No poseo os derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Jasmin Wilder. Yo solo me divierto un poco.
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Con cuidado, temerosa de que mis temblorosas manos derramen mi café, coloco mi taza sobre la mesa.
—La verdad. ¿Acerca de qué?
A pesar de su calma exterior, vi un torrente de emociones en su mirada. Él miró hacia otro lado, mirando hacia la ciudad, bebiendo su té, luciendo casualmente majestuoso en su musculosa, belleza.
—¿Recuerdas lo que te dije?
Tragué saliva. Casi se me había olvidado.
—Tienes un secreto que tiene que ver conmigo. —Me senté con la espalda recta, correcta y formal, un vano esfuerzo por mantenerme relajada—. Dijiste que cuando me lo contaras, las cosas cambiarían.
Asintió, finalmente dejando su taza sobre la mesa y mirándome. Apoyó la pantorrilla en su rodilla, echándose hacia atrás.
—Y cuando supieras, ¿qué dije que sería lo más probable que harías?
—Irme lejos. —Fue un susurro. Supongo que no voy a decirle lo que siento aún.
—Sí. —Su manzana de adán sube y baja mientras traga. Nunca lo había visto lucir tan nervioso antes—. Antes de que comience, quiero que sepas esto: Eres mía. Siempre serás mía. Y yo cuido de lo que es mío. Así que si te vas... no tendrás ninguna preocupación. Nunca más, sin importar qué. ¿Entiendes?
Su mirada exigía una respuesta, así que asentí.
—Sí. Entiendo. Pero no entiendo lo que posiblemente podrías decirme que cambiaría...
—Sólo escucha. No interrumpas. —Se inclinó hacia delante, con los codos sobre sus rodillas, y las manos cruzadas delante de él—. ¿Me reconoces, Isabella? ¿Quiero decir, lo hiciste la primera vez que me viste?
Fruncí el ceño.
—Pe-pensé que podría haberte visto antes, pero nunca he sido capaz de ubicarte. ¿Por qué?
—Conocí a tu padre. Tú y yo... nos conocimos antes. En pocas palabras. Hace siete años.
Comprensión, me golpea como una tonelada de ladrillos.
—Mi primer año de universidad. Estaba visitando a papá en su oficina. —Pensé mucho, recordando—. Siempre solo entraba en su oficina cuando iba a verlo. Desde que mis clases eran en el centro, cerca de su oficina, lo visitaba todo el tiempo, y solo entraba. Esa vez, sin embargo, su secretaria trató de detenerme. Oí voces en su oficina, voces enojadas. Entré de todos modos. Papá estaba de pie detrás de su escritorio, frente a la ventana. Y... tú. Estabas allí. En traje y corbata. Ambos lucían molestos. Sin embargo, tan pronto como papá me vio, él... cambió. Actuó como si nada estuviera mal. Y así lo hiciste tú. Esa fue la única vez que actuó como si no tuviera tiempo para mí. Él, él me dijo que volviera más tarde. —Hice una pausa, sintiendo que mi estómago caía—. Dos meses ma-más tarde, la policía lo encontró... en un aparcamiento. Muerto a tiros. Nunca encontraron a quién lo mató.
No podía respirar mientras veía los ojos de Carlisle, ahora fríos como el hielo, encontrándose con los míos. Él parpadeó dos veces.
—Yo lo hice.
Mi mundo gira, mi visión estrechándose en un túnel negro.
—¿Qu-qué? ¿Qué quieres decir? ¿Tú lo mataste? ¿Porqué... por qué dirías algo así, Carlisle? —Mis ojos arden, mi corazón late con fuerza, y náuseas se apoderan de mi estómago.
Parpadeó de nuevo, pero nunca apartó su mirada de mí.
—Es cierto. Lo siento, Isabella. Fue... fue en defensa propia.
Sacudo mi cabeza.
—No. No. Eso no tiene ningún sentido. ¿Defensa propia? ¿Quieres decir, que mi papá trató de matarte a ti? ¿Por qué? No-no entiendo de lo que estás hablando, Carlisle.
Se levantó bruscamente, inclinándose sobre la barandilla.
—Fue un negocio que salió mal. —Su voz era lenta, su usualmente leve acento Inglés ahora era notable—. Era joven entonces. Empezando aquí, en Nueva York. Había tenido varios negocios exitosos en el extranjero, como ya te he dicho. Pesca comercial, bienes raíces, empresas de tecnología. Y un negocio que no era... por encima de todo, honesto. Pero fue lo que me dio más dinero, por desgracia.
—¿Menos honesto? ¿Cómo... drogas? —Tenía que preguntar, aunque sólo sea para distraerme de lo que acababa de confesarme.
Negó con su cabeza.
—Negocio de Armas. Me metí en eso por accidente, en realidad, pero era bueno en eso. Era peligroso, pero yo era joven y arrogante y creía que era invencible. Después de eso, un trato no terminó bien para mí, y casi me matan. Así que vendí mis acciones poco a poco y vine a Nueva York, decidido a conseguir otro negocio más legítimo aquí. Así que lo hice. Bienes raíces de nuevo, para establecer un capital, y luego compré una compañía tecnológica que estaba trastabillando. Hice que esa compañía se vendiera, e hice lo mismo otra vez. Haciendo con cada una, una fortuna. Eso se convirtió en mi negocio. Comprar una empresa pequeña, quebrar y vender. Una práctica bastante común, de verdad. La mayoría se iban a pique de todos modos, así que no era como si fuera un tiburón que tomaba todo. Era despiadado, pero eran negocios. Y traté de hacerles la vista gorda a los empleados, con indemnizaciones generosas y cosas similares para los que perderían su trabajo. Algunos discutieron conmigo, por supuesto, pensando que podrían salvar sus empresas por su cuenta. Tu padre era uno de esos. Él tenía un negocio con éxito en el suministro de piezas de automóviles para los Tres Grandes. Por supuesto, que también tenía sus dedos en otros negocios, cosas alrededor de la ciudad, oportunidades aquí y allá. Tenía todo un largo alcance, a pesar de la pequeña apariencia externa de su empresa. Todo lo que vi fue otra oportunidad. Había tres nuevas empresas que vendrían después, y mi plan era unir a todos bajo mi paraguas. Habría hecho un paquete. Tu padre era la clave para todo. Su negocio era la pieza clave de todo el asunto. Tenía la mejor red de contactos y la línea más fuerte en los Tres Grandes. Sin él, las otras dos compañías se derrumbarían. Lo necesitaba para mantenerlas juntas. Tu padre, era un maldito hombre de negocios inteligente. —Carlisle hizo una pausa, su agarre torcía la barandilla por la agitación—. Él me vio llegar desde una milla de distancia y estaba luchando para verme partir. Había construido su empresa desde cero, y él no estaba dispuesto a perderla, no por un hambriento joven punk. Esas fueron sus palabras, ya sabes. Eso era lo que me estaba gritando justo antes de que entraras en ese día. "He trabajado muy duro para perderla por un maldito joven punk hambriento como tú, Carlisle." —Su voz baja, y sonó extrañamente como mi padre, hasta el ligero roce de sus años de fumar antes de que yo naciera. Carlisle continuó—: Era sólo un negocio. Además, estaba pensando dejarlo a cargo de una empresa mucho más grande. Aumento de sueldo, mejores beneficios, una oficina más grande. Él no quería eso. Quería lo que era suyo, lo que había trabajado por construir. Respetaba eso, realmente lo hacía, pero no iba a dejar que eso me detuviera. Y no estaba demás usar algunas tácticas para llegar a mi meta. Vine de Europa, recuerdas, donde los sobornos y la coacción eran comunes, sobre todo en los países del bloque del Este, en donde hice la mayor parte de mis negocios.
Hizo otra pausa, girándose para agarrar su taza y tomar un sorbo de lo que ya debía ser té frío. Quería detenerlo, decirle que no quería oír nada más. No le creía. No era verdad. No podía ser. ¿Él hombre que amaba había asesinado a mi padre? De ninguna manera.
Dejó la taza en la mesa y se apoyó en la barandilla, se veía poderoso con los brazos cruzados sobre su pecho.
—Hice algunas investigaciones. Descubrí algunas cosas sobre tu padre que no debían salir a la luz. —No quería escuchar nada más, pero era incapaz de detener el torrente de palabras que salían de él—. Era un buen hombre, Isabella. Un buen padre. Pero era un hombre de negocios despiadado. Y tenía su mano en algunas cosas desagradables. Una red de prostitución. Lujosas escoltas en los casinos, ese tipo de cosas.
Sacudo mi cabeza, haciendo caso omiso de los "que tal sí" que rebotaban en mi cabeza.
—¿Qué? No, Carlisle. Estás equivocado. Mi padre vendía autopartes. Él no tenía nada que ver con la prostitución...
Carlisle suspiró, sin apartar la vista de mí, dejándome ver la sinceridad en sus ojos tristes.
—Lo siento, Isabella. No te diría estas revelaciones si pudiera. Tengo pruebas, si realmente las quieres. Las mismas pruebas que use para obligar a tu padre a vender. Él te amaba, sé que lo hacía. Incluso amaba a su esposa, en una extraña manera. Era el tipo de hombre que podía convivir con los diferentes aspectos de su vida. Nadie sabía que tenía un negocio de prostitución. Nadie. Ni siquiera sus amigos más cercanos y miembros de la junta. Y por supuesto, no su familia.
Me puse de pie, me alejé, la ira hervía dentro de mí, la confusión, la incertidumbre aplastándome.
—Él lo hizo, ¿no? Quiero decir... nos amó. A mamá y Alec y yo. Él era... fiel, ¿cierto? —¿Por qué era incluso importante? Estaba muerto. Debido a Carlisle. Debido a mi Carlisle.
Carlisle estuvo en silencio por un momento.
—Lo siento mucho. Me gustaría poder decirte lo que quieres oír. Pero esa simplemente no es la verdad. Como dije, era un buen padre. Él cuidó de ustedes. Vi eso. Su mayor preocupación cuando me acerqué a él eran ustedes, que nada de esto les afectara. ¿Pero fue maritalmente fiel? No. Él, bueno, eso no es lo importante. Había otros vínculos clandestinos. Susurros de tráfico de drogas, conexiones con consorcios sudamericanos. Nada fue alguna vez verificado, pero fue suficiente para darme influencia sobre él. Algunas fotos de él con sus prostitutas, algunos libros de contabilidad que había conseguido apoderarme de gente dispuesta a delatarlo por dinero. Se desesperó. Él hizo su propia investigación. Descubrió algunas cosas acerca de mí, de mis conexiones con el negocio de armas cuando era joven. Nada lo suficientemente sustancial como para realmente dañarme, pero lo suficiente como para dejar claro que estaba dispuesto a jugar sucio. Así que filtré parte de la información sobre su red de prostitución a las fuentes correctas... la pista fue rastreada, y él apenas evitó la incriminación directa. Sin embargo, fue suficiente. Las autoridades estaban husmeando a su alrededor, lo que lo ponía nervioso. La cosa era, que él sabía que tenía el poder para hacer que se fueran. Era una pequeña red, lucrativo para él, pero pequeña a escala nacional. Unos sobornos bien colocados, y la presión se iría. Sólo vende, le dije. Firma la fusión.
Me aleje de él, mis brazos estaban cruzados sobre mi pecho, lágrimas ardiendo en mis ojos. Las retuve, pero solo por poco.
—¡Estás mintiendo! Estás inventando esto. Su... suena como una estúpida novela de suspenso. Mi padre vendía autopartes.
Carlisle se movió detrás de mí.
—¿Por qué inventaría esto, Isabella? ¿Por qué te diría esto si no fuera verdad?
Sacudí mi cabeza, mi cabello balanceándose por mi espalda.
—No, no lo sé. Estás loco. Todo esto es algún juego.
Sus manos se posaron sobre mis hombros, y, por primera vez desde que nos conocimos, me tensé, me estremecí, y me alejé de él. Suspiró, pero me dio mi espacio.
—Todo es verdad, Isabella. Lo siento. No haría algo así. No podría.
Me di la vuelta, realmente enfadada.
—¿Así que lo mataste? ¿Porque él no vendería?
Carlisle sacudió su cabeza.
—No. No fue así. No lo fue. Eso no me habría ayudado, por un lado. Lo necesitaba para hacer funcionar las cosas en Detroit. Matarlo no habría servido de nada. Y, más importante, no soy así.
—Fuiste un traficante de armas—dije—. Un criminal. ¿Por qué diablos debo creer algo de lo que dices? ¿Cómo sé que no eres un asesino? ¿Cómo sé que no has matado a docenas de personas?
Carlisle gimió.
—No, Isabella. Eso fue sólo un negocio. Era un negocio. Vendí cajas de armas a los hombres que las querían. Eso fue todo. Era aburrido, la mayor parte del tiempo. Siempre, intercambiar un camión lleno de cajas por una maleta llena de dinero en efectivo. Ir a casa y emborracharme. Sencillo. No era... algún tipo de criminal peligroso, Isabella. No lo era entonces, y no lo soy ahora. Fue un estúpido negocio en el que empecé, me doy cuenta ahora, pero estaba solo en el mundo entonces, tratando de salir adelante, y... una oportunidad lucrativa llevó a la otra, y entonces estaba en ella y hacía dinero a manos llenas. No iba por ahí disparando a la gente como una especie de villano de James Bond.
—¿Entonces qué pasó con mi padre? —Tenía que saberlo. No quería, pero tenía que.
Se dio la vuelta.
—Como dije, él estaba desesperando. La presión iba en aumento. Lo puse allí a propósito, sólo para conseguir que vendiera, y entonces me aseguraría de que todo desapareciera. Para otro hombre, habrían sido amenazas de fotos de él con una amante enviándoselas a su esposa y a la junta, o lo que sea que fuera necesario, motivo para vender. No tenía interés en arruinar sus vidas, sólo estaba... singularmente enfocado. Sin embargo, tu padre lo tomó como algo personal. En lugar de vender, me arrinconó en un aparcamiento. Estaba borracho o drogado o algo. No era él mismo. Tenía un arma, y estaba desesperado. Gritándome, amenazándome. Traté de calmarlo. Le dije que haría algo. Le prometí que haría que la sospecha desapareciera. Pero... no estaba escuchando. —Su voz se redujo a un susurro. Tuve que esforzarme para oírlo—. Puso la pistola en mi cabeza. Dijo que me iba a matar. Vi... su dedo en el gatillo. Estaba temblando. Realmente iba a matarme. Recuerdo que traté de que siguiera hablando. Bajó el arma un poco, lo suficiente para que pudiera quitársela. Estaba tratando de dispararme. Yo sólo estaba tratando de quitar el arma de su mano. No iba a dispararle, sólo... desarmarlo. Me habían disparado una vez, y no quería repetir la experiencia. Pero él estaba... enloquecido. Entonces el arma se disparó. Pensé que sólo estaba sorprendido al principio, como, "mierda, el arma se disparó". Pero luego se quedó quieto, y sentí... algo húmedo. En mi pecho.
Apretó sus puños, se inclinó y apoyó la frente en la barandilla. Por último, se enderezó, tomando una bocanada de aire.
—Mierda. Nunca he hablado de esto con nadie. —Sus ojos se encontraron con los míos. Azules como el cielo de invierno, serios, un poco temerosos, incluso. Sin embargo, su voz surgió tan fuerte y controlada como siempre. —Lo empujé lejos de mí, y él estaba sangrando. Dios. Había sangre por todas partes. Ni siquiera sé cómo sucedió. Estábamos luchando por el arma, y entonces, sólo paso. La bala, por algún extraño accidente, lo golpeó justo en el corazón. Estuvo muerto en cuestión de segundos. —Carlisle tomó aire y lo dejó escapar, alejándose de mí, manos entrelazadas en su cabello—. Debería haberle dicho algo a alguien. Quiero decir, fue un accidente. Pero entonces hubiera habido una investigación, y mientras mi negocio era totalmente legal y legítimo, tenía cosas en mi pasado que no quería que salieran. La coacción a tu padre no se habría visto bien, tampoco. Así que... supongo que me asusté un poco. Lo dejé allí, me dirigí al piso de arriba. El garaje estaba en el sótano de un edificio en el que había alquilado un penthouse. Así que fui arriba, me cambié, y luego me deshice de la ropa. No había constancia de mi estancia en ese penthouse, como conocía al propietario y estaba simplemente subarrendando por dinero en efectivo. No había cámaras, ni registros, y mi amigo no hablaría. Así que empaqué y desaparecí. Me aseguré de que la sospecha que rodeaba a tu padre desapareciera, y para cuando se encontró su cuerpo, parecía un robo que salió mal.
—Eso es lo que dijeron. La policía. Un robo que salió mal. Las cosas no encajaban, sin embargo. Era un aparcamiento vigilado, pero no había ninguna prueba de lo contrario, por lo que cerraron el caso después de un tiempo. No había un arma, no había testigos, no encontraron a nadie que tuviera un motivo. —Miré a Carlisle. La imagen de él se mostraba borrosa mientras lagrimas aparecieron—. No sé qué pensar. Que tengo que creer. Cómo sentirme.
—No imagino cómo te sientes. —Carlisle dio un paso vacilante hacia mí—. Lo siento mucho, Isabella. Fue un accidente. Nunca quise que sucediera. Después de ese momento en que nos conocimos, brevemente, en la oficina de tu padre... no podía dejar de pensar en ti. Eras tan hermosa. Me dejaste sin aliento, incluso entonces. Seguí tratando de encontrar una manera de conocerte, pero nada ocurrió...No podía solo acercarme de la nada, no con el trato que había tenido con tu padre. Y... cuando se trataba de mujeres tú estabas lejos de las que estaba acostumbrado. Estaba acostumbrado a tomar a las mujeres que quería por una noche y fin. Las mujeres eran siempre abundantes en mi vida, y nunca tuve que preocuparme por impresionarlas o conseguir sus números o cualquiera de esos juegos que siempre una chica en tu posición estaba acostumbrada. Tomaba lo que quería, y eso era todo. Pero sabía, que tú no eras ese tipo de chica. No podía meterte en mi cama y desecharte cuando terminara. Y luego pasó el accidente con tu padre. Él sólo tenía una pequeña póliza de seguro de vida en el momento de su muerte, no lo suficiente para hacer una diferencia para ti, tu madre y hermano. Unos cientos de miles de dólares desembolsados, si quiera eso. No recuerdo exactamente cuánto.
Sacudí mi cabeza de nuevo.
—No, mira, él tenía una gran póliza. Más de un millón de dólares.
Carlisle se frotó la mejilla.
—No, cariño. Subí la póliza después de su muerte. Desde el interior. Me aseguré de que hubiera lo suficiente para ayudar, pero no tanto como para que sospecharan.
Tropecé hacia atrás, con lágrimas de conmoción.
—¿Tú aumentaste el montó? ¿Por qué?
—Para ver que fueran atendidos. Les eché un ojo, después del funeral. Sólo para verte a ti. Tu madre estaba... mal. Tu hermano era sólo un niño. Maldita sea, Isabella, tú eras sólo una niña, de apenas diecinueve años, pero fuiste la única capaz de cuidar de las cosas. Así que subí la cantidad del montó. Pagué por algunas de sus deudas. Él no los había dejado bien financieramente. Diez mil en crédito de la tarjeta de débito. Una hipoteca masiva. Tres pagos de autos. No hubiera quedado nada de la póliza en el momento en que hubieras liquidado todo. Así que hice algunos arreglos.
Mi memoria de esa época era nebulosa, pero traté de recordar. Había sido una niña protegida. Había crecido en un suburbio agradable, todo me lo habían dado. No era rica, pero vivía cómodamente. Nunca había pagado una factura en mi vida. Y después de que papá murió, mamá se fue en picada, así que todo cayó sobre mis hombros. Ni siquiera sabía por dónde empezar. Mamá no ayudaba, escondida en su habitación y bebiendo, rompiendo muebles, haciéndose daño. Perdiendo su maldita mente. Las deudas seguían llegando, y no sabía qué hacer, cómo pagarlas. Así que tomé las tarjetas y la chequera de mamá y empecé a pagarles. Falsificando su firma. Una vez, cuando estaba en agonía de algún delirio paranoico, conseguí que me dijera sus números de PIN de las tarjetas y las del banco para que pudiera ver la cantidad de dinero que teníamos. Había muy poco, recuerdo. A primera vista, un saldo de la cuenta de quince mil dólares parecía un montón, pero luego empecé a sumar los pagos de los autos y el pago de la casa y todo lo demás, y me di cuenta que no iba a alcanzar. Y entonces recordé conseguir algo de la póliza de seguro. Había buscado a través de la oficina de papá hasta que encontré el número de su abogado, Marco Vulturi. Marco fue quien me ayudó a ordenar las cosas. Era un hombre viejo y bondadoso, y él me enseñó mucho sobre el cuidado de mí misma financieramente. Me aconsejó poner a mamá en un hogar. Me ayudó a vender la casa y a mudarme a un apartamento con Alec, me ayudó a conseguir la custodia legal de Alec para que pudiera cuidar de él.
Pero ahora, pensado a través de lo que Carlisle me estaba diciendo, me di cuenta de que las cosas no cuadraban. La casa la había vendido en cuestión de días, pero recordé que la casa de enfrente, que era más grande y más nueva, pasó sin venderse durante meses. Las cuentas de repente dejaron de venir, y nunca lo cuestioné, estaba demasiado estresada para darme cuenta, sólo lo agradecía. Él había "suavizado las cosas". Y nunca me di cuenta de ello.
Los autos. Jesús. Él había pagado totalmente los coches, y yo no lo había notado. Había tenido los pagos de los coches, tres: el de mamá, papá y el mío. Recordé las cuentas entrando y tan rápido sumándose. Pero luego pasó el funeral y había tenido que poner a mamá en un hogar, había tenido que conseguir la tutela de Alec para poder inscribirlo y que fuera a la escuela, llevarlo al médico, mierda, yo había tenido que aprender hacer de todo. Todas las cosas que vienen con ser adulto cayeron en mí a la misma vez. Y una vez que había logrado entender ese tipo de cosas, había tenido que vender la casa. Y para el momento que estaba hecho, Alec y yo nos habíamos mudado a un apartamento de dos habitaciones, las facturas de los coches simplemente habían desaparecido. Había conseguido la ayuda de Marco vendiendo los coches a excepción del mío, un Honda Civic de dos puertas, el mismo que todavía estaba conduciendo. Necesitaría el dinero que había recibido del de mamá y papá, un Lincoln MKZ y un Mercedes, respectivamente. Quería mantener el de papá, obviamente, ya que era un coche muy bonito, pero Marco me convenció de lo poco práctico que era. Así que vendí los inasequibles autos y conserve el práctico y nunca cuestioné que había pasado con las deudas pendientes de ellos.
—¿Le pagaste a Marco? —pregunté.
Carlisle sacudió su cabeza.
—No, nunca contacté con Marco. Fue contratado por tu padre, por si acaso. Marco no estaba involucrado en los asuntos de día a día de Charlie. Aunque, sé que te ayudo.
Asentí.
—Él fue invaluable los primeros días después de la muerte de papá. Yo no sabía lo que estaba haciendo. Me ayudó a descubrir un montón de cosas. —Dejé escapar un suspiro—. ¿Qué pasó con la casa? ¿Echaste una mano para conseguir que se vendiera?
Carlisle se encogió de hombros.
—Sí, por supuesto. El mercado era horrendo en aquel momento. Nunca la habrías vendido. Así que la compré. A través de una serie de frentes, por supuesto.
Parpadeé hacia él en shock.
—¿Tú la compraste? —No habrías pensado que pudiera estar más sorprendida en este punto, pero los shocks seguían viniendo.
—Sí. Y después la revendí por un precio ridículamente bajo a un empleado mío. —Carlisle se dejó caer en la silla—. ¿Esos detalles realmente importan en este momento, Isabella?
Sacudí mi cabeza y me alejé, cruzando los brazos sobre mi estómago. Me sentía entumecida. Conmocionada. No estaba segura de que creer, que pensar. ¿Podría incluso creerle? Mi instinto me decía que estaba diciendo la verdad. ¿Pero qué significaba eso para mí?
—¿Así que por eso me estabas observando? —le dije, después de un largo silencio. Fue lo único que se me ocurrió preguntar. Demasiados pensamientos estaban compitiendo por un espacio en mi cabeza.
—Sí. No conseguía sacarte de mi cabeza. Después de que suavizara tu situación financiera, regresé a Nueva York y seguí con mis negocios. Había hecho lo que podía y más de lo que nadie podía esperar, probablemente. Pero no podía dejar de pensar en ti. Así que te comprobé un par de veces. Parecías estar haciéndolo bien, entender las cosas. Eso era todo al principio: comprobarte. Eso era todo lo que siempre quise que fuera. Y entonces contraté a Felix. Las cosas realmente fueron mejorando para mí, mí negocio cada vez era más y más grande, así que no tuve tiempo de ir personalmente a Detroit y comprobarte. Envié a Felix. Le dije que no hiciera contacto bajo ninguna circunstancia y se asegurara que nunca sospecharas que estabas siendo vigilada. No quería intimidarte, pero me sentía responsable de ti. Fue mi culpa, la muerte de tu padre y todas las consecuencias de eso. No podía dejarte sola afrontándolo. Pero sabía que si supieras... quien era, lo que había hecho... nunca me habrías hablado. Y no sabía cómo fingir un encuentro casual. Mientras pasaban los años, se convirtió en... un poco de obsesión, supongo. Asegurarme de que estabas bien. Mantenerte a salvo. Pero no permitiéndome interferir demasiado. Le dije a Felix que mantuviera los ojos en ti, para mantenerte a salvo. Y lo hizo. Una vez al mes, él viajaba a Detroit y pasaba una semana comprobándote, revisando tus asuntos, asegurándose que estabas bien. —Tragó saliva, la mirada fija en el horizonte. —Luego se agotó el dinero del seguro y no sabía qué hacer. Esperaba que estuvieras bien por tu cuenta. Porque... sabía que, si te metías en problemas, estaría obligado a ayudarte. Habías tomado tanto tiempo fuera de la escuela sólo para cuidar de Alec, trabajando durante el día para complementar el dinero del seguro y cuidando de tu madre... cuidando a todo al mundo, excepto a ti misma. Ahora deberías tener una carrera. Una familia, tal vez. Pero no las tienes, por mi culpa. Fue un accidente y lo sé, pero si no hubiera intentado forzar la mano de tu padre... —Sacudió su cabeza—. Cambié mis tácticas después de eso. Desplazado a desarrollar mí negocio de tecnología, además de inversiones y capital emprendedor y cosas similares. Nunca tomé otra empresa después de eso. No como lo había hecho, de todos modos. Sigo comprando empresas y haciendo fusiones, pero sólo cuando el acuerdo pasa... naturalmente.
—Entonces mi vida se volvió desesperada... —reitero. Necesitaba saber cómo había llegado aquí. Lo que este... individuo era. Lo que él quería de mí.
Asintió.
—Entonces tu vida se volvió desesperada. Me quedé fuera, tanto como podía. Pero me quedó claro que estabas al borde, por así decirlo y descubrí a través de diversas fuentes que estabas a punto de ser despedida... pensé en simplemente hacer que te dieran trabajo, pero sólo habría arreglado las cosas temporalmente. Así que te envié el primer cheque. Esperaba... estúpidamente, tal vez, que sólo estarías... de alguna manera bien. Pero no lo estabas. Las cosas se fueron acumulando mucho y no parecías salir adelante. E incluso si hubieras logrado tu meta profesional, eso no resolvería tus problemas financieros. Así que seguí enviando los cheques. Y cuanto más te miraba, cuanto más hojeaba las fotos que Felix me enviaba... más me sentía como si sólo... tuviera que conocerte. Tuve que hacerlo. Ya no podía fingir que simplemente te estaba ayudando. Así que envié a Felix para...
—Recogerme. —Terminé por él.
Asintió, sus dedos apretados frente a su cara.
—Y siempre supe que éste día llegaría. Que tendría que decírtelo. Y ahora lo he hecho.
Parpadeé. El entumecimiento se estaba disipando y la realidad me estaba golpeando: Carlisle fue el responsable de la muerte de papá. Había sufrido durante años sólo sobreviviendo, a causa de él. Debido a un negocio. Casi me había muerto de hambre y él sólo se había sentado, esperando "que estuviera bien por mi cuenta". Él había matado a mi padre. Carlisle mató a mi padre. Un accidente. Defensa propia. Papá estaba muerto y Carlisle accidentalmente o intencionalmente, había causado su muerte.
—Necesito, necesito pensar. Necesito espacio. —Me giré hacia Carlisle, tirando de los extremos de mi bata uniéndola, luchando por evitar perder el control totalmente—. No sé nada más. Esto... lo cambia todo. Como dijiste que lo haría.
Carlisle dio un paso hacia mí, y luego otro, lo suficientemente cerca para que pudiera oler nuestro sexo aún en él, olerme en él todavía, mientras miraba sus ojos azules tumultuosos, su pecho era una fuerte pared delante de mí, sus manos en mi cintura.
—Isabella...
Golpeé mi puño en su pecho, alejándome de él.
—Lo mataste.
—No. Fue un accidente —insistió tranquilamente.
—¡Lo mataste! —grité, retrocediendo—. ¡Aún está muerto y es tu culpa!
No se inmutó.
—Sí.
—¿Cómo... cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué me trajiste aquí? ¿Por qué éste juego? ¿Por qué... —Sacudí mi cabeza. Todo dentro de mí estaba retorcido, aturdido y confundido. Mis sentimientos por él permanecían, pero ahora estaban compitiendo con otras mil emociones que no podía resolver aún—. ¿Por qué, Carlisle? ¿Porque? ¿Por qué simplemente no pudiste... dejarme en paz? ¿Dejarme morir de hambre? ¿Dejarme a tientas a lo largo de mi vida de mierda? Nunca te hubiera conocido. No habría sabido de ti... nada de esto —Hago un gesto hacia el dormitorio—, habría ocurrido. Estoy tan... ¡Tan jodidamente confundida, Carlisle!
Dio un paso hacia mí.
—Isabella, por favor. Te traje aquí porque... te deseaba. Tenía que conocerte. Me dije que sólo sería por un tiempo. Sólo para... ver cómo iban las cosas. Te tuve con los ojos vendados para que no me reconocieras, así podría establecer una conexión antes de que unieras las cosas. Y entonces... La primera vez que te vi, de pie en mi vestíbulo, asustada, pero tan valiente, determinada. Impetuosa. Supe, en ese momento, que eras mía. No quise que nada de esto pasara.
—¿Nada de qué? —Levanté la vista hacia él. Estaba a segundos de salir corriendo, pero tenía que saber a qué se refería.
—Nada de eso. —Señaló la cama, como yo lo había hecho—. Eso fue algo... hermoso. Algo milagroso e increíble. Nunca esperé eso. —Tomó mi rostro. Manos ásperas, ojos centellantes. Su cuerpo cerca, fuerte y enorme—. Nunca esperé enamorarme de ti, Isabella Swan. Pero lo he hecho.
Salí de su agarre, tropezando hacia atrás, ahora lágrimas cayendo.
—¡Maldita sea Carlisle! ¿Ahora me lo dices? Ahora que... dios, Jesús. ¡MIERDA! —Giro en círculos, emociones explotando, deseo por Carlisle compitiendo con el amor por Carlisle, ambos en guerra con mi ira por el hombre que había matado a mi padre, aunque accidentalmente, confundida sobre qué hacer, qué pensar, qué decir, qué sentir, a dónde ir—. Tengo... Tengo que salir de aquí. No puedo mirarte o estar cerca de ti. No y pensar con claridad.
—¿Te vas, entonces? —preguntó Carlisle.
Me atraganté con un sollozo.
—¡Mataste a mi padre, Carlisle! ¿Qué se supone que debo sentir? ¿Qué se supone que debo hacer?
—Muy bien, entonces —Se enderezó, con la espina dorsal rígida, la mandíbula apretada, ojos fríos y expresión cerrada—. Voy hacer que Felix te lleve a donde necesites ir. —Tomó su camisa del suelo y mientras salía de la habitación. Se detuvo en la puerta, se giró mientras el algodón caía para cubrir sus esculpidos abdominales. —Voy a dejarte ir, Isabella. Pero no creo que puedas conseguir estar lejos de lo que hay entre nosotros. —Sonrió, una curva severa en sus labios exuberantes—. Porque no puedes. Yo soy tu dueño.
Y entonces se había ido, la puerta cerrándose detrás de él.
Me vestí, lentamente, temblorosamente, jalando el vestido de verano pasándolo por mi espalda. Hui a mi habitación, empaqué mis cosas en las maletas. Me negué a ver la habitación a mi alrededor, a pensar en nada excepto en mi próximo aliento, mi siguiente paso. Tomé sólo lo que en realidad era mío... de antes. Después de que todo estuvo empacado, tomé una ducha, obligándome a que fuera breve y eficiente. Quería irme. Quería convencerme de no irme, de quedarme, no estaba segura de cual era verdad. Necesitaba irme, pero una parte de mi quería quedarse. Parte de mí sabía que yo nunca, nunca, encontraría algo como lo que tenía con Carlisle. Había conseguido una probada de él, de su mundo y no quería dejarlo.
Era más que una casa lujosa, un conjunto de habitaciones con la mejor ropa, era más que los coches de lujos y vuelos en helicóptero privado hacia la opera. Era más, incluso, que el sexo. Y el sexo era malditamente alucinante-fuera-de-éste-mundo increíble. Era Carlisle. Nunca había conocido a un hombre como él antes y sabía que nunca lo haría otra vez. Así que, sí, quería quedarme.
Pero el hecho es que seguía siendo él que estaba involucrado con la muerte de mi padre y el posterior desmoronamiento de mi vida. Y no sabía cómo lidiar con eso. Ni siquiera un poco.
Una sobrecarga emocional brotaba dentro de mí, ahogándome, haciéndome más difícil ver, respirar, llevar a cabo las funciones más básicas. Todo lo que quería hacer era colapsar en el suelo y sollozar, pero no podía. No aquí. No con él todavía alrededor. Así que empaqué, me duché, me vestí con un viejo par de vaqueros descoloridos y una camiseta de la WSU, junté mi cabello con una coleta húmeda y arrastré mis maletas hacía el vestíbulo.
Felix estaba esperando, también Sue. Casi lloré cuando vi la expresión triste de Eliza.
—Señorita Isabella —dijo—. Él es un buen hombre. Trate de recordar eso. Y creo que... él nunca se preocupará por alguien de la forma en que veo que se preocupa por usted.
Me atraganté.
—Tengo que irme, Eliza.
—Lo sé. Veo eso. Estará sólo aquí sin usted. —Giró sobre sus talones y se alejó.
Felix tomó mis maletas y se dirigió hacia el estacionamiento, en silencio todo el camino. No fue hasta que estaba sentada en la parte trasera del Mercedes en camino al aeropuerto que Felix dijo algo.
—Nunca lo he visto tratar a alguien en la forma en que lo hizo con usted.
Me encogí de hombros.
—Lo creo. —Encontré sus ojos en el espejo retrovisor—. ¿Lo sabías?
Felix sacudió su cabeza.
—No sé los detalles. Tengo mis sospechas en cuanto a... la naturaleza de su interés por usted. Cómo ocurrió, quiero decir. Respecto a... su padre. Pero él nunca habló de eso y no es mi lugar preguntar.
Sólo asentí y cayó un silencio el resto del camino al aeropuerto. Mi mente estaba corriendo, clamando mil pensamientos distorsionados y discordantes, emociones rebuscando a través de mí, una tras otra y todo lo que podía hacer era mantener la calma y coherencia.
En el aeropuerto, Felix se estacionó cerca de un hangar. Dentro había un pequeño jet privado, no el mismo en que habíamos volado. Cargó mis cosas al jet él mismo, tuvo un breve intercambio con un técnico de algún tipo y luego me condujo a la cabina del jet. Tomó el asiento del piloto y pasó por el proceso de verificación de un plan de vuelo y preparó el avión.
Me senté en una de las profundas y lujosas sillas, abrochándome y esperando, pensamientos y emociones girando. Finalmente salimos, aunque apenas me di cuenta. No había azafata, ni champagne. Sin venda de ojos esperándome al otro lado. ¿Qué me esperaba cuando aterrizáramos? No lo sabía.
El vuelo pasó en un borrón sin fin, minutos arrastrándose como días, sin embargo, las horas revoloteando en un santiamén. Otro Mercedes estaba, inexplicablemente, esperando en la pista cuando llegamos. Felix llevó mi equipaje desde el avión al coche y aun, en silencio, condujo.
—¿A dónde, señorita Swan?
—Leah. —Era todo en lo que podía pensar. Ni siquiera me molesté en preguntar si sabía dónde vivía ella.
Pero por supuesto lo hacía. Había alejado hacia una falsa insensibilidad. Todo seguía allí, turbio en el fondo, pero me las había arreglado hasta que supe que estaba a salvo de tener depresión nerviosa.
Llamé a la puerta de Leah a las seis de la tarde, Felix de pie detrás de mí, sosteniendo mis maletas. Ella abrió la puerta, me vio y se puso a llorar.
—¡Isabella! ¡Estás en casa! —Me jaló en un abrazo, luego se alejó, examinando mi rostro—. Oh, mierda. Esto no es bueno.
—No... —La palabra apenas audible, abundantes, escasas lagrimas conteniéndose.
—Deme eso —dijo ella tomando las maletas de Felix.
Felix hizo una pausa.
—¿Necesita algo más de mí, señorita Swan?
Sacudí mi cabeza.
—Gracias, Felix. —Logré en voz firme.
Él asintió con la cabeza, bajó los escalones y luego volteó.
—¿Isabella? Dele una oportunidad. Si puede. —Era la primera vez que usaba mi nombre de pila.
No podía responder, sólo asentí y lo observé irse. Leah me llevó adentro, me dejó en el sofá y se sentó a mí lado.
—¿Qué sucedió, Bells?
Sólo sacudí mi cabeza, con el corazón en la garganta, lágrimas ardiendo en mis ojos. Al final, no pude contenerlas por más tiempo. Rompí en llanto y ellas no se detuvieron hasta quedarme dormida. Los sollozos vinieron largos, fuerte e implacables, cediendo momentáneamente, sólo para comenzar de nuevo, arruinándome hora tras hora.
Leah se acurrucó conmigo en el sofá, sosteniéndome como sólo una amiga puede, sin hacer preguntas, sólo dejándome llorar, dejándome dormir.
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¡QUE FUERTE! ¿Qué opinan de la confesión? El capítulo estuvo reintenso jajaja pero bueno, como les dije en mi grupo de Facebook (Twilight Over The Moon), hoy estaré dedicada a actualizar las historias y a ocuparme de editar mis caps n.n así verán mucho movimiento hoy jeje No se olviden de dejar un lindo comentario.
¡Nos leemos pronto!
