sirenas del Fuerte Dallas. Aparto la comida y me pongo de pie, tambaleándome hacia atrás.

-¿Qué sucede, mi pareja?-

-Dragón rojo- tartamudeo, señalando al cielo.

-Ella no te hará daño. No te siente como rival, ni a mí como pareja potencial. Mi veneno ha sido dado.-

-De acuu-cuerddo- sin embargo, no puedo dejar de temblar ante la vista de ella. La necesidad de esconderme es abrumadora.

-Haré que se vaya. No temas, mi Isabela- de inmediato se dispara en su forma de dragón y salta al aire. Escucho bramido de advertencia un segundo después y el chillido agudo de respuesta del dragón rojo más pequeño.

El olor a ceniza es llevado por el viento y me doy cuenta de que el dragón rojo ha estado incendiando la ciudad en alguna parte. Algo está ardiendo. Preocupada, me retiro a las sombras de un cuarto cercano con un techo protegido y abro el armario de suministros. Cierro la puerta detrás de mí y me acuclillo en una esquina, temblando. Cuando los dragones atacan, el lugar más seguro es rodeada por concreto, pero esto tendrá que servir. No puedo superar lo asustada que estoy. Ya no debería tener miedo de los dragones, ¿o sí? ¿No con Edward a mi lado? Pero el temor es real y vívido y me estoy estremeciendo con fuerza. Y porque soy débil y dependiente, me extiendo hacia la mente de Edward por consuelo.

-¿Edward? ¿Está todo bien?-

-Aquí estoy- envía y sus pensamientos son cálidos y consoladores -no temas.-

-¿Puedes hacer que se vaya? Tengo miedo.-

-Está enloquecida- me dice Edward, sus propios pensamientos un poco confusos -le estoy diciendo que se vaya, pero le está costando comprender. Su mente prácticamente se ha entregado a la locura. Es difícil conectar con ella- el flujo de sus pensamientos es interrumpido y lo escucho dar otro rugido bajo, este más distante, seguido por el chillido de respuesta de la hembra.

-¿Edward?- pregunto, preocupada -¿Estás bien?- un dejo de locura se arrastra a mi mente y me preocupa que esté perdiendo el control. No me agrada lo silencioso que está, o los pensamientos dispersos que se están filtrando. Es como si la locura de ella estuviera infectándolo -céntrate en mí, grandote. Estoy aquí. Tu Isabela.-

-Mi pareja. Recuerdo. Gracias- hay calidez y amor en sus pensamientos y se sienten más fuertes que antes. Me relajo.

-Aquí estoy para ti- le digo, aunque se siente un poco tonto decirle a un gran y atemorizante dragón eso mientras estoy acurrucado en un armario.

-Ella huele a mi pareja en mi piel, aunque no puede escucharte en mis pensamientos- una pausa -se está yendo. Abandonará mi territorio y buscará otros machos- suelto un suspiro de alivio, luego siento culpa. El dragón rojo se está dirigiendo al Fuerte Dallas, si la sirena es indicación alguna. No puedo echarla de aquí para que vaya allí.

-¿Está yendo a la ciudad? ¿No puedes dirigirla a otro lado?-

-Su mente no está aquí, mi pareja. No puedo hacer otra cosa que echarla de mi nido. Lo único que entiende es que soy un macho reclamado y debe buscar en otra parte una pareja- luego de un largo momento, siento un golpe cuando el edificio se mece y la gran forma de Edward aterriza de nuevo en el techo.

Abro la puerta del armario un poco y, temeraria, me escabullo a la puerta de al lado para mirar a los cielos. Hay un destello de alas doradas, y un momento después, Edward baja saltando del techo en su gloria humana desnuda. Me tiende una mano.

-Ven. Tenemos mucho que hacer- abandono la seguridad de mi escondite y me acerco, nerviosa.

-¿Mucho que hacer?-

-Hay otros machos en la zona. Será más seguro para ti si graban tu aroma. Sabrán que estás reclamada y fuera de los límites. Será más fácil si estoy a tu lado para comunicarme. La piel humana no mantiene el aroma del apareamiento tan bien. Pierdes el aroma de mi piel luego de unos días y no es seguro- eso me vuelve a poner nerviosa.

-¿Cómo consigo que, eh, el aroma del apareamiento esté sobre mí de nuevo?- No con un mordisco, espero. Sus ojos se arremolinan de color negro.

-Debo llenarte con mi semen- mis ojos se entrecierran. Bueno, no es tan conveniente.

-¿Y si me niego?- Acaricia mi mejilla en un gesto posesivo.

-Es por eso que vamos a ir hacia ellos. Mi aroma sobre ti es débil, pero allí está. Pronto habrá desaparecido a menos que vuelvas a aceptarme. De esta manera, aseguramos tu seguridad- le doy una mirada escéptica y me cruzo de brazos. Suena como un fraude para mí. Una manera de meterse en mis pantalones metafóricos "Marcarme" y mantenerme a salvo. Suena como un cuento de dragones para mí.

-No es una mentira. No deseo que pierdas mi aroma. No quiero que otro macho piense que puede robarte- un destello de un recuerdo se arrastra en mi mente, de Edward peleando con el otro dragón y rasgando calmadamente su garganta.

-¿Vas a tener que volver a pelear?-

-No. Me olerán sobre ti y tendrán curiosidad, pero no lucharán. El otro no olió mi reclamo sobre ti y pensó que podía robarte de mí antes de que pudiera tener la oportunidad- los ojos de Edward brillan con emoción negra -no te pondría en peligro, mi Isabela.-

-De acuerdo- le digo reacia -acabemos con esto- se inclina para rozar sus labios sobre los míos, luego igual de rápido se transforma en su forma de dragón. Estoy sorprendida ante la caricia impulsiva y ante la respuesta placentera que incita a pesar de mis pensamientos atormentados -¿A qué se debió eso?-

-Simplemente quise hacerlo- si Edward es difícil de leer en forma humana, es imposible en forma de dragón. Lo miro por un momento más, luego suelto un gruñido de consternación cuando su enorme pata con garras se extiende hacia mí. De inmediato se detiene -¿Sientes dolor?-

-No- me acerco a sus garras estiradas, confiando en él -pero odio montar contigo de esta manera. Me asusta. No me siento segura.-

-No tengo otra manera de llevarte, mi pareja. Y nunca te dejaría caer.-

-Lo sé. Pero qué mal que no vinieras con un asiento- en cuanto las palabras abandonan mi boca, una idea se forma -de hecho…- salgo de sus garras de nuevo y me muevo a lo largo de su costado, pasando una mano suavemente por las escalas brillantes de su flanco. Los músculos de su espalda se hunden en los hombros, pero hay una zona relativamente plana que funcionaría -¿Puedes extender tus alas para mí?- Lo hace de inmediato con un gran aleteo de cuero, extendiendo sus alas a pesar del confinado interior del edificio.

En cuanto lo hace, paso una mano a lo largo de sus escamas de nuevo, sintiendo los músculos debajo y alzo la mirada al lugar entre sus alas. El lugar donde pondría una silla de montar sigue fijo a pesar del desplegar de sus grandes alas. Si pongo una ahí, no sería empujada en el momento en que despegara.

-Tus manos se sienten bien- me dice, sus pensamientos un ronroneo bajo. Le doy a su lateral un ligero golpe.

-Cálmate. Estoy intentando pensar- lo contemplo por un momento más y luego paso una mano persuasiva y en forma de caricia sobre sus escamas -¿Usarías un arnés si hiciera uno?-

-¿Te complacería? Entonces lo haría- sonrío tristemente, deseando no estar tan dividida. Todo lo que desea es complacerme. ¿Cómo puedo estar enojada con él?

Y sin embargo, su placer al estar constantemente a mi alrededor significa que estoy exiliada permanentemente del Fuerte Dallas. Y mientras esté con él, Ángela sufrirá. Sin importar lo que elija; Edward o Ángela, termino perdiendo. La idea es miserable.

-Isabela-

-Te estás retorciendo- le digo a Edward y golpeo con una mano en su enorme hombro dorado -quédate quieto- el dragón suelta un gruñido molesto, pero se queda quiero. Ajusto las enormes correas de cuero cruzando sobre sus escamas, las aseguro tan fuerte como puedo y luego las pruebo una vez más.

-¿Demasiado apretado?-

-Nunca.-

-De acuerdo, bien- le doy a las correas una última palmada, luego retrocedo y admiro mi trabajo -nada mal, creo- me ha tomado la mayoría de un día crear un arnés. Había esbozado algunas ideas en un trozo de papel y luego había ido y venido, subiéndome a la espalda de Edward para determinar cómo colgaría todo.

Desde allí, fue cuestión de encontrar un establo viejo y una silla de montar que estuvieras en buenas condiciones. Desde ahí, habíamos reajustado varias de las correas, agregado cuerdas y cordeles, y el resultado final fue una silla de montar puesta directamente entre los hombros de Edward y con los arneses ajustados. Incluso puse una manta de montar debajo de la silla, en caso de que irritara su piel. Escamas. Como sea. También tengo riendas de algún tipo.

Bueno, más bien son como manubrios de moto, ya que no lo pondría sobre él y quería algo a lo que aferrarme. Lo bueno de nuestro vínculo telepático es que puedo guiarlo con un pensamiento en vez de tirar de las riendas como si fuera un caballo. Entonces no hay nada más de lo que preocuparse. Me muerdo las uñas, luego vuelvo a mirarlo.

-¿Estamos listos para hacer esto?-

-Por supuesto- sin embargo, su confianza no está ayudando, porque siempre es confiado.

-Si me caigo, me atraparás, ¿verdad?- aprieto el arnés de cuerda elástica en mi cintura y me aseguro de que el mosquetón esté enganchado a las cuerdas cruzando el gran cuerpo de Edward.

-No te dejaré caer.-

-Claro, claro- murmuro, y compruebo una vez más el arnés en mi cintura, solo por si acaso. Si caigo, estaré sujeta a él, más o menos.

Es un equipo improvisado, pero pienso que podemos perfeccionarlo con el tiempo. Y entonces frunzo el ceño para mí misma, porque ¿por qué estoy pensando a largo plazo? Mi objetivo es regresar al Fuerte Dallas y a mi hermana Ángela. Pero entonces la gran pata delantera de Edward me rodea muy suavemente y me acerca para acariciarme con su gran hocico.

-Puedes hacer esto, mi pareja- acaricio su nariz, sintiendo una oleada de afecto por él.

-Gracias por el voto de confianza- sopla su aliento caliente contra mi cuello, lo que en forma dragón es equivalente a un beso, supongo. Y eso me hace sonreír tristemente.

¿Cuándo tuve a alguien (además de Ángela o Sasha) complemente centrado y devoto a mi felicidad y cuidado? Incluso con Ángela y Sasha, no es lo mismo. Cuidamos mutuamente de la otra porque somos familia y eso es lo que la familia hace. Con Edward, es distinto. Muchas cosas lo son.

Estoy dividida una vez más, pero ahora no es el momento para preocuparme por ello. Tengo que dejar de retrasarlo y hacer que las cosas avancen. Así que dejo que me acerque, y uso su pata para subirme sobre su espalda, deslizándome en la silla bastante desorganizadamente. Me acomodo en el lugar, sujetando los manubrios y entonces comienzo a atar las correas de velcro adicional a mis piernas, que preparé "por si acaso".

Estar en la espalda de Edward es más espacioso y un poco más tambaleante de lo que esperaba, y eso me está poniendo más nerviosa que antes. No está acostumbrado a que lo monten. ¿Y si se olvida que estoy aquí?

-No lo olvidaré- promete -y si caes, te atraparé. Ningún daño te será hecho, mi Isabela. Moriría primero- de alguna manera, sé que eso es verdad. Alargo mi mano y acaricio las escamas de su cuello y puedo sentir el calor a través de ellas.

-Lo sé. Solo estoy un poco preocupada, eso es todo. Estoy segura de que estaré bien con el tiempo- pongo mis manos de nuevo en los manubrios y respiro hondo -de acuerdo, demos una vuelta- antes de que pueda decirle que se tome las cosas con calma, Edward se lanza al aire como un cañón.

Suelto un gritito de sorpresa cuando mi trasero se alza de la silla, a pesar de todos los arneses que he hecho y luego golpea de regreso en su lugar poco después. Me aferro a los manubrios, pero no se sienten suficientes. Pero luego, Edward extiende sus alas para deslizarse y atrapamos una corriente ascendente. De pronto, estamos elevándonos alto a través de los cielos y estoy en la espalda de un dragón en vez de colgando de la garra de uno, y... es impresionante.

Miro maravillada a la extensión de la ciudad debajo, las ruinas cubiertas de follaje trepador. Las aves pasan a nuestro lado, sin miedo, a medida que volamos. La vista de ellas me hace reír de placer y mi cabello se arremolina salvajemente alrededor de mi cabeza y en mis ojos. Sacudo la cabeza para intentar sacarlo de mis ojos, pero eso no funciona bien. Necesito una trenza, pienso. O un sombrero.

Y entonces un bicho vuela en mi ojo, y vuelvo a chillar, arañándome el rostro. Agregar gafas a esa lista también. Puedo sentir la diversión de Edward a medida que nos elevamos, navegando tranquilamente a través de los cielos.

-¿Estás bien?-

-Lo estoy- le digo, una vez que he limpiado mis ojos un millón de veces. El viento los humedece con lágrimas, pero eso no me detiene de mirar alrededor maravillada. Me siento tan... poderosa así.

-Te gusta mucho más así, puedo notar.-

-Así es- grito, pero mis palabras son llevadas por el viento. No es de extrañar que su gente sea telépatas -así es. Me siento menos como una víctima y más como una participante. Esto es divertido.-

-¿Y estás asegurada con firmeza? ¿Tu asiento está bien?- Mantengo una mano en los manubrios y le doy a las correas de mis piernas algunos tirones experimentales.

-Creo que estoy bien asegurada…- me quedo sin aliento cuando él hace una voltereta en el aire y quedamos de cabeza por un breve y aterrador momento -¡OHDIOSMÍOEDWARD!- Nos enderezamos un segundo después y puedo sentir el murmullo de diversión en él. Sacudo un puño con impotencia en el aire -idiota. ¡Idiota! ¡Me asustaste!-

-¿Por qué? Te dije que no te dejaría caer. Pero ahora que estás tan cerca de mi piel como una de mis escamas, ya no tengo que preocuparme tanto por tu seguridad.-

-Casi perdí el control de mi vejiga- le digo amargamente pero no puedo permanecer enojada -esto es muy divertido.-

-¿Deberíamos seguir?- Por una vez, no estoy desesperada por salir del aire y aterrizar.

-Sí, sigamos. Me encantaría ver más de la ciudad.-

-Entonces vamos- y nos inclinamos pesadamente a un lado, girando y nos dirigimos al horizonte.