XI.

Me había pasado la noche dando vueltas. Me levanté varias veces a ver si Adele seguía durmiendo o tenía que comer. Al final, decidí leer un poco más de mi novela de Agatha Christie. No quería coger por enésima vez el móvil de Sam. No encontré nada y me estaba recordando a esas mujeres inseguras que les registran el móvil a sus parejas para quedarse tranquilas. Sé que esto no es lo mismo, pero no puedo evitar sentirme así.

Por más que lo revisara, no veía ningún mensaje sospechoso, ni tenía ningún contacto con el nombre de J&M. Claro que, lo más seguro es que, de tenerlo, tendría el nombre de la persona en cuestión. Pero no iba a ponerme a llamar a todos los contactos que no me sonaran de algo para ver si ellos tenían una empresa llamada J&M Asociados. Si ya de por sí me tienen como una rarita, con esto ya sería el colmo.

Me quedé dormida a eso de las tres de la mañana, con el libro en la mano. Me desperté con el llanto de Adele. Era su hora de desayunar, por lo que me levanté, me eché un poco de agua en la cara para despejarme —estaba pegajosa— y me dirigí al dormitorio de mi hija.

Mientras desayunaba, llamé a Holly. No sé qué camarera simpática y encantadora era de la que hablaba la persona de la carta, pero tenía la corazonada de que pudiera ser ella. Marqué su número algo nerviosa, porque tal vez no me dijera nada que me pudiera ayudar.

Sookie —contestó Holly al tercer tono; se notaba que llevaba rato despierta, porque su voz sonaba fresca—, ¿qué tal? ¿va todo bien?

—Sí, sí, no es nada. ¿Cómo vais por ahí?

Pues Hoyt adelantó a hoy sus vacaciones y estamos algo liados haciendo las maletas. Tengo a Cody dando tumbos por toda la casa un poco histérico, así que ya te puedes imaginar.

—Eso es maravilloso. Espero que os lo paséis muy bien. Mándame fotos de todo.

Lo haré. —Hizo una breve pausa antes de continuar—: ahora es cuando me dices para qué me has llamado. Sé que no es solo para preguntarme cómo estoy.

—Me conoces bien.

Muchos años ya, Sookie —dijo entre risas.

—Está bien. Iré al grano: ayer vino Alcide a casa a entregarme algunas cosas que estaban en el coche de Sam. Y entre ellas, había una carta con una nota dentro. En ella, decía que había estado en el bar y que le atendió una chica encantadora. Me preguntaba si esa chica serías tú…

Pues tal vez. ¿Qué más decía la nota?

—Que se la entregaba porque él no estaba. ¿Recuerdas si alguien te dio un sobre o algo?

Déjame pensar… —Hubo un breve silencio antes de responder—: sí, hará unas tres semanas, vino un hombre que se tomó un gin-tonic. Iba muy bien vestido, y me sorprendió un poco, porque ya sabes que no solemos tener muchos clientes así, pero bueno, se le notaba que no era de por aquí. Luego me preguntó por Sam y, cuando le dije que no estaba, sacó un papel y un sobre, me pidió un bolígrafo y escribió algo y me lo entregó. También le metió algo más, pero no sé qué era porque no miré mientras escribía. Creo que era dinero, porque el sobre estaba bastante más grueso, pero no sé si era eso o no. No hablamos mucho más, porque se marchó enseguida.

—¿Y dices que no era de por aquí?

No. O al menos no me suena de haberlo visto por Bon Temps.

—¿Podría ser de Shreveport?

Quizá, pero no estoy segura. Tenía acento sureño, pero no de aquí, de Luisiana.

—¿Crees que podría ser de fuera?

Lo más seguro. No me hagas mucho caso, porque soy mala para reconocer acentos, pero juraría que no era de por aquí. Tal vez me equivoque, porque estaba algo cansada, pero es lo que parecía.

—De acuerdo. No es que sea gran cosa, pero me es suficiente.

¿Ocurre algo, Sookie?

—El papel donde escribió pertenece a J&M Asociados.

¿En serio? No me fijé en nada. Ya sabes que en estas cosas yo no me meto y mucho menos en los asuntos de Sam.

—Sí, lo sé. Y muchas gracias por todo.

Lamento no ser de mucha ayuda.

—Lo has sido más de lo que crees.

Colgué el teléfono, dándole vueltas a mi tostada y a la conversación. Así que el susodicho era de fuera de Luisiana. Le di un sorbo a mi taza de café recién hecho, miré a Adele, que me dedicó unas cuantas burbujas de baba y le sonreí.

—¿Tienes ganas de dar un paseo? —le dije guiñándole el ojo.

No tenía intención de seguir dándole más vueltas a lo de la nota. Tenía otras cosas más importantes que hacer.


Adele y yo le hicimos una visita a mi hermano. Sé que Alcide me dijo que esperase a que él hablara conmigo, pero no podía hacer eso. Era mi hermano, por mucho que me fastidiara. Al llegar a la puerta, llamé con los nudillos. La furgoneta de Jason estaba aparcada en la puerta, por lo que al menos sé que él sí que estaba. Aunque me preocupaba no ver el coche de Michele.

«Muy bien, Sookie», pensé, «a ver si has venido hasta aquí y resulta que no están en casa».

Insistí un poco, pero al no obtener respuesta, le llamé al móvil. Escuché el tono de llamada del móvil de mi hermano, por lo que, o estaba en casa, o se había dejado el teléfono. Y teniendo en cuenta que mi hermano jamás se ha olvidado su preciado móvil en casa, lo más probable era que estuviese dentro, pero no me escuchase.

Saqué de mi bolso el juego de llaves que tenía para casos de emergencia. Y esto lo era.

—¿Jason? —le llamé, una vez dentro, con Adele en su sillita—. Jason, ¿estás en casa?

Encontré a Jason durmiendo bocabajo en el sofá completamente desnudo. Olía fatal y había decenas de botellines de cerveza esturreados por todo el suelo. Casi tropecé con uno de ellos al intentar llegar hacia él. Dejé a Adele en uno de los sillones. Cogí uno de los botellines de cerveza y le eché el poco líquido que le quedaba encima de la cara de mi hermano, que se despertó de golpe.

—¡Sookie! —balbuceó somnoliento, restregándose una mano por la cara para limpiársela—. ¿Qué haces aquí?

—Me tenías preocupada y vine a ver cómo estabas.

Echó un vistazo al sillón y puso los ojos en blanco.

—Si vienes a darme la murga, puedes ahorrártela, porque ya tuve suficiente con la que me dio Alcide ayer. —masculló arrastrando las palabras al hablar; se dio la vuelta, poniéndose bocarriba, enseñándome el buen atributo Stackhouse, y se tapó los ojos con el brazo.

—Está bien. ¿Dónde está Michele?

—En casa de su madre.

—¿De visita? —Recé para que fuese cierto.

Jason me miró con un ojo abierto como si le hubiese dicho que debía comerse un excremento de calamar. Capté la amenaza silenciosa.

—Muy bien. Como no te apetece hablar del asunto, vamos a hacer una cosa: tú te tomas esto —dije, ofreciéndole un vaso de agua y una aspirina— y luego te vas a dar una ducha, mientras yo limpio un poco este desastre, ¿de acuerdo?

Jason gruñó. Se incorporó a regañadientes con la mirada fija en ninguna parte. Tenía los ojos hinchados, barba de tres días y las arrugas del sofá marcadas en la cara, pero aun así parecía que su rostro fuese tallado en mármol por los mismísimos ángeles. Dio un largo suspiro, se rascó la nuca y se levantó en dirección al cuarto de baño.

No había mucho desperdicio, pero si mi abuela levantara la cabeza, seguramente le daría un cogotazo a mi hermano para que limpiara toda aquella catástrofe. Cogí una bolsa de basura y empecé a meter los botellines y demás desperdicios.

Me puse a pensar en que deseaba que lo suyo con Michele no fuese una pelea seria. Es decir, sé que mi hermano no es fácil de tratar a veces, que se puede comportar como un niño caprichoso y estúpido, pero también sé que no es mala persona y que cuando quiere puede hacer cosas increíbles, como aprender a cuidar de un bebé sin haber tenido uno todavía. Desde que está con Michele ha cambiado mucho —para bien, quiero decir— y me apena pensar que haya ocurrido algo grave que los vaya a separar. De todas las parejas que ha tenido mi hermano, Michele es mi favorita.

Jason salió del cuarto de baño con una toalla anudada a la cintura, que no le duró mucho tiempo puesta —doy gracias al Cielo de estar más que acostumbrada a verlo desnudo, porque si no sería mucho más incómodo de lo que es—, y el pelo peinado hacia atrás. Lo único que le faltaba era afeitarse, pero al menos olía a jabón y no a boñiga de caballo como hacía un rato antes.

—He hecho café, por si quieres —anuncié, cogiendo la cafetera y sirviéndome una taza.

—Está bien —respondió sentándose en el sofá una vez que se puso la ropa interior—, pero no quiero más nada. Tengo el estómago hecho mierda ahora mismo y no me entra nada.

Permanecimos en silencio durante unos minutos más. No quería agobiarlo, por lo que fui lo más sutil que pude.

—Jason… me gustaría que hablásemos de lo de ayer… —Puso los ojos en blanco al mencionarlo.

—¿Qué es lo de ayer?

—Bueno, parecías molesto por algo.

—Si ya debes saberlo. ¿No te contó Alcide nada?

Asentí.

—Solo me dijo que hablara contigo. No me contó más.

—¿Y qué quieres saber?

—Solo qué te pasa con Michele. ¿Por qué se ha ido? He visto que se ha llevado algo de ropa de su armario.

Jason le dio un sorbo a su taza y me miró de reojo.

—No estamos pasando por nuestro mejor momento que digamos.

—Eso ya me lo imaginaba.

Dejó su taza en la mesita que había al lado del sofá y echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. Se quedó como pensativo, imagino que pensando cómo contarme aquello.

—¿Recuerdas que hace unas semanas me comentaste algo de que nos querías ayudar con lo de la inseminación artificial y eso? —Asentí, sin querer interrumpirlo—. Pues me lo estuve pensando bien y detenidamente. Así que pensé que no era tan mala idea. Lo único que no me gustaba era eso de estar escogiendo el esperma de una persona que no conocemos de nada, porque lo veo frío y eso. Por lo que me dio por pensar en que lo mejor sería que el donante fuese alguien que conociéramos bien. ¿Y quién fue el mejor candidato?

Me miró como si no necesitara de más pistas para saberlo. Y la verdad es que no las necesitaba.

—¿Hoyt?

—Afirmativo. Sé que puede resultar raro, pero si lo piensas bien, le conozco casi de toda la vida, es mi mejor amigo, es fuerte, robusto y, por qué no admitirlo, es guapo. No tanto como tú o yo, eso es difícil, pero no está nada mal. Además, sé su historial médico, no se suele enfermar casi nunca y no tiene antecedentes familiares de ninguna enfermedad extraña ni preocupante.

—Viéndolo así, entiendo que sea el mejor candidato. ¿Y qué pasó? ¿Se negó?

—Al contrario. Cuando se lo propuse, al principio le pareció una locura, pero luego me confesó que siempre quiso ayudarme con esto de alguna manera, por lo que si yo le pedía tal cosa, no tenía ningún problema. La única condición que me puso era que se lo tenía que consultar con su esposa, pero no puso objeciones al respecto.

—Sí, Holly es muy comprensiva. Ella es así siempre con todo el mundo.

—Pues cuando tuve el visto bueno de los dos, fui a contárselo a Michele. Al principio no sabía cómo iba a reaccionar, pero se lo tomó bien. No le pareció mala idea. Íbamos a ponernos manos a la obra al día siguiente, pero nos enteramos de que ella estaba embarazada, por lo que nos olvidamos del asunto.

—¿Michele está embarazada? —quise saber; Jason bajó la mirada con cierta tristeza en los ojos.

—No. Ya no.

No quise decirle lo de siempre. No, porque es algo que él siempre ha detestado oír. Y le entendía, porque con esta era la cuarta o quinta vez ya.

—Quedamos en que ella dejara el trabajo temporalmente para poder cuidarse todo lo que pudiera en este embarazo. Siempre nos pilló de imprevisto y eso, pero esta vez no tanto. Y todo estaba yendo muy bien, incluso conseguimos hacernos una primera ecografía y todo. Hasta esa noche.

—¿Qué noche?

—La noche en la que… —Jason emitió lo que me pareció un sollozo, que me conmovió.

—Está bien, cariño —le susurré, poniéndome a su lado en el sofá y dándole un abrazo.

—Todo fue muy rápido.

Le di un beso en la coronilla, mientras apoyaba su cabeza en mi brazo. Sentí una lágrima recorrer mi brazo, lo que significaba que estaba llorando.

—Es por eso por lo que me dijiste que Michele estaba… indispuesta, ¿verdad?

Jason asintió en silencio. Lo acuné entre mis brazos un poco más, antes de que se incorporara de nuevo para seguir contándome:

—Estuve unos días sin querer molestarla, para que se recuperase bien sin agobios, pero cuando al fin lo hizo, no sé, empezó a comportarse raro. Al principio pensé que era por algo que había hecho, pero… no. Yo no tenía nada que ver. Le llamó el médico para hacerse una revisión, como cada vez que nos pasa esto, y le dije de acompañarla, pero se negó. Cuando regresó me dijo que todo estaba bien y le sugerí que, cuando estuviera preparada, podríamos retomar nuestro plan con Hoyt. Le dije que podía esperar lo que me pidiera, unas semanas, unos meses, un año… No me importaba. Tenía la esperanza de que con este plan no habría errores, porque el problema siempre he sido yo y no ella. Ya no sufriríamos más. Todo saldría bien.

»Me dijo que sí, pero que no quería hablar de eso todavía, así que simplemente lo aplacé para más adelante. Lo digo en serio, no volví a sacarle el tema. Y parecía como si aquello lo tuviera tan presente que le irritó a tal punto que con nada que le dijera, se ponía insoportable. Discutía conmigo por tonterías, como por qué no había puesto los platos en el lavaplatos y cosas así. Pensé que solo sería estrés, pero era algo más.

»Su médico llamó aquí. Me dijo que la segunda prueba había salido igual que la anterior y no entendí nada. Le pregunté que a qué se refería y me contó todo.

Volvió a echarse a llorar. No quise hablar porque necesitaba tomarse su tiempo para desahogarse y yo no tenía prisa. Le froté el brazo a modo de consuelo y eso hizo que se calmara un poco.

—Algo salió mal. No entendí bien qué fue, pero… ya no hay posibilidades de que tengamos un hijo, Sookie.

—¿Qué…? —comenté al fin, aunque sin saber qué decirle; estaba en shock—. ¿Pero cómo...?

—No lo sé, me dijo algo de que estas cosas pasan a veces después de varios abortos, pero no pensé que nos pasaría a nosotros.

—Bueno, cariño, hay otros medios. Seguro que se podrá hacer algo.

—No, Sookie —dijo negando efusivamente con la cabeza—. A la gente como yo, con mi condición, no dejan a un bebé, ni un niño, ni nada, porque temen que les hagamos daño si nos transformamos. —Eso sonaba más a algo salido de un miembro de la Hermandad del Sol, pero me creía ya cualquier cosa—. Le he destrozado la vida a mi esposa, Sookie. Soy un completo monstruo.

—No, cariño, no eres un monstruo.

Volvió a sollozar y echarse a llorar. Preferí seguir en mi postura de permanecer en silencio.

—Estuvimos discutiendo porque estuvo más de una semana mintiéndome. Sé que no he sido el mejor marido del mundo, pero estoy intentando mejorar en todo lo que puedo, quiero dejar todo lo malo que hice en el pasado atrás, pero así no. No entiendo por qué me lo estuvo ocultando tantos días. Puede parecer una tontería, pero me sentó muy mal aquello. Como si yo no lo pudiera entender o qué sé yo.

—Tal vez fuese porque no sabía cómo decírtelo.

—Ni ella sabe por qué lo hizo.

—Cariño, no creo que estés siendo muy justo con ella. —Jason me miró como si lo estuviera insultando con eso—. Quiero decir, le habían dado una mala noticia, estaba intentando procesarlo y viendo cómo contártelo, pero viendo que tú estabas ilusionado con el plan de ser padres como fuese, lo más probable es que se estuviera agobiando con la idea de decepcionarte y por eso reaccionó así. ¿Has intentado hablar con ella sin discutir?

—No. Creo que estaba más disgustado por la mentira que por lo otro. Es que no es solo eso, es que encima, el otro día no paraba de llamarme para que le ayudara con Adele. Y yo no podía ir porque me pilló fuera y me volvió loco. Y después de esto me replanteo si de verdad quiso tenerlos o solo es que estaba nerviosa por todo o qué sé yo.

—Está bien. Creo que todo lo que os pasa es que estáis algo tensos y frustrados por el disgusto. Pero está claro que debéis hablar tranquilamente, sin echar nada en cara, que te conozco. ¿Estarías dispuesto a hacerlo? —Jason se encogió de hombros.

—Supongo que sí.

—¿Tanto te ha dolido como para no perdonarla?

—No. Es solo que… no sé, no me gustan las mentiras. No con ella. Se supone que nos lo contamos todo y en vez de callarme, prefirió seguir con la mentira.

—Bueno, cariño, ya sabemos que no te gustan, y vamos a suponer que la también, así que cuando habléis, házselo saber. Aunque antes de eso, debes hacerte una pregunta muy importante.

—¿Cuál?

—¿La sigues queriendo a pesar de esto?

—Sí, claro que la quiero. ¿Cómo puedes dudar de eso?

—Porque estás comportándote como un idiota por esto.

Jason bajó la mirada al suelo como cuando le regañaba mi abuela por llegar tarde a casa.

—Además —proseguí—, ¿estarías dispuesto a seguir adelante sin hijos?

Esta pregunta le pilló por sorpresa. Supongo que no se la había replanteado hasta ahora.

—Supongo que sí.

—¿La seguirías queriendo a pesar de no poder dártelos?

—Esa duda me ofende, Sookie.

—Pues entonces no te comportes como un idiota y habla con ella. Como la persona civilizada que se supone que eres.

Jason frunció el ceño. Odiaba que yo llevara siempre la razón.

—Lo que me preocupa es que ella no piense lo mismo de mí —comentó con cierto tono melancólico.

—¿Por qué dices eso?

—Porque… —Se encogió de hombros antes de seguir—: No sé. Tal vez después de todo esto ya no me vea del mismo modo y prefiera abandonarme.

Negué con la cabeza y estuve a punto de darle un manotazo en la cabeza por la idiotez que acababa de soltar.

—Pero mira que eres idiota, Jason.

—Es la verdad. Me da que todo esto es porque no sabe cómo dejarme.

—¿Se lo has preguntado?

—No. Pero es evidente.

—Solo es una suposición, no una realidad.

Jason dio un largo suspiro.

—Por cierto —comenzó a decir, imagino que para cambiar de tema, y él era experto en esto—, casi se me olvida: ayer por la tarde me llamó Calvin Norris preguntando por ti.

—¿Y eso? Si tiene mi teléfono, podría haberme llamado a mí directamente.

—Lo sé, pero tiene problemas con su teléfono y ha perdido todos los contactos. Mi número lo consiguió por un amigo que tenemos en común, que trabaja allí, en Norcross.

—¿Y qué quería?

—Darte la indemnización por lo de Sam.

Me quedé sin palabras. Ya hablé con él en su día y le dije que no era necesario, pero no se puede discutir con un cabezota como él.

—Está bien. ¿Te dijo cuándo?

—Mañana a las diez, si te viene bien.

Asentí justo cuando alguien llamó a la puerta. Jason se puso de pie y fue a abrirla.

—A lo mejor es Michele —murmuré.

—Ella lleva llaves.

—Touché.

Tras ella, había una mujer muy alta de pelo oscuro, cara redonda y grandes ojos verdes. Y tan guapa que haría dudar de su sexualidad a cualquier mujer.

—Hola, buenos días —dijo con una amplia sonrisa, tan encantadora que daba miedo—, ¿es usted Jason Stackhouse?

Jason frunció el entrecejo, preocupado.

—¿No será usted abogada matrimonial? —preguntó mi hermano, condescendiente.

—No. Perdona —continuó, sacudiendo la cabeza para empezar de nuevo—, no me he presentado. Soy Sabrina Townsend. Soy la arquitecta encargada de llevar a cabo la posada que será construida detrás del Merlotte's. Y en verdad buscaba a su hermana, Sookie Stackhouse. Me dijeron que estaría aquí.

Ni siquiera hizo falta que mi hermano me avisara, porque ya me encontraba justo detrás nada más escuchar lo de arquitecta.

—Yo soy Sookie —dije y le estreché la mano cuando me ofreció la suya.

—Encantada, Sookie —«Pero si es una mosquita muerta; a esta me la gano en seguida», le escuché al estrecharle la mano y me dejó estupefacta—. Vengo de parte del señor Northman.

—¿Eric te ha mandado a buscarme para convencerme de quitar la casa de Sam?

—¿De qué estás hablando, Sookie? —quiso saber Jason.

—Eric va a montar una posada detrás del Merlotte's, pero necesita bastante espacio, y he de deshacerme de la casa de Sam para ello.

—¿Y por qué no lo pone un poco más atrás?

—Porque quiere que esté conectada con el bar. Con eso de que ahora es mi socio, pretende que ambas cosas tengan que ver.

—¿Y qué vas a hacer?

—Le dije a Eric que me lo pensaría y que ya le diría algo, pero por lo visto es un impaciente que prefiere mandarme a alguien que esperar a que le dé una contestación.

—En verdad, él no me dijo nada de venir, esto ha sido cosa mía —comentó Sabrina.

—¿No te ha mandado?

—No. Le llamé anoche para preguntarle cuándo comenzaríamos, porque ya teníamos todos los permisos pertinentes en pie, y me dijo que estabas indecisa por lo que has comentado. Sé que es difícil, pero a veces hay que deshacerse de algunas cosas que no nos atrevemos por miedo a olvidarnos de esas personas.

Me quedé sin saber qué decirle. A decir verdad, ahora que lo pensaba, había muchas cosas de Sam que no me había atrevido a deshacerme porque… No tenía ni la menor idea. Tal vez tuviera razón.

—¿Cuándo empezarían las obras?

—La semana que viene, cuando comiencen las de las reformas del bar. Cuanto antes, mejor.

Di un largo suspiro.

—Es muy poco tiempo para pensarlo bien —opinó Jason—. ¿Estás segura de hacerlo?

Cerré los ojos un momento y luego miré a mi hermano.

—¿Tú qué harías en mi lugar?

—No lo sé. Pero me lo pensaría bien, eso sí.

—Se supone que ya me lo había pensado, pero no lo he hecho hasta ahora. He tenido otras cosas en la cabeza y no he tenido tiempo.

—Antes de que tomes cualquier decisión —interrumpió Sabrina—, he de decir que llevo muchos años en este negocio y cuando el señor Northman me llamó para hablarme de este proyecto lo acepté sin pestañear.

—¿Ya le conocías de antes? —inquirí con curiosidad.

—Sí, desde hace años. Yo fui quien diseñó su casa, aunque ahora es de su progenie, y también organicé la reforma del Fangtasia. Antes era un videoclub —me informó, como dato al azar que no le pedí.

—Está bien. Me lo pensaré detenidamente y ya veremos qué hacer.

—Si no te decides, siempre podemos mover la casa a otra parte. He visto que no tiene cimientos y no es muy grande, así que no nos llevaría más de un día trasladarla a donde nos dijeras.

—Veo que te has informado bien.

—Ese es mi trabajo.

—Pues, como ya he dicho antes, ya veré qué hago.

—Cuando te decidas —comentó mientras sacaba de su bolso una tarjeta que me ofreció—, puedes llamarme si lo deseas. —«No sé qué habrá visto Eric en esta mosquita muerta», pensó Sabrina, tan alto y claro que casi podría dudar de si lo había pensado o dicho en voz alta. «No es el tipo de chica que se fijaría él», continuó. «Debió de estar desesperado, porque otra explicación no tiene».

—Cuando me decida —le espeté de mala gana—, se lo haré saber a mi socio, el señor Northman.

Me puso de tan mal humor que le cerré la puerta en las narices.

—Mosquita muerta serás tú, palurda —murmuré entre dientes. Jason me miró entre extrañado y divertido.

—No sé si quiero saberlo… —comentó, tomando un sorbo de su café, que ya estaría frío—. Pero lo que sí sé es que lo de Eric es un poco preocupante.

—¿Preocupante?

—Sí. No es que quiera malmeter, más que nada porque sé todo lo que ha estado haciendo por ti todos estos días, pero es más que evidente que todo lo que está haciendo también es con segundas intenciones.

—Él me ha dicho que no es así.

—Hermanita, me puedes decir lo que quieras, pero las evidencias hablan por sí solas. Puede que ni él mismo lo haga de forma consciente, pero está claro que lo que hace es para estar cerca de ti.

Me quedé sin palabras. Ni siquiera sé si eso sería bueno o no, pero estaba ahora mismo confusa.

—¿Debería tener cuidado? —le pregunté.

—¿Le tienes miedo?

—No, pero tampoco quiero problemas con nadie.

—¿Crees que pueda ser una amenaza?

—Eric es un cabezota, pero no le veo capaz de estar en mi contra.

—Entonces no tienes nada de qué preocuparte, ¿no? —Me encogí de hombros—. A no ser que su propósito sea reconquistarte.

—Pues conmigo va listo. Puede esperar sentado.

—Tal vez me equivoque, pero es la sensación que me da. Si no, ¿a cuento de qué quiere poner esa posada justo detrás de tu bar, cuando lo podría hacer en cualquier parte de Luisiana? ¿No es el rey de Luisiana? Pues debería poder ponerlo donde quiera…

—Sí, pero tal vez sea porque esta zona se la conoce mucho mejor… —Resoplé, frustrada—. ¿A quién carajos pretendo engañar? Si tiene toda la pinta de que sea lo que dices. Pero por mi parte, solo seremos socios. Nada más.

Jason me miró fijamente, alzando una ceja, como sospechando que ni yo misma me creyese mis propias palabras.

Y puede que tuviese razón.

¡Maldita seas, Eric!


Me pasé el resto del día con mi hermano. A decir verdad, me hizo mucha ilusión pasar tiempo con él los dos solos —y Adele, claro—, porque hacía mucho tiempo, quizá años, que no lo hacíamos y fue como rememorar algo que habíamos olvidado. Tras nuestra inesperada visita de Sabrina la arquitecta, decidimos ir a comprar al hipermercado; hacía días que no iba y tenía la nevera y la despensa vacía. Me gustó que él estuviera tan pendiente de su sobrina, porque se le notaba mucho más animado que por la mañana. Luego fuimos a comer fuera, a un restaurante de comida rápida de Baton Rouge llamado «Fast & Good», donde Jason y yo íbamos con la abuela un fin de semana al mes, cuando Jason aún vivía con nosotras. Hacía tiempo que no venía, pero me alegró saber que no había cambiado nada y que aún seguían haciendo mi hamburguesa de queso y beicon preferido —no pienso negarlo, ya que le echan un ingrediente secreto a la carne que la hace deliciosa—, y regresar aquí con mi hermano precisamente me trajo muy buenos recuerdos.

Pasamos casi todo el día juntos. Para ser sincera, creo que necesitaba tener un día así con mi hermano, porque ambos no estamos pasando por nuestro mejor momento personal —yo peor que él, claro— y nos necesitamos ahora mismo más que nunca. Y tener el apoyo de Jason es muy importante para mí. Somos la única familia que nos queda —sin contar al hijo de mi prima Hadley, el pequeño Hunter, por supuesto—, así que nos tenemos que cuidar mutuamente.

Nos pilló la noche de regreso a casa. Le pedí a Jason que se quedara hoy a dormir en mi casa, porque así mañana le tendría más para que se quedara con Adele mientras estaba con Calvin. Además, tenía una conversación pendiente con Eric —demasiadas cosas que contarle— y pensaba aprovechar. Así que, en cuanto regresó con su furgoneta después de dejarle en su casa, me marché rumbo a casa de Pam, donde se alojaba Eric.

Por el camino llamé a Amelia. Necesitaba preguntarle un asunto que me ha insinuado Jason, pero no paraba de pensar en ello desde entonces. Puse el manos libres para poder hablar mientras conducía. Esperé a que saltara el buzón de voz para dejarle el mensaje:

—Hola, Amelia —comencé a decir, con voz aparentemente calmada—, soy yo, Sookie. Sí, de nuevo. Imagino que aún seguirás de vacaciones, así que ya escucharás esto cuando estés de vuelta. Bueno, solo te llamaba porque he tenido una charla un tanto interesante con mi hermano sobre este asunto y no paro de darle vueltas. La cosa es… ¿crees que lo del accidente de Sam pudo tener algo que ver con el cluviel dor? Porque, bueno, se sabe que se tiene consecuencias al usarlo y no sé cuál ha sido, por lo que ahora me pregunto si no tuvo nada que ver. Si es así… menuda mierda. Si no, ya no sé qué pensar. ¿Tú qué crees? Bueno, te dejo. Espero que os lo estéis pasando en grande. Dale un beso de mi parte a Bob y Phoenix.

Me sentía un poco idiota hablándole a una máquina en vez de esperar a que ella regresara de sus vacaciones, pero me sentía mejor haciéndolo en el momento.

Llegué a la casa de Pam en seguida. Me resultaba curioso ver cómo era ahora: por fuera era de estilo moderno y por dentro, de estilo victoriano. Y ese contraste tan ambiguo me llamaba mucho la atención. Recuerdo que Pam, cuando terminó de redecorarla, me invitó a verla y me dijo que se sentía como en casa. Me sentí feliz por ella, porque se la veía muy entusiasmada.

Desde que Eric se instaló a vivir aquí habían ampliado la seguridad de la casa. Antes te encontrabas a algún que otro vigilante, pero ahora, en la entrada, había como diez —si no más, porque no cuento los que no veía— hombres de seguridad que te revisaban hasta el último rincón de tu existencia nada más llegar a la cerca. Aparqué lo más próximo que pude y continué a pie. Uno de ellos me miró de arriba abajo y me pidió que me identificara. Le saqué mi carné de conducir y habló por el pinganillo que llevaba en la oreja. Pasados unos segundos, asintió y abrió la puerta automática de la cerca.

Caminé hasta la entrada y otro de los guardias me paró. Me estaba cansando de este asunto. Pareciera que tuviera que desbloquear un nivel nuevo, como en el juego de Mario Bros. Le enseñé el carné, como hice con su compañero y cuando lo vio, negó con la cabeza.

—No puedes pasar —dijo contundente, con sus enormes brazos cruzados y su mirada inquietante mirando hacia mí casi sin pestañear.

—¿Pero por qué? —me quejé; no entendía nada—. En la entrada me han dejado.

—No me han dado la orden aún.

—¿Pero qué…? —empecé a protestar, pero vi a Pam pasar cerca de la puerta y le hablé por encima de aquel mastodonte—. ¡Pam! ¡Pam! —la llamé, pero parecía como que no me escuchara. O no me quería escuchar, porque me miró de reojo y puso los ojos en blanco.

Me dirigí a una de las ventanas, donde no pudo evitarme y finalmente salió a recibirme a regañadientes.

—Pam, ¿se puede saber qué pasa? Tu guardia no me deja pasar.

Pam se cruzó de brazos y me miró condescendiente.

—Solo cumple órdenes —respondió con desgana.

—He venido a ver a Eric —le informé, ya que parecía molesta por algo, o conmigo en particular.

—El Rey de Luisiana no se encuentra disponible en estos momentos. Lamento mucho que haya hecho el viaje en vano, señora Stackhouse. En la mayor brevedad posible, nuestra secretaria se pondrá en contacto con usted para concertar una cita con el señor Northman. —Hablaba en un tono automático, como si se hubiese estudiado qué decir y me lo hubiese escupido en la cara—. Que tenga un buen viaje de regreso a casa, señora Stackhouse.

No me quitaba la vista de encima. Estaba esperando a que diera media vuelta y me marchase, pero iba lista si pensaba que iba a hacer eso.

—No entiendo nada. ¿Por qué me dejáis pasar la cerca si ahora no le puedo ver?

—Error de uno de nuestros miembros de seguridad.

—¿Pero por qué eres así conmigo, Pam? ¿Qué te he hecho?

—Simplemente, si no tienes cita con el Rey de Luisiana, no puedes verlo, nada más.

—No. Te comportas como si estuvieras enfadada conmigo. Y no lo entiendo. No te he hecho nada.

Pam bufó entre dientes.

—Sin cita no pasas —repitió con una sonrisa complaciente.

—Déjala pasar, Pam —le ordenó Eric con voz cansada detrás de ella.

—¿Por qué? —protestó Pam poniendo los brazos en jarras—. Ella te prohíbe la entrada a su casa, ¿y tengo que dejarla pasar a la mía? —Así que era eso. Hizo demasiado hincapié en esa última palabra, como si de algún modo me estuviera diciendo que no era bienvenida, como yo se lo había hecho a Eric la noche anterior.

—Sookie, pasa —dijo Eric, ignorando la protesta de Pam, que me miró como si yo fuese una estaca con patas.

—Gracias —dije, sin apartar la mirada de Pam; me gruñó cuando pasé junto a ella.

—Dile a Bree que se marche a casa —le ordenó a Pam y esta se marchó mascullando algo entre dientes.

Eric me acompañó hasta el salón, donde estaríamos mucho más cómodos. Llevaba puesto un albornoz morado y estaba descalzo. Tenía el pelo húmedo, lo que me hacía pensar que era eso lo que estaba haciendo cuando llegué. Al llegar al salón, le pidió a una sirvienta que le trajera algo cómodo para ponerse. Me hizo gracia el comentario, porque más cómodo que un albornoz no podría haber nada, pero no quise decir nada por si acaso.

Me hizo un gesto para que me sentara donde quisiera. Escogí el sillón que había a un lado del sofá. Dejé mi bolso en el hueco que se quedaba entre mi muslo y el brazo del sillón. No era muy grande, por lo que no me molestaba. Eric se dirigió al minibar y sacó una botella que parecía champán de la nevera. Cogió una copa, lo descorchó y se sirvió un poco del espumoso brebaje. Me percaté de que no era champán, sino una versión sanguínea. Me pareció muy curioso ver aquello.

—De los pocos lujos que me he traído de Oklahoma —comentó llevándose a la nariz aquel extraño champán rojizo y dándole un pequeño sorbo—. ¿Quieres un poco?

Negué con la cabeza, alzando una ceja por la ocurrencia, y se echó a reír.

—¿Tú puedes bromear y yo no? —se burló—. ¿Quieres tomar algo? ¿Una copa? ¿Un refresco? Le puedo pedir a la sirvienta que te traiga lo que quieras.

—No, así estoy bien. Gracias.

Fue mencionarlo y la joven sirvienta de antes llegó con un pijama de seda azul marino y sutiles lunares azul celeste que apenas se apreciaban a simple vista.

—Gracias, Piper —le susurró a la muchacha—. Puedes retirarte. Y que no nos molesten hasta que la señora Sookie no se marche, ¿de acuerdo?

La empleada asintió y cerró la puerta corrediza al salir, dejándonos nuevamente solos. Eric dejó su copa en la barra del bar y cogió el elegante pijama perfectamente doblado. Se quitó el albornoz, quedándose totalmente desnudo. Aparté la vista instintivamente, sin entender por qué, ya que no era la primera vez que le veía como su madre lo trajo al mundo. Menudo día llevaba entre mi hermano y Eric. Aunque, para ser sincera, Jason no tenía nada que hacer comparado con Eric. Era más alto, más guapo, más musculado… En definitiva, mejor en todo. Miré de reojo su perfecto cuerpo, sonrojándome por la idea de que me descubriera. Como si tuviera que avergonzarme por hacerlo. Bueno, era él quien se estaba vistiendo delante de mí.

Recordé en ese momento lo poco que le gustaba a Eric llevar ropa interior. Siempre me decía que era de lo más incómodo de llevar y prefería ir cómodo en esa zona en cuestión. No sé por qué tengo que recordar estas cosas. Si me da igual si lleva o no ropa interior. Como si quiere ponerse un corsé y un cancán, que a mí me da lo mismo.

—¿Dónde has dejado a Adele? —quiso saber.

—En casa, con mi hermano.

Se encogió de hombros e hizo una breve pausa.

Se puso el pantalón y la camisa del pijama, pero la llevaba sin abrochar. Fue en busca de su copa y se sentó en el sofá, completamente relajado y recostándose levemente. Puso una de sus largas piernas encima de la otra antes de decir:

—Te escucho.

—¿Qué?

—Has venido para hablar conmigo. Te escucho. —Estaba tan ensimismada admirando su belleza, que ni me acordaba de por qué estaba allí.

—Cierto. Pues verás, esta mañana he recibido una visita muy interesante.

—Sí, y quiero decirte que lo lamento mucho. Yo no sabía que iría a verte y mucho menos a casa de tu hermano. No tuve nada que ver, en serio. Ni siquiera sé de dónde sacó la dirección de Jason. Te aseguro que yo no se la di. Ni siquiera le mencioné de su existencia. Cuando me lo ha comentado, le he echado la bronca por meterse en esto y de esa manera. De verdad, lo siento si te ha importunado. —Hablaba con calma, como si ya se esperase que le fuese a preguntar por esto y supiera qué decirme.

—No. Está bien. Pero igualmente, me ha hecho preguntarme por qué quieres poner la posada detrás de mi bar. Y no me vengas con que es porque ahora eres mi socio y que lo quieres vincular y blablabla. —Puse los ojos en blanco y resoplé—. Es que, después de la visita, no me creo mucho que no haya segundas intenciones.

Eric le dio un sorbo a su copa y me miró con curiosidad.

—¿Qué le escuchaste decir? —quiso saber, intrigado.

—¿A qué te refieres?

—A que algo le escuchaste, ya sabes —se señaló la frente—, para que te haya dado por pensar en eso. ¿Qué pensó?

Le observé un momento. Parecía intrigado, pero sé que se lo estaba pasando pipa por dentro.

—Piensa que no soy lo suficientemente buena para ti. —Eric se echó a reír—. ¿Qué te hace tanta gracia?

—¿Y la crees?

—No —respondí, demasiado rápido—. Es decir, sí. O sea… —Meneé la cabeza, confundida—. No me cambies de tema. No me has respondido a la pregunta.

Dejó su copa en la mesita de café que tenía enfrente encima de un posavasos del Fangtasia. Extendió los brazos, apoyándolos relajadamente en el respaldo del sofá y se relamió los labios.

—Está cerca de la carretera principal y es un lugar tranquilo. A la gente le gusta alojarse en lugares tan tranquilos como ese, sin ningún tipo de ruido que les moleste.

—Pero vamos a poner un parque y, bueno, las celebraciones y eso no es que vayan a ser tranquilas que digamos.

—Lo sé, pero no estará tan cerca como para que eso moleste demasiado. Aunque las habitaciones estarán insonorizadas, si quieren darse un paseo, tienen un bosque precioso donde poder hacerlo. Además, tengo planeado hacer actividades de ocio para los que huéspedes que lo deseen.

—Vaya. Eso no me lo comentaste.

—No lo pude hacer porque te molestaste por lo de la casa de Sam y luego vino Bill y… el resto ya lo sabes. —Hizo una breve pausa antes de seguir—: ¿Has tomado una decisión con respecto a eso? —No se andaba con rodeos.

—Sí. —Vi cómo se le tensaban un poco los músculos; supe que le estaba poniendo nervioso pensar en mi negativa a su propuesta. Esperó paciente mi respuesta—: he de vaciar la casa antes de hacer nada. —Volvió a relajarse y sonrió de lado, con ese brillo en los ojos que tanto le caracterizaba.

—Gracias —musitó aliviado.

—¿Por qué? Es lo que querías, ¿no?

—Sí, pero me alegra ver que no tengo que pensar en otro lugar.

Aquello me pilló por sorpresa.

—¿Lo hubieses hecho en otro lugar si te hubiese dicho que no? —Eric asintió y me resultó sincero. —¿Dónde lo hubieses puesto?

—En Baton Rouge. Hay una zona muy tranquila donde tenía pensado instalarme en un principio, cuando regresé a Luisiana, y era perfecto para montar mi posada. Pero luego estuve mirando en Bon Temps, que necesitaba algo así, ya que apenas hay nada decente, y de repente se me ocurrió que sería buena idea instalarlo detrás del Merlotte's y así tener una especie de dos por uno.

Desde luego, sus palabras eran de lo más convincentes.

—Está bien —dije con ganas de zanjar aquella conversación—. En ese caso, no hay nada más que hablar.

—¿Estás segura? —Aquella pregunta me pilló desprevenida; Eric me miraba con una ceja alzada y una sonrisa complaciente. Me puso los pelos de gallina.

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

—¿Me vas a decir que has venido hasta aquí únicamente para decirme que seguimos adelante con el proyecto, cuando podías perfectamente haberme llamado por teléfono y ahorrarte el viaje?

Mierda, mierda, mierda y mil veces mierda.

—¿Me vas a decir —continuó— que no has venido para hablarme de algo más?

Tragué saliva. Ahora la tensa era yo y no sabía ni qué decir.

—¿Qué es exactamente lo que quieres que te diga?

—Que soy un mentiroso. —Había cogido su copa y le estaba dando un sorbo y me miraba tan tranquilo como si le estuviera hablando del último partido de béisbol.

Me removí un poco en el sillón.

—Sé que la otra noche palideciste tras mi historia. Porque sabes la verdad.

—Lo que contaste era cierto. —Odié el momento de haberme dado cuenta de que sabía todo lo que estaba contándonos.

—Pero hubo una parte en la que sabes que me la inventé.

—Lo que no entendí es por qué lo hiciste.

—Para probar mi teoría.

—¿Cuál?

—La de que yo no era el único de los dos que tenía esos sueños tan lúcidos.

Maldita seas, Eric Northman. Realmente no tenía intención de hablar de esto ahora, pero no tenía escapatoria.

—Pues tu teoría se confirma. Yo también los tuve —dije con aparente calma.

—¿Y qué viste?

—Vi cómo le ordenabas a Elizabeth que matara directamente a tu esposa cuando dieran las nueve de la mañana. Ella sabía fabricar bombas diminutas, y es cierto que las colocó estratégicamente en todas las habitaciones, pero no era capaz de hacerlas tan pequeñas como para que un vampiro no se diese cuenta de que algo raro había ahí dentro. Y tenías que cerciorarte de que Freyda tenía que morir sí o sí. También le pediste que se encargara de Felipe. Nadie sospecharía de ella al ser alguien de confianza y que tenía permiso para andar a sus anchas por la casa. Así que cuando terminara con su cometido, debía hacer el resto que comentaste.

Eric se echó a reír. A mí no me parecía nada divertido.

—No sé de qué te ríes. Por culpa de esos malditos sueños discutía con Sam constantemente. Pensaba que aún sentía algo por ti, porque gritaba tu nombre en sueños. Como si yo quisiera tenerlos.

—¿Qué más viste?

—Prácticamente todo. Había noches que no soñaba nada, pero otras, te veía agonizando en tus noches de tortura, en donde podía casi sentir el dolor que te producían las cadenas de plata ahorcándote o aquel veneno de argento quemándote las venas como si tuvieras un volcán en erupción bajo la piel.

Me miró serio, como sorprendido por mi comentario. Desde luego, esta era una noche llena de sorpresas. No tan buenas.

—No sabía que podías verlo y sentirlo.

—Como si lo estuviera viviendo.

—Yo no sufrí tanto cuando me pasaba.

Alcé una ceja. Lo miré con curiosidad, preguntándome qué habría visto. De pronto, me acordé de algo que seguramente sabría y que nadie sabía. Tan solo Sam y yo. Y él se llevó nuestro secreto a la tumba.

—Pero seguro que pudiste intuir cosas.

Se quedó en silencio. Me miró con tristeza al adivinar lo que querían decir mis palabras.

—Lamento aquello —dijo al fin—. Ni siquiera supe qué te pasaba hasta que te vi limpiar toda esa sangre del suelo de la cocina —Sucedió de madrugada, por lo que dudo que viera más nada si necesitaba estar dormido—. Solo pude sentir tu tristeza y el vacío que aquello te dejó. Me siento en cierto modo culpable de ello.

—No tuviste la culpa. Ese bebé no estaba destinado a nacer. No le des más vueltas.

—Lo sé, pero discutisteis por mi causa y después…

—Olvídalo.

—Me hubiese gustado haber podido estar aquí de verdad para poder apoyarte. Me sentí bastante impotente al verte tan débil y no poder hacer nada.

—No hubieses podido hacer nada. ¿Se lo llegaste a comentar a alguien?

—No. Ni siquiera sabía que lo que veía en mis sueños era real. Pensé que era cosa de mi subconsciente que me torturaba por no poder haberme deshecho de ese contrato del averno como fuese y haberme quedado aquí, contigo. Fue una tortura para mí ver cada vez que sufrías.

—¿Dónde estabas cuando tuvimos el accidente? —La curiosidad me estaba matando.

—De camino a Luisiana. En el ataúd del avión. Creo que fue ahí donde me di cuenta de que era algo más que un sueño.

»Vi cómo Sam y tú os salíais de aquel restaurante de Shreveport y os subíais a la camioneta. Él recibió una llamada, pero colgó en seguida y metió el móvil en la guantera. Él te mencionó que habías vuelto a mencionarme en sueños, pero se le veía tranquilo. O al menos así lo sentiste. Permanecisteis en silencio durante gran parte del trayecto y te estabas quedando dormida, pero te despertó un bache.

»Te fijaste que llevabais un rato detrás de un camión que transportaba postes de madera. Te dio mala espina, por lo que le pediste a Sam que aminorase la marcha, pero no lo hizo. Quiso adelantarlo, pero no tenía visibilidad suficiente, por lo que no quiso arriesgarse. El camión empezó a zigzaguear y Sam dio un volantazo, esquivando uno de los troncos que se había desprendido del camión. Tenía un coche detrás, por lo que frenar en seco iba a ser peligroso. Quiso girar en un cambio de sentido, pero a pocos metros de llegar, el camión soltó varios de los postes, dándole de lleno uno de ellos en el pecho, matándole al instante.

»Te escuché gritar y perder un poco la calma, pero tenías que salir de allí como fuese. Giraste el volante para llevar el coche a la zona de tierra, sacándolo de la carretera. Pisaste el pedal del freno como pudiste, pero no aminoraba la marcha, así que te agarraste al asa del coche y tiraste del freno de mano. Rezaste a tu dios todo el tiempo. Sentí cómo te temblaba el cuerpo y el corazón te latía con fuerza; intentaste esquivar un árbol, pero fue inevitable chocar contra él. Te diste un golpe seco contra el cristal de la ventanilla. Y de repente, todo se volvió oscuro.

»Pensé que había sido un sueño y no quise darle más importancia, pero he de reconocer que tuve mal cuerpo y no paraba de pensar en ello. Hasta la llamada de Bill… —Hizo una pausa—. Oh, lo siento, no pretendía…

No me había dado cuenta de que estaba llorando a moco tendido. Pero el recuerdo de lo que pasó aquella tarde me puso los pelos como escarpias. Se me acercó y me tendió un pañuelo de papel. Lo acepté y me sequé el rostro.

—No debí haber abierto esta brecha. Lo siento. —Su disculpa era tan sincera que me era imposible enfadarme con él.

—No importa —murmuré con un hilo de voz; tenía un nudo en la garganta que me impedía hablar con más claridad—. No fue culpa tuya. Nada lo fue. No pudiste evitar que sucediera. Solo fue un maldito accidente.

Se me acercó y se puso de cuclillas frente a mí. Cogió otro pañuelo, ya que el mío estaba muy usado, y me secó una nueva lágrima que me resbaló por la mejilla.

—Si pudiera evitarte este dolor… haría cualquier cosa.

—Lo que no logro entender —comenté, intentando cambiar ligeramente de tema—, es cómo es posible que nos pase esto. ¿Existe algún tipo de conexión después de desvincularnos?

—No —contestó, negando con la cabeza—. Una vez que rompes ese vínculo, solo se puede volver a conectar del mismo modo. A no ser que yo bebiera de tu sangre o tú de la mía…

—¿Crees que alguien me pudo dar de beber de tu sangre sin que yo lo supiera y por eso nos pasa esto?

—Lo dudo. Tendrían que haberme drenado primero o robarme aunque fuese una gota de sangre. Y aunque fuese así, como mucho tendríamos sueños eróticos el uno con el otro, no… no ver con tanta exactitud lo que le ocurre al otro en sueños.

—Tienes razón. No tiene sentido nada. ¿Te había pasado antes? ¿O de algún caso?

—No. Esto es completamente nuevo para mí. Tendría que hablar con alguien que entienda de estos temas. Tal vez a una bruja.

—Podría preguntarle a Amelia. Aunque demasiados mensajes le he dejado ya en el buzón como para dejarle otro más… Pero es extraño, no sé.

—¿Desde cuándo te pasa lo de los sueños? ¿Lo recuerdas?—me preguntó, pensativo.

—No lo recuerdo. Pero fue al poco de irte. Como un par de semanas más o menos.

Eric asintió, haciendo memoria de cuándo empezó él.

—Creo que me viene pasando desde las dos semanas de irme a Oklahoma, también.

—¿Crees que estábamos conectados desde la distancia por algún motivo?

Eric se encogió de hombros.

—¿Crees que Ocella tuvo algo que ver con todo esto?

—¿Como método de tortura? Tal vez. Pero lo dudo. Él quería que me olvidara de ti, a cualquier costo. Por algo hizo lo que hizo. Así que lo descarto.

—¿Y Freyda? Para torturarte, para que vieras que no podías hacer nada.

—Tampoco lo creo. Podía ser muy retorcida, pero no entendía de magia. Apenas entendía la de los vampiros, simplemente se dignó a aprender cómo funcionamos y poco más. Su preocupación era seguir subiendo peldaños en nuestra sociedad.

—¿Más aún? Si era reina, ¿qué más quería?

—Pertenecer al Consejo Vampírico. Pero no es fácil entrar y no le tenían en muy buena estima, precisamente. Porque ella solo se quería a sí misma y eso al Consejo no le gustaba nada. Así que estaban en constantes disputas con ella.

Tenía la mirada fija en el suelo. Parecía como si estuviera recordando un mal sueño. Uno peor que lo que vio en mi accidente. Le acaricié la mejilla, para consolarlo y el tacto le hizo cerrar los ojos un segundo y al siguiente abrirlos de inmediato y apartarse de mí de golpe. Fue un gesto extraño.

Eric se puso en pie de un salto, tomó su copa y la terminó de un trago. Iba a hacerle más preguntas, pero mi teléfono móvil me interrumpió y tuve que cogerlo.

Uh, qué extraño. Era el señor Cataliades. Me pregunté qué querría a esas horas. Le hice un gesto a Eric para que me disculpara por tener que cogerlo, pero a él parecía darle poca importancia.

—Señor Cataliades —respondí con falso entusiasmo; dadas las circunstancias de mi conversación con Eric, no estaba con ánimos de hablar con nadie en ese preciso momento, pero fue lo que me salió—. A qué debo el honor de su llamada.

—Señora Sookie —me contestó con su amable tono de siempre—, lamento llamarle a estas horas tan extrañas, pero me ha sido imposible poder ponerme en contacto con usted antes. ¿La pillo dormida?

—No, estaba en casa de Eric en estos momentos, ultimando un negocio que tenemos entre manos. Pero ya hemos terminado. ¿Ocurre algo?

—Oh, bueno, no es que sea urgente, pero es que ayer recibí una llamada muy interesante de un amigo suyo y me preguntó algo curioso.

—¿Quién le llamó?

—Su vecino, el señor Compton.

—¿Bill? ¿Por qué le llamó a usted? ¿Qué quería?

—Me preguntó si sabía algo de una empresa llamada J&M Asociados.

El corazón me dio un vuelco. Bill tenía razón al decirme que no tenía la menor idea. Eric solo quería darle de su propia medicina por acusarlo sin pruebas de algo de lo que solo tenía sospechas.

—¿Y bien? ¿Sabe algo de esa empresa?

—Por supuesto que sí, señora Sookie. Lo que me sorprendió es que usted no lo supiera.

—No, señor Cataliades. Llevo desde que lo descubrí hace unos diez días intentando averiguar de dónde sale, porque por lo visto Sam tiene algo que ver y no sé por qué les dio tanto dinero.

—Pues sí que es cierto que no tiene la menor idea. Hace unos meses me llamó el señor Merlotte, o sea, su difunto esposo, y me comentó lo de este negocio. Es un sindicato laboral, más en concreto.

—¿Y qué tiene que ver con Sam?

—Mucho más de lo que usted cree. De hecho, las iniciales J&M son de Jennings & Merlotte, precisamente.

Creía que me iba a desmayar. Me temblaba todo. ¿Cómo era posible que ese negocio fuese de Sam sin que me llegara ninguna notificación?

—¿Quiere decir que esa empresa es de Sam?

—Dicho de ese modo, sí, así es.

Me había quedado en blanco.

—¿Sookie? ¿Sigue usted ahí? ¿Se encuentra bien?


NDA:

Lefroy 1: Escribe algo cortito.

Lefroy 2: No, no puedo hacer algo tan breve, porque si no, no va a quedar bien.

Lefroy 1: Está bien, pero déjalos con la miel en los labios.

Lefroy 2: No se diga más. –Se frota las manos maliciosamente– Jurjurjur

Sorry, not sorry, pero es que no podía contarlo todo. Hay que dejar algo para el siguiente. Siento que debería esconderme en un búnker para que no me abucheéis cuando os dejo el cliffhanger tan grande.

Pero no sabéis lo que me ha costado sacar esto. Sobre todo en la conversación con Jason y un poco con la de Eric. Lo único bueno, es que he mejorado(bastante) la conversación entre Eric y Sookie, que era mucho más patata en un principio. No hay mal que por bien no venga, ¿no dicen eso? Y también hemos descansado un poco del pesado de Bill. XD

Agradecimientos, como es habitual, a mis seguidoras Cari1973 (tienes razón, todo el mundo es sospechoso hasta que se demuestre lo contrario. :P); ciasteczko (I love your review :3); and Perfecta999 (yes, Bill is a crap e.é).

En fin, espero que os haya gustado un poquito este capítulo que me ha costado horrores sacar adelante. Y que casi la lío un poquito (por no leerme bien lo que yo misma escribí lol).

Un saludo muy grande y nos vemos pronto, :)

~Miss Lefroy~


09/02/2021