Once:
Apuesta
—Eres un masoquista, ¿no? —le preguntó Hinata al ver que Naruto insistía en que volvieran a entrenar.
—Esta noche podríamos practicar con la espada —contestó.
A pesar de que en esta ocasión tenían dos habitaciones contiguas, el demonio insistía en tumbarse en la cama de ella. Con la espalda apoyada contra el cabezal y las piernas estiradas, hacía zapping mientras Hinata recolocaba todo lo que no estuviera clavado en el suelo.
—¿De verdad crees que tengo que aprender a manejar una espada? Al fin y al cabo, no me quedaré así para siempre. —Habría jurado que Naruto la estaba mirando a ella en vez de al canal satélite que tanto lo había ilusionado descubrir en el hotel.
—Muchas de las fracciones de la Tradición saben manejar la espada.
—Está bien. De acuerdo, jugaremos a las espadas.
—Genial. En seguida vuelvo. —Se puso en pie y salió de la habitación para regresar más tarde con su espada y una escoba. Rompió el cepillo de la misma y lo lanzó sobre la cama para aprovecharlo después.
Entonces, y con gran formalidad, desenfundó el arma.
—¿Cuántos años tiene eso? ¿Le has hecho la prueba del carbono para saber de qué siglo es?
Naruto la miró horrorizado, como si acabara de insultar a su abuela.
—Eh, no te metas con mi espada. Además, sólo tiene tres o cuatro siglos.
—¿Sólo? Me atrevería a decir que la tecnología ha mejorado mucho desde entonces. ¿Por qué no te compras una nueva?
—Yo también vivo en esta época, ¿no te acuerdas? Y trato de mantenerme al día, princesa.
—Me refería —dijo ella mirándolo— a los últimos cien años.
—¿Para qué? No está rota... Y esta arma me ha salvado la vida más veces de las que quiero recordar.
—¿A cuánta gente has matado con ella?
Una sombra cruzó por el rostro de Naruto.
—A demasiada. —Sacudió la cabeza para centrarse y levantó la espada en cuestión. —Esto es lo que se llama un arma de doble filo. Está hecha para atravesar una armadura y poder partir a un hombre en dos.
—¿De verdad sigues usando estas cosas?
—Las pistolas no nos sirven de nada, tal como pudiste comprobar tú misma hace dos noches, cuando te salvé la vida como un campeón. —Se la entregó. —Es más grande que las espadas normales, así que tal vez te cueste un poco manejarla...
Hinata la levantó con una sola mano sin problemas y se la acercó a los ojos para observarla de cerca; luego dibujó un círculo en el aire también sin dificultad.
—Ah, bueno, ya veo que no te pesa demasiado. Presta atención a la empuñadura, está hecha para que la sujetes con ambas manos, como un bate de béisbol. —Se colocó detrás de ella y la rodeó con los brazos hasta colocar las manos encima de las suyas. —Así.
—¿Vas a volver a olerme el pelo? —preguntó Hinata, enfadada por reaccionar de aquel modo a la proximidad del demonio.
—¿Es culpa mía que tu pelo atraiga a los machos? No, pero tú te empeñas en actuar como si lo fuera. Ahora, sujeta con fuerza la empuñadura. Eso es. Acostúmbrate a ella. Vamos a balancearla despacio hacia la derecha y luego hacia la izquierda —dijo Naruto, guiando sus movimientos.
A cada segundo que pasaba, Hinata se sentía más cómoda con aquella espada tan intimidante.
—Voy a contarte algo de historia mientras tú le coges el tranquilo a esto —prosiguió él, con la boca pegada a su oreja derecha. —La palabra «espada» viene del viejo vocablo inglés sweord, cuya raíz es swer, que quiere decir apuñalar o pinchar. —Tenía la voz más ronca y profunda que nunca. —Gladius, la palabra latina para decir «espada» también significa «pene».
—No es verdad. —Ella sonaba como sin aliento.
—¿Te apuestas algo? —Con la barbilla, le acarició la punta de la oreja y la barba incipiente le hizo cosquillas. Hinata tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no estremecerse de placer.
Contra su voluntad, descubrió que el calor que emanaba del enorme cuerpo de Naruto pegado a su espalda la estaba excitando. Podía sentir cómo los músculos del torso del demonio se flexionaban y relajaban al moverse con ella.
—Desde que se forjó la primera espada, esta arma se convirtió en símbolo de masculinidad y virilidad. Seguro que adivinas por qué. Dime, Hinata, ahora que la estás sujetando por la empuñadura, ¿no te recuerda a nada que hayas visto últimamente?
—Naruto —la advirtió ella.
El siguió como si nada.
—Y si la palabra en latín significa «pene», entonces ya puedes imaginar que «vaina» también tiene su equivalente. Así es, princesa, vaina es también como se llama a la vag...
—¡Para! Te lo estás inventando.
—Qué va. Si lees Dé Gallico, de Julio César, en latín clásico, te morirás de risa; los soldados se pasan páginas y páginas dejando sus vainas por ahí, o recurriendo a ellas para atontar a sus enemigos.
Volvió a acariciarle la punta de la oreja con la barbilla. ¿Sabía que la estaba volviendo loca con ese gesto? ¡Oh, por supuesto que sí!
Hinata se negaba a permitirle que también convirtiera lo de practicar con la espada en algo sexual.
—Voy a comprobar todo lo que estás diciendo.
—Adelante.
—¿Has leído a Julio César?
—En el original latín, Hinata. ¿Te gusto más ahora que sabes que sé leer lenguas muertas?
—Me habría quedado impresionada sólo con que supieras leer.
—Valquiria mala. Veamos, centrémonos en tu postura de ataque. La distancia de separación entre tus pies tiene que ser igual a la distancia que hay entre tus hombros. —Le dio un golpecito en el tobillo con el suyo para conseguir que moviera un pie hasta la distancia exacta.
—¿Tengo que ponerme de puntillas?
—Buena pregunta. No. Para aguantar mejor los golpes, tienes que ser capaz de mantener el equilibrio, y eso es más fácil con los pies planos. Te sorprendería saber la fuerza que puede tener una espada al golpear... puede llegar a tirarte al suelo. Y para poder devolver el golpe con la misma fuerza es mejor tener ambos pies firmemente asentados. Dicho esto, el estilo de pelear de las valquirias es distinto al de la mayoría.
—¿Ah, sí?
—Su punto fuerte es la velocidad. Las tienes detrás antes incluso de que tengas tiempo de girar la cabeza. Normalmente utilizan espadas más pequeñas, tipo puñal, para herir más que para golpear. Si una se enfrentara contra mí, seguro que trataría de evitar que mi arma llegara a golpear la suya. Suelen matar de una puñalada en la espalda.
—Eso no parece muy legal. —Iba en contra de todo lo que a ella le habían enseñado, o al menos de lo que había visto en las películas de vaqueros y del espacio, con sus reglas de honor.
—Las luchas a espada entre miembros de la Tradición no son para distraerse. De lo único que se trata es de conseguir mantener la cabeza pegada al resto del cuerpo. Veamos, saca pecho. —Le colocó la palma en un hombro y la inclinó hacia atrás. —Ahora levanta la espada y colócala en un ángulo de cuarenta y cinco grados respecto a tu rostro. A esto se le llama posición intermedia. Desde aquí puedes bloquear cualquier ataque que provenga de tu izquierda o de tu derecha. Modifiquémosla un poco. —Le movió todo el cuerpo hasta que quedó de lado, con un hombro adelantado.
El seguía tocándola, y Hinata fue incapaz de decir un solo momento en que no quisiera que lo hiciera.
—Si te vuelves así, reduces la parte expuesta de tu cuerpo, con lo que te conviertes en una diana más pequeña.
—¿Vas a coger la escoba que has robado o no?
Naruto enarcó las cejas.
—¿Crees que estás lista para retarme?. De acuerdo.
Cuando la soltó para coger el palo, Hinata casi se mareó, y se alegró de que él no lo viera.
—Voy a lanzar una estocada —le dijo, colocándose de nuevo delante de ella, —y quiero que la bloquees. —Levantó el palo, le dio un golpe a la espada y empezaron a practicar.
Mientras describían círculos uno alrededor del otro, él siguió ofreciéndole consejos.
—Nunca dudes. Nunca manifiestes que estás nerviosa. Hombros atrás. Mantente firme.
Los golpes de Naruto eran lo suficientemente lentos como para que ella pudiera interceptarlos cada vez.
—Evita los enfrentamientos múltiples. Igual que en el cuerpo a cuerpo. No tengas ningún reparo en huir si te encuentras en inferioridad.
A medida que iban aumentando la velocidad, Hinata empezó a sentir el incremento de la adrenalina.
—A lo largo de la historia, la gran mayoría de las peleas con espada se han decidido en el primer movimiento. No es como en la tele. Cada movimiento cuenta.
Naruto cada vez le daba golpes más rápidos, pero Hinata seguía siendo capaz de bloquearlos.
—No, no, no, ese golpe podrías haberlo esquivado —dijo él, justo cuando ella estaba convencida de que lo había hecho muy bien. —Nunca bloquees un golpe si puedes esquivarlo. Y recuerda, tus alrededores son cruciales. Tenlo siempre presente. Cualquier cosa puede convertirse en un arma. —Le lanzó una almohada y ella la partió en dos. El relleno salió flotando por los aires.
Naruto le golpeó el trasero con el palo y eso la puso furiosa.
—¿No te gusta que te azoten? Pues entonces mantén la vista fija en tu contrincante.
Hinata perdió el control y atacó tras soltar un grito. Naruto se apartó y la espada se clavó en la mesilla de noche, junto al teléfono.
Hinata abrió los ojos como platos.
—¡Naruto! ¡Podría haberte matado! ¡Lo siento! Al ver que él se limitaba a encogerse de hombros, añadió: —¿No te parece grave?
—No. Destrozar muebles es divertido. Lo que me preocupa de verdad es que nos estábamos peleando y tú te has detenido para pedirme disculpas. ¿Dónde está el corazón de mi guerrera? ¿Dónde está tu lado más salvaje? Te estás comportando como una nenita.
—¿Una... nenita? —repitió ella incrédula.
—Eh, tengo una idea. Si consigues hacerme sacar sangre antes de que empiece la peli que he comprado para dentro de diez minutos, iré por tus pastillas.
Ella aceptó el reto y se lanzó al ataque. Naruto esquivó el siguiente golpe, pero se dio cuenta de que Hinata retrocedía para poder golpear una segunda vez con más fuerza. «Chica lista.» Escapó por los pelos, y la víctima fue una pobre lámpara.
«Será una de las más grandes», pensó, pero en voz alta dijo:—¿Esto es todo lo que eres capaz de hacer?
Con los labios apretados, Hinata atacó entonces en diagonal con una agilidad asombrosa; Naruto tuvo que interceptar el golpe con el palo, y ella le cortó un trozo.
—Oh, cariño, ¿te he cortado la punta del gladius?
El hizo una mueca de dolor. Hinata iba en serio a por su sangre, y cada vez más entregada. Siguieron dando vueltas, ella golpeando y el demonio esquivando.
—Tus diez minutos han terminado, princesa —consiguió decir Naruto al fin. —Has perdido...
Ella lanzó otra estocada, pasando a escasos milímetros de su hombro.
—Hinata, para de una vez. Hemos terminado.
—Pero si acabo de empezar —contestó ella, con los ojos plateados.
Naruto se dio cuenta de que, puesto que no podía hacerle daño, tenía que jugar sucio. Cuando volvió a abalanzarse sobre él, giró sobre los talones para quedar detrás de ella y le dio un ligero golpecito en la parte trasera de las rodillas que le hizo perder el equilibrio.
—¡Ooooh! —A pesar de estar cayéndose, consiguió lanzar una última estocada oblicua. Un cuadro de la pared cayó derrotado.
—¡Ahora tienes que parar!
Alguien golpeó la puerta y una voz profunda dijo desde fuera: —Abran. Policía.
Hinata se quedó blanca como el papel y se le desencajó la mandíbula. La espada cayó de su mano, de repente sin fuerza.
—¡Oh, Dios mío! —susurró. —¿Qué vamos a hacer?
Naruto iba a pasárselo en grande.
—Cariño —murmuró, —vas a ir a la cárcel.
—¿Qué quieres decir? —preguntó asustada.
—La cárcel, el talego, el zoo para los animales de dos patas...
—¡Ya sé lo que es! Pero ¿por qué voy a ir allí?
—Tienes los ojos plateados —respondió él. —Y la bebida demoníaca tarda días en desaparecer de la sangre. Tan pronto como la poli derribe esa puerta y te vea en medio de todo este caos, te van a llevar presa, cariño.
—¡Oh, Dios, oh, Dios! Pero ¡si no tengo ni una multa por exceso de velocidad! —Mordiéndose las uñas, dijo: —¡Todo esto es culpa tuya! ¡Has empezado tú! —En pleno ataque de pánico observó la habitación. —¡Rápido! Ayúdame a ordenar...
Volvieron a golpear la puerta.
—No tenemos tiempo, Hinata. Pero mira, probablemente podría solucionar todo esto.
—¿Cómo?
—Deja que yo me ocupe.
El demonio había vivido más de novecientos años, seguro que había aprendido a lidiar con situaciones como aquélla. «Sí, Naruto se ocupará de todo.» Lo miró agradecida.
—Pero tú tienes que hacer algo por mí.
—Propio de ti poner condiciones —replicó ella con resignación. —¿Qué quieres?
—Que mires la televisión conmigo y yo escojo la película.
¿Qué había de malo en eso? A ella le encantaba...
—¡Oh! Te refieres a una película de ésas. —Él ya le había advertido que conseguiría que viera una antes de que terminara el viaje. —Jamás, Naruto. Ni en un millón de años.
—¿Ni siquiera si consigo que la policía se vaya?
Desde fuera, el agente volvió a gritar:—¡Abran! Hemos recibido quejas por exceso de ruido.
—¡Oh, Dios! —susurró Hinata. —Una escena. Miraré una escena. Si puedes resolver este lío.
—Hecho. —Naruto fue a su cuarto a por el sombrero, y también cogió un sobre de dentro del petate. Desde la puerta que comunicaba ambas habitaciones, dijo: —Procura no cometer ningún otro delito hasta que regrese. —Y la cerró.
Hinata oyó cómo el demonio abría la puerta de su dormitorio y se dio cuenta de que iba a actuar como si sólo fuera otro huésped del hotel. Demonio listo...
¿Y si algo salía mal? ¿Y si el policía insistía en entrar allí? Miró asustada alrededor. «¿Cómo puedo deshacerme de las pruebas?»
Se le ocurrió una idea y empezó a desmontar lo que quedaba de la mesa, le quitó las patas y lo metió todo debajo de la cama. Las lámparas rotas y la almohada partida se añadieron a la colección.
Pasó treinta minutos de infarto hasta que Naruto regresó.
—¿Qué ha pasado? ¡Cuéntamelo!
—Todo está solucionado.
—Hueles a cerveza —dijo ella frunciendo el cejo.
—Ya, claro —respondió él poniendo los ojos en blanco. —Vamos Hinata, ¿de verdad crees que me he ido de copas con el poli?
Por supuesto que se había ido a beber con el policía.
Los dos se habían sentado en la barra del bar del hotel, y Naruto le explicó un cuento chino que el otro no escuchó porque estaba demasiado ocupado contando el dinero que había en el sobre que el demonio le había entregado. El policía de aquel pequeño pueblo parecía un tipo honesto, pero tenía cinco hijos, y la Navidad se estaba acercando. ¿Qué se suponía que tenía que hacer?
—¿No va a venir nadie a inspeccionar la habitación? —preguntó Hinata.
—No —respondió él negando con la cabeza. —A no ser que vuelvas a meternos en un lío. Ah, por cierto, la habitación te ha quedado genial. —Estaba más ordenado que cuando habían llegado al hotel, claro que también había menos muebles. —Yo he cumplido con mi parte, Hinata. Así que ha llegado el momento de que empiece el espectáculo.
—No me puedo creer que vayas a obligarme a ver algo de lo que estoy tan en contra.
—¿Las críticas y nunca has visto ninguna? Mi pequeña quema-sostenes, eres algo hipócrita, ¿no te parece?
—Aunque nunca he bebido una copa de ácido sé que me haría daño. Y no me llames quema-sostenes. No hace falta que te burles de mi feminismo.
—Primero, no me estoy burlando, sólo he gastado una broma. Y segundo, lo he hecho delante de ti.
—¿Y qué quieres decir con eso?
—Que si no hay tapujos entre nosotros siempre sabrás lo que pienso, y así puedes tratar de hacerme cambiar de opinión. ¿Puedes decir lo mismo del resto de los hombres de tu vida? ¿Qué me dices de señor «siempre estoy de acuerdo contigo»?
—Querrás decir Kiba —replicó ella, entrecerrando los ojos.
—No es tan perfecto como te gustaría creer. —Aunque Naruto lo odiaba desde lo más profundo de su ser, tenía la impresión de que el tal Kiba no era tan dócil como parecía.
—No, tal vez no sea perfecto —reconoció Hinata. —Pero me apuesto lo que quieras a que no cree que todas las mujeres sean unas fulanas que debieran pasarse las veinticuatro horas del día en la cama con un hombre.
—Eso lo dije en broma. Más o menos. De verdad.
Ella lo fulminó con la mirada.
—Para que conste, los machos de la Tradición tienen a las hembras en mejor concepto que los humanos. La vida es más igualitaria en nuestro mundo.
—¡Ja! Me cuesta muchísimo creer que unos machos que han vivido tantos siglos, y que seguramente nacieron en la Edad Media, crean más en la igualdad que los hombres nacidos en la época de Madonna.
—La Tradición es el hogar de las valquirias, las furias, las brujas y las sirenas. Si uno subestima a esas hembras, tiene muchos números de despertarse un día con los huevos clavados en la pared.
Mientras ella trataba de absorber la información, Naruto volvió a hablar:—Pero vas a distraerme con esto. Hemos hecho un trato.
—Podría decirse que me has obligado a ello. ¿Se te ha pasado por la cabeza que tal vez me parezca moralmente mal ver una película pornográfica?
—Ya no eres la chica buena de antes —contestó Naruto con una mueca. —Ahora te emborrachas y les tiras los tejos a los demonios sentada en sus regazos, mientras les acaricias los cuernos delante de todo el mundo. Has luchado como una estrella de cine en la habitación de este hotel, y ayer por la noche conseguiste que te enseñara mis partes íntimas, a pesar de que estaba herido e indefenso —Negó con la cabeza con fingida tristeza. —Asúmelo, Hinata, eres una chica mala.
Ella entreabrió los labios. Aunque la versión de Naruto era algo subjetiva, la verdad era que todo lo que había dicho había sucedido.
—Creo que tenemos una cita —dijo el demonio. Dio unas palmaditas en la cama. —Vamos, será un porno suave. Si la película cuesta sólo seis dólares con noventa no puede ser demasiado atrevida. Ah, las cosas que podría llegar a enseñarte, princesa.
Hinata se mordió el labio inferior y se sentó en la cama, pero lo más lejos posible de él.
—Está bien. Te he prometido que vería una escena... —contestó con las manos en el regazo.
Empezó de lo más inocente. Una atractiva pareja se estaba desnudando entre besos. «Esto puedo aguantarlo sin problemas.»
Pero cuando estuvieron desnudos y empezaron a acariciarse respectivamente entre las piernas, Hinata comenzó a sonrojarse. Frunció el ceño al ver que las caricias iban en aumento. Seguro que aquello tenía que doler...
Cuando el hombre penetró a la mujer, Hinata tenía ya la boca seca, los puños cerrados, y parecía que le faltase el aire. Su aturdida mente le gritaba: «¡No mires! ¡Deja de mirar ahora mismo!». Pero justo cuando consiguió obligarse a cerrar los ojos, Naruto dijo:—Ah-ah, Hinata.
Se volvió al instante hacia él. Naruto no estaba mirando la película. Tenía los ojos clavados en ella.
—Pero ¡si ni siquiera la estás mirando!
—Soy un macho... Miro lo que más me excita... —Con la vista fija el uno en el otro, los gemidos de fondo siguieron hasta que por fin la pareja de la película se quedó en silencio.
Cuando la escena llegó por fin a su final, Hinata no pudo evitar preguntarse si algún día viviría ella eso mismo, pero se negó a que Naruto supiera cómo la estaba afectando todo aquello.
—Bueno, ha sido muy educativo. —Fingiendo un bostezo, se puso en pie y se encaminó a su habitación.
—¿Estás segura de que no quieres quedarte? A continuación, empieza Chicas con delantera: Parte ocho.
—No, paso. —Cerró la puerta con pestillo, consciente de que eso no podría evitar que el demonio entrara. Y si en aquellos momentos Naruto quisiera entrar, ¿de verdad querría ella mantenerlo alejado?
Apoyó la espalda contra la pared, y clavó las uñas en el papel.
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Hinata se sentó en la cama gritando, aferrándose a las sábanas rasgadas que tenía pegadas al pecho. Miró aturdida alrededor, y la sorprendió ver que todo había sido un sueño. El más erótico que había tenido nunca. Y eso a pesar de que no había llegado al final.
Había soñado que ella y Naruto practicaban con la espada, lo mismo que aquella misma tarde, pero al terminar, él la echaba sobre la cama y la desnudaba; y luego se desnudaba él. Igual que el actor de la película, guiaba su erección hasta la entrepierna de Hinata, y se quedaba quieto encima, apoyándose en los brazos, marcándosele los músculos.
Al deslizarse en su interior, Naruto empezaba a mover las caderas, al principio despacio, pero iba aumentando en intensidad y fuerza de manera gradual, hasta hundirse totalmente en ella sin dejar de moverse. Bajo el asalto de sus dientes y caricias, Hinata había estado a punto de alcanzar el orgasmo...
Hasta que se despertó.
«Tengo que ir a nadar. Tengo que encontrar una piscina.» Pero ¡estaba en el norte del país, en invierno!
Allí estaba ella, vulnerable como nunca y con un demonio pornófilo durmiendo en la habitación de al lado. Se puso de pie, apartando las sábanas hechas jirones para esconderlas debajo de la cama, junto con los demás objetos destrozados.
Colocó bien el edredón y corrió al baño para darse una ducha de agua fría. Se vistió sin dejar de temblar, incapaz incluso de peinarse como era debido. Trató varias veces de recogerse el pelo. Y al final no pudo. No podía controlar ni su pelo, ni su cuerpo, ni sus pensamientos. Y el rayo que cayó fuera parecía burlarse de sus intentos.
Naruto se despertó, moviéndose inquieto bajo las sábanas, excitadísimo al pensar en Hinata.
«Esta valquiria terminará por matarme...»
Gruñó y se levantó. Tambaleándose, fue al baño para darse una ducha caliente. Bajo el chorro de agua, recordó todas y cada una de las reacciones de Hinata al ver por primera vez cómo dos actores mantenían relaciones sexuales.
A medida que se le iban agrandando los ojos, se le entrecortaba la respiración, y los pechos le subían y bajaban de tal modo que él se moría de ganas de acariciárselos. Echó la cabeza hacia adelante y apoyó la frente en el antebrazo, contra la pared, mientras con la otra mano empezaba a acariciarse.
Los pechos de Hinata se marcaban tan tentadores bajo el jersey, como si le suplicaran que los besara...
Oyó un trueno y, cuando las luces se apagaron y encendieron de golpe, se puso en estado de alerta. Tenía la piel de gallina, como si notara una corriente eléctrica. Hinata...
Salió de la ducha a toda velocidad, sacudió la cabeza para apartarse el pelo de la frente mientras se ponía los vaqueros. Trastabilló en dirección a la puerta que comunicaba las dos habitaciones, casi sin tiempo de abrocharse los botones de la bragueta. Rompió el candado y, al abrir, encontró a Hinata vestida, sentada en el borde de la cama recién hecha.
Parecía tener la mirada perdida. ¿Había tenido uno de sus sueños? ¿Se había despertado al tener un orgasmo?. A juzgar por su respiración jadeante, diría que no había conseguido llegar hasta el final...
Naruto se mordió la lengua para no gemir. Ella lo estaba pasando mal, y necesitaba algo que él mataría por poder darle. Se le acercó y la ayudó a ponerse en pie.
—Estás temblando. —Le acarició la mejilla con los nudillos, y esa caricia bastó para que a Hinata se le acelerara todavía más la respiración. —Ah, princesa, pero si estás a punto de estallar.
Ella negó con la cabeza, con unos ojos abiertos que pasaban del violeta al plateado. Con la lengua, se acarició uno de sus diminutos colmillos.
—Miénteme a mí si quieres, pero no te mientas a ti misma.
—¡Por eso necesito mis pastillas, Naruto!
—Eso no es lo que necesitas. —Su instinto le decía que utilizara su cuerpo para darle placer a Hinata, pero no podía. Y ella tampoco iba a permitírselo. ¿Qué le dejaría hacer?
—Te sientes atraída por mí, y tú sabes que yo me siento muy atraído por ti. Así que, ¿por qué no nos ayudamos mutuamente?
—¿Qué quieres decir con «ayudarnos»?
—No me refiero al sexo —respondió Naruto, —pero quizá pudiésemos echar una mano cuando el otro lo necesite.
—Das... das mucho por sentado. Yo no necesito practicar sexo tres veces al día —contestó ella levantando la barbilla. —Ya se me pasará.
—Y una mierda. Lo necesitas tanto como yo.
—Eso no es verdad. Y, además, tú ni siquiera me gustas.
—No es necesario que te guste.
«Cierto. Naruto es un impresentable y yo puedo aprovecharme de él.» Hinata ya sabía que no era aconsejable que sintiera nada más por el demonio. Podría sacarle partido, tal como él mismo le había sugerido la primera noche.
Naruto empezó a empujarla contra la pared y ella se lo permitió.
«No, esto es una locura. Jamás podré...»
—Está mal. Le estoy siendo infiel a mi novio.
Él apoyó una mano en la pared, junto a la cabeza de la joven, y se inclinó hacia ella.
—Míralo de este modo. Ambos necesitamos relajarnos un poco, o terminaremos por estallar — le murmuró junto al oído. —Y cuando eso pase, te haré el amor con una pasión que dejaría pequeño un incendio. Y te encantará. Y cuando grites mi nombre, entonces sí le estarás siendo infiel. —Se apartó, dejándola sin aliento... y muerta de curiosidad.
—¿Y... qué sugieres exactamente?
—Tú podrías tocarme y yo podría darte placer con un dedo.
Hinata se quedó sin habla al oír una explicación tan gráfica, una prueba más de que aquel demonio había vivido mucho. Si hacían lo que él sugería, Naruto la vería desnuda, le acariciaría el sexo. Sería el primero en hacerlo.
«¿Estoy lista para esto?» ¡No! No importaba las ganas que tuviera de estarlo.
—Te comportas como si tú y yo no tuviéramos ningún auto-control.
Naruto desvió la vista hasta los pechos de Hinata y ésta suspiró de placer.
—¿Te ha sonado eso como si tuvieras mucho control? Lo necesitas tanto que podría hacer que tuvieras un orgasmo en tres minutos.
Ella se rió al oír una afirmación tan absurda. Pero luego, como siempre, empezó a imaginárselo. El demonio aseguraba que podía proporcionarle un orgasmo en ciento ochenta segundos.
¿Y si... de verdad podía? ¿Cómo sería alcanzar el clímax en manos de otra persona?
Pero si Naruto conseguía eso, entonces Hinata querría que volviera a hacérselo una y otra vez. La naturaleza humana era así de simple.
«En el fondo ya no soy tan humana.»
—Te lo estás imaginando, ¿a que sí? —presumió él, complacido consigo mismo.
—Sabes perfectamente que no puedes hacerlo en tres minutos. Eso sólo lo dices para poder tocarme y luego convencerme de que siga adelante.
—Apostémonos algo. ¿Qué quieres si ganas tú? Arriésgate. Obtén la recompensa.
¿Recompensa? Casualmente, ella necesitaba algo con suma urgencia. Dudó unos segundos, pero luego dijo:—Si gano me dejarás recuperar mis pastillas.
—Hinata, en el fondo ya no quieres tomarte esas pastillas...
—Y tienes que pasarte una semana sin soltar ningún taco. Esas son mis condiciones. O lo tomas o lo dejas.
—Está bien. Y si resulta que pierdes tú, tendrás que ir una semana sin ropa interior. Y tendrás que tocarme hasta que yo también llegue al final.
Sólo de pensar en tocar el cuerpo de Naruto hasta proporcionarle un orgasmo, la hizo estremecer. No, no iba a hacerlo por eso, lo iba a hacer para así poder tener sus pastillas. Tragó saliva y preguntó:—¿Tengo que estar desnuda?
Él se inclinó hacia ella, envolviéndola con su calor.
—No del todo. Sólo lo suficiente para que pueda lamerte los pechos y acariciarte entre las piernas.
Sus meras palabras la excitaban.
—Acepto la apuesta. —«Un momento...». —¿Cómo sabremos cuánto tiempo ha pasado? Naruto se quitó el reloj.
—Tiene alarma. —Tocó unos botones. —Ya está. Lo he dejado preparado para que inicie la cuenta atrás. Puedes ponerlo en marcha cuando quieras. —Le dio el reloj. —Pero no lo hagas hasta que te haya colocado en posición.
—¿Posición?
Sin previo aviso, la cogió en brazos y la llevó a la cama, tumbándose encima de ella.
—Quieta —murmuró, tendiéndose a su lado. Sentirlo tan cerca de ella, sobre el colchón, la excitaba... así que le dio al botón.
Él le quitó el reloj y lo lanzó encima de la mesilla de noche. Luego la cogió por las muñecas.
—¿Naruto?
—Voy a sujetarte las manos. —Lo hizo allí.
—¿Por qué?
—Para que no te preocupes por hacerme daño. Trata de soltarte.
Algo asustada, Hinata lo intentó con todas sus fuerzas. No consiguió moverlas ni un milímetro. Era como si llevara unas esposas de acero.
—No tienes más fuerza que yo. No puedes hacerme daño.
Entonces, esa vez no iba a ser como las anteriores. Él era un guerrero inmortal, no un humano universitario. Hinata se relajó en brazos del demonio.
Tan pronto como Naruto notó que ella dejaba de resistirse, deslizó la mano que tenía libre hacia abajo para levantarle la falda y dejar las braguitas al descubierto. La joven empezó a temblar cuando él empezó a quitárselas.
—Separa estas piernas tan preciosas para mí.
Y mientras indecisa obedecía la orden, Naruto tiró del jersey y el sujetador hacia arriba hasta dejarle los pechos al descubierto.
—Espera... creo que he cambiado de o... ¡Oh! —exclamó cuando él le rodeó un pecho con los labios. Se lo lamió y lo besó hasta que ella empezó a gemir. —¡Oh, Dios mío!
Hinata tuvo la sensación de que podría llegar al orgasmo sólo con aquellos besos. Todavía no se había recuperado de la impresión de que los labios del demonio estuvieran donde estaban, cuando él le recorrió el sexo con un dedo. Durante unos segundos se quedó sin respiración.
—Tan húmeda y sedosa... —susurró Naruto como si le doliera. —Incluso más de lo que me había imaginado. —Utilizando la propia humedad de Hinata, empezó a acariciarle el clítoris con el pulgar.
A ella no la había tocado nadie de ese modo, jamás se hubiera imaginado que...
Hizo esfuerzos por controlarse, trató de pensar en otras cosas, pero se moría de ganas de llegar al final y, con cada caricia de Naruto, con cada beso que daba a sus pechos, estaba más cerca. Apenas se dio cuenta de que sus caderas habían empezado a moverse, saliendo ansiosas al encuentro del dedo de él, escapando a su control.
—Separa un poco más las piernas.
Hinata se había pasado cada segundo de cada día de toda su vida tratando de ignorar las necesidades de su cuerpo. Y, al parecer, ahora no podía hacer nada para evitarlo, no podía luchar contra sí misma.
Sus rodillas se separaron.
Él gimió contra su pecho. —Eso es.
«Estoy perdiendo el control... mi instinto se está despertando...»
Y no podía hacer nada para controlarse. El demonio se había encargado de eso.
—Naruto...
Este le acarició el clítoris más de prisa con el pulgar, buscando la humedad femenina para lubricarlo.
—Ahora voy a deslizar un dedo en tu interior, ¿de acuerdo? —dijo pegado a su piel, iniciando el movimiento.
Con un gemido de placer, Hinata aceptó la derrota. La sensación era demasiado maravillosa, demasiado perfecta como para resistirse a ella.
—No pares...
Milímetro a milímetro, Naruto deslizó un dedo hasta tenerlo completamente dentro, mientras con el pulgar seguía trazando lentos círculos en su clítoris.
—¿Te gusta, cariño? —le preguntó con voz entrecortada.
Ciega de placer, Hinata asintió con la cabeza apoyada sobre la almohada.
—¡Sí, sí! —Naruto iba a conseguirlo, iba a proporcionarle un orgasmo. El primero que lo lograba. —No pares, por favor...
—No pararé hasta darte placer...
—¡Oh, Dios! —gritó. —¡Oh, sí!
—Eso, Hinata. Hace tanto tiempo que deseaba verte así...
Ella alcanzó el clímax. Este la sacudió de tal modo que abrió los ojos algo asustada, pues nunca había sentido nada tan intenso. Húmedo, arrollador, el orgasmo siguió y siguió mientras arqueaba la espalda y gritaba de placer...
Ver a Hinata experimentar aquello era la cosa más erótica que Naruto había presenciado jamás; y estaba tan excitado que tenía miedo de correrse antes siquiera de que ella llegara a tocarlo. Mientras absorbía cada gramo de placer que le estaba dando a su amada, ella aprisionaba su dedo con avidez, una y otra vez. Los rayos caían en el exterior, y los truenos hacían temblar la habitación.
—Para —susurró Hinata al fin, y le apartó la mano justo antes de que sonara la alarma del reloj.
Inclinándose por encima de ella, Naruto lo cogió de encima de la mesilla de noche y le dio un manotazo para detenerlo. Cuando se dio la vuelta de nuevo, vio que ella no se había tapado, tal como se temía. Tenía el pelo suelto. El jersey, la falda y las braguitas seguían tal como él las había dejado.
Estaba demasiado satisfecha como para que le importara. Y era así como a Naruto le gustaría verla siempre; desarreglada, ebria de pasión, con aquella fachada de niña buena derribada. Hinata tenía la respiración acelerada, y los pechos mojados por los besos que él le había dado.
Los oscuros rizos de su entrepierna seguían húmedos, y la erección de Naruto se sentía atraída hacia ellos. El demonio se pasó la mano por encima de los pantalones.
—¿Vas a ayudarme, Hinata? —le preguntó con voz ronca.
Cuando ella se mordió el labio y asintió, él se desabrochó la bragueta con un único movimiento y se bajó los vaqueros hasta las rodillas. Su pene, libre, vibró entre los dos.
—Pero no sé cómo —dijo Hinata al sentarse con la mirada ausente. —No quiero hacerte daño.
—Nada podría dolerme más que lo que estoy sintiendo ahora. Tú sólo tócame.
Ella levantó la mano despacio hacia la erección de Naruto. Al primer contacto, él aguantó la respiración e, inconscientemente, dio un paso atrás. No podía dejar de pensar: «Mi compañera me está acariciando».
La joven empezó a tocarlo despacio, sus manos menudas moviéndose sobre la ardiente piel del sexo del demonio. Y cuando la punta se le humedeció, igual que la noche anterior, él gimió de placer. Con el dedo índice, Hinata atrapó aquella gota y la extendió por su miembro, trazando círculos.
—Me gusta mucho, cariño —gimió él. —Acaríciame con más fuerza.
Hinata no le hizo caso, sino que siguió explorándolo con suaves caricias, cuando lo que él necesitaba era más fricción. Cuando con la otra mano, ella le acarició los testículos, Naruto gritó de agonía, y sacudió las caderas sin control.
—¡Rodéalo con los dedos! Yo ya haré el resto. —Trató de calmarse un poco. —Si supieras el dolor que...
Cogiéndole la mano, le abrió los dedos para que sujetaran toda su erección.
—¡Ah! Así mucho mejor... —farfulló.
Con una mano, buscó el apretado clítoris de Hinata y con la otra le acarició los pechos, primero el uno y luego el otro.
Ella enterró la cara en su torso, gimiendo y besándolo al mismo tiempo. Aquel sonido era lo más sexy que había oído jamás; sus gemidos estaban cargados de deseo y lo hacían enloquecer de las ganas que tenía de ser él quien la saciara.
«Podría hacerle el amor...» Sólo tardaría un par de segundos en convencerla. «Seguro que me dejaría.» Pero por ansioso que estuviese por estar dentro de ella, no podía hacerlo, porque entonces se transformaría completamente en demonio, y sabría por fin con absoluta certeza que ella le pertenecía.
Así que lo que hizo fue mover las caderas más de prisa, buscando el sexo de Hinata con una mano, tocándola. Ella apretó su pene, subiendo y bajando la mano hasta que Naruto entendió que quería que él dejara de moverse. Se detuvo pues y ella tomó el control.
Estoy acariciando a mi compañera mientras ella me acaricia a mí. «Nunca he sentido nada tan maravilloso...»
Hinata cerró los ojos al sentir que volvía a tener un orgasmo, regalándole más gemidos de esos que tanto le gustaban.
El instinto demoníaco de Naruto la reconoció en seguida como suya, gritándole que la poseyera. Y al sentir que la joven se estremecía de placer contra su mano, su cuerpo empezó a transformarse, pero Naruto luchó con todas sus fuerzas para controlarse.
—Hinata, vas a conseguir que estalle como un... Sigue. —Se quedó sin aliento, todo su cuerpo se tensó como un arco. —Sigue... ¡Joder!
«Por fin...» Naruto gritó al cielo al sentir una oleada de placer que lo dejó ciego. A pesar de que no eyaculó, el orgasmo siguió y siguió, cruel e implacable, hasta que él se estremeció y se apartó de la mano de Hinata. Tumbado en la cama, a su lado, se quedó mirando el techo atónito. Había esperado casi mil años para complacer a su compañera.
¿Y ser el primer hombre que le mostraba esas cosas...? Cuando la vio tener un orgasmo por primera vez y abrir asombrada sus ojos plateados se sintió muy orgulloso de su virilidad. Compartir aquella experiencia con ella, sentir todo aquello juntos, era algo trascendente, era el destino.
—¿Naruto, tú no...? —le preguntó Hinata cuando la miró.
—Los demonios de la ira no eyaculamos. No hasta que hacemos el amor por primera vez con nuestra compañera.
—¿Te referías a eso cuando me dijiste que llegado el caso lo sabrías? —Al ver que él asentía, continuó: —Entonces, ¿no he hecho nada mal?
—No, mi amor. —Se inclinó hacia ella para darle un beso en la oreja. Incluso después de aquel orgasmo que lo había dejado casi sin sentido, el mero olor que desprendía la piel de Hinata bastaba para que su pene volviera a extenderse junto al muslo de ella. —Por supuesto que no.
—Me alegro. —Se puso bien la ropa y se sentó de un salto. —Ha sido muy agradable, Naruto. —Sólo le faltó sacudirse las manos. —Iré a refrescarme un poco, y podemos irnos cuando tú quieras.
Mientras Hinata se dirigía al baño, lo único que Naruto pudo hacer fue parpadear incrédulo. Allí, tumbado en la cama, y con los jodidos pantalones por las rodillas, se sentía... utilizado. Por fin comprendió cómo había hecho él que se sintieran todas las hembras con las que había estado en sus más de novecientos años de vida.
«Este sentimiento es una mierda.» Furioso, se subió los vaqueros. Maldición, lo habían utilizado. Y lo peor de todo era que no había conseguido consolidar su posición con Hinata. Cuando ella regresó, Naruto volvió a tumbarla en la cama.
—¿Qué estás...? ¡Para! —exclamó.
—Al parecer, has perdido la apuesta, princesa.—Esquivando sus bofetones, Naruto consiguió subirle la falda y hacerse con sus braguitas, que se guardó en el bolsillo.—Sólo he cogido mi recompensa.
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Continuará...
