XI
Safe and sound (Segunda parte)
"Just close your eyes, the sun is going down
You'll be alright, no one can hurt you now
Come morning light, you and I'll be safe and sound"
Existe un dicho muy famoso que dice: «nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido». Se refiere al poco valor que la gente le da a las cosas importantes-, la poca atención que tiene sobre lo que hay a su alrededor. Pero en realidad, puede que la gente sepa exactamente qué es lo que posee y cuál es su valor; sin embargo, no cree que algún día pueda perderlo. Se acostumbra tanto a la vida que tiene, a la rutina, a lo que debe y puede hacer, que no imagina un día en el que tenga que cambiar absolutamente todo.
Uno valora a su familia, a su cuerpo, sabe qué ha logrado y qué ha perdido; mas es el egocentrismo el que impide imaginar un mundo sin todo eso. Por esa razón, cuando lo ha perdido, se derrumba todo su ser.
Sachiko sabía que para Miyuki Kazuya no existía nada más importante que el béisbol, que su béisbol. Ella sabía que él lo daría todo para seguir jugando, para seguir en el campo, recibiendo los mejores lanzamientos y analizando a cada jugador que se parase en el plato. Él amaba ese béisbol y lo valoraba a cada instante.
Empero, tal vez lo que más apreciaba de ese béisbol que lo enamoró desde niño, fue el nivel de talento y habilidad que poseían algunos jugadores. Desde la secundaria, se obsesionó con el estilo y los diversos lanzamientos que Narumiya Mei poseía. Estar con él o contra él siempre fue una de sus experiencias predilectas. Y eso, eso lo sabía cada persona que conociera a Miyuki Kazuya.
Así, el llegar a la sala de espera y ver a Miyuki con la expresión llena de confusión, miedo y dolor, fue suficiente para que Sachiko comprendiera quién se encontraba en quirófano.
Después de tragar saliva, y con un culpable alivio en su ser, Umemoto caminó hacia Miyuki. Pronto, se dio cuenta de que no venía solo: cerca de cuatro personas se acercaron a ella en cuanto la vieron con la bata blanca y las intenciones de hablar con el cátcher. Reconoció entre éstas a la esposa de Narumiya. Esbelta, de cabello largo y un rostro que se vería bien en cualquier revista de modelaje.
—¡Mei, ¿cómo está?! —cuestionó casi a gritos.
—No he-no he entrado a verlo. Necesitaba saber quién es el responsable del paciente —respondió Sachiko, evitando la mirada del receptor. Por los rasgos en su cabello o en sus ojos, dedujo que las otras tres personas, dos mujeres y un hombre, eran familiares cercanos del pitcher.
—Soy yo, soy su esposa, Narumiya Etsuko. —Se presentó la única morena del grupo. La desesperación en su rostro y en su voz era palpables incluso para aquellos ajenos a ese asunto.
—Somos su familia —aclaró la mujer mayor en el grupo; presuntamente la madre.
—Bien, no tardaré. —Su mirada se detuvo un momento en Miyuki, quien quizá por respeto a la familia, se quedó atrás del grupo. Sin embargo, Sachiko pudo ver en su rostro la culpabilidad.
No había que ser muy inteligentes para deducir la razón.
El amplio pasillo en los quirófanos apenas le dio espacio para recuperar el aliento. Sabía que el sentirse aliviada porque Miyuki estuviese a salvo no era precisamente lo correcto; empero, no iba a mentirse: el afecto que sentía por el cátcher era muy distinto al respeto como jugador que sentía hacia Narumiya. Empero, el miedo de lo que podría encontrarse era motivo suficiente para generar diversos nudos en su garganta.
Entró al área de descontaminación del quirófano tres e hizo el procedimiento necesario para que le permitieran pasar. En su mente sólo estaba el código de ética y moral que debía seguir frente a un paciente, aun cuando se tratara de alguien conocido o cercano.
La actividad alrededor de la cama era alta.
—Umemoto Sachiko, MFR. ¿Qué es lo que hay? —cuestionó apenas pudo acercarse un poco. La sangre en el cuerpo apenas le permitía distinguir los finos rasgos de Narumiya.
—Diversas contusiones, un hombro dislocado, tres costillas rotas, riesgo de pulmón perforado y la pérdida parcial de su extremidad inferior izquierda —contestó el cirujano a cargo—. No hay nada que puedas hacer por ahora, Umemoto.
—No hay pulmón perforado —dijo alguien más.
—¿Y la tomografía qué dice?
—No hay derrames o lesiones.
—Bien, la hemorragia ha sido contralada. Cerremos.
Umemoto oía cada palabra. Entendía el procedimiento al que fue sometido, entendía cada expresión dicha hasta ese momento. Sabía bien que ella no tenía nada que hacer ahí. Pero aun así, no podía moverse. No hasta que sintió un leve empujón que la obligó a retroceder. A retroceder y, curiosamente, obtener un mejor ángulo para vislumbrar la situación del paciente.
Su silueta incompleta en el lado izquierdo, lugar donde salió tanta sangre, denostaba la verdad que no sería fácil asimilar.
Tomando fuerzas de un recóndito lugar en su mente, salió del quirófano y se quitó la protección en su cuerpo. Estaba alterada, lo reconocía. Pero de cualquier forma, la familia Narumiya la esperaba. Aunque no era directamente su responsabilidad, al acercarse a ellos, se comprometió a dar las noticias.
Apenas puso un pie en la sala de espera, se vio rodeada de los cuatro familiares del lanzador. Miyuki, de nuevo, permaneció atrás.
—¿Cómo está? —cuestionó Etsuko— ¿Él vivirá? Sólo me interesa saber eso.
—¿Sobrevivirá? —repitió su madre. Sachiko alzó ambas manos para evitar una tercera pregunta y ganarse el permiso de hablar.
—Sí, lo hará. La hemorragia en la pierna ha sido controlada y aunque presenta tres costillas rotas y diversas contusiones, nada de eso representa un mayor riesgo. Sin embargo,…
—¡¿Entonces vivirá?! —insistió el padre. Un hombre alto de cabello oscuro, pero con vivaces ojos azules.
—Sí, vivirá, pero... —Una oleada de suspiros de alivio recorrió a la familia. Sus prioridades eran claras. Sachiko resopló— Aun así, por favor esperen las noticias de su cirujano.
—Sí, por supuesto. Muchas gracias, doctora.
—Él vivirá. Eso es lo único que importa —dijo Etsuko, sonriente hacia su suegra.
Umemoto se despidió con una leve reverencia y les dio la espalda para regresar a su oficina. Apenas se dio cuenta de lo rápido que caminaba y de lo sumida que estaba en sus propios pensamientos que sólo escuchó a Miyuki cuando éste tomó su brazo para detenerla.
—Detente. —Le dijo y ella lo miró— ¿Qué es lo que querías decir? ¿Qué es ese "pero"? ¿Qué es lo que tiene? —Aun por encima de sus anteojos, se vislumbraban los mil sentimientos albergados esa noche.
—Como dije, esperen las noticias del cirujano. No es mi deber…
—¡Vamos! Sé que sabes algo más, Sachiko. No le diré a su familia. —Ella negó con la cabeza— ¿Él volverá a jugar? ¿Eso es lo que ocultas?
¿Jugar? El rostro de la médico mostró por un instante lo que eso implicaba. Lo imposible que eso sonaba ahora…
Lentamente, rendida ante su mirada, negó con la cabeza.
—¿Nunca? ¿Estás segura? —El cátcher buscó sus ojos— Mei siempre ha sido muy obstinado, no creo que él se tome bien esta noticia. Tal vez con un tratamiento, como los que tú haces, él pueda…
—No podrá, Kazuya. —Se soltó de su agarre y presionó el botón a un lado del elevador. Sentía sobre sí la mirada de su amigo.
—Pero ¿por qué no? Él ama el béisbol, no podrás separarlos. Él es el as de Japón, él fue a los Olímpicos y a…
—Perdió la pierna izquierda. No importa el tratamiento, él no volverá a jugar. Espera con la familia de Narumiya, el médico a cargo les dará más información —indicó antes de meterse al elevador.
Miyuki Kazuya sabía que amaba del béisbol, reconocía el valor de cada uno de sus compañeros y disfrutaba mucho jugar con todos ellos. En lo único que no pensaba era en la posibilidad de perder a alguno de ellos… De perder a su mejor pitcher y de ver cómo se derrumbaba su mejor amigo.
Esa misma noche, pero cerca de las cuatro de la madrugada, fue cuando Narumiya despertó. Ya estaba en piso, descansando en una habitación. Sólo sus padres y su esposa estaban en la habitación.
La hermana de Mei, quien también estuvo presente todo ese tiempo, decidió ir por algo de comida. Miyuki, entre tanto, esperó afuera de la habitación. Cuando escuchó los gritos por parte del pitcher, supo que ya se había enterado de su situación. Sus padres llevaban toda la noche llorando a causa de eso, y su esposa sólo se preguntaba cómo le dirían que su carrera como beisbolista había terminado. Era su vida entera, desde muy pequeño, así fue. ¿Cómo le dices adiós a algo tan importante?
Kazuya apretó las manos y puso una mano sobre el picaporte. El horror en los gritos de Mei calaba su cuerpo; quería estar ahí, decirle lo que fuera para que se callara… Pero la culpa de haber sido él quien le entregó el vehículo que causó el accidente, lo detuvo.
Nuevamente, volvió la espalda a la pared y esperó a que las cosas en la habitación se calmaran. Un médico y una enfermera ingresaron a los pocos segundos. Por unos momentos, los ruidos se incrementaron; mas luego los progenitores de Mei salieron, seguidos por el equipo médico.
—¿Le dieron tranquilizantes? —cuestionó Kazuya al médico. Éste negó con la cabeza.
—Analgésicos. Pero si se vuelve a poner agresivo, le daremos algo más —añadió antes de sacar su teléfono y seguir su camino.
La madre de Mei estaba envuelta en lágrimas. Su esposo le pasaba el brazo por los hombros.
—Deberían ir por algo de comer —sugirió Kazuya—. Kou-chan no tarda en regresar; ella y yo esperaremos a Etsuko.
El padre del pitcher apenas asintió. Aunque se tratara de su hijo, debía alejarse un momento de él. Las palabras que éste soltó frente a su madre, eran tal vez las más agresivas en su vida.
Y apenas se vio nuevamente a solas, Kazuya soltó un largo suspiro, deseando que todo fuera un mal sueño. En teoría, en unas horas tenía entrenamiento; pero por primera vez, el béisbol era lo último en lo que pensaba.
Los pasos de alguien más lo obligaron a alzar el rostro. Esperaba ver el cabello rubio de la hermana de Mei, Kou; pero a cambio, se encontró con el castaño oscuro de Sachiko. Ella caminaba con una tableta electrónica en la mano y la mirada fija en él.
—Si le pides una frazada a una enfermera, ella te la dará. Trata de dormir. —Le dijo antes de pararse frente a la puerta de la habitación de Mei.
—No entres, no está de buen humor. —Le advirtió.
—No espero que lo esté, Kazuya; pero aun así, debo entrar.
—Sachiko, hablo en serio— dijo, tomándola una segunda vez del brazo—. No se trata de una simple rabieta, no tienes idea de las palabras que soltó hace un momento. —Umemoto sonrió con cierta arrogancia.
—¿Me estás diciendo que no conozco mi trabajo? Narumiya Mei no es mi primer paciente. Ni siquiera es mi primer paciente que siente que lo ha perdido todo por un accidente. Como beisbolista, tú entiendes su dolor; pero como médico especialista, yo sé cómo ayudarlo a sanar. Mírame trabajar. —Lo retó ignorando el agarre en su brazo. Y entró.
La habitación se hallaba a oscuras; pero Sachiko todavía oía los débiles sollozos de Etsuko y veía, por la luz de la luna filtrada en las ventanas, el perfil de Mei. Miraba hacia la nada, mas todos los músculos de su rostro se encontraban tensos. Una bomba de tiempo que sólo esperaba una palabra para explotar.
—Buenas noches, mi nombre es Sachiko Umemoto y soy la médico encargada de tu recuperación motriz. —Se presentó.
Por el rabillo del ojo, vio cómo la esposa del beisbolista negaba con la cabeza una y otra vez, rogándole a su marido que no volviera a explotar. Empero, éste, miró a Sachiko con todo el coraje que fue capaz. No era la primera vez que un paciente la miraba de esa forma, como si ella ignorara el dolor que ellos sentían, como si fuera su intención hacerles daño.
Nada más alejado de la verdad.
—En estos momentos, es natural que usted se sienta sumamente adolorido, enfadado y temeroso…
—¿Temeroso? Oh, no. ¡Tú no puedes tratar de comprenderme! ¡A ti no te importa otra cosa que no sea tu propia satisfacción, como si no te conociera!—gritó el pitcher.
—No esperamos que acepte su pérdida sin quejarse. —Continuó ella, sin perder la firmeza en su voz o en su porte.
—¿Aceptar? ¡No lo aceptaré aunque me paguen por este error médico! ¡Mi pierna no debía…!
—La vida que usted conocía no volverá —sentenció, obligando a Mei a silenciarse y a sobresaltarse ante la cruda verdad—. Todo lo que usted hizo previo al accidente será muy distinto a lo que hará después de esta noche; por lo tanto, le pido de la forma más honesta, se desahogue todo lo que quiera. El dolor en su corazón, producto de la situación, probablemente es más grande que el de su pierna. Por favor, sienta libertad de llorar todo lo que quiera; si quiere gritar, en tanto no agreda a nadie, se lo permitiremos. —Enseguida, el rostro de Mei se contrajo en una expresión de sumo dolor. Etsuko se levantó para ir a su encuentro y acariciar su rostro y su cabello— Por ahora, puede tomarse esas licencias; después, por favor permítanos ayudarle en su recuperación. De eso, me encargaré yo. —Finalizó con una reverencia larga, en la que escuchó el llanto de la pareja.
Era cierto. Una vez perdida una vida, era imposible recuperarla. Pero eso no implicaba que no pudiese buscarse otra más.
Cuando Sachiko salió de nuevo al pasillo, se encontró con un Kazuya que la miraba con total asombro. Él escuchó cada una de las palabras dichas, fue testigo de todo, al pie de la puerta, temeroso porque Mei fuese a arrojarle algo a Sachiko. No obstante, con lo que se encontró fue una cosa totalmente distinta…
Ella sonrió y cerró la puerta detrás de sí.
—Ha sido una jornada muy larga… —musitó agarrándose el cuello— Iré a dormir. Deberías hacer lo mismo.
Él no respondió. Simplemente la miró alejarse. En eso, en esa mujer tan asombrosa, se convirtió la chica que una vez amó.
