Día 11. Marcas
A Sirius le gusta dejarle marcas. Montones de ellas y en los lugares que sea.
Cuando se lo está follando por detrás, sujeta la cabeza de Draco, atrapando en su mano mechones de un cabello rubio y lacio que se le escapa cada poco tiempo. Lo presiona contra la cama, la pared, la mesa, donde estén, y se inclina para morder sus hombros y su espalda alta. Dientes rompiendo la carne, la lengua suavizando esas heridas, labios que se cierran para succionar.
Cuando lo tiene cara a cara, disfruta de formar rastros de marcas violáceas que descienden por un costado de su garganta, llenarle las clavículas para que no pueda usar cuellos abiertos sin que sean notadas por cualquiera y le pregunten quién se las hizo. Presta especial atención a sus pezones, hasta que enrojecen, y besos duros siempre dejan algún tipo de evidencia en su torso.
Incluso cuando tiene su miembro en la boca, o lo está masturbando, consigue un momento, un despiste, una ocasión en que Draco está retorciéndose y él puede marcarle los muslos.
A veces, si Draco se viste cerca de él, lo ayuda con las prendas y utiliza eso como excusa para regar más de esas manchas violetas por su pálida piel.
Pero, sin duda alguna, lo que más le gusta es verlas después. Cada vez que Draco se presenta frente a él sin tela de por medio, las busca, las localiza, las recuerda, y puede ver cómo se enciende una llama única en sus ojos, un deseo inexplicable que los supera a ambos, que lo hace estremecer, y lanza a Sirius contra él, a atacar su boca, a tocarlo, a poner cientos, miles de marcas más en Draco.
Ciertos días, luego de bañarse, Draco se para frente al espejo de su cuarto y las observa.
Le gustan.
Le encantan.
Así que, de nuevo, permite que se las haga.
