Este Fic es una adaptación de la novela "El Ángel caído" de Nalini Singh la cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Capítulo 16

Una alarma empezó a sonar junto a la cama de Rukia, sacándola de un sueño

intermitente. Puesto que estaba completamente vestida, se levantó de un salto y

empezó a correr. Kira la esperaba con la puerta abierta.

—¡Deprisa! ¡Coge el teléfono! ¡Miyako!

Tras saltar por encima de la silla de ruedas que se interponía en su camino,

cogió el auricular.

—¿Miyako? —El miedo dejaba un sabor acre y penetrante en su lengua.

—Huye, Rukia —susurró Miyako con una voz teñida de lágrimas—. ¡Huye!

Una sensación gélida entumeció sus extremidades. No se movió de donde

estaba.

—¿Y Yuzu?

—Está bien —sollozó Miyako—. No estaba aquí. Ay, Rukia... él sabe dónde estás.

Rukia no pensó ni por un momento que Miyako se refiriera a Grimmjow. Ningún

vampiro, por poderoso que fuera, podría dejar reducida a su amiga a aquello.

—¿Cómo lo sabe? ¿Qué te ha hecho? —Apretó la empuñadura de la daga

entre sus dedos, y solo entonces se dio cuenta de que la había sacado.

—¿Que cómo lo sabe? —Una risa histérica interrumpió sus palabras—. Yo se

lo ha dicho.

La conmoción la dejó paralizada.

—¿Miyako? —Si Miyako la había traicionado, ya no le quedaba nada.

—Ay, Rukia... Ha volado hasta la ventana y me ha mirado, y luego me ha

dicho que la abriera. ¡Ni lo he dudado! —Hablaba casi a gritos—. Después me ha

preguntado dónde estabas y yo se lo he dicho. ¡Se lo he dicho! ¿Por qué, Rukia?

¿Por qué se lo he dicho?

Rukia dejó escapar el aire que contenía. Temblando a causa del alivio, estiró

una mano para apoyarse contra el panel del ordenador de Kira.

—No pasa nada, Miyako.

—¡Claro que pasa, joder! ¡He traicionado a mi mejor amiga! ¡No te atrevas

a decirme que no pasa nada!

—Control mental —dijo Rukia antes de que Miyako siguiera adelante con su

perorata—. Nos utiliza como si fuéramos juguetes. —Desde luego, con ella había

jugado... con su cuerpo, con sus emociones—. No había absolutamente nada que pudieras hacer.

—Pero yo soy inmune... —dijo Miyako—. Una de las razones por las que me

nombraron directora del Gremio es que tengo una inmunidad natural contra los

trucos de los vampiros, como Nemu.

—Él no es un vampiro —le recordó Rukia a su agobiada amiga—. Es un

arcángel.

Rukia oyó un hondo suspiro al otro lado de la línea.

—Ellie, había algo muy extraño en él esta noche.

Elena frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir? ¿Ha hecho algo... malvado? —Tuvo que esforzarse

para pronunciar aquella palabra. Una parte estúpida e ilusa de ella no quería

creer que Ichigo pudiera ser malvado.

—No... ni siquiera ha mencionado a Yuzu, ni la ha amenazado en forma

alguna. Aunque, tampoco necesitaba hacerlo, ¿verdad? Podía retorcer mi mente

como si fuera un trapo.

—Si te sirve de consuelo —dijo Rukia mientras recordaba la mirada animal

de Moe y la aterradora sumisión de Giriko—, al parecer también puede hacerles

eso a los vampiros.

Su amiga sorbió por la nariz.

—Bueno, al menos los chupasangre no tienen nada contra mí. Tendrás que

salir de ahí cagando leches. El arcángel está de camino, y en su actual estado de

ánimo es capaz de destruir el Gremio para llegar hasta ti. Tiene todos los

códigos... porque yo se los he dado. —Otro pequeño grito—. Vale, y a estoy

calmada. Le he dicho a Kira que cambiara los códigos, pero no creo que eso

detenga a Ichigo. Te quiere a ti.

—Saldré de aquí. Y le dejaré un mensaje para asegurarme de que sabe que

me he largado. Así no molestará a Kira.

—Escóndete en el Azul.

El Azul era una furgoneta de reparto sin registrar que se mezclaría con

facilidad entre el tráfico y haría desaparecer sin problemas a su conductor.

—Lo haré —mintió Rukia—. Gracias.

—¿Y por qué coño me das las gracias? —exclamó Miyako—. De todas formas,

quiero que te quede clara una cosa: no se comportaba de manera normal. He

hablado con él por teléfono, y y a sabes lo bien que se me dan las voces. Hoy la

suya era diferente: monótona, inexpresiva... fría. Ni enfadada, ni nada... solo fría.

¿Por qué todo el mundo utilizaba aquella palabra? Ichigo era muchas cosas,

pero jamás le había parecido frío. No obstante, no tenía tiempo para pedir

detalles.

—Me voy y a. Me pondré en contacto contigo en cuanto me sea posible. Y no

te preocupes... pase lo que pase, no me matará. Necesita que acabe el trabajo. —

Colgó el teléfono antes de que Miyako se diera cuenta de que había cosas peores que

la muerte. Y algunas de ellas estaban relacionadas con gritar, gritar y gritar hasta que se

rompiera la voz.

—Nuevos códigos. —Había una hoja de papel en la bandeja de la impresora

—. Utilízalos para salir; los cambiaré de nuevo en cuanto entres en el ascensor.

Ella asintió.

—Gracias, Kira.

—Espera.

El hombre acercó su silla hasta una pequeña taquilla que había en un rincón.

Rukia no sabía qué estaba haciendo, pero el armario se abrió de repente.

—Llévate esto.

Rukia cogió una pistola pequeña y reluciente.

—No servirá de mucho contra un arcángel, pero gracias de todas formas.

—No le dispares al cuerpo —le advirtió él—. Esa munición está diseñada

para hacer pedazos las alas de un ángel.

¡No! La idea de destruir la increíble belleza de aquellas alas le provocó un

dolor casi físico en el corazón.

—Volverán a regenerarse. Se curarán —se obligó a decir en voz alta.

—Lleva su tiempo. Tenemos varios informes: un ángel tarda más en

regenerar sus alas que ninguna otra cosa. Lo dejará incapacitado el tiempo

suficiente para que puedas librarte de una situación difícil. A menos... —El miedo

tiñó su voz—. He oído lo que has dicho sobre el control mental. Si puede utilizarlo

a distancia, no creo que hay a nada que pueda servirte de ayuda.

Rukia se guardó la pistola en la parte posterior de los pantalones después de

cerciorarse de que el seguro estaba en su sitio.

—Ahora no me controla, así que sus habilidades tienen cierto límite. —Al

menos, eso esperaba—. No creo que baje aquí una vez que sepa que me he ido,

pero tienes que ponerte a salvo. ¿Karin se ha marchado y a?

—Sí, y no había nadie más aquí abajo. —Sus ojos parecían aterrados, pero

decididos—. Cerraré en cuanto te vayas, y luego me meteré en el búnker. —

Señaló con la cabeza la entrada de la habitación secreta oculta tras una pared.

Podría sobrevivir allí durante días—. Ponte a salvo, Rukia. Tenemos que acabar la

partida.

Rukia se inclinó para darle un abrazo impulsivo.

—Te patearé ese culo flaco que tienes en cuanto vuelva. —Había llegado el

momento de proteger su propia vida... y todo lo demás. Porque había un montón

de partes corporales que un cazador no necesitaba para rastrear a su presa de

manera eficiente.

Ichigo se quedó delante del ascensor que, según le habían dicho, lo llevaría

hasta los Sótanos. Sin embargo, parecía que ya no necesitaba bajar. Su presa

había huido.

Alguien había clavado el mensaje junto a las puertas del ascensor con tanta

fuerza que había dejado migajas de cemento sobre el suelo.

« ¿Quieres jugar, angelito? Pues juguemos. Encuéntrame

Era un desafío, puro y simple. Una estupidez por parte de la cazadora.

Durante el período Silente, no podía enfurecerse, pero comprendía muy bien su

estrategia. Quería alejarlo del Gremio y de sus amigos.

Reflexionó sobre aquello. La parte primitiva de él susurró: ¿Dejarás que te

guíe como si te hubiera puesto una correa? Te ha insultado.

Arrancó la nota de la pared.

—« Angelito» —leyó en voz alta antes de arrugar el papel entre sus dedos. Sí,

debía aprender un poco de respeto. Cuando la encontrara, suplicaría clemencia.

No quiero que suplique clemencia.

El eco de aquel pensamiento lo detuvo durante varios segundos. Recordó que

se sentía intrigado por el fuego de la cazadora, que ella había aliviado el

aburrimiento que lo había embargado durante siglos. Incluso en el estado Silente,

entendió por qué había decidido no hacerle daño. Si rompía antes de tiempo aquel

nuevo juguete que tantos placeres prometía, sería un estúpido. No obstante, había

formas de asegurarse respeto sin destruir por completo a su presa.

El Gremio podía esperar. Primero debía enseñarle a Rukia Kuchiki que no

se podía jugar con un arcángel.

Rukia condujo el refugio Azul por las calles con un propósito implacable. No

pensaba esconderse: eso solo traería más problemas a las personas a las que

quería. Estaba completamente segura de que Ichigo iría tras ellos, uno por uno,

hasta que la encontrara. Así que hizo lo único que podía hacer para mantenerlos a

todos a salvo.

Se dirigió a casa.

Y esperó, con el dedo en el gatillo.

Ichigo permaneció frente al edificio de apartamentos y, a pesar del estado en

que se encontraba, supo que en aquellos momentos era un ser peligroso. Si Rukia

se encontraba en el interior de aquellos muros, se derramaría sangre. En su

mente no había sitio para las concesiones. Aquel era un lugar en el que no

aceptaría ni permitiría la presencia de la cazadora.

Tras rodearse de glamour una vez más, entró en el apartamento por la puerta

principal rompiendo los cerrojos dobles sin esfuerzo.

Oyó voces en otra de las estancias. Una masculina y otra femenina.—Vamos, nena, solo...

—¡No pienso escucharte más!

—Admito que fui un idiot...

—Sería más apropiado decir que fuiste un imbécil y un cabezota de cuidado...

—¡A la mierda con esto!

Ruidos de forcejeos y después respiraciones entrecortadas. Apasionadas,

intensamente sexuales.

Ichigo se adentró en el dormitorio y, antes de que el cazador pudiera decir

una sola palabra, inmovilizó a Renji contra la pared colocándole una única

mano sobre la garganta. Sin embargo, el hombre reaccionó con rapidez y lo

empujó con las piernas al tiempo que gritaba:

—¡Sal de aquí, Matsumoto ¡Huye, nena!

¿Matsumoto?

Algo le golpeó en la espalda. Ichigo echó un vistazo por encima del hombro y

descubrió a una pequeña y voluptuosa mujer que le arrojaba todos los objetos

que encontraba a mano. Cuando cogió un pesado pisapapeles, Ichigo chasqueó

un dedo e hizo que se durmiera. La chica se derrumbó con lentitud sobre el sofá.

El cazador se quedó inmóvil.

—Si le has hecho daño... Da igual lo que tenga que hacer: encontraré un

modo de matarte.

—No puedes hacerlo —replicó, aunque lo soltó de todas maneras—. Solo está

dormida, nada más. Así nos dejará mantener una breve conversación.

La daga de Renji se movió de repente hacia las alas de Ichigo. A decir

verdad, llegó a rozarle las plumas antes de que el arcángel bloqueara su mente y

lo obligara a soltar el cuchillo. El sudor comenzó a brotar de la frente del hombre

mientras luchaba contra las órdenes mentales.

—Interesante. Eres muy fuerte. —Ichigo reflexionó unos instantes. Podría

matar a aquel hombre, pero entonces el Gremio perdería a uno de sus mejores

cazadores—. Matarte iría contra mis propios intereses. No intentes atacarme de

nuevo y vivirás.

—Que te jodan... —dijo Renji, que trató de avanzar—. No te diré dónde

está Rukia.

—Sí, lo harás. —Concentró sus habilidades sin el menor remordimiento, sin

nada que lo apartara de su gélido propósito—. ¿Dónde está?

Renji sonrió.

—No lo sé.

Ichigo miró fijamente al cazador. Sabía que decía la verdad: nadie podía

mentir bajo aquella coacción mental. Ciertos rumores afirmaban que existían

humanos con una especie de inmunidad frente a los poderes angelicales, de la

misma manera que otros eran inmunes a los trucos de los vampiros, pero Ichigo

jamás había conocido a ninguno... en sus más de quince siglos de existencia.

—¿Dónde se escondería si intentara proteger a sus amigos? —preguntó, cambiando de táctica.

Pudo ver cómo Renji luchaba para no responder, pero la coacción venció.

—No se escondería.

Ichigo meditó la respuesta.

—No, no lo haría, ¿verdad? —Caminó hasta la puerta principal—. Tu dama

despertará en pocos minutos.

Renji empezó a toser cuando Ichigo liberó su mente.

—Te debo un puñetazo en la mandíbula. Y tal vez un ojo morado también.

—Te doy la libertad de intentarlo —dijo Ichigo, que veía en aquel cazador

otra posible diversión que lo alejaría del tedio de la inmortalidad—. Ni siquiera te

castigaré si tienes éxito.

El cazador, que se había agachado junto a su mujer, enarcó una ceja.

—Solo me encargarías una caza, ¿verdad? Lo más probable es que Rukia te

esté esperando con una daga en la mano.

—Soy permisivo con mis juguetes —dijo Ichigo—, pero solo hasta cierto

punto.

—¿Qué cojones te ha hecho? —preguntó Renji, y Ichigo se tomó aquella

pregunta como lo que era: un intento del cazador por darle a su amiga el mayor

tiempo posible.

« Debes matarla.»

La voz de Unohana era un gélido susurro en su mente, tan despiadado como el

aliento del Silencio.

—Eso queda entre Rukia y y o —dijo—. Harías bien en permanecer fuera de

esta guerra.

El rostro de Renji se endureció.

—No sé qué es lo que hacen los ángeles, pero aquí ayudamos a nuestros

amigos. Si ella me llama, responderé.

—Y morirás —replicó Ichigo—. Nunca comparto lo que es mío.

Según el reloj de Rukia, llevaba sentada en el sofá mirando la Torre cerca de

una hora. Tal vez el lugar que había elegido no fuera tan obvio como había

pensado. Frunció el ceño y tironeó de la camiseta que se había puesto cuando

llegó. Fue justo entonces cuando sonó el teléfono. Se le aceleró el pulso al

reconocer el tono personalizado, pero lo cogió y se lo acercó a la oreja.

—¿Renji? Joder, ¡ha ido a por ti!

—Cálmate —dijo su amigo—. Estoy bien.

—Tienes la voz un poco ronca.

—Es muy fuerte, ese pedazo de hijo de put... Lo siento, nena.

Rukia frunció el ceño.—¿Qué?

—Matsumoto —explicó él—. Cree que digo muchos tacos. Aunque claro, ella ha

soltado una retahíla de cuidado cuando se ha despertado de la siesta que le obligó

a tomarse tu amigo mientras conversábamos.

—¿Te ha hecho daño?

—Me ha ofendido..., pero sé apañármelas.

Rukia se sintió inundada por el alivio.

—Claro, claro... ¿Y bien?

—Ese ángel grande, malo y controlador de mentes cree que eres suya. Y ha

quedado bastante claro cuando he dicho algo así como « Yo no comparto a mi

mujer» .

Rukia tragó saliva.

—Me estás tomando el pelo.

Una risotada.

—Desde luego que no, joder. Las cosas ya están bastante interesantes.

—Madre mía... —Se inclinó hacia delante y contempló la alfombra mientras

intentaba pensar. Sí, lo había besado. Y sí, él había dejado caer algunas indirectas

(a las que ella había reaccionado, muy a su pesar), pero todo aquello formaba

parte de los jueguitos de rigor de los ángeles y los vampiros poderosos. El sexo

no era más que un juego para ellos. No significaba nada.

—Quizá pretendía decir que lo saco de sus casillas. —Eso tendría más sentido.

—De eso nada, nena. Hablaba en serio. —Su voz se volvió grave—. Ese tipo

te desea... aunque no tengo claro si lo que desea es follarte o matarte.

Rukia se enderezó y miró a través de la ventana que tenía delante. Se

estremeció.

—Oye, Renji... Tengo que dejarte.

Silencio. Luego:

—Te ha encontrado.

Rukia siguió con la mirada el despliegue de blancos y dorados mientras

Ichigo flotaba sin esfuerzo en el exterior. Colgó el teléfono y lo dejó con mucho

cuidado sobre la mesita que había al lado del sofá.

—No pienso dejarte entrar —susurró, aunque no era posible que él la oyera.

Puedo entrar siempre que quiera.

Se quedó helada al oír su gélido tono voz.

—Joder... ¡Te he dicho que no entres en mi cabeza!

¿Por qué?

La frialdad de aquella sencilla pregunta la atravesó de lado a lado. Miyako tenía

razón: había algo diferente en Ichigo aquella noche. Y ese algo era malo, muy

malo para ella.

—¿Qué es lo que te pasa?

Nada. Estoy en estado Silente.—¿Qué coño significa eso? —Acercó poco a poco

la mano al arma que tenía a la espalda sin apartar los ojos de su rostro, que la observaba desde el otro lado

del cristal—. ¿Y por qué tus ojos están tan... fríos? —Aquella palabra otra vez.

Él extendió aún más las alas, lo que dejó al descubierto el patrón blanco y

dorado de la superficie interior. Era tan hermoso que estuvo a punto de distraerla.

—Qué listo... —dijo ella, que se concentró deliberadamente en su rostro—.

Intentas manipularme sin utilizar el control mental.

Tenías razón cuando dijiste que te necesitaba en plena forma. Si utilizo

demasiado el control mental, podría alterar tus procesos de razonamiento de

manera permanente.

—Gilipolleces —murmuró. Casi había alcanzado el arma—. Podrías

retenerme un rato, pero en el momento en que dejaras de ejercer un control

activo, sería libre.

¿Estás segura?

Resultaba extraño, pero aunque estaba aterrorizada, en aquel momento no se

sentía tan vulnerable ante la amenaza de coacción mental como de costumbre.

Cuando el arcángel se comportaba como era habitual en él, por más arrogante y

letal que fuera, existía un pulso de atracción sexual entre ellos que hacía

tambalearse sus defensas.

Sin embargo, aquel ser... aquel ser frío con la muerte en los ojos...

Su mano se cerró en torno a la empuñadura de la pistola.